deriva no es paseo. concepto. es una deriva. definida por. definida para. en francés. significa. guy debord. técnica de tránsito. situacionista. fugaz. a través de. en francés. dérive. caminar. vagar. dirección no. entramado urbano. rumbo no. atmósferas. destino no. romper estructuras. deriva no es paseo. pensamientos porosos. quiero decir brillantes. quiero decir receptivas. quiero decir inquietas. desgastadas no. desgastadas las suelas. adoquines. dobla la esquina. cemento. paso de cebra. mierda de perro. deambular con las orejas. deambular con las narices. media vuelta. deambular con las orejas. deriva no es paseo. deambular con los ojos. parpadeo. los ojos. pasan. cambian. los ojos. las páginas. deriva no es paseo.
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17.4.20
22.5.17
Jo.
Ayer
no, ayer, ocurrió una cosa.
Estaba
sentado en un butacón de orejas clavadito al mío, más o menos a las 4:40 a. m.,
jugando un solitario con los arcanos medianos desperdigados por mi regazo
mientras esperaba a que Henri Sauvage volviera con el revólver que me había
prometido. Aparte del butacón de orejas y un Porcelana de porcelana a tamaño
real, en aquella pieza no había más que una vieja tostadora eléctrica y un
montón de Kippel por todas partes. Probé a enchufarla, para comprobar que
funcionara, y, al poner en contacto la clavija con el tomacorriente, la
tostadora explotó en una nube de esquirlas de baquelita con forma de hongo que
me dejó totalmente ileso y, afuera, por la ventana, se oyó un graznido
estertóreo y carbonizado seguido del inconfundible aroma de una buena araucana
a la parrilla.
Me
atusé las cejas. Lo sentí por el pájaro, pero no es culpa mía que decidiera
apostarse precisamente en ese cable, teniendo todo el cielo para volar, así que
agarré mis naipes y me largué de allí. Decidí ahorrarme el revólver y el escándalo
y apostar sobre seguro. En casa tenía un espejo de mano semiautomático que sería
más que suficiente para neutralizar a Mo y recuperar el regalo de Bubbs.
Cualquiera sabe que el punto flaco de todo mimo es enfrentarle a su propio
reflejo, vamos, lo saben hasta los paramecios. Además, estaba todo aquel asunto
de la jerarquía de necesidades, la pagoda de Brian, cuya base son las sandalias,
y según la cual me encontraba soterrado hasta la sien, así descalzo y
desarmado.
Abandoné
el distrito Taraij bajando las escaleras de Lechariot, siete escalones, nada
menos, y a cada cual más irregular que el anterior; y seguido me llegué a la
plazuela del torcamús, cuya fuente central —y esto no lo sabe casi nadie— está
ornamentada con auténticas turquesas turcas de la Anatolia occipital; pero
estuve sólo de pasada porque mi casa queda un poco más para allá.
Según alcancé las
orillas de la calle Lampo, sin reparar siquiera en que la moneda terráquea está
constantemente dando vueltas sobre sí misma en el sempiterno cara o cruz patacósmico,
sin que nosotros, pobres ingrávidos, apreciemos de algún modo esta apuesta, y limitándonos,
someramente, a pulular por ella como una suerte de enjambre diminuto; pues
bien, sin tener en cuenta esto último, en la calle Lampo me encontré con Bubbs.
Bubbs llevaba años exiliado en las medianas Antillas moldavas por un tema de
fuegodoro de estraperlo, eso y una antología de atentados por enaltecimiento de
la depravación, unos cuantos capítulos de desorden del orden público, y otros
tantos de orden del desorden, que, al parecer, también es público. No veía a
Bubbs desde antes de la guerra, y éramos unos críos, como quien dice. El tiempo
le cambia a uno, desde luego, y, bueno, así visto, con los dos ojos vagos, y
desde lejos, tampoco estoy muy seguro del todo de si realmente se trataba de
Bubbs, pero me lo dijo ese cuarto sentido que tenemos las personas de sinapsis dispersa
y que acierta tres de cada siete veces en el mejor de los casos.
Corrí
a su encuentro, pues él tampoco me había reconocido y no iba a ponerse a correr
hacia a mí. Y, cuanto más me acercaba, menos se me parecía aquel tipo a la
imagen que me había hecho de cómo sería Bubbs al cabo de todo este tiempo. El
hombrecillo se me quedó mirando como quien es confundido por otro y yo le dije
que él no era Bubbs.
—¡Oye
tú, tú no eres Bubbs! —le dije.
Entonces,
el quídam, que definitivamente no era Bubbs, ni sabía de quién yarboclos le
estaba hablando, me enseñó las palmas de sus manos, sin estigma alguno, y se
fue calle abajo sin despedirse. Yo le dije:
—¡Oye
tú, cuidado!
