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2.2.20

La mala baba.


El día que Olivia me dejó me quedé sentado sobre una piedra cosa de una hora o así bajo el sol de invierno y, entretanto, me fumé como cuatro cigarrillos observando una cagada llena de moscas azules mientras pensaba en qué lindo había amanecido y, sin embargo, menudo día de mierda. Después regresé a casa y saludé de mala gana al peludo, que miraba la tele desde el sofá. Le dije: “Quedé hoy con Olivia, al final hemos roto para siempre”. “Para siempre”, repitió él, imitándome con sorna, y yo me indigné súbito. Enfilé escaleras arriba, hacia mi cuarto, mientras él preguntaba en voz alta por si quedábamos como amigos o qué, y yo contesté “No sé”, con mala baba, y me encerré de un portazo.
Al principio pensé en tumbarme afuera, al terrado, con el deseo de abrasarme bajo el sol y que el viento, después, barriera inertes mis cenizas. Pero me pareció demasiado dramántico hasta para mí, y resolví acostarme en el colchón, y me escondí bajo la colcha aún con el abrigo y los zapatos puestos.
Traté de dormir. No me sentía cansado, pero sí somnoliento. Miré el teléfono y busqué su nombre. No puedo dormir. Me gustaba eso de ella, justo eso mismo: Se acostaba nerviosa, por alguna entrega o por algo, y, antes incluso de cerrar los ojos, mencionaba: “No puedo dormir”. Y yo me reía y le decía: “Pero si aún no lo intentaste siquiera”. Y es que yo siempre he tenido problemas para dormirme, y por eso nunca he estado despierto del todo.
Sonó una alarma programada para las cinco catorce y enseguida me levanté y preparé una cafetera. Agoté el culo de un tetrabrik en mi taza favorita desde siempre, la blanca con globos azules globos rojos globos amarillos y pensé en que llevo usando la misma taza casi treinta años y ahora es, por mucho que me encante, como si no la viera. Sorbí el café caliente después, una vez listo, y me sentí como fuera del propio cuerpo, como si mi cerebro estuviera situado un palmo más allá de donde realmente debería estar mi cerebro y por eso lo veo todo como quien mira por encima del hombro de otro.
Antes de las seis me fumé otro cigarro sentado en la plaza del Ovladí, y vi a un chaval que se acercó nada más que para beber de la fuente, y a un agente de parquímetros mojándose las manos en la misma, poco después, para atusarse el pelo patrás, de frente a nuca. Miré los árboles y me acordé de cuando los del sándwich eléctrico nos encaramábamos, ya borrachos, a sus copas y, ocultos por las ramas, asustábamos a los transeúntes en las noches de verano haciendo ruidos como de alimañas. Qué tiempos y tal y luego me fui a la utoescuela.
De camino meditaba: “¿Y qué le digo a Goliat cuando me pregunte que qué tal?”. Y me decía a mi mismo que le dijera, sencillamente: “Bueno, he tenido días peores”, para dejar claro de antebrazo que no estoy pasando una buena racha, pero, vamos, que tampoco se ha muerto nadie, ni tengo de repente un cáncer ni nada de eso. Así que al final me subí al coche y a la pregunta respondí: “Bien”, así como un graznido, y no hablamos más del tema y, salvo por una calle en la que me descuidé y entré a contramano, la clase transcurrió sin incidentes ni heridos de gravedad, y lo cierto es que, durante todo ese rato, no pensé más que en dónde estaría la línea continua del asfalto más larga y más continua del planeta. Y en quién la pintaría. Si lo hizo de aquí para allá o de allá para aquí, incluso en si formaría, por pura casualidad, un circuito cerrado de algún modo y, por tanto, de una continuidad infinita osease ilimitada ad libitum. En fin, a las siete Goliat me ordenó estacionar junto a los contenedores y yo hice eso mismo y, al salir del coche, me puse el sótano en los auriculares y enfilé el camino de vuelta a casa.
Pensé: “Debería coger una botella de whisky y unas birras para pasar la tarde, digo yo, o no va a haber aquí quien duerma”. Subí hasta la tienda de cosas del casco viejo y agarré una gaseosa, un fuegodoro de ocho años y una botella de detergente y lo pagué todo con tarjeta mientras le susurraba a la cajera: “La cerveza me la voy a tomar en el Diapasón” (y creo que por eso no me devolvió el cambio, que la vi asustada).
Cargué con todo en mi mochila y proseguí hacia el Diapasón. Recuerdo pensar: “¿Vaya, y qué le digo a Policarpo cuando me pregunte que qué tal?”. Es más: “¿Y si me pregunta por Olivia?”. Pero al final abrí la puerta de cuajo, una vez hube llegado, y le solté: “¡Hola, Policarpo! ¿Qué tal?”. A lo que él me espetó: “¿Que qué tal? ¿Que qué tal? ¿Y qué carajo te importa a ti qué tal estoy?”. Yo sonreí y le dije: “Pues justo así es como estoy yo”. Y sonreí, y sonrió, y ocupé mi banqueta, en un extremo, junto al chaflán de la barra, y él me sirvió una cerveza sin que yo la pidiera y no pude evitar no ocultar otra sonrisa y ahí fue cuando pensé: “¿Por qué andaba yo triste?". Policarpo me agasajó además con un plato de pimientos y yo, tal que así, de golpe, me puse a lloriquear: “¡Ay, ay, Olivia odiaba los pimientos!”. Y él dijo: “¿Pero qué cojones te pasa, tontolava de la cabeza?”. A lo que yo repliqué: “Bueno, no los odiaba, pero le sentaban gordos”. Todo esto entre sollozos y con espuma de cerveza en el bigote.
Agarré una servilleta (de bar, inservible), retiré los berretes de mis comisuras y me soné los mocos de la pituitaria. Entró un gentilhombre y Policarpo corrió a atenderle. Yo fui al baño: “¡Ocupado!”. Me dije: “Juraría que cuando entré no había nadie, y, sin la menor clase de duda, llevo aquí, al menos, un buen rato”. Pero tras la puerta se oía inconfundible El Chorro Musical. “¿Quién va?”, dijo alguien al otro lado. “Yo”, dije yo, “¿Te falta mucho?”. “¡Pof!”, respondió el quídam, y entonces me alejé de allí.
Cogí la mochila, me abrigué, y dejé un par de juancarlos sobre la barra. “¡Hasta luego, Poli!”, mencioné al salir, con prisa, “Buen clima”.
Me arrojé al frío y pensé: “Qué frío”. Caminé por las nocturnas calles solitarias y pensé: “Cuando escriba todo esto no pondré topicazos rollo: Nocturnas calles solitarias. Ni tampoco diré que, entre párrafo y párrafo he estado llorando, porque quedará demasiado patético. Y al final pondré que llegan unos cuantos compinches al Diapasón y a partir de ahí se suceden una serie de vicisitudes de lo más estrambóticas, influenciadas por la ingesta masiva de alcohol y sustancias, que resultan ser un acto de catarsis desmedida que me hace olvidar esta pena y resurgir del todo renovado. También meteré al Chorro Musical, porque me apetece, y tal vez use algo de nadsat o colaré algún vocablo apocopeideo tipo: patrás. Y fórmulas latinas ad hoc o del estilo, y un par de palabras raras. Lo que no se me ocurre es qué alter ego ponerle al peludo. Tampoco estaría mal que, al final, después de todo, apareciera Bosse-de-Nage y me seccionara el cuello en dos feas mitades y quien leyera esto dijera: Pero, si muere al final, ¿cómo es que lo ha escrito? No sé, igual debería escribirlo a modo de diario, o una epístola a mi yo de antes de ayer, o tal vez escribir sobre cualquier otra cosa. Qué frío. Me cago en mis muertos, qué frío. Si Olivia estuviera aquí le diría que menudo frío y le besaría la punta de la nariz, que de seguro estaría sonrosada y fría”.
Me dije, ya en voz alta: “¡Ay, caramba!”, y galopé hasta el portal de mi casa, atravesé el vidrio de la entrada usando mi propio cráneo y subí las escaleras panza arriba y cuadrúpedo, haciendo un tirabuzón en el último peldaño. Todo perfectamente calculado para que, con el movimiento rotatorio de mi propio cuerpo en particular y aprovechando la fuerza centrífuga resultante del mismo y las dos primeras leyes de la dermodínamica, las llaves salieran despedidas de mi bolsillo, se introdujera en la cerradura la equivalente, aún girando sobre sí misma con tal inercia que incluso llegara a abrir la mencionada cerradura para que yo entrara en la casa incólume y la puerta se cerrara justo a mi paso. Pero me tropecé con yo que sé qué, y me partí la nariz de nuevo.
Y ahora heme aquí, escribiendo sentado, borracho y solo. Escribiendo sobre lo solo y lo borracho que me siento. Y con la misma duda que al principio del “¿Y qué hago yo ahora?”, así, sentado en una piedra mirando las moscas en la mierda, soñando con volverme estatua de piedra, para no existir, o en mosca, para no pensar, o incluso en mierda; pero no ser yo, no ser yo ahora, que no quiero, que no me gusta, que no puedo. Qué difícil. “¿Y qué hago yo ahora?”, no, digo: “¿Qué estoy haciendo?”
Y de esto que irrumpe en mi cuarto Bosse-de-Nague con una mueca feroz y, sin mediar más palabra que un escueto y tautológico: “¡Ha ha!”, me regala una dentellada que desgarra mi garganta en dos feas mitades, feísimas, horrendas. Dejándome el tiempo justo y necesario, entre que me desangro y agonizo y tal, para escribir esto y ya más nada.  

