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31.10.15

Pregnancia.

aún quedan residuos entre las muelas de mi quijotera y las encías se dan sedadas con la remanencia de aquel velo. aquel vuelo sesgado bajo el cielo negro en duermevela. con agujeros por pupilas y vistiendo como piel las hojas secas, que se caen, que se embelesan. ese pálpito, ese rubor, como le llamen, esa llama que apago con las yemas y se queda en cada dedo como un dolor poroso y liberador que saboreo como el cortarse con un libro o el albor de una marea. a la mierda, qué más da. lo que importa ya nos avisará cuando llegue, yo qué sé, que nos pille donde sea. las cosas que he ido guardando las enterraré algún día bajo una equis en un mapa y diré por ahí me equivoqué, que solo me fui para volver y que, si a veces me escondo es porque, a ver, a veces me tengo que esconder. y que si alguna vez mentí fue porque me engañé a mi primero. ay, qué extraño es olvidar, qué duro desertar de un sueño y regresar a la calma donde nada pasa excepto el tiempo, que es de sal, y se cansa de descansar tirado así de tranquilo, estirado como un hilo o mil kilómetros. ¿qué esperaba? ¿despertar frente al mar y dispersar los cirros, los delirios, con un gesto? ¿apartar, de un plumazo, todo el plomo, todo el peso de este cuerpo? ¿o tal vez nada de nada o, más bien, justo lo opuesto? elige un espejo y dile que no, que mejor otro día, que yo no soy del todo el hoy pero tampoco soy universo garcía y por eso el poso de este dolor lo ahuyento aullando. que si dudando ya me cuelgan los pies por encima de la cabeza, imagínate el vértigo que se me vierte cuando me asiento sobre certezas. ay, ahora tengo muchas cosas en las que no pensar, tanto que decirme, tanto que escucharme, oídos sordos que hacer, tantas bocas que callarme. que si mi hogar está donde está mi trasero ahora encuentro que mi trasero no está donde lo dejé o que han cambiado la cerradura y mi llave se ve intrusa. orfebre de la excusa destartalada, alquimista de la aprensión, mequetrefe a secas, quincalla, fruslería. ahora elige otro espejo y dile que no, que me siento mejor, que sonría. que si pasa lo que pasa es porque pesa lo que pisa y que, a veces, con las prisas, lo que pesa es lo que pasa y lo que pasa es sólo brisa. alivia el escribir, es mi tesoro, mi sonrisa. mi pedazo de no ser que apacigua la virulencia movediza de mis tripas. vuelve a empezar. la vida es corta. la muerte es lenta. finge que esto no es un sueño y despierta soñando. que la esfinge no es nada sin su acertijo y, esto me lo dijo un viejo, que el laberinto no está en los muros, sino en el seso, y que hay un pez en mi barriga que me da paz, y por debajo sólo hueso. 

Edvard Munch

26.9.15

por la tarde.



por la tarde naranja naranja azul y comisuras en los labios.
por la tarde la espuma reseca espuma agrietada somnolienta del café que ya no fue.
por la tarde negro el cielo negra la acera negra la farola.
por la tarde huele a basura huele a mierda y por la tarde pasa un camión que pasa una moto que pasa la tarde por la ventana.
por la tarde no hago nada.

por la tarde fumo el hábito y me visto de ceniza y con el polvo me hago un peinado.
por la tarde la desenvoltura de los panales de plástico y las ramas secas.
por la tarde dioses de luz, ídolos de barro.
por la tarde enciendo la bombilla enciendo la lámpara soplo suspiro no me entiendo me apago.

por la tarde las estrellas, las cansadas, jumdirillas, apretadas.
por la tarde azul azul negro y la blanca sonrisa blanca púrpura.
por la tarde ojos descalzos, tripa roja, pies vacíos y callados los dedos.
por la tarde miro al techo.
por la tarde me sonrío.


por la tarde me distraigo, también lloro, parpadeo largo, tumbado y tendido, rendido, y me dejo caer caer caer por los resquicios parpadeo resquicios parpadeo parpadeo.

por la tarde el hielo se derrite y sube la marea.
por la tarde damos vueltas y más vueltas para que las agujas giren y den vueltas y giren y se haga tarde.
por la tarde se esfumó el ímpetu de las tostadas crujientes tostadas y sólo quedan los escombros del váter cigarro café váter y una amnesia.
por la tarde estoy cansado.
por la tarde no hago nada.
por la tarde lo hago mal.
por la tarde me repito.
por la tarde me repito que por la tarde de mañana no será como hoy por la tarde o como ayer por la tarde, que es lo mismo.
por la tarde es lo mismo.

por la tarde otra vez.

Edvard Munch

1.3.15

Lo plácido.

Me gusta el negro de los surcos. Me gustan las curvas y cómo nos las vamos amasando. Me gusta palpar algo con los ojos abiertos e imaginar que es la primera vez. Y me gusta demasiado que tú (…). Me gusta ser testigo del desorden en mi escritorio, me gusta sentarme a no hacer nada mientras ocurre y se escurre por el tablero para acabar cayendo al suelo. Me gusta oír interferencias en la radio y la última voluta jónica del cigarrillo que se apaga. Me gusta cuando entre los dedos y los adentros no hay más que dos finas capas de papel higiénico decorado porque me percibo real, aun esclavo de los procesos de un cuerpo. Me gusta el café y el dulce fósil al fondo de la taza al día siguiente. Me gusta que se me arruguen las yemas cuando pienso en la ducha. Me gusta lo blanco del huevo. Me gusta la luna cuando esboza una sonrisa. Me gusta tener frío en la cara por la mañana. Me gusta cuando me descubro un nuevo síndrome y el espejo se ríe. Me gusta buscarme en el fondo de mis pupilas aunque no me encuentre nunca. Me gustan esos pliegues en tu rostro. Me gusta el magnetismo de la mímica cuando te miro y tú me miras y estas miradas se reflejan entre sí dejando sólo un gesto y un lazo sin nudo. Me gusta entonces quedarme mudo. Me gusta mirarte sin que te des cuenta. Me gusta que me veas cuando no estoy. Me gusta soñarme contigo y que en mi sueño me cuentes los tuyos y que en tus vacíos estén los míos. Me gusta el sonido de las cucharillas al bailar. Me gusta mirarme los cordones cuando camino. Me gusta el rubor del que no se atreve a, o no está seguro de, o del que, de pronto, se ve observado. Me gusta subir los escalones de tres en tres y bajar deslizándome por el pasamanos. Me gusta lo que empiezo y nunca termino y me gusta cuando termino lo que hago. Me gusta encontrar tesoros que no buscaba. También me gusta perder tesoros para darme cuenta de que no lo eran tanto. Me gusta quedarme sin palabras. Me gusta encontrarlas cuando ya se ha hecho tarde. Me gusta cuando hablo y no me entiendes. Me gusta mirar a un sitio y que ocurra algo. Me gusta tumbarme panza arriba y que vuelen los pájaros. Me gusta la elegancia de los peces, la torpeza con la que me levanto, la alegría del verano cuando llueve, la tristeza del silencio mudo que se apaga. Me gustan las farolas. Me gustan las señales. Me gusta el distraído tacto de nuestras manos cuando no llegan a rozarse. Me gusta el polvo de los anaqueles y los vistazos al pasar. Me gusta ese lunar. Me gustan los círculos, las serpientes que se devoran. Me gusta cuando los caracoles se asoman sin saber que habrá detrás. Me gusta un perro con la lengua fuera, me gusta ver crecer las plantas. Me gusta el agua en un vaivén y los pies descalzos. Este oscilar. Me gusta la canica que me regalaste. Me gusta cuando me siento fuerte. Me gusta ser pequeño y me cuelo por las rendijas y también cuando soy grande y alcanzo el cielo con las orejas. Me gusta el silencio y que sólo hable tu pecho. Me gusta guiñar un ojo y que el universo se desplace. Me gusta a veces estar conmigo y otras veces abandonarme. Me gusta no saber qué, no saber cuándo. Me gusta que lo que me asusta se asuste de mí y nos demos un abrazo. Me gustan los abrazos. Tus abrazos. Me gusta gustarme, cuando lo consigo, y cuando estando contigo nos gustamos. Me gusta el sabor de los recuerdos. Me gusta olvidarme de lo malo. Me gusta irme a dormir sin tener sueño, tener sueños despierto, soñar que sueño que es invierno y al despertar sea verano. Me gusta el susurro de un lápiz, las páginas en blanco. Me gusta abrir un libro, olerlo, y al terminar, posarlo. Me gusta la paciencia con la que me ves caer y cómo me tiendes la mano cuando me levanto. Me gusta cuando me siento sin peso. Cuando no pienso. Cuando me callo.

