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17.4.20

La deriva.


deriva no es paseo. concepto. es una deriva. definida por. definida para. en francés. significa. guy debord. técnica de tránsito. situacionista. fugaz. a través de. en francés. dérive. caminar. vagar. dirección no. entramado urbano. rumbo no. atmósferas. destino no. romper estructuras. deriva no es paseo. pensamientos porosos. quiero decir brillantes. quiero decir receptivas. quiero decir inquietas. desgastadas no. desgastadas las suelas. adoquines. dobla la esquina. cemento. paso de cebra. mierda de perro. deambular con las orejas. deambular con las narices. media vuelta. deambular con las orejas. deriva no es paseo. deambular con los ojos. parpadeo. los ojos. pasan. cambian. los ojos. las páginas. deriva no es paseo.



editorial para JOROSCHÓ #0: LA DERIVA

22.5.17

Jo.

                Ayer no, ayer, ocurrió una cosa.

      Estaba sentado en un butacón de orejas clavadito al mío, más o menos a las 4:40 a. m., jugando un solitario con los arcanos medianos desperdigados por mi regazo mientras esperaba a que Henri Sauvage volviera con el revólver que me había prometido. Aparte del butacón de orejas y un Porcelana de porcelana a tamaño real, en aquella pieza no había más que una vieja tostadora eléctrica y un montón de Kippel por todas partes. Probé a enchufarla, para comprobar que funcionara, y, al poner en contacto la clavija con el tomacorriente, la tostadora explotó en una nube de esquirlas de baquelita con forma de hongo que me dejó totalmente ileso y, afuera, por la ventana, se oyó un graznido estertóreo y carbonizado seguido del inconfundible aroma de una buena araucana a la parrilla.

   Me atusé las cejas. Lo sentí por el pájaro, pero no es culpa mía que decidiera apostarse precisamente en ese cable, teniendo todo el cielo para volar, así que agarré mis naipes y me largué de allí. Decidí ahorrarme el revólver y el escándalo y apostar sobre seguro. En casa tenía un espejo de mano semiautomático que sería más que suficiente para neutralizar a Mo y recuperar el regalo de Bubbs. Cualquiera sabe que el punto flaco de todo mimo es enfrentarle a su propio reflejo, vamos, lo saben hasta los paramecios. Además, estaba todo aquel asunto de la jerarquía de necesidades, la pagoda de Brian, cuya base son las sandalias, y según la cual me encontraba soterrado hasta la sien, así descalzo y desarmado.

    Abandoné el distrito Taraij bajando las escaleras de Lechariot, siete escalones, nada menos, y a cada cual más irregular que el anterior; y seguido me llegué a la plazuela del torcamús, cuya fuente central —y esto no lo sabe casi nadie— está ornamentada con auténticas turquesas turcas de la Anatolia occipital; pero estuve sólo de pasada porque mi casa queda un poco más para allá.

    Según alcancé las orillas de la calle Lampo, sin reparar siquiera en que la moneda terráquea está constantemente dando vueltas sobre sí misma en el sempiterno cara o cruz patacósmico, sin que nosotros, pobres ingrávidos, apreciemos de algún modo esta apuesta, y limitándonos, someramente, a pulular por ella como una suerte de enjambre diminuto; pues bien, sin tener en cuenta esto último, en la calle Lampo me encontré con Bubbs. Bubbs llevaba años exiliado en las medianas Antillas moldavas por un tema de fuegodoro de estraperlo, eso y una antología de atentados por enaltecimiento de la depravación, unos cuantos capítulos de desorden del orden público, y otros tantos de orden del desorden, que, al parecer, también es público. No veía a Bubbs desde antes de la guerra, y éramos unos críos, como quien dice. El tiempo le cambia a uno, desde luego, y, bueno, así visto, con los dos ojos vagos, y desde lejos, tampoco estoy muy seguro del todo de si realmente se trataba de Bubbs, pero me lo dijo ese cuarto sentido que tenemos las personas de sinapsis dispersa y que acierta tres de cada siete veces en el mejor de los casos.  

    Corrí a su encuentro, pues él tampoco me había reconocido y no iba a ponerse a correr hacia a mí. Y, cuanto más me acercaba, menos se me parecía aquel tipo a la imagen que me había hecho de cómo sería Bubbs al cabo de todo este tiempo. El hombrecillo se me quedó mirando como quien es confundido por otro y yo le dije que él no era Bubbs.

—¡Oye tú, tú no eres Bubbs! —le dije.

