14.7.20

Mørk: Varmt

The Hunter

               En el principio fue la noche. La llamaron kaamos; la eterna noche inmaculada, sin luna alguna y sin estrellas, sólo la negra noche negra y azul preñada de invierno, gélida como una ausencia y tan oscura como la más profunda de las fosas. El viento arrastraba entonces los glaciales cantos de los antiguos, de los que aún no habían nacido, de los que aguardaban, ciegos y sordos, por su turno prestado para morar la tierra y los mares.

               Después Vamn, con la sal de sus olas, fecundó el fértil vientre de Jord, que yacía tendida bajo un delicado y níveo manto de escarcha, y, tras el anuncio de la glauca aurora, que danzaba desnuda en el indescifrable cielo nocturno, de las entrañas del fango de levante se alzó Varmt, la que calienta, con su refulgente cornamenta y unas doradas alas sobre los hombros. Y así nació la mañana.

               Varmt escudriñó el yermo suelo bajo su luz, y con un cálido susurro despertó a la taiga, entumecida en su lecho de lodo, y así los árboles se izaron fuertes y robustos, vistiendo a Jord de esmeralda y madera. Después se desperezaron los musgos, con sus tímidas voces entonando las canciones olvidadas, y a éstos les siguieron los hongos de la tierra, que se cobijaron bajo el pino y bajo el roble, donde aprendieron la lengua prohibida de la espesura para después guardar silencio entre la maleza.

               Varmt echó a caminar, y anegó el cielo de una luz límpida tras sus templados pies de tez dorada. Ascendió sin esfuerzo por el fresno celeste y, una vez en la cumbre, volvió a dirigir su tibia mirada a Jord y, al verla aún somnolienta y taciturna, la quiso obsequiar con un cándido beso de sus labios. Pero Jord, orgullosa, lo rechazó apartando su áspero rostro, y Varmt se cortó con los pétreos riscos de su hermana y madre.

               De la sangre de Varmt surgió el oso a mediodía, le siguieron el lobo y el próspero reno. De sus lágrimas emergió formidable el narval y el esquivo arenque. Y de su llanto, por último, manaron la lechuza y el cuervo. Después, compungida y triste, comenzó el descenso.

               Ya en el último rubor vespertino, cuando los cirros de la tarde se sonrojaban ante su ígneo desfile, Varmt echó la vista atrás. Ulv, el lobo, devoraba el estómago del reno y sonreía cruel con las fauces ensangrentadas. Varmt, colérica, arrancó una afilada asta de su cráneo y desgarró con ella su propia tripa, de la que extrajo el sanguinolento hígado, aún palpitante, con el que dio forma y aliento a Mørk, a quien alimentó con la leche de sus pechos y encomendó el custodio de sus rebaños.

               Hecho esto, Varmt se asomó al abismo del ocaso, allende los mares de poniente, y se arrojó por él sin ruido, cayendo tras ella la nueva noche, iluminada esta vez por una luna de hielo con su pálido hálito, que no es más que la blanca sombra de Varmt y la huella de sus pasos por el firmamento, como un recuerdo.

               Y después, con un eco de gemido, amanece en el oriente.

13.7.20

Una lata dorada.

Paris met de twistappel in zijn hand en in de achtergrond twee stieren —Hans Collaert I


Es convencional llamar “monstruo” a cualquier mezcla de elementos disonantes. Yo llamo “monstruo” a cualquier belleza original inagotable.
—ALFRED JARRY


               Cuando Ernesto Cleido regresó al cuartel de Pancró se encontró al viejo viejo Bo profundamente dormido en su camastro rodeado de pañuelos usados y envuelto en un hedor a inminente cadáver consumido por la bebida.

               —Bo, vamos, despierta, Bo —le dijo con voz grave—, ha ocurrido algo.
               El viejo viejo Bo despegó sus macilentos párpados y gruñó.
               —¿Qué pasa? —dijo— ¿Habéis encontrado algo de jalar?
               —Se trata de Paristo, lo hemos perdido.
            —¿Qué me dices? —respondió el viejo viejo— ¿Y nada de comer?

               Ernesto Cleido sacó de su mochila una paloma muerta y una pieza de chóped rancio.

               —Bien —dio un bocado al chóped y decapitó a la columba de cuajo—, lo primero es lo primero. Toma, tú ve desplumando esto mientras yo enciendo el hornillo, y me cuentas qué ha pasado.

               Ernesto Cleido empieza a arrancar las plumas con manos temblorosas y rostro pálido, bilioso.