20.1.15

no sé.

no sé cómo empezar esto. el típico plan de tranquis, con los tronquis, que se trunca, y acabas con la nuca desencajada como nunca, bajo un tractor, y, con una carcajada de terror, el doctor te receta que te tomes una siesta, y que menos fiesta, y también que menos setas. lo que se dice: el no tan típico tipo de veintipico, que vive medio en las nubes, medio en las tripas, como trepando a un trípode de tripis, con un tricornio en la cabeza y, en el regazo, un tríptico de los tres tristes tigres atravesándole con el travieso temblor contemporáneo. estar entre las estrellas. las sábanas. bañarse sin piel ni huesos en mil charcos sobre el suelo. fingirse cielo y cuerpo por un momento y palpar el palpitar del tiempo. ponerle un nombre a cada cosa. una palabra. un susurro. una mentira. el viento a través de las ramas haciéndose pequeño y demostrando su presencia. no sé cómo continuar esto. el día dado en que nada te daña, ni te engaña, y cada capítulo tiene un título, y te das cuenta de que la realidad ye como el culo: que todos tenemos uno y cada cual apesta a su manera. y que a menudo nos liamos como tarzanes en los pelos, que en mi mundo son lianas. y así uno se siente bien aunque a veces esté solo, pues sólo hace falta saber que no todo está fatal y que, toques donde toques, sale algo. ahora no sé cómo acabar esto. en qué bar o si aún está abierto el metro. no sé si debería ir a acostarme o si otra vez me costará dormirme. no sé nada de tantas cosas. de tantas costas. de tantos costados. no sé cómo terminar esto. no sé si quiero terminarlo. no sé.

2.9.14

Un mochuelo.



         —La trampa del juego —mencionó el viejo Odinoco a modo de despedida— es que el tiempo nunca se agota, y uno sólo puede intentar perder su partida con la mejor puntuación que pueda conseguir.

         Las noches en el café Scolivola se habían vuelto de lo más solitarias desde la muerte de Graziano un año atrás y si uno se quedaba quieto un instante casi podría percibir el leve eco de las reuniones del Círculo que acá se celebraban; sin embargo ahora sólo se oye el tintineo de las cucharillas y un distendido bullicio aleatorio e inconexo.

         El Círculo era la ocasión perfecta, varias veces por semana, para que uno fuera quien quisiera ser, algo sacado de las reuniones del Club de la Serpiente, la montaña de la pitón, los alegres bromistas y los payasos sagrados. El Círculo era un círculo vicioso, como todos los círculos.

         Después de la muerte de Graziano todo aquello perdió el poco sentido que cualquiera podría encontrarle. La gente dejó de asistir, y ya sólo somos unos pocos los que nos dejamos caer por aquí de vez en cuando.

         Sorbí un poco de la espesa espuma de mi stout y abrí un viejo cuaderno de cuero por una página en blanco y me puse a rememorar, aún con algunas lagunas, una imaginaria travesía por el desierto.

         »Vagaba, una vez más o no sé desde cuándo, por el desierto. Un desierto blanco que no era de arena ni de hielo ni de sal. Un desierto blanco con un cielo blanco que apenas se distinguía en su encuentro. Un desierto horizontal donde uno sólo puede caminar hacia allá o acullá y aún así todo permanece lejos. Un desierto donde todo, todo, desaparece, o eso parece.
         »Anduve un rato que no sabría determinar y me salieron unas dudas al paso del tamaño de sendos dragones, así que di media vuelta y volví a empezar. Giré unas cuantas veces, hice círculos, volteretas y cabriolas, mas se tuvo que hacer de noche en algún momento aunque no me diera cuenta.
         »Tras una o dos eternidades retomé el camino recto, esto es: hacia adelante. Y, con una sonrisa revitalizante que encontré enredada en las costuras del fondo de mi bolsillo, no tardé en avistar en el horizonte un escorpión gigante aparente. Y han oído hablar de los gigantes aparentes, que sólo lo son en la distancia.
         »Cuando estuvo lo bastante cerca no era mayor que la palma de mi mano y yo, cansado de estar solo, se la ofrecí para que descansara. —Gracias —me dijo—, hace siglos que nadie se para a saludarme, todos me temen al verme tan terrible en la lejanía con estas pinzas y este aguijón; pero yo no deseo hacer daño a nadie.
         »Charlamos durante horas, tal vez semanas, y, después de un delicado silencio, me reveló que su veneno era lo único que podría sacarme de ese desierto. —¡Y me lo dices ahora! —le grité— ¡Llevo siglos andando y de cháchara con un arácnido cuando podría estar en cualquier otro sitio!
         »Confieso que me arrepiento de mi reacción, y es que con la golová hecha un caldo humeante uno no piensa lo que dice. El escorpión, asustado, habíame clavado su aguijón, inoculando el veneno y alejándome del desierto. Dejándole otra vez solo.
         »Desperté con resaca junto a una barca varada donde dos fumadores de hush se divertían con once onzas de peonzas y dejaban que subiera la marea.

