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23.4.20

El día del pangolín.

                El reloj despertador sobre la mesilla marca las 5:59 (Clic). Ahora ya marcan las 6:00 y se enciende la radio.

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba! ¡Despertad y no olvidéis lavaros las manos, mantener la distancia y toser en la rodilla para evitar contagios! Recordad: este virus lo paramos unidos, lo paramos si os quedáis en casa. Detener el CORVID-19 es responsabilidad de todos y todas. Si te proteges tú, proteges a los demás. Gobierno de Punxsutawney…

                Phil se revuelve entre las sábanas y espera a que el reloj marque el mediodía. (Elipsis). Ahora ya marcan las 12:00 y se levanta con un regusto a déjà vu en las encías. Viste desde hace días una suerte de chándal que hace las veces de pijama con manchas de sudor ocre en los sobacos y restos de lo que bien pudiera ser mostaza en la bragadura del pantalón. Se llega al baño y descubre frente al espejo que la barba le sigue creciendo a pesar del parón, pero no le da mucha importancia y mea sin cuidarse del antaño temible doble-chorro que salpica el zócalo. Total, tendrá tiempo de sobra después para fregar la casa varias veces.

                En la cocina, se sirve de la italiana las sobras del café de ayer en la misma taza, ya con parda pátina en el fondo, y lo calienta en el micro. Deja que aquello de vueltas durante un minuto completo mientras observa ensimismado el movimiento de rotación mecánico del ingenio, cosa que no había logrado nunca durante tanto rato seguido, y se lo toma como un triunfo básico.

                Se asoma al balcón y sopla varias veces el café tras haberse quemado los labios. Desde lo alto ve a Hades, el vecino del sótano, paseando a Cáncer, su chihuahua de tres cabezas que se mea y se caga a diario en el portal. Y refunfuña para sí, huraño.

                Phil decide hacer algo de ejercicio. Comienza con la bici estática que heredó de su tía abuela Gasparda cuando ésta murió de sobredosis durante la crisis de la nafta, pero llevaba tanto tiempo estática que no había dios que moviera los pedales, así que se decantó por hacer deltoides usando un par de garrafas de orujo blanco como mancuernas. Esto le dio sed y, en un alarde de responsabilidad poco o nada usual en él, abandona el entrenamiento y se sirve una copichuela a la salud de Genarín. Termina el ejercicio dando toques a un rollo de papel higiénico, diecisiete, nada menos; su récord absoluto. Lo celebra con siete copichuelas más.

                Ahora a Phil le apetece alimentar el espíritu, esto es, leer un libro. Coge el primero de la montonera de lecturas pendientes junto a la estantería, rasca un poco el moho que se cultiva en las solapas y empieza a leer: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana…”. Vibra el teléfono. Es un mensaje en el grupo Equipo Actimel, al parecer unos negros celebran con pompa la muerte de un compinche y bailan con su ataúd a ritmo de EDM. Sigue leyendo: “después de un sueño intranquilo…”. Vibra el teléfono. Ahora un serial de audios relatando la guerra de los Mindolos contra Bananos, Chuminos y Tripones. A partir de aquí se desencadena una sucesión de memes, pantomimas y parafernalia que sería harto farragosa de relatar. (Elipsis).

                A Phil le entra hambre. El reloj del teléfono marca las 16:19. En circunstancias normales, a estas horas Phil estaría lamiendo la pega del papelillo de un canuto como dicta la atávica tradición judeocanábica. Pero, como su camello de cabecera se encuentra también confinado en su propio zulo, las provisiones de Phil se han visto reducidas dramáticamente a residuos de hoja inocua y unas pocas ramas desnudas. Por ello, resuelve alterar su ceremonia rutinaria de intoxicación recreativa por vía respiratoria y poner en práctica aquella receta de quinoa que vio en Instagram que no tenía mala pinta y se presentaba perfectamente salubre. La cosa es que al final le da pereza y descongela una lasaña precocinada en el microondas para al menos mirar algo que dé vueltas sobre un eje estipulado y así paliar el tedio.

                  Phil deglute la lasaña sin pan en un santiamén y medio y, sin darse cuenta, se encuentra recostado en el sofá en franca posición horizontal y se dice a sí mismo que si se echa la siesta no dormirá por la noche. (Elipsis).

                Phil se despierta con un hilo de baba surcándole la mejilla. En la tele discuten el ángulo de la curva y advierten de que darán consejos de higiene después de la publicidad. Phil se despereza con sentimiento de culpabilidad y elije otro libro del montón polvoriento. Se sienta junto a la ventana y empieza: “Llamadme Ismael…”. Un perro ladra en la calle. Es Cáncer, con sus muertos pelaos en ácido, se dice para sí, y chasquea la lengua contra el paladar como gesto de desaprobación. Continúa: “Años atrás, no importan cuántos…”. Vibra el teléfono. Es una videollamada grupal con los antiguos colegas de clase, a los cuales no ve desde la graduación, hace la tira. Lo coge:

COLEGA 1: ¡Hola a todos! ¿Qué tal va esa cuarentena?
COLEGA 2: ¡Coño, Juan! ¡Cuánto tiempo!
PHIL: Hola…
COLEGA 2: ¡Hola, Phil! ¡Vaya pelos!
COLEGA 1: ¡Qué dices, Chus! ¡Nos vimos en la boda del Cejas el verano pasado!
PHIL: Ya… como es domingo hoy ni me duché ni ná…
COLEGA 3: ¡Holi gente!
COLEGA 2: ¡Es verdad! ¡Joder, qué ciego! ¿Te acuerdas?
COLEGA 1: ¿Pero qué dices? ¡Si es miércoles!
COLEGA 3: ¿Qué, cómo va esa cuarentena?
COLEGA 2: Bien, bien, aquí, con la familia, ni tan mal, un poco harto de los críos.
COLEGA 1: Por aquí también bien.
COLEGA 3: Yo de lujo, hoy monté un concierto de Rosalía usando latas de cerveza, luego os paso el vídeo.
COLEGA 2: ¡Longaelisa os manda saludos!
COLEGA 1: ¡Sí, ponlo en el grupo!
COLEGA 3: ¡Trá, trá!
COLEGA 4: ¡Hol* P*ña! ¿Cóm* **sa **entena?
COLEGA 1: ¡Fransuá! ¡No se te oye!
COLEGA 3: ¡Un abrazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿**ora mej** or?
COLEGA 2: ¡No, peor!
COLEGA 1: ¡Pon los datos!
COLEGA 3: ¿Vosotros entendéis a Fransuá?
COLEGA 4: ¿Se**men **oye?
COLEGA 1: ¡Nada, no te va!
COLEGA 2: ¡Salte y te volvemos a meter!
COLEGA 4: P**s yo os escuch** p**fecto!
COLEGA 3: Bueno, chavales, yo me tengo que salir, que ahora son los aplausos…
COLEGA 2: ¡Uy, los aplausos!
COLEGA 1: Tenéis razón, ¿lo dejamos para mañana?
COLEGA 4: Cr** q** ya m** va.
COLEGA 2: Venga, ¡hasta mañana!
COLEGA 3: ¡Un besazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿Q** t**l?
PHIL: Astrólogo.

               (Aplausos). Phil se derrumba en el sofá y arroja el móvil lejos, bien lejos, al otro lado de la diminuta pieza que habita. Mira al techo y medita. Largo rato. (Elipsis).