Una
tanqueta de militsos, salida de la nada, siguió a un terrible estruendo de
motor y, por un momento, la instantánea me recordó a aquella película
zonguonesa, la de la cabalgata de Tiananmén, pero con un final alternativo en
el que el pusilánime es despedazado por los eslabones del dispositivo de
tracción Lombard del carro blindado de la milicienta.
Me
arrojé a un lado de la calle ejercitando un bonito brinco torcaz, del todo
improvisado, con el que salí de la trayectoria de la apisonadora portátil y fui
a caer en un charco de ayer no, al otro, que resultó estar seco; y, salvo por
las uñas de los pies, que me rompí todas, por lo demás, salí de nuevo incólume
y hui despavorido.
Desfilé
por Pachydermes como a quien se le quema el klebo en la tostadora eléctrica y,
al torcer a la derecha por la calle del San Adolfo, me topé con el verdadero
Bubbs, el legítimo, o al menos su cadáver hecho trizas de igual manera que su
falso análogo; a orugas del solitario
convoy de la muerte —que se llevó por delante a nueve personas y tres
marquesinas, para posteriormente dejar docena y media de cuerpos desmembrados
repartidos por las calles Lampo, Testudo y Mijlhaus, en la madrugada del cuatro
de mierdra del pasado año, víspera de los festejos de San Crodeculo—, reculé espantado
como caminando por una luna con superficie de alabastro y, para cuando completé
la media vuelta reglamentaria sobre mis talones en el tercer compás, fui a darme
de bruces con el viejo Henri Sauvage empuñando un revólver y, claro, me llevé
tal susto que reemprendí la fuga por la diagonal, al margen de toda
coreografía, y atravesé balaustradas y cordones, catenarias y acequias, sorteé
conos y bastones, y terminé metido, no sé cómo, en esa catatonia umami que se nos
ocurre a veces y que nos mata de la risa cuando conseguimos olvidarnos de ella.
Desde
dentro, desde dentro huele a ceniza en Estagira. Los muros se ven grises como
un oso pardo en un daguerrotipo y no se oye ningún río, se oye un río. Un caudal
continuo de asuntos pendientes y promesas en todas direcciones. Todo es
importante, luego, nada lo es. Desde dentro lo sentí así y sentí alivio. Y
olvidé a Bubbs. Y me salí.
Llegue
al Diapasón tarareando el Réquiem de Tannhäuser con una sonrisa andrógina.
Guiñé un ojo a Policarpo bajo las torres del momento y él, cómplice del
dialecto de signos lundonita, hizo aparecer un pequeño vaso pulverulento y una
botella de fuegodoro del Auriga y dejó todo a mi merced.
—Se te
ve bien —dijo Poli.
—Yo qué
sé —mascullé—. Acabo de encontrarme con Bubbs hecho pedazos.
—Mal
que bien, el tiempo le cambia a uno.
—Eso y
una Tipo 97 Te-Ke de cinco toneladas. Yo hoy maté un pájaro.
—¡Bah,
alguien tenía que empezar a hacer algo!
—¿Y
éstos? Quiero decir, ¿es que no van a venir nunca?
—¿A
estas horas? Además, supongo que hoy irán a la despedida de Mo; ayer lo
encontraron hinchado y muerto, flotando en el Muil. Por cierto, tú no tendrás
nada que ver, ¿verdad?
—¿Yo?
¡Yarboclos, no! Es decir… tenía intención de asustarlo un poco, tal vez herirlo
de gravedad, liquidarlo, acabar con su muda tiranía de una vez por todas… pero
de ahí a ubivarlo… —rellené el vaso y lo vacié en mi gorlo de un bocado.
—Estupendo.
—Imagino
que, después de todo, ya no tiene importancia alguna, pero me pregunto qué
habrá sido del regalo de Bubbs y qué demonios contenía.
—Lo
mismo me da. Odio las sorpresas.
22.4.17
Do.
Ayer
no, al otro, ocurrió una cosa.
Amanecí en un banco del parque Rodol, pasado
el mediodía. Rezumando los síntomas de la cruda veisalgia por la boca del
estómago hasta el filo de las uñas. Por lo que alcanzaba a recordar, las
vestales habían olvidado mi rostro y mi nombre al tercer chorrito de atrabilis,
y, a partir de ahí, se puso la atmósfera en negro y, entre medias, perdí un
zapato. Un chasquido líquido y ovalado sucedió bajo mi trasero cuando fui a
incorporarme, dejándome los pantalones impregnados de albumina y un antiestético
pringue de feto de pichón.
Bostecé.
Lo sentí por el pájaro, pero en el fondo pensé que le había ahorrado una vida
de amarguras y polución, así que me aboclé los trozos de cáscara del trasero y
me largué de allí. Enfilé el camino a casa hecho un guiñapo y con el paso
cruzado. Unas garras beige verdoso asomaban por el desgarrón de mi calcetín
desamparado y me hedía el aliento a mierda. Francamente, necesitaba una ducha.