9.1.18

Lemniscata.

La única diferencia entre realidad y ficción, es que esta última ha de tener sentido.
 —Tomasso Leonardo Clancini


En esta época del año, las pareidolias reverdecen y estiran sus ancas al nadir, lo cual es un espectáculo, y yo aprovecho para darme paseos anónimos con mi vieja pipa Dr. Plumb y mis katiuskas color burdeos, intentando no pisar los romanescus en flor que brotan a ambos lados de estos senderos. Paseo como un gato embotado y sin sombrero en la cabeza. Paseo como un pantocrátor desdibujado y mohíno, con los calcetines de distintas cromalidades por encima de estas destartaladas alpargatas bizantinas. Paseo sin mirar nada en concreto y, como ya dije, anónimo del todo; pues no dediqué tiempo a soñar en las agrietadas y últimas estaciones, y, con esas, lo que pasa es que se me olvida mi nombre y mi rostro y hasta mi talla de copa y jarra, y entonces sólo se me ocurre inventarme lo que sea o, en cambio, verme culpablo frente al espejo, que me señala.

Yo en mi casa no tengo ningún pájaro enjaulado, pero sí que tengo ciento, mil, miento, volando. Volando alrededor y van y vienen, cuando quieren, acá, acullá, y ellos mismos se procuran su alimento y su cobijo. Me brindan la compañía de sus trinos y yo, a cambio, les doy miedo. Por eso luzco esta aureola obscura de dios del limo. Porque soy de veras un dios del limo, aunque sea sólo para aquellos pájaros.

Tal vez sólo sea un vago. Y de tales lodos esta barba.

Conque farfullo y continúo con mi paseo anónimo, así en zigzag; para que el camino resulte más largo.

En un cruce de carreteras fui a encontrarme con mi sombra. Después de tanto tiempo, apenas nos reconocimos. Le pregunté por mi eco, pues le perdí la pista en el segundo volumen, y me contestó con mímica que tampoco él me echaba de menos, me echaba de menos. Así que nos dimos la mano con un ademán de falso desdén y cada cual siguió su camino.  Una situación torpe e incómoda, ya que ambos fuimos a tomar la misma dirección; pero sólo hasta caer la noche.

Esa noche no dormí; me tumbé panza arriba entre los romanescus y conté estrellas en el cielo negro: Ninguna.

Por la mañana encendí la pipa Dr. Plumb y me sacudí la escarcha de las pestañas. Solté una vaharada de humo gris sin toser, y después ejercité unos cuantos aros de vapor gris mostaza humedecido. Por último, exhalé una cascada ascendente de gas violáceo de la boca a la nariz. Volqué la pipa Dr. Plumb, y dejé que las brasas se consumieran en el suelo.

—Cómo has cambiado —recalcó un charco que había cerca y que yo no había visto nunca.
—No es que yo haya cambiado —repliqué—, es tu mirada la que no lo hizo.

Y es cierto; yo no conocía de nada a ese charco, ni jamás lo había visto antes, pero desde luego que pude reconocer esa mirada mate. La misma mirada mate de siempre.

Al fondo, se adivinaba una torre; pero no era más que la cofa de una balandra que naufragó hará cosa de un mes en la bahía y que, nadie sabe cómo ni con qué propósito, continuó su travesía tierra adentro sumergida por el fango, entre piedras y pantanos, para ir a dar justamente a ese punto del horizonte, al fondo, casi lejos. Pero si bien es cierto que un buen día nos morimos, también lo es que los demás días no.

Después se hizo de noche.

Esa noche no dormí; me tumbé panza arriba entre los romanescus y calculé cuántas caras tiene la luna: Una.

A continuación, sucedió un estruendo y un temblor sacudió la tierra y parte de esos cirros que no se alejan, y me levanté de súbito y malhumorado. Una grieta se abrió en el fondo de un charco (pero no el charco de antes, sino otro charco distinto, aunque bien parecido), y el charco se derramó a las profundidades practicando una espiral y la grieta siguió avanzando y me atravesó por el meridiano, dejándome hecho dos feas mitades; la una, medio deshecha, y aquella otra, a medio hacer.

Por la mañana encendí la pipa Dr. Plumb y me organicé de nuevo. Esto es recomponerme, aunque con lo izquierdo al derecho y lo derecho al revés.

Esta vez fue a hablarme una rama aguada que se había quebrado bajo el peso de mis hígados.

—Anda y lárgate de aquí —me dijo la muy—, llevas dos noches aplastándome con tus orinocos.

Y yo fui a responderle “Tú te lo pierdes”, pero en su lugar pensé: “Tú te lo vas a perder”.
Entonces me mordió. Aquí, en la pierna. Y me fui con la tibia tibia y un escozor inasumible. El mismo escozor mate e inasumible de siempre.

Y me tropecé con uno de esos bucles de los que sólo te salva un lunes.

Pero no hay lunes en esta época del año.

En esta época del año las pareidolias reverdecen y estiran sus ancas al nadir y yo deambulo nadie y amarillo y luzco un eclipse en la chimenea como un dios del limo, que tampoco es que sea un demonio, pero que, desde luego, es poco santo.

Y esa noche no dormí. Tampoco hice más preguntas.

Saqué mi vieja pipa Dr. Plumb y observé las cenizas y las manchas de hollín de mis katiuskas color burdeos.

Después, una tormenta apagada y en silencio.

