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22.5.17

Jo.

                Ayer no, ayer, ocurrió una cosa.

      Estaba sentado en un butacón de orejas clavadito al mío, más o menos a las 4:40 a. m., jugando un solitario con los arcanos medianos desperdigados por mi regazo mientras esperaba a que Henri Sauvage volviera con el revólver que me había prometido. Aparte del butacón de orejas y un Porcelana de porcelana a tamaño real, en aquella pieza no había más que una vieja tostadora eléctrica y un montón de Kippel por todas partes. Probé a enchufarla, para comprobar que funcionara, y, al poner en contacto la clavija con el tomacorriente, la tostadora explotó en una nube de esquirlas de baquelita con forma de hongo que me dejó totalmente ileso y, afuera, por la ventana, se oyó un graznido estertóreo y carbonizado seguido del inconfundible aroma de una buena araucana a la parrilla.

   Me atusé las cejas. Lo sentí por el pájaro, pero no es culpa mía que decidiera apostarse precisamente en ese cable, teniendo todo el cielo para volar, así que agarré mis naipes y me largué de allí. Decidí ahorrarme el revólver y el escándalo y apostar sobre seguro. En casa tenía un espejo de mano semiautomático que sería más que suficiente para neutralizar a Mo y recuperar el regalo de Bubbs. Cualquiera sabe que el punto flaco de todo mimo es enfrentarle a su propio reflejo, vamos, lo saben hasta los paramecios. Además, estaba todo aquel asunto de la jerarquía de necesidades, la pagoda de Brian, cuya base son las sandalias, y según la cual me encontraba soterrado hasta la sien, así descalzo y desarmado.

    Abandoné el distrito Taraij bajando las escaleras de Lechariot, siete escalones, nada menos, y a cada cual más irregular que el anterior; y seguido me llegué a la plazuela del torcamús, cuya fuente central —y esto no lo sabe casi nadie— está ornamentada con auténticas turquesas turcas de la Anatolia occipital; pero estuve sólo de pasada porque mi casa queda un poco más para allá.

    Según alcancé las orillas de la calle Lampo, sin reparar siquiera en que la moneda terráquea está constantemente dando vueltas sobre sí misma en el sempiterno cara o cruz patacósmico, sin que nosotros, pobres ingrávidos, apreciemos de algún modo esta apuesta, y limitándonos, someramente, a pulular por ella como una suerte de enjambre diminuto; pues bien, sin tener en cuenta esto último, en la calle Lampo me encontré con Bubbs. Bubbs llevaba años exiliado en las medianas Antillas moldavas por un tema de fuegodoro de estraperlo, eso y una antología de atentados por enaltecimiento de la depravación, unos cuantos capítulos de desorden del orden público, y otros tantos de orden del desorden, que, al parecer, también es público. No veía a Bubbs desde antes de la guerra, y éramos unos críos, como quien dice. El tiempo le cambia a uno, desde luego, y, bueno, así visto, con los dos ojos vagos, y desde lejos, tampoco estoy muy seguro del todo de si realmente se trataba de Bubbs, pero me lo dijo ese cuarto sentido que tenemos las personas de sinapsis dispersa y que acierta tres de cada siete veces en el mejor de los casos.  

    Corrí a su encuentro, pues él tampoco me había reconocido y no iba a ponerse a correr hacia a mí. Y, cuanto más me acercaba, menos se me parecía aquel tipo a la imagen que me había hecho de cómo sería Bubbs al cabo de todo este tiempo. El hombrecillo se me quedó mirando como quien es confundido por otro y yo le dije que él no era Bubbs.

—¡Oye tú, tú no eres Bubbs! —le dije.

    Entonces, el quídam, que definitivamente no era Bubbs, ni sabía de quién yarboclos le estaba hablando, me enseñó las palmas de sus manos, sin estigma alguno, y se fue calle abajo sin despedirse. Yo le dije:

—¡Oye tú, cuidado!

    Una tanqueta de militsos, salida de la nada, siguió a un terrible estruendo de motor y, por un momento, la instantánea me recordó a aquella película zonguonesa, la de la cabalgata de Tiananmén, pero con un final alternativo en el que el pusilánime es despedazado por los eslabones del dispositivo de tracción Lombard del carro blindado de la milicienta.

    Me arrojé a un lado de la calle ejercitando un bonito brinco torcaz, del todo improvisado, con el que salí de la trayectoria de la apisonadora portátil y fui a caer en un charco de ayer no, al otro, que resultó estar seco; y, salvo por las uñas de los pies, que me rompí todas, por lo demás, salí de nuevo incólume y hui despavorido.