Además, estaba todo aquel asunto de la consunción del dipsomaníaco deshumedecido
cuando se mezcla con una categórica urgencia por cagar.
Tomé
rúe Flâneur para despejarme con la brisa estancada del río y dejé atrás el Sol
Naciente con apurados andares y un nudo forzado y tirante en la punta del
orificio; justo como aquel que anda transfigurándose de caracol a babosa sin
cuestionarse el calendario, una entelequia.
No
había llegado a cruzar la línea imaginaria que delimita las fronteras de mi
barrio cuando, sin advertencia previa, fui a tropezarme con Imperator Furiosa. Furiosa
era una antigua novia que tuve, mi orbe, mi vía lechosa; pero ya pasaron muchos
ayeres desde aquel pretérito, y ya ni hablamos, ni nos olemos. Furiosa lucía un
iris pardo y el otro gris, y la melena ensortijada deslizándose por las
clavículas. Aún conservaba, después de todo, la candidez primigenia en los
lóbulos de las orejas, y ese viso de frescura que reverdece la pupila hasta el
haz de His como sumergido en una marmita de esencia de ocalito.
Se paró junto a mí, pues percibió que había
reparado en ella. Me miró de arriba abajo, sobre todo abajo, a los mitílidos de
mi pie. Movió la cabeza levemente a un lado y al otro con gesto compasivo y,
sin terciar palabra, giró sobre sus hermosísimos tobillos y siguió su camino.
Yo le grité que esperara.
—¡Espera!
—le grité.
Furiosa,
sin volver la mirada, tendió su esbelta mano atrás, como ofreciéndomela, y
apresuró la marcha. Yo le dije:
—¡No
puedo seguirte! ¡Espera!
Me
enjugué las legañas y otra vez corrí tras ella, como en aquella película de
Motorizado Marx, la del loco del troglodomo en el desierto, y, de pronto,
descubrí que de aquellos preciosos dedos suyos colgaba otra figura, parecida a
mí, pero con pelo en la cabeza y la sonrisa cosida.
Caí
de rodillas contra el asfalto. Lloriqueé de un modo vergonzante unos instantes
y me deshice del zapato que aún me quedaba. El aspecto del calcetín era, a
grandes rasgos, similar a su análogo, aunque quizá de un matiz tirando más a
ocre que a gris castaña. Decidí despojarme también de ellos y salí huyendo
calle arriba.
Desboqué
por callejuelas sin apellido sin fijarme en los tendidos eléctricos, desnudos,
y, cuando me di cuenta de que me encontraba practicando la fuga en dirección
contraria, crucé el río por el puente de la fusa y agarré en equilibrio el raíl
del tranvía, con la nariz apuntando a la colina de Ubú Roi, y los restos de
huevo resecos en la culera. Conseguí mantenerme erguido el tiempo suficiente
como para poder apreciar, desde una posición privilegiada, la flagrante
parábola que trazó mi cuerpo cuando fue a estamparse contra el suelo con
tremendo batacazo. Salí entonces despedido, cosa de tres yardas en trayectoria
oblicua, esta vez en parábola ascendente, reboté en una señal de STOP, y
terminé colándome, no sé cómo, por la boca de una alcantarilla que alguien se
dejó un día abierta y que nunca nadie cerró.
Desde
abajo, desde abajo huele a humo en Estagira. El suelo se ve negro como un oso
negro carbonizado y se escucha cómo el tiempo gira sobre sí mismo y, al fondo,
se oye un río. Un reguero de dudas y memorias en todas direcciones. Desde abajo
lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Furiosa. Y me subí.
Llegué
al Diapasón descalzo y sin duchar. Me aposté en el córner y suspiré longo.
Policarpo el fructífero bajo las torres del momento puso ante mí una crátera de
cerveza y un cadencioso chorro de Pancrenoir, sin yo solicitarlo.
—Olvida
lo que te dije ayer —dijo Poli—; hoy sí que estás hecho un asco.
—Yo
qué sé —mascullé—. ¿Y Bubbs, ha llegado ya?
—¿No
te has enterado? Le detuvieron en la frontera para ver qué había en su culo.
—Pues
hablando de lombrices, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah,
hay más peces en el mar!
—¿Y
éstos? Quiero decir, ¿tampoco van a venir hoy?
—Ya
sabes cómo son los muchachos; les encantan las sorpresas. Creo que podrían
aparecer en cualquier —se calló, y yo aproveché para darle un largo tiento a la
amarga envilecida y pensar en el tiempo que pasé con Furiosa, cuando por la
noche resplandecían tres lunas sin mácula en el cielo, y en el tiempo que pasó
desde entonces, y en cómo ahora, con el recuerdo viejo, parece que aquello duró
sólo un— momento. Por cierto, ¿Has recuperado el regalo de Bubbs?