A continuación, vino a hablarme a mí un suéter sin adulterar, pero en un dialecto extravagante y, por ende, no supe qué discutir, y me callé.

Yo sólo quiero protestar, y que nunca más amanezca.

Tal vez no sea más que un brécol.

Perseguí el sol un rato más, o una Era básica, y tan pronto se ocultó tras la cofa de aquella balandra, allá, casi cerca, fue a despuntar por mi nuca, a mis espaldas, y volví a encontrarme con mi sombra. Apenas me reconoció, pero me preguntó que cómo estaba.


Entonces fue cuando encendí de nuevo mi vieja pipa Dr. Plumb y, con una vaharada de humo mate, le dije: Infinito.

Daniel Johnston

14.6.16

Un viaje a la ínsula de los cinocéfalos.


                Me froté los párpados hasta no ver más que un lucero refulgente y multicolor que centelleaba con el viejo zumbido chumchum indoloro entre el entrecejo. Se me derramó la noche entonces y, en esas, se observa todo como con un no-ojo desde el cenit.

                —¿Quién se ha muerto ahora? —masculló Abulio.
                —El bueno de Panmuphle; así, sin más —respondió un quídam cualquiera.
                —Tan molodo...
                —¿Qué le vas a hacer? Así funciona esto; espero que ahora visite sitios más interesantes.
                —Eso sí.

                Soñé desierto a la deriva. Dormí despierto con la marea del cemento en plano arrobado. Me vi como el que se ve que mengua. Cambió el viento al cabo de un rato, y fui a despertarme con los dedos llenos de arena, los ojos como hornos huecos en el fuego y un sabor como a óbolo o a dupondio bajo la lengua.

En la mano un membrillo dorado y piloso que debía regalar a quien yo más quisiera y en la mano raíces de cydonia, una amapola; la duda eterna como muelas del juicio.

—Recuerdo una vez —recordó un quídam cualquiera—, seguro que ya te lo habré contado, que cogimos un racimo de musa paradisiaca y nos quedamos con la gidouille mirando las nubes deslizarse por sendas escleróticas. Pan se vio envejecer en un segundo y al otro ya se trataba de un cráneo desnudo, no más. Y al tercero resultó ser un dodo de catorce kilos, después una cuchara, un lémur, un tambor, mero cúmulo, y así.
—Era un tipo curioso.

Ahí estaba. Desde fuera. Como un sórdido dios en la costa lúgubre. Por debajo, una larga barba desciende sucia y despeinada. Una mano que me agarra, una mano que me sostiene. Ahí estaba. Desde dentro. Como un ovillo descosido y enredado. Por encima, una negra e infinita noche se eleva infinita y negra hasta su mirada. Y luego, después, cuando miré, ya no estaba.

Entre dientes, decisiones. Elegir es nuestra suerte puñetera y yo estoy paralizado de hueso para arriba y por abajo estoy descalzo. El barquero fue a dejarme en la ínsula de los cinocéfalos y desde entonces visto un viso canino en las pupilas y el cinismo cinético esdrújulo de todos los años.

Regresé a mi orilla transitando por el fondo, donde todo cuanto pisas es un charco. Tras tropecientos tropiezos y traspiés, atravesé el transparente transcurrir del río, triste, transpuesto, hecho trizas.

—¡Oye tú, cabeza de perro! —oí que exclamaba un quídam cualquiera— ¡Levanta de ahí!
—Deja que duerma un poco —dijo Abulio—; se le ve contento con esa baba.
—Ahora estoy con vosotros —dijo Panmuphle—, que aún no decidí a quién le regalo este membrillo.
—¿Eso es todo?
—No; escuchad aún.

Amanecí con pies de quelonio y el estómago de un galápago preguntándome por la vertical y palpitando como el viejo parénklesis que nos mata de risa. A mi izquierda, así de cerca, una de mimbre y hecha a mano de las que a mí tanto me gustan. A mi derecha, un poco más allá, una hecha a mano toda de mimbre como aquella que soñé. Con la una me tiemblan las rodillas y con la otra el vértigo lo tengo aquí.

Prefiero no decir nada.

—¿Sigues vivo?
—Acércame el taburete.

Apreté el puño hasta empalidecer y aplasté el membrillo contra el fondo de la acera.

—Ya parece que refresca.

Me oprime el límpido triángulo en el brazo. Rechinan mis coronas como el viejo chirrido de pizarra y cal.

—¿Un poco de agua? Es del grifo.
—Me apetece más un cigarro.
—Y ni tan mal.

Con este cráneo de cemento y toda esta arena hasta las ramas lo único que de verdad deseo es dormir.

Aparté los caracoles hasta enmudecer y arrojé los restos lejos, bien lejos. Elijo sus ojos, los profundos; elijo lo recóndito y sencillo del sosegado silencio neumático. Dije: Elijo el pliegue de su mejilla, la esbelta línea de su espalda, cada una de las oblongas volutas de calma y tranquilidad que emana. La espiral en su sonrisa; quisiera no necesitarla.

—Huele a purpúrea mañana.
—¿Sabes? Algún día, todo esto será campo.

19.8.15

Telmo.

—No recuerdo haberme desvanecido —mencionó Telmo, llevándose una mano al cogote—, tan sólo me desperté.

La ciruela amarilla a medio comer que yacía en el plato frente a Telmo no respondió, sino que permaneció oxidándose con quietud y la pepita casi desnuda. En el suelo, los fragmentos de un vidrio seguían húmedos y en silencio. También calló el palpitar bajo los tímpanos y se tornó mero pulso de metrónomo.

 Telmo miró alrededor y en seguida percibió que algo en la pieza había cambiado. —Creo que soy yo —musitó, y parpadeó un par de voces. Desoyó  ambas pestañas y regresó al sordo metrónomo. Y Éste se volvió espiral, y esta última un crótalo del desierto. Y, al final, arena.

Un chasquido devolvió la pieza a su lugar, y Telmo suspiró con un sueño velado entre los labios. Se palpó los dedos y no halló más que yemas. Se levantó, dio un par de pasos; pero no se movió del sitio. Volvió a sentarse, y no tardó en morder un pedazo de la ciruela. Telmo sonrió, y miró al vacío mientras masticaba. Y así olvidó que había despertado. Después de todo, se durmió. Y, al final,
arena.

Goya

15.6.15

Togegoboge.

