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14.7.20

Mørk: Varmt.

The Hunter

               En el principio fue la noche. La llamaron kaamos; la eterna noche inmaculada, sin luna alguna y sin estrellas, sólo la negra noche negra y azul preñada de invierno, gélida como una ausencia y tan oscura como la más profunda de las fosas. El viento arrastraba entonces los glaciales cantos de los antiguos, de los que aún no habían nacido, de los que aguardaban, ciegos y sordos, por su turno prestado para morar la tierra y los mares.

               Después Vamn, con la sal de sus olas, fecundó el fértil vientre de Jord, que yacía tendida bajo un delicado y níveo manto de escarcha, y, tras el anuncio de la glauca aurora, que danzaba desnuda en el indescifrable cielo nocturno, de las entrañas del fango de levante se alzó Varmt, la que calienta, con su refulgente cornamenta y unas doradas alas sobre los hombros. Y así nació la mañana.

               Varmt escudriñó el yermo suelo bajo su luz, y con un cálido susurro despertó a la taiga, entumecida en su lecho de lodo, y así los árboles se izaron fuertes y robustos, vistiendo a Jord de esmeralda y madera. Después se desperezaron los musgos, con sus tímidas voces entonando las canciones olvidadas, y a éstos les siguieron los hongos de la tierra, que se cobijaron bajo el pino y bajo el roble, donde aprendieron la lengua prohibida de la espesura para después guardar silencio entre la maleza.

               Varmt echó a caminar, y anegó el cielo de una luz límpida tras sus templados pies de tez dorada. Ascendió sin esfuerzo por el fresno celeste y, una vez en la cumbre, volvió a dirigir su tibia mirada a Jord y, al verla aún somnolienta y taciturna, la quiso obsequiar con un cándido beso de sus labios. Pero Jord, orgullosa, lo rechazó apartando su áspero rostro, y Varmt se cortó con los pétreos riscos de su hermana y madre.

               De la sangre de Varmt surgió el oso a mediodía, le siguieron el lobo y el próspero reno. De sus lágrimas emergió formidable el narval y el esquivo arenque. Y de su llanto, por último, manaron la lechuza y el cuervo. Después, compungida y triste, comenzó el descenso.

               Ya en el último rubor vespertino, cuando los cirros de la tarde se sonrojaban ante su ígneo desfile, Varmt echó la vista atrás. Ulv, el lobo, devoraba el estómago del reno y sonreía cruel con las fauces ensangrentadas. Varmt, colérica, arrancó una afilada asta de su cráneo y desgarró con ella su propia tripa, de la que extrajo el sanguinolento hígado, aún palpitante, con el que dio forma y aliento a Mørk, a quien alimentó con la leche de sus pechos y encomendó el custodio de sus rebaños.

               Hecho esto, Varmt se asomó al abismo del ocaso, allende los mares de poniente, y se arrojó por él sin ruido, cayendo tras ella la nueva noche, iluminada esta vez por una luna de hielo con su pálido hálito, que no es más que la blanca sombra de Varmt y la huella de sus pasos por el firmamento, como un recuerdo.

               Y después, con un eco de gemido, amanece en el oriente.

11.1.15

Le tumb.

Ardía por los bordes y a aquella atmósfera parecía no importarle nada. Se partió una cáscara en trescientas doce astillas y brotó un líquido así de líquido que nos empapó hasta el sésamo y aun así nada se abrió ni flaquearon las diminutas comisuras. Arañé una costra de petróleo partida por la mitad y el viejo vino rojo venga a palpitar susurrando surcos y venga a amanecer con el sol erecto entre los pinos y las legañas como luciérnagas desnudas y trasnochadas. Los latidos, algo así. Un aullar bajo esa luna con las estrellas impávidas como testigo. Una caricia, un látigo en el regazo con el lubilubar de la luna sobre las sábanas y ese lunar en la nuca. Demasiada realidad en un simple soplo con los pies descalzos otra vez y apenas dos ojos empapados para verlo todo. Al fin y al cabo, ¿Quién soy yo en medio de todo esto, quién parpadea a cada instante dibujando fronteras entre los fragmentos de una vida? Al amanecer todo se cubre de una coherencia absurda y no sabemos si saltar de alegría o llorar por lo mismo. Cargo un petate petado de calcetines y amarguras; de todas formas sé que çe la vie y que está en mi cerebelo como un esguince. Lo material cubierto de linóleo y fórmica se queda en su sitio donde lo dejes y emite con sigilo una pulsión de muerte. Con el plástico pasa lo mismo. Si acaso pueden presentarnos una pinza irisada o invitarnos a una croqueta, que nos van a alegrar el día. Pero eso que te hace crecer y que te hace sentir pequeño no se paga con dinero y no se puede coger.


24.1.14

recuerdos confusos de una noche en el sol naciente.