                El reloj con forma de gato negro de la pared marca las 20:08, desde la calle se oyen los primeros acordes de un conocido temazo del Dúo Dinámico cuyo título no debe ser nombrado. Phil, hastiado de veras, asoma medio cuerpo por la ventana y vocifera: “¡Hijos de puta! ¡Dejad ya esa canción del demonio, que me tenéis hasta los cojones! ¡Ni resistiré, ni hostias! ¡Yo me quiero matar! ¡Y tú, maldito cabrón! ¡Guárdate ya al perro, que le van a salir ampollas en el ojete de tanto cagar! ¡Puto Cáncer!”. Cierra la ventana con tremendo escándalo,y vuelve al sofá. No sin antes escoger otro libro del montón. Empieza: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía…”. Y da comienzo una repercusión en fa sostenido de cacerolas, ollas, y otros utensilios domésticos.

                “A la mierda”, se dice Phil. Abre una botella de vino moldavo y enchufa la cuenta de su primo Alfrodo en Netflix para mirar tráileres. (Elipsis).

                Pasado un rato estándar, a poco de terminar la tercera botella, en medio de la pieza aparece un pangolín fantasmagórico con alas de murciélago y sombrero cónico de bambú. Éste se yergue sobre sus patas traseras y musita, con acento zonguonés: “Aguanta, Phil, mañana será otro día”. Y Phil, del todo normal, responde: “¿Y si no hay mañana? Hoy no lo ha habido…”

                (Elipsis)

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba!

2.2.20

La mala baba.


El día que Olivia me dejó me quedé sentado sobre una piedra cosa de una hora o así bajo el sol de invierno y, entretanto, me fumé como cuatro cigarrillos observando una cagada llena de moscas azules mientras pensaba en qué lindo había amanecido y, sin embargo, menudo día de mierda. Después regresé a casa y saludé de mala gana al peludo, que miraba la tele desde el sofá. Le dije: “Quedé hoy con Olivia, al final hemos roto para siempre”. “Para siempre”, repitió él, imitándome con sorna, y yo me indigné súbito. Enfilé escaleras arriba, hacia mi cuarto, mientras él preguntaba en voz alta por si quedábamos como amigos o qué, y yo contesté “No sé”, con mala baba, y me encerré de un portazo.
Al principio pensé en tumbarme afuera, al terrado, con el deseo de abrasarme bajo el sol y que el viento, después, barriera inertes mis cenizas. Pero me pareció demasiado dramántico hasta para mí, y resolví acostarme en el colchón, y me escondí bajo la colcha aún con el abrigo y los zapatos puestos.
Traté de dormir. No me sentía cansado, pero sí somnoliento. Miré el teléfono y busqué su nombre. No puedo dormir. Me gustaba eso de ella, justo eso mismo: Se acostaba nerviosa, por alguna entrega o por algo, y, antes incluso de cerrar los ojos, mencionaba: “No puedo dormir”. Y yo me reía y le decía: “Pero si aún no lo intentaste siquiera”. Y es que yo siempre he tenido problemas para dormirme, y por eso nunca he estado despierto del todo.
Sonó una alarma programada para las cinco catorce y enseguida me levanté y preparé una cafetera. Agoté el culo de un tetrabrik en mi taza favorita desde siempre, la blanca con globos azules globos rojos globos amarillos y pensé en que llevo usando la misma taza casi treinta años y ahora es, por mucho que me encante, como si no la viera. Sorbí el café caliente después, una vez listo, y me sentí como fuera del propio cuerpo, como si mi cerebro estuviera situado un palmo más allá de donde realmente debería estar mi cerebro y por eso lo veo todo como quien mira por encima del hombro de otro.
Antes de las seis me fumé otro cigarro sentado en la plaza del Ovladí, y vi a un chaval que se acercó nada más que para beber de la fuente, y a un agente de parquímetros mojándose las manos en la misma, poco después, para atusarse el pelo patrás, de frente a nuca. Miré los árboles y me acordé de cuando los del sándwich eléctrico nos encaramábamos, ya borrachos, a sus copas y, ocultos por las ramas, asustábamos a los transeúntes en las noches de verano haciendo ruidos como de alimañas. Qué tiempos y tal y luego me fui a la utoescuela.
De camino meditaba: “¿Y qué le digo a Goliat cuando me pregunte que qué tal?”. Y me decía a mi mismo que le dijera, sencillamente: “Bueno, he tenido días peores”, para dejar claro de antebrazo que no estoy pasando una buena racha, pero, vamos, que tampoco se ha muerto nadie, ni tengo de repente un cáncer ni nada de eso. Así que al final me subí al coche y a la pregunta respondí: “Bien”, así como un graznido, y no hablamos más del tema y, salvo por una calle en la que me descuidé y entré a contramano, la clase transcurrió sin incidentes ni heridos de gravedad, y lo cierto es que, durante todo ese rato, no pensé más que en dónde estaría la línea continua del asfalto más larga y más continua del planeta. Y en quién la pintaría. Si lo hizo de aquí para allá o de allá para aquí, incluso en si formaría, por pura casualidad, un circuito cerrado de algún modo y, por tanto, de una continuidad infinita osease ilimitada ad libitum. En fin, a las siete Goliat me ordenó estacionar junto a los contenedores y yo hice eso mismo y, al salir del coche, me puse el sótano en los auriculares y enfilé el camino de vuelta a casa.
Pensé: “Debería coger una botella de whisky y unas birras para pasar la tarde, digo yo, o no va a haber aquí quien duerma”. Subí hasta la tienda de cosas del casco viejo y agarré una gaseosa, un fuegodoro de ocho años y una botella de detergente y lo pagué todo con tarjeta mientras le susurraba a la cajera: “La cerveza me la voy a tomar en el Diapasón” (y creo que por eso no me devolvió el cambio, que la vi asustada).
Cargué con todo en mi mochila y proseguí hacia el Diapasón. Recuerdo pensar: “¿Vaya, y qué le digo a Policarpo cuando me pregunte que qué tal?”. Es más: “¿Y si me pregunta por Olivia?”. Pero al final abrí la puerta de cuajo, una vez hube llegado, y le solté: “¡Hola, Policarpo! ¿Qué tal?”. A lo que él me espetó: “¿Que qué tal? ¿Que qué tal? ¿Y qué carajo te importa a ti qué tal estoy?”. Yo sonreí y le dije: “Pues justo así es como estoy yo”. Y sonreí, y sonrió, y ocupé mi banqueta, en un extremo, junto al chaflán de la barra, y él me sirvió una cerveza sin que yo la pidiera y no pude evitar no ocultar otra sonrisa y ahí fue cuando pensé: “¿Por qué andaba yo triste?". Policarpo me agasajó además con un plato de pimientos y yo, tal que así, de golpe, me puse a lloriquear: “¡Ay, ay, Olivia odiaba los pimientos!”. Y él dijo: “¿Pero qué cojones te pasa, tontolava de la cabeza?”. A lo que yo repliqué: “Bueno, no los odiaba, pero le sentaban gordos”. Todo esto entre sollozos y con espuma de cerveza en el bigote.
Agarré una servilleta (de bar, inservible), retiré los berretes de mis comisuras y me soné los mocos de la pituitaria. Entró un gentilhombre y Policarpo corrió a atenderle. Yo fui al baño: “¡Ocupado!”. Me dije: “Juraría que cuando entré no había nadie, y, sin la menor clase de duda, llevo aquí, al menos, un buen rato”. Pero tras la puerta se oía inconfundible El Chorro Musical. “¿Quién va?”, dijo alguien al otro lado. “Yo”, dije yo, “¿Te falta mucho?”. “¡Pof!”, respondió el quídam, y entonces me alejé de allí.
Cogí la mochila, me abrigué, y dejé un par de juancarlos sobre la barra. “¡Hasta luego, Poli!”, mencioné al salir, con prisa, “Buen clima”.
Me arrojé al frío y pensé: “Qué frío”. Caminé por las nocturnas calles solitarias y pensé: “Cuando escriba todo esto no pondré topicazos rollo: Nocturnas calles solitarias. Ni tampoco diré que, entre párrafo y párrafo he estado llorando, porque quedará demasiado patético. Y al final pondré que llegan unos cuantos compinches al Diapasón y a partir de ahí se suceden una serie de vicisitudes de lo más estrambóticas, influenciadas por la ingesta masiva de alcohol y sustancias, que resultan ser un acto de catarsis desmedida que me hace olvidar esta pena y resurgir del todo renovado. También meteré al Chorro Musical, porque me apetece, y tal vez use algo de nadsat o colaré algún vocablo apocopeideo tipo: patrás. Y fórmulas latinas ad hoc o del estilo, y un par de palabras raras. Lo que no se me ocurre es qué alter ego ponerle al peludo. Tampoco estaría mal que, al final, después de todo, apareciera Bosse-de-Nage y me seccionara el cuello en dos feas mitades y quien leyera esto dijera: Pero, si muere al final, ¿cómo es que lo ha escrito? No sé, igual debería escribirlo a modo de diario, o una epístola a mi yo de antes de ayer, o tal vez escribir sobre cualquier otra cosa. Qué frío. Me cago en mis muertos, qué frío. Si Olivia estuviera aquí le diría que menudo frío y le besaría la punta de la nariz, que de seguro estaría sonrosada y fría”.
Me dije, ya en voz alta: “¡Ay, caramba!”, y galopé hasta el portal de mi casa, atravesé el vidrio de la entrada usando mi propio cráneo y subí las escaleras panza arriba y cuadrúpedo, haciendo un tirabuzón en el último peldaño. Todo perfectamente calculado para que, con el movimiento rotatorio de mi propio cuerpo en particular y aprovechando la fuerza centrífuga resultante del mismo y las dos primeras leyes de la dermodínamica, las llaves salieran despedidas de mi bolsillo, se introdujera en la cerradura la equivalente, aún girando sobre sí misma con tal inercia que incluso llegara a abrir la mencionada cerradura para que yo entrara en la casa incólume y la puerta se cerrara justo a mi paso. Pero me tropecé con yo que sé qué, y me partí la nariz de nuevo.
Y ahora heme aquí, escribiendo sentado, borracho y solo. Escribiendo sobre lo solo y lo borracho que me siento. Y con la misma duda que al principio del “¿Y qué hago yo ahora?”, así, sentado en una piedra mirando las moscas en la mierda, soñando con volverme estatua de piedra, para no existir, o en mosca, para no pensar, o incluso en mierda; pero no ser yo, no ser yo ahora, que no quiero, que no me gusta, que no puedo. Qué difícil. “¿Y qué hago yo ahora?”, no, digo: “¿Qué estoy haciendo?”
Y de esto que irrumpe en mi cuarto Bosse-de-Nague con una mueca feroz y, sin mediar más palabra que un escueto y tautológico: “¡Ha ha!”, me regala una dentellada que desgarra mi garganta en dos feas mitades, feísimas, horrendas. Dejándome el tiempo justo y necesario, entre que me desangro y agonizo y tal, para escribir esto y ya más nada.  

