editorial para JOROSCHÓ #2: MAGUFFIN
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19.4.20
Maguffin.
¿Conocen este chiste? Dos tipos cualesquiera viajan en tren. El compartimiento no es ningún lujo, pero al menos todos viajan sentados. El uno viste gabardina caqui de una época remota. El otro enarbola un periódico amarillo-gris-beige con explosiones en la portada y, además, calza un sombrero panamá con logotipo de imitación en la solapa. Corrijo; eran tres tipos. Tres tipos cualesquiera viajan en tren. El tercero va durmiendo; ronquidos sibilinos. Por la ventana se adivinan las negras entrañas de un negro túnel. Próxima estación: el colon. O tal vez era un ómnibus o una suerte de tranvía mecánico. El caso es que el primer tipo, el de la gabardina remota, le pregunta al otro, el del sombrero con explosiones y periódico panamá, por el paquete misterioso que hay en el maletero sobre la cabeza de éste. Había olvidado mencionar que todos llevan bigote excepto el que duerme y el de la gabardina; importantísimo. Y que el revisor pasó a ejecutar sus pesquisas hará como media hora o así, como poco. Entonces, el tipo con sombrero, bigote y periódico responde: “¿Eso de ahí? Es un maguffin”. La trayectoria del vehículo nos es del todo indiferente, pero el tipo primero, el que no luce bigote, pero sí gabardina caqui, bien despierto y despabilado, vuelve a inquirir: “¿Un maguffin, qué demonios es un maguffin?” El otro ojea por encima las páginas del periódico, sin quitarse el sombrero ni el mostacho, y responde tibio: “Un maguffin es un artefacto de lo más sofisticado que usamos para cazar leones en Escocia”. Se atusa el bigote y añade: “Para cazar leones en Escocia, desde luego que no hay nada mejor. Por la ventana se ve un poste un poste un poste un poste. El tercer hombre se agita en sueños y musita: “Rosebud”, dejando entrever unos dientes beiges-grises-amarillos. Al parecer, debía unos dineros a cierta gente, pero eso ni nos incumbe, ni nos importa. Finalmente, el primer tipo, haciendo gala de unos modales especialmente cultivados, va y le espeta al del bigote panamá: “¡Qué charada! ¡Pero si en Escocia no hay leones de ninguna índole!”. El otro se palpa una tirita adherida a su nuca y responde: “Pues entonces no es un maguffin”.
22.1.16
'Odneiviv.
“Todo aquello no
fue más que chai con moloco; el viejo juego de caer lovetado en una merienda desnuda
donde cada cual queda helado al descubrir lo que hay emparedado en su sándwich”.
Al
principio la novedad eran unos cascabeles de latón púrpura colgados de las
orejas y una sonrisa hunyadi y joroschó garrapateada en la frente de sien a
sien. Después esporas y vistazos y la imagen de dos caballos amarillos y
descapotables levantando estelas de polvo bronceado con sendas amapolas por
sombrero ornamentadas con espigas. Bajo nuestras cabezas una espiral
logarítmica de pipas de girasol y sobre nuestros pies la remanencia de la tiza
en el asfalto dibujando una rayuela. Y respirar, el respirar en casa otra vez;
eso también estaba.
Como
siempre, llegué tarde, pero antes de que fuera nunca, así que… Y luego las
farmacias apagaron sus cruces verdes y mi ventana se quedó encendida con el
susurro del frío condensándosele en las mejillas. Pero no estoy aquí, es sólo
un decorado. Estoy aquí, y a veces, roto en el suelo, con la cáscara
derramándoseme y la duda éterna palpitándome el hipotálamo, solo, con este
esguince de cerebelo y este tiritar ontológico, a veces, digo, me salgo y me
olvido y me escucho hablándome de no sé qué relojes y cuando miro la hora ya
pasó y me arranco un pelo marrón y se va el tren y ya no busco; me encuentro
perdido.
Ha
habido un momento… y luego ocurrió otra cosa: Un silencio límpido y tranquilo,
esa nota desnuda que despunta sobre el vano y que se oye con los ventrículos
como el blanco de las páginas en las que escribo sobre ti. Y eso.
Y La
porcelana formaba un perfecto loxodromo elíptico y el agua al fondo reflectaba
los tubos fosforescentes. Y pensé: “A pesar del permamoho de la esquina, ¡Qué
buen baño para desmayarse!” Y así pasé media primavera varado en un bar con el
fantasma de Patsy Cline revolcándose en el cáterin del Cabaret Lenin con extra
de anchoas; un desastre.