    Desfilé por Pachydermes como a quien se le quema el klebo en la tostadora eléctrica y, al torcer a la derecha por la calle del San Adolfo, me topé con el verdadero Bubbs, el legítimo, o al menos su cadáver hecho trizas de igual manera que su falso análogo;  a orugas del solitario convoy de la muerte —que se llevó por delante a nueve personas y tres marquesinas, para posteriormente dejar docena y media de cuerpos desmembrados repartidos por las calles Lampo, Testudo y Mijlhaus, en la madrugada del cuatro de mierdra del pasado año, víspera de los festejos de San Crodeculo—, reculé espantado como caminando por una luna con superficie de alabastro y, para cuando completé la media vuelta reglamentaria sobre mis talones en el tercer compás, fui a darme de bruces con el viejo Henri Sauvage empuñando un revólver y, claro, me llevé tal susto que reemprendí la fuga por la diagonal, al margen de toda coreografía, y atravesé balaustradas y cordones, catenarias y acequias, sorteé conos y bastones, y terminé metido, no sé cómo, en esa catatonia umami que se nos ocurre a veces y que nos mata de la risa cuando conseguimos olvidarnos de ella.

    Desde dentro, desde dentro huele a ceniza en Estagira. Los muros se ven grises como un oso pardo en un daguerrotipo y no se oye ningún río, se oye un río. Un caudal continuo de asuntos pendientes y promesas en todas direcciones. Todo es importante, luego, nada lo es. Desde dentro lo sentí así y sentí alivio. Y olvidé a Bubbs. Y me salí.

    Llegue al Diapasón tarareando el Réquiem de Tannhäuser con una sonrisa andrógina. Guiñé un ojo a Policarpo bajo las torres del momento y él, cómplice del dialecto de signos lundonita, hizo aparecer un pequeño vaso pulverulento y una botella de fuegodoro del Auriga y dejó todo a mi merced.

—Se te ve bien —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. Acabo de encontrarme con Bubbs hecho pedazos.
—Mal que bien, el tiempo le cambia a uno.
—Eso y una Tipo 97 Te-Ke de cinco toneladas. Yo hoy maté un pájaro.
—¡Bah, alguien tenía que empezar a hacer algo!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿es que no van a venir nunca?
—¿A estas horas? Además, supongo que hoy irán a la despedida de Mo; ayer lo encontraron hinchado y muerto, flotando en el Muil. Por cierto, tú no tendrás nada que ver, ¿verdad?
—¿Yo? ¡Yarboclos, no! Es decir… tenía intención de asustarlo un poco, tal vez herirlo de gravedad, liquidarlo, acabar con su muda tiranía de una vez por todas… pero de ahí a ubivarlo… —rellené el vaso y lo vacié en mi gorlo de un bocado.
—Estupendo.
—Imagino que, después de todo, ya no tiene importancia alguna, pero me pregunto qué habrá sido del regalo de Bubbs y qué demonios contenía.
—Lo mismo me da. Odio las sorpresas. 

22.4.17

Do.

                Ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

                 Amanecí en un banco del parque Rodol, pasado el mediodía. Rezumando los síntomas de la cruda veisalgia por la boca del estómago hasta el filo de las uñas. Por lo que alcanzaba a recordar, las vestales habían olvidado mi rostro y mi nombre al tercer chorrito de atrabilis, y, a partir de ahí, se puso la atmósfera en negro y, entre medias, perdí un zapato. Un chasquido líquido y ovalado sucedió bajo mi trasero cuando fui a incorporarme, dejándome los pantalones impregnados de albumina y un antiestético pringue de feto de pichón.

                Bostecé. Lo sentí por el pájaro, pero en el fondo pensé que le había ahorrado una vida de amarguras y polución, así que me aboclé los trozos de cáscara del trasero y me largué de allí. Enfilé el camino a casa hecho un guiñapo y con el paso cruzado. Unas garras beige verdoso asomaban por el desgarrón de mi calcetín desamparado y me hedía el aliento a mierda. Francamente, necesitaba una ducha. Además, estaba todo aquel asunto de la consunción del dipsomaníaco deshumedecido cuando se mezcla con una categórica urgencia por cagar.

                Tomé rúe Flâneur para despejarme con la brisa estancada del río y dejé atrás el Sol Naciente con apurados andares y un nudo forzado y tirante en la punta del orificio; justo como aquel que anda transfigurándose de caracol a babosa sin cuestionarse el calendario, una entelequia.

