Mostrando entradas con la etiqueta morir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta morir. Mostrar todas las entradas

26.8.19

Las aventuras de Panocchio: Escena segunda.



                En una habitación de albergue transitorio del Casino Felice, se sobreentiende que de forma simultánea a aquello acontecido en las cocinas. Steve Buscemi yace con una puta en una cama sin dosel, semicubiertos por las sábanas, dejando a la vista los pezones de ella y no los de él. Ella fuma, él tiene un ojo en blanco y el otro fijo en el vértice opuesto del techo con la pared.

STEVE BUSCEMI: No doy propina.

PUTA: ¿Perdona?

STEVE BUSCEMI: No te ofendas, pero no creo en eso. Ha estado bien y tal, pero tampoco ha sido espectacular. Además, es tu trabajo. Si tienes problemas para pagar tus gastos aprende a escribir a máquina.

PUTA: Imbécil. Sólo te he pedido que me acercaras el cenicero, pedazo de mierda. Anda, termina tu jodida historia y lárgate de aquí.

STEVE BUSCEMI: Ni lo sueñes, muñeca; la que se va a largar cuando termine mi jodida historia vas a ser tú. Yo he pagado por esta pieza hasta el desayuno.

PUTA: Pues entonces termina tu jodida historia y deja que me largue de aquí.

STEVE BUSCEMI: Bien, ¿por dónde iba?

PUTA: La alpaca de Notre Dame.

STEVE BUSCEMI: ¡Cierto! Pues eso, que los productores se obcecaron con meter una escena de ascensor, y ya sabes lo difícil que resulta rodar una escena así. A mí no me importa, yo soy actor; interpreto. Pero es un engorro para el resto del equipo, por no decir que te cargas todo el rollo de la verosimilitud, tratándose de una tragicomedia de corte humanista ambientada en el medievo francés tardío. Pero vamos, que yo soy actor y de eso no opino. Total, que todo terminó con una serie de cambios en el guion, por orden directa de los de arriba (no preguntes), entre los que se incluía una nueva escena en la que yo, o, bueno, mi personaje, moría precipitado por las escaleras. Hasta ahí todo bien, no me importa morir, si pagan bien. El caso es que, curiosamente, rodamos los interiores de esta escena en la sinagoga de Estrasburgo, y, como no había presupuesto para un doble de riesgo especialista en caídas por la escalera, y también debido a mi fama, eso que dicen de que se me da estupendamente el morirme, pues los productores decidieron que yo mismo debía tirarme escaleras abajo cosa de cuatro tramos o por ahí. Y así lo hice, por supuesto, y es que no pagaban mal, nada mal, desde luego. La historia, después de todo, es que así es como me rompí este diente y medio.

PUTA: ¿Y cómo te rompes diente y medio?

STEVE BUSCEMI: Pues eso te estoy diciendo; me tiré por las escaleras de la sinagoga de Estrasburgo.

PUTA: Me refiero a cómo es posible romperse medio diente. Está claro que cualquiera se puede partir un diente, pasando así a convertirse en medio diente, por un lado, aún en la encía, y en un pedazo de diente, por otro, que es el trozo desprendido de la cavidad bucal. Por lo que no es posible romperse un diente y medio, como dices.

STEVE BUSCEMI: A no ser que ya me hubiera partido un diente antes.

PUTA: Ahí sí.

STEVE BUSCEMI: Pues esa es otra historia, y si quieres oírla vas a tener que darme propina tú a mí.

PUTA: Vale. Que te jodan.

                La puta abandona la pieza y Steve Buscemi mira con un ojo al quicio de la puerta y con el otro al hueco en el colchón que alberga la ausencia de ella. Se queda así un rato sin pestañear siquiera y, de súbito, se queda dormido y empieza a roncar como ronca Steve Buscemi.

(ELIPSIS, la misma de antes, aunque distinta concubina)

                De debajo de las sábanas, Steve Buscemi emerge transfigurado en un terrible y monstruoso insecto. Una suerte de exoesqueleto rollo Gregorio Samsa, pero con la cara de Steve Buscemi, y con antenas, y patas, y un gonopodio de once centímetros, algo espantoso.

STEVE BUSCEMI: ¡Uuuurrrgh! (grito desgarrador)

                Y se escabulle reptando por el conducto de ventilación.

