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20.4.20

Derbi.

Duelo a garrotazos; Goya

Miércoles cientos noventa y dos. En una remota localidad se juega un derbi. Un tipo pelea con la alcachofa de la ducha por un poquirriquitín más de agua caliente mientras se afilan sus pezones. En el piso de encima, otro se debate entre calcetines negros o marrones o esos de rayas o unas chancletas, y el bus que se le va y, mientras tanto, los pies descalzos. Porque claro. Y entonces en la otra parte del mundo a un cualquiera cualesquiera le podría pasar más bien lo mismo o, por supuesto, cualquier otra cosa, y de ahí este cuajo por la vida que llevan algunos (no digo nada) o los que escriben con un pedazo de trozo de tiza en su propio postálamo los consejos que uno no le daría ni a su adversario natural más acérrimo. Y por eso la contingencia básica se da, principescamente, entre individuos monocéfalos o, dicho en una palabra, monocéfalos. Y dale. Acto primero:  Por ejemplo. Me peleé conmigo mismo por comerme la última chocolatina. Me di un garrotazo en la cabeza usando un garrote y la cabeza y me noqueé, tal que así de tranquilamente. Al final la compartimos, pero me quedé con hambre. Y por eso esta mala baba, y que tenga las comisuras sucias y como manchadas de caca. Prepucio: Antes de ello, el técnico de vodafone había discutido consigo mismo delante de mí, por un asunto penelopesco que se traían con el cable de la fibra óptica y, mientras uno lo desenredaba con vehemencia, el otro se inventaba nudos y entuertos por el otro extremo. Como en un derbi: la lucha en casa y el vecino es enemigo como enemigo es el alcalde y yo no soy ni esto, ni aquello, ni lo otro y al final me comí una señal de las que ponen por las calles para regular la circulación como los yogures, y ésta se dobló con el contorno de mi narizota y yo caí muerto como el coyote de los cartunes. Manual del hombre recto, capítulo primero, introsucción: Recto significa Orto. Y al revés. Y así. Me tragué el pipo de una aceituna siendo bebé y ahora se piensan que soy un chico. Pues no. Dos personas se enfrentan por ver quién pasa primero y la grada eufórica. Y otra vez. Como la disyuntiva entre comerse la piza precocinada a medio cocer o esperar a que se calcine, o como cortarse la uña del cuarto dedo del pie después de haber reñido con él por una chorrada en la que ninguno llevaba la razón. Pues es que hay veces que uno se lo piensa, y bien se podría vivir sin índice, ni apéndice, ni cuarta pared. Y hay veces en las que el guarda jurado que te protege te regala un bolagoma y va y te salta un ojo: ¡Gol! Y otro tuerto para vender boletos. Lo corriente, después de todo, es el empate tácito, es decir, la derrota mutua sin victoria para nadie; y por esa misma razón los arcos de triunfo no tienen sentido en ningún sitio, como sí lo tendría, por ejemplo, el dejar el alcantarillado sin tapar, y que decida la coyuntura. Dos chelovecos con arena hasta los tobillos y no más que sendas porras portátiles. Y nada, que eso. Que se juega derbi. 

editorial para JOROSCHÓ #3: DERBI


19.8.15

Telmo.

—No recuerdo haberme desvanecido —mencionó Telmo, llevándose una mano al cogote—, tan sólo me desperté.

La ciruela amarilla a medio comer que yacía en el plato frente a Telmo no respondió, sino que permaneció oxidándose con quietud y la pepita casi desnuda. En el suelo, los fragmentos de un vidrio seguían húmedos y en silencio. También calló el palpitar bajo los tímpanos y se tornó mero pulso de metrónomo.

 Telmo miró alrededor y en seguida percibió que algo en la pieza había cambiado. —Creo que soy yo —musitó, y parpadeó un par de voces. Desoyó  ambas pestañas y regresó al sordo metrónomo. Y Éste se volvió espiral, y esta última un crótalo del desierto. Y, al final, arena.

Un chasquido devolvió la pieza a su lugar, y Telmo suspiró con un sueño velado entre los labios. Se palpó los dedos y no halló más que yemas. Se levantó, dio un par de pasos; pero no se movió del sitio. Volvió a sentarse, y no tardó en morder un pedazo de la ciruela. Telmo sonrió, y miró al vacío mientras masticaba. Y así olvidó que había despertado. Después de todo, se durmió. Y, al final,
arena.

Goya

18.12.12

Capítulo XXX (Parte I).



El sueño de la razón produce monstruos, o algo así se llamaba un viejo grabado que vi una vez en un libro. En él una oscura bandada de murciélagos y lechuzas atormentaba a un pobre hombre que se había desplomado, abatido, sobre su escritorio. Es curioso cómo en un dibujo puede caber tanto terror y cansancio, aunque no es nada comparado con lo que puede albergar la mente humana, con todos los tormentos a los que puede ser sometida. Siempre he creído que el Universo no puede estar formado únicamente por miedo y penurias, que ha de haber algo bueno, simplemente por aquello de las energías opuestas que mantienen cierto equilibrio —aunque tampoco estoy muy seguro de esto último—. Por eso, el día que recordé aquel grabado, decidí dejar de ser aquel tipo compungido que esconde su afligida cabeza de los monstruos del mundo, y empezar a mirar alrededor. —Todo está en mi cabeza —pensé—, estos engendros alados no pretenden más que asustarme, no pueden hacerme ningún daño. Y si pueden, bien vale la pena intentar ver qué hay más allá de mi escritorio.