recuerdos confusos de una noche en el sol naciente. —¿qué te ha pasado en el pelo? —no sé. últimamente no ha dejado de crecer. la cerveza que me ha servido el mozo tiene demasiada espuma así que la dejo reposar un rato mientras divago. tengo una cicatriz pálida en el lado interior de la muñeca izquierda, de aquella vez que me pasé todo el quinto mes inconsciente o desmayado. siento que el sol ha cruzado de lado a lado a mi alrededor, pues yo no me he movido apenas, hablando en términos astronómicos. me imagino cómo será la luna, si le gustó alguna vez alguno de mis poemas. para crear  hay que destruirse un poquito. apuré la cerveza. pedí otra. encendí un cigarro. ¿qué día era, miércoles? la puerta seguía en el rabillo de mi ojo. pero mi pupila seguía negra como aquel agujero en el cielo que vi el otro día. agarré la mano de mi hermana mientras todo se desvanecía a nuestro alrededor y yo pensando en qué decir. te quiero. pero fue un grito mudo nadando en nada. escudriñé mi cuaderno y no vi más que garabatos de un tal testa. ya no recuerdo bien a ese tipo, creo que se mudó a estagira. me siento tan solo aquí sentado. alguien se puso a tocar el piano entonces y susurraba una canción preciosa. miré el fondo dorado de mi jarra y no me vi reflejado en él. ¿qué habrá sido del viejo village? lo último que supe de él fue que le trincaron deshaciéndose de un cadáver con su psicólogo. no sé cómo fue que le soltaron después y ahora anda perdido por los canales. otros dicen que la última primavera se subió a un ático en la luna con un sombrero de paja y estalló en mil pedazos. a la gente le gusta contar historias. yo mientras tanto he puesto una bombilla dentro de un vaso medio lleno de agua en el alféizar de mi ventana y así me paso la tarde. observándola. esperando a que se encienda. destrozo un palillo entre los dedos con ese crujido de gozo. y mi cordón se ha vuelto gris. gente. infierno. ángeles. bau del aire. heráclito. me siento adormecido. intento coger impulso para dar la vuelta con el columpio y ya se me han cansado los brazos y las piernas. pido un trago de whisky y otra cerveza. me dejo caer sobre la barra y respiro. he vuelto a ver esa pradera verde verde y joroschó hendida por un serpenteante riachuelo donde hay un hipopótamo púrpura llamado otto que al final resultó no ser más que un rinoceronte amarillo con un solo cuerno. me acordé de aquel porche a medio construir donde tocaba la guitarra frente a las marismas hablando una lengua extraña. el sol se puso ese día rojo y desde entonces casi que no lo he vuelto a ver. y aquí estoy ahora, en el sol naciente. destruyéndome un poquito para así poder crear. en el fondo hay un globo sobre una cuchara y su sombra intenta decir algo, pero no lo entiendo. así se muere y ni con dedales se arregla. y todo cae. un tipo con guitarra y armónica cantó entonces: todo está bien, mamá, sólo estoy sangrando. está bien, mamá, puedo hacerlo. nacemos para ser nosotros. está bien. me limpié rápidamente una lágrima y disimulé bebiendo la cerveza. todo está en llamas y algún día los peces se lo comerán todo. los asesinos son indultados y yo me tengo que poner la gorra para ocultar unos ojos rojos. pero todo está bien. es la vida y sólo la vida. nos sobrevivimos. estamos aquí. pero eso tampoco me lo creo y sorbo ruidosamente un trago. no hay nadie alrededor y el mozo ha dejado encendida una lámpara solo para mí. buenas noches, mascullo. y recojo las cuartillas en las que he estado pintando círculos y triángulos. nunca deja de amanecer en el sol naciente como en una broma de mal gusto antigua y con sombrero de copa. mi paraguas está roto y parece una especie de bestia mitad murciélago mitad tarántula, pero no creo que vaya a llover.

13.1.14

Un auténtico desierto.

Llevo meses caminando por el desierto, tal vez años. Al menos una Era básica. Tanto he caminado que ya olvidé por qué lo hago. Sólo veo una línea a mi alrededor que es el horizonte dividiendo el Universo en dos mitades y no recuerdo el camino de regreso. El tiempo no existe aquí, pues el Sol siempre luce en lo más alto y no hay ni una triste sombra donde sentarme a descansar, así que camino.

Hace tiempo encontré una puerta de madera ennegrecida por el sol con bisagras oxidadas. Estaba ahí, de pie, en medio de la yerma planicie. Pero yo la ignoré ¿Para qué cruzar por una puerta cuando tengo aquí todo el espacio del mundo para campar a mis anchas?

Sin embargo esa puerta me sigue, la veo por el rabillo del ojo y me hace pensar en si tal vez es una salida. También en si de verdad quiero salir, si no estaré mejor aquí. Quizás la vida que vagamente recuerdo de antes de este desierto no haya sido más que un sueño y esto es lo que hay.

Pero si de verdad esta puerta es una salida y además me está siguiendo no tengo de qué preocuparme. Caminaré distraído un rato más y ya después, si eso, me aferraré a ese pesado pomo para cruzar el umbral, a ver qué pasa.

         Este mundo de los candados no resulta alegre, y uno permanece en él sólo con la cabeza, mientras que el resto del cuerpo está de este otro lado, siguiendo sus costumbres cotidianas.
         Cuando uno está en el mundo de los candados, siente ganas de llorar, aunque no lo manifieste. (…) y a veces uno siente que tiene una nube dentro de la cabeza y alrededor de las orejas; y es esta nube la que hace de candado. —Ermanno Cavazzoni (El poema de los lunáticos)
Jessica Torrant

1.12.13

Joroschó.

         Todo parece tan obvio que no merece la pena cuestionarse esto y aquello como un simio preguntón y desorientado. Las manos en el suelo, con el delicioso samsara que nos mata de risa. Un tipo me dijo: ¿Sabes por qué me gusta tanto ir a mear? Porque son los únicos momentos en los que me siento relajado de veras y mi cuerpo se vacía. Y fue entonces cuando me percaté de que el tiempo también pasa para el resto.

         Jugando con las vocales un minino sonriente me preguntó que quién era yo. ¿Yo? Yo sólo sé quién quiero ser. Dicen que sólo con eso no vale, pero también que todo son etapas, y ahora mismo yo soy ésta. Mira a ese gato encaramado entre las ramas que se ve por mi ventana ¿Acaso no es un motivo de alegría tan justificado como un cumpleaños o algo así? Las suelas de nuestros zapatos brincan y hacen cabriolas sobre una loca roca preciosa que da vueltas en torno a una estrella cualquiera, ¿Cómo no nos vamos a reír?