En fin,
terminé con un hemisferio y un meselo a cada lado, y cada polo derretido y, en
vez de palo, un cucurucho, y, con la macedonia más idónea en un bol, que era
medio coco hueco, perdí la cabeza, es decir, perdí el sombrero, y ya me di por
vencido.
¿Que cómo
salí de aquella, me dices? ¡Que cómo entré! Y así sigo. Columpiándome con los
pies colgando y las manos en los bolsillos. Culpándome de cada uno de esos
vacíos. Armando barcos de papel que se hunden en los párrafos que nunca
escribo. 'Odneiviv, le dicen, viviendo
al revés. Yo qué sé. Y es que todos los días se parecen a todos los días y, por
tanto, eadem mutata resurgo. No sé si premio o castigo.
Apuro
una cerilla hasta la yema y me curo con saliva. Aboclo la ceniza de mis calcetines. La luna se esconde detrás de
los semáforos y se quiebra mi lápiz y estoy despierto, en un desierto, sin
minas de grafito. Un desierto de todo, un desierto de… ¿qué es desierto? ¿Vacío
de qué o repleto de arena? Un desierto de todo, lleno de todo, un desierto de.
Despierto.
21.10.14
Me pica la nariz.
El túnel exhaló como un dragón ronco
y un par de ojos brillantes aparecieron al fondo, anunciando con un chirrido la
llegada del próximo tren. Recogí del suelo el pesado paquete lleno de yo qué sé
que me habían encomendado y esperé a que las puertas se abrieran, pero nadie se
decidía a salir de ese vagón, así que, con un esfuerzo nada desdeñable, avancé
hasta el siguiente para poder entrar.
De este segundo coche se habían
apeado un par de viajeros pero, aún así, parecía estar más lleno que el
anterior; ni siquiera sé cómo pude ser capaz de hacerme con un hueco entre
tantísima gente con tan fastidioso bulto entre los brazos.
Sonó un silbato y enseguida nos
vimos aún más embutidos unos contra otros debido al apresurado bamboleo del
tren en cada curva. Pisé un par de pies al no tener manos con las que agarrarme
a nada, y algunos otros, vengativos, pisaron los míos con cierto descuido mal
disimulado. Eso no fue lo peor: En algún momento entre aquí y allá, empezó a
picarme la nariz.
Miré a los lados sin saber qué
hacer, buscando quizá algún sitio donde posar el paquete pero ni alcanzaba a
ver el suelo. Levanté una rodilla con la esperanza de que me sirviera de apoyo,
pronto perdí el equilibrio y fui a parar directo a un sobaco cualquiera con
toda la cara. Intenté soplar hacia arriba, procurando acertar al punto exacto
de mis picores y no hice más que escupirme en un ojo, incluso traté de rascarme
con los hombros y ni con esas conseguía aliviarme. Escruté los habitantes del
vagón, ansiando encontrar una cara conocida a la que solicitar tratamiento, mas
aquí cada uno va a la suya, con la mirada perdida, esperando llegar a su destino.
Y por fin, después de
tropecientas estaciones y sendos estados de desesperación catatónica, llegué a
mi parada; me dispuse a salir con tanta
premura que no presté atención a los avisos por megafonía que advertían de que
se trataba de una estación en curva, introduciendo así, de la forma más
ridícula imaginable, el pie entre coche y andén. Trastabillé como bailando la
tarantela y terminé por caerme de bruces con la cara contra el paquete.
Me rompí la nariz aquel día y,
con todo, no pude evitar esbozar una sonrisa por haberme librado de aquel
maldito picor de una vez, ni que decir tiene.
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por
'P. Lavilha
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25.7.14
Tránsito.
Pesado tránsito. Tengo hematomas en los
brazos y callos en los dedos. También tengo una marca enrojecida en el hombro y
no tantas cosas como tenía antes; se quedaron junto a los contenedores en
bolsas de basura bajo la lluvia que sin querer predijimos y en chancletas. Se
ha quedado tanto atrás. Tanto atrás. Y otra vez me veo en una nueva ciudad
vieja aunque no sea el mismo que antes. ¿Dónde quedó el cascarón quebrado?