         Aparté el cuaderno a un lado y me serví esta servilleta. Apuré la cerveza que quedaba y en mi cabeza mi voz me dijo: Los niños y los borrachos nunca dicen la verdad. Y escribí sobre sus pechos sospechosos, sobre cuánto la echo de menos.

Y un mochuelo
en cada uno
de los hoyuelos
de su cadera,
la ladera
de los olivos
y el olvido.

Y así nos fuimos,
                            cada uno por su lado,

                                                                 juntos.

26.3.14

Juan.

         Juan hizo una pequeña maleta de viaje dentro de su cabeza, apenas era un hatillo con unas cuantas mudas limpias y tres pares de calcetines y aquel recuerdo pequeño que no pesaba nada. Abrió la escotilla que está justo en la cocorota (que sólo se puede abrir desde dentro) y trepó por ella con relativo esfuerzo para coronar su coronilla con tal impulso, que levitó un buen rato sobre el remolino para irse a posar de puntillas en la punta del pelo más alto, donde rebotó como si fuera un trampolín y subió y subió y llegó a donde todo queda lejos.

         El Grande Juan siguió haciendo lo que de costumbre: compraba el pan en la panadería, calentaba agua para los espaguetis, bebía cerveza en la travesía del patín y todos los etcéteras que pueden ocurrirle a uno desde que se levanta por la mañana hasta que se acuesta por la noche. Pero el Grande Juan se aburría ya de todo aquello y por eso se le olvidaban las cosas.

         Juan siguió subiendo y subiendo y viendo su vida subir sin vivir sintió miedo. Agarró las esquinas de su chaqueta para extenderla como las alas de un murciélago y así se detuvo cerca de la región de las aurículas y los ventrículos. Sístole: ¿Dónde está ella, la pieza que encaje con Juan? Diástole: Juan es uno en varios idiomas, además, seguro que ella está por ahí cerca, en la Tierra.

         El Grande Juan se sienta en el retrete un par de veces al día y lee las noticias deportivas, algo le hace cosquillas por detrás de las orejas y es que el Grande Juan sabe que debería estar haciendo lo que le gusta.

         Juan salió disparado en otra dirección y en un parpadeo se asomó por la pupila. ¡Ay, Grande Juan! —se lamentó— ¡Si es que no te puedo dejar solo ni un momento!


         Y es por eso que Juan (pero Juan Juan) fue esta mañana a la ferretería antes del desayuno; para comprar una bombilla nueva.

15.10.13

Poesía subterránea.

A veces, cuando me siento contento de veras, me gusta mirar a la izquierda y saludar al tipo del espejo, que me devuelve la sonrisa con los ojos morochos y joroschó, tras sendas rendijas.

Cada reloj en mi cuarto, que no son pocos, marca una hora distinta. Pero no son de ningún sitio concreto, no sé.

Oí un grito de mariposa, o tal vez no era más que un aleteo estridente. Todo alrededor, como siempre, esperando en el suelo a su manera. También en el aire, o incluso cayendo con claridad cada día. Cayendo bien abajo. O tan arriba que los señores con corbata han de quitarse el sombrero para mirarlo. Cegados por el sol, como siempre, con esa luz tan radiante a su manera. Entonces, todo acaba. Y vuelve a empezar. Y así. Y se apaga la luz. Y se vuelve a encender. Como el único amigo al que hay que contarle todo hasta el final. Y otro chirrido.

Mamá mató al pollo. Y ahora tenemos algo que cenar.

Pero se fue. Y yo lloré. Mas lamentarme no puedo, porque amé. Y amo. Y eres tú. Y tú. Y tú.

Sonaban ecos de disparos bajo esos puentes. Como un bum. Bum. Bum. Pero adormecido sobre el río. ¿Qué llevará? Me preguntan ¿Qué llevará? Mucho fango, contesto así. Pero en verdad tampoco sé.

¿Y qué me decís de esa costa con el contorno de una mujer preciosa de las que no se ven por el camino? Siempre en mi mente. Siempre en tu mente. La sonrisa que se ve sólo a través. La sonrisa robada y esas cosas. Esos colores en el cielo que el mismo arcoíris envidia. Esos. Esos que se ven y se van. Todo el tiempo, sí, a todas horas, hace unos días y también mañana. Y aún más, son los que quedan.

Aleteando y aleteando se llega a cualquier sitio, dicen. Pero no sabemos a dónde volar. El viento se levanta y no tiene buen despertar. Y sopla. Y sopla. Y sus consejos no siempre son buenos. Como todos, pero ¿qué sé yo? Porque a veces llueve y no sabemos si mojarnos. O resguardarnos de la lluvia. Pero siempre suena igual cuando llueve y todo cae. Y todo cae. Y si te fijas va flotando. Hacia abajo, pero muy despacio. Y, como siempre, el momento de tocar el suelo es muy lejano. Y se acerca. Y no sabemos qué pasa entonces. Yo, por lo menos, no lo sé.

Todo en este mundo tiene su frecuencia. Sólo hay que dar con el acorde adecuado.


Ahora suena el tren. Ya sabes, ¡chúuu-chúuu! Y hay que irse otra vez. Pero yo lo sé. Me lo dijeron. Mi hogar está donde está mi trasero.

10.7.13

Moloch.

         —Sólo digo que el futuro, visto desde estos ojos guasones, es escalofriante de veras. En serio, me da miedo. Pienso en todas esas cámaras de vigilancia y ordenadores y en los móviles inteligentes y me viene a la cabeza un gran mapamundi electrónico con lucecitas indicando la posición de cada consumidor u ovejita o como quieras llamarlo. No hace falta más que ver la cantidad de coches y máquinas que hay, y todas esas fábricas mastodónticas en las que nadie sabe qué se fabrica más que humo ponzoñoso que hace que el aire se vuelva gris. Puede que sea un loco catastrofista temeroso del apocalipsis. Desde luego que no lo hago por gusto ni me hace lo más mínimamente feliz el tener todo esto en mi sesera como serrín mojado esparcido por aquí en la nuca. Porque me duele la cabeza. Y Me pone triste pensar en las ballenas y en los elefantes. Me pone triste que se esté destripando la tierra para sacar el sagrado desperdicio de la Creación y que no crezcamos como plantas al sol aprovechando cada gota de agua sin mancillarla agitados por las brisas tontainas así como en un bailoteo de verano. Me pone triste que se corten árboles para hacer billetes. Y me pongo triste al pensar en toda aquella gente que no vive en paz ni libre ni feliz. Tampoco digo que no queden cosas buenas. No pasa un día sin que vea una sonrisa, aunque sea por el rabillo del ojo. Siempre queda amor. Lo que digo es que tengo miedo de que todo lo bueno que hay por acá y más lejos, que es mucho, se vaya al carajo por culpa del todopoderoso no-sé-quién que arruina cuanto toca.