Wassily Kansinsky.

25.11.13

Fragmentos de la prisión de Folsom.

(…) No siempre reina el silencio en mi oscura y húmeda celda, a veces oigo el tren a lo lejos, lejos de estas paredes olvidadas por el sol. Está doblando la curva ahora y silba soltando bocanadas de vapor entre las chispas de los raíles y el humo de las máquinas manchadas de aceite y hollín. Silba y pasa con su incansable percusión, llevándose consigo el tiempo hacia San Antone, mientras yo sigo aquí. (…) —Mamá te lo dijo, Ray, no juegues con pistolas, Ray, sé un buen chico. ¿Has sido un buen chico, Ray? ¿Qué ocurrió en Reno? —Disparé a un hombre sólo por verlo morir, y cuando el último aliento salió de su pecho por la boca y el agujero de bala me deshice en llanto como un niño.  (…) Apuesto a que el tren a San Antone tiene un vagón restaurante lleno de gordos ricachones bebiendo café, derramándoselo por sus blancas camisas, fumando buenos habanos. Una, dos, tres, cuatro son las paredes que me atrapan, sin olvidarse del techo que me cubre y el suelo que me mantiene. No voy a ser libre. Pero todo lo demás ahí fuera está en ese tren, rumbo a San Antone. Eso es lo que me tortura.  

31.5.13

De orugas y hongos.

Nos dimos la vuelta como bailando, giramos como el tiempo gira sobre sus estambres deshojándose para que broten nuevos pétalos de colores. Revolcamos nuestros cuerpos bajo la noctámbula cúpula manchados de barro y lluvia y nos quedamos como los cantos rodados de una orilla cualquiera con el corazón tan duro como la coraza y ese estremecimiento vacío entre las sienes.

*     *     *

Me acuesto ahora por las noches como una oruga en su crisálida, y sueño con que al despertar luzco unas irisadas alas joroschó. Pero mi pupa no es más que una colcha normal como las que usan las personas. Por eso me despierto decepcionado a veces, pero ¿han visto estas aletas doradas y este caudal ondulado y brillante? El cielo es muy grande, pero no deja de ser más que aire, y hasta los lunáticos saben que las mariposas envidian a los peces por no poder libar del néctar coralino en las profundidades más ignotas.

*    *    *

Bau da Terra se comió las polillas de regaliz con un beso y fue sin cabeza o con una muy grande y joroschó por las regiones mentales de la introspección, la entropía y la redundancia disfrutando de su particular mentira o aventura como si fuera una odisea por el espacio y el movimiento y la luz y la música y la energía con los coyotes galopando por desiertos circulares de vinilo negro bajo la lluvia de las cerbatanas de plástico científico, mas todo fueron risas y sonrisas con la fuerza primigenia del no-sé-qué que hay en todo y que fluye y fluye como la forma de escribirlo y con los ojos rojos y joroschó.

Bau da Terra dijo bajo el árbol que siempre se respira la decadencia de los años que pasan y pesan y pisan, y que vivimos con la misma sensación que se tiene cuando abandonas la sala de cine después de la película o vuelves a abrir la nevera para cerciorarte de que sigue vacía. Dijo también: Yo no quiero verme, quiero fundirme y confundirme con la voz de la luna que se asoma paulatinamente entre las nubes de plata para observarnos desnuda bajo el eco de su luz.

Bau da Terra también dijo que puedes estar toda una vida —o incluso mil— corriendo tras el Sol, pero él siempre aparecerá a tu espalda como una bola radiante, que es lo que es.

Después se comió su propia cabeza.


13.5.13

Manuscrito en una maleta.


Un tigre saltando por el aro de fuego y más allá hay un elefante haciendo equilibrios a dos patas sobre una pelota gigante de goma. Un pirata bebe ron acostado en la hamaca que hay en la terraza de bambú, con vistas al puerto donde ahora mismo hay un galeón modernista con diez mil gárgolas sonrientes como salamandras por banda. La expansiva región se ve silenciosa ahora como la escarcha derritiéndose con quietud, y yo aquí tumbado panza arriba con esta vieja maleta de un tal Juan Guillamón que encontré entre los nenúfares y que está algo raída por dentro pero por fuera aún se la ve lustrosa a su manera. Las ocas patinan sobre el hielo con su elegante torpeza mientras una araña espera en su cristalina red tejiendo tejiendo la mortaja de seda para alguna mosquita con sombrero que vaya con prisa y distracción a la caca del mediodía. Hay una carta dentro de un buzón de ninguna parte, pero el barco de papel hecho de sobres y sellos y facturas hace tiempo que se deshizo con la laguna Estigia empapada de salitre y raspas de pescado. Escampó entonces, y las nubes cerraron un pacto secreto con el horizonte fundiéndose por un breve instante en un beso para desaparecer con los rayos de sol tiñendo sus esponjosas espaldas del color de las piritas. Puse un zapato mirando hacia el oeste, y en cuanto Apolo aparcó su carro por ahí detrás de la moneda, las polillas bíblicas se confundieron con las jumdirillas estrellas revolcándose entre las luces y yo bebí cerveza con el tumulto derretido y decidí que tal vez algún día debería cortarme el pelo para que no se me enredaran los gavilanes morochos. El aire azota mi cabezota rota que flota y rebota entre las notas y me digo: Has de ser siempre simple. Y lo escribo. Y abro otra lata. Otra lata. Y ya.  