20.1.20

Sopa verde.


Son las 3:14 p. m. en el anciano distrito de Koboldo, junto al río. Cae una delicada lluvia ácida y no hay pájaro que cante. Nuestro protagonista, K., se amanece con un charco de vómito reseco en el colchón y una terrible cefalea. Hace días que dormita entre pesadillas de moluscos tras agarrarse una borrachera de espanto en su propia despedida de soltero. Lo último que recuerda es invitar a sus compinches a una ronda de Jäbberwocky y arrojarse desde lo alto de la barra con la intención peregrina de que alguno lo atrapara al vuelo. Se lleva los dedos a la frente dolorida y palpa una brecha trasversal hecha ya costra endurecida. “Mierda”, se dice K. para sí, “Otra vez no”.

La pequeña pieza que ocupa está llena de moho y desorden, con correosas manchas de mostaza en las paredes. El frigo llora: sólo hay restos de sobras y despojos. En una esquina hay un retrete donde K. termina de vaciar su estómago y después, frente al espejo sucio, se descubre un ojo púrpura y el labio partido en dos feas mitades. “Mosquis”, musita, “Pues sí que la lie anoche”.
           
Se calza unos tejanos roídos, agarra un chubasquero y sale al rellano deshabitado, enfilando las escaleras. Es costumbre entre sus camaradas ponerse al día con los sucesos de la noche anterior frente a un reconstituyente, a base de cerveza y yemas de huevo crudas, en la misma barra que fue testigo de sus depravaciones; la del bar Pancró, en un semisótano mugriento del callejón Diagon, a sólo un par de manzanas de la pieza de K.
               
Las calles están desiertas y nada más que se oye silencio. K., absorto en su resaca, obvia el estado de abandono de los vehículos en plena calzada y los charcos sanguinolentos de las aceras. K. sólo piensa en cuánto le duele la cabeza y en si Brida, su futura esposa, estará enfadada con él o, en cambio, enfadadísima. Escucha su voz tras los tímpanos: “¡Joder, K., cuando no estás borracho es porque estás hecho una piltrafa! ¡No sé cómo demonios accedí a casarme contigo!”.
                
K. baja los tres escalones que separan el Pancró del mundo real y se encuentra a Sigmondo, gerente del tugurio, y a Bo, barroquiano estándar, apostillados en un rincón de la barra frente a sendas copas de fuegodoro. Ambos dicen al unísono: “¡K.!”, y éste responde con un lacónico gesto entre la vergüenza y la impostura.
               
Se sienta K. junto a Bo y dice con voz rasposa: “Llevo una resaca encima del tipo no-te-lo-crees. Os digo más: No la llevo encima, me lleva ella a mí; me rodea”, hace una pausa dramática llevándose una mano a la sien, “Sigmondo, haz el favor y ponme una birra y medio huevo, anda”. Sigmondo se cuela tras la barra para atenderle. K. añade: “¿No tendrás también algo de comer? Me muero de hambre”. Sigmondo dice: “Chóped”. Y K.: “Venga, ponme eso”.
                
Bo enciende un cigarrillo y observa a K. levantando su única ceja. “¿Y se puede saber dónde has estado todo este tiempo?”, pregunta desde detrás de una vaharada de humo. K. mastica chóped y responde: “Pues en mi casa, ¿por?”. Sigmondo dice: “Te dábamos por muerto”. Y K.: “Ya imagino… anoche me la agarré terrible”, sorbe cerveza, “Pero, joder, era mi despedida, ¿qué esperabais? Ni que nunca me hubierais visto borracho”.
                
Sigmondo y Bo se miran entonces. El uno con semblante receloso e intranquilo, el otro más bien fumado. Sigmondo dice: “¿Tu despedida? ¿Ayer, dices?”. Y K.: “Pues claro”. Y dice Bo: “K., tu despedida fue hace ya una semana”. K. se saca un trozo duro de chóped de entre los dientes y replica: “¿Pero qué me estás contando? Si estábamos tú y tú, y Orestes y Franagan… creo que también se pasaron un rato el viejo Belfrodo y su primo Ocre… ¿De verdad que he estado durmiendo una semana entera?”. Y Bo: “¡Y qué semana!”. Y K.: “¡Mierda! ¿Qué día es hoy, sábado?”. Y Sigmondo: “Más bien domingo”. K.: Pero entonces me caso hoy, maldita sea, ¿qué hora es?”.
                