¿Dónde está el pez? Apesta bajo la mesa, pero no está ahí, ya he mirado. Huele a asesinato de un pedazo del ser, a mala suerte, a culpa. Hay una mosca en cada sopa y los lagartos escapan del terrario con la parsimonia de un grifo que gotea herrumbre y cal. Rostros de porcelana me miran así de pálidos y la urraca sobre la estantería parece haber sido disecada por un taxidermista daltónico. Había un retrato en la pared de un tipo de espaldas y aquello era porque el pintor no sabía dibujar narices debido a otro trauma de la infancia ¿Dónde está el pez, si de todas formas las nucas se le daban de fábula? Bajo la alfombra de piel de dálmata se aprecian quizá cúmulos de polvo, pero del pez ni idea, y hasta el ruido de los electrodomésticos está averiado y el silencio suena turbio y frío como el café derramado sobre el mantel. Los párpados de la ventana lucen aún las huellas de los dedos de un ancestro extraviado que un buen día empezó a arrancarse una costra en la rodilla y, cuando quiso darse cuenta, se había quedado sin cuatro capas de pellejo y con aún menos vergüenza. En esas no hay botón que te libre, como cuando te precipitas por el hueco del ascensor o te quedas sin semillas ¿Y el pez? Que cuando trato de encontrarlo, ahí mismo aparece otra cosa. La otra noche, sin ir más lejos, le hicieron la cesárea al gallo de la familia y le extrajeron una fiebre taciturna y tramposa con las manos húmedas y ladrillos en los bolsillos; después hicieron caldo con los restos y de ahí vienen las moscas. Pero más tarde, cuando se hizo pronto, el cirujano licuó un puñado de glándulas que tomé sin pan ni nada y aquello me quemó en la boca del estómago y la boca misma protestó mascullando que para qué. Y es que las propias tripas nuestras nos ven como fetichistas de los lazos en el cuello, que cuando no nos visten las corbatas nos subimos al cadalso. Que por la noche, antes de dormir, guardamos los globos oculares en tarros de aguardiente sin darnos cuenta de que es justo cuando más los necesitamos, que corremos las cortinas cuando amanece y apartamos las arañas de las esquinas sin saber que lo que hacían era tejer la bufanda que nos arroparía la tormenta del martes siguiente y así nos quedamos con los calcetines llenos de agujeros y desoyendo la voz que nos insta a que afinemos. A todo esto... ¿Dónde está el pez?

Ralph Steadman

5.4.15

Hebras de lana.

Joder, ya no podía más. Gota a gota me había ido derramando por el suelo y, agotado, me entró el sueño y me quedé tendido, rendido, tumbado sobre el colchón que había sido mi propia tumba y mi mismo palacio. Así, bien despacio, accioné el botón de cierre que hay entre mi seso y los párpados. Y al fin, con todo oscuro de nuevo, me atreví a sonreír, pero no pude dormir por el jaleo de un puñado de ovejas que, entre jadeos, se habían puesto a contarme a mí.

De la cuenca del cenicero brotó entonces una serpiente bailando, y yo, aun sin flauta mágica, había de ser encantador. Aunque fuera yo mismo el hechizado.

Las ovejas siguieron balando y las cabezas se nos colmaron de alquitrán y una suerte de ser de dedos largos removía con un tenedor mientras nos frotábamos los ojos.

¿Cuántos somos ahora? —intenté decir con la boca llena y escupiendo gargajos— ¿Por qué carajo peleábamos?

Me distraje, y esto también me lo contó una oveja. Me dijo: vete de viaje, olvídate. Que un mono en su pecera piensa que sapiens, mas solo araña la corteza. Que sólo con arrastrarse sobre dos patas para dejar libre la barriga no se logra ahogar el hambre de ser hombre, ni la vergüenza que trae el verse despojado.

¿Y qué soy? —musité con la lengua partida— Si tratando de ser alguien me pierdo en el camino y me sudan las palmas de las manos y no sé ni lo que digo. Si me descubro animal de sangre fría, más de lo que temía, más de símil y algo de lagarto. Si saliendo al sol se me alargan hasta los huesos y cuando me oculto en mi agujero, cojo y me largo.

Si algo sé —susurró— es que hay que ser lo que se sea, lo que se tenga, en este injusto momento. Que no hace falta más que una nariz para oler las flores y que a solas se está bien, pero sólo si las olas siguen siguiéndose unas a otras.

¿Y de qué me sirve tanta flor y tanto aroma si ninguna se detiene para olerme a mí?

La oveja explotó entonces, empezó por las orejas, y salpicó mi blanca frente de emplastos de cera y manchas rojas. Traté de limpiarme con la manga, pero estaba desnudo y manché también mis brazos. Busqué el río, busqué un lago, y no encontré más que sucios charcos y algunos sorbos en esos vasos.

Así, de esa guisa, me zambullí en los ladrillos de la pared y me sentí como sospecho que somos: una suerte de fuego sólido, un juego complicado, un truco descubierto, un temblor en cada mano… Una verdad dicha mil veces convertida así en mentira, una mitad sin apariencia, y el resto anomalía.

No supe más del tema, ni tampoco investigué. Si acaso miré mi reflejo en la ventana y le sonreí, y me sonrió, y así me quedé. Los animales se durmieron y ¿sabes qué? Desde entonces ya respiro, y apenas lo recuerdo, como si fuera el mal sueño de otro. Hoy sólo estoy yo, y con eso me conformo.

¿Y ahora qué? Si parece que no hacemos otra cosa que empezar de nuevo. Y es que es así, no queda otra: Cada día es el primero.


16.3.15

La puta picardía

         (...)

         Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.

         Las horas pasan realmente despacio en un autobús nocturno, créeme. El único paisaje que se ofrece es un negro sólido, y si tienes suerte quizás puedas ver las estrellas, pero vamos, que eso termina aburriéndote en poco rato. Esta vez me tocó asiento de pasillo, y eso dificulta de veras el encontrar una postura decente, no digamos ya cómoda.

         Una de las cosas que más me repatean de los autobuses es toda esa gente que reclina el respaldo de su asiento sin ni siquiera preguntar. En serio, si el tío que va delante me dice: Oye, ¿te importa que me eche un poco para atrás?, yo le digo: Claro, por supuesto. Y ya está. Pero cuando lo hacen sin pedir permiso, mama. Entonces sí que me toca los cojones.

         Ayer mismo me tocó una señora mayor. Ya había inclinado un poco su asiento cuando yo llegué, pero no me importó. Yo qué sé, se la veía bien entrada en años, y yo, siendo un niño, podía permitirme cederle unos centímetros de mi espacio vital de alquiler, digo yo.

         Lo de siempre, siete horas de trayecto, demasiado despierto para dormir, demasiado dormido para estar despierto; el coco cavila. Pronto uno descubre que no sólo una única mente habita su cráneo, y que si se queda lo suficientemente quieto y está atento, puede percibir cómo estos pedazos de la propia personalidad dialogan entre sí, a veces con halagos, a veces con insultos.

         Y mientras tanto, 6:33… 6:33… ¿6:31?

         Parece que no llegas nunca y te da la sensación de que cuando vuelvas a hablar con alguien no vas a ser capaz de reconocer tu propia voz. Yo pensaba en todo esto cuando la jodida vieja decidió que la inclinación de su respaldo no era del todo satisfactoria y, sin más miramientos, alargó una arrugada y decrépita garra y tiró de la palanca hacia atrás, así.

         Y yo, claro, flipando. ¿Qué le digo? “Señora, le importaría volver a poner el asiento como estaba?” Yo qué sé, no quedaba nada para llegar a la estación y la gente me vería como un cascarrabias así que resoplé hiperbólicamente para manifestar mi descontento, pero la vieja pasando.

         Hinqué las rodillas en el ínfimo hueco como buenamente pude y entonces se me ocurrió darle empujones para ver si le daba por inmutarse, pero una vocecilla aquí arriba me dijo que eso estaba feo, que yo no era así. Esa clase de persona. Ya sabes cómo soy yo, joder. De todas formas aproveché un bache en la carretera y aumenté sus efectos con un impulso de las rótulas. Seguí haciendo esto el resto del camino con una sonrisa maligna dibujada en la cara, sabiendo que nadie, ni siquiera la vieja cabrona, se daría cuenta de lo que estaba maquinando. Me sentí bien entonces, joder, me sentí de puta madre haciendo justicia con un castigo tan sutil. Me dolían las rodillas, pero yo seguí dándole caña hasta que llegamos a la estación.