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


16.11.12

Sísifo.

         A veces echo la vista atrás y no puedo sentir más que decepción con mi vida. Soy ya un tipo viejo y aún no he cumplido los cuarenta. Los últimos años han pasado como una leve brisa, no sé qué he estado haciendo atrofiando mis músculos y mi buen espíritu en un estrecho cubil rellenando formularios e informes con los ojos tristes y el pelo gris y las manos siempre limpias.

         Esta mañana tomé como siempre un café rápido sin nada para mojar cuando el sol aún no había salido y dejé la taza vacía en el fregadero para limpiarla cuando volviese del trabajo una vez el sol se hubiera acostado. La calle estaba solitaria y fría, yo caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha cuando vi un resplandor delante de mí, como una ranura en la acera que se iba abriendo liberando una luz cegadora y dejando a la vista una rampa que descendía bajo la ciudad. No pensé en el trabajo entonces, ni en qué sería todo aquello, simplemente me dejé llevar como atraído por imanes a través de esa abertura.

         El suelo empezó a deslizarse hacia las profundidades, calculo que estaría ya por debajo incluso de los túneles de metro. Una extraña sensación invadió mi cuerpo, una terrible comodidad, como cuando se vuelve al hogar, al subterráneo útero de nuestra existencia.

         Tras una pálida neblina, fui a parar a una enorme sala llena de gente. Me sentía confuso y perdido, pues era una estancia harto extraña, toda pintada de blanco y llena de luz, me resultaba imposible determinar la altura del techo, que parecía tan alto como el cielo y en algunos momentos casi podría alcanzarlo levantando los brazos.

         Un tipo con el pelo largo y desgreñado del color de la paja y los ojos de un azul mortecino se me acercó todo vestido de blanco perla.

         —¿Y tú qué has perdido? —me dijo.
         —¿Yo? —respondí sin salir de mi desconcierto.
         —Sí, tú. ¿Qué has perdido?
         —No lo sé. Iba por la calle y sin saber cómo he venido a parar aquí. ¿Qué es este sitio?
         —Está bien —contestó de forma enigmática—, sigue todo recto y ve al ascensor, no tiene perdida.
        
         Avancé como me dijo buscando la salida, no tardé mucho en encontrar una larga cola de gente que aguardaba frente a una rampa ascendente y me puse al final. Otro tipo, este más envejecido que el anterior se fijó en mi.

         —¿Tú también, eh? —me dijo con una triste sonrisa.
         —Sí —respondí otra vez—, supongo.
         —Mi mujer y mis hijos han muerto ¿sabes? —empezó a decir— Un conductor borracho.
         —Vaya —contesté—, lo lamento de veras.
         —Ya no queda nada aquí para nosotros.
         —¿Nosotros? ¿A qué te refieres?
         —A nosotros, hombre, los hijos huérfanos de la Tierra. Nuestra vida ya no tiene sentido aquí.
         —No te entiendo —le dije perplejo— ¿A dónde lleva esa rampa?
         —A otro mundo. Este no es para nosotros ya.
         —Pero, pero —no salía de mi asombro—, yo no puedo ir, no quiero ir. ¿Dónde está la salida?
         —No hay salida. La única salida es el ascensor. Si estás aquí es porque debes ir.

         Me quedé sin palabras, y sin haberme percatado la cola había avanzado y ya estaba en el umbral del ascensor. Intenté salir, pero unos hombres con ojos de reptil me empujaron dentro y la puerta se cerró tras de mí.
        
         Estaba ahora en una especie de cápsula, hubo un estruendo y un penetrante dolor invadió mi cuerpo. Me doblé por la mitad y apenas podía ver con los ojos llenos de lágrimas y un agudo silbido en los oídos. El tiempo dejó de existir mientras yo yacía encogido en un rincón de mi receptáculo. No había pensamientos en mi cabeza vacía, sólo dolor. Sentí que todo iba hacia atrás, como si cada partícula de mi cuerpo se fuese separando hasta llegar al espermatozoide y óvulo originales. Un galimatías de chasquidos y ráfagas de colores.

         Un ardor inundó mi pecho cuando todo cesó y volví a respirar. Me levanté y salí de la cápsula con el cuerpo tembloroso y empapado en sudor. El dolor había desaparecido y apenas podía recordarlo ya. Me vi entonces en la plaza de una extraña ciudad. Cientos de personas salían como yo de sus cápsulas y todas se abrazaban con extraños seres de forma humana y mirada de lagarto como los que me habían empujado antes, no acierto a determinar cuánto tiempo había pasado desde entonces.

         Uno de ellos se acercó a mí con una sonrisa de serpiente que dejaba entrever unos afilados colmillos. Me quedé paralizado por el miedo. Pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros y me condujo con paso sosegado.
        
         —¿Sabes dónde estás, verdad? —preguntó arrastrando las eses que resbalaban por su lengua bífida.
         —No —respondí casi sin aliento.
         —Estás en Sísifo, ya no debes temer nada. Todo irá bien a partir de ahora.
         —¿Sísifo? No entiendo nada… ¿Por qué estoy aquí?
         —Porque nada te ataba en la Tierra.
         —¿Qué quieres decir, es que estamos en otro planeta?
         —Por supuesto, estás en Sísifo ahora. Aquí no sentirás más hambre, ni sed, ni frío, ni miedo. Aquí no podrás ser triste.
         —Pero… ¿cómo he llegado aquí?
         —Estás lleno de preguntas, pero tranquilo —me dijo—, pronto las olvidarás y podrás vivir en paz. Calla ahora, te enseñaré tu nuevo hogar.