—Yarboclos,
lo olvidé por completo.
—Estupendo.
—No
te vayas a preocupar, mañana por la mañana buscaré a Mo y lo arrancaré de sus dedos
muertos.
—Allá
tú, entonces. Pero nada de sorpresas.
3.7.16
Veinte mil leguas de todo alrededor.
Un ejército de silencio
deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas
humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la
consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.
Me levanté de una
voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata
de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y
vacío de cuajo.
Si realmente hay algo
que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el
mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para
evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco
geográfico sin rumbo ni despedida.
Libis, disfrazado de
dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el
cuello de la camisa, sin darse cuenta.
Luego de un rato, lo
ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin
suelo.
—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.
Antes este chaflán no
era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a
meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de
Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a
doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de
los diarios.
Más tarde los vecinos
se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.
Fue a ocupar su lugar
un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de
latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos
sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la
giba.
Éste se fue otro día,
por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como
a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.
Después de la segunda
fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de
Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas
encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.
A continuación,
granizó.
Luego las pestes,
aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga
de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras,
el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo
con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo
de la carismática prefectura lundonita.
La señora Levono disfrutaba
de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que
sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en
sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas
moldavas.
La señora Levono
ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas
hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se
dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis
pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de
pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen
también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al
menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y
todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.
Pero nadie iba a la
pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni
siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de
barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy
visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro
sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la
parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en
la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de
explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio
genital de San Lundo.
Sin embargo, aquella
noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos
con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un
charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la
acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se
me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más
que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un
fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.
Sin más remedio, volví
a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando
por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el
eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan
panoplias de decoro entre las amígdalas.
Me perdí en la geografía,
tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil
leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño
hombre absurdo que enciende y apaga un farol?
![]() |
| Vasili Kandinski |
16.12.15
Mo.
Ayer no, ayer no, al otro, ocurrió una cosa.
Circulaba
distraído por la A-440 con una mano descansando sobre el volante y la otra
escrutando los diales en busca de la emisora apropiada cuando algo impactó
contra el parabrisas dejando una deliciosa mancha sanguinolenta con forma de
charco y un manojo de plumas desperdigadas alrededor.
Aceleré la marcha.
Lo sentí por el pájaro, pero yo ya poco podría hacer, así que activé los
limpias. Tenía prisa por llegar a casa y cortarme las uñas, pues me estaba
quedando sin calcetines. Y además estaba todo aquel asunto de la fiesta de
bienvenida de Bubbs, en el Diapasón, a la cual ya llegaba tarde hasta para la
despedida.
Dejé el coche
en la esquina de Pachydermes con Testudo y enfilé la calle cuesta arriba
cargando a mis espaldas el regalo para Bubbs; un pesado paquete cuyo contenido
ignoraba. Cosas de los muchachos, les encantan las sorpresas.
Cuando aún me
quedaban unas cuatro cuadras para llegar a mi departamento, a la altura de la
rúa Parnaso, me topé con el viejo Mo. Mo era el viejo mimo de mi barrio, tan
viejo como el barrio mismo, y mimo desde antes de ser viejo; todo un personaje.
Mo llevaba cada lado del rostro pintado de un color: El izquierdo era blanco
como un periódico usado, y la fingida sonrisa rosa le llegaba hasta la oreja.
El derecho, en cambio, era negro como una ceguera, y en la mejilla lucía un
cuarto menguante pintarrajeado en dorado, o tal vez fuera una banana mojada.
Me paré junto
a él, pues me hizo un gesto con su dedo corazón enfundado en un guante blanco,
y le pregunté que qué le pasaba.
—¿Qué te pasa, Mo? —le dije.
Mo se señaló a
sí mismo con ambos pulgares y después dirigió su dilatado índice hacia mi cintura,
como refiriéndose a mi trasero, y al final se puso a dar patadas al aire con
sus babuchas color crema. Yo le dije:
—Así que quieres patearme el trasero, ¿eh?
Se llevó las
manos a la cara como en aquella película de Munch, la del crío solo en casa, y,
en un instante, se había encaramado a la farola trepando como un simio y me
amenazaba desde lo alto con el puño y haciendo muecas de exabruptos.
Caí presa del
pánico. Desde luego, eso no me lo esperaba. Dejé el paquete en el suelo y, con
las manos temblorosas, me apresuré a sacar unas monedas del bolsillo y las
arrojé en su sombrero. Tiré también la cartera y unos cromos que no tenía
repetidos y salí huyendo calle abajo.
