Mostrando entradas con la etiqueta dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dios. Mostrar todas las entradas

9.1.18

Lemniscata.

La única diferencia entre realidad y ficción, es que esta última ha de tener sentido.
 —Tomasso Leonardo Clancini


En esta época del año, las pareidolias reverdecen y estiran sus ancas al nadir, lo cual es un espectáculo, y yo aprovecho para darme paseos anónimos con mi vieja pipa Dr. Plumb y mis katiuskas color burdeos, intentando no pisar los romanescus en flor que brotan a ambos lados de estos senderos. Paseo como un gato embotado y sin sombrero en la cabeza. Paseo como un pantocrátor desdibujado y mohíno, con los calcetines de distintas cromalidades por encima de estas destartaladas alpargatas bizantinas. Paseo sin mirar nada en concreto y, como ya dije, anónimo del todo; pues no dediqué tiempo a soñar en las agrietadas y últimas estaciones, y, con esas, lo que pasa es que se me olvida mi nombre y mi rostro y hasta mi talla de copa y jarra, y entonces sólo se me ocurre inventarme lo que sea o, en cambio, verme culpablo frente al espejo, que me señala.

Yo en mi casa no tengo ningún pájaro enjaulado, pero sí que tengo ciento, mil, miento, volando. Volando alrededor y van y vienen, cuando quieren, acá, acullá, y ellos mismos se procuran su alimento y su cobijo. Me brindan la compañía de sus trinos y yo, a cambio, les doy miedo. Por eso luzco esta aureola obscura de dios del limo. Porque soy de veras un dios del limo, aunque sea sólo para aquellos pájaros.

Tal vez sólo sea un vago. Y de tales lodos esta barba.

Conque farfullo y continúo con mi paseo anónimo, así en zigzag; para que el camino resulte más largo.

En un cruce de carreteras fui a encontrarme con mi sombra. Después de tanto tiempo, apenas nos reconocimos. Le pregunté por mi eco, pues le perdí la pista en el segundo volumen, y me contestó con mímica que tampoco él me echaba de menos, me echaba de menos. Así que nos dimos la mano con un ademán de falso desdén y cada cual siguió su camino.  Una situación torpe e incómoda, ya que ambos fuimos a tomar la misma dirección; pero sólo hasta caer la noche.

Esa noche no dormí; me tumbé panza arriba entre los romanescus y conté estrellas en el cielo negro: Ninguna.

Por la mañana encendí la pipa Dr. Plumb y me sacudí la escarcha de las pestañas. Solté una vaharada de humo gris sin toser, y después ejercité unos cuantos aros de vapor gris mostaza humedecido. Por último, exhalé una cascada ascendente de gas violáceo de la boca a la nariz. Volqué la pipa Dr. Plumb, y dejé que las brasas se consumieran en el suelo.

—Cómo has cambiado —recalcó un charco que había cerca y que yo no había visto nunca.
—No es que yo haya cambiado —repliqué—, es tu mirada la que no lo hizo.

Y es cierto; yo no conocía de nada a ese charco, ni jamás lo había visto antes, pero desde luego que pude reconocer esa mirada mate. La misma mirada mate de siempre.

Al fondo, se adivinaba una torre; pero no era más que la cofa de una balandra que naufragó hará cosa de un mes en la bahía y que, nadie sabe cómo ni con qué propósito, continuó su travesía tierra adentro sumergida por el fango, entre piedras y pantanos, para ir a dar justamente a ese punto del horizonte, al fondo, casi lejos. Pero si bien es cierto que un buen día nos morimos, también lo es que los demás días no.

Después se hizo de noche.

Esa noche no dormí; me tumbé panza arriba entre los romanescus y calculé cuántas caras tiene la luna: Una.

A continuación, sucedió un estruendo y un temblor sacudió la tierra y parte de esos cirros que no se alejan, y me levanté de súbito y malhumorado. Una grieta se abrió en el fondo de un charco (pero no el charco de antes, sino otro charco distinto, aunque bien parecido), y el charco se derramó a las profundidades practicando una espiral y la grieta siguió avanzando y me atravesó por el meridiano, dejándome hecho dos feas mitades; la una, medio deshecha, y aquella otra, a medio hacer.