    Entonces, el quídam, que definitivamente no era Bubbs, ni sabía de quién yarboclos le estaba hablando, me enseñó las palmas de sus manos, sin estigma alguno, y se fue calle abajo sin despedirse. Yo le dije:

—¡Oye tú, cuidado!

    Una tanqueta de militsos, salida de la nada, siguió a un terrible estruendo de motor y, por un momento, la instantánea me recordó a aquella película zonguonesa, la de la cabalgata de Tiananmén, pero con un final alternativo en el que el pusilánime es despedazado por los eslabones del dispositivo de tracción Lombard del carro blindado de la milicienta.

    Me arrojé a un lado de la calle ejercitando un bonito brinco torcaz, del todo improvisado, con el que salí de la trayectoria de la apisonadora portátil y fui a caer en un charco de ayer no, al otro, que resultó estar seco; y, salvo por las uñas de los pies, que me rompí todas, por lo demás, salí de nuevo incólume y hui despavorido.

    Desfilé por Pachydermes como a quien se le quema el klebo en la tostadora eléctrica y, al torcer a la derecha por la calle del San Adolfo, me topé con el verdadero Bubbs, el legítimo, o al menos su cadáver hecho trizas de igual manera que su falso análogo;  a orugas del solitario convoy de la muerte —que se llevó por delante a nueve personas y tres marquesinas, para posteriormente dejar docena y media de cuerpos desmembrados repartidos por las calles Lampo, Testudo y Mijlhaus, en la madrugada del cuatro de mierdra del pasado año, víspera de los festejos de San Crodeculo—, reculé espantado como caminando por una luna con superficie de alabastro y, para cuando completé la media vuelta reglamentaria sobre mis talones en el tercer compás, fui a darme de bruces con el viejo Henri Sauvage empuñando un revólver y, claro, me llevé tal susto que reemprendí la fuga por la diagonal, al margen de toda coreografía, y atravesé balaustradas y cordones, catenarias y acequias, sorteé conos y bastones, y terminé metido, no sé cómo, en esa catatonia umami que se nos ocurre a veces y que nos mata de la risa cuando conseguimos olvidarnos de ella.

    Desde dentro, desde dentro huele a ceniza en Estagira. Los muros se ven grises como un oso pardo en un daguerrotipo y no se oye ningún río, se oye un río. Un caudal continuo de asuntos pendientes y promesas en todas direcciones. Todo es importante, luego, nada lo es. Desde dentro lo sentí así y sentí alivio. Y olvidé a Bubbs. Y me salí.

    Llegue al Diapasón tarareando el Réquiem de Tannhäuser con una sonrisa andrógina. Guiñé un ojo a Policarpo bajo las torres del momento y él, cómplice del dialecto de signos lundonita, hizo aparecer un pequeño vaso pulverulento y una botella de fuegodoro del Auriga y dejó todo a mi merced.

—Se te ve bien —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. Acabo de encontrarme con Bubbs hecho pedazos.
—Mal que bien, el tiempo le cambia a uno.
—Eso y una Tipo 97 Te-Ke de cinco toneladas. Yo hoy maté un pájaro.
—¡Bah, alguien tenía que empezar a hacer algo!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿es que no van a venir nunca?
—¿A estas horas? Además, supongo que hoy irán a la despedida de Mo; ayer lo encontraron hinchado y muerto, flotando en el Muil. Por cierto, tú no tendrás nada que ver, ¿verdad?
—¿Yo? ¡Yarboclos, no! Es decir… tenía intención de asustarlo un poco, tal vez herirlo de gravedad, liquidarlo, acabar con su muda tiranía de una vez por todas… pero de ahí a ubivarlo… —rellené el vaso y lo vacié en mi gorlo de un bocado.
—Estupendo.
—Imagino que, después de todo, ya no tiene importancia alguna, pero me pregunto qué habrá sido del regalo de Bubbs y qué demonios contenía.
—Lo mismo me da. Odio las sorpresas. 

22.4.17

Do.

                Ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

                 Amanecí en un banco del parque Rodol, pasado el mediodía. Rezumando los síntomas de la cruda veisalgia por la boca del estómago hasta el filo de las uñas. Por lo que alcanzaba a recordar, las vestales habían olvidado mi rostro y mi nombre al tercer chorrito de atrabilis, y, a partir de ahí, se puso la atmósfera en negro y, entre medias, perdí un zapato. Un chasquido líquido y ovalado sucedió bajo mi trasero cuando fui a incorporarme, dejándome los pantalones impregnados de albumina y un antiestético pringue de feto de pichón.