                No había llegado a cruzar la línea imaginaria que delimita las fronteras de mi barrio cuando, sin advertencia previa, fui a tropezarme con Imperator Furiosa. Furiosa era una antigua novia que tuve, mi orbe, mi vía lechosa; pero ya pasaron muchos ayeres desde aquel pretérito, y ya ni hablamos, ni nos olemos. Furiosa lucía un iris pardo y el otro gris, y la melena ensortijada deslizándose por las clavículas. Aún conservaba, después de todo, la candidez primigenia en los lóbulos de las orejas, y ese viso de frescura que reverdece la pupila hasta el haz de His como sumergido en una marmita de esencia de ocalito.

                 Se paró junto a mí, pues percibió que había reparado en ella. Me miró de arriba abajo, sobre todo abajo, a los mitílidos de mi pie. Movió la cabeza levemente a un lado y al otro con gesto compasivo y, sin terciar palabra, giró sobre sus hermosísimos tobillos y siguió su camino. Yo le grité que esperara.

—¡Espera! —le grité.

                Furiosa, sin volver la mirada, tendió su esbelta mano atrás, como ofreciéndomela, y apresuró la marcha. Yo le dije:

—¡No puedo seguirte! ¡Espera!

                Me enjugué las legañas y otra vez corrí tras ella, como en aquella película de Motorizado Marx, la del loco del troglodomo en el desierto, y, de pronto, descubrí que de aquellos preciosos dedos suyos colgaba otra figura, parecida a mí, pero con pelo en la cabeza y la sonrisa cosida.

                Caí de rodillas contra el asfalto. Lloriqueé de un modo vergonzante unos instantes y me deshice del zapato que aún me quedaba. El aspecto del calcetín era, a grandes rasgos, similar a su análogo, aunque quizá de un matiz tirando más a ocre que a gris castaña. Decidí despojarme también de ellos y salí huyendo calle arriba.

                Desboqué por callejuelas sin apellido sin fijarme en los tendidos eléctricos, desnudos, y, cuando me di cuenta de que me encontraba practicando la fuga en dirección contraria, crucé el río por el puente de la fusa y agarré en equilibrio el raíl del tranvía, con la nariz apuntando a la colina de Ubú Roi, y los restos de huevo resecos en la culera. Conseguí mantenerme erguido el tiempo suficiente como para poder apreciar, desde una posición privilegiada, la flagrante parábola que trazó mi cuerpo cuando fue a estamparse contra el suelo con tremendo batacazo. Salí entonces despedido, cosa de tres yardas en trayectoria oblicua, esta vez en parábola ascendente, reboté en una señal de STOP, y terminé colándome, no sé cómo, por la boca de una alcantarilla que alguien se dejó un día abierta y que nunca nadie cerró. 

                Desde abajo, desde abajo huele a humo en Estagira. El suelo se ve negro como un oso negro carbonizado y se escucha cómo el tiempo gira sobre sí mismo y, al fondo, se oye un río. Un reguero de dudas y memorias en todas direcciones. Desde abajo lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Furiosa. Y me subí.

                Llegué al Diapasón descalzo y sin duchar. Me aposté en el córner y suspiré longo. Policarpo el fructífero bajo las torres del momento puso ante mí una crátera de cerveza y un cadencioso chorro de Pancrenoir, sin yo solicitarlo.

—Olvida lo que te dije ayer —dijo Poli—; hoy sí que estás hecho un asco.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Y Bubbs, ha llegado ya?
—¿No te has enterado? Le detuvieron en la frontera para ver qué había en su culo.
 —Pues hablando de lombrices, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, hay más peces en el mar!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿tampoco van a venir hoy?
—Ya sabes cómo son los muchachos; les encantan las sorpresas. Creo que podrían aparecer en cualquier —se calló, y yo aproveché para darle un largo tiento a la amarga envilecida y pensar en el tiempo que pasé con Furiosa, cuando por la noche resplandecían tres lunas sin mácula en el cielo, y en el tiempo que pasó desde entonces, y en cómo ahora, con el recuerdo viejo, parece que aquello duró sólo un— momento. Por cierto, ¿Has recuperado el regalo de Bubbs?
—Yarboclos, lo olvidé por completo.
—Estupendo.
—No te vayas a preocupar, mañana por la mañana buscaré a Mo y lo arrancaré de sus dedos muertos.
—Allá tú, entonces. Pero nada de sorpresas.

16.12.15

Mo.

Ayer no, ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

         Circulaba distraído por la A-440 con una mano descansando sobre el volante y la otra escrutando los diales en busca de la emisora apropiada cuando algo impactó contra el parabrisas dejando una deliciosa mancha sanguinolenta con forma de charco y un manojo de plumas desperdigadas alrededor.