Sigmondo colma un vaso de fuegodoro y lo coloca frente a K. “Bebe”, dice. K. contesta: “Aún no terminé esto”. “Pues acábate el huevo y bébetelo”. K. obedece y concreta ambas bebidas con una mueca como de náusea. Sigmondo repite la operación y dice: “Bebe”. Y vuelven a beber.
               
“¿Me queréis contar de una vez qué está pasando?”, dice K. “Escucha, K, es difícil…” comienza a decir Bo. “Olvídate de Brida”, sentenció Sigmondo. Y K., atónito y amarillo, acierta a decir: “¿Cómo?”. Sigmondo empieza: “¿Recuerdas aquello que decían en la tele de que el exceso de contaminación por plásticos e hidrocarburos en los océanos y la proliferación desmedida del fitoplancton amenazaban con extinguir toda especie marina, provocando así un desequilibrio en todos los ecosistemas con el resultado último del fin de la vida en la Tierra?”. Y K.: “Cómo no”.
                
Sigmondo apura su copa, la rellena, y hace lo propio con las de los otros. Bo exhala otra bocanada y dice: “Pues, básicamente, eso”. K. dice: “¿Qué coño?”. “Que ya no quedan peces en el mar”, culmina Sigmondo. “Pero no termina ahí”, añade Bo. “No”, confirma Sigmondo, bebe y sigue: “Resulta que, tratando de huir de esta sopa verde, la más inteligente de las criaturas marinas salió a tierra seca”. “¿Qué dices?”, dice K., “¿Los delfines?”. “No”, dice Bo, “Las sepias”.
                
K. sufre una arcada repentina y traga un poco de vómito. “Sepias”, dice, “Mierda, yo odio las sepias”. “¿Y quién no?”, anota Bo, “Pero espera, que tampoco termina ahí”, y pega una larga calada a su cigarro. “Nadie sabe cómo”, prosigue Sigmondo, “y seguramente los que bien pudieran saberlo ya estarán muertos, pero al parecer se trata de unas sepias adulteradas, como alienígenas mutantes, o al revés. Y son más inteligentes todavía que las sepias comunes que todas conocemos”. “Y más grandes”, dice Bo. “Mucho más grandes, terribles”, continúa Sigmondo, “Como de dos metros o así, erguidas sobre sus pegajosos tentáculos”. “Joder”, dice K. masticando chóped, “Menudo bicho”.

                
Bo apaga la colilla sobre la barra y se bebe el fuegodoro de un buche. “Ojalá solo fueran grandes”, dice. “¿Cómo?”, pregunta K., “¿Es que hay más?”. Y dice Sigmondo: “Mira, te lo explicaré sin más rodeos”, rellena los vasos, “Fue todo muy rápido. Salieron del agua hace una semana. Al principio todos pensaron que se trataba de una maravilla de la naturaleza y salieron a fotografiarse con ellas y festejarlo. Pero estas sepias no venían a celebrar nada”. “Todo lo contario”, interrumpe Bo. Sigue Sigmondo: “Venían por venganza. Nosotros nos habíamos cargado su casa. La jodimos con tanto vertido y tanto crucero. Llevaban generaciones tragándose nuestra mierda y ahora, sin pez que llevarse a las fauces, decidieron que nos toca el turno de ser devorados”. “Qué movida”, dice K. “Joder, ya te digo”, dice Bo. Y vuelven a beber.
                
Sigmondo dice: “No tardaron en hacerse con el poder. Con su habilidad para camuflarse y una fuerza monstruosa, acabaron con los ejércitos de las grandes naciones en sólo una tarde, y a partir de ahí les fue fácil diezmar la población mundial. Al tercer día ya habían aprendido a comunicarse por telepatía con los que quedábamos y replicaban en nuestras mentes consignas sepiofascistas en bucle dictando obediencia o ejecución. Al cuarto día acabaron con el ganado y los cultivos y, desde entonces, quien no sirve como esclavo en sus factorías de chóped, sirve como relleno para el embutido. Por eso te digo que te olvides de tu Brida querida, porque probablemente te la estés merendando ahora mismo”.
                
K. se vomita encima y mira a los otros con rostro pálido y desencajado. “¿Co… cómo?”, balbucea, “¿Este chóped está hecho de humanos? ¿Y por qué me lo dais, hijos de puta?”. Segismundo responde: “Pues porque es lo único que hay para comer. Sólo nos quedaba un huevo, y te lo acabas de beber”. Y dice Bo: “Si lo piensas, no está tan mal. A mí me gusta imaginarme que me estoy comiendo al cabrón de mi jefe, o a otra gente que también odio”. “Hombre”, responde K., “visto así…”
                
Pasan unos instantes en silencio. Bo se lía unos cuantos cigarros y convida al resto. Sigmondo descorcha una botella de El Auriga de veintiún años y K. trata de limpiarse el vómito de la barba. “¿Entonces?”, dice K., agarrando la copa que le ofrece Sigmondo. “¿Entonces qué?”, contesta éste. “Que qué hacemos”, aclara K. “Pues nosotros somos la resistencia”, responde Sigmondo. Y dice K.: “Genial, ¿y cuál es el plan?”. Y Bo, dando una profunda calada: “Pues quedarnos aquí y beber mientras se acaba el mundo”. Y K.: “Vale”
                
Y vuelven a beber.

14.2.16

Escena 440 A.


INT. BAR EL DIAPASÓN – NOCHE

POLICARPO sacude un trapo polvoriento sobre las botellas del estante para envejecerlas. PEPE arma un solitario castillo de naipes una y otra y otra vez. GERALDINO corrompe los crucigramas inventando vocablos con tinta azul, negra y roja de nadsat. BOSSE-DE-NAGE escribe haikus en sánscrito con surcos de hez marrón verdoso trazados por el pólice oponible de su pie izquierdo.

GERALDINO
(sin levantar la vista del periódico)
Oye, Poli, ¿cuándo demonios vas a librarte de ese maldito cinocéfalo papión?

POLICARPO
(se lleva el trapo al hombro con un gesto brusco que levanta una polvareda)
     Cuando pagues los tragos que debes, pedazo de filibustero.

BOSSE-DE-NAGE
(apunta a Geraldino con el dedo manchado)
     ¡Ha ha!

GERALDINO
Ya sabes que me tienen congelado hasta que pase la sequía. Anda, sé dobo y convídame a algo de pitear. Un poco de fuegodoro, nada más. Que el grasño dengo no machuque esta vieja amistad.

POLICARPO
(llena un vaso de licor)
Esto corre por tu cuenta. Y más te vale que al primate no le falte la ginebra porque yo no respondo de lo que se le ocurra y vaya a pasarte a ti.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

ITIMANOK entra en el bar. CAMPANILLA DE PUERTA. Se tambalea y casi resbala antes de llegar al taburete.

GERALDINO
     ¡Vaya un malchico pianitso! Oye, tú, ¿tienes un cancrillo?

ITIMANOK
Me pasó algo. Me pasó algo. Oiga, señor, caballero, póngame una copa, haga el favor.

POLICARPO
(cubre el fondo de un vaso con hielo)
     ¿De qué lo empapo?