                Bostecé. Lo sentí por el pájaro, pero en el fondo pensé que le había ahorrado una vida de amarguras y polución, así que me aboclé los trozos de cáscara del trasero y me largué de allí. Enfilé el camino a casa hecho un guiñapo y con el paso cruzado. Unas garras beige verdoso asomaban por el desgarrón de mi calcetín desamparado y me hedía el aliento a mierda. Francamente, necesitaba una ducha. Además, estaba todo aquel asunto de la consunción del dipsomaníaco deshumedecido cuando se mezcla con una categórica urgencia por cagar.

                Tomé rúe Flâneur para despejarme con la brisa estancada del río y dejé atrás el Sol Naciente con apurados andares y un nudo forzado y tirante en la punta del orificio; justo como aquel que anda transfigurándose de caracol a babosa sin cuestionarse el calendario, una entelequia.

                No había llegado a cruzar la línea imaginaria que delimita las fronteras de mi barrio cuando, sin advertencia previa, fui a tropezarme con Imperator Furiosa. Furiosa era una antigua novia que tuve, mi orbe, mi vía lechosa; pero ya pasaron muchos ayeres desde aquel pretérito, y ya ni hablamos, ni nos olemos. Furiosa lucía un iris pardo y el otro gris, y la melena ensortijada deslizándose por las clavículas. Aún conservaba, después de todo, la candidez primigenia en los lóbulos de las orejas, y ese viso de frescura que reverdece la pupila hasta el haz de His como sumergido en una marmita de esencia de ocalito.

                 Se paró junto a mí, pues percibió que había reparado en ella. Me miró de arriba abajo, sobre todo abajo, a los mitílidos de mi pie. Movió la cabeza levemente a un lado y al otro con gesto compasivo y, sin terciar palabra, giró sobre sus hermosísimos tobillos y siguió su camino. Yo le grité que esperara.

—¡Espera! —le grité.

                Furiosa, sin volver la mirada, tendió su esbelta mano atrás, como ofreciéndomela, y apresuró la marcha. Yo le dije:

—¡No puedo seguirte! ¡Espera!

                Me enjugué las legañas y otra vez corrí tras ella, como en aquella película de Motorizado Marx, la del loco del troglodomo en el desierto, y, de pronto, descubrí que de aquellos preciosos dedos suyos colgaba otra figura, parecida a mí, pero con pelo en la cabeza y la sonrisa cosida.

                Caí de rodillas contra el asfalto. Lloriqueé de un modo vergonzante unos instantes y me deshice del zapato que aún me quedaba. El aspecto del calcetín era, a grandes rasgos, similar a su análogo, aunque quizá de un matiz tirando más a ocre que a gris castaña. Decidí despojarme también de ellos y salí huyendo calle arriba.

                Desboqué por callejuelas sin apellido sin fijarme en los tendidos eléctricos, desnudos, y, cuando me di cuenta de que me encontraba practicando la fuga en dirección contraria, crucé el río por el puente de la fusa y agarré en equilibrio el raíl del tranvía, con la nariz apuntando a la colina de Ubú Roi, y los restos de huevo resecos en la culera. Conseguí mantenerme erguido el tiempo suficiente como para poder apreciar, desde una posición privilegiada, la flagrante parábola que trazó mi cuerpo cuando fue a estamparse contra el suelo con tremendo batacazo. Salí entonces despedido, cosa de tres yardas en trayectoria oblicua, esta vez en parábola ascendente, reboté en una señal de STOP, y terminé colándome, no sé cómo, por la boca de una alcantarilla que alguien se dejó un día abierta y que nunca nadie cerró. 

                Desde abajo, desde abajo huele a humo en Estagira. El suelo se ve negro como un oso negro carbonizado y se escucha cómo el tiempo gira sobre sí mismo y, al fondo, se oye un río. Un reguero de dudas y memorias en todas direcciones. Desde abajo lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Furiosa. Y me subí.

                Llegué al Diapasón descalzo y sin duchar. Me aposté en el córner y suspiré longo. Policarpo el fructífero bajo las torres del momento puso ante mí una crátera de cerveza y un cadencioso chorro de Pancrenoir, sin yo solicitarlo.

—Olvida lo que te dije ayer —dijo Poli—; hoy sí que estás hecho un asco.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Y Bubbs, ha llegado ya?
—¿No te has enterado? Le detuvieron en la frontera para ver qué había en su culo.
 —Pues hablando de lombrices, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, hay más peces en el mar!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿tampoco van a venir hoy?
—Ya sabes cómo son los muchachos; les encantan las sorpresas. Creo que podrían aparecer en cualquier —se calló, y yo aproveché para darle un largo tiento a la amarga envilecida y pensar en el tiempo que pasé con Furiosa, cuando por la noche resplandecían tres lunas sin mácula en el cielo, y en el tiempo que pasó desde entonces, y en cómo ahora, con el recuerdo viejo, parece que aquello duró sólo un— momento. Por cierto, ¿Has recuperado el regalo de Bubbs?
—Yarboclos, lo olvidé por completo.
—Estupendo.
—No te vayas a preocupar, mañana por la mañana buscaré a Mo y lo arrancaré de sus dedos muertos.
—Allá tú, entonces. Pero nada de sorpresas.