         Aceleré la marcha. Lo sentí por el pájaro, pero yo ya poco podría hacer, así que activé los limpias. Tenía prisa por llegar a casa y cortarme las uñas, pues me estaba quedando sin calcetines. Y además estaba todo aquel asunto de la fiesta de bienvenida de Bubbs, en el Diapasón, a la cual ya llegaba tarde hasta para la despedida.

         Dejé el coche en la esquina de Pachydermes con Testudo y enfilé la calle cuesta arriba cargando a mis espaldas el regalo para Bubbs; un pesado paquete cuyo contenido ignoraba. Cosas de los muchachos, les encantan las sorpresas.

         Cuando aún me quedaban unas cuatro cuadras para llegar a mi departamento, a la altura de la rúa Parnaso, me topé con el viejo Mo. Mo era el viejo mimo de mi barrio, tan viejo como el barrio mismo, y mimo desde antes de ser viejo; todo un personaje. Mo llevaba cada lado del rostro pintado de un color: El izquierdo era blanco como un periódico usado, y la fingida sonrisa rosa le llegaba hasta la oreja. El derecho, en cambio, era negro como una ceguera, y en la mejilla lucía un cuarto menguante pintarrajeado en dorado, o tal vez fuera una banana mojada.

         Me paré junto a él, pues me hizo un gesto con su dedo corazón enfundado en un guante blanco, y le pregunté que qué le pasaba.

—¿Qué te pasa, Mo? —le dije.

         Mo se señaló a sí mismo con ambos pulgares y después dirigió su dilatado índice hacia mi cintura, como refiriéndose a mi trasero, y al final se puso a dar patadas al aire con sus babuchas color crema. Yo le dije:

—Así que quieres patearme el trasero, ¿eh?

         Se llevó las manos a la cara como en aquella película de Munch, la del crío solo en casa, y, en un instante, se había encaramado a la farola trepando como un simio y me amenazaba desde lo alto con el puño y haciendo muecas de exabruptos.  

         Caí presa del pánico. Desde luego, eso no me lo esperaba. Dejé el paquete en el suelo y, con las manos temblorosas, me apresuré a sacar unas monedas del bolsillo y las arrojé en su sombrero. Tiré también la cartera y unos cromos que no tenía repetidos y salí huyendo calle abajo.

         Atravesé la praça do Ninho Basura como un salivazo de neutrinos y, al doblar por rúe Flâneur, me crucé con mi casera, maldita, y la esquivé de un quiebro. Galopé por los bordillos como si la acera fuera lava y terminé subido, no sé cómo, a la escalera de incendios de aquel edificio de ladrillo mustio y color de plomo que tan poco nos gusta y que tanto evitamos.

         Desde arriba, desde arriba huele a polvo en Estagira. El cielo se ve blanco como un oso polar albino y los coches no se escuchan, se oye un río. Un torrente de sollozos y quejidos en todas direcciones. Desde arriba lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Mo. Y me bajé.

         Llegué al Diapasón con una suela rota y la cremallera del forro atascada a medio abrigar. Me senté frente a Policarpo el fructífero bajo las torres del momento y solicité un chorrito de bilis negra que empapara la cerveza.

—Se te ve hecho un asco —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Ha llegado Bubbs?
—Perdió el tren, ya sabes, la resaca.
—Eso está bien, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, seguro que se lo merecía!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿No vienen?
—Hasta mañana no creo que aparezca nadie por aquí, no hasta que llegue Bubbs. Tú has ido a recoger el regalo, ¿Verdad?
—Sí, sí, está donde Mo. Me la ha jugado otra vez.
—Estupendo.
—Oye, ¿Tú sabes qué pollas es?
—Ni idea, ya sabes cómo les gustan las sorpresas.

20.4.13

Capítulo XXII (Parte IV).


         Solventé quedarme un rato más en la cama, y de veras disfruté aquellos escasos minutos estirados por la parsimonia del sueño leve al tiempo que el sol me acariciaba la frente de cuajo y el viento que se filtraba por las ventanas averiadas rozaba mi desordenada cabellera desplumada otra vez por el cogote, pero no tardé en desperezarme del todo y ponerme algo de ropa seca para salir a desayunar algo antes de presentarme en el Teatro Mágico para mi primer día de trabajo.

         Las calles parecían todas distintas, como desordenadas, pero todo seguía en el mismo sitio. Lo achaqué a imaginaciones mías a causa de mi sueño, y seguí paseando mientras silbaba como una alondra o un jilguero o algo así.

