8.2.12

Triste viaje de vuelta.


Llegué a Salt Cave City en el sudoroso ómnibus, haciendo escala en Kingwall, la temprana tarde estaba fría y gris, con charcos de nieve aún agonizando en las aceras.

Había recorrido unas ciento quince millas junto con mi nuevo ilustrador, Apolo Slondo, un tipo fuerte y barbudo que no dejaba de fumar hash, había llegado a la revista hacía un par de años de su Split natal con la intención de convertirse en una estrella de la viñeta y hacer portadas para Rolling Stone y Random House, pero terminó haciendo garabatos para el loco borracho de Paul Village… pobre de mí, con Numen desaparecida apenas podía ilustrar sus dibujos con artículos basura y cuentos manidos.

Ni siquiera recuerdo el asunto que nos había llevado hasta la ciudad de Louis Lion y Vincent Woodland, nos deslizamos desde la parada del ómnibus, en la calle Villalobos, hasta un tugurio melancólico cuyo neón magenta rezaba “Poulet”. El ambiente rezumaba los olores del vino y el humo, buscamos una mesa apartada y nos pusimos a trabajar en nuestras cosas con sendos escoceses con hielo. Yo terminaba un artículo sobre el Derby de Sherry y Slondo… Slondo no dejaba de pintarrajear servilletas mientras anegaba sus fauces en licor, ensimismado en su propia furia al prestarle atención al partido de los Lions.

Pasaron las horas y pronto en la calle no hubo más que tímidos copos de nieve bajo el anaranjado foco de las farolas, la atmósfera del Poulet se había transformado en un bullicio de copas entrelazadas y animadas charlas embriagadas, hacía rato que había apartado mi estéril atención del Derby y me mantenía enfrascado en un relato de Morris West mientras los hielos de mi cuarto vaso se fundían y formaban una película transparente y líquida en la superficie del whisky. Levanté la vista para advertir a mi colega de que iría a pedir otra ronda, pero me encontré solo en la mesa, pensé que habría ido al baño o algo así, así que me estiré un poco y me puse en pie con movimientos temblorosos para llegar a la barra y sentarme frente a ella. Hice un gesto para atraer la atención del barman, que me respondió con un gesto con el dedo para que esperara un segundo. -¿Qué os pongo?-dijo cuando finalmente apareció irrumpiendo mi ensimismamiento –Otro Passport con hielo-exhalé. -¿Y la dama?-contestó con un movimiento de cabeza. -¿Dama? ¿Qué da…?-pensé yo, -Vodka con Kahlúa y leche-dijo una voz a mi lado.

Al principio me quedé estupefacto, pues no recordaba haber llegado allí con ella, pero pronto comprendí que no había sido más que un malentendido, no era más que la chica de al lado, me giré hacia la mesa buscando a Slondo mientras el barman exclamaba “¡Passport con hielo y ruso blanco!” para la canción vital del garito, del que no quedaba rastro. Me armé de un falso valor inducido por el brebaje y me volví a dar la vuelta para hablar con la perfecta desconocida con la que compartía barra, justo al instante en el que nuestras bebidas aparecían ante nosotros.

-No… no eres de por aquí ¿verdad?-dije finalmente.
-¿Cómo lo has sabido?-preguntó con una sonrisa amistosa.
-Por el acento, se nota que eres sureña, justo ahora estaba terminando un artículo sobre el Derby de Sherry…
-¡Ah! Así que eres periodista…-afirmó con curiosidad.
-Supongo… preferiría ser escritor de verdad… por cierto, ¿cuál era tu nombre?
-Cory.
-¿Cory?
-Sí… viene de…
-¡Da igual!-interrumpí-Me gusta así, me gusta Cory.
-Gracias-se rió-¿Y el tuyo?
-¿Mi qué?-pregunté desconcertado.
-¡Tu nombre!-dijo con una carcajada.
-¡Ah, ah! Pues es Paul… viene de… de Paul supongo.
-Pues encantada, Paul-declaró ofreciéndome su vaso para brindar.

Con el chasquido de los vasos mi memoria se desvaneció en una neblina, sumergida por lo menos hasta la cintura, lo justo para poder recordar sinuosas imágenes sin siquiera captar algo de las profundas conversaciones que se acontecieron después, como un viaje de veinte mil leguas de verborrea submarina que pasas en tu camarote, vomitando y mareado por el bamboleo de este Nautilus que algunos llamaron realidad.

Sí que puedo acordarme del paseo hasta la calle Villalobos para coger el ómnibus de vuelta a San Frutos, donde encontré a Slondo tumbado bajo una capa de fina escarcha abrazado a una botella vacía de Johnny Walker con una sonrisa infantil entre la descuidada barba. Me despedí allí mismo de Cory, envuelta en la matutina niebla.

Subí al ómnibus con dolor de cabeza y ojeras, había perdido mis libretas de apuntes y todo lo que llevaba encima, no lo lamenté, sólo lamento no tener ni una dirección, ni un teléfono, ni siquiera un apellido… aquel ómnibus no me iba a llevar a casa.


4 comentarios:

vErdE! :) dijo...

jajajaja veinte mil leguas de verborrea submarina, jajajaja casi me meo de la risa V de Village!

Pilar dijo...

En esas situaciones uno se arrepiente de no haber pedido un teléfono incluso antes de despedirse. En esos casos supongo que será mejor dormir todo el viaje de vuelta.... qué pena.

Schmetterling! dijo...

Bueno, quizá algún día se vuelvan a encontrar.. ya sabes, ese estúpido rollo de que el destino es el que une a la gente y tal.

Me gusta mucho!
Muaa

P. Lavilha dijo...

La cuestión es cómo despertar cuando llegas a casa... dejarlo escrito ayuda a dejarlo atrás, pues al ponerlo en una página se puede pasar y seguir con la siguiente... aunque no sé, tal vez esto no haya pasado nunca.

Y lo del destino... bueno, ¿por qué no? démosle una oportunidad a todo lo mágico que pueda pasar en la vida.

muchas gracias por comentar y un abrazo.