3.7.16

Veinte mil leguas de todo alrededor.

Un ejército de silencio deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.

Me levanté de una voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y vacío de cuajo.

Si realmente hay algo que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco geográfico sin rumbo ni despedida.

Libis, disfrazado de dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el cuello de la camisa, sin darse cuenta.

Luego de un rato, lo ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin suelo.

—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.

Antes este chaflán no era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de los diarios.

Más tarde los vecinos se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.

Fue a ocupar su lugar un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la giba.

Éste se fue otro día, por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.

Después de la segunda fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.

A continuación, granizó.

Luego las pestes, aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras, el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo de la carismática prefectura lundonita.

La señora Levono disfrutaba de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas moldavas.

La señora Levono ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.

Pero nadie iba a la pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio genital de San Lundo.

Sin embargo, aquella noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.

Sin más remedio, volví a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan panoplias de decoro entre las amígdalas.


Me perdí en la geografía, tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño hombre absurdo que enciende y apaga un farol?


Vasili Kandinski

16.12.15

Mo.

Ayer no, ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

         Circulaba distraído por la A-440 con una mano descansando sobre el volante y la otra escrutando los diales en busca de la emisora apropiada cuando algo impactó contra el parabrisas dejando una deliciosa mancha sanguinolenta con forma de charco y un manojo de plumas desperdigadas alrededor.

         Aceleré la marcha. Lo sentí por el pájaro, pero yo ya poco podría hacer, así que activé los limpias. Tenía prisa por llegar a casa y cortarme las uñas, pues me estaba quedando sin calcetines. Y además estaba todo aquel asunto de la fiesta de bienvenida de Bubbs, en el Diapasón, a la cual ya llegaba tarde hasta para la despedida.

         Dejé el coche en la esquina de Pachydermes con Testudo y enfilé la calle cuesta arriba cargando a mis espaldas el regalo para Bubbs; un pesado paquete cuyo contenido ignoraba. Cosas de los muchachos, les encantan las sorpresas.

         Cuando aún me quedaban unas cuatro cuadras para llegar a mi departamento, a la altura de la rúa Parnaso, me topé con el viejo Mo. Mo era el viejo mimo de mi barrio, tan viejo como el barrio mismo, y mimo desde antes de ser viejo; todo un personaje. Mo llevaba cada lado del rostro pintado de un color: El izquierdo era blanco como un periódico usado, y la fingida sonrisa rosa le llegaba hasta la oreja. El derecho, en cambio, era negro como una ceguera, y en la mejilla lucía un cuarto menguante pintarrajeado en dorado, o tal vez fuera una banana mojada.

         Me paré junto a él, pues me hizo un gesto con su dedo corazón enfundado en un guante blanco, y le pregunté que qué le pasaba.

—¿Qué te pasa, Mo? —le dije.

         Mo se señaló a sí mismo con ambos pulgares y después dirigió su dilatado índice hacia mi cintura, como refiriéndose a mi trasero, y al final se puso a dar patadas al aire con sus babuchas color crema. Yo le dije:

—Así que quieres patearme el trasero, ¿eh?

         Se llevó las manos a la cara como en aquella película de Munch, la del crío solo en casa, y, en un instante, se había encaramado a la farola trepando como un simio y me amenazaba desde lo alto con el puño y haciendo muecas de exabruptos.  

         Caí presa del pánico. Desde luego, eso no me lo esperaba. Dejé el paquete en el suelo y, con las manos temblorosas, me apresuré a sacar unas monedas del bolsillo y las arrojé en su sombrero. Tiré también la cartera y unos cromos que no tenía repetidos y salí huyendo calle abajo.

         Atravesé la praça do Ninho Basura como un salivazo de neutrinos y, al doblar por rúe Flâneur, me crucé con mi casera, maldita, y la esquivé de un quiebro. Galopé por los bordillos como si la acera fuera lava y terminé subido, no sé cómo, a la escalera de incendios de aquel edificio de ladrillo mustio y color de plomo que tan poco nos gusta y que tanto evitamos.

         Desde arriba, desde arriba huele a polvo en Estagira. El cielo se ve blanco como un oso polar albino y los coches no se escuchan, se oye un río. Un torrente de sollozos y quejidos en todas direcciones. Desde arriba lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Mo. Y me bajé.