12.8.16

De morirse.

Morirse, después de todo, es una faena. Más que nada, porque uno se muere sólo una vez, y ya está. Es una responsabilidad terrible el morirse. El episodio final, último capítulo, el estertor definitivo, fenecer, despedida y cierre.
Nacer, se nace y ya. Uno está tan tranquilo, en su útero, chupando de la placenta, tan a gusto y va, y nace. Pero morirse, o mejor: cómo morirse, casi siempre, puede depender de uno. Al menos tenemos cierto margen de acción consciente, o, incluso, si me apuras, uno puede elegir exactamente cómo y cuándo morir. Y de elegir, al fin y al cabo, es de lo que se trata eso que llaman vida.
                Por eso, cada muerte, la muerte propia digo, la de cada uno, ha de ser memorable. No sé, si tu destino irremediable es diñarla en la camilla de un hospital, procura que alguien se acuerde, aunque sea por unos días. Yo que sé, ve pensando un epitafio ingenioso.
                Yo conocí a un tipo que se murió por un palo santo que se dejó encendido en la mesilla durante toda la noche; intoxicado. El primo de la amiga de una exnovia que tuve, se resbaló con un pellejo de banana y se precipitó por la escalera, rompiéndose el cuello. Y un quídam con el que coincidía en la taberna, la diñó estornudando en la ducha y destrozándose el parietal derecho contra la alcachofa; al parecer, balbucearía sinsentidos, desangrándose ahí tirado, agonizando en el plato, haciendo aspavientos con este brazo, así, y los dedos retorcidos, y los ojos desorbitados: esa no es manera.
                Sueño a menudo que voy en zancos y me distraigo con una mariquita, que se me posa en la mano, y entonces me topo con un cable de alta tensión que me deja tieso y me despierto. Algunas veces me imagino paseando por la calle, tal vez silbando cualquier melodía pegadiza, y, de pronto, un piano cae defenestrado de una quinta planta, o incluso de una octava, y me deja liso y plano como un folio y bien planchado. Es una ilusión que llevo.
                No creo que yo quiera morir, simplemente espero tener una muerte elegante. Algo acorde con mi carácter aventurero y estético, silencioso y locuaz como la cáscara de una nuez o las pestañas pineales. De todas formas, nunca supe explicarme, así que de poco importa.
                Ya lo dije antes: Nacer, se nace, porque no hay otra. El crecer depende de cada uno, ya se prefiera a lo alto, a lo ancho, o a lo profundo. De reproducirse ya hay que tener, más que nada, suerte y ganas, y, de hecho, es opcional. Pero morirse… ¡Ay, morirse! Morirse es lo justo. Lo necesario. Morirse nos iguala a todos, la muerte es lo que compartimos. Eso que dicen.
Yo digo que no. Que uno puede ser recordado así por su vida como por su muerte. Hay, como en todo, ciertas categorías. Al cuñado de la exnovia de la que te hablaba, le recomendaron apio para calmar los nervios y, de sordo y de tonto, él entendió opio, y acabó de caballo hasta las cejas, tirado en una cuneta y con el chándal todo cagado, y meado, y hasta aquí de vómito, sin sonrisa y la mirada para allá. Una lástima. Y da igual que hubiera sido un neurocirujano reputadísimo o la puta Madre Teresa de Calcuta, que yo le recordaré siempre como ese yonqui apestado que la palmó de sobredosis.
A eso voy: Pon tanto ímpetu en tu morir como el que dices que pones en tu vivir. Carpe Mortem. Es casi el mismo juego, la ronda decisiva: Lo importante es irse con estilo.
Me cuento entre los que anhelan una vida tranquila, sin sobresaltos, dejándose mecer y estirada como un hilo; y a estos nosotros no les deseo, para nada, una muerte ajetreada. Por eso dije lo del epitafio, porque no requiere hacer gran cosa, más que nada, decir algo como “huevo”, o “atún”, o quizá “¡ay, caramba!”, o lo que se le ocurra al moribundo en cuestión en ese momento. Tal vez contar un chiste, aunque sea a medias, o empezar a revelar un secreto, guardado cautelosamente durante años y paños, para callarse en el momento clave y espirar el último hálito dejando a todos con la intriga.
Hay muertes de género, como pasa con el cine o la literatura. Hay muertes graciosas como aquel que se muere de la risa, y muertes tristes como la de Mufasa. Hay muertes misteriosas, desapariciones sin dejar rastro. Helter Skelter, holocausto, también tiernas con un beso al veneno de sus labios.
                Yo no me decido entre la muerte por kiki o la combustión espontánea en plena entrega de la Grande Gidouille de platino para el menda. Sin duda, la de paciente cero en un apocalipsis zombi tiene su qué, pero tampoco quiero perderme el rollo del jaleo y la supervivencia ulterior.
                Todo depende de los gustos de cada uno.
                Dicen que cuando uno la palma ve su vida ante sus ojos como en diapositivas. Recuerdos velados, sobreexpuestos, olvidados. Una retahíla de la rutina que es el transcurrir sigiloso de los días. ¿Con qué te quedas? ¿Con tu boda o con aquella vez que te bebiste diecisiete chupitos sin vomitar y encima ligaste con aquella princesa de Java? ¿El día de tu graduación o en plan zen, y te quedas con el compendio holístico de lo que fue tu tránsito por la tierra incluso antes y después del mismo, mientras porfías bonitos vocablos como “fluir”, “el ahora”, o “clinamen”?
                Yo me quedaré con el instante de mi muerte; porque va a ser lo último que recuerde, después de todo, lo último que me pase.