Atravesé la
praça do Ninho Basura como un salivazo de neutrinos y, al doblar por rúe
Flâneur, me crucé con mi casera, maldita, y la esquivé de un quiebro. Galopé
por los bordillos como si la acera fuera lava y terminé subido, no sé cómo, a
la escalera de incendios de aquel edificio de ladrillo mustio y color de plomo
que tan poco nos gusta y que tanto evitamos.
Desde arriba,
desde arriba huele a polvo en Estagira. El cielo se ve blanco como un oso polar
albino y los coches no se escuchan, se oye un río. Un torrente de sollozos y
quejidos en todas direcciones. Desde arriba lo sentí así y sentí pena. Y olvidé
a Mo. Y me bajé.
Llegué al
Diapasón con una suela rota y la cremallera del forro atascada a medio abrigar.
Me senté frente a Policarpo el fructífero bajo las torres del momento y
solicité un chorrito de bilis negra que empapara la cerveza.
—Se te ve hecho un asco —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Ha llegado Bubbs?
—Perdió el tren, ya sabes, la resaca.
—Eso está bien, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, seguro que se lo merecía!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿No vienen?
—Hasta mañana no creo que aparezca nadie por aquí, no hasta
que llegue Bubbs. Tú has ido a recoger el regalo, ¿Verdad?
—Sí, sí, está donde Mo. Me la ha jugado otra vez.
—Estupendo.
—Oye, ¿Tú sabes qué pollas es?
—Ni idea, ya sabes cómo les gustan las sorpresas.
4.10.15
Iguana.
Al salir por la portezuela del rellano cerré los párpados e
imaginé que daba vueltas sobre mí mismo y que el fingido hilo que dibujaba el
eje sobre el que giraba configuraba el profundo ojo del remolino en que me
había transformado. Hice esto para evitar marearme.
Levanté la mirada y ya nada estaba del derecho. Por ejemplo,
la calle Lampo debería estar a mi izquierda y sin embargo se encontraba justo
debajo de mí. Algo parecido ocurría con la pajarería de la señora Levono, que
acostumbraba a ocupar el local del chaflán de rúa Testudo con Pachydermes, dos
cuadras a mano derecha, y esta vez se había instalado junto a mí, justo a tres
palmos de la manga de mi chaqueta.
Pasé, al menos, un buen rato sin moverme del sitio.
Meciéndome acompasadamente con el respirar de los adoquines. En cada bar
exquisito se bebía vino joven y las farolas lucían ramos de flores amarillas
cada doce pasos, más o menos. De las alcantarillas pude apreciar que emanaban
todas las meteduras de pata de la semana pasada, según qué edificios anduvieran
cerca.
Algo llamó mi atención por un flanco y, al volverme, lo
demás se vino conmigo y tuve que estirar bien la espalda para que no me
molestara tanto peso. Cargué con todo, lo viejo, lo nuevo y también esos
enchufes resfriados que se visten con el polvo y que tosen esputos eléctricos
cuando se les hace cosquillas con alguna clavija bien afilada. No por nada, más
bien por si acaso algún día los necesito.
Deambulé por las orillas de cemento desoyendo las fachadas y
procurando escuchar algo en cada pieza, como quien juega con la rueda de una
radio y se desplaza resbalando entre diales sin saber qué día es ni si tras la
persiana se esconde una luna, una persona, o si se trata tan sólo de una piedra
perdida en el firmamento o tal vez un níscalo pisoteado en el asfalto.
Se oye un ruido blanco que envejece y se hace gris, se
enmudece, se asesina; hay una vieja canción que entorna sus brillantes pupilas
al verme así, tan sentado y con los pies colgando de una página, y acaricia en
silencio mi contorno, que se embelesa acurrucado.
No logro recordar esa palabra, esa que es blanda como un
trozo de domingo un octubre por la tarde. No consigo acordarme de aquel verbo,
aquel verbo cálido que nos esculpía arrugas de alegría en cada poro. He
olvidado esta sílaba, y la otra, y se me aprietan los labios bajo los dientes
con las cortinas echadas y la tetera rebosando, vacía.
Y yo que quería escribir sobre los cordones de unos zapatos.
Trepé erguido por la calzada y pateé una lata vieja que se
cruzó a mi paso. Busqué respuestas y no hallé más que mentiras. Indagué para
ver si encontraba, al menos, alguna pregunta y me vi solo y con la duda, atiborrado
de pragmatismo y jarabe de eucalipto para la tos.
Al final supe deslizarme como un lagarto por los canalones y
ya se sabe: desde arriba se ve todo como subido a algo. Y todo es más pequeño
pero uno no es necesariamente más grande. Y a todo se le adivina la incipiente
calva en la coronilla desde esta perspectiva. Y con la lengua silbando entre unos
dientes de reptil uno no oye verdaderamente lo que se dice por ahí, sino que
palpa las atmósferas y se escabulle cuando es lo más útil.