         Paseamos por las calles de Sísifo durante horas, calles llenas de edificios inconmensurables que se elevaban sobre nuestras cabezas, no había tiendas ni restaurantes, sólo gente vestida de blanco que paseaba ensimismada con una sonrisa absorta. Parecía una especie de cielo donde las almas pasaban la eternidad con el suave rumor de sus propios pasos descalzos. Aún así, aquello me asustaba.

         Llegamos por fin a la que había sido asignada como mi propia casa. No era más que una habitación diáfana con un colchón circular en el centro y grandes ventanales por los que se veía la infinita urbe.

         —Éste es tu lar. Ahora eres libre para no temer —dijo el ser desde el umbral—. Aquí te dejo ahora.

         Me quedé solo en el aposento, mirando por la ventana intentando comprender qué estaba pasando. Mis ojos se fueron acostumbrando al blanco cegador que producían los dos soles del cielo y que parecían no dejar nunca paso a la noche. Tras unas horas de divagaciones, me acosté en el cómodo colchón. Tal vez despierte de esta pesadilla, pensé antes de sumirme en un profundo sueño.

         Desperté bien descansado y los dos soles seguían en el mismo sitio. Así será difícil ser consciente del paso del tiempo, pensé. Me sentía totalmente renovado y contento, algo gris dentro de mí había desaparecido. Coloqué un par de mullidos cojines frente al ventanal y me senté a observarlo todo desde las alturas. Verdaderamente los habitantes de Sísifo no hacían más que pasear y contemplar el mundo, la vida en este planeta se había reducido a la mera y plácida existencia, sin necesidad de comer o beber. Era como un limbo donde nada tenía importancia.

         Alguien tocó a la puerta con suavidad y salí de mi ensimismamiento para abrir. Era un joven que no superaría en mucho los veinte años y que, a diferencia del resto de habitantes del planeta, presentaba un rostro cansado y ojeroso medio ocultado por los cabellos azabache.

         —Hola —dijo rápidamente mientras entraba y cerraba la puerta tras de sí.
         —Eh… hola —respondí yo, sin turbarme demasiado por su inquieta actituda—, ¿quién eres?
         —No lo sé —contestó—, quiero decir, no tengo nombre. Aquí nadie lo tiene.
         —Yo sí.
         —¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
         —Pues… —pensé unos instantes— No lo recuerdo.
         —¿Ves? —dijo entonces— A ti también te han lavado el cerebro. Escucha, tienes que largarte de aquí. Vente conmigo. De vuelta a la Tierra. Aquí no estamos seguros.
         —¿Qué?
         —Somos comida. Los lagartos nos tienen aquí de alimento.
         —¿Qué dices? ¿Qué lagartos?
         —Ellos. Los que nos han traído aquí. No son hombres. Es un disfraz. Nos traen aquí y nos hacen creer que vivimos en el Nirvana, o algo así. Y luego nos devoran.
         —Pero… —respondí incrédulo— eso no tiene ningún sentido.
         —No hay tiempo para más explicaciones, he encontrado la forma de escapar. Si quieres venir conmigo, ahora es el momento. Si no, puedes quedarte a esperar a que te devoren.

         Me miró con sus penetrantes ojos negros y sin decir una palabra más, abrió la puerta y caminó con paso acelerado por el largo pasillo que conducía a las escaleras. Después de unos segundos dubitativos, salí corriendo tras él.

         —Está bien —dijo satisfecho—, sígueme a cierta distancia y camina despacio y tranquilo, que no sospechen. No tardaremos en llegar a la plataforma de lanzamiento.
        
          Caminamos durante un buen rato bajo la silenciosa mirada de los ojos de serpiente que nos vigilaban. Intenté no llamar la atención con las manos en los bolsillos y silbando una despreocupada melodía, pero me sentía nervioso con el rostro tenso y la vista fija en el suelo a excepción de fugaces vistazos que dirigía a mi misterioso compañero.
        
         Por fin llegamos a la plataforma de lanzamiento, un edificio enorme con grandes pórticos y altísimas columnas parecido a una siniestra catedral blanca. El joven me agarró entonces de la manga y me llevó a un rincón donde no podían vernos.

         —Muy bien —empezó a decir apresurado—, hay algo que debes saber antes de embarcarnos: Salir de Sísifo está prohibido para los humanos.
         —¿Y cómo pensabas huir?
         —He estado observándoles durante mucho tiempo y he visto cómo lo hacen. Todos tienen una marca, un corte en los pulgares. Creo que es por donde salen de su disfraz de humano. Tenemos que hacernos esos cortes.

         Sacó un afilado escalpelo de su bolsillo y se abrió los pulgares con limpios cortes verticales que cruzaban la uña hasta la primera falange dividiendo el dedo en dos. Se limpió la sangre con una gasa y rápidamente agarró mi mano para practicarme la misma cirugía. Me zafé con un movimiento brusco, atónito por el arrebato de locura que acababa de presenciar. Miré sus decepcionados ojos, que reflejaban el miedo a hacer aquello solo; no era locura lo que habitaba en aquellas esferas negras. Tomé el escalpelo y sin pensarlo dos veces, rasgué la carne de mis pulgares encogido por el punzante dolor. Ahogué un grito apretando los dientes hasta que no podía oír más que el rechinar de los mismos. Con los ojos llorosos, me limpié la sangre que pronto dejó de brotar y fuimos hacia las filas de gente que esperaba ser enviada a la Tierra.

         Nos pusimos en filas distintas para no llamar la atención, y antes de cruzar el acceso a nuestras respectivas cápsulas, nos lanzamos una mirada cómplice, algo así como un “hasta pronto, nos vemos en casa”.