         Llegué al Diapasón con una suela rota y la cremallera del forro atascada a medio abrigar. Me senté frente a Policarpo el fructífero bajo las torres del momento y solicité un chorrito de bilis negra que empapara la cerveza.

—Se te ve hecho un asco —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Ha llegado Bubbs?
—Perdió el tren, ya sabes, la resaca.
—Eso está bien, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, seguro que se lo merecía!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿No vienen?
—Hasta mañana no creo que aparezca nadie por aquí, no hasta que llegue Bubbs. Tú has ido a recoger el regalo, ¿Verdad?
—Sí, sí, está donde Mo. Me la ha jugado otra vez.
—Estupendo.
—Oye, ¿Tú sabes qué pollas es?
—Ni idea, ya sabes cómo les gustan las sorpresas.

4.10.15

Iguana.

Al salir por la portezuela del rellano cerré los párpados e imaginé que daba vueltas sobre mí mismo y que el fingido hilo que dibujaba el eje sobre el que giraba configuraba el profundo ojo del remolino en que me había transformado. Hice esto para evitar marearme.

Levanté la mirada y ya nada estaba del derecho. Por ejemplo, la calle Lampo debería estar a mi izquierda y sin embargo se encontraba justo debajo de mí. Algo parecido ocurría con la pajarería de la señora Levono, que acostumbraba a ocupar el local del chaflán de rúa Testudo con Pachydermes, dos cuadras a mano derecha, y esta vez se había instalado junto a mí, justo a tres palmos de la manga de mi chaqueta.

Pasé, al menos, un buen rato sin moverme del sitio. Meciéndome acompasadamente con el respirar de los adoquines. En cada bar exquisito se bebía vino joven y las farolas lucían ramos de flores amarillas cada doce pasos, más o menos. De las alcantarillas pude apreciar que emanaban todas las meteduras de pata de la semana pasada, según qué edificios anduvieran cerca.

Algo llamó mi atención por un flanco y, al volverme, lo demás se vino conmigo y tuve que estirar bien la espalda para que no me molestara tanto peso. Cargué con todo, lo viejo, lo nuevo y también esos enchufes resfriados que se visten con el polvo y que tosen esputos eléctricos cuando se les hace cosquillas con alguna clavija bien afilada. No por nada, más bien por si acaso algún día los necesito.

Deambulé por las orillas de cemento desoyendo las fachadas y procurando escuchar algo en cada pieza, como quien juega con la rueda de una radio y se desplaza resbalando entre diales sin saber qué día es ni si tras la persiana se esconde una luna, una persona, o si se trata tan sólo de una piedra perdida en el firmamento o tal vez un níscalo pisoteado en el asfalto.

Se oye un ruido blanco que envejece y se hace gris, se enmudece, se asesina; hay una vieja canción que entorna sus brillantes pupilas al verme así, tan sentado y con los pies colgando de una página, y acaricia en silencio mi contorno, que se embelesa acurrucado.

No logro recordar esa palabra, esa que es blanda como un trozo de domingo un octubre por la tarde. No consigo acordarme de aquel verbo, aquel verbo cálido que nos esculpía arrugas de alegría en cada poro. He olvidado esta sílaba, y la otra, y se me aprietan los labios bajo los dientes con las cortinas echadas y la tetera rebosando, vacía.

Y yo que quería escribir sobre los cordones de unos zapatos.

Trepé erguido por la calzada y pateé una lata vieja que se cruzó a mi paso. Busqué respuestas y no hallé más que mentiras. Indagué para ver si encontraba, al menos, alguna pregunta y me vi solo y con la duda, atiborrado de pragmatismo y jarabe de eucalipto para la tos.

Al final supe deslizarme como un lagarto por los canalones y ya se sabe: desde arriba se ve todo como subido a algo. Y todo es más pequeño pero uno no es necesariamente más grande. Y a todo se le adivina la incipiente calva en la coronilla desde esta perspectiva. Y con la lengua silbando entre unos dientes de reptil uno no oye verdaderamente lo que se dice por ahí, sino que palpa las atmósferas y se escabulle cuando es lo más útil.

Así pues, me deshice. Aparté las escamas que me sobraban y las dejé bajo el escaño de la cocina, junto a las macetas secas y las bombillas derretidas. Apuré un último aliento, magullado, y cubrí de cenefas las bisagras de mis sienes. Hay que ser más líquido, tener algo de vapor —leí escrito en cada quicio—, un tanto menos de carne y, sin duda, menos de superficie.
 