ITIMANOK
     Wiski.
(pausa)
Decidí emborracharme porque no le vi mucho sentido a esta vida, apenas nada. Y, bueno, ya sabéis, últimamente estoy mal.
(pausa)
Me metí en un templo obscuro y abovedado donde hacen poesía con las luces bajas. La gente tiene sus poemas, otros sólo dicen mentiras.
(bebe del vaso que le sirve Policarpo)
Me tomé dos wiskis, tres, cuatro… y decidí salir al escenario. Salí y les dije: Me tomé tres cervezas de más, me tomé cuatro tragos de más, y no es suficiente para olvidar la rabia que se me come por dentro.
(bebe otra vez)
Les hablé, les hablé hablándoles y les seguí hablando como pude. Me arranqué pedazos y se los arrojé salpicando sus caras de sangre y bilis. Me aplaudieron bajando del escenario. Poetas vinieron, escritores…
(bebe otra vez)
Me pidieron mi nombre.
(bebe otra vez)
Y me dijeron que ojalá volviera algún día. Me dijeron que les había inspirado.
(pausa)
Volví a salir y rabié y rabié y rabié y rabié. Estoy muy rabioso. Estoy MUY rabioso. Rabié. Rabié con toda la rabia que el alcohol te puede brindar un mierdcoles.
(bebe otra vez)
Y lo que me queda por beber, porque yo no me voy aún.
(bebe otra vez)
Me volvieron a felicitar.
(pausa)
¿Y cómo me felicitan? ¿Cómo, Pepe, me felicitan con todo el daño que llevo dentro?
(pausa)
No lo entiendo.
(pausa)
Pero allí estaban felicitándome. Todos ellos.
(bebe otra vez)
Allí estaban.

BOSSE-DE-NAGE
(alza su copa de ginebra)
     ¡Ha ha!


DISOLVENCIA A:
PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Nadie se mueve apenas, excepto Itimanok: bebe cuatro copas más mientras habla y después sale por la puerta.


DISOLVENCIA A:
Entran PAMBL y BAIJ. CAMPANILLA DE PUERTA. Solicitan un par de cervezas y se acomodan en la mesa del rincón.

PAMBL
(da un trago a la cerveza en RALENTÍ)
En fin, lo único que digo es que yo sólo miro con asco a los que miran con asco. Y no hay nada más que hablar del tema. Que al final hacemos loxodromos de cada piedra y acabamos sin saber adivinar la luna en nuestro cenit.

BAIJ
(da un trago a la cerveza en RALENTÍ)
Hablando de loxodromos, yo ayer percibí la vida en toda su planitud asintótica. Me senté en el retrete con el periódico en el regazo y le pinté bigote a todas las fotografías. A algunos les puse un parche en el ojo. A otros que sonreían les usurpé algunos dientes y a los que no poblé de un lustroso entrecejo los rematé con sendos cuernos como guinda del pastel.

GERALDINO
(levanta la vista del periódico)
¡Así que eres tú el de los bigotes!

PAMBL
(bebe)
Sí, las distracciones no son mal negocio, pero esta tristeza sigue aquí hablemos de lo que hablemos y, mientras se disipa el jiste, mis ideas se escabullen y ya oíste lo que dije: ¿Mi comida favorita? Pues tal vez la sopa, pero mejor digo lo que sea que esté munchando en ese momento, un lontico de manteca, una galleta, un puñado de alpiste… Tal vez sea lo peor que coma en mi vida, pero sin duda lo mejor que podré comer entonces. Es fácil: Río de tristeza porque lloro de la risa.

BAIJ
Sé de lo que hablas, yo me dejé crecer la barba para así amortiguar sus besos y mírame, con este abrigo ceniciento y esta cara mala, ¡Qué mala! ¡De espanto! Como esas noches sin luna, con la negra cúpula negra que refleja el negro de mis ojos así de negros por estar así, sin luna.

GERALDINO
(retórico)
¡Tócate los yarboclos! ¿Es que no puede uno venir aquí sin tener que slusar a un atajo de liudos perpetuando una interminable retahíla de sandeces?

BOSSE-DE-NAGE
     ¡Ha ha!


DISOLVENCIA A:
PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Cada cual bebe esporádicamente de sus copas. Bosse-de-Nage se desplaza intermitentemente por la estancia adoptando las más esperpénticas posturas. Pambl y Baij se van. Pepe culmina un nuevo castillo, lo desbarata, baraja, y vuelve a empezar.


DISOLVENCIA A:
Entra el DR. ORANGJO. CAMPANILLA DE PUERTA. Media chaqueta le cuelga del codo, deja un maletín viejo sobre la barra y se deja caer en un taburete.

POLICARPO
     ¿Qué va a ser?

DR. ORANGJO
     Una Poderosa, y un puñado de manís, por favor.

GERALDINO
(sarcástico)
¿Y a ti que te aflige, eh? ¿Qué chepuca, qué meselo scvata tu quijotera? ¡Adelante, cuéntanos qué rascasos te rasrecean el rasudoque!

BOSSE-DE-NAGE
(termina de dibujar una cabeza de caballo seccionada a todo detalle con el pólice oponible de su pie izquierdo y apunta con él al Dr. Orangjo)
     ¡Ha ha!

DR. ORANGJO
(mastica manís y bebe cerveza)
Voy a tratar… No sé. Voy a intentar explicar todos estos sentimientos para explicármelos a mí mismo. Toda esta ansiedad, remolinos, ventiscas, temblores. Este reflujo gástrico palpitando, este yo-qué-sé-qué, esta hipoventilación alveolar: Creo que estoy enamorado.
(mastica manís)
Hace un par de años ya que rompí con Amanda y las heridas, pues ya veis, siguen sangrando.
(bebe cerveza)
Sólo me tengo a mí mismo, me decía a menudo. Sólo yo tomo mis decisiones y asumo nada más que los riesgos que yo quiera. Y todo el daño que sufra, toda herida que me haga, toda llaga, será por mi propia mano.
(bebe cerveza)
Pero la encontré a ella. No la buscaba. Yo estaba conmigo mismo, tranquilo, con mis riesgos, mis decisiones, mi cepillo de dientes… Supongo que todos piensan que estar enamorado es algo así como flotar sobre un colchón de nubes bajo la templada lluvia de un arcoíris… Nada de eso: Estoy incómodo y la ansiedad me aprieta la tripa. Las mariposas se me salen todas por la glotis y apenas atino a vocabulizar lo que siento por ella.
(mastica manís)
Yo la quiero. La quiero como persona. Como individuo independiente y con su vida. Con su existir. La quiero a ella por ser, no por ser ella.
(bebe cerveza)
Pero, y esto es lo que me colma de desasosiego, ¿por qué este anhelo constante, esta espera inasumible? ¿Por qué he de necesitar de su atención para sentirme seguro de que ella siente algo parecido por mí?
(mastica manís)
Pero quiero, de veras, quererla sin más y que vuele libre y con ello ser también yo feliz… pero esto me lleva otra vez a que tal vez algún día desaparezca…
(bebe cerveza)
     Personalmente, todo esto me provoca un dilema, la verdad.

PEPE
     ¿Y ella qué opina de este rasdrás?

DR. ORANGJO
     Ella me regaló un te quiero un hermoso día.
(pausa)
     Y yo, mudo, sólo supe darle las gracias.

Geraldino recoge su bolígrafo y se despide de Policarpo con un gesto típico de lundonita, educadamente. Policarpo recoge su vaso y lo deja en el fregadero, marchito. El Dr. Orangjo termina el cuenco de manís, concreta la botella de Poderosa, se despide y se va. Bosse-de-Nage dormita sobre el parpadeo de la máquina de tabaco y masculla ha ha entre ronquidos. Pepe apura su vaso de fuegodoro, lo posa en la barra. RUIDO SORDO. Saca un arma. Se va por la puerta. CAMPANILLA DE PUERTA.

POLICARPO
     ¡Oye, Pepe! ¿Dónde vas con esa pistola?

PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Policarpo limpia la barra, barre el suelo y apaga las luces. AMANECE. Todo vuelve a empezar.


FUNDIDO A NEGRO.

13.4.15

Gizmo.

Destrozamos la cafetera eléctrica con un martillo y una escultura de salón horrible y esparcimos los restos sobre la alfombra. Esto nos dio la idea de quitarnos los calcetines para ver si en algún pie aparecía el rostro de cualquier profeta dibujado en sangre y pelusas. Para merendar optamos por unas tostadas con aceite, pero Pete puso la ruedecilla del tostador al cinco, en vez de al dos y un tercio, y se nos quemó el pan. Nos tomamos el aceite a cucharadas, pero así no es lo mismo.

Pete se sentó en el alféizar de la ventana con las piernas apoyadas en la mesilla del teléfono mientras yo buscaba algo más que destruir. Me entretuve un rato arrancando pedazos de la pintura del techo y dejando que cayeran al suelo para que se hicieran trizas. Entonces Pete agarró el palo de la fregona e intentó partirlo con la cabeza, pero como era de plástico, sólo se dobló.

Encontré un cajón lleno de mecheros y me dediqué a lanzarlos con todas mis fuerzas para que explotasen contra la pared. Fue entonces cuando vi a Iggy agazapado en una esquina. Llevaba un chaleco naranja fosforito y un casco prusiano con Paco Pico sobre la visera, y no hacía más que mascullar insultos y sandeces mientras encendía y apagaba frenéticamente el interruptor de la luz.

Pero no había bombillas ya: Pete se había ocupado de ello con su vieja escopeta de perdigones. Ahora se envolvía en kilómetros de papel higiénico como en una pupa y me pedía que le alcanzara el rollo de aluminio para no quedarse a medio metamorfosear, y que le preparara una pipa.

Yo hice ojos sordos y miré los discos en la estantería y encontré un grifo con gafas de sol redondas y al abrirlo salió chicle rosa líquido y un par de minutos después nos vimos tumbados panza arriba en el suelo con las piernas sobre el sofá y de nuestras bocas brotaban pompas.

Graznó el portero automático y perdimos el equilibrio. Iggy se arrastró como un varano y escondió la cabeza en el tambor de la lavadora con una lengua bífida silbando entre sus dientes. Yo me hice el muerto, y Pete se encerró en el baño de un portazo.

Volvió a chillar. Pánico. Ahora silencio. Pete, susurré, Pete. ¿Qué? Llaman abajo. Yo paso de abrir. ¿Y si es alguien? Yo paso.

Me asomo entonces por la ventana y entrecierro los ojos para enfocar la vista. Parece Néstor, pero sólo distingo de él el remolino de su coronilla. Desde arriba todo el mundo se parece.

Chst, Néstor, digo desde lo alto. Néstor levanta la cabeza y achina los ojos, me reconoce con una sonrisa cegada por el sol. Ábreme, dice desde abajo.

Le dije con mímica que Pete estaba en el baño, que ahora salía; y él hizo aspavientos con la cabeza y gritó que le abriera o que le tirara las llaves. Le saludé con la mano y volví adentro, y, entre que Néstor y Mario (el mecánico de enfrente) se intercambiaban miradas cómplices en el desconcierto, Pete salía del baño con el pelo y la camiseta empapados y apretaba el botón.

Néstor llenó la nevera y se sentó en el sofá sin reparar en que Iggy se había transformado en un lagarto de cincuenta kilos cuyas piernas de ñandú asomaban por la boca de la lavadora. Tampoco se dio cuenta de que Pete había arrancado de su maceta el cactus que tanto me gustaba y se había plantado inmóvil en su lugar con la pantalla de la lámpara en la cabeza; ni de que sobre la tierra desperdigada por el suelo, un puma había dejado un rastro de huellas.

Había oscurecido y ya sólo se adivinaban las cosas por su silueta. Iggy se había aletargado en su refugio y ya apenas respiraba de vez en cuando. Pete optó por probarse todos sus abrigos al mismo tiempo y, así vestido, meterse en la bañera.

Néstor y yo, mientras tanto, mezclamos mejunjes en la coctelera y logramos un brebaje que rezumaba una neblina de jade aterciopelado. Probamos unos sorbitos y las sienes se nos estiraron hacia arriba cosa de un metro o así y las orejas se nos pusieron de punta y hasta se nos enroscaron hacia arriba las uñas de los pies.

De debajo de la alfombra empezaron a salir comadrejas y roedores y yo hice como que no pasaba nada porque los demás tampoco hacían nada al respecto. Empecé a dudar: ¿Sólo yo veo las alimañas, o es que resulta que son imaginarias del todo?

Por el rabillo del ojo vi como Néstor se sacudía algo del hombro y no supe si se trataría de polvo o era de uno de esos ratones. No me atreví a preguntarle.

La habitación siguió inundándose de esta manera durante una eternidad, y entonces vino alguien y rompió el silencio. Esparció los restos sobre la alfombra. Después dijo:

Si ahora venís todos así, como estáis de desnudos, conmigo a la mesa, y os pregunto qué tenéis pinchado en el tenedor, decidme, ¿Sabríais responder?

Aquello fue un momento helado y aterrador. Y me vi desde fuera de mi cuerpo como siendo una copia de yo mismo, pero mucho más pequeño y levitado, y desde esa perspectiva se advertía un laberinto dibujado en mi contorno en cuyo final no aguarda una esfinge, sino un agujero. Un agujero en la roca por el que se oye respirar.



29.11.14

Howard se va de gaupasa.

         El día que llegó la carta, salí a celebrarlo. Estaba cansado ya de los lunáticos de Oakriver y alrededores y el viejo asunto del señor Dood aún me tenía de los nervios. Mi vida no se dirigía verdaderamente a ningún sitio y mi rojiza barba seguía creciendo; necesitaba alejarme de todo aquello.

         Había tratado de conseguir un puesto en la Cruz Roja, pero mis antecedentes profesionales me lo impidieron. Decidí probar suerte en un extraño lugar; una granja cerca de Killarney donde se hacía terapia con caballos autistas o algo así y, para mi sorpresa, me aceptaron.

         Al bajar del autobús, me até los cordones. Y así, como fruto de una invocación al rozarse los herretes entre sí como una suerte de baquetas mágicas, surgió el viejo Paul de entre los charcos.

         Llevaba una cazadora polar granate y una caracola colgando del cuello. Sus botas se veían nuevas y al caminar se notaba que le hacían daño, pero lo que no había cambiado en él era esa expresión autocomplaciente, esa mirada callada, esa sonrisa perdida.

         Tomamos unas pintas de Murphy’s en el Paco’s y nos pusimos al día tras el otoño. Él me habló de sus escritos entre comillas y yo le hice un bosquejo de mi ensayo sobre cómo el kétchup cambió el devenir de los tiempos. Pagó Paul la cuenta y maldijo: —Desde que no está Paco aquí ponen unos precios de locos.

         Subimos por las humedecidas calles mientras recordaba aquella vez, no hacía demasiado, que Paul me llamó para una consulta. Estaba él en un pueblecito cerca del mar pasando unos días con Szyslak, un misterioso agente al que ya conocía de otros episodios. Aquel día lo pasé bordeando la costa desde Greenbay en mi vieja moto bajo el sol, y por la noche nos fuimos a la playa a beber cerveza y a contar historias. Pasamos las horas obnubilados y subió la marea. Y del vapor de nuestros alientos se formó tal niebla que ya no recuerdo cómo conseguimos volver.

