13.1.14

Un auténtico desierto.

Llevo meses caminando por el desierto, tal vez años. Al menos una Era básica. Tanto he caminado que ya olvidé por qué lo hago. Sólo veo una línea a mi alrededor que es el horizonte dividiendo el Universo en dos mitades y no recuerdo el camino de regreso. El tiempo no existe aquí, pues el Sol siempre luce en lo más alto y no hay ni una triste sombra donde sentarme a descansar, así que camino.

Hace tiempo encontré una puerta de madera ennegrecida por el sol con bisagras oxidadas. Estaba ahí, de pie, en medio de la yerma planicie. Pero yo la ignoré ¿Para qué cruzar por una puerta cuando tengo aquí todo el espacio del mundo para campar a mis anchas?

Sin embargo esa puerta me sigue, la veo por el rabillo del ojo y me hace pensar en si tal vez es una salida. También en si de verdad quiero salir, si no estaré mejor aquí. Quizás la vida que vagamente recuerdo de antes de este desierto no haya sido más que un sueño y esto es lo que hay.

Pero si de verdad esta puerta es una salida y además me está siguiendo no tengo de qué preocuparme. Caminaré distraído un rato más y ya después, si eso, me aferraré a ese pesado pomo para cruzar el umbral, a ver qué pasa.

         Este mundo de los candados no resulta alegre, y uno permanece en él sólo con la cabeza, mientras que el resto del cuerpo está de este otro lado, siguiendo sus costumbres cotidianas.
         Cuando uno está en el mundo de los candados, siente ganas de llorar, aunque no lo manifieste. (…) y a veces uno siente que tiene una nube dentro de la cabeza y alrededor de las orejas; y es esta nube la que hace de candado. —Ermanno Cavazzoni (El poema de los lunáticos)
Jessica Torrant

1 comentario:

Pilar dijo...

Dicen que la vida es eso que empieza al final de nuestra zona de comfort...tal vez por eso esta zona parezca un desierto a ciertos ojos (ojos valientes, por otra parte)