Porque siempre que me araño un poco por cualquier parte del cuerpo rasco una
nueva capa y lo que hay dentro debe de ser blando de veras aunque nunca lo haya
visto. No hay tiempo para llorar por el tiempo perdido, sólo para empezar otra
vez. ¿Pero y lo bien que sienta morirse de impaciencia de vez en cuando? Qué
poco sé y cuántas cosas me siguen sorprendiendo así de fácil. Pesado tránsito,
sí, pero ahora me siento más ligero. No es que me hayan salido alas, ni mucho
menos. Supongo que mis aletas habrán cambiado de forma o algo y ahora se
deslizan de otro modo en la pecera que yo mismo tengo por barriga.
Pertinaz y perenne tic-tac que apenas habrá
dado un par de vueltas alrededor de mi ombligo. Me salió barba desde que empezó
la partida, pero esto no me sirvió de mucho; y ahora heme aquí, entre comillas,
quién lo hubiera dicho. Paseando mi incertidumbre con paziencia y correa larga.
¿A quién le importa el gato en la caja cuando uno tiene asuntos pendientes? Mañana
ya es hoy y, si uno se descuida, fue ayer. C’est
la vie: un tren sin estaciones. Esputos de humo borboteando hasta del suelo.
Una nube gris negro gris que el sol se encarga de colorear para que a uno se
le olvide que está ahí.
La vida sencilla es un estado de ánimo, como
casi todo. Y así de fácil hay que buscarse algún problema de vez en cuando,
como el juego de tirarle cantos a una rana. Y de pronto un chasquido metálico
te da un sopapo y papá pasó a ser sopa y la marsopa por el mar pasó. Así que si
todos los días son el mismo día, procuremos que ese día sea inolvidable.
19.12.13
Trilogía de La Rueda —2.
Cierto día cogí el tren hacia el Oeste, pues me sentía
cansado y con ganas de llorar; hastiado por el esfuerzo que supone caminar paso
a paso tratando de ser uno mismo en este mundo de crudo y etiquetas.
Miré por la ventanilla largo rato hasta perder la noción del
tiempo. Todo se confundió entonces con cada kilómetro que se quedaba atrás y el
traqueteo de la locomotora escupiendo bocanadas de humo y silbando de vez en
cuando como solía hacer yo. Pensé en todas las estaciones que había pasado ya
y, demonios, qué largo es el invierno.
Conté vacas y árboles y después repasé todas las veces en
las que me había reído hasta desgañitarme, todas las noches que nos sentábamos
frente a esa vieja estufa de hierro oxidada y cantábamos sin parar y hacíamos
bromas y bebíamos hasta que salía el sol sin que nos importase nada. Deseo,
deseo, deseo con todas mis fuerzas vivir de nuevo alguna de esas noches y
sentir el calor otra vez en el pecho y no este descosido. Me temo que en vano.
Finalmente me apeé en una ciudad de cuyo nombre no quiero
acordarme, un lugar gris donde no brillaba el sol apenas y la gente camina
cabizbaja procurando sortear los charcos. Fruncí el ceño y sentí miedo de no
volver a divertirme más, de acabar siendo alguien con los zapatos limpios y un
buen corte de pelo, de abandonarme al viento sin agitar los brazos para
intentar volar o al menos planear joroschó entre las nubes.
¿Dónde ir ahora entonces? ¿Dónde podré encontrar unos
calcetines bonitos y cómodos que me vayan bien para andar por casa, si aquí
todas las tiendas parecen estar cerradas? ¿Dónde habré dejado olvidada mi vieja
mochila rosa?
Pero no fue más que un sueño, que me cogió distraído. El
tren siguió hacia el Oeste persiguiendo a esa estrella naranja que se esconde
en el horizonte y yo cerré los ojos de nuevo. No hay ciudades grises, susurré
como en un estribillo para relajarme, no hay ciudades grises.
25.11.13
Fragmentos de la prisión de Folsom.
(…) No siempre reina el silencio en mi oscura y húmeda
celda, a veces oigo el tren a lo lejos, lejos de estas paredes olvidadas por el
sol. Está doblando la curva ahora y silba soltando bocanadas de vapor entre las
chispas de los raíles y el humo de las máquinas manchadas de aceite y hollín.