Lynnette Shelley

4.9.15

Tokio.

Aquella noche salí con las prisas y los cordones sin atar. No hay tiempo, me decía el reloj, no vas a llegar. Las luces y los escaparates corrían a mi alrededor y en dirección contraria, y el perenne bullicio de la ciudad vibraba a cada paso entre restaurantes de fideos y carteles luminosos y parpadeos y ojos rasgados.

Doblé una esquina y me encontré con otra, zigzagueé, esquivé carritos de pescado, crucé la calle, chilló un claxon, cantó una sirena, calló el tráfico con la luz roja al otro lado y me encontré otra vez perdido en este desorden urbano tan cuadriculado.

Pausa.

—Perdone —le dije a un nativo de rostro serio y trajeado—, ¿Sabe usted dónde está eso que ando yo buscando?

 Me hizo, al menos, tres reverencias, y se fue saludándome con la mano, diciendo algo así como que no hablaba mi extraña lengua, o que tenía más prisa que yo, o que no sabía nada de nada y se limitaba a disimular bien vestido como yéndose al trabajo.

Miré al cielo y era púrpura. Había dejado de llover esa misma tarde y desde entonces las aceras sólo lloraban por debajo de los charcos. Vi mi reflejo en uno y me reconocí, pero no era mío, era del charco. Hacía frío, como un viento mentolado, y entonces caí en que no sabía ni volver, que ya ni era tarde ni pronto, que la hora se había pasado.

Tiempo.

El tiempo se detuvo. Fue apenas un segundo, pero yo lo percibí; un instante helado en el que las cebras caminaron por sus pasos y las cuerdas de los cometas allá arriba oscilaron conformando un acorde suave y curvo como el contorno de una guitarra. El silencio se hizo sólido entonces, pero, como ya dije, no fue más que un soplo.

Cuando todo regresó a su normalidad aparente yo seguía en mi lugar, estupefacto. Nadie parecía darse cuenta de todo lo que giraba alrededor y continuaban con sus andares  sin moverse del sitio y ahora la luz verde, continúe, ya me aparto.

Finalmente, di con el camino de regreso y llegué a mi pieza bien cansado. Aboclé mis pies impregnados de la humedecida pelusa de calcetín y me quedé observando el indeciso palpitar del filamento en su bombilla. Ahora me enciendo, ahora me apago. Y entre tanto ese murmullo me arrulló, me alejó, me llevó a otro lado.

Dan Kitchener

17.12.13

Trilogía de La Rueda —1.

Silbando por un camino mi silbido se confundía con el aleteo de las palomas y los cañones en el viento. Recordé los largos cabellos que daban vueltas fluyendo por su pecho. Caminando pensé en cada montaña y en cada mar mientras seguía silbando. A menudo los recuerdos que comparto con ella me parecen de una época muy lejana, de otra vida libre, de cuando éramos personas. Y ahora ya no sé qué soy. Pero siempre giramos nuestras cabezas y nos retorcemos los pescuezos para ver justamente lo que no se puede ver. Y yo miro al cielo.

Caminando y viajando llegué sin darme cuenta a la Feria del País del Norte, donde las tormentas de nieve congelan el río y entonces el verano se acaba y te tienes que volver a volver a poner el abrigo. Recuerdo a la chica que vivía ahí, y a veces pienso en ella como la que tal vez fue mi verdadero amor; pero está la tormenta de nieve y este viento helado, y casi que prefiero abrigarme un rato.

Seguí caminando y después también, con una maleta en la mano llena de yo-qué-sé y la echo de menos. No sé si es que el mundo gira a cada paso que doy, pero ella siempre está lejos, por la Tierra. Y las calles vacías por la noche van a hacer que me maten. Caminé y silbé, siempre lejos y apostando, tal vez demasiado, pues ya no tengo nada que decir; tal vez esté en problemas, pero, por favor, no me quites mis zapatos de autopista con los que camino mientras silbo; creo que me dan algo de suerte y quisiera gastar suela intentándolo. Acordamos vernos en medio del Océano una vez dejáramos atrás estas viejas y polvorientas carreteras, pero me temo que hasta el mismo Océano quiera llevársela algún día y con ella mi corazón en una maleta.

Sin embargo, sigo caminando y silbando con mis zapatos de autopista por una solitaria llanura como un tonto. Ofrecen por ahí mujeres de quince centavos con nada en la cabeza, pero creo que tengo en algún sitio una chica de verdad que de verdad me encanta. Ofrecen coches deportivos también, pero yo puedo dar una vuelta por el barrio en cualquier momento y no quiero nada de eso. Caminando y silbando el viento sigue soplando en la calle y yo llevo el sombrero en la mano y mis zapatos de autopista en los pies, por si me acuerdo de ella y tropiezo, no me haga mucho daño. 