         Me apeé victorioso con mi cara de júbilo y nadie sospechaba nada con tales legañas en los ojos. Cogí la mochila y me fui directo al metro. Y entonces pensé en que yo siempre me he considerado buena gente, al menos un tipo amable por la calle, el típico que te sujeta la puerta y deja salir antes de entrar, el típico tipo amable. Amable e invisible. Y esta vez, siendo un capullo, me he sentido. Así, sin más. Me he sentido. He sentido que existo. Que estoy.

         Y no sabes cuánto me jode haber llegado a esto. La puta picardía de que si la gente ahí fuera es mala, entonces voy a ser el más cabrón. Odio eso. Odio eso. Odio que parezca que el mundo sólo puede girar así.

       (…)

1.3.15

Lo plácido.

Me gusta el negro de los surcos. Me gustan las curvas y cómo nos las vamos amasando. Me gusta palpar algo con los ojos abiertos e imaginar que es la primera vez. Y me gusta demasiado que tú (…). Me gusta ser testigo del desorden en mi escritorio, me gusta sentarme a no hacer nada mientras ocurre y se escurre por el tablero para acabar cayendo al suelo. Me gusta oír interferencias en la radio y la última voluta jónica del cigarrillo que se apaga. Me gusta cuando entre los dedos y los adentros no hay más que dos finas capas de papel higiénico decorado porque me percibo real, aun esclavo de los procesos de un cuerpo. Me gusta el café y el dulce fósil al fondo de la taza al día siguiente. Me gusta que se me arruguen las yemas cuando pienso en la ducha. Me gusta lo blanco del huevo. Me gusta la luna cuando esboza una sonrisa. Me gusta tener frío en la cara por la mañana. Me gusta cuando me descubro un nuevo síndrome y el espejo se ríe. Me gusta buscarme en el fondo de mis pupilas aunque no me encuentre nunca. Me gustan esos pliegues en tu rostro. Me gusta el magnetismo de la mímica cuando te miro y tú me miras y estas miradas se reflejan entre sí dejando sólo un gesto y un lazo sin nudo. Me gusta entonces quedarme mudo. Me gusta mirarte sin que te des cuenta. Me gusta que me veas cuando no estoy. Me gusta soñarme contigo y que en mi sueño me cuentes los tuyos y que en tus vacíos estén los míos. Me gusta el sonido de las cucharillas al bailar. Me gusta mirarme los cordones cuando camino. Me gusta el rubor del que no se atreve a, o no está seguro de, o del que, de pronto, se ve observado. Me gusta subir los escalones de tres en tres y bajar deslizándome por el pasamanos. Me gusta lo que empiezo y nunca termino y me gusta cuando termino lo que hago. Me gusta encontrar tesoros que no buscaba. También me gusta perder tesoros para darme cuenta de que no lo eran tanto. Me gusta quedarme sin palabras. Me gusta encontrarlas cuando ya se ha hecho tarde. Me gusta cuando hablo y no me entiendes. Me gusta mirar a un sitio y que ocurra algo. Me gusta tumbarme panza arriba y que vuelen los pájaros. Me gusta la elegancia de los peces, la torpeza con la que me levanto, la alegría del verano cuando llueve, la tristeza del silencio mudo que se apaga. Me gustan las farolas. Me gustan las señales. Me gusta el distraído tacto de nuestras manos cuando no llegan a rozarse. Me gusta el polvo de los anaqueles y los vistazos al pasar. Me gusta ese lunar. Me gustan los círculos, las serpientes que se devoran. Me gusta cuando los caracoles se asoman sin saber que habrá detrás. Me gusta un perro con la lengua fuera, me gusta ver crecer las plantas. Me gusta el agua en un vaivén y los pies descalzos. Este oscilar. Me gusta la canica que me regalaste. Me gusta cuando me siento fuerte. Me gusta ser pequeño y me cuelo por las rendijas y también cuando soy grande y alcanzo el cielo con las orejas. Me gusta el silencio y que sólo hable tu pecho. Me gusta guiñar un ojo y que el universo se desplace. Me gusta a veces estar conmigo y otras veces abandonarme. Me gusta no saber qué, no saber cuándo. Me gusta que lo que me asusta se asuste de mí y nos demos un abrazo. Me gustan los abrazos. Tus abrazos. Me gusta gustarme, cuando lo consigo, y cuando estando contigo nos gustamos. Me gusta el sabor de los recuerdos. Me gusta olvidarme de lo malo. Me gusta irme a dormir sin tener sueño, tener sueños despierto, soñar que sueño que es invierno y al despertar sea verano. Me gusta el susurro de un lápiz, las páginas en blanco. Me gusta abrir un libro, olerlo, y al terminar, posarlo. Me gusta la paciencia con la que me ves caer y cómo me tiendes la mano cuando me levanto. Me gusta cuando me siento sin peso. Cuando no pienso. Cuando me callo.

20.1.15

no sé.

no sé cómo empezar esto. el típico plan de tranquis, con los tronquis, que se trunca, y acabas con la nuca desencajada como nunca, bajo un tractor, y, con una carcajada de terror, el doctor te receta que te tomes una siesta, y que menos fiesta, y también que menos setas. lo que se dice: el no tan típico tipo de veintipico, que vive medio en las nubes, medio en las tripas, como trepando a un trípode de tripis, con un tricornio en la cabeza y, en el regazo, un tríptico de los tres tristes tigres atravesándole con el travieso temblor contemporáneo. estar entre las estrellas. las sábanas. bañarse sin piel ni huesos en mil charcos sobre el suelo. fingirse cielo y cuerpo por un momento y palpar el palpitar del tiempo. ponerle un nombre a cada cosa. una palabra. un susurro. una mentira. el viento a través de las ramas haciéndose pequeño y demostrando su presencia. no sé cómo continuar esto. el día dado en que nada te daña, ni te engaña, y cada capítulo tiene un título, y te das cuenta de que la realidad ye como el culo: que todos tenemos uno y cada cual apesta a su manera. y que a menudo nos liamos como tarzanes en los pelos, que en mi mundo son lianas. y así uno se siente bien aunque a veces esté solo, pues sólo hace falta saber que no todo está fatal y que, toques donde toques, sale algo. ahora no sé cómo acabar esto. en qué bar o si aún está abierto el metro. no sé si debería ir a acostarme o si otra vez me costará dormirme. no sé nada de tantas cosas. de tantas costas. de tantos costados. no sé cómo terminar esto. no sé si quiero terminarlo. no sé.

6.5.14

O.

O. se vio dentro de un cubo dentro de una burbuja que flotaba entre más burbujas y así. Después se giró y cerró el círculo otra vez, que es lo que pasa siempre. Se dijo: «Transmitimos nuestros errores de generación en generación hasta que haya una que dé con la tecla y aprenda de una vez o lo que llaman Nirvana». O. se puso las manos delante de la boca como imitando un gran mostacho y entonces musitó: «Soy O. y hoy voy». Paparpadeó y se mojó los dedos con la lengua para pasar de página, si es que sabe más el viejo por viejo que por zorro. O., que solía caminar siguiendo las mariposas azules esperando encontrar alguna amapola sola allá, fuera del muro. O. se durmió hecho un ovillo o una oruga y después contó ovejas. O. hecho un círculo, soñó: «La NADA es igual de grande que el TODO o, si no, ¿CÓMO?». Pero así le pasaba a O. con casi todo, como al dodo. O. se desnudó para darse un baño y cuando estuvo bien remojado y enjabonado se sumergió entre las burbujas y entonces O. se vio dentro de un cubo.


14.2.14

el ahorcado.