Silba y pasa con su incansable percusión, llevándose consigo el tiempo hacia
San Antone, mientras yo sigo aquí. (…) —Mamá te lo dijo, Ray, no juegues con
pistolas, Ray, sé un buen chico. ¿Has sido un buen chico, Ray? ¿Qué ocurrió en
Reno? —Disparé a un hombre sólo por verlo morir, y cuando el último aliento
salió de su pecho por la boca y el agujero de bala me deshice en llanto como un
niño. (…) Apuesto a que el tren a San
Antone tiene un vagón restaurante lleno de gordos ricachones bebiendo café, derramándoselo
por sus blancas camisas, fumando buenos habanos. Una, dos, tres, cuatro son las
paredes que me atrapan, sin olvidarse del techo que me cubre y el suelo que me
mantiene. No voy a ser libre. Pero todo lo demás ahí fuera está en ese tren,
rumbo a San Antone. Eso es lo que me tortura.
15.10.13
Poesía subterránea.
A veces, cuando me siento contento de veras, me gusta mirar
a la izquierda y saludar al tipo del espejo, que me devuelve la sonrisa con los
ojos morochos y joroschó, tras sendas rendijas.
Cada reloj en mi cuarto, que no son pocos, marca una hora
distinta. Pero no son de ningún sitio concreto, no sé.
Oí un grito de mariposa, o tal vez no era más que un aleteo
estridente. Todo alrededor, como siempre, esperando en el suelo a su manera.
También en el aire, o incluso cayendo con claridad cada día. Cayendo bien
abajo. O tan arriba que los señores con corbata han de quitarse el sombrero para
mirarlo. Cegados por el sol, como siempre, con esa luz tan radiante a su
manera. Entonces, todo acaba. Y vuelve a empezar. Y así. Y se apaga la luz. Y
se vuelve a encender. Como el único amigo al que hay que contarle todo hasta el
final. Y otro chirrido.
Mamá mató al pollo. Y ahora tenemos algo que cenar.
Pero se fue. Y yo lloré. Mas lamentarme no puedo, porque
amé. Y amo. Y eres tú. Y tú. Y tú.
Sonaban ecos de disparos bajo esos puentes. Como un bum.
Bum. Bum. Pero adormecido sobre el río. ¿Qué llevará? Me preguntan ¿Qué
llevará? Mucho fango, contesto así. Pero en verdad tampoco sé.
¿Y qué me decís de esa costa con el contorno de una mujer
preciosa de las que no se ven por el camino? Siempre en mi mente. Siempre en tu
mente. La sonrisa que se ve sólo a través. La sonrisa robada y esas cosas. Esos
colores en el cielo que el mismo arcoíris envidia. Esos. Esos que se ven y se
van. Todo el tiempo, sí, a todas horas, hace unos días y también mañana. Y aún
más, son los que quedan.
Aleteando y aleteando se llega a cualquier sitio, dicen.
Pero no sabemos a dónde volar. El viento se levanta y no tiene buen despertar.
Y sopla. Y sopla. Y sus consejos no siempre son buenos. Como todos, pero ¿qué
sé yo? Porque a veces llueve y no sabemos si mojarnos. O resguardarnos de la
lluvia. Pero siempre suena igual cuando llueve y todo cae. Y todo cae. Y si te
fijas va flotando. Hacia abajo, pero muy despacio. Y, como siempre, el momento
de tocar el suelo es muy lejano. Y se acerca. Y no sabemos qué pasa entonces.
Yo, por lo menos, no lo sé.
Todo en este mundo
tiene su frecuencia. Sólo hay que dar con el acorde adecuado.
Ahora suena el tren. Ya sabes, ¡chúuu-chúuu! Y hay que irse
otra vez. Pero yo lo sé. Me lo dijeron. Mi hogar está donde está mi trasero.
8.9.12
El atardecer bermelho de Nazaré.
(…) Y ahora me
veo en Nazaré, Portugal, disfrutando de quizá el mejor atardecer de mi vida en
el paseo marítimo con el sol alto y bermelho
y una Super Bock bien fría. Ayer cogí
el autobús de cinco horas y media Oviedo – Madrid con un chófer despreocupado y
tan sólo una mochila con algo de ropa y mi pequeño saco de tela de paracaídas
heredado. Cogí el tren de Méndez Álvaro a Villalba, donde me recogerían
Angélica y Tania con un Fiat Punto
tatuado con “Las judías que riegas son
las judías que crecen” lleno de aparejos de acampada y el perro Cosmos y la
perra Wanda. Pensaba que me llevarían a Segovia para salir al día siguiente
hacia mi obrigada Lisboa, pero cuál
es mi sorpresa cuando ponemos rumbo oeste con destino Leiria. —Las carreteras hacia la Libertad Absoluta siempre
van hacia el Oeste.