         Después de revolotear a través de unas cuantas manzanas, di con una pequeña cafetería, el Café Telepático, donde ofrecían un menú de “tortitas de tus cosas favoritas” por solo tres dracmas, y como siempre he sido una persona muy sensible a la publicidad y me encantan mis cosas favoritas, decidí desayunar ahí.

         Me acomodé en un taburete alto frente a la barra y, después de dar los buenos días, pedí la carta de tortitas al joven con constelaciones de acné que era el camarero.

         —Aquí tiene —dijo, y sacó de debajo del mostrador un enorme volumen que era una auténtica enciclopedia de comidas y sabores. Desde el aceite hasta el zumo de cualquier fruta, pasando por los macarrones y el tocino. Toda clase de platos y postres y mermeladas. Había hasta tortitas solas.
         —¿Quién demonios pedirá las tortitas solas? —musité, y me decanté por las tortitas de puerros con bechamel, que no es que fueran mis cosas favoritas, pero sin duda gustaban a mi apetito.

         Me llené bien el buche y descansé mientras revisaba el Eco de Estagira en busca de alguna noticia referente al catastrófico tornado de la noche anterior, pero no había más que malas noticias y un crucigrama que resolví en apenas un minuto, aunque con palabras improvisadas como jumdirilla o habbacri, si te inventas las palabras es más fácil.

         Tan pronto como lo terminé, pagué la cuenta y salí de nuevo a la calle en dirección al Teatro Mágico. Salté por las aceras como jugando a la rayuela imaginaria o salvando combas invisibles y en un santiamén llegué al teatro. Pero no fue el Teatro Mágico lo que encontré. En su lugar estaba un edificio rojo con forma de boca de incendios: era el parque de bomberos.

          Atravesé el umbral de la entrada y no vi más que a unos cuantos tipos ataviados con chubasqueros ignífugos y cascos fosforescentes y algunos también con hachas jugando al parchís y a las damas y a la gallinita ciega… a muchas cosas, pero ninguno con fuego. Uno de ellos se me acercó al verme entrar.

         —¿Ha habido algún incendio? —preguntó con una voz infantil.
         —No —respondí, contrariado— Esto… no, yo buscaba el Teatro Mágico.
         —¿El Teatro Mágico?
         —Sí. Ayer estaba aquí.
         —¿Estaba aquí?
         —¡Sí! Ayer vine aquí y… —empecé a decir, nervioso— hubo un tornado, y los edificios salieron volando y… una vaca… y parecía un sueño.
         —¿Un tornado? —volvió a preguntar— Aquí sólo nos ocupamos de los incendios y de los gatos que se quedan atrapados en los árboles.
         —Está bien —contesté, vencido al descalabro.

         Eché un último vistazo a la divertida yincana que los bomberos habían organizado y me fui, decepcionado como unos olvidados cordones de zapatos por estrenar, aún en su caja.
         —¿Y dónde demonios estará ahora el Teatro Mágico? —pensé, pues me negaba a aceptar que hubiera sido fruto de mi imaginación o de un sueño considerablemente vívido. Aquel sitio existía, estaba seguro.

         Caminé sin rumbo a través de las tímidas horas que apenas se dejaban notar, reviviendo los acontecimientos de la mañana anterior, cavilando, rumiando cada minúsculo detalle para determinar si yo, despistado de mí, me habría confundido de calle o si aquel fantástico lugar con su inconmensurable estantería llena de cachivaches de veras se había desplazado de su ubicación como consecuencia del tornado o si tal vez lo soñaría todo como me temía.

         No tenía nada que hacer más que pasear, así que, como el personaje de toda película que aparece al final de la segunda bobina para salvar el día, decidí dedicarme a encontrar el Teatro Mágico, pues cuando pierdes cualquier cosa no hay mayor menester que encontrarla. 

19.4.13

Capítulo XXII (Parte III).


         —¿Y OFRECE USTED TRABAJO A TODO EL QUE VENGA AQUÍ, SEÑOR MELQUÍADES? —pregunté en un grito, casi sin oír mi propia voz ni mis pensamientos.
         —Te voy a contar la historia del Teatro Mágico, Alonzo —conseguí entender—, aunque mejor mañana. Se te ve cansado, y sabias son las huellas que se dirigen al cubil. Ve y duerme un poco, mañana será un largo día.

         Acepté su propuesta sin dudar, pues aquel pitido se me había colado entre las sienes y sentía cómo mi seso se iba derritiendo en un jugo pegajoso, quedándoseme todo aquello en los párpados y haciendo que éstos se me fueran cerrando adormecidos. Sin más vueltas, Melquíades tenía razón, camino a la cama es el mejor camino.