Así pues, me deshice. Aparté las escamas que me sobraban y
las dejé bajo el escaño de la cocina, junto a las macetas secas y las bombillas
derretidas. Apuré un último aliento, magullado, y cubrí de cenefas las bisagras
de mis sienes. Hay que ser más líquido, tener algo de vapor —leí escrito en
cada quicio—, un tanto menos de carne y, sin duda, menos de superficie.
4.9.15
Tokio.
Aquella noche salí con las prisas y los cordones sin atar.
No hay tiempo, me decía el reloj, no vas a llegar. Las luces y los escaparates
corrían a mi alrededor y en dirección contraria, y el perenne bullicio de la
ciudad vibraba a cada paso entre restaurantes de fideos y carteles luminosos y
parpadeos y ojos rasgados.
Doblé una esquina y me encontré con otra, zigzagueé, esquivé
carritos de pescado, crucé la calle, chilló un claxon, cantó una sirena, calló
el tráfico con la luz roja al otro lado y me encontré otra vez perdido en este
desorden urbano tan cuadriculado.
Pausa.
—Perdone —le dije a un nativo de rostro serio y trajeado—,
¿Sabe usted dónde está eso que ando yo buscando?
Me hizo, al menos,
tres reverencias, y se fue saludándome con la mano, diciendo algo así como que
no hablaba mi extraña lengua, o que tenía más prisa que yo, o que no sabía nada
de nada y se limitaba a disimular bien vestido como yéndose al trabajo.
Miré al cielo y era púrpura. Había dejado de llover esa
misma tarde y desde entonces las aceras sólo lloraban por debajo de los
charcos. Vi mi reflejo en uno y me reconocí, pero no era mío, era del charco.
Hacía frío, como un viento mentolado, y entonces caí en que no sabía ni volver,
que ya ni era tarde ni pronto, que la hora se había pasado.
Tiempo.
El tiempo se detuvo. Fue apenas un segundo, pero yo lo
percibí; un instante helado en el que las cebras caminaron por sus pasos y las
cuerdas de los cometas allá arriba oscilaron conformando un acorde suave y
curvo como el contorno de una guitarra. El silencio se hizo sólido entonces,
pero, como ya dije, no fue más que un soplo.
Cuando todo regresó a su normalidad aparente yo seguía en mi
lugar, estupefacto. Nadie parecía darse cuenta de todo lo que giraba alrededor
y continuaban con sus andares sin
moverse del sitio y ahora la luz verde, continúe, ya me aparto.
Finalmente, di con el camino de regreso y llegué a mi pieza
bien cansado. Aboclé mis pies impregnados de la humedecida pelusa de calcetín
y me quedé observando el indeciso palpitar del filamento en su bombilla. Ahora
me enciendo, ahora me apago. Y entre tanto ese murmullo me arrulló, me alejó,
me llevó a otro lado.
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| Dan Kitchener |
17.12.13
Trilogía de La Rueda —1.
Silbando por un camino mi silbido se confundía con el aleteo
de las palomas y los cañones en el viento. Recordé los largos cabellos que
daban vueltas fluyendo por su pecho. Caminando pensé en cada montaña y en cada
mar mientras seguía silbando. A menudo los recuerdos que comparto con ella me
parecen de una época muy lejana, de otra vida libre, de cuando éramos personas.
Y ahora ya no sé qué soy. Pero siempre giramos nuestras cabezas y nos
retorcemos los pescuezos para ver justamente lo que no se puede ver. Y yo miro
al cielo.
Caminando y viajando llegué sin darme cuenta a la Feria del
País del Norte, donde las tormentas de nieve congelan el río y entonces el
verano se acaba y te tienes que volver a volver a poner el abrigo. Recuerdo a
la chica que vivía ahí, y a veces pienso en ella como la que tal vez fue mi
verdadero amor; pero está la tormenta de nieve y este viento helado, y casi que
prefiero abrigarme un rato.
Seguí caminando y después también, con una maleta en la mano
llena de yo-qué-sé y la echo de menos. No sé si es que el mundo gira a cada
paso que doy, pero ella siempre está lejos, por la Tierra. Y las calles vacías
por la noche van a hacer que me maten. Caminé y silbé, siempre lejos y
apostando, tal vez demasiado, pues ya no tengo nada que decir; tal vez esté en
problemas, pero, por favor, no me quites mis zapatos de autopista con los que
camino mientras silbo; creo que me dan algo de suerte y quisiera gastar suela
intentándolo. Acordamos vernos en medio del Océano una vez dejáramos atrás
estas viejas y polvorientas carreteras, pero me temo que hasta el mismo Océano
quiera llevársela algún día y con ella mi corazón en una maleta.
20.4.13
Capítulo XXII (Parte IV).