Nos detuvimos
pasadas unas horas, en algún lugar de la provincia de Toledo, salimos de la
carretera y montamos la tienda en un descampado reseco, con una luna casi plena
que nos bañaba en una irreal luz azul onírico. Juntamos palos secos y rastrojos
y encendimos una pequeña hoguera donde calentamos pan blanco con aceite y unas
rodajas de tomate. Angélica se acostó pronto, y Tania y yo charlamos y contamos
estrellas que parpadeaban en guiños de plata tan lejanos. Hablamos también de
nuestros náufragos y de nuestros principitos. No dormí demasiado en el duro
suelo, nervioso por los pasos de los fantasmas que hacían crepitar la hierba
seca.
Amanecimos
temprano y repetimos el menú de anoche para ponernos enseguida en marcha, no
sin antes ser descubiertos por un paisano con mono azul de trabajo
advirtiéndonos de que habíamos acampado en reserva natural.
Y el día
transcurrió en la carretera, eufórico como sólo se está cuando uno se desplaza
sin saber a dónde va a ir a parar, justo como un canto rodado, cruzando la
provincia de Cáceres con escala en Moraleja, y a lo ancho de Portugal pasando
por Fátima hasta este cielo púrpura que hace que el Atlántico se sonroje.
—Con la mirada
perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacito, parece que sentimos
toda la Tierra rodar.
1.3.12
El lecho de paja mohosa.
No eran buenos
años para el mundo los acontecidos tras los dos grandes hongos de Japón en
verano del 45, pero nosotros los pasábamos bien despreocupados en las nocturnas
calles de Frisco bajo una atmósfera de jazz y marihuana, escribíamos poemas en
un pequeño cuarto de alquiler embriagados por el aroma del vino, con las barbas
descuidadas e hipnotizados por el incesante timbre de mi Underwood de segunda
mano. Estuvimos encerrados en aquella habitación bajo montones de hojas
escritas unos ocho años, hasta que Francis se suicidó y yo me trasladara a
Seattle a respirar la tranquilidad oceánica del noroeste. Ahí fue donde escribí
mi novela más conocida, no sé si la habrán leído, Los sonidos de Puget. Mi vida entonces era todo lo pacífica y
tranquila que necesitaba, era consciente de que mis días de juventud habían
pasado ya y mi cuerpo envejecido no gustaba de otra cosa más que de la sencilla
contemplación del cielo… al menos esto fue así hasta el día en el que, sin atender
a razones, llené mi petate y abandoné la ciudad, supongo que quería despedirme
de mi lozanía antes de cumplir los cuarenta y dejar que me creciera la barriga
sentado en los campos de Texarkana, quería rendir un último homenaje a mi querido
Pomeray desgastando mis suelas en el camino.
Fue así como
llegué a Eugene, Oregón y salté dentro de un vagón de la Union Pacific para
continuar hacia el norte acompañado del traqueteo de las viejas vías y el
viento revolviendo mis cabellos. Al segundo día de trayecto, cuando aún
restaban unas cuantas millas para llegar a Eastport y cruzar la frontera,
descansaba con las piernas colgando mientras grababa mi nombre en el suelo con
una navaja, cuando vi a un joven muchacho corriendo junto al tren, incapaz de
subirse. Le grité que se preparase y cuando le adelantaba, le tendí el brazo y de
un tirón conseguí acoplarle a mi carruaje improvisado -¡Vaya carrera!-le dije-¿De
dónde vienes, chaval?-pregunté paternalmente, pues vi enseguida que no tendría
más de veinte años. –De Lewiston, señor, a un par de millas de aquí-contestó,
sin aliento.
-¿Y se puede
saber hacia dónde vas?
-Pues tal
vez a Edmonton… lejos de aquí… no puedo ir a Vietnam.
-Entiendo…
por cierto, mi nombre es Ben, Ben Duluth, puedes llamarme Ben.
-Josh.
-Encantado,
Josh.
El muchacho era tímido, y pasó gran
parte del viaje callado con la mirada perdida en el suelo de madera reposando
en un sencillo lecho de paja mohosa, le dejé aislarse en su silencio durante un
tiempo, pues yo, un viejo perro de ferrocarril sin preocupaciones, no tenía
derecho a arrebatarle eso, no cuando ya se le había arrebatado su casa, su
familia, sus amigos… condenado a ser un desertor, un proscrito obligado a
cruzar una frontera para no regresar jamás al hogar. Es por eso que alguien
como yo, y cualquiera en verdad, odiamos las guerras… locos estamos todos, pero
alguien que de veras apoya la Guerra es indiscutiblemente un pobre diablo.
