Mostrando entradas con la etiqueta viejo Tom. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viejo Tom. Mostrar todas las entradas

26.3.15

El hoyo del viejo Tom (II).

Flipábamos en colores con los pies colgando de un columpio entre dos chimeneas que parecían palmeras. Íbamos descalzos, y los tejados y las azoteas eran como islotes de roca y bancos de arena. El mar, abajo, todo lleno de peces nadando las corrientes y haciendo así con la boca.

Me gusta observar el perpetuo desgaste cósmico, quedarme delante de un cubo de hielo que se derrite y ver cómo se me cae la baba, prender la mecha de una vela y ser testigo del paulatino baile de la cera derramándose, eso y los guijarros arrastrado por el río; son placeres.

Soñé que pescaba en un hoyo muy profundo, como el del viejo Tom, y el sedal de mi caña eran cordeles que había ido encontrado por ahí, y que había enlazado por los extremos. En mi sueño el anzuelo al final del hilo colgaba detrás de mi nuca y, sin darme yo cuenta, se enganchaba en el cuello de mi camisa.

Tiré de la caña hacia arriba, pensando que por fin algo había picado, y salí volando por los aires. Cuanto más tiraba, más alto subía y mayor esfuerzo tenía que hacer para mantener la caña de pescar entre mis manos. Mi casa se veía detrás de unas montañas, alrededor era un océano.

Esperé y esperé, unas veces más arriba y algunas otras más abajo, y no fue hasta bien pasado un rato cuando me percaté de que estaba tirando de mí mismo. ¿Y cómo bajo ahora de aquí? —pensé. Y esperé y esperé y me salió pelusa en el ombligo.


Así estuve hasta que desperté, y es que no era más que un sueño, pero algo me pica en la nariz y es que en el fondo de ese agujero no lo fue, y recuerdo que era tan profundo que llegaba hasta la punta de mi cabeza. Pocas cosas tan hondas se me vienen a la mente y en cuanto a las ondas, mantienen su oscilar, pero eso es otro menester.

20.3.13

El hoyo del viejo Tom.


Bueno, supongo que tengo todo el tiempo del mundo ¿no?


Una vez oí cómo un reloj se estropeaba y dejaba de funcionar, fue entonces cuando me pregunté: ¿Qué hora será dentro de un minuto o de diez años?

Y desde ese momento pienso que en verdad sé demasiado poco de cualquier cosa.


En cierta ocasión conocí a un tipo, el viejo Tom, que un buen día cavó un hoyo en el jardín de su casa. No era demasiado ancho, si acaso lo justo para tropezarte con él, pero era tan profundo que se decía que si gritabas algo hacia su interior el eco no regresaría hasta al cabo de cien años. Claro que habría que esperar todo ese tiempo para averiguarlo, pero es algo bonito de creer y por lo que a mí respecta no cabe duda de que de veras sucedía así.

El caso es que, justo después de terminar su insondable hoyo abisal, se puso a atar kilómetros y kilómetros de sedal para fabricarse una buena caña de pescar, y cuando la tuvo, acercó un taburete de madera al borde del agujero y arrojó un anzuelo a las profundidades, y así paso un buen puñado de años —de hecho, creo que aún continúa ahí sentado con su caña y su sombrero—.

Nadie en el pueblo ocultaba la opinión común de que el viejo Tom estaba loco de remate, pero yo nunca pensé en eso. Yo sólo veía a un viejo que se llamaba Tom y que utilizaba su tiempo como buenamente sabía. Creo que aún no ha pescado nada, pero tal vez sólo sea porque el infinito sedal de su caña no es lo suficientemente largo. Me temo que quizá excavó demasiado hondo, me pregunto cómo lo haría.


Debo decir que yo a veces veo una especie de resplandor en torno a ciertas personas, como un vapor extraño lleno de pequeñísimas motas de algo que no sé qué es. Creo que me pasa esto desde que me regalaron unas gafas redondas algo torcidas y me las probé, como si fuesen de un cristal mágico o científico que se te mete en las pupilas y abre pequeñas ventanas circulares que te permiten ver ese misterioso perfume. Aunque claro, todo esto es lo que a mí me gusta creer. Cualquiera puede creer cualquier cosa mientras crea en ello ¿no?

O a lo mejor ya lo tenía de antes, pero no me acuerdo.


Lo que espero ahora es que algún día, dentro de unos cien años, el viejo viejo Tom escuche lo que una vez grité dentro de su hoyo. Bueno, y que consiga pescar algo.


Kasimir Malevich