20.4.13

Capítulo XXII (Parte IV).


         Solventé quedarme un rato más en la cama, y de veras disfruté aquellos escasos minutos estirados por la parsimonia del sueño leve al tiempo que el sol me acariciaba la frente de cuajo y el viento que se filtraba por las ventanas averiadas rozaba mi desordenada cabellera desplumada otra vez por el cogote, pero no tardé en desperezarme del todo y ponerme algo de ropa seca para salir a desayunar algo antes de presentarme en el Teatro Mágico para mi primer día de trabajo.

         Las calles parecían todas distintas, como desordenadas, pero todo seguía en el mismo sitio. Lo achaqué a imaginaciones mías a causa de mi sueño, y seguí paseando mientras silbaba como una alondra o un jilguero o algo así.

         Después de revolotear a través de unas cuantas manzanas, di con una pequeña cafetería, el Café Telepático, donde ofrecían un menú de “tortitas de tus cosas favoritas” por solo tres dracmas, y como siempre he sido una persona muy sensible a la publicidad y me encantan mis cosas favoritas, decidí desayunar ahí.

         Me acomodé en un taburete alto frente a la barra y, después de dar los buenos días, pedí la carta de tortitas al joven con constelaciones de acné que era el camarero.

         —Aquí tiene —dijo, y sacó de debajo del mostrador un enorme volumen que era una auténtica enciclopedia de comidas y sabores. Desde el aceite hasta el zumo de cualquier fruta, pasando por los macarrones y el tocino. Toda clase de platos y postres y mermeladas. Había hasta tortitas solas.
         —¿Quién demonios pedirá las tortitas solas? —musité, y me decanté por las tortitas de puerros con bechamel, que no es que fueran mis cosas favoritas, pero sin duda gustaban a mi apetito.

         Me llené bien el buche y descansé mientras revisaba el Eco de Estagira en busca de alguna noticia referente al catastrófico tornado de la noche anterior, pero no había más que malas noticias y un crucigrama que resolví en apenas un minuto, aunque con palabras improvisadas como jumdirilla o habbacri, si te inventas las palabras es más fácil.

         Tan pronto como lo terminé, pagué la cuenta y salí de nuevo a la calle en dirección al Teatro Mágico. Salté por las aceras como jugando a la rayuela imaginaria o salvando combas invisibles y en un santiamén llegué al teatro. Pero no fue el Teatro Mágico lo que encontré. En su lugar estaba un edificio rojo con forma de boca de incendios: era el parque de bomberos.

          Atravesé el umbral de la entrada y no vi más que a unos cuantos tipos ataviados con chubasqueros ignífugos y cascos fosforescentes y algunos también con hachas jugando al parchís y a las damas y a la gallinita ciega… a muchas cosas, pero ninguno con fuego. Uno de ellos se me acercó al verme entrar.

         —¿Ha habido algún incendio? —preguntó con una voz infantil.
         —No —respondí, contrariado— Esto… no, yo buscaba el Teatro Mágico.
         —¿El Teatro Mágico?
         —Sí. Ayer estaba aquí.
         —¿Estaba aquí?
         —¡Sí! Ayer vine aquí y… —empecé a decir, nervioso— hubo un tornado, y los edificios salieron volando y… una vaca… y parecía un sueño.
         —¿Un tornado? —volvió a preguntar— Aquí sólo nos ocupamos de los incendios y de los gatos que se quedan atrapados en los árboles.
         —Está bien —contesté, vencido al descalabro.

         Eché un último vistazo a la divertida yincana que los bomberos habían organizado y me fui, decepcionado como unos olvidados cordones de zapatos por estrenar, aún en su caja.
         —¿Y dónde demonios estará ahora el Teatro Mágico? —pensé, pues me negaba a aceptar que hubiera sido fruto de mi imaginación o de un sueño considerablemente vívido. Aquel sitio existía, estaba seguro.

         Caminé sin rumbo a través de las tímidas horas que apenas se dejaban notar, reviviendo los acontecimientos de la mañana anterior, cavilando, rumiando cada minúsculo detalle para determinar si yo, despistado de mí, me habría confundido de calle o si aquel fantástico lugar con su inconmensurable estantería llena de cachivaches de veras se había desplazado de su ubicación como consecuencia del tornado o si tal vez lo soñaría todo como me temía.