Y qué faena. 

26.2.15

Espacios vacíos.

Hay una bala en la recámara. Intento no pensar en eso.

Hay cinco espacios vacíos en el tambor. Pero no me parecen suficientes.

Hay una bala esperando. Es una bala fría y dorada a la que no le interesa saber a quién libera, sino arder. Arder en un fogonazo de pólvora. Arder con un estruendo. Arder y huir volando.

Nuestras miradas se esquivan, atrapadas por la gravedad de ese solitario orificio negro que es la boca del cañón. Esos labios metálicos que aguardan besar mi sien o su sien con un colérico pinchazo y exhalar después un soplo humeante, signo de consumación en la lengua del fuego.

Hay una bala en la recámara y mi despreciado comensal hace girar el tambor con violencia. Me pierdo contando los números en la ruleta. Hay una bala. Hay una bala. Hay cinco espacios vacíos. Pero hay una bala.

Clic.

Resoplo con alivio y no sé por qué. Tengo miedo. Tengo miedo de ser testigo de la explosión. Tengo miedo de quedarme sentado y que una cálida lluvia roja me riegue la cara. Tengo miedo de la bala. Independientemente de a quién escoja. Tengo miedo.

Necesito de ambas manos para amartillar el revólver. Es la primera vez que veo uno. Se siente pesado y atractivo entre mis dedos. Así de reluciente y poderoso. La culata está bañada en sudor frío pero no es el mío. Yo no transpiro. Dejé de existir en cuanto me senté aquí mismo y lo que aquí mismo se rifa es otra vida o ninguna. Hasta entonces nadie existe.

Me concentro en los espacios vacíos.

El gélido tacto del cañón se posa en mi sien. Cojo aire. ¿Para qué? Me despido. Me despido de mí mismo porque no hay en mi mente más que yo y esta pistola. Yo y esa bala. Cierro los ojos. Hay una bala. Pongo mi dedo en el gatillo. Hay cuatro espacios vacíos.

Clic.

Exhalo desahogado. Pero dura poco. Abro los ojos y todo sigue igual. Hay un rostro que reverbera odio y una bala. Hay una bala. Aún hay una bala en la recámara y un martillo aguardando con paciencia para penetrarla con rabia.

La realidad inunda mi mundo otra vez. Sólo por un instante. Sin tiempo para sentir nada. Hay una bala.

Clic.

El arma de nuevo en mis manos. Hay una bala y son dos, únicamente dos, los espacios vacíos. Tal vez sea éste, de una vez, el tiro certero. Una parte de mí así lo desea. Acabar con todo. El resto, en cambio, busca cada espacio vacío, aun ensanchando la agonía. Todo yo es una masa con un arma en la mano. Todo yo es una bala buscando un cráneo que atravesar. Todo yo es una bala y un par de espacios vacíos.

Clic.
Michael Thompsett

28.10.14

Sándwich eléctrico.