¿Qué esfinge de cemento y aluminio abrió sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación? ¡Moloch! ¡Soledad! ¡Inmundicia! ¡Ceniceros y dólares inalcanzables! ¡Niños gritando bajo las escaleras! ¡Muchachos sollozando en ejércitos! ¡Ancianos llorando en los parques! ¡Moloch! ¡Moloch! ¡Pesadilla de Moloch! ¡Moloch el sin amor! ¡Moloch mental! ¡Moloch el pesado juez de los hombres! ¡Moloch la prisión incomprensible! ¡Moloch la desalmada cárcel de tibias cruzadas y congreso de tristezas! ¡Moloch cuyos edificios son juicio! ¡Moloch la vasta piedra de la guerra! ¡Moloch los pasmados gobiernos! ¡Moloch cuya mente es maquinaria pura! ¡Moloch cuya sangre es un torrente de dinero! ¡Moloch cuyos dedos son diez ejércitos! ¡Moloch cuyo pecho es un dínamo caníbal! ¡Moloch cuya oreja es una tumba humeante! ¡Moloch cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch cuyos rascacielos se yerguen en las largas calles como inacabables Jehovás! ¡Moloch cuyas fábricas sueñan y croan en la niebla! ¡Moloch cuyas chimeneas y antenas coronan las ciudades! ¡Moloch cuyo amor es aceite y piedra sin fin! ¡Moloch cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloch cuya pobreza es el espectro del genio! ¡Moloch cuyo destino es una nube de hidrógeno asexuado! ¡Moloch cuyo nombre es la mente! ¡Moloch en quien me asiento solitario! ¡Moloch en quien sueño ángeles! ¡Demente en Moloch! ¡Chupa vergas en Moloch! ¡Sin amor ni hombre en Moloch! ¡Moloch quien entró tempranamente en mi alma! ¡Moloch en quien soy una conciencia sin un cuerpo! ¡Moloch quien me ahuyentó de mi éxtasis natural! ¡Moloch a quien yo abandono! ¡Despierten en Moloch! ¡Luz chorreando del cielo! ¡Moloch! ¡Moloch! ¡Departamentos robots! ¡Suburbios invisibles! ¡Tesorerías esqueléticas! ¡Capitales ciegas! ¡Industrias demoníacas! ¡Naciones espectrales! ¡Invencibles manicomios! ¡Vergas de granito! ¡Bombas monstruosas! ¡Rompieron sus espaldas levantando a Moloch hasta el cielo! ¡Pavimentos, árboles, radios, toneladas! ¡Levantando la ciudad al cielo que existe y está alrededor nuestro! ¡Visiones! ¡Presagios! ¡Alucinaciones! ¡Milagros! ¡Éxtasis! ¡Arrastrados por el río americano! ¡Sueños! ¡Adoraciones! ¡Iluminaciones! ¡Religiones! ¡Todo el cargamento de mierda sensible! ¡Progresos! ¡Sobre el río! ¡Giros y crucifixiones! ¡Arrastrados por la corriente! ¡Epifanías! ¡Desesperaciones! ¡Diez años de gritos animales y suicidios! ¡Mentes! ¡Nuevos amores! ¡Generación demente! ¡Abajo sobre las rocas del tiempo! ¡Auténtica risa santa en el río! ¡Ellos lo vieron todo!  ¡Los ojos salvajes! ¡Los santos gritos! ¡Dijeron hasta luego! ¡Saltaron del techo! ¡Hacia la soledad! ¡Despidiéndose! ¡Llevando flores! ¡Hacia el río! ¡Por la calle! 

—Allen Ginsberg.

13.5.13

Manuscrito en una maleta.


Un tigre saltando por el aro de fuego y más allá hay un elefante haciendo equilibrios a dos patas sobre una pelota gigante de goma. Un pirata bebe ron acostado en la hamaca que hay en la terraza de bambú, con vistas al puerto donde ahora mismo hay un galeón modernista con diez mil gárgolas sonrientes como salamandras por banda. La expansiva región se ve silenciosa ahora como la escarcha derritiéndose con quietud, y yo aquí tumbado panza arriba con esta vieja maleta de un tal Juan Guillamón que encontré entre los nenúfares y que está algo raída por dentro pero por fuera aún se la ve lustrosa a su manera. Las ocas patinan sobre el hielo con su elegante torpeza mientras una araña espera en su cristalina red tejiendo tejiendo la mortaja de seda para alguna mosquita con sombrero que vaya con prisa y distracción a la caca del mediodía. Hay una carta dentro de un buzón de ninguna parte, pero el barco de papel hecho de sobres y sellos y facturas hace tiempo que se deshizo con la laguna Estigia empapada de salitre y raspas de pescado. Escampó entonces, y las nubes cerraron un pacto secreto con el horizonte fundiéndose por un breve instante en un beso para desaparecer con los rayos de sol tiñendo sus esponjosas espaldas del color de las piritas. Puse un zapato mirando hacia el oeste, y en cuanto Apolo aparcó su carro por ahí detrás de la moneda, las polillas bíblicas se confundieron con las jumdirillas estrellas revolcándose entre las luces y yo bebí cerveza con el tumulto derretido y decidí que tal vez algún día debería cortarme el pelo para que no se me enredaran los gavilanes morochos. El aire azota mi cabezota rota que flota y rebota entre las notas y me digo: Has de ser siempre simple. Y lo escribo. Y abro otra lata. Otra lata. Y ya.  

30.1.13

Los rezos de los árboles.


Quisiera escribirte una carta, a ti, pequeño lémur; que te quedabas enroscado en una rama muy alta viendo la fruta crecer y las moscas revolotear.

Quisiera escribirte una carta, pero no sabrías leerla; tú, que bostezas enseñando los blancos colmillos y sacando una rosada lengua y entrecierras tus ambarinos ojos con plácido aburrimiento mientras el sol te calienta el cogote.

Quisiera escribirte una carta, pero supongo que no te haría mucho bien comprenderla.

Es bueno tener un cálido cubil de hojarasca allá arriba, en las ramas.

Pues todos quieren dormir bajo las estrellas acariciados por los rezos de los árboles.


Que ningún árbol tiene boca
ni ojos.
Que sólo perciben levemente los pasos
y el viento.
Que sus recuerdos son viejos
y están olvidados.
Enterrados bien profundo
bajo las raíces
de los años.

7.1.13

Le cirque de la vie.