     Je ne veux pas mourir sans avoir compris pourquoi j’avais vécu.


así pasó este suspiro que es la vida; siempre pendiente de seis cuerdas de mi a mi para acabar pendiendo de una sola soga que ahoga con un nudo que te deja mudo y vacuo bajo el larguero y sin rostro. al fin y al cabo cada gato negro teme la mala suerte más que cualquiera, pues cuando te repiten muchas veces que eres una cosa corres el riesgo de creértelo y terminar como uno de esos cerdos que no son más que boca y estómago sin seso. arder de vez en cuando es importante, también volverse líquido y desparramarse donde sea. has bebido suficiente, callan las paredes, mas todo eso no ye más que cuestión de proporciones.
*   *   *
desayuné un vistazo por la ventana sin levantarme de la cama y no me moví durante un buen rato. apenas podría asegurar si llegué a dormirme en algún momento o no, pero no hay duda de que soñé o que alguien que no vi se coló por algún pliegue de mi cerebro y me contó una patraña. estaba increíblemente sobrio entonces, con una mente tan clara y cristalina que efectivamente no distinguía nada entre los reflejos, y por eso no encuentro las palabras. también bien despierto me han contado mentiras aún mayores con la vieja mirada seria esperando que las crea y me he tumbado a dormir de la misma manera o a reír que es lo mismo.
*   *   *
la noche anterior no me acordaba ni de mi nombre y vagué haciendo eses preguntándole a la gente por si alguien me daba alguna pista. rasgué las desafinadas vibraciones entre mis dedos y otra vez no era más que un espejismo inventado. tanto tiempo y tan poco. tanta gente ¿y dónde está con quien quiera compartirlo? porque al final la luna se frota los ojos cansada mientras canta el camión de la basura y yo me encuentro aquí otra vez peleándome con cuatro palabras que luego no me dejan dormir. cada vez que me corto un hilo de la muñeca salen siete nuevos con sus siete cabezas de un solo ojo y nueve dedos retorcidos al final de sendos brazos como cordeles y ya no me atrevo a tocar nada más por si acaso. el viejo miedo anónimo lo llaman, y los que alguna vez lo han visto hace tiempo que lo han olvidado. con los nudillos de color púrpura y las pestañas colmadas de polvo y ceniza. así de cansado nos mira y espera con su paulatina ponzoña entre las espinas de los rosales para que no nos percatemos de su presencia. un amigo mío que no soy yo ni nadie que yo conozca se puso a rasgar también por esos derroteros y al final le salieron unos callos en los dedos que no le dejaban sentir nada ni dejarse llevar por esta articulación que además es un suspiro.



     (…) un hombre respiraba hasta no poder más, se sentía vivir hasta el delirio en el acto mismo de contemplar la confusión que lo rodeaba y preguntarse si algo de eso tenía sentido. Todo desorden se justificaba si tendía a salir de sí mismo, por la locura se podía acaso llegar a una razón que no fuera esa razón cuya falencia es la locura. —JULIO CORTÁZAR.

20.1.14

Sum.

Yo no soy un actor. Pero tampoco soy este amasijo de nervio y seso que veis aquí.

Tampoco soy ese trago de cerveza desesperado que me habréis visto antes.

Llevo un tiempo pensando en qué es lo que define a cada uno, qué es lo que nos hace ser nosotros mismos.

La noche antes de mi primera vez leyendo un público no pegué ojo. El mismo día no pude comer y apenas conseguía esbozar una sonrisa sin que un tembleque nervioso acechara en la comisura de mis labios. Todo fue bien al final, y yo me emborraché tranquilo. Pero tampoco soy nada de eso.

Paso mucho tiempo de veras colocado, y no soy ese. Más tiempo del que quisiera soy un hombre cuerdo, pero ese no soy yo.

Me he dejado el pelo largo, cuando lo tenía corto era el mismo.

Antes de ayer me afeité. Me he acordado porque antes alguien se fijó. No recuerdo haber notado cambio desde entonces.

Una vez hube leído en directo la primera, segunda, tercera vez, me di cuenta de que lo que yo leo no es mío. No es más que tinta seca de lo que algún día fui.

Así que, ¿Qué soy ahora? ¿Qué me define? Porque me he comprado ropa nueva y luzco igual ante el espejo. Terminé aquel libro y ahora estoy con éste. Mas sólo percibo que, si acaso, he crecido.

Yo no sé quién soy. Tal vez alguien pueda decir algo al respecto, pero yo no. Me he desconocido tantas veces que se me hace extraño pensar en que todos nosotros nos llamamos igual. Somos la misma persona y ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo.

Yo no soy un átomo ni tampoco un Universo. No soy planta ni casi animal pero intento serlo. No soy más que nada. Soy un chispazo. Un zumbido. Un susurro. Una nota al pie de página que pocos de detienen a leer.

Soy lo que sueño. Soy todo aquello por lo que sonrío. No soy una mirada perdida, ni un resoplido tedioso. Pero sí un bostezo por la mañana y quedarme un rato más.

Creo que sólo soy yo cuando duermo.

¿Escucháis cómo suena?


Pues así.

9.12.13

Esperar.

He aquí el sueño que tuve: Un espejo bien grande y redondo pendía del techo en medio de una habitación amplia y diáfana. Estaba anclado al suelo por la parte inferior de manera que podía girar en torno a su eje central como una peonza, así, mostrando sus dos caras entre canto y canto como una moneda reflectante y joroschó.

Le di un buen impulso, como jugando a la ruleta de la fortuna, y mi reflejo, entre giro y giro, empezó a moverse sin hacerlo yo.

Primero, puso el dorso de su mano izquierda frente al rostro, ocultándolo. En su palma, un gran globo ocular dibujaba círculos con una inquietante pupila escrutadora que nunca pestañeaba, pues no tenía párpados sino dedos.

Después, contó los dedos de su otra mano. Diecisiete, pero sólo cuatro de ellos eran pulgares.

El espejo giraba cada vez más deprisa. Tanto, que más bien parecía una esfera de cristal como las que utilizan los adivinos, pero sin un vapor misterioso en su interior, sino mi propia figura reflejada que empezó a caminar, mas no avanzó ni un solo paso.

Me sentí cansado sólo de mirarlo y lo detuve con mi propio pie. —Es éste el que ha de andar— le dije a mi reflejo, que se había quedado ahí quieto, imitándome, señalándose el pie mientras movía los labios—. Es éste el que ha de gastar suela acompañado por el otro a cada paso. Éstos son los que se lastimarán con cada piedra y sufrirán de callos y ampollas, también los que se refrescarán en los ríos del deshielo y descansarán entre la hierba estirando sus deditos para bostezar con regocijo y alborozo.

Le miré, y entonces él me miró. Abrí un ojo y vi que aún no había amanecido, que las farolas teñían de un naranja antiguo la noche púrpura bajo la sonrisa de Chesire sin gato bien blanca y brillante. Cerré el párpado y en ese espejo no vi a nadie más que a mí mismo durmiendo.


         Existen enchufes sin utilizar por toda mi casa 
si es que alguna vez los necesito. —Allen Ginsberg

9.11.13

Medice cura te ipsum.

“Mañana cambiaré un poco más mi vida”. Eso mismo me suelo decir a menudo justo antes de meterme en el saco de dormir pero, maldita sea, siempre suena la misma canción cuando el sol se despierta entre las ramas y se me cuela por la ventana, la marmota  ve su sombra entonces y todo vuelve a empezar. Creo que fue por aquella vez que subestimé al Tiempo. Se ofende con facilidad, pues es muy orgulloso, dicen que todo gira en torno a él. Y yo… yo ahora estoy en la hora del té y no puedo cambiar más que de sitio o de taza de vez en cuando. Si acaso también de cucharilla.