         Cuando aún me faltaban tres tramos de escaleras por subir para llegar al club, ya empecé a oír el retumbar de la música a un volumen desmedido. Las noches en el Club del Sándwich Eléctrico eran así, gente de todos los colores apostada en los diversos sofás desvencijados, apoyados por cada esquina, incluso tendidos en los cajones y las rendijas, bañados en una atmósfera de cerveza y humo con el suelo pegajoso y el inventado pretexto de celebrar tertulias filosofo-culturales donde exponer la distintas expresiones artísticas de la caterva. Pero siempre nos poníamos borrachos demasiado pronto y terminábamos haciéndonos los simios por las paredes mientras unos cuantos tocaban los instrumentos con el bullicio habitual en estas mermeladas.
         Sin embargo, al cruzar el umbral después de haber hecho girar en la cerradura mis llaves con el llavero de King-Kong, descubrí que aquella noche no sería para nada parecida a las demás. Para empezar, no había nadie, y esperé un instante a que todos salieran de sus escondites de un salto y corearan al unísono “¡Feliz cumpleaños!”, aunque no fuera tal día (eran cosas nuestras). Pero, definitivamente, no había nadie. Supongo que el último en salir se habría dejado encendida la minicadena con el álbum de Can en bucle y a todo trapo.
         Cambié el disco por uno de los Maytals y me senté en una butaca roída por el espíritu de una rata que habitó aquí años atrás y que nunca hemos visto y me puse a ojear un cuaderno de recortes de Krishna Andavolu.
         —¿Qué hay de nuevo, viejo? —dijo entonces Manu, que llevaba todo el rato tumbado en un vetusto diván comiéndose un plátano mientras buscaba figuras en las manchas del techo como quien mira las nubes. Yo pegué un respingo.
         —Joder, Manu, vaya susto —le saludé.
         —No te sentí llegar.
         —Ni yo a ti —admití—, ¿qué haces?
         —No demasiado: inflarme a potasio, a ver qué pasa.
         —¿Te estás comiendo mis plátanos?
         —¿Son tuyos? —preguntó mientras palpaba la piel del último— Creía que aquí todo era de todos. Ése era el trato.
         —Sí, ya, tienes razón —titubeé—. Pero pienso que no es compartir si soy yo el que los compra siempre y tú el que se los come. Al menos podrías dejarme alguno, cabrón.
         —Bueno, no te pongas así. También soy yo el que pasa la escoba casi todos los días y a ti no te he visto nunca barrer.
         —Porque, a diferencia que tú, yo no voy dejando el piso lleno de mierda —repliqué— ¡Mira cómo está esto, todo lleno de pellejos de plátano!
         —¡Que son bananas, capullo!
          —¡Ya te daré yo a ti bananas!
         Nos enzarzamos en una pelea de dibujos animados, con una nube gris incluida de la que salían patadas y puñetazos y una silla que se hacía añicos contra una espalda y una cacerola que hizo clonk en otra cabeza y acabamos exhaustos, panza arriba, sobre la mugrienta alfombra otomana discutiendo si la mancha del techo junto a la lámpara de araña descuajeringada era un perrito o un caballo.
         —¿Por qué  demonios luchábamos? —preguntó Manu en una carcajada.
         —No eran demonios, eran bananas—contesté. Y nos echamos a reír.
         —¡Mosquis! —exclamó Manu mientras miraba un reloj que tenía garabateado en la muñeca con tinta china— ¿Has visto qué hora es? ¡Llego tarde!
         —¿Tarde a qué? —respondí, pero Manu no me escuchó porque salió disparado hacia la puerta como una suerte de conejo blanco y sin despedirse.
         Se oyó un slisshh acompañado de un “¡Mierda!” seguidos inmediatamente por un catapún catapún chispún y después silencio. Fui a ver qué pasaba y encontré en el rellano una piel de banana al borde de la escalera, con un rastro pringoso como si fuera un caracol que hubiera derrapado. Me asomé entonces por el hueco para ver la planta baja y ahí estaba Manu esparcido en una postura rarísima. Con un brazo para allá y una pierna para acá como un egipcio contorsionista y el cuello de una lechuza.
         —¡Manu! —le grité— ¿Tarde a qué? —volví a gritar, pero ya no respondió.


25.11.13

Fragmentos de la prisión de Folsom.

