31.1.12

La muerte de cada mañana.


¿Cuándo muere una mañana? – se preguntaba siempre Mark mientras fumaba en su desvencijada mecedora como un péndulo de nubes en aquel viejo porche entre los sauces y los mosquitos de Louisiana. Mark Clemens era un viejo que había vivido ya muchas cosechas y tiempos de guerra, siempre con una azada en una mano y un rifle en la otra, era un niño que nunca lo había sido, con un manto de sueños incumplidos sobre su frente, con un corazón marchito por el sol y la lluvia y la tierra, con el cabello blanco y arrugas sabias y analfabetas.


         Se imaginaba a sí mismo muchas veces partícipe de un gran espectáculo circense, no necesariamente en un papel protagonista, no ansiaba fama ni dinero, él quería vivir en aquel mundo mágico en el que todo era posible, no había duras jornadas de labranza ni trincheras salpicadas de muerte, sólo mentiras agradables que buscaban la carcajada de la muchedumbre. Lo había entendido hacía ya años, que todo aquello era mentira, pero aún así no conseguía librarse de esa sensación al ver a los funambulistas surcando cuerdas flojas o a los traga fuegos transformados en dragones, esa pueril sensación de que hay algo más, algo que no se puede ver ni tocar. Sonreía entre calada y calada pensando estas cosas mientras observaba a sus hijos trabajar la tierra que antaño sintió el tacto de sus manos. Miraba al cielo y no sentía pesar por todas aquellas cosas que no había vivido, sentía gratitud por haber podido soñar con ellas… Mark “Halley” Clemens murió en su vieja mecedora sin saber en qué momento la mañana se convertía en tarde, pero murió feliz, ni siquiera se acordaba de ese asunto en el momento en el que su último hálito brotó de sus labios.

1 comentario:

Sergio dijo...

Lo imagino balanceándose en su viaje mecedora rasgando su guitarra decorada con sencillas incrustaciones, saboreando Bourbon en los descansos.