         Paramos en otro mar donde Paul se pidió la cerveza del urogallo y yo una copa, nos sirvieron pipas y las masticamos mientras elucubrábamos acerca del propósito de la noche.

         —Como en los viejos tiempos, Howie-ho —dijo él, y me lo pintarrajeó en la cartera. Rompió una servilleta en pedazos y se fabricó un puzzle mientras yo iba a mear y, después, anotó algo en su cuaderno y se fue al baño. Volvió con la cara empapada.
         —Cómo pasa el tiempo —dijo, o le dije. Yo qué sé.
         —Vamos a tomarnos un chupito de los del ciervo y con hierbas —respondió el otro.

         Bebimos sendos tragos y entonces Paul me habló de un sueño que se le repetía en el que compartía un jacuzzi con los ángeles de Charlie y la rubia era cuentacuentos, la oriental era fotógrafa y la pelirroja era poetisa.

         —Y tú —dijo cuando terminó— ¿psicoligas?
         —Sólo las mentes —respondí—. Rollo Platón.

         Paul defendió el uso recreativo de la marihuana como dos veces creativo y nos quedamos mirando a la gente con cara de pantera y nos sentimos zorros y chacales.

         Tuve hace tiempo un paciente, un tal Apolo Slondo, que ingresó con un ataque de risa al oír el pedo de un niño en Vondelpark. Le escaneamos cientos de veces el cerebro y en todos salía con una Venus de Willendorf alojada en la glándula pineal.

         Por la pantalla de la televisión apareció Pepe Colubi afirmando que le daba asco su propio semen y decidimos que aún teníamos trece pecados por cometer aquella noche y cambiamos de bar para empezar el via crucis.

         Bebimos más cerveza y yo, tomando asiento en el diván, confesé mi problema. Y es que cuando voy borracho veo el tocar culos demasiado gratificante y, no sé, no puedo contenerme. Lo malo que pueda salir de tal situación merece la pena en comparación con lo bueno, que es, de hecho, palpar nalga. Me puede. Es más que un hobbie. Soy adicto. Lo admito. De lo peor. Pero me gusta.

         Una noche, por aquí cerca, nos encontramos a Marla bailando con su vestido de novia hecho retales y el rimmel corrido por sus mejillas. Village tenía la sonrisa del joker pintada y se movía sin tocar el suelo. Marla y yo nos besamos aquella noche, y ahora ella está lejos.

         Estuvimos callados un buen rato mientras bebíamos nuestras botellas. Paul me enseñó entonces una foto en la pared en la que salía el mismo bar y nosotros aparecíamos en ella con cerveza en la mano mirando una foto en la pared que era la misma foto que mirábamos en ese momento en la realidad y todo aquello formó un bucle y un montón de etcéteras y nos mareamos y cambiamos de bar.

         —Howard Gilliam —comenzó a narrar Paul mientras el fresco viento de la noche nos mecía— natural de Langostinas, La Pola. Un poquitín más pa’ allá, metido pa’ las montañas. Se doctoró en psicología por la Univerza v Ljubljani con dudosas calificaciones. Desde entonces ha protagonizado varios de los más descabellados capítulos de la historia de la perversión médica en el presente siglo. Llegando incluso a ser cómplice del ocultamiento de un cadáver a espaldas de las autoridades. Dicen que se comió su propia mano mientras esperaba en la cola para un kebab. Otros dicen que nació con cola.

         Me entró un hipo cósmico y nos fuimos por donde los gatos negros y la calle oscura. Paul me enseñó una foto de dos rubias. Una era yo, la otra un tipo que conocía.

         En la puerta del Rocket me encontré con una colega psicóloga y me sentí enamorado, pero nos quedamos Paul y yo bebiendo sentados junto a un barril y por los altavoces Robert Plant cantaba Babe, I’m gonna leave you. Y Paul decía que se lo iba a pasar teta, aunque fuera a morir pobre y yo tiré sin querer mi cerveza y me di cuenta de que ya no me atrevía a enamorarme.

         Seguimos trasegando en bares y recordé a otro paciente, un hombre topo que se había tirado desde un puente entre Buda y Pest y había aterrizado en un árbol. Cuando lo rescataron los bomberos estaba colgando de una rama como un koala y haciendo ruidos de mapache con seis cuerdas vocales.

         Hay un asunto que me mosquea y es que todos estos casos en los que me he visto envuelto guardan una misteriosa relación. No sabría decir qué es, pero sé que está ahí. Necesito verlo todo desde otra perspectiva, alejarme por un tiempo. Por eso me voy con los caballos autistas.

         —¿Qué hora ye?
         —Las cuatro y veinte.
         —Eso explica esta humareda.
         —Ya… bueno, me marcho.

         —Vale. Si fuera tú y estuviera aquí conmigo, yo también me marcharía.

28.5.14

El Terraza.

Bajé un escalón y atravesé la vieja puerta de El Terraza, santo tugurio donde los haya en pleno centro de Taray desde 1976. El sol se acostaba más allá de la meseta y el aire frío del río se ponía cómodo por las callejas. La resaca no me dejaba pensar. La ducha y el paseo hasta el bar me habían despejado un poco, pero mis hígados me pedían cerveza para equilibrar el pH.

         —¿Cómo va eso? —pregunté al entrar, con la lengua espesa y las comisuras de los labios pastosas. Me duele la cabeza.
         —Uno cero gana mi Atleti —respondió el Pony sin apartar la mirada de la televisión.
         —Ha sido un golazo de Simeone —comentó Teo, el Terraza, mientras cogía un vaso de debajo de la barra para servirme una caña.

         Pasé junto al Zurdo, que se batía en duelo con la máquina tragaperras, pulsando los botones desquiciado mientras un cigarrillo se consumía entre sus labios apretados. —¿Qué pasa, Village? —me saludó, con la vista fija en esas ruletas que dan vueltas, vueltas y más vueltas y hay frutas y campanas y sietes y todo hace ruiditos y parpadea y eso me marea.

         Pestañeé un poco bajo las luces de neón que coronaban la barra y que iluminaban el bar con brillantes letras que rezaban: El Terraza. Fui a saludar a Pete, que tampoco me hizo mucho caso, absorto en su plato de torreznos con un palillo entre el índice y el pulgar de la mano izquierda y un trozo de pan entre los mismos de la derecha. Le hice un gesto a Nahuel, que practicaba con los dardos en la diana que había al final de la barra, junto a los servicios. Me dijo: ¿Te echas una? Y yo le contesté que ahora luego.

         Me di la vuelta y me vi frente al Pony, con el que choqué los cinco torpemente para saludarnos, son cosas nuestras. Le rodeé y por fin encontré mi taburete de siempre frente al grifo, donde ya estaba esperándome una caña bien fresquita a la que le di un par de tragos, sediento.

         —Esto que va un padre con su hijo por el supermercado —empezó a contarme Tito, que estaba a mi lado— , y le dice el padre: ¡Mira, una lata con tu nombre! El niño dice: ¡Te odio, papá! Y el padre: ¡Melocotón en almíbar, castigado!

        Me reí mientras apuraba lo que en ese momento me parecía una caña de lo más diminuta y le hice un gesto a Teo para que me sirviese otra.