(…) No siempre reina el silencio en mi oscura y húmeda celda, a veces oigo el tren a lo lejos, lejos de estas paredes olvidadas por el sol. Está doblando la curva ahora y silba soltando bocanadas de vapor entre las chispas de los raíles y el humo de las máquinas manchadas de aceite y hollín. Silba y pasa con su incansable percusión, llevándose consigo el tiempo hacia San Antone, mientras yo sigo aquí. (…) —Mamá te lo dijo, Ray, no juegues con pistolas, Ray, sé un buen chico. ¿Has sido un buen chico, Ray? ¿Qué ocurrió en Reno? —Disparé a un hombre sólo por verlo morir, y cuando el último aliento salió de su pecho por la boca y el agujero de bala me deshice en llanto como un niño.  (…) Apuesto a que el tren a San Antone tiene un vagón restaurante lleno de gordos ricachones bebiendo café, derramándoselo por sus blancas camisas, fumando buenos habanos. Una, dos, tres, cuatro son las paredes que me atrapan, sin olvidarse del techo que me cubre y el suelo que me mantiene. No voy a ser libre. Pero todo lo demás ahí fuera está en ese tren, rumbo a San Antone. Eso es lo que me tortura.  

10.10.11

Réquiem por Neal Cassady


(…) y unos días después me telefoneó Bryan:
         –murió Neal, murió Neal.
         –hostias, no.
         Luego Bryan me explicó algo más del asunto. Y nada más.
         Sí, no había duda.
         Tantos viajes, tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna mexicana, solo, ¿comprendes? ¿ves los pequeños cactus miserables? México no es un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio simplemente. ¿ves cómo miran los animales del desierto? Las ranas, cornudas y simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana. Reptiles, rumores de cosas, contemplando a aquel tipo de allí en la arena con su camiseta blanca de manga corta.
         Neal, había encontrado su movimiento, no hacía daño a nadie. El tipo duro de la cárcel, allí tumbado junto a una vía férrea mexicana.
         Esa única noche que estuve con él le dije:
         –Kerouac ha escrito todos tus otros capítulos, yo he escrito ya tu último.
         –Adelante –dijo él–, escríbelo.
         Punto y aparte.
Charles Bukowski
(Escritos de un viejo indecente)

7.5.11

El reloj de bolsillo.

Todo había terminado, nos habían encontrado. Llevábamos ya muchas semanas escondidos en el sótano de un edificio derruido en los primeros bombardeos. Habíamos sobrevivido malamente con el poco pan que conseguíamos robar y bebiendo el agua que se filtraba por las grietas del techo goteando en pequeños vasos de cristal que habíamos ido colocando estratégicamente.


De todos los jodidos alemanes que nos podrían haber capturado, tuvo que ser él, Erik Nachbarschaft, no conocía su rango, imagino que sería oficial. El caso es que, antes de unirse a la Gestapo, trabajó con mi padre en la gestoría de la calle Versteken. Nunca soportó que mi padre pudiese tener un buen sueldo siendo judío, y, ahora que estaba muerto, el blanco de su odio era yo, su objetivo, su presa. Llevaba ya tiempo buscándome y por fin me tenía.

No me hubiera importado haber muerto esa misma mañana, de pie como estaba y con la cabeza alta mirando a los ojos de aquel nazi de mierda. No me hubiera importado si ella estuviese a salvo. Era una muchacha a la que conocía de vista desde que era pequeño, nunca había hablado con ella hasta que nos encontramos guarecidos de la lluvia en un sucio callejón después de que la guerra empezase y nuestras familias murieran. Ella no era judía, era de ascendencia checoslovaca, y su padre había protagonizado alguna tímida campaña en contra del partido y lo habían fusilado. Desde el día que nos encontramos no nos habíamos separado y, para mí, era la única persona del mundo.

-Por fin te he dado caza, Pavel, es una lástima que esto se termine ya, porque podríamos habernos divertido un poco más con este juego.-dijo Nachbarschaft con una sonrisa alevosa en los labios.-Te voy a dar otra oportunidad.-continuó-Te voy a dejar escoger a quién de vosotros dos mato. Piénsalo bien, tienes un minuto.-y se puso a mirar su reloj impaciente-Si no has elegido para entonces os mato a los dos.

El miedo se apoderó de mi cuerpo. No podía moverme, y al mismo tiempo no paraba de temblar. No podía tampoco soportar la idea de que la matase delante de mí, pero no era capaz de pronunciar un “Mátame a mí” sabiendo que después de hacerlo casi con toda seguridad la mataría a ella.

