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18.5.18

El último trago de Benjamin Franklin.


 Diapasón. interior. noche.

Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires decimonónicos y un gabán medio nuevo que gasta un parche del sándwich eléctrico en la solapa. Geraldino, a ese lado de la barra, dormita abrazado a una botella de vidrio despojada de mistela y Policarpo, a ese otro, gobierna la taberna con mano de sebo —lo cual resulta una paradoja, pues su gobierno se basa en servir a su misma vez—. Nadie sonríe.

Bosse-de-Nage, por el contrario, acecha todo oculto en las entrañas de la máquina de tabaco. Pero esto no lo sabe nadie, si acaso Policarpo, tal vez sospeche.

Benjamin Franklin se acerca a la barra y la golpea con su índice erecto, varias veces. A continuación, abre la bocota y se lleva dicho dedo a sendas fauces; apuntando directamente a un gorlo sediento, histórico, y enrarecido. Policarpo le observa y atiende; sirve una jarra de cerveza de lúpulo y podreínas, y se aparta de nuevo sin hacer ruido. Benjamin Franklin (de ahora en adelante, Benjamin Franklin) se bebe aquello de medio trago, hace una mueca sorda, como de eructo, y vuelve a salir por la puerta, con paso torcido y redoblado.

Afuera sucede un relámpago.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Ay, caramba!

Por la puerta entran Longaelisa y sus piernas piernas piernas, seguidas de Morselo e, inmediatamente, el resto de Morselo. Piden copas de jarabe de perla con drencrom y Policarpo provee. También solicitan unos chupitos de fuegodoro, Policarpo abastece. ¿Un poco de sal? Policarpo surte ¿Qué tal unas rodajas de lima? Policarpo suministra.

Morselo: ¿Has visto cómo de chamuscado quedó aquel tipo?
Longaelisa: ¡Uh, qué asco, qué asco!
Morselo: ¡Y cómo le implotó la golová!
Longaelisa: Me cago en la leche, Morselo. Como no te calles ya con eso cojo y me marcho y san si te he visto ni me acuerdo. 
Morselo: ¡Vamos, vamos, Longa Longaelisa! Dame un beso y no te enfades. Me divirtió, eso es todo. Anda, dame un beso, dámelo.
Longaelisa: Aparta, nudibranquio, o te practico un octavo orificio en la quijotera.
Morselo: Sólo era una guasa.
Longaelisa: Pues yo me voy a casa.
Morselo: ¿Me llamarás?
Longaelisa: ¿Eh?
Morselo: ¿Eh, qué?
Longaelisa: Que si te llamaré.
Morselo: ¿Mañana?
Policarpo: Venga, Morselo, no seas tan tan y deja marcharse a la muchacha.
Longaelisa: Buenas noches, Policarpo. (sale)
Morselo: ¿Me llamará?
Policarpo: No tengo ni la menor idea de qué yarboclos hablas.

     *Nótese aquí un ligero anacronismo: Los episodios acá representados se sucedieron más o menos en la segunda quincena de abril de 1854, y Morselo hace reiteradas referencias al teletrófono, dispositivo de comunicación que no se inventaría hasta 1854, pero a finales de año. De ahí que ni Policarpo ni Longaelisa comprendan lo que quisiera decir Morselo, el cual, el pobre, por ser analfabeto y no escuchar la radio, ni leer las gasetas, no se había enterado todavía de que tal artefacto aún ni existía.

(ELIPSIS)

Por la puerta ahora hace aparición un abigarrado cuarteto de hoplitas: Caecio y Argestes y Libis. Caecio, con pantalones de cuero negro y bufanda del Poli Ejido, solicita un granizado de níspero y que corra el aire. Argestes, rubio y ario y lleno de gracia, deposita una cornucopia rebosante de frutas y gramíneas sobre la barra y pregunta por quizá un licor dulce o, si no lo hubiere, una copichuela de vino para hacer un bodegón. Y Libis pide un cenicero. Recogen la comanda y se apartan al rincón, con viento fresco.

Policarpo (a Morselo): ¿Por dónde iba?
Morselo: Fuegodoro.

Policarpo abastece.