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por
'P. Lavilha
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10.12.10
Un largo camino.
-Lo siento señor, no puedo dejarlo subir, está usted borracho.
-¿Borracho?... Sí... bueno... verá... es que me dan miedo los aviones.
-¡Pero si ésto es un tren!
-Eso... ¿Y si se nos cae uno encima?
-¿Borracho?... Sí... bueno... verá... es que me dan miedo los aviones.
-¡Pero si ésto es un tren!
-Eso... ¿Y si se nos cae uno encima?
18.11.10
Aventuras en el KGB.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Noviembre de 1984, recién alistado en el Directorio de Operaciones y Tecnología del Comité para la Seguridad del Estado soviético bajo el sobrenombre de Vladimir Antonov.
No hubo muchas preguntas, solamente me pidieron "amablemente" que no filtrase ninguna información acerca de los experimentos que se realizaban en los laboratorios del departamento para el que trabajaba fregando suelos.
Era inevitable que me enterase de que los experimentos secretos consistían en una nueva fórmula de jarabe para la tos compuesta principalmente por ácido lisérgico y piel de patata. Lo llamaban "Proyecto Gorlo". Empecé a perder mi fé en El Partido, y, tras casi 7 años de duras jornadas de limpieza en el Escuadrón Uborka, decidí abandonar la vieja patria con mi petate lleno de cartófilos podridos y alguna muda limpia mezclada con las sucias.
Decidí ir hacia el Oeste... viajé como polizonte en varios trenes hasta llegar al puerto de Rotterdam, donde me enrolé en un barco de mercancías para ir a Londres.
Cuando llegué a la ciudad del Támesis, cambié otra vez mi nombre por el de Samuel Dolittle, y conseguí una sucia habitación encima de un pub del distrito de Whitechapel, el Cockney's, donde me aceptaron como a uno más, y conocí al viejo William Flanagan, que me prometió ser su segundo al mando en la expedición que en un par de años lideraría por la Antártida para investigar las rutas migratorias de la rarísima mariposa polar.
No hubo muchas preguntas, solamente me pidieron "amablemente" que no filtrase ninguna información acerca de los experimentos que se realizaban en los laboratorios del departamento para el que trabajaba fregando suelos.
Era inevitable que me enterase de que los experimentos secretos consistían en una nueva fórmula de jarabe para la tos compuesta principalmente por ácido lisérgico y piel de patata. Lo llamaban "Proyecto Gorlo". Empecé a perder mi fé en El Partido, y, tras casi 7 años de duras jornadas de limpieza en el Escuadrón Uborka, decidí abandonar la vieja patria con mi petate lleno de cartófilos podridos y alguna muda limpia mezclada con las sucias.
Decidí ir hacia el Oeste... viajé como polizonte en varios trenes hasta llegar al puerto de Rotterdam, donde me enrolé en un barco de mercancías para ir a Londres.
Cuando llegué a la ciudad del Támesis, cambié otra vez mi nombre por el de Samuel Dolittle, y conseguí una sucia habitación encima de un pub del distrito de Whitechapel, el Cockney's, donde me aceptaron como a uno más, y conocí al viejo William Flanagan, que me prometió ser su segundo al mando en la expedición que en un par de años lideraría por la Antártida para investigar las rutas migratorias de la rarísima mariposa polar.
20.5.10
Primer capítulo. (Bill Reed)
Ya soy viejo… demasiado viejo para recordar detalles precisos, pero aún me acuerdo de la lluvia, del comienzo de la primavera aún fría.
Esa tarde, en la que yo jugaba con mi tren, llegó una carta. Era extraño que las cartas llegasen a casa por mensajero, pues mi padre era cartero, pero hacía meses que no estaba en casa. Combatía en la II Guerra Mundial.
Para un niño de seis años como era yo, el saber que su padre era un soldado que estaba en el norte de África luchando contra los alemanes sólo significaba que no estaría a la hora de la cena, o las mañanas del domingo leyendo el periódico, ni volviese del trabajo para abrazar a su mujer, besar a su hija de dos años y recuperar el título de “hombre de la casa” que su amado hijo de seis había tomado como suyo gustosamente en su ausencia.