         —¿Qué tal ayer, cómo acabaste? —me preguntó entonces Tito.
         —Bueno… después de toda la tarde en La Villa bebiendo latas al sol como las lagartijas nos fuimos por ahí… ya sabes… lo de siempre —bebí de la nueva caña, esta de un tamaño más decente, y rechacé el pincho que me ofrecía el Terraza—. La verdad es que me acuerdo de más bien poquita cosa. Apolinar se peleó con un tipo en el paseo porque éste le pilló intentando ligarse a su novia, que por cierto, era una gorda —Tito se rió y pidió una caña y unos champiñones con salsa—. Después recuerdo verle subirse a las farolas del parque en la calle larga y apagarlas a puñetazos, aquello parecía el Medievo. Después… vomité en la cama del Pony y justo me pilló dándole la vuelta al colchón, se enfadó, pero estaba muy borracho, creo que no se acuerda. Volviendo para casa o quizás yendo a otro bar se tumbó de repente en medio de un charco y se puso a dormir el tío. Tuvimos que cargar con él nueve pisos por las escaleras para dejarlo en el sofá de su casa —volví a beber.
         —¿Y luego?
         —Ya no me acuerdo de más, pero mira este corte que me hice en la frente.
         —¿Cómo?
         —Ni idea.
         —Pues vaya una pinta fea que tiene, socio.

         El Negro salió en ese momento de la cocina con una gran fuente de patatas con chorizo. Cojeaba, pues había perdido una pierna en un incendio hacía años, cuando era bombero, pero aún así lo hacía con cierta gracia, bailoteando como un loco hipnotista mientras repetía sinsentidos como: Un pez que siempre iba donde quiera que fuese y cosas así.

         Al Zurdo se le había acabado el crédito en la máquina y se acercó a Teo para que le cambiase un billete azul que enarbolaba con descaro para poder comprar tabaco en la máquina.

         —Illo, mira al Teo —mencionó—, ponme una copita fresquita con su espumita.
         —Otra para mí —dije yo.
         —Tres —dijo Tito.
         —Otra aquí, Terraza —dijo Pete desde el otro lado.
         —A mí ponme un DYC —dijo el Pony tras eructar.
         —Entonces cámbiame la caña por otro DYC —dijo el Zurdo.
         —¡A ver! —gritó el Terraza— ¡Vamos por partes!
         —Vamos a ver. Cómo te lo explico: son tres cañas y dos whiskys —resolvió Tito.
         —Y que Jack Sparrow nos ponga unas patatitas y unas setitas —añadió el Zurdo, refiriéndose al Negro.

         Después del ajetreo habitual que se monta cuando el Terraza recibe una comanda de más de tres cosas, de rellenar las cañas que se le derramaban y de recoger los restos de cristal de un vaso que se le había caído, todos tuvimos nuestras copas bien llenas y disfrutamos de un instante de silencio mientras sorbíamos los primeros tragos, incluso Teo se había servido un DYC para compartir ese momento con nosotros como en los viejos tiempos.

         —No veáis la tía con la que estuve ayer… —empezó a decir el Zurdo mientras se llevaba un cigarro a los labios y ofrecía la cajetilla al Terraza y luego al Pony.
         —¿Me das uno? —interrumpió Tito.
         —Tenía un culo —continuó el Zurdo mientras le tendía a Tito el cigarrillo y daba una calada del suyo—, ¡Mama! Y unas tetas, illo...
         —Vamos, que al final no te la follaste —dijo Pete.
         —Illo, que sin goma ni de coña —respondió el Zurdo, cabizbajo. Todos reímos—. Una guarra, la tía. Yo le dije: Bueno, ¿Y una mamadita?
         —¿Y…? —coreamos todos al unísono.
         —Dijo que curraba por la mañana y se tenía que ir.

         Tito y yo pedimos otra ronda de cerveza. Y yo empecé a contar que Harry se había echado una novia dándole palos a los olivos, pero me interrumpieron. Según ellos había estado hablando de eso toda la noche anterior, aunque yo no me acuerdo.

         —¿Qué le dice un cura a un murciano? —preguntó Tito.
         —¡Gol del Atleti! —gritaron Pony y Pete al mismo tiempo— ¡Caminero! ¿Qué le pasa al Mallorqueta, Terraza?

         Teo ignoró las burlas haciendo como que limpiaba un vaso, pero enseguida se le escurrió entre los dedos y tuvo que ir a barrer los cristales. Tomás, un borracho recién divorciado que siempre bebía en un extremo de la barra sin hablar con nadie, si acaso para incordiar, empezó a gritar con su voz provinciana y beoda que los del Atleti eran todos unos maricones, y los catalufos también, que donde estuviera el Real y Raúl que se quitara todo lo demás. Pero todos le ignoramos. Mudito, un ex alcohólico que siempre se sentaba al otro extremo de la barra bebiendo sin prisa un botellín de agua mientras callaba y observaba, esbozó una tímida sonrisa.

         —¡Dame de beber, bestia ¿No ves que me divierte? —exclamó Pete entonces, señalando con el dedo la botella de DYC en el estante.
         —Lo bueno, si bebes, dos veces bueno —comenté yo.
         —La verdad —dijo Pete el monje elegante mientras observaba cómo el Terraza le servía la copa de whisky con hielo con los ojos brillantes.

         Después de darle un par de tragos a su copa empezó a hablarnos de escritores latinoamericanos con su eterna verborrea, pero yo me escabullí con premura salvado por mi vejiga. Crucé el bar pasando junto a Nahuel para ir al baño, él me preguntó si me apetecía jugar ya, y yo le respondí que fuese preparando la partida, que meaba y empezábamos.

         Apenas habíamos jugado un par de rondas en las que el temblor de la resaca me impedía acertarle al jodido dieciocho cuando mi psicólogo, Howard Gili, apareció por la puerta.

         —¿Cómo estás, Village? —me saludó el pelirrojo doctor Gili, se le veía con prisa.
         —Pues aquí estamos. Ya ves. Bebiéndome la resaca con unas cervecitas —respondí yo.
         —¿Sólo cerveza? —me escudriñó con sus escoceses ojos verdes.
         —Sí, sí —musité sonriendo.
         —Bueno, tienes que llenarme este bote de orina por lo de aquel asunto del Casar —ordenó, ofreciéndome el botecito de plástico con la tapa roja.
         —¿Ahora? —protesté.
         —Ahora —sentenció.
         —Acabo de ir hace un minuto… —entonces vi por el rabillo del ojo que Mudito se incorporaba para ir al lavabo— ¡Dame ese bote! —exclamé, y corrí al baño.

         Mudito, aliviado, se pidió una Fanta de naranja y se le sirvió una buena ración de pimientos con patatas, Howard Gili se llevó su bote de pis bien lleno que, además de todo, estaba completamente limpio: Todos contentos.

         Me sentía afortunado, incluso mi puntería con los dardos había mejorado notablemente y celebraba cada triple con otra caña. Podría haber ganado la partida, pues gocé de buena ventaja entre la sexta y la séptima cerveza, pero Nahuel fue remontando poco a poco hasta ganarme en la última ronda. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya estaba lo bastante borracho.


         Miré a mi alrededor: Mudito hacía rato que se había marchado dejando un vaso de tubo con un culo de agua consecuencia de los cubitos derretidos. El Pony, borracho pero tan a gusto como en Agosto discutía con Pete acerca de Jim Morrison y Camarón y algo de Nietzsche con Neruda, ambos con la lengua suelta en patines y los ojos entreabiertos. Al Terraza se le vertía la cuarta copa de DYC por la camisa mientras Tito le hablaba sobre su perro, Flambo, que había cogido pulgas en la finca del P.J. y le habían puesto la lámpara otra vez. El Zurdo bebía whisky mientras miraba el resumen del partido y el Negro empezó a canturrear una de esas canciones locas y pegadizas que cuando intentas recordar no te salen. Es verdad, la vida sigue igual de bien en El Terraza, Santa Tasca que nos cura la resaca mientras nos mata de risa.