23.11.11

Ejercicio: Un día en dos mil doscientas palabras.


Tengo que practicar la retención de información en la memoria, y con ello me refiero a recordar por la noche no sólo lo que hice durante el día, sino mis pensamientos en cada momento.
Por ejemplo, y sin ir más lejos, hoy me desperté a eso de las ocho de la mañana, un par de horas antes de lo que marcaba mi despertador, es normal, pasé un buen fin de semana y me noto descansado. Lo primero que recuerdo haber pensado fue en que aún estaba oscuro y que podría volver a dormirme sin problema, pero no hubo manera… se proyectaron en mi cabeza fotogramas de la clásica película que nos imaginamos y que es algo así como un sueño despierto, pero no conseguía concentrarme, así que decidí hacer algo, y ese algo fue ponerme un capítulo de Los Soprano, concretamente el cuarto de la sexta temporada, seguramente me daría tiempo a verlo y después apurar los tres capítulos que aún me restan para terminar de leer El guardián entre el centeno. El episodio de Los Soprano cumplió mis expectativas, incluso me gustaron las observaciones de un viejo con cáncer de laringe vecino de habitación de Tony acerca de la universidad del propio Universo, la negación de la dualidad, los dos boxeadores son lo mismo, dos tornados en realidad son uno sólo, todo es todo. Me levanté una vez hubo terminado y fui a la cocina a tomar algo de desayuno, me llamó la atención que uno de mis compañeros de piso no estuviese en su cuarto, pero pensé que quizá se hubiera quedado dormido en el sofá. No estaba allí, fue entonces cuando caí en la cuenta de que seguramente hubiese pasado la noche con su gumar.  Saludé al gato Canelo, por las mañanas, cuando estamos él y yo solos, es cuando de verdad me cae bien y me gusta tener un gato en casa, ver como se despereza y se estira y todo eso, cogerle, auparle hasta que queda a la altura de mi cara y mirarle a los ojos de cerca para preguntarle qué tal la noche y luego dejarlo de nuevo en el sofá con sus sueños felinos aún parpadeando entre sus bigotes. Me fui a la cocina, cogí una taza, el tetrabrik medio vacío de leche –y digo medio vacío porque quedaban apenas un par de tragos- y la caja de galletas de dinosaurus que me quitan quince años de encima; volví a mi cuarto con todos los víveres y desayuné sin más compañía que la música que sonaba en aquel momento, y las charlas vía facebook mediante ponemos ideas en común para un fanzine literario al que, a falta de un nombre, yo llamo simplemente Pulp. Cuando hube terminado mis seis galletas y mi taza de leche fría, me fui a la ducha, no sin antes soltar a los prisioneros fecales mientras dibujaba un colibrí en la pared junto al retrete. Como tenía tiempo de sobra, me tomé la ducha con calma, incluso me senté mientras el agua caliente bañaba mi cuerpo, no recuerdo muy bien lo que pensé entonces. Yo soy el típico que se pasa más de diez minutos en la ducha pensando en sus cosas, inventando películas y todo eso. Después de enjabonarme el pelo y el cuerpo mientras silbaba Singing in the rain, me sequé, me vestí y fui a despertar a mis otros compañeros de morada. Mateo como siempre se despertó fácil tras un par de toques a su puerta y verme asomar la cabeza por el quicio, como siempre me preguntó la hora, las diez y media, contesté, aún tienes tiempo de ducharte tranquilamente. Me di la vuelta y piqué la otra puerta, la de Rafa, que no se despertó, me asomé como había hecho con Mateo y empecé a gemir como en pleno acto sexual, la verdad es que tardó más