El tiempo desapareció, y todo pasó muy deprisa y muy despacio, vi cómo su mano sacaba de la funda su Luger P08 y la levantaba apuntando a mi amada. Vi cómo su dedo iba apretando el gatillo y casi pude ver la trayectoria de la bala surcando el aire hasta su pecho. Su cuerpo recibió el impacto con un golpe seco y enseguida sus ojos se cerraron y perdió toda expresión de su rostro mientras se desplomaba en el suelo. Mis piernas por fin respondieron y corrí hacia ella. Me arrodillé y puse mi mejilla contra la suya, aún caliente, y la besé, le acaricié el pelo, y las manos, y… mis lágrimas parecían sólidas, como piedras brotándome de los ojos. Dolía. No era posible. No. Tanto tiempo y… no, no, no, ¡no!

-Te daré un par de horas para que te despidas y salgas corriendo.-Me espetó Nachbarschaft-Después continuará la cacería.

Quise matarle ahí mismo con mis manos, pero no podía hacer nada contra rifles y pistolas de varios hombres sedientos de sangre. Se alejaron unos cuantos metros y me dejaron solo bajo el cielo gris. Después de un rato con el cuerpo inerte de Helena entre mis brazos, noté que respiraba, pero sólo era un engaño de mi mente… no, espera, ¿respira de verdad? Miré su rostro y ahí estaban, sus ojos, su sonrisa, me susurró que mirase en su pecho. Le abrí el abrigo y lo vi. Era un milagro, la bala había quedado incrustada en el reloj de bolsillo de acero que llevaba colgado del cuello. Era lo único que le quedaba de su familia, y eso le había salvado… y eso me había salvado. Le dije entre dientes que no se moviese, mientras la levantaba del suelo y me la llevaba lejos de los soldados.

-¿Dónde vas con ella? ¿A aprovechar para un último revolcón antes de huir otra vez?-me gritaron entre carcajadas.

-A enterrarla como se merece.-contesté fríamente.

La alegría que tenía en el corazón en el momento en el que estuvimos fuera del campo de visión de los soldados y nos marchamos corriendo de la mano hizo que me olvidase de los pájaros de metal que volaban sobre nuestras cabezas defecando bolas de fuego y muerte, hizo que me olvidase de todos mis amigos y familiares torturados y aniquilados, de todas las personas a las que había visto morir en los últimos meses. La había perdido y era otra vez mía. Todo había empezado de nuevo, y ya no nos iban a encontrar.

Fotografía: Danny Louwet

22.3.11

En el camino otra vez.

(...) Ésta es la única manera de vivir, basta con no morir. Yeeppa, ha habido ocasiones en las que hubiera querido morir, pero estoy decidido a aguantar lo más posible, ahora que estoy contigo y quiero estarlo mucho tiempo. Dios mío, ni siquiera me asusta este frío en los pies, mientras pueda seguir caminando con ellos. Señor, ya sé que me lanzaste al mundo sin dinero pero a cambio me concediste el derecho a quejarme. ¡Yuju! Quejarme levantando la mano izquierda pues de tanto hacerlo la derecha se me acabará cayendo. Aunque al fin y al cabo tengo un bebé en camino, sólo habrá que esperar un poco más, luego ver qué nos depara Californy esta vez y arriesgar, arriesgar como ahora mismo y mirar hacia adentro y a mi alrededor y seguir jugándomela aquí, allá, hasta hallar el modo correcto, cuidar de ti, chico, oh, Señor.
Jack Kerouac (Pic)

14.11.10

Creo que ya vuelvo.

Siento la tardanza, me perdí por Siberia...

No traigo muchas cosas nuevas que contar, así que mejor que hable Arthur Lee por mí...

Sentado en la ladera de una colina
viendo a toda la gente morir,
me sentiré mejor al otro lado.
Arthur Lee.

30.9.10

The Pusher.

¡Señoras y señores! Junto a mí un hombre al que mató el gobierno, huérfano de padre y madre. Dijeron que sabía demasiado.

La otra noche sucedió, después del concierto salió vestido de borracho a mear al callejón. Lo encontraron horas después, cuando ya se había ido todo el mundo. Un ataque al corazón, eso nos hicieron creer.