         Arrastré los pies de vuelta a casa acompañado por los susurros de mis derrotados andares al frotarse con las húmedas callejuelas sembradas de charcos. Había empezado a llover inclinado y daba la sensación de que los edificios y las farolas y los árboles se iban tumbando para acostarse antes que yo. Ahí arriba, bien lejos, sobre mi cabeza, una gran nube negra que parecía el ojo de un cíclope colosal me dirigía una mirada entornada, como si me reconociera después de muchos años sin vernos. Puede que sean imaginaciones mías, pero tal vez yo mismo provocara aquella tormenta abanicándome el verano pasado o soplando las velas de cumpleaños. Por todo aquello del efecto mariposa y eso. Quién sabe.

         —Debería darme prisa —pensé, o dije, convencido de que en cualquier momento caería fulminado por el sueño o por un rayo, y aligeré el paso totalmente calado hasta los calzoncillos por toda aquella lluvia que arreciaba con virulencia y me golpeaba la cara con toda la furia del viejo aliento del cielo.

         Entré en el edificio tiritando, con la ropa empapada y los calcetines encharcados, mi gordo y sudoroso casero roncaba plácidamente en la butaca de orejas descomunales que había en la salita de la planta baja. Subí las escaleras pausadamente, atemorizado por el incesante repicar de un ejército de más de veintidós mil gotas de lluvia asediando las cuadrangulares murallas de cristal de las ventanas y la obscura    voz del viento que hacía que las puertas se estremecieran cobardemente sobre sus goznes.

         —Camino a la cama es el mejor camino —me dije mientras me desvestía y me acurrucaba bajo las arrugadas sábanas.

         Por la ventana vi el cielo gris oscuro y los ojos se me cerraron un rato. Hubo un destello, qué fastidio. Y ya era un naranja pálido o rosa pálido o cian oscuro o igual seguía dormido, porque también vi cilindros y tetraedros bien brillantes y lustrosos. Se dibujaron bucles y torbellinos y símbolos extraños, como matemáticos. Abrí un ojo y la habitación ya estaba oscura otra vez, la lluvia había amainado, pero el viento exhalaba incansable con sus eternos pulmones celestes y el ceño fruncido. Había un ojo negro ahí arriba, que se fue convirtiendo en un gigantesco dedo en espiral o en una cola de cerdo, acercándose más y más.

         La casa se revolvió sobre sus cimientos y, tras una sacudida, salió por los aires, ingrávida.

         —¡Qué sueño tan raro! —pensé yo— Si por aquí no hay ninguna zeta vaporosa…

         Lo que aconteció entonces, o al menos lo que yo percibí, fue un auténtico baile de edificios, coches, árboles, papeleras girando en medio de un torbellino filarmónico. Hasta juraría que vi un par de vacas blancas con grandes manchas geográficas como un vacamundi gimiendo muu-muu flotando en medio de todo aquello. Incluso me pareció ver también a niños saltando en una cama elástica voladora y a unos pescadores en su barca. Estagira se despegaba de la tierra como en un estornudo perpetuado en un lapso de tiempo joroschó danzando alrededor de una hoguera imaginaria y levantándose a más de cien metros del suelo, para posarse delicadamente, a su manera, de nuevo en el mismo sitio como si nunca se hubiera movido de ahí. Claro que todo esto lo vi mientras me frotaba los ojos, adormilado.

         Pero sospecho que de verdad había ocurrido. Las calles no mostraban el típico aspecto que tienen las calles después de haber sido devastadas por un tornado, incluso las farolas se habían vuelto a clavar en sus orificios correspondientes. Una vaca pasó lentamente por el paso de cebra, supongo que para camuflarse, y yo me volví a recostar en el colchón, convencido de que todo aquello había sido un sueño. Así son los sueños.

17.4.13

Capítulo XXII (Parte I).

(Que va justo después del Capítulo XXX)

Desperté con un respingo, asustado, pues pensé que un hurón o algo estaba subiéndoseme por los pantalones, aunque seguía vestido con la funda de la almohada y los calcetines. Estaba realmente descansado y con una sensación aireada, como cuando te has pasado la noche soñando algo que no recuerdas. Aún estaba oscuro y una luna en un cuarto dudoso iluminaba el suelo bicolor de mi habitación con un pálido halo.

         Eché un ojo a mi reloj de pulsera con correa de piel de llama y me quedé estupefacto al ver que no había pasado ni un minuto de la medianoche, ni siquiera recordaba por qué iba ataviado con una funda de almohada, supongo que serían cosas nuestras.