Policarpo: Total, que el tal Juleo y la tal Rumieta eran dos y locos y enamorados. La una, era hemofílica y el otro, por su parte, padecía de tensión baja. Ésto no lo sabía ninguno. Y sucedió que, de mutuo acuerdo y por motivos familiares que no recuerdo, decidieron acompañarse hasta la muerte y, tal que así, un buen día, abriéronse las venas.
Morselo: ¡Uy, qué disgusto!
Policarpo: Sí, sí, pero ahí no termina.
Morselo: ¿Y cómo termina?
Policarpo: Pues con la desgracia de que a ella el crobo le borbotó en un santiamén, y espiró en un suspiro.
Morselo: ¡Oh, Rumieta! ¿Y qué fue de Juleo?
Policarpo: Juleo tardó bien lo suyo en ficarla, agonizó cosa de tres noches o así, y se aburrió sin remedio.
Morselo: Vaya, Policarpo. Desde luego que todos somos contingentes, pero tú eres necesario.
Policarpo: Lo que tú necesitas es un buen corte de pelo.
Morselo: Al menos me queda este medio gabán medio nuevo.
Policarpo: Sí, no está mal.

Mientras tanto, en el rincón, unos hoplitas desarraigados discuten sobre el tiempo.

Argestes: ¡Otra vez lloviendo! ¿Te lo puedes creer?
Libis, fumando: ¿Quién, yo?
Argestes: No, digo a Caecio.
Caecio: ¿Eh?
Argestes: Que si te lo puedes creer.
Caecio: Yo creo que hace calor calor calor y me pesa la mandíbula.
Argestes: Eso es cierto, ¡qué mandíbula tan enorme!
Libis, viejo: A mí lo que me molesta es que no paréis de moveros.
Caecio: Incluso si te da por pensar en cualquier cosa, fíjate.
Argestes: ¿Qué dices?
Caecio: Que a mí se me antoja inimaginable un mundo en el que nunca se hubieran inventado los relojes, fíjate. ¿No crees?
Argestes: Ya, pero no estaba hablando de esa clase de tiempo.
Caecio: Bueno, incluso si te da por pensar en cualquier cosa.
Libis: ¿Y Juan?
Argestes: Murió. Pero el mes pasado.
Caecio: Ya era hora.
Libis, viejísimo, tose y se hace viejo: Supongo que, después de todo, decimos buen tiempo a esos ratos en los que no pasa nada.
Caecio: Ni una nube, nada.
Argestes: Pues por eso digo, que a ver si escampa.

Ahora sucede que un vidrio se hace añicos contra el suelo provocando tremendo alboroto.

Morselo: Uy, se me cayó.
Geraldino, lleno de cólera y eructando moscas: ¿Cómo has dicho?
Morselo: Que se me cayó, uy.
Policarpo: Está trompa.
Geraldino: De ninguna manera. Aquí no toleramos esas creencias de pacotilla, esos rollos neotonianos de la tiranía gravitacional. Me enferma.
Moselo: ¿Y con qué se comulga entonces?
Policarpo: Verás.
Geraldino: Aquí comulgamos exclusiva y pluscuamperfectamente con la ley de fuga de vacío hacia la periferia; esto es hacia arriba.
Morselo: Tomo nota.
Geraldino: Más te vale.

El espectro de Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires de ectoplasma y chamusquina. No viste ningún gabán, sino un halo fantasmagórico y terrible. Así, de esa guisa, se acerca a la barra. Pero nadie puede verle. “Olvidé pagar la birra”, le susurra a Policarpo en sueños, con acento de psicofonías. “Lo sé”, responderá éste, más tarde, en su cama, bien durmiendo, “Que sea la última vez”. Y el otro contesta, con esa misma voz: “Pero por supuesto”.

FUNDIDO A AMARILLO

3.7.16

Veinte mil leguas de todo alrededor.

Un ejército de silencio deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.

Me levanté de una voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y vacío de cuajo.

Si realmente hay algo que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco geográfico sin rumbo ni despedida.

Libis, disfrazado de dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el cuello de la camisa, sin darse cuenta.

Luego de un rato, lo ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin suelo.

—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.

Antes este chaflán no era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de los diarios.

Más tarde los vecinos se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.

Fue a ocupar su lugar un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la giba.

Éste se fue otro día, por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.

Después de la segunda fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.

A continuación, granizó.

Luego las pestes, aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras, el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo de la carismática prefectura lundonita.

La señora Levono disfrutaba de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas moldavas.

La señora Levono ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.

Pero nadie iba a la pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio genital de San Lundo.

Sin embargo, aquella noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.

Sin más remedio, volví a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan panoplias de decoro entre las amígdalas.


Me perdí en la geografía, tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño hombre absurdo que enciende y apaga un farol?


Vasili Kandinski