         Esta nave era diferente a la que me había traído a Sísifo, era una burbuja de un material extraño, un tanto elástico recubierto de una película húmeda. Vi a través de las translúcidas paredes los dos soles blancos brillando y, tras un destello cegador, todo se volvió negro manchado de estrellas que se iban difuminando hasta perderse de vista. Me vi entonces en un caos lleno de color, una ensoñación distante. Sentí náuseas y cuando me quise dar cuenta caí desmayado en la ovalada superficie interna de la burbuja.

         Desperté con una brusca sacudida. Sentí cómo la burbuja se ralentizaba mientras atravesaba las nubes y podía divisar ya las verdes colinas llenas de árboles que cercaban una ciudad fantástica con edificios bulbosos de colores. El aterrizaje fue suave, y la burbuja se desvaneció en cuanto acarició el suelo.

         La ciudad en la que me encontraba no presentaba el mismo aspecto vista desde el suelo. Los edificios parecían deshabitados y no había más señales de vida que las plantas que surgían de grietas en el asfalto y que trepaban por las desvencijadas fachadas. Vagué sin sentido durante un rato, cuando el silbido de un dardo pasó junto a mi oreja. Me giré y vi una bandada de críos armados con cerbatanas que corría hacía mí. Sobresaltado, emprendí la huída por las retorcidas calles hasta que alguien me arrastró dentro de un pequeño callejón. Los niños salvajes pasaron de largo.

         —¿Quién eres tú? —me dijo mi salvadora. Tenía unos preciosos y sinceros ojos verdes y una larga melena castaña. Sus ropas eran primitivas e iba cargada con un arco y un carcaj lleno de flechas.
         —No recuerdo mi nombre.
         —¡Oh! —un destello cruzó su mirada— ¿Y de dónde vienes?
         —Es una larga historia.
         —Está bien, ya habrá tiempo. Tenemos que ponernos a salvo. Te llevaré a nuestro asentamiento. ¡Vamos! —exclamó con ímpetu, y salió corriendo cogiéndome de la mano.
         —¿Cómo te llamas? —pregunté mientras me trastabillaba por su ágil paso.
         —Soy Umma.

         Salimos de entre los altos edificios y llegamos a los lindes de un bosque viejo donde unas cuantas tiendas confeccionadas con largos troncos y pieles de animales parecidas a tipis indios formaban un círculo en torno a una hoguera. El clan estaría formado por unos veinte individuos entre los que había hombres, mujeres y niños, todos parecían cazadores nómadas, armados con arcos. Umma me llevó hasta el jefe.

         —¿Quién es este extraño, Umma? —preguntó el jefe con tono serio.
         —Lo encontré en Cátar,  estaba siendo perseguido por los póvocs. Dice no recordar su nombre y viene de muy lejos.
         —¿De dónde vienes, extraño? —me inquirió con su penetrante mirada.
         —Pues… —no sabía qué contestar. Era obvio que habían pasado cientos, quizás miles de años desde que había abandonado la Tierra; tampoco podría decirles que había caído del cielo tras un viaje intergaláctico— no lo recuerdo, desperté hará unas horas en aquella ciudad y no sé dónde estoy.
         —Umma —dijo entonces el jefe—, trae algo de agua y comida para nuestro invitado —su mirada se fijó en mis manos—. Y unos vendajes para curarle esos dedos heridos.

         Comí vorazmente y bebí hasta la saciedad. Me habían untado un ungüento en los cortes de los pulgares y empezaron a cicatrizar con una velocidad asombrosa. Me cedieron una tienda —que ellos llamaban vigvamo— donde pasé la noche, y al alba, el jefe vino a despertarme y me llevó a pasear por los senderos del bosque.

         —Nuestro pueblo tiene una antigua leyenda —comenzó a decir—. Dice que un día, llegará un misterioso hombre desde más allá de las estrellas. ¿Ese hombre eres tú?
         —Sí —respondí asombrado—, ¿acaso vengo para salvaros de algo?
         —No —contestó el jefe, ahora en un tono más tierno—. Más bien nosotros te salvaríamos a ti.
         —¿De qué?
         —De ti mismo. Has vagado demasiado tiempo y tu destino desde que naciste era ser feliz. Ahora formas parte de nosotros, eres nuestro hermano.
         —Pero… —titubeé.
         —Recuerda cuando eras joven y brillabas como el sol.


8.9.12

El atardecer bermelho de Nazaré.


         (…) Y ahora me veo en Nazaré, Portugal, disfrutando de quizá el mejor atardecer de mi vida en el paseo marítimo con el sol alto y bermelho y una Super Bock bien fría. Ayer cogí el autobús de cinco horas y media Oviedo – Madrid con un chófer despreocupado y tan sólo una mochila con algo de ropa y mi pequeño saco de tela de paracaídas heredado. Cogí el tren de Méndez Álvaro a Villalba, donde me recogerían Angélica y Tania con un Fiat Punto tatuado con “Las judías que riegas son las judías que crecen” lleno de aparejos de acampada y el perro Cosmos y la perra Wanda. Pensaba que me llevarían a Segovia para salir al día siguiente hacia mi obrigada Lisboa, pero cuál es mi sorpresa cuando ponemos rumbo oeste con destino Leiria. —Las carreteras hacia la Libertad Absoluta siempre van hacia el Oeste.