de lo que me esperaba en levantar la cabeza para ver qué pasaba, lo más seguro es que con mis gemidos haya alimentado un sueño erótico… visto así me arrepiento de haberlos hecho. Rafa me dijo que no iría a clase, que estaba cansado, le pregunté que a qué hora se había acostado y me respondió que a las dos. Ocho horas no está mal, le dije, anímate. Pero no hizo más que taparse la cabeza con la manta, no insistí, Rafa no gusta de ir a clase. Comencé entonces a hablar con Mateo, mientras se vestía, mientras bajábamos el ascensor… se notaba que aún tenía sueño y que no tenía nada de qué hablar, pero yo ya llevaba casi tres horas en pie, y necesitaba expresar mi felicidad matutina. Cuando salimos del portal vimos que llovía y hacía algo de frío, yo estaba bien, pero Mateo no llevaba más que una sudadera de chándal, le respondí a su mirada con una que decía “vale, venga, sube a coger un chaquetón” y me quedé esperando en el portal. Entró una señora mayor, la saludé, últimamente me gusta saludar a la gente con la que me cruzo, no digo todo el mundo, pero sí los vecinos del portal, el chófer del autobús y todo eso.
No almacené en mi memoria apenas nada del camino a clase, supongo que por ser un acto de pura rutina en la que el cerebro se desconecta y no tienes que pensar para saber qué camino tomar, simplemente caminas y caminas y piensas en cualquier otra cosa. La clase pasó sin más, se pusieron a discutir sobre los fallos de nuestra carrera y yo apenas presté atención, no me gusta escuchar a la gente quejarse si no es por algo que merezca la pena, quiero decir, está bien que se hable de los errores de algo para arreglarlos y todo eso, pero no cuando parece que al que se está quejando de algo tan poco importante le está yendo la vida en ello; justo ayer leí que Adam Smith dijo que el que se toma todo a vida o muerte, muere muchas veces. Al final tuvimos que redactar nuestras propias opiniones, lo hicimos bien, me gustó cómo nos quedó, con lenguaje cultivado pero sin llegar a pretencioso, tampoco cayendo en el enojo, simplemente exponiendo lo que se nos pedía. Terminamos rápido y nos fuimos al Café Clandestino. Mucha gente nos mirará con ojos furtivos y acusadores por pedir pintas de cerveza en vez de café o coca cola, pero, qué demonios, ya pasa media hora del mediodía, demasiado tarde para desayunar, demasiado pronto para irse a casa a comer, y nos apetece una cerveza o dos o tres. Tampoco es que sea beber por beber, ojeé un poco El Norte de Castilla y el Marca, además de adelantar capítulo y medio de El guardián entre el centeno, aconsejé a Iñaki acerca de su dibujo, tal vez deberías hacer estas ramas más rectas, le dije, o intenta resaltar la luna borrando con la goma en vez de pintar su contorno con una gruesa línea negra,  estábamos de acuerdo. Hablamos un poco de todo, salió en la conversación Mozart, Bukowski, Dylan, Salinger… pero no penséis que era una conversación demasiado cultural, más bien de lo que tardábamos en coger el sueño. Txutxi nos invitó a la última, la que cerraba el segundo litro, Mateo iba cada rato al servicio, zarandeando su vaso a medio vacío –y digo medio vacío porque quedaban apenas unos tragos- sin importarle si derramaba algo o todo. Tal vez fuimos un poco más tarde a casa de lo que teníamos pensado… serían las tres y media o así. Teníamos planeado hacernos unos filetes de ternera asturiana de medio metro de diámetro que guardaba en la nevera, pero decidimos comprar una barra de pan y hacernos sendos bocadillos de cecina.