Diez dedos tenemos en las manos así como en los pies, dos ojos bien brillantes justo aquí, estos dos agujeros son para respirar y con esto de aquí puedo hablar, besar y comer. Y sonreír. Mira estas dos orejas, una a cada lado, hermanas desconocidas que nunca se oirán la una a la otra, que viven estereoscópicas vidas paralelas como en otra dimensión, ¡cuánto me gustan las orejas joroschó!

Sin embargo, ¿hasta qué punto prestamos verdadera atención a todos estos apéndices sensibles? Sabemos prácticamente todo acerca del funcionamiento de la maquinaria del cuerpo, incluso los combustibles necesarios para su cuidado y rendimiento, pero no consigo adivinar quién es el conductor.

O tal vez sólo sea uno de esos momentos en la vida en los que te sientes algo perdido, aún viendo el camino más o menos bien entre la bruma y estando tranquilo. Ya sabes, cuando te da por pensar un poco y mirarlo todo desde arriba. Este capítulo se titularía: Desinflando globos.

Subrayaría lo de “Desinflando”, que no es lo mismo que “Reventando” o “Pinchando”. Pienso que a veces hay que ir desinflándose a uno mismo para poder purgar los malos humos que se hayan podido colar por el camino. Después sólo hay que volver a llenarse los pulmones de aire y levitar atándose largo al suelo y respirar, y eso es fácil. Claro que antes hay que colgar los globos en el tendedero con unas cuantas pinzas un par de días. Yo suelo aprovechar para ponerme los calcetines gordos y leer un poco. Si acaso dar un paseo antes de comer y otro por la tarde, cuando vuelan los pájaros.

Lo difícil de todo esto es que al principio el ritmo no acompaña o no sé o no sabemos cogerlo. ¡No hay tiempo, no hay tiempo! Y estoy de aquí para allá y no me quedan más que las horas en las que se confunde lo tardío con lo temprano  para sentarme justo aquí y descansar un poco. Cosas por el estilo. Como pararme a pensar en mi procrastinación y en el miedo a convertir todo lo que he estado soñando y tejiendo y enredando desde hace ya bastantes lunas en un puñado de papeles sin vida. Así de raros somos los monos desnudos, como este disparate que tengo en el corazón.

Ahora es cuando yo escribo: “Mañana cambiaré un poco más mi vida”. Y así cierro el círculo como aquello del eterno retorno y termino la página con la enigmática elegancia de un oso hormiguero con pajarita. Pero creo que he aprendido a aprender de mis propias palabras, y con éstas en concreto he aprendido que estaba equivocado desde la primera premisa.

Hoy cambiaré un poco más mi vida.


20.4.13

Capítulo XXII (Parte IV).


         Solventé quedarme un rato más en la cama, y de veras disfruté aquellos escasos minutos estirados por la parsimonia del sueño leve al tiempo que el sol me acariciaba la frente de cuajo y el viento que se filtraba por las ventanas averiadas rozaba mi desordenada cabellera desplumada otra vez por el cogote, pero no tardé en desperezarme del todo y ponerme algo de ropa seca para salir a desayunar algo antes de presentarme en el Teatro Mágico para mi primer día de trabajo.

         Las calles parecían todas distintas, como desordenadas, pero todo seguía en el mismo sitio. Lo achaqué a imaginaciones mías a causa de mi sueño, y seguí paseando mientras silbaba como una alondra o un jilguero o algo así.

         Después de revolotear a través de unas cuantas manzanas, di con una pequeña cafetería, el Café Telepático, donde ofrecían un menú de “tortitas de tus cosas favoritas” por solo tres dracmas, y como siempre he sido una persona muy sensible a la publicidad y me encantan mis cosas favoritas, decidí desayunar ahí.

         Me acomodé en un taburete alto frente a la barra y, después de dar los buenos días, pedí la carta de tortitas al joven con constelaciones de acné que era el camarero.

         —Aquí tiene —dijo, y sacó de debajo del mostrador un enorme volumen que era una auténtica enciclopedia de comidas y sabores. Desde el aceite hasta el zumo de cualquier fruta, pasando por los macarrones y el tocino. Toda clase de platos y postres y mermeladas. Había hasta tortitas solas.
         —¿Quién demonios pedirá las tortitas solas? —musité, y me decanté por las tortitas de puerros con bechamel, que no es que fueran mis cosas favoritas, pero sin duda gustaban a mi apetito.

         Me llené bien el buche y descansé mientras revisaba el Eco de Estagira en busca de alguna noticia referente al catastrófico tornado de la noche anterior, pero no había más que malas noticias y un crucigrama que resolví en apenas un minuto, aunque con palabras improvisadas como jumdirilla o habbacri, si te inventas las palabras es más fácil.

         Tan pronto como lo terminé, pagué la cuenta y salí de nuevo a la calle en dirección al Teatro Mágico. Salté por las aceras como jugando a la rayuela imaginaria o salvando combas invisibles y en un santiamén llegué al teatro. Pero no fue el Teatro Mágico lo que encontré. En su lugar estaba un edificio rojo con forma de boca de incendios: era el parque de bomberos.

          Atravesé el umbral de la entrada y no vi más que a unos cuantos tipos ataviados con chubasqueros ignífugos y cascos fosforescentes y algunos también con hachas jugando al parchís y a las damas y a la gallinita ciega… a muchas cosas, pero ninguno con fuego. Uno de ellos se me acercó al verme entrar.

         —¿Ha habido algún incendio? —preguntó con una voz infantil.
         —No —respondí, contrariado— Esto… no, yo buscaba el Teatro Mágico.
         —¿El Teatro Mágico?
         —Sí. Ayer estaba aquí.
         —¿Estaba aquí?
         —¡Sí! Ayer vine aquí y… —empecé a decir, nervioso— hubo un tornado, y los edificios salieron volando y… una vaca… y parecía un sueño.
         —¿Un tornado? —volvió a preguntar— Aquí sólo nos ocupamos de los incendios y de los gatos que se quedan atrapados en los árboles.
         —Está bien —contesté, vencido al descalabro.

         Eché un último vistazo a la divertida yincana que los bomberos habían organizado y me fui, decepcionado como unos olvidados cordones de zapatos por estrenar, aún en su caja.
         —¿Y dónde demonios estará ahora el Teatro Mágico? —pensé, pues me negaba a aceptar que hubiera sido fruto de mi imaginación o de un sueño considerablemente vívido. Aquel sitio existía, estaba seguro.

         Caminé sin rumbo a través de las tímidas horas que apenas se dejaban notar, reviviendo los acontecimientos de la mañana anterior, cavilando, rumiando cada minúsculo detalle para determinar si yo, despistado de mí, me habría confundido de calle o si aquel fantástico lugar con su inconmensurable estantería llena de cachivaches de veras se había desplazado de su ubicación como consecuencia del tornado o si tal vez lo soñaría todo como me temía.

         No tenía nada que hacer más que pasear, así que, como el personaje de toda película que aparece al final de la segunda bobina para salvar el día, decidí dedicarme a encontrar el Teatro Mágico, pues cuando pierdes cualquier cosa no hay mayor menester que encontrarla. 

19.4.13

Capítulo XXII (Parte III).