Decidí, pues, cambiar de aires. Dejé un aburrido trabajo en la gran ciudad, me despedí de las pocas personas que sabían mi nombre, vendí mi destartalado piso —televisión incluida— y me mudé a donde decidió una moneda lanzada sobre un mapa. Y esa es la historia de mi vida, o al menos hasta ahora. No tengo que añadir nada más que lo que está por acontecer.

Subí por la escalera tras el gordo sudoroso que a partir de ahora sería mi casero, que me conducía a mi nueva habitación. Era un viejo y estrecho edificio de tres plantas —en la tercera estaba mi cuarto— situado en una bonita calle del centro de Estagira —ese es el nombre de la ciudad— llena de árboles y con poco tráfico. Todo olía a viejo, una mezcla entre polvo y naftalina, algo desconcertante, ya que las cortinas estaban casi totalmente roídas por las polillas.

—Está bien, señor Testa —dijo el gordo y sudoroso casero, fatigado por la subida—. Este es su cuarto. Puede amueblarlo si quiere. Recuerde que son veintiuna dracmas a la semana, por adelantado. Servimos desayunos sólo los miércoles y si necesita una toalla serán dos dracmas más. No tenemos servicio, así que podrá usar ese cubo de ahí para aguas menores.
—¿Y para las mayores? —interrumpí yo.
—Puede ir al bar de al lado, si quiere.
—Oh, está bien.
—Si me necesita estaré abajo.

Le mostré mi agradecimiento con una sonrisa y una leve reverencia y cogí la llave que me ofreció, tras lo cual se dio la vuelta y volvió a bajar por la escalera, que se quejaba con unos crujidos lastimeros. Incluso me pareció oír una voz de madera blasfemando.

Me planté entonces frente a mi nuevo hogar. No era nada del otro mundo, un cuarto diáfano con el suelo de tablas de madera pintadas de blanco y las paredes de cal un poco desconchadas. Tenía una ventana con los cristales sucios y las cortinas carcomidas, pero era bastante amplia y entraba mucha luz, incluso tenía un alféizar de ladrillo en el que podría poner un par de plantas. Justo en el centro de la habitación estaba el polvoriento colchón que, junto al cubo de plástico del rincón, era el único mueble de la estancia.

Pensé que a esa habitación lo que le hacía falta era una mano de pintura, así que fui a la planta baja y le pedí al gordo y sudoroso casero algunos botes. Dio la casualidad de que le quedaba un poco de rojo y un poco de azul, y me parecieron dos buenos colores para dar alegría al suelo.

Dejé mi chaqueta y mis zapatos y mis calcetines sobre el colchón, junto a la maleta, y me arremangué la camisa y los pantalones. Coloreé concienzudamente cada fila de tablas de madera del suelo de un color, lo que hacía que pareciese una gran lona de carpa circense puesta de alfombra. No tardé en darme cuenta de que había naufragado en una pequeña isla —que era el colchón—en un inmenso océano de pintura húmeda, y para colmo la puerta y la ventana estaban cerradas.

Pronto me sentí algo sofocado y mareado. Las paredes parecían poder acercarse y alejarse a la vez y me notaba adormecido. Pensé en que mis huellas púrpuras afearían el suelo —con lo bien que había quedado—, y además no quedaba más pintura para arreglar el estropicio. Me atusé el pelo y la barba como pensando, pero mi mente divagaba como hechizada por un flautista de leotardos rallados escondido, tal vez en aquel cubo. Me acurruqué entonces en el sorprendentemente cómodo colchón y me quedé completamente dormido, sabiendo que cuando despertara la pintura ya estaría seca.

8.12.10

De símbolos mal empleados ☮ (II).

Desde hace ya tiempo me llama la atención y me turba la confusión que se sufre en torno al símbolo de la paz, generalmente por parte de niñas pseudo-hippies de las archiconocidas redes sociales.

Este error es más calamitoso incluso que el que ya expuse hace más de un año, en referencia a la bandera pan africana como icono del movimiento reggae, aquí se confunde el signo de una época, una generación, una ideología; con el de una marca de automóviles, Mercedes-Benz.


Y puede que sea un simple palito el que falta, pero denota una clara ignorancia que, lo siento si sueno arisco o intransigente, pero llega a repugnarme.

Ya como curiosidad, el símbolo de la paz que (casi) todos conocemos fue diseñado originalmente por Gerald Holtom en 1958, como logo para el desarme nuclear. Tiene dos significados aceptados, el primero es la combinación de las letras N y D (Nuclear Disarmament) representadas en el alfabeto del semáforo; aunque en 1967, el propio Gerald declaró que se había dibujado a sí mismo, con los brazos abiertos de forma desesperada, inspirado en Los Fusilamientos del 3 de Mayo de Goya.


Quizás la única relación que pueda encontrar entre estos dos símbolos sea la inacabada canción de Janis Joplin, Mercedes Benz.