La vida es como un espectáculo y nosotros somos actores, suena a tópico pero es así. Pasamos nueve meses entre bastidores y sin darnos cuenta nos dan un empujón y salimos a escena, entonces nos ponemos nerviosos y lloramos. En poco rato comenzamos a hablar titubeando y enseguida comienzan los entremeses infantiles llenos de fantasía. Un puñado de apuntadores escondidos en los rincones nos dirigen por un camino intentando controlar la obra, aunque a la mayoría nos gusta improvisar de vez en cuando con poemas y locuras con un xilofonista en el tejado. La vida es como un espectáculo, incluso a veces musical, pero creo que consta únicamente de un solo primer acto.

22.5.12

Poesía del azul.


Erase una vez un jardín. Estaba cercado por claras hayas y por un cristalino riachuelo por el lado norte. Yo había levantado un par de tapias de ladrillo para servirme de refugio. No había más techo que la oscura cúpula plagada de estrellas en la noche. Y el colchón de plumas apenas conocía el tacto de mi dormir, pues yo prefería acomodarme en el trono de mimbre en el porche.
En aquel jardín era harto difícil encontrar cierto orden, los árboles se revolvían entre los arbustos y las flores, y el viento lo mecía todo con una tibia canción.
* * *
La oscura fábrica de nubes grises con todos sus engranajes chirriando entre la turba urbana. Bujías incandescentes girando ruedas y trasladando cuerpos. Despreocupada inquietud en los pasos de las masas de maletines y sombreros y corbatas sin saber cuándo tirarán la bomba, sin saber cuándo serán vaciados de oscuridad. Siete escalones de cuero nos separan del infierno, espera por mí, y ten cuidado. El trance de la máquina dura cientos de años, cientos de sueños, cientos de colores diferentes y de diferentes lágrimas. Brillante, todo, el silencio es brillante. La polvorienta luz brilla con el acero y se refleja en un humo ocre de atardecer otoñal y vida envejecida.
* * *
Ella espera en una habitación empapelada con motivos florales en tonos bermellones iluminada por una vieja y destartalada lámpara. Está sentada en uno de los dos sillones azules junto a la puerta, inclinada hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza descansando sobre la mano derecha. Mira hacia adelante, pensativa, con un rubio mechón cruzando oblicuo su rostro. El tiempo pasa y se las lleva.
* * *
Un surco carmín atravesando su tez blanca como un río de sangre en la nieve. No sé en qué piensas, no he visto tus ojos. Sólo atardeceres en la orilla del mar y casas de cal.

6.5.12

Bobby "Blue".


Sé que es muy tarde ahora, que tras la llama y su exhalar sólo quedará ceniza. Sé que sólo en la distancia encuentro las miradas que se van y yo aquí sentado en una esquina esperando y no sé a qué.

Los grandes enamorados al final gritan en sus camas por no saber no estar solos. Y aquel ruido blanco.

Una taza con café reseco en el fondo, eso queda. Los pegajosos posos de una ventana inclinada calentada por el sol de un día ocioso.

Papiroflexia con mis poemas entre sus dedos. Mi cabeza se aleja aunque la intente atar arañando mis costillas y olvidando los aplausos. El que sigue aquí en mi frente es el culo de Picasso y el que quiere ser un sucio Hank en un palacio borracho de sexo. Y la resaca con las sábanas empapadas en sudor y ginebra de la Victoria. Hojas secas. Tatuaré mi piel con cada palabra que escribo en vano. Me cortaré las uñas y afeitaré mis barbas y seguiré pareciéndome al tío del espejo.

No tengo una azotea en lo más alto de la ciudad nocturna ni estrellas que regalarte. No tengo sitio al que ir. No tengo sitio al que llevarte. Quizás sólo este estribillo y la verde alfombra. Ya sabes cómo somos, sólo sabemos cantarle a nuestras guitarras así que perdóname.

Tomos de Freud en su bolso y no consigo soñar nada. Y me despierto. La música de piedras corriendo ladera abajo. Y el olor de la vereda. Y lo a gusto que entre ensoñaciones descanso en el suave vergel para huir corriendo por si alguien me ve. Es tarde ya, pero procuro mantener la luz encendida. Mis manos no están gastadas aún pero ya han sabido hacer daño sin querer. También al corazón que les da de beber. No dejes de usarnos, me dicen cuando dudo, pero saben que no podría. Prestad atención, digo yo entonces, no me falléis vosotras, o tendré que escupir sobre mi muro por ser de nada y no como yo pensaba. Ahora, cierra la puerta, te hago un sitio, ven, mejor mira las paredes, haz como que no estoy, guarda silencio, déjame que piense… así esta no será mi última línea.

18.4.12

En el espejo contemplando jazz.


Hace ya tiempo que sueño con conocerte mientras duermo en mi caja bajo tierra. De todos modos no veo. Si tengo agujeros en vez de ojos.

Alcanzo a vislumbrar ahora lo que quiero ser cuando me miro en el espejo olvidando mi cuerpo y dejando que mi alma se asome un poco.

Veo sus ojos alejándose siempre de mí, aunque ahora pienso que quizás sea porque en verdad no son los suyos. Veo muebles de madera vieja y mimbre, veo guitarras desafinadas y lápices sin punta. Veo ríos de menta y barro, cantos rodados haciendo saltos de rana y música acuática bajo las plumas de los pájaros. Veo un pingüino bailando torpemente. Oigo más mis silencios que mis hablares. Siento el tacto de las hojas de los árboles y los libros, de las acústicas cuerdas en cajas de madera, de las nubes al rozarlas desde abajo.

Soy ese acorde al que no llegan los callosos dedos de un zurdo distraído. Soy la luz de un flexo desteñido y el solitario amanecer de la ciudad. El desordenado escritorio y la pared llena de post-its.

Y me acuerdo de mis colosales guantes de jardinería en la alta hierba a la sombra del manzano y el roble, del rugir de las olas enfrentándose a la fría y gris roca desnuda de los calizos acantilados respirando con la hermosa furia del mar.

Así que… apenas consigo distinguir la nariz y la boca y el peinado entre toda esa neblina verde y amarilla y azul y blanca.

Y el pequeño y ajado cuaderno de bolsillo… ahora pienso en la insoportable levedad del ser, en cuán livianos e inocuos son nuestros actos en la vida para con el Universo —Aunque eso también lo hace más bonito ¿no?  

Me distraigo cuando parece que estoy concentrado, me distraigo con… todos esos barcos piratas… flotando… por ahí. Y me distraigo también con los pieles rojas cabalgando por Dakota y eso. Me distraigo con el Sol surcando el cielo buscando a una luna a la que nunca consigue alcanzar. Me distraigo sonándome los mocos con un pañuelo de papel muy usado y convertido en una red de hebras trenzadas. Todo eso me hace sonreír, pues cada vez que te pones triste matan a una vieja gorda.