Solventé
quedarme un rato más en la cama, y de veras disfruté aquellos escasos minutos
estirados por la parsimonia del sueño leve al tiempo que el sol me acariciaba
la frente de cuajo y el viento que se filtraba por las ventanas averiadas
rozaba mi desordenada cabellera desplumada otra vez por el cogote, pero no
tardé en desperezarme del todo y ponerme algo de ropa seca para salir a
desayunar algo antes de presentarme en el Teatro Mágico para mi primer día de
trabajo.
Las calles
parecían todas distintas, como desordenadas, pero todo seguía en el mismo
sitio. Lo achaqué a imaginaciones mías a causa de mi sueño, y seguí paseando
mientras silbaba como una alondra o un jilguero o algo así.
Después de
revolotear a través de unas cuantas manzanas, di con una pequeña cafetería, el
Café Telepático, donde ofrecían un menú de “tortitas de tus cosas favoritas”
por solo tres dracmas, y como siempre he sido una persona muy sensible a la
publicidad y me encantan mis cosas favoritas, decidí desayunar ahí.
Me acomodé en
un taburete alto frente a la barra y, después de dar los buenos días, pedí la
carta de tortitas al joven con constelaciones de acné que era el camarero.
—Aquí tiene
—dijo, y sacó de debajo del mostrador un enorme volumen que era una auténtica
enciclopedia de comidas y sabores. Desde el aceite hasta el zumo de cualquier
fruta, pasando por los macarrones y el tocino. Toda clase de platos y postres y
mermeladas. Había hasta tortitas solas.
—¿Quién
demonios pedirá las tortitas solas? —musité, y me decanté por las tortitas de
puerros con bechamel, que no es que fueran mis cosas favoritas, pero sin duda
gustaban a mi apetito.
Me llené bien
el buche y descansé mientras revisaba el Eco de Estagira en busca de alguna
noticia referente al catastrófico tornado de la noche anterior, pero no había
más que malas noticias y un crucigrama que resolví en apenas un minuto, aunque
con palabras improvisadas como jumdirilla
o habbacri, si te inventas las
palabras es más fácil.
Tan pronto
como lo terminé, pagué la cuenta y salí de nuevo a la calle en dirección al
Teatro Mágico. Salté por las aceras como jugando a la rayuela imaginaria o
salvando combas invisibles y en un santiamén llegué al teatro. Pero no fue el
Teatro Mágico lo que encontré. En su lugar estaba un edificio rojo con forma de
boca de incendios: era el parque de bomberos.
Atravesé el umbral de la entrada y no vi más
que a unos cuantos tipos ataviados con chubasqueros ignífugos y cascos
fosforescentes y algunos también con hachas jugando al parchís y a las damas y
a la gallinita ciega… a muchas cosas, pero ninguno con fuego. Uno de ellos se
me acercó al verme entrar.
—¿Ha habido
algún incendio? —preguntó con una voz infantil.
—No —respondí,
contrariado— Esto… no, yo buscaba el Teatro Mágico.
—¿El Teatro
Mágico?
—Sí. Ayer
estaba aquí.
—¿Estaba aquí?
—¡Sí! Ayer
vine aquí y… —empecé a decir, nervioso— hubo un tornado, y los edificios
salieron volando y… una vaca… y parecía un sueño.
—¿Un tornado?
—volvió a preguntar— Aquí sólo nos ocupamos de los incendios y de los gatos que
se quedan atrapados en los árboles.
—Está bien
—contesté, vencido al descalabro.
Eché un último
vistazo a la divertida yincana que los bomberos habían organizado y me fui,
decepcionado como unos olvidados cordones de zapatos por estrenar, aún en su
caja.
—¿Y dónde
demonios estará ahora el Teatro Mágico? —pensé, pues me negaba a aceptar que
hubiera sido fruto de mi imaginación o de un sueño considerablemente vívido.
Aquel sitio existía, estaba seguro.
Caminé sin
rumbo a través de las tímidas horas que apenas se dejaban notar, reviviendo los
acontecimientos de la mañana anterior, cavilando, rumiando cada minúsculo
detalle para determinar si yo, despistado de mí, me habría confundido de calle
o si aquel fantástico lugar con su inconmensurable estantería llena de
cachivaches de veras se había desplazado de su ubicación como consecuencia del
tornado o si tal vez lo soñaría todo como me temía.
No tenía nada
que hacer más que pasear, así que, como el personaje de toda película que
aparece al final de la segunda bobina para salvar el día, decidí dedicarme a
encontrar el Teatro Mágico, pues cuando pierdes cualquier cosa no hay mayor menester
que encontrarla.
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'P. Lavilha
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XXII
16.4.12
Lluvia y mirar por la ventana.