         Nos detuvimos pasadas unas horas, en algún lugar de la provincia de Toledo, salimos de la carretera y montamos la tienda en un descampado reseco, con una luna casi plena que nos bañaba en una irreal luz azul onírico. Juntamos palos secos y rastrojos y encendimos una pequeña hoguera donde calentamos pan blanco con aceite y unas rodajas de tomate. Angélica se acostó pronto, y Tania y yo charlamos y contamos estrellas que parpadeaban en guiños de plata tan lejanos. Hablamos también de nuestros náufragos y de nuestros principitos. No dormí demasiado en el duro suelo, nervioso por los pasos de los fantasmas que hacían crepitar la hierba seca.

         Amanecimos temprano y repetimos el menú de anoche para ponernos enseguida en marcha, no sin antes ser descubiertos por un paisano con mono azul de trabajo advirtiéndonos de que habíamos acampado en reserva natural.

         Y el día transcurrió en la carretera, eufórico como sólo se está cuando uno se desplaza sin saber a dónde va a ir a parar, justo como un canto rodado, cruzando la provincia de Cáceres con escala en Moraleja, y a lo ancho de Portugal pasando por Fátima hasta este cielo púrpura que hace que el Atlántico se sonroje.


                   —Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacito, parece que sentimos toda la Tierra rodar.

8.7.12

La montaña de Pan —Epílogo.


Descendí la montaña, abatido, pensando en todas las almas que por estas cumbres se han perdido, en todas las muchachas de cabellos escarlatas que ahogaron sus ojos en el terco llanto; mi cabeza se colmó de dragones exhalando humo y fuego pagano y de criaturas de grotesco rostro y extremidades retorcidas bailando al son de los tambores.

Dirigí mis pasos a través de infinitos campos y profundos bosques, incluso cavernas submarinas donde el cielo y el mar se confunden, fusionándose en un blanco reflejo centelleando bajo el sol.

Pero Pan no se muestra ante aquellos que le estén buscando, únicamente sale al paso de los caminantes distraídos y les toca una canción con su tosca flauta. 

13.6.12

El flautista a las puertas del alba IX —Capítulo 24.


Camino por la oscura senda entre las alargadas sombras de guijarros iluminados por mi oxidada linterna. La gravilla cruje bajo el peso de mis pasos. Uno, dos. Mi aliento baila en vaho frente a mi rostro. Tres, cuatro. Los grillos agitan sus verdes violas ocultos en la retorcida hierba. Cinco, seis. Las estrellas guardan que la noche siga despierta en la cúpula de los dioses. Con el séptimo paso todo vuelve a empezar, y la fuente de agua sigue tibia. Nada cambia si nada cambia. La ruta que busco aparecerá si apago la linterna. La oscuridad de mi mano traerá la buena fortuna. Y la puesta de sol.

*  *  *

La nieve colma la cornisa de mi ventana de dulce blanco y calor. Observo la calle con mis manos entrelazadas alrededor de una cálida taza de café. Sería el momento perfecto ahora, justo antes del solsticio de invierno. Sería ahora mismo el momento perfecto para ver tu pálida tez abrigada por la lana de una bufanda gris. Así lo imagino. Tus perdidos ojos buscando mi ventana. Buscando un fugaz destello, un reflejo, un trueno que señale otro camino hacia ese cielo al que no sabemos llegar. Con la misma maleta raída y todas esas pequeñas cosas indestructibles que se albergan justo aquí, en el pecho.

*  *  *

Sonríe, una sonrisa tuya puede traer la buena fortuna. También la puesta de sol.


4.4.12

Donde el Sol se apaga en el agua.


         Llegó deshidratado, envuelto en polvo y sudor a lomos de un desvencijado mulo con poco fardo y el pellejo descolorido. Afirmó que se llamaba Henry Antrim, que tenía veintiún años –aunque no aparentaba más de diecisiete–, y que llevaba errando solo bajo el sol desde Misuri.
         -¿Y qué te trae aquí desde tan lejos? –le pregunté, algo a lo que no quiso responder; aceptó sin embargo la invitación a quedarse a dormir en mi casa. No probó bocado hasta asegurarse de que su mulo, Woody, tuviese su ración de agua y alfalfa. Comentó que no tenía dinero, pero que gustosamente trabajaría para mí a cambio del cobijo y la comida. El invierno había sido duro ese año, así que  admití sus condiciones, además, el muchacho me había caído simpático a pesar de ser callado y misterioso; lo único que había conseguido sonsacarle era que buscaba el Pacífico, que para él significada la libertad en su máxima expresión, en sus palabras, ver cómo el sol se apagaba en el agua era lo que todo hombre que se precie debía buscar. A pesar de su aspecto, enseguida vi en él una sabiduría inusual en alguien tan joven, ni siquiera ahora puedo comprender del todo lo que quiso decir con tan enigmática oración.
         Trabajó sin descanso en las caballerizas durante toda la primavera y parte del verano, como si disfrutase de veras con el duro trabajo. En estos tiempos del whiskey es difícil encontrar a alguien así, por lo que a menudo recompensé sus esfuerzos con algunos dólares que él guardaba con recelo en una pequeña bolsa de cuero, para su “aventura en el Oeste”, decía siempre que rehusaba mis invitaciones a pasar la noche en alguna taberna.
         Al cabo de unas semanas desde que llegara, me confesó algo que ya había deducido hacía tiempo: no sabía leer ni escribir; y me pidió ayuda para solventarlo. No puedo ayudarte, le dije, no sabría cómo, pero sí puedo hablar con la señorita Tress y que ella te enseñe. No dijo nada, sonrió y siguió cargando pacas de paja, supuse que era su forma de decir “sí”, por lo que a la mañana siguiente fui a la escuela para hacer un trato con la maestra. Se mostró reacia al principio, pero la convencí alegando que era un joven de mucho talento y que apenas le costaría trabajo. Por supuesto yo cargaría con todos los gastos, cosa que no revelé a Henry, pues seguramente rechazaría la oferta y yo no estaba dispuesto a que se gastara el dinero de su Aventura en el Oeste por el que tanto había trabajado.
         Cada noche después del trabajo, Henry iba a casa de la señorita Tress y daba sus lecciones, huelga decir que no tardó mucho en dominar tanto la lectura como la escritura; a finales de mayo ya lo hacía con soltura. Su rostro desde entonces brillaba con otra luz, se quedaba mirando todos los carteles que nos encontrábamos, leyéndomelos en voz alta con presteza, llegando incluso a memorizarlos con poco esfuerzo. Para celebrarlo, le compré una libreta encuadernada en piel animándole a que la rellenase con todas sus aventuras una vez se fuera. En un principio se mostró reacio a aceptarla, supuse que por sentirse contrariado al recibir un regalo, pero después de meditarlo consigo mismo unos instantes, me dirigió otra de sus brillantes sonrisas y corrió a guardarla en el pequeño arcón donde acumulaba sus escasas pertenencias para el gran viaje; fue entonces cuando me prometió que, una vez llegase a la costa, me escribiría para relatarme cada paso que hubiese dado en su camino.
          La última noche que le vi me entregó un pequeño reloj de bolsillo muy desgastado, me dijo que había pertenecido a su abuelo y que era el único objeto de valor que había poseído; no me percaté de que era su forma de despedirse. Se marchó antes del alba con Woody y unos pocos fardos llenos de gachas de avena, algo de ropa y los dólares que había ido reuniendo en los últimos meses; desde entonces miro siempre hacia el Oeste, preguntándome si ya habrá llegado o si pensará volver algún día… si es cierto que ver el Sol vespertino nadando en el mar infinito llena de veras el corazón de un hombre.