Porque hoy suenan muchas canciones y no quiero escoger una, no quiero separarla de todo aquello que es mi vida. Un tipo cualquiera paseando por la calle tarareando o silbando alguna de ellas ¿Quién no sabe sonreír?

Luego vi su cara y jamás la habría imaginado, así se deshicieron mis sueños. Estoy hablando del futuro, lo cierto es que se supone que yo aún no lo sé.

Mi ya viejo trono de mimbre se queja y cruje bajo mi peso. Cuando era joven, me dice, no necesitaba de abrir puertas ni de levantarse, pues no se caía; no necesitaba pedir ayuda nunca. Quizá no sea tan viejo como mi trono, pero sí que lo soy como para necesitar ayuda; pues aunque quiera que mi camino esté escrito por sólo un par de huellas,  preciso de otro par que me guíe por algunos senderos.

Oteo el paisaje desde mi cofa subterránea en la copa del más viejo y robusto de los robles. Veo la sangre en su sentido positivo, la sangre de todos los hermanos, que son todos. Veo los ciervos y sus pequeñas motas siderales, veo el brillo de sus cornamentas adornadas con abalorios en espiral.

Y la luna azul, apenas reparo en ella y lo lamento. Contemplando jazz.

12.3.12

Vivo ahora en un sueño extraño.


Vivo ahora en un sueño extraño, estoy despierto o eso creo, algo raro pasa todo el rato. Me imagino ahora como uno de los sucios poetas de Natalia Castro, con el cuello de la camisa manchado de vino avinagrado.
(..)Y, cuando llega la noche, los poetas calados de hastío hasta los huesos, oliendo a cansancio que dan pena, se dejan morir sobre sus alfombras mágicas atestadas de lamparones dejados porantiguos poemas de amor.                                                        Natalia Castro.
         Y me refugio en una madriguera tallada en la madera de aquel árbol donde los colores se envuelven en papel marrón con un pequeño lazo de cuerda deshilachada, donde escondí poemas antes de nacer para escribirlos ahora… pero, maldita mi suerte, no los encuentro.

         Esta madriguera está forrada de verdes enredaderas con flores amarillas y rojas y verdes y moradas y azules como los pequeños pájaros que revolotean en torno a ellas, también hay anaqueles con cientos de botellas llenas de barcos y arena y cartas de náufragos cuyos huesos hace tiempo que se volvieron coral, la entrada a este refugio está custodiada por una cortina de agua que se precipita desde la copa, donde no alcanza la vista y, lo más divertido, es que el suelo es esponjoso como la lengua de una ballena dormida. Me gusta a veces tumbarme en esta alfombra y escuchar el latido de esa ballena, tan pausado, su respiración y la mía, como las conversaciones de las olas bajo el sol.

         En este sueño yo quisiera ser poeta una vez más, un poeta enamorado, un poeta invisible, un poeta con la cabeza escondida en el cajón de los calcetines, un poeta desnudo frente al espejo, un poeta callado, un poeta sin poemas.

         En este sueño llegué al horizonte y me asomé al otro lado… ¡encontré uno nuevo! “tal vez la Tierra sea redonda de veras”, pensé, y me eché panza arriba a escoger nubes para hacer un ramo con ellas y regalárselo a cualquier persona que me espere en la estación de ningún tren. En este sueño esa persona sí existía, y yo no me ponía a arrancar briznas de hierba con los ojos desorbitados, no me ocultaba del cielo debajo de una gran roca, no me convertía en uno de esos lobos de ojos rojos, sino en los suyos, que cantan a la luna y se transforman en búhos agitando sus alas de plata en la noche.
Aúllo.Aúllo a la luna que me gusta estar viva. Que siento correr por mis venas algo más fuerte que el cuantrón. Aúuuuuuuullo. Me da igual que no dure, que no lo entiendas o que se me olvide. En este instante, sólo aúllo, como si de esta manera, dejase mi cuerpo y el mundo atrás. Como si de esta forma pudiese transformarme en búho y volar toda la noche.                                                                                              Verde.
         En este sueño los días pasan también, y en cada uno de ellos me despierto habiendo olvidado el anterior, desconocedor de que olvidaré el presente cuando me despierte al siguiente. Pero no brotan lágrimas de mis ojos, si acaso de dicha, pues cada flor en el camino se presenta como nueva, cada pez naranja en mi barriga me hace nuevas cosquillas con sus burbujas. En este sueño me alimento de jalea de versos preciosos sin palabras y del néctar de mis pasos y de la dulce lluvia mojando mi frente. En este sueño cada parpadeo hace que cambie el paisaje, que las raíces de los árboles se estremezcan en alegres sacudidas. En este sueño mis manos son invisibles y me divierto intentando asir cosas con admiración, asombrado por el tacto que entonces adquieren.

         En este sueño no hace falta que escriba estas palabras ni ningunas otras… en este sueño nada importa de veras, cada bocanada de aire, cada trago, es el primero y el último.

Wassily Kandinsky, Comp. nº7


9.3.12

Hank.


Conocí conocí a Charles en su novela Cartero, en la que narraba su vida como cartero entre los años 50 y 60. Desde el principio me fascinó su prosa mordaz, su sucio lenguaje, su misantropía, su alcoholismo… pasaron los meses y llegó a mis oídos la celebración de un homenaje que se le rendiría en La Caja Negra de Oviedo, estuve a punto de no ir por no tener amigos entonces que compartieran mi gusto por este tipo de literatura, pero al final me armé de valor para ir a un bar solo y crucé la vidriada puerta que me separaba del público portador de libros y cervezas, quizá alguna copa de vino. Recuerdo quedarme asombrado con ese ambiente, desconocido para mí, mirar absorto la pantalla en la que se proyectaban imágenes de Bukowski paseando en un descapotable por las calles de Hollywood, deleitarme al ver a gente compartiendo libros y charlar animosamente. Sin embargo aún era tímido –mucho más que ahora– y me limité a tomarme una cerveza en el fondo del local mientras escuchaba el recital de poesía. ¿Qué año sería, 2008? El pájaro azul fue leída repetidas veces y seguramente sea mi poesía favorita, no sólo de Hank sino de todas las que he podido leer –que, sinceramente, no son demasiadas–.


Y ahora, cuatro años después, dieciocho desde su muerte, tras haber leído tantas novelas, relatos y poemas veo a Bukowski como un autor crucial para comprender un poco más la sociedad del siglo XX, el aislamiento voluntario, la suciedad de los hombres… y, aunque mi forma de ser tiende ya a buscar la felicidad, sólo por hoy tendré como lema su epitafio…

DON’T TRY

28.1.12

Eterno resplandor de un diamante perturbado.