Llovía purga y catarsis, la fina lluvia de Bohemia en las
tardes de café y mirar por la ventana mientras el suave vapor calentaba su
rostro oculto en sombra de ojos y la vista perdida. El inquieto latido
profetizaba la llegada inesperada de viejos abrigos empapados por las lágrimas
de la añoranza amnésica.
La clara luz de la estación cercana empañaba el blanco
alicatado de los servicios. Llovía en amor viejo y enfermo y resignado. Y cargó
con su raída maleta de cartón, esa que tenía una pegatina del lado oscuro de la
luna y el prisma que fracciona el haz de luz en un geométrico arcoíris, la que
le acompañaría por los charcos de las calles aún pasadas estas páginas.
El interfono graznó vehemente, y sus dedos se estremecieron
contra la taza humeante.
-Ho… hola.
-Pasa anda, estas empapado.
*Continúa en el siguiente vídeo:
*Continúa en el siguiente vídeo:
Tengo un pequeño libro negro con mis poemas escritos. Tengo una bolsa con un cepillo de dientes y un peine dentro. Cuando soy un buen perro, algunas veces, me echan un hueso dentro. Tengo gomas elásticas sujetándome los zapatos. Tengo tristeza por esas manos hinchadas. Tengo trece canales de mierda para escoger en el televisor. Tengo luz eléctrica. Tengo sorprendentes poderes de observación y así es cómo sé, cuando trato de contactar contigo por teléfono, que no habrá nadie en casa. Tengo la obligación permanente de Hendrix y el inevitable ojo de aguja arde delante de mi camisa de satén favorita. Tengo manchas de nicotina en mis dedos. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un soberbio piano para colocar mis restos mortales. Tengo salvajes ojos penetrantes. Tengo un fuerte deseo de volar, pero no tengo a dónde volar. Ooooh pequeña, cuando cojo el teléfono sigue sin haber nadie en casa. Tengo un par de botas Gohills y tengo mis raices marchitas.
Roger Waters.
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por
'P. Lavilha
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16.4.11
Juventud sin Futuro.
(...) Nos pasamos las horas tumbados, perplejos, en los parques, rodeados de flores de casta inferior. Fíu (solemos pensar), qué despacio va la vida. Yo llegué a la primera madurez en los años sesenta, aquella época rebosante de oportunidades en la que todo parecía estar esperándonos. Ahora los chicos van saliendo de la escuela para..., ¿para qué? Para hundirse en la nada, para estar jodidos. Los jóvenes (se les nota en la cara), los sin esperanza de felpudo pterodáctilo, los fracasados de cresta de loro, han encontrado la respuesta apropiada para esta situación, a saber: nada. Que quiere decir: nada, todo está jodido. La cola del paro empieza a la salida del patio de la escuela. Sus habitaciones de niños han sido los disturbios callejeros; Londres ha sido su gimnasio en plena selva. Otros se han llevado la vida consigo. El dinero está tan cerca que casi puedes tocarlos, pero se encuentra todo en el otro lado: lo único que puedes hacer es pegar la cara al cristal. En mi época podías, si así lo deseabas, abandonar, dejarlo todo. Ahora ya no hay quien abandone. Ya se ha encargado el dinero de evitarlo. No hay adónde ir. No hay quien se esconda del dinero. Ya no puedes decidir: voy a esconderme bien lejos del dinero. Por eso, a veces, cuando la noche es calurosa, rompen y roban cuanto pueden.
Martin Amis (Dinero)
18.5.10
¿Qué haces?
Ahora que lo pienso, sería difícil con todo lo escrito aquí saber quién soy, a qué me dedico y cosas así... no creo que sea hoy el día de presentarme.
Además, ¿qué más da? ¿a quién le importa?
Duermo poco, podría comer mejor, estudiar algo (más), terminar de leer ese libro, seguir el capítulo cuatro del que se supone que intento escribir, hacer que Bill Reed discuta consigo mismo... y bajar la persiana para no ver el sol que me dice que salga a la calle y deje las hojas de apuntes en la carpeta.
Se pasó tan rápido... y en verdad aún no he empezado.
Además, ¿qué más da? ¿a quién le importa?
Duermo poco, podría comer mejor, estudiar algo (más), terminar de leer ese libro, seguir el capítulo cuatro del que se supone que intento escribir, hacer que Bill Reed discuta consigo mismo... y bajar la persiana para no ver el sol que me dice que salga a la calle y deje las hojas de apuntes en la carpeta.
Se pasó tan rápido... y en verdad aún no he empezado.
24.10.09
Raro.
Estamos tan acostumbrados a ver borrachos vomitando en plena calle que ya no nos sorprende. Tampoco ver a alguien meando. En cambio ver a alguien cagando... espero ver el día en que un tipo cualquiera cague en la calle impunemente mientras la gente que pasa no le da importancia. Aunque de momento no seré yo ese tipo, sigo siendo demasiado tímido. Demasiado, demasiado.
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