*  *  *

Vi otro capítulo de Los Soprano y dormí una media hora de siesta, o quizá cuarenta minutos, tenía mucho, mucho sueño, pero debía ir a clase de arte, ninguno de mis compañeros de piso tiene esa clase, así que subiría con Iñaki, pero me dijo que hoy no iba a ir (más tarde me enteré de que había quedado con una chavala), así que me enfundé mis cascos y me lancé a la oscura y lluviosa tarde mientras me comía dos mandarinas. Aquí ya tengo los recuerdos más recientes, recuerdo haber pasado bajo el acueducto pensando en una fotografía que me tomó mi padre junto a mi madre en el mismo sitio y en una tarde similar, apreciándose un haz de luz pasando entre los arcos y la fina lluvia que parece niebla, no sé explicarlo bien, pero creaba un efecto bastante tétrico y precioso. Después pensé que me encantaba el humo del puesto de castañas. Subiendo las escaleras de la plaza de Medina del Campo se me cayeron las llaves de la mochila, pues la llevaba abierta, pero un tío de mi clase que también estaba subiendo me avisó y me las recogió, gracias. Entré en clase tal vez dos minutos tarde, la vi muy llena y me pareció que el sitio donde me siento siempre estaba ocupado, pero estaba libre así que recorrí el pasillo y me senté en mi tercera fila, pegado a la pared. La primera palabra que apunté fue Duchamp, pero todo el tema del dadá y todo eso me agota para tomar apuntes, me gusta y todo eso, pero prefiero prestar atención al profesor. Me gusta este profesor, sabe de lo que habla y no lo hace nada mal, tiene esa clave de humor rollo House pero sin ser un capullo, no es como el típico profesor de facultad que va de colega de los alumnos, y se cree uno de ellos, y todos le tratan como a un tío guay, lamiéndole el culo y todo eso. Bueno, el caso es que poco a poco fui perdiendo un poco la concentración, no porque me resultase poco interesante, hacía calor, ponen la calefacción demasiado alta, tenía sueño y me daba la sensación de que las dos chicas  del otro lado del pasillo me estaban mirando, no me atraían, pero me hice el interesante, suena un poco triste, pero no creo que sea el único que lo haga, creo que sólo lo hago cuando estoy solo, si hubiera estado con un amigo cerca ni me hubiera percatado. Poco a poco me fui sintiendo mal, pensé primero que tal vez una de las mandarinas, o las dos, estuviese mala, pero luego lo achaqué al calor, y un poco más tarde me acordé de dos años atrás,  cuando me desmayé en la clase de al lado por un bajón de azúcar, quizás fuera eso, pero lo descarté, había tomado dos mandarinas, y tenían azúcar… me gusta el olor a mandarinas en mis manos, y en las de otra persona, justamente ayer en el tren un tipo se comió una y pensé que un olor tan fuerte puede resultar molesto para cualquiera, pero como asocio las mandarinas a buenas personas, no me molesta en absoluto. Al final decidí salir a tomar el aire, salir para poder sentarme tranquilamente lejos de aquel calor, pero me daba algo de vergüenza, así que hice como que estaba recibiendo una llamada al móvil y crucé la clase hasta la puerta. Los últimos metros fueron penosos, conseguí salir sin llamar demasiado la atención, pero una vez fuera me di cuenta de que estaba más mareado de lo que me había imaginado, subí corriendo las escaleras con el clásico coro en la cabeza del “no llego, no llego”, y justo llegué al retrete donde vomité toda la cecina, todo el pan, y las dos mandarinas peladas, pensé en dónde había ido la piel, pero luego me di cuenta que, de hecho, la había ido tirado en diferentes papeleras a lo largo de mi ruta casa-facultad. Vomité un par de veces más, y me asomé al balcón del servicio, vaya, pensé, no sabía que este lavabo tuviese un balcón así. Me enjuagué la boca, esperé un par de minutos, y volví a entrar en clase haciendo como que volvía a guardar el móvil en el bolsillo, entré justo al final, a tiempo para recoger mi mochila y volver a casa.
Por el camino volví a pasar bajo el acueducto, sólo que esta vez era exactamente igual que en la foto que tenía con mi madre, con haces de luz entre los arcos en la oscuridad de la noche, tenebroso y bello. Fue justo entonces cuando pensé que quizá debería hacer ejercicios mentales de memoria, para poder escribir los sucesos de un día cual novela, para practicar así y luego poder inventármelos. Tengo un cuaderno para apuntar cosas, pero no sería justo que anotase cada pensamiento, cada suceso cada minuto que pasara, no sería justo para mí porque me perdería muchas cosas haciendo esto, ni sería justo para la gente que me rodease, porque, no siempre, pero a veces, merecen toda mi atención. Por eso me he aventurado a ponerme delante de una hoja en blanco y a ir llenándola con todo lo que he ido haciendo en este día desde que abrí los ojos hasta el momento en el que escribiese no ésta, pero sí la última frase. Entiendo que nadie va a querer leerse dos mil doscientas palabras que narren un día en la vida de un servidor, no lo he hecho por eso. Simplemente es un experimento, un ejercicio si quieren. 

3 comentarios:

Inestabilidad Mental dijo...

En tal caso entiendes mal. Si te soy sincera, me lo he leído de pe a pa. Un poco desafortunado el hecho de que, justo cuando decides escribir todo lo hecho y pensado del día, tengas que contar ese desagradable episodio en el que "mezclas" cecina, pan y mandarinas.
Me encanta tu forma de escribir :)

P. Lavilha dijo...

Muchas gracias! Espero que siga gustándote... últimamente estoy probando diferentes estilos y seguramente la cague tarde o temprano. Pero da igual, no es importante.

Un abrazo!

vErdE! :) dijo...

aHHHH!! TE copio el ejercicio y lo realizo hoy!! que chuchuli!

CUIDADO! las mandarinas saben tan rico que las comen todo tipo de personas... ;)