         No tenía nada que hacer más que pasear, así que, como el personaje de toda película que aparece al final de la segunda bobina para salvar el día, decidí dedicarme a encontrar el Teatro Mágico, pues cuando pierdes cualquier cosa no hay mayor menester que encontrarla. 

16.4.12

Lluvia y mirar por la ventana.


Llovía purga y catarsis, la fina lluvia de Bohemia en las tardes de café y mirar por la ventana mientras el suave vapor calentaba su rostro oculto en sombra de ojos y la vista perdida. El inquieto latido profetizaba la llegada inesperada de viejos abrigos empapados por las lágrimas de la añoranza amnésica.

La clara luz de la estación cercana empañaba el blanco alicatado de los servicios. Llovía en amor viejo y enfermo y resignado. Y cargó con su raída maleta de cartón, esa que tenía una pegatina del lado oscuro de la luna y el prisma que fracciona el haz de luz en un geométrico arcoíris, la que le acompañaría por los charcos de las calles aún pasadas estas páginas.

El interfono graznó vehemente, y sus dedos se estremecieron contra la taza humeante.

-Ho… hola.
-Pasa anda, estas empapado.

*Continúa en el siguiente vídeo:



Tengo un pequeño libro negro con mis poemas escritos. Tengo una bolsa con un cepillo de dientes y un peine dentro. Cuando soy un buen perro, algunas veces, me echan un hueso dentro. Tengo gomas elásticas sujetándome los zapatos. Tengo tristeza por esas manos hinchadas. Tengo trece canales de mierda para escoger en el televisor. Tengo luz eléctrica. Tengo sorprendentes poderes de observación y así es cómo sé, cuando trato de contactar contigo por teléfono, que no habrá nadie en casa. Tengo la obligación permanente de Hendrix y el inevitable ojo de aguja arde delante de mi camisa de satén favorita. Tengo manchas de nicotina en mis dedos. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un soberbio piano para colocar mis restos mortales. Tengo salvajes ojos penetrantes. Tengo un fuerte deseo de volar, pero no tengo a dónde volar. Ooooh pequeña, cuando cojo el teléfono sigue sin haber nadie en casa. Tengo un par de botas Gohills y tengo mis raices marchitas.
Roger Waters.

16.4.11

Juventud sin Futuro.

(...) Nos pasamos las horas tumbados, perplejos, en los parques, rodeados de flores de casta inferior. Fíu (solemos pensar), qué despacio va la vida. Yo llegué a la primera madurez en los años sesenta, aquella época rebosante de oportunidades en la que todo parecía estar esperándonos. Ahora los chicos van saliendo de la escuela para..., ¿para qué? Para hundirse en la nada, para estar jodidos. Los jóvenes (se les nota en la cara), los sin esperanza de felpudo pterodáctilo, los fracasados de cresta de loro, han encontrado la respuesta apropiada para esta situación, a saber: nada. Que quiere decir: nada, todo está jodido. La cola del paro empieza a la salida del patio de la escuela. Sus habitaciones de niños han sido los disturbios callejeros; Londres ha sido su gimnasio en plena selva. Otros se han llevado la vida consigo. El dinero está tan cerca que casi puedes tocarlos, pero se encuentra todo en el otro lado: lo único que puedes hacer es pegar la cara al cristal. En mi época podías, si así lo deseabas, abandonar, dejarlo todo. Ahora ya no hay quien abandone. Ya se ha encargado el dinero de evitarlo. No hay adónde ir. No hay quien se esconda del dinero. Ya no puedes decidir: voy a esconderme bien lejos del dinero. Por eso, a veces, cuando la noche es calurosa, rompen y roban cuanto pueden.
Martin Amis (Dinero)

18.5.10

¿Qué haces?

Ahora que lo pienso, sería difícil con todo lo escrito aquí saber quién soy, a qué me dedico y cosas así... no creo que sea hoy el día de presentarme.

Además, ¿qué más da? ¿a quién le importa?

Duermo poco, podría comer mejor, estudiar algo (más), terminar de leer ese libro, seguir el capítulo cuatro del que se supone que intento escribir, hacer que Bill Reed discuta consigo mismo... y bajar la persiana para no ver el sol que me dice que salga a la calle y deje las hojas de apuntes en la carpeta.

Se pasó tan rápido... y en verdad aún no he empezado.

24.10.09

Raro.

Estamos tan acostumbrados a ver borrachos vomitando en plena calle que ya no nos sorprende. Tampoco ver a alguien meando. En cambio ver a alguien cagando... espero ver el día en que un tipo cualquiera cague en la calle impunemente mientras la gente que pasa no le da importancia. Aunque de momento no seré yo ese tipo, sigo siendo demasiado tímido. Demasiado, demasiado.