Por la mañana encendí la pipa Dr. Plumb y me organicé de nuevo. Esto es recomponerme, aunque con lo izquierdo al derecho y lo derecho al revés.

Esta vez fue a hablarme una rama aguada que se había quebrado bajo el peso de mis hígados.

—Anda y lárgate de aquí —me dijo la muy—, llevas dos noches aplastándome con tus orinocos.

Y yo fui a responderle “Tú te lo pierdes”, pero en su lugar pensé: “Tú te lo vas a perder”.
Entonces me mordió. Aquí, en la pierna. Y me fui con la tibia tibia y un escozor inasumible. El mismo escozor mate e inasumible de siempre.

Y me tropecé con uno de esos bucles de los que sólo te salva un lunes.

Pero no hay lunes en esta época del año.

En esta época del año las pareidolias reverdecen y estiran sus ancas al nadir y yo deambulo nadie y amarillo y luzco un eclipse en la chimenea como un dios del limo, que tampoco es que sea un demonio, pero que, desde luego, es poco santo.

Y esa noche no dormí. Tampoco hice más preguntas.

Saqué mi vieja pipa Dr. Plumb y observé las cenizas y las manchas de hollín de mis katiuskas color burdeos.

Después, una tormenta apagada y en silencio.

A continuación, vino a hablarme a mí un suéter sin adulterar, pero en un dialecto extravagante y, por ende, no supe qué discutir, y me callé.

Yo sólo quiero protestar, y que nunca más amanezca.

Tal vez no sea más que un brécol.

Perseguí el sol un rato más, o una Era básica, y tan pronto se ocultó tras la cofa de aquella balandra, allá, casi cerca, fue a despuntar por mi nuca, a mis espaldas, y volví a encontrarme con mi sombra. Apenas me reconoció, pero me preguntó que cómo estaba.


Entonces fue cuando encendí de nuevo mi vieja pipa Dr. Plumb y, con una vaharada de humo mate, le dije: Infinito.

Daniel Johnston

29.5.13


(...) Yo sólo creería en un dios que supiera bailar. Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profundo y solemne; era el espíritu de la pesadez. Él es el que hace que las cosas se caigan. No se mata con la cólera, sino con la risa. ¡Venga! ¡Matemos el espíritu de la pesadez! Desde que aprendí a andar no hago más que correr. Desde que aprendí a volar no espero a que me empujen para moverme de un sitio. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo por debajo de mí, ahora baila un dios por medio de mí.

—Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.

28.6.10

Jackalope.

No era una liebre normal… ésta tenía astas de ciervo. Nadie supo nunca por qué.


Cuando era pequeña, apenas eran unos pequeños bultos de hueso que asomaban entre los pelos de la cabeza, este aspecto hizo que sus compañeras de la madriguera escuela se burlasen de ella, aunque en realidad sentían envidia porque corría más rápido y saltaba mucho más alto que cualquiera.

Cierto día, en la madriguera escuela, la liebre maestra se percató de estas habilidades, y, sorprendida, avisó a la liebre jefe para que decidiese el futuro de la extraña cría que crecía entre ellas.

La liebre jefe, la examinó cuidadosamente, sus pequeñas astas ya asomaban un poco más, y empezaban a tomar su forma, decidiendo por esta razón que no era una liebre, que era otra cosa, y que debería marcharse cuanto antes.

Sólo sus padres lloraron su marcha, pero en silencio, escondidos en las profundidades de la tierra, entre las raíces de los árboles.

Debería decir que las liebres en comunidad son muy dóciles para aquella que sea la dominante, considerada como un dios cuyas palabras son sagradas e indiscutibles. ¿Qué más podrían haber hecho sus padres? Sólo podían ocultar sus llantos y aceptar la decisión.

No supieron nada más de ella, pues corrió tan rápido como lejos, saltando con facilidad todos los obstáculos, zigzagueando entre arbustos y buscando a su verdadera familia.

No la encontró. Jamás.