Aquel jodido tocaba de lujo.

29.5.10

Destino encontrado.

Quería homenajear hoy a Dennis Hopper, que lamentablemente ha fallecido hoy mismo en su casa de Venice, California a causa de un cáncer de próstata a los 74 años de edad.

Se podría hablar de su trayectoria como actor, o incluso como director, pero prefiero mencionar un poco la película por la que yo le tenía en gran estima, Easy Rider, de la que fue protagonista junto con Peter Fonda y Jack Nicholson, director y guionista.

Easy Rider es el viaje de dos moteros a lo ancho de los Estados Unidos, del más profundo oeste hasta los carnavales de Nueva Orleans. Es un viaje por la norteamérica de 1969, con sus granjeros, sus comunas hippies y los cerdos fascistas que odian a los "melenudos". Es, en realidad, un viaje por la libertad.

Por el camino se cruzan con un abogado loco y borracho representado por el incombustible Jack Nicholson, con el que viviran divertidas -y a veces no tanto- aventuras.

Con el mejor acompañamiento musical que se podía pedir, Jimi Hendrix y Steppenwolf entre otros, esta película es el símbolo de una generación a la que a partir de hoy, le falta un miembro.

El que está acostumbrado a viajar, sabe que siempre es necesario partir algún día.
Paulo Coelho

6.5.10

The End, beautiful friend.

Muchos dicen que la música ha muerto, pero no dicen por qué.

Aquí tengo la prueba. ¿Hace cuántos años que no se ve ésto en un escenario?

31.1.10

R.E.P.

Con la vida que llevamos algunos la muerte no será un descanso... más bien será una resaca eterna.

8.12.09

21 gramos.


¿Cuántas vidas vivimos?
¿Cuántas veces morimos?
Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte, todos.
¿Cuánto cabe en 21 gramos?
¿Cuánto se pierde?
¿Cuándo perdemos 21 gramos?
¿Cuánto se va con ellos?
¿Cuánto se gana?
¿Cuánto se gana?
21 gramos, el peso de 5 monedas de 5 centavos, el peso de un colibrí, de una chocolatina...¿Cuánto pesan 21 gramos?
Guillermo Arriaga

25.11.09

Últimas palabras del Maestro de los Sueños.

Cuando se es un genio no tenemos derecho a morirnos... porque hacemos falta para el progreso de la humanidad.
Salvador Dalí
Estas fueron algunas de sus últimas palabras que dedicó a su vida pública en la televisión, cuando ya prácticamente tenía un pie en la tumba.
Hay quien diría que considerarse un genio es un síntoma de egocentrismo y soberbia. "Morirnos", el no se consideraba un único genio, pero sí uno de ellos. ¿Por qué no? Toda una vida rodeado de lo que, a su visión puede ser normal, sabiendo que todo el mundo tilda esas mismas cualidades de rarezas y extravagancias, con una aceptación propia del público. Quiero decir, esa idea de genialidad propia que era innata en él, se fue alimentando de la admiración, y por supuesto del rechazo de las demás personas. Además, todo artista y genio es realmente extraño, y eso es lo que significa serlo, si no fuera así... sólo sería un pintor.


18.10.09

Ya viste que casi te mueres.

Ahora olvídate de beber para poder vivir.

¿Quién dijo eso de ''Porque eso es esto: instantes y memoria. No vivas con miedo a la muerte y si al alzheimer''?

Toda la razón del mundo es poca.

22.6.09

Del tiempo, el parto, la partida y la música.

Las agujas se retrasan en señalar a donde quiero, los granos de arena no terminan de caer, esa sombra parece que no avanza, o quizá es la nube del aburrimiento que cubre el sol del tiempo libre y que no me deja salir de este cubículo en el que tengo que hacer nada, para nadar a la superficie y salir de este mar de tortura (leve).
Cuando esas agujas señalen ese lugar, el último grano de arena se precipite al fondo y aquella sombra sea más larga, podré vivir un poco más antes de volver a morir un poco, renacer y morir de nuevo antes del siguiente parto y la posterior partida.
Mientras, escribo y escucho música, pero, ¿para qué la pongo, si cuando escribo esto estoy escuchando esa voz dictadora que mueve mis dedos para labrar caminos de tinta, y no la oigo? Vale.