Todo empezó así, con la cabeza llena de imágenes de musgo brotando a cámara rápida por todas partes, como una infancia de insectos en las ramas y madres orgullosas y agua templada… aprendiz de todo y maestro de nada… el patetismo de una persona sentada en el váter mientras se limpia el culo. Es gracioso, el Universo digo, ellos dicen que la vida se trata de empeñarse en morir o empeñarse en vivir, yo más bien veo la oscura silueta de un gran pez bañándose en la luna… como el coyote, así soy yo, intentando cazar esas historias imposibles. Tengo buenas ideas pero al final, aunque use bolígrafos y artilugios marca ACME, siempre acabo defenestrado por cualquier barranco de Arizona, esto también viene dibujado… bebíamos vino de una botella envuelta en papel marrón cuando me contó su historia, se despertó borracho un día y se dio cuenta de pronto de que estaba en casa de ella, justo al instante en el que ella entraba por la puerta. “Ella… ¿Qué hago aquí?” “Nada, te emborrachaste y decidiste venir a decirme algo” Se le pasaron por la cabeza mil cosas que podría haberle dicho, cosas que sentía por ella. “¿Qué te dije?” “Nada” “¡Dímelo! o… ¡seguro que lo anoté en mi cuaderno!” Abrió su cuaderno y vio una ebria nota con letras sinuosas, decía: Acabo de decirle a Ella que la quiero, y Ella me contestó que me querría para siempre si al despertar mañana yo me acordaba de todo esto…


Porque puedo coger cualquier cosa y destruirla, hacer mis propias reglas… al menos en esto que escribo… tinta roja, como sangre, y un oso de peluche gigante que esconde un cadáver, circos, ricos que son más pobres que los pobres, siendo poseedores únicamente de una vida de aburrimiento buscando estímulos inocuos y toda clase de mierdas, mierdas caras… llenarse de todo y comparecer indefenso bajo las incandescentes luces de una barra. Borracho sin rumbo que disfruta del camino… conversaciones insulsas, ahogo mis aullidos de aburrimiento en otro y otro trago, porque no sé moverme en una fiesta, yo sé mover los dedos y escribir cosas… creo… sí ¿no? no sé… estos putos acordes que creen hablar no me dicen nada o me importa una mierda. Cherokee o Sioux, me da igual, yo quiero ser un lobo y aullarle al nocturno cielo desnudo de nubes, fue otro en mi cabeza el que lo hizo… más cruces de caminos con el diablo ofreciéndome mil almas a cambio de uno de mis párrafos sobre Al Green… pero yo no soy escritor ni poeta, no a menos que un centenar de personas me convenzan de que quizá lo sea… ángeles con penes de alcayata y cinturones de seguridad que ponen orden en el amasijo de cadáveres que cubren el asfalto, como un jodido acuario de mejillones, como un par de páginas en blanco… de fondo un monólogo de rock como una losa en mi cabeza. Yo miraba una ventana iluminada entre sopor y noche y humo, cuando otro ángel, negro, despertaba de un sueño gris… hombres de las cavernas que ahora viven en sofás, satisfechos porque lo que no les mata les engorda más fuerte… así, todo esto… ¿cómo voy a tomarme la vida en serio?

24.1.12

Trece pétalos verdes.


         Se suponía que ahora debía escribir un cuento… pienso en las canciones que me cantaban de niño y sólo acierto a recordar la de un marinero… pero no me acuerdo de qué le pasaba… supongo que era feliz surcando las olas y ya está. ¿Qué más queremos?
         Cuando sea viejo le diré a mis nietos que soy más viejo que el tiempo y les contaré mis mil aventuras por el mundo. Aunque… yo no juego bien al ajedrez desde que murió mi abuelo.

* * *
         Es divertido, el tonto viento dando vueltas sobre nuestras cabezas viendo todo lo que pasa en el mundo ignorando que todos soñamos con ser él. No comprende sin embargo más que el susurro de las hojas despertándose en sus ramas, y el sutil crujido de las mismas al caer marrones y muertas sobre la alfombra otoñal.

* * *
         Pensaba en ser un fraude, un fracaso… pero compensa la ilusión de ojos cercanos más que el oro de pegajosos dedos forasteros. Y decirle a todo el mundo que me alegro de verle. Gritad “¡Victoria!” al cielo, pues estamos vivos, estamos ganando, seguimos aquí.

* * *
         La columna de humo baila y llora con esta música. Las paredes no tienen oídos, creemos en eso, y es cierto, pero sí que tienen bocas. Si uno apaga la televisión y deja una luz cálida y tenue, cierra la mente y tiene oído suficiente, podrá escuchar las lentas conversaciones de los muebles, yo creo en eso, y no dicen mucho en el fondo… ¡son muebles! no te interesarían sus charlas, te lo aseguro.

* * *
Yo no quiero ser libre, yo quiero ser salvaje.

* * *
         El camino, cada piedra de él, es LIBERTAD. Si el mundo apartase algo de ciencia – manteniendo lo categóricamente necesario – y dedicase más tiempo a las artes, sería un mundo mejor. Si fuese como gente sentada en la hierba de cualquier Golden Gate Park alrededor de una guitarra o una flauta, si fuese así, sería un mundo mejor. El Arte es el mejor arma del hombre para ser libre. Sin princesas. Te aburre, te ríes, pero no tienes nada que perder, no hay secretos. Eres el dueño de ti mismo y tus pasos no te llevan nunca a casa.

* * *
El futuro está viniendo, fue ayer y no nos enteramos. Blade Runner fue 20 años después de lo del World Trade Center. ¿Te acuerdas? Eso ahora podrían hacerlo secuestrando un puñado de taxis. Fdo: Fantasma de Francis Pomeray, 15.1.2ø22

* * *
         Esto no es poesía, es una partitura de acordes para guitarra caribeña. Donde bailan las perlas con el león de Zión bajo palmeras de marihuana cuando sube la marea.

* * *
         Cogeré un cuchillo y degollaré a Heidi y a su abuelo. Nada cruel, rápido e indoloro. Me asusto a mí mismo, pero oigo la música sacada del puto nickelodeon y me veo deseando vivir en una cabaña de los alpes suizos frente a un lago-espejo brillando con el sol entre montañas grises colmadas de nieve. Pero también alimenta mis ganas de matar.

* * *
         Pero lo veo a través de los ojos de un pez. Y aúllo como un lobo jugando con la manada, mi jauría de sonrisas y wild-things y tarados. aaauUU, nos decimos, y nos echamos a reír a carcajadas panza arriba.

* * *
         Esta hoja, me parece el objeto más valioso que jamás he poseído. Donde he escrito todo esto.