12.3.12

Vivo ahora en un sueño extraño.


Vivo ahora en un sueño extraño, estoy despierto o eso creo, algo raro pasa todo el rato. Me imagino ahora como uno de los sucios poetas de Natalia Castro, con el cuello de la camisa manchado de vino avinagrado.
(..)Y, cuando llega la noche, los poetas calados de hastío hasta los huesos, oliendo a cansancio que dan pena, se dejan morir sobre sus alfombras mágicas atestadas de lamparones dejados porantiguos poemas de amor.                                                        Natalia Castro.
         Y me refugio en una madriguera tallada en la madera de aquel árbol donde los colores se envuelven en papel marrón con un pequeño lazo de cuerda deshilachada, donde escondí poemas antes de nacer para escribirlos ahora… pero, maldita mi suerte, no los encuentro.

         Esta madriguera está forrada de verdes enredaderas con flores amarillas y rojas y verdes y moradas y azules como los pequeños pájaros que revolotean en torno a ellas, también hay anaqueles con cientos de botellas llenas de barcos y arena y cartas de náufragos cuyos huesos hace tiempo que se volvieron coral, la entrada a este refugio está custodiada por una cortina de agua que se precipita desde la copa, donde no alcanza la vista y, lo más divertido, es que el suelo es esponjoso como la lengua de una ballena dormida. Me gusta a veces tumbarme en esta alfombra y escuchar el latido de esa ballena, tan pausado, su respiración y la mía, como las conversaciones de las olas bajo el sol.

         En este sueño yo quisiera ser poeta una vez más, un poeta enamorado, un poeta invisible, un poeta con la cabeza escondida en el cajón de los calcetines, un poeta desnudo frente al espejo, un poeta callado, un poeta sin poemas.

         En este sueño llegué al horizonte y me asomé al otro lado… ¡encontré uno nuevo! “tal vez la Tierra sea redonda de veras”, pensé, y me eché panza arriba a escoger nubes para hacer un ramo con ellas y regalárselo a cualquier persona que me espere en la estación de ningún tren. En este sueño esa persona sí existía, y yo no me ponía a arrancar briznas de hierba con los ojos desorbitados, no me ocultaba del cielo debajo de una gran roca, no me convertía en uno de esos lobos de ojos rojos, sino en los suyos, que cantan a la luna y se transforman en búhos agitando sus alas de plata en la noche.
Aúllo.Aúllo a la luna que me gusta estar viva. Que siento correr por mis venas algo más fuerte que el cuantrón. Aúuuuuuuullo. Me da igual que no dure, que no lo entiendas o que se me olvide. En este instante, sólo aúllo, como si de esta manera, dejase mi cuerpo y el mundo atrás. Como si de esta forma pudiese transformarme en búho y volar toda la noche.                                                                                              Verde.
         En este sueño los días pasan también, y en cada uno de ellos me despierto habiendo olvidado el anterior, desconocedor de que olvidaré el presente cuando me despierte al siguiente. Pero no brotan lágrimas de mis ojos, si acaso de dicha, pues cada flor en el camino se presenta como nueva, cada pez naranja en mi barriga me hace nuevas cosquillas con sus burbujas. En este sueño me alimento de jalea de versos preciosos sin palabras y del néctar de mis pasos y de la dulce lluvia mojando mi frente. En este sueño cada parpadeo hace que cambie el paisaje, que las raíces de los árboles se estremezcan en alegres sacudidas. En este sueño mis manos son invisibles y me divierto intentando asir cosas con admiración, asombrado por el tacto que entonces adquieren.

         En este sueño no hace falta que escriba estas palabras ni ningunas otras… en este sueño nada importa de veras, cada bocanada de aire, cada trago, es el primero y el último.

Wassily Kandinsky, Comp. nº7


6.3.12

Distancia.


         No me oigo pensar últimamente, no comprendo mi mal