Realmente el hecho de que esa carta mencionase el fallecimiento del soldado de infantería William Reed en combate no fue exactamente un giro brutal en mi vida, sino el causante del mismo. No se puede pretender que un crío que sólo piensa en jugar con un tren de madera y con sus amigos de la escuela comprenda el sentido mismo de la muerte, o al menos lo que significa… pensándolo bien, ahora con 73 considero que no tengo mucha más idea que el pequeño que creció en Glasgow.
En ese sobre no solo llegó una carta, llegaron los llantos, la cara enferma de mi madre… sólo era consciente de que mi padre no volvería.
Pasaron algunas semanas y la vida ciertamente no había cambiado mucho para mí respecto a antes de la carta, pero mi madre seguía apagada y no mejoraba. Con Wendy y conmigo era mucho más cariñosa… necesitaba reorganizar el amor que repartía entre sus seres queridos, ahora que uno había desaparecido, pero las sonrisas que nos dirigía no ocultaban sus ojos tristes, sus abrazos en realidad le buscaban a él.
Una mañana, tras el desayuno, me dijo que ese día viajaría en tren, en un tren de verdad y que iríamos a Londres. Me emocioné de veras, ni siquiera pregunté para qué íbamos a Londres, o si volveríamos algún día. A mediodía nos subimos a esa enorme máquina, y supongo que llegamos de noche, porque el viaje fue demasiado largo. Al principio estaba feliz, la gente con sus maletas, el paisaje verde con un cielo gris que corría en sentido opuesto al nuestro, alejándonos de Glasgow… luego de Escocia… Ya enseguida me di cuenta de que el viaje no ofrecía más entretenimientos y me dormí. Dormí sin descanso, o mejor dicho sin cansancio, soñando con caballos que bailaban y escaleras cuyo final no se alcanzaba a ver. Incluso dormí plácidamente en la vivienda donde nos hospedamos esa noche en Londres.
La mañana siguiente mi madre me despertó aún más temprano que el día anterior, interesándose por mis opiniones acerca del viaje en tren. Recuerdo que le respondí que ya no quería ir más en tren, que ni siquiera quería conservar el que tenía de juguete, solamente quería volver a casa. Y ahí fue cuando me lo dijo, ahora tocaba el viaje en barco, y nunca volveríamos a casa.
De algo que de verdad no me acuerdo es del viaje en barco, sé que pasé miedo, es probable que por ese viaje no aguante bañarme en el mar… ¿quién sabe?
Tampoco recuerdo la llegada oficial, por así decirlo, a Nueva York, a Brooklyn, donde viviría hasta el ‘69. Vivimos un par de meses con la tía Harriet, hermana mayor de mi padre, a la que yo no conocía. Luego nos mudamos a un par de manzanas y mi madre se empleó de camarera en una cafetería. Ganaba lo justo, pero tía Harriet nos ayudaba económicamente cuando íbamos apurados.
Esta historia, apenas una neblina ya en mi cabeza, probablemente sea la primera de mi vida que hizo que el camino se desviase por otra senda, como si un gran árbol lo hubiera bloqueado y nos hubiéramos visto obligados a continuar por un bosque desconocido, llegando finalmente a otro camino distinto.
Claro que, tanto como presumo de haber tenido una vida llena de sucesos importantes e historias fantásticas, no puedo decir que la muerte de mi padre y mi llegada a los Estados Unidos que tan poco recuerdo sea la única.
A decir verdad, el primer capítulo de la segunda parte de mi vida, a la que pondría de título “Brooklyn”, sólo duró unos cuantos años más, hasta que cumpliese los diez y mi madre muriese, pero eso ya es otra historia…
Esa tarde, en la que yo jugaba con mi tren, llegó una carta. Era extraño que las cartas llegasen a casa por mensajero, pues mi padre era cartero, pero hacía meses que no estaba en casa. Combatía en la II Guerra Mundial.
Para un niño de seis años como era yo, el saber que su padre era un soldado que estaba en el norte de África luchando contra los alemanes sólo significaba que no estaría a la hora de la cena, o las mañanas del domingo leyendo el periódico, ni volviese del trabajo para abrazar a su mujer, besar a su hija de dos años y recuperar el título de “hombre de la casa” que su amado hijo de seis había tomado como suyo gustosamente en su ausencia.
Realmente el hecho de que esa carta mencionase el fallecimiento del soldado de infantería William Reed en combate no fue exactamente un giro brutal en mi vida, sino el causante del mismo. No se puede pretender que un crío que sólo piensa en jugar con un tren de madera y con sus amigos de la escuela comprenda el sentido mismo de la muerte, o al menos lo que significa… pensándolo bien, ahora con 73 considero que no tengo mucha más idea que el pequeño que creció en Glasgow.
