¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Noviembre de 1984, recién alistado en el Directorio de Operaciones y Tecnología del Comité para la Seguridad del Estado soviético bajo el sobrenombre de Vladimir Antonov.
No hubo muchas preguntas, solamente me pidieron "amablemente" que no filtrase ninguna información acerca de los experimentos que se realizaban en los laboratorios del departamento para el que trabajaba fregando suelos.
Era inevitable que me enterase de que los experimentos secretos consistían en una nueva fórmula de jarabe para la tos compuesta principalmente por ácido lisérgico y piel de patata. Lo llamaban "Proyecto Gorlo". Empecé a perder mi fé en El Partido, y, tras casi 7 años de duras jornadas de limpieza en el Escuadrón Uborka, decidí abandonar la vieja patria con mi petate lleno de cartófilos podridos y alguna muda limpia mezclada con las sucias.
Decidí ir hacia el Oeste... viajé como polizonte en varios trenes hasta llegar al puerto de Rotterdam, donde me enrolé en un barco de mercancías para ir a Londres.
Cuando llegué a la ciudad del Támesis, cambié otra vez mi nombre por el de Samuel Dolittle, y conseguí una sucia habitación encima de un pub del distrito de Whitechapel, el Cockney's, donde me aceptaron como a uno más, y conocí al viejo William Flanagan, que me prometió ser su segundo al mando en la expedición que en un par de años lideraría por la Antártida para investigar las rutas migratorias de la rarísima mariposa polar.
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18.11.10
5.11.10
Aventuras en el kalahari.
Esto me recuerda la vez que estube cabalgando sobre ñúes en el kalahari...
Por ahí hacía un calor horrible, y notabas como Helios te iba cocinando lentamente para servir de alimento a los escuálidos chacales.
Un día en concreto... creo que era un martes... sí, martes, porque tocaban judías para comer. El caso es, ese martes, iba yo con mi ñú por la sabana viendo a las cebras y a las jirafas cuando, sin motivo aparente, mi ñú, aquela bestia del demonio, se empezó a revolver e hizo que me cayese de su lomo. Se marchó corriendo el jodido, y yo con la muñeca rota.
Pude regresar al campamento sin problemas, enseguida me pasé por el abrevadero y lo llené de detergente.
Los ñúes se partían el culo, todos patas arriba echando espumarajos por la boca.
La tribu que nos hospedaba se cabreó muchísimo y tuve que largarme, me fuí a Turkmenistán y me apodé Vladimir para ganarme el respeto de una mafia de neumáticos nativa. No duré mucho, solo nos daban arroz de comer, y no era muy bueno.
Y esa es la historia de cómo entré en el KGB, y hasta ahí mi vida hasta 1984.
Por ahí hacía un calor horrible, y notabas como Helios te iba cocinando lentamente para servir de alimento a los escuálidos chacales.
Un día en concreto... creo que era un martes... sí, martes, porque tocaban judías para comer. El caso es, ese martes, iba yo con mi ñú por la sabana viendo a las cebras y a las jirafas cuando, sin motivo aparente, mi ñú, aquela bestia del demonio, se empezó a revolver e hizo que me cayese de su lomo. Se marchó corriendo el jodido, y yo con la muñeca rota.
Pude regresar al campamento sin problemas, enseguida me pasé por el abrevadero y lo llené de detergente.
Los ñúes se partían el culo, todos patas arriba echando espumarajos por la boca.
La tribu que nos hospedaba se cabreó muchísimo y tuve que largarme, me fuí a Turkmenistán y me apodé Vladimir para ganarme el respeto de una mafia de neumáticos nativa. No duré mucho, solo nos daban arroz de comer, y no era muy bueno.
Y esa es la historia de cómo entré en el KGB, y hasta ahí mi vida hasta 1984.
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