         Me quedé hecho un ovillo en el colchón observando las blancas paredes en la penumbra, adivinando las figuras que proyectaban las sombras y esos pequeños hilos que ve la gente y que parecen flotar en algún tipo de líquido ocular alrededor de los globos. Traté de dormir, pero me resultó imposible envuelto en todo aquel silencio, sumiéndome finalmente en una cálida duermevela.

         Respiraba entonces bien despacio, y mis pupilas pronto compensaron la tenue oscuridad engordándose a base de sombras. Vi que en una de las esquinas, junto al cubo orinal, había dos enchufes sin utilizar, y pensé que no estaban mal por si algún día los necesitaba, también que quizá me haría falta una lámpara.

         Decidí ir a buscar una, eso tal vez me despejaría el cerebro. Rebusqué en mi maleta y me cambié de ropa. Por la ventana se vislumbraba una frágil neblina como una charca vaporosa, así que cogí también la chaqueta. Salí al fresco y, justo al doblar la esquina, me percaté de que no hay lamparerías abiertas en Estagira a las dos de la madrugada, pero mis pies se habían olvidado de la dichosa lámpara y mantenían un sordo compás, primero el izquierdo, luego el derecho y así, o al revés, internándome en las oscuras calles ante la mirada indiferente de mi voluntad.

         El paseo nocturno hizo que pensara en muchas cosas. Primero pensé en que de verdad es importantísimo atarse bien los cordones, pues un tropiezo puede retorcerte el tobillo o abrirte el cráneo. Después pensé en que los pollos no cruzan carreteras, que ni siquiera saben qué demonios son las carreteras ni los pollos, y si lo saben no les importa, cruzan porque tal vez quieran llegar al otro lado. Más tarde tuve una vívida ensoñación en la que yo volaba, o por lo menos planeaba joroschó[1] sobre las cabezas y los coches y los bosques de chimeneas mientras todo aquello escupía humo más o menos ponzoñoso. Un par de pasos más allá imaginé que aquella ciudad dormida no existía en realidad, y yo no era más que una luz diminuta en el cerebro de un tipo llamado Pablo o algo así. También pensé que mis iniciales escritas de esta forma parecían un tipo cargando con una cruz enorme en forma de té que me pareció gracioso ¿Os lo imagináis?  Otra cosa que me ocurrió durante el paseo fue que, de la nada, salieron no uno ni dos, sino cinco conejos o liebres o canguros pequeños, ¡cinco! Por supuesto lo tomé como un augurio fantástico y con una sonrisa en mi facha me dejé llevar por el ritmo de las suelas de mis zapatos contra los desgastados adoquines de Estagira.

       Caminando, así, encontré el Teatro Mágico al nacer el día.


[1] Del nadsat: Bien, bueno.

22.12.12

Capítulo XXX (Parte V).

(...) (...) (...) (...)

Corrí y corrí mientras pensaba en que aquí en Estagira los días son largos, aunque también son cortos —o al revés—; corrí tanto que pensé que algunas partes de mi cuerpo se me iban quedando atrás, de reojo me pareció ver cómo mi mano derecha se rezagaba durante unos segundos como para coger aire.

Subí cada tramo de escalera a saltos de tres escalones, incluso de cinco y de seis, abrí la cerradura de mi cuarto con un ágil movimiento de muñeca y desde el umbral salté haciendo una acrobacia en el aire en la que aterricé tumbado en el colchón vestido únicamente con la funda de la almohada —y en calcetines, pero supuse que a esos psicopompos no les importaría—.

Me vi desde arriba, ahí tumbado vestido con la funda de la almohada y con gaseosas zetas saliéndome de la cabeza, aunque también vi mi cabeza, quiero decir por dentro. Era un espacio infinito, no sé si blanco o negro. Y junto a mí estaba una figura difusa, con una voz profunda. Daba un poco de miedo todo aquello, pero supuse que sería uno de esos psicopompos y me tranquilicé, pues aún llevaba puesta la funda de la almohada. Me dijo:

—Alonzo, ¿De qué tienes miedo? —me gustó su acogedora voz.
—No lo sé.
—¿Temes morir? —preguntó.
—Puede…
—¿Temes que todo se acaba justo ahora que eres feliz? —volvió a preguntar.
—No lo sé, es posible…
—Pues no tengas miedo ahora, pues tú sobrevivirás a la misma Muerte.

Confieso que fue un sueño bastante extraño, y de hecho no es más que eso, un sueño, así son los sueños.

18.12.12

Capítulo XXX (Parte I).