         —¿Y OFRECE USTED TRABAJO A TODO EL QUE VENGA AQUÍ, SEÑOR MELQUÍADES? —pregunté en un grito, casi sin oír mi propia voz ni mis pensamientos.
         —Te voy a contar la historia del Teatro Mágico, Alonzo —conseguí entender—, aunque mejor mañana. Se te ve cansado, y sabias son las huellas que se dirigen al cubil. Ve y duerme un poco, mañana será un largo día.

         Acepté su propuesta sin dudar, pues aquel pitido se me había colado entre las sienes y sentía cómo mi seso se iba derritiendo en un jugo pegajoso, quedándoseme todo aquello en los párpados y haciendo que éstos se me fueran cerrando adormecidos. Sin más vueltas, Melquíades tenía razón, camino a la cama es el mejor camino.

         Arrastré los pies de vuelta a casa acompañado por los susurros de mis derrotados andares al frotarse con las húmedas callejuelas sembradas de charcos. Había empezado a llover inclinado y daba la sensación de que los edificios y las farolas y los árboles se iban tumbando para acostarse antes que yo. Ahí arriba, bien lejos, sobre mi cabeza, una gran nube negra que parecía el ojo de un cíclope colosal me dirigía una mirada entornada, como si me reconociera después de muchos años sin vernos. Puede que sean imaginaciones mías, pero tal vez yo mismo provocara aquella tormenta abanicándome el verano pasado o soplando las velas de cumpleaños. Por todo aquello del efecto mariposa y eso. Quién sabe.

         —Debería darme prisa —pensé, o dije, convencido de que en cualquier momento caería fulminado por el sueño o por un rayo, y aligeré el paso totalmente calado hasta los calzoncillos por toda aquella lluvia que arreciaba con virulencia y me golpeaba la cara con toda la furia del viejo aliento del cielo.

         Entré en el edificio tiritando, con la ropa empapada y los calcetines encharcados, mi gordo y sudoroso casero roncaba plácidamente en la butaca de orejas descomunales que había en la salita de la planta baja. Subí las escaleras pausadamente, atemorizado por el incesante repicar de un ejército de más de veintidós mil gotas de lluvia asediando las cuadrangulares murallas de cristal de las ventanas y la obscura    voz del viento que hacía que las puertas se estremecieran cobardemente sobre sus goznes.

         —Camino a la cama es el mejor camino —me dije mientras me desvestía y me acurrucaba bajo las arrugadas sábanas.

         Por la ventana vi el cielo gris oscuro y los ojos se me cerraron un rato. Hubo un destello, qué fastidio. Y ya era un naranja pálido o rosa pálido o cian oscuro o igual seguía dormido, porque también vi cilindros y tetraedros bien brillantes y lustrosos. Se dibujaron bucles y torbellinos y símbolos extraños, como matemáticos. Abrí un ojo y la habitación ya estaba oscura otra vez, la lluvia había amainado, pero el viento exhalaba incansable con sus eternos pulmones celestes y el ceño fruncido. Había un ojo negro ahí arriba, que se fue convirtiendo en un gigantesco dedo en espiral o en una cola de cerdo, acercándose más y más.

         La casa se revolvió sobre sus cimientos y, tras una sacudida, salió por los aires, ingrávida.

         —¡Qué sueño tan raro! —pensé yo— Si por aquí no hay ninguna zeta vaporosa…

         Lo que aconteció entonces, o al menos lo que yo percibí, fue un auténtico baile de edificios, coches, árboles, papeleras girando en medio de un torbellino filarmónico. Hasta juraría que vi un par de vacas blancas con grandes manchas geográficas como un vacamundi gimiendo muu-muu flotando en medio de todo aquello. Incluso me pareció ver también a niños saltando en una cama elástica voladora y a unos pescadores en su barca. Estagira se despegaba de la tierra como en un estornudo perpetuado en un lapso de tiempo joroschó danzando alrededor de una hoguera imaginaria y levantándose a más de cien metros del suelo, para posarse delicadamente, a su manera, de nuevo en el mismo sitio como si nunca se hubiera movido de ahí. Claro que todo esto lo vi mientras me frotaba los ojos, adormilado.

         Pero sospecho que de verdad había ocurrido. Las calles no mostraban el típico aspecto que tienen las calles después de haber sido devastadas por un tornado, incluso las farolas se habían vuelto a clavar en sus orificios correspondientes. Una vaca pasó lentamente por el paso de cebra, supongo que para camuflarse, y yo me volví a recostar en el colchón, convencido de que todo aquello había sido un sueño. Así son los sueños.

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


30.1.13

Los rezos de los árboles.


Quisiera escribirte una carta, a ti, pequeño lémur; que te quedabas enroscado en una rama muy alta viendo la fruta crecer y las moscas revolotear.

Quisiera escribirte una carta, pero no sabrías leerla; tú, que bostezas enseñando los blancos colmillos y sacando una rosada lengua y entrecierras tus ambarinos ojos con plácido aburrimiento mientras el sol te calienta el cogote.

Quisiera escribirte una carta, pero supongo que no te haría mucho bien comprenderla.

Es bueno tener un cálido cubil de hojarasca allá arriba, en las ramas.

Pues todos quieren dormir bajo las estrellas acariciados por los rezos de los árboles.


Que ningún árbol tiene boca
ni ojos.
Que sólo perciben levemente los pasos
y el viento.
Que sus recuerdos son viejos
y están olvidados.
Enterrados bien profundo
bajo las raíces
de los años.

6.11.12

Cazando moscas.


“Hoy va a ser un gran día”, pienso cada mañana cuando suena el despertador, aunque se me pasa en cuanto lo desconecto y me doy la vuelta en la cama para seguir durmiendo un rato más. Los mejores sueños suceden cuando has de despertarte, puede que no sean los más agradables o bonitos, no hablo de eso.

Mira a ese tío del espejo, con los ojos envueltos en la sombra del insomnio nervioso, con una extraña sonrisa que casi parece disculparse por no haber descansado cuando todos lo hacían y haberse pasado las horas vacías convertida en una mueca hastiada y ausente del resto.

Dicen que no hay que preocuparse cuando uno habla consigo mismo, sino cuando empieza a responderse. Ese tipo del espejo hace tiempo que no habla con nadie, y ninguna voz está ahí para susurrarle cosas al oído. ¿Quién murmura entonces? ¿Qué es ese suave rumor? ¿Dónde están los gritos de quien debería estar ahí? ¿Qué hay de las enloquecidas carcajadas?


21.6.12

El astronauta dormido.


Soñé que me ardían las manos, que volvía a escribir palabras bonitas. Soñé que era un astronauta dormido en el fondo del mar, acurrucado entre bosques de coral.

Pero no puedo respirar bajo el peso de tanta agua.

De vez en cuando me mandan saludos desde el otro lado y yo, con escafandra y todo, sigo haciéndome el dormido.

Cuando desperté de ese sueño, mis ojos fijos en el nocturno techo me evocaron una imagen mía pastoreando llamas en La Pampa.

Demasiadas cárceles nos atan, demasiadas cárceles nos atan.

Cuando desperté de este último, me puse a pensar en el aire, en el dinero, en el tiempo, en la luna… y no conseguí averiguar tu color, ni saber por qué no estás aquí.

-¿Qué haces? –dijiste con tu sonrisa.
-Te estoy pintando –respondí.
-¿Y el papel?
-No lo necesito, tú quédate ahí, sigue brillando. No llores por esa luna oscura.

Quizá un cálido suspiro de un astronauta dormido.