* * *
         Puedo volar de Venezia a París y luego a Alaska en un pestañeo. Y ver la impresión de la luz del sol en lugares distintos a distintas horas. En un pestañeo de flujo químico en mi cerebro. El cerebro es más grande que el Universo, si no hay conciencia de algo, no existe, ni siquiera en lo intangible. Y eso que nos cuesta horrores pensar en la magnitud del Cosmos.

* * *
         En mi casa de entonces nos sentábamos y escuchábamos discos de Love y nos reíamos. Cuánto nos reíamos. Ése es el tiempo que me toca vivir. El lugar donde debo estar, sin preguntar por qué es la única cosa que necesito. Te vi en un dibujo, a todxs vosotrxs, se te veía adorable, con esa sonrisa, y tampoco me pregunto por qué te necesito tanto, porque éste es el amor que me toca sentir. Así que nos reímos como las trompetas y los violines cantando a los árboles.

17.12.11

Chasc.


Chasc es un tío sencillo, o al menos eso nos quiere hacer creer. La verdad es que se podría decir que hay dos Chascs.
El primero es el que todo el mundo conoce, un tipo algo reservado, de gustos sencillos como son el deporte en general y el fútbol en particular, el periodismo y la política. Chasc –ambos- es también un apasionado de la música, más en concreto del rap español. Puedo decir que sé algo de rap español, y por eso puedo decir que está tremendamente infravalorado, ya sea por desconocimiento o simplemente porque es una música que no gusta a todo el mundo. La influencia americana en el rap y sobre todo la imagen que los medios nos ofrecen del típico rapero dañan mucho a este género, todo el mundo conoce las canciones más míticas de SFDK, Violadores del Verso etc. pero no muchos veneran el gran valor poético que tienen muchas canciones –aunque contadas-. Chasc conoce ese valor, y ejerce una importante influencia en su persona, aunque más en el segundo Chasc, del que ya hablaré más adelante. Este Chasc –el primero- desde mi lejano punto de vista, y a riesgo de equivocarme, es tal vez algo apático, aunque nunca con sus amigos, a los que apenas puede contar con ambas manos. Es un tipo más bien misántropo, con algunos prejuicios perdonables enfundado en una máscara de ideólogo de izquierdas.
Pero si miramos al segundo Chasc, del que más me apetece hablar, y levantamos esa máscara, vemos que detrás de ella está el mismo rostro, la misma cara de rojo y de revolucionario. Es una persona que siente un gran amor por los suyos, por su familia, sus amigos, su equipo de fútbol. Creo que puede llegar a ser tan buena persona que él mismo tiene miedo, y en cierto modo parece querer esconder esa faceta suya.
Yo conozco a Chasc desde que puse mi culo en la cuna, no lo recuerdo, pero tal vez compartimos incluso noches de pañales meados. Aunque… poniéndome a escribir esto me doy cuenta de que, por mucho que yo crea conocerle, no sé cómo describirlo. Probablemente sea la persona que más se interesa por lo que escribo, sea lo que sea, aunque antes jamás se hubiera puesto a leer cualquier charada que publica un cualquiera en cualquier sitio. Pensaba enviarle esto como carta de admiración, para que sienta que está presente en mi vida aunque siempre nos separen más kilómetros de los que nos gustaría, pero no sé, no estoy seguro, hace un rato, cuando abrí el ordenador en plena noche de insomnio para escribir lo que se me pasaba por la cabeza, tenía en mente un buen texto, una genial descripción de lo que es para mí mi primo, aunque no fuese una verdad absoluta, sino la mía. Eso hacemos los escritores ¿no? Escribir nuestras propias verdades, aunque nos mintamos a nosotros mismos, porque también podría decir cosas malas de Chasc.
Así que, de momento, creo que no voy a mostrarle estas líneas a su protagonista, porque a menudo me asusta abrir tanto mi corazón en una hoja en blanco, por miedo a quien pueda leerla. Si fuese buen escritor no tendría miedo, porque tendría la seguridad de que nadie malinterpretaría mis palabras… pero por ahora sólo soy un estudiante de una carrera que no le apasiona y que procura dedicar el tiempo a producir cosas, crear mundos… con mi inseguridad no quiero decir que me sienta mal escritor, ni mucho menos, es simplemente el convencimiento autoimpuesto de que no soy tan bueno como algunas personas me quieren hacer creer, por amor supongo, aunque claro, eso no significa que no tenga fe en llegar a serlo.
Y si dejo de hablar de mí un segundo, y vuelvo a Chasc… creo que es bastante posible que nuestro camino se junte algún día, pues cada uno de nosotros es una buena influencia para el otro, no creo que hubiera sido del todo la persona que soy ahora si no hubiera sido por él, ya, eso pasa con todas las personas que conocemos, pero me gusta creer que con él es de forma algo más intensa. De igual forma que creo que Chasc es ahora lo que es un poco gracias a mí.
Pero… ¿Qué voy a saber yo? Si sólo soy un pobre terrícola…

17.10.11

Uno.


por todas esas veces en las que me quedo en blanco y no sé qué más decir. por todas aquellas historias que aún están vivas en mi cabeza y no sé cómo escribirlas. busco no estar solo, pero poder estarlo. abrazar a quien YO quiero sin otras palabras. escuchar. el tic-tac de un reloj que me diga Acuéstate mientras espero que amanezca. no necesito beber. no quiero dormir ni comer. no soy triste. sólo quiero arrancar todos los post-its de mi escritorio para llenarlo de nuevos. ser un viejo en el MAR. y las olas. ceniza en los dedos por otra llamarada. silencio… no, sigue el tic-tac. Acuéstate, ya es tarde. otra línea más, por favor. perdido en la montaña. perdido para encontrarme. tierra. un jinete entre tierra roja en el horizonte. y humo. humo. esbozo una sonrisa porque mi pez se agita. baila. le gustan esas notas. no quiere ni un punto y final más. no más puntos. no más puntos. espera. ¡no esperes! es una montaña blanca, no roja. bajo el cielo azul. sobre un mar verde. ojos y dientes. pero no tengo miedo. ¿por qué? ¿para qué? ahora suenan las burbujas de un MAELSTRÖM. pero no soy yo. no soy yo. no quiero serlo. levántate mañana otra vez y juega con los rayos del sol. como el pájaro verde y azul con pico dorado. con un hacha y una flor. ¡saca tu cabeza del agua! respira. aire. aquellas luces que pululan como polvo. en la gran bahía de mi frente. las puedo ver. las puedo ver. todo es tan hermoso. y ahora recuerdo las palabras que quería. solo que no las diré ahora. seré un cactus sin espinas. tal vez porque yo soy todos ellos. todos los que salieron de aquí arriba. del trastero. ¿o ellos son yo? como el blanco cielo inmaculado. sin estrellas. porque ninguno acaba. ninguno empieza. todos son uno. todos somos UNO.