9.6.13

La cabeza vacía.

Anoche no pude encontrar el interruptor a oscuras y sin querer rompí la hucha de cerdito que guardo desde hace años sin ahorrar un centavo para mi viaje a la Pampa y de entre los fragmentos de arcilla astillados emergió una cabeza vacía que no sabía ni su propio nombre ni tenía más conciencia de sí misma que lo que confusamente le decían sus ojos empañados de lágrimas de desconcierto al encenderse su pequeño hipotálamo entre los lóbulos y la coagulante placenta.

Intentó decir algo, pero de sus labios resecos sólo salió un goch-goch gutural y ronco. Le costó un buen rato relajar los bruscos jadeos y cuando su respiración se volvió más acompasada pestañeó plácidamente.

—He comprendido —susurró con una sonrisa joroschó— que las fronteras de la materia no son más que una ilusión. Que todo se confunde. Que las cosas son lo que fueron y serán y que siempre es de día en algún sitio. También de noche. Y que siempre hay alguna nube por ahí arriba llena de tripas y otras vesches.


Me miró pensativamente, y me aconsejó que recogiera los pedazos del cerdito para no rasgarme los calcetines y me acostara, que era tarde. Obedecí, por supuesto, mas no pude dormir en un buen rato, con la mirada perdida en el oscurecido blanco del techo de cal que algunas veces fue la copa de un árbol con una cascada y la lengua de una ballena. Después no soñé nada. 

2 comentarios:

Daniel Alvarez dijo...

Guapisimo, y el cuadro también, quedo cpm la boca abierta, really. Un abrazo Lavilla

P. Lavilha dijo...

Muchas gracias! Nos vemos pronto!