El sueño de la razón produce monstruos, o algo así se llamaba un viejo grabado que vi una vez en un libro. En él una oscura bandada de murciélagos y lechuzas atormentaba a un pobre hombre que se había desplomado, abatido, sobre su escritorio. Es curioso cómo en un dibujo puede caber tanto terror y cansancio, aunque no es nada comparado con lo que puede albergar la mente humana, con todos los tormentos a los que puede ser sometida. Siempre he creído que el Universo no puede estar formado únicamente por miedo y penurias, que ha de haber algo bueno, simplemente por aquello de las energías opuestas que mantienen cierto equilibrio —aunque tampoco estoy muy seguro de esto último—. Por eso, el día que recordé aquel grabado, decidí dejar de ser aquel tipo compungido que esconde su afligida cabeza de los monstruos del mundo, y empezar a mirar alrededor. —Todo está en mi cabeza —pensé—, estos engendros alados no pretenden más que asustarme, no pueden hacerme ningún daño. Y si pueden, bien vale la pena intentar ver qué hay más allá de mi escritorio.

Decidí, pues, cambiar de aires. Dejé un aburrido trabajo en la gran ciudad, me despedí de las pocas personas que sabían mi nombre, vendí mi destartalado piso —televisión incluida— y me mudé a donde decidió una moneda lanzada sobre un mapa. Y esa es la historia de mi vida, o al menos hasta ahora. No tengo que añadir nada más que lo que está por acontecer.

Subí por la escalera tras el gordo sudoroso que a partir de ahora sería mi casero, que me conducía a mi nueva habitación. Era un viejo y estrecho edificio de tres plantas —en la tercera estaba mi cuarto— situado en una bonita calle del centro de Estagira —ese es el nombre de la ciudad— llena de árboles y con poco tráfico. Todo olía a viejo, una mezcla entre polvo y naftalina, algo desconcertante, ya que las cortinas estaban casi totalmente roídas por las polillas.

—Está bien, señor Testa —dijo el gordo y sudoroso casero, fatigado por la subida—. Este es su cuarto. Puede amueblarlo si quiere. Recuerde que son veintiuna dracmas a la semana, por adelantado. Servimos desayunos sólo los miércoles y si necesita una toalla serán dos dracmas más. No tenemos servicio, así que podrá usar ese cubo de ahí para aguas menores.
—¿Y para las mayores? —interrumpí yo.
—Puede ir al bar de al lado, si quiere.
—Oh, está bien.
—Si me necesita estaré abajo.

Le mostré mi agradecimiento con una sonrisa y una leve reverencia y cogí la llave que me ofreció, tras lo cual se dio la vuelta y volvió a bajar por la escalera, que se quejaba con unos crujidos lastimeros. Incluso me pareció oír una voz de madera blasfemando.

Me planté entonces frente a mi nuevo hogar. No era nada del otro mundo, un cuarto diáfano con el suelo de tablas de madera pintadas de blanco y las paredes de cal un poco desconchadas. Tenía una ventana con los cristales sucios y las cortinas carcomidas, pero era bastante amplia y entraba mucha luz, incluso tenía un alféizar de ladrillo en el que podría poner un par de plantas. Justo en el centro de la habitación estaba el polvoriento colchón que, junto al cubo de plástico del rincón, era el único mueble de la estancia.

Pensé que a esa habitación lo que le hacía falta era una mano de pintura, así que fui a la planta baja y le pedí al gordo y sudoroso casero algunos botes. Dio la casualidad de que le quedaba un poco de rojo y un poco de azul, y me parecieron dos buenos colores para dar alegría al suelo.

Dejé mi chaqueta y mis zapatos y mis calcetines sobre el colchón, junto a la maleta, y me arremangué la camisa y los pantalones. Coloreé concienzudamente cada fila de tablas de madera del suelo de un color, lo que hacía que pareciese una gran lona de carpa circense puesta de alfombra. No tardé en darme cuenta de que había naufragado en una pequeña isla —que era el colchón—en un inmenso océano de pintura húmeda, y para colmo la puerta y la ventana estaban cerradas.

Pronto me sentí algo sofocado y mareado. Las paredes parecían poder acercarse y alejarse a la vez y me notaba adormecido. Pensé en que mis huellas púrpuras afearían el suelo —con lo bien que había quedado—, y además no quedaba más pintura para arreglar el estropicio. Me atusé el pelo y la barba como pensando, pero mi mente divagaba como hechizada por un flautista de leotardos rallados escondido, tal vez en aquel cubo. Me acurruqué entonces en el sorprendentemente cómodo colchón y me quedé completamente dormido, sabiendo que cuando despertara la pintura ya estaría seca.