En ese sobre no solo llegó una carta, llegaron los llantos, la cara enferma de mi madre… sólo era consciente de que mi padre no volvería.
Pasaron algunas semanas y la vida ciertamente no había cambiado mucho para mí respecto a antes de la carta, pero mi madre seguía apagada y no mejoraba. Con Wendy y conmigo era mucho más cariñosa… necesitaba reorganizar el amor que repartía entre sus seres queridos, ahora que uno había desaparecido, pero las sonrisas que nos dirigía no ocultaban sus ojos tristes, sus abrazos en realidad le buscaban a él.
Una mañana, tras el desayuno, me dijo que ese día viajaría en tren, en un tren de verdad y que iríamos a Londres. Me emocioné de veras, ni siquiera pregunté para qué íbamos a Londres, o si volveríamos algún día. A mediodía nos subimos a esa enorme máquina, y supongo que llegamos de noche, porque el viaje fue demasiado largo. Al principio estaba feliz, la gente con sus maletas, el paisaje verde con un cielo gris que corría en sentido opuesto al nuestro, alejándonos de Glasgow… luego de Escocia… Ya enseguida me di cuenta de que el viaje no ofrecía más entretenimientos y me dormí. Dormí sin descanso, o mejor dicho sin cansancio, soñando con caballos que bailaban y escaleras cuyo final no se alcanzaba a ver. Incluso dormí plácidamente en la vivienda donde nos hospedamos esa noche en Londres.
La mañana siguiente mi madre me despertó aún más temprano que el día anterior, interesándose por mis opiniones acerca del viaje en tren. Recuerdo que le respondí que ya no quería ir más en tren, que ni siquiera quería conservar el que tenía de juguete, solamente quería volver a casa. Y ahí fue cuando me lo dijo, ahora tocaba el viaje en barco, y nunca volveríamos a casa.
De algo que de verdad no me acuerdo es del viaje en barco, sé que pasé miedo, es probable que por ese viaje no aguante bañarme en el mar… ¿quién sabe?
Tampoco recuerdo la llegada oficial, por así decirlo, a Nueva York, a Brooklyn, donde viviría hasta el ‘69. Vivimos un par de meses con la tía Harriet, hermana mayor de mi padre, a la que yo no conocía. Luego nos mudamos a un par de manzanas y mi madre se empleó de camarera en una cafetería. Ganaba lo justo, pero tía Harriet nos ayudaba económicamente cuando íbamos apurados.
Esta historia, apenas una neblina ya en mi cabeza, probablemente sea la primera de mi vida que hizo que el camino se desviase por otra senda, como si un gran árbol lo hubiera bloqueado y nos hubiéramos visto obligados a continuar por un bosque desconocido, llegando finalmente a otro camino distinto.
Claro que, tanto como presumo de haber tenido una vida llena de sucesos importantes e historias fantásticas, no puedo decir que la muerte de mi padre y mi llegada a los Estados Unidos que tan poco recuerdo sea la única.
A decir verdad, el primer capítulo de la segunda parte de mi vida, a la que pondría de título “Brooklyn”, sólo duró unos cuantos años más, hasta que cumpliese los diez y mi madre muriese, pero eso ya es otra historia…
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por
'P. Lavilha
1 comentarios
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19.12.09
Como en el tren.
Pero cuando vas en el asiento que va hacia atrás, así me parece la vida. Todo el mundo dice que hay que mirar hacia adelante, pero en realidad, ¿qué ves? ¿acaso no ves solamente el paisaje que está pasando? también puedes mirar lo que ya pasaste... pero no puedes ver por dónde sigue la vía.
8.12.09
Ese tal Follawski.
Amenizando mi largo paseo en tren de Oviedo a Segovia, me puse a leer el libro de relatos cortos de Charles Bukowski "Hijo de Satanás", y una vez más me llamó la atención una ausencia de nota al pie de página o traducción al español innecesaria. Me refiero al relato "Los escritores", en el que dos poetas, Harold y Nelson, despotrican contra un tal Follawski, describiéndole y preguntándose el porqué de su éxito. No es complicado imaginarse que Follawski es en verdad el propio Bukowski, pero aún así se echa de menos una nota al pie que indique que en inglés ese apellido sería Fuckowski, que guarda ya un parentesco sonoro que lo hace más reconocible.
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