               —Pues estábamos por los aledaños de la plaza Marrón, buscando provisiones, cuando escuché aquella voz. No era una voz en realidad, era como un bisbiseo subacuático en mi cabeza. Como si se tratara de un pensamiento ajeno. Decía algo así como “Ven, ven…”, pero en una lengua extraña que por alguna razón podía comprender —termina de desplumar al pájaro y le desgarra la tripa con las uñas para extraer los hígados—, y no sé… me asusté y me sentí seducido al mismo tiempo. Creo que Paristo la oyó también, porque nos miramos tal que así, con los ojos como idos.
               —Entiendo —dijo el viejo viejo Bo, fumando sin filtro.
               —Y entonces —siguió Ernesto Cleido—, salí corriendo. Hui. Grité a Paristo: “¡Corre!”, pero él no se movió. Se quedó ahí pasmado, tieso, y no volví a mirar atrás. Me llegué hasta aquí lo más rápido que pude y… y eso es todo.
               —Bueno, pues ya estará muerto entonces —sentenció el viejo viejo Bo—; una boca menos.

* * *

               Paristo y Ernesto Cleido habían salido en busca de algo de comida. Ya habían limpiado el barrio de Koboldo hacía meses y las redes que colocaran en el río días antes no habían atrapado ni un triste muil. “Algo tiene que haber por ahí”, decía Paristo, iracundo, “No podemos seguir alimentándonos a base de chóped. A saber de qué estará hecho”. “Yo tengo una teoría”, respondía el otro, “Pero me la guardo para mí, no quieres saberla”.

               Caminaban pegados a las paredes de los edificios y usaban un espejo para doblar cada esquina, sabedores de que las jibias les acechaban. Nunca habían visto ninguna, si acaso de lejos, adivinando su terrible figura entre las sombras. Lo cual no quiere decir que no estuvieran rondándoles, pues todo el mundo, los que quedan, está al tanto de que aquellas monstruosidades son capaces de mimetizarse con su entorno y, para cuando uno quiere percatarse de que tiene una cerca, ya ha caído presa de sus espantosos tentáculos.

               En el parque de Esparto encontraron una paloma anciana que, famélica, habíase caído de una rama y agonizaba entre espasmos y convulsiones. Le dieron muerte de un golpe certero en el cráneo y Ernesto Cleido la guardó en su mochila. “Con esto prepararemos un banquete”, dijo Paristo.
               Continuaron un trecho en dirección a la zona alta de la ciudad. “Así, si tenemos que huir”, decía Paristo, “nos cogerá cuesta abajo”.

               Pasado un rato, tras haber registrado casi todas las desamparadas tiendas de la calle Ducan sin recompensa, Ernesto Cleido vislumbró un destello áureo bajo la vaciada estantería de un colmado desierto.

               “¡Mira, ahí!”, le señaló a Paristo. Este se agachó y recogió una vieja lata de conservas sin etiqueta. “¿Qué será?”, dijo Ernesto. “Pues no lo sé, sorpresa”, respondió Paristo, escrutando la dorada superficie del cilindro metálico, “Pero seguro que es mejor que chóped y paloma”, y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta como un tesoro. “Genial, pues volvamos”, dijo Ernesto Cleido, “Ya tenemos suficiente por hoy”. “Espera”, contestó Paristo, “Aún quedan un par de boticas, tal vez encontremos algo más”. Ernesto Cleido accedió a regañadientes, y prosiguieron con la expedición.

               Llegados a la plaza Marrón, sucedió. El aire se enrareció y un silbido líquido atravesó la atmósfera. Ambos se pararon en seco, petrificados, y se miraron tal que así, con los ojos como idos, y entonces Ernesto Cleido se escabulló gritando algo así como “¡Corre!”. Pero Paristo se quedó en el sitio.

* * *

               Fue entonces cuando vio aquellos ojos. Unas negras pupilas negras y arrebatadoras con forma de virgulilla, profundas como un abismo, que lo escudriñaban. Sintió calma arropado en aquella mirada serena. Los iridóforos del manto proyectaron patrones rorschachianos y Paristo se embelesó ante sus contornos y voluptuosidades, obnubilado.

               Avanzó unos pasos, y la sepia hizo lo propio, deslizándose con elegancia sobre sus holgados brazos. A esa distancia ya era capaz de distinguir las ventosas y el húmedo rubor en la piel del molusco. Así de cerca podía sentir en su pecho el cadencioso pulso de los tres corazones que latían en aquel cuerpo, inundándolo de sangre viridián. Podía percibir la sosegada respiración de las delicadas branquias, el reconfortante arrullo del sifón erecto, la armonía orgánica del cefalópodo.

               Paristo, anegado, sacó la lata dorada de su chaqueta, y se la mostró a la jibia en sincera señal de ofrenda. Esta entornó las córneas, furtiva, y la asió con uno de sus tentáculos. Se aproximaron. Paristo tomó aire, manso, y después exhaló un soplo redentor, entregándose al rapto.

               Y así, tras unos instantes de tierna quietud mutua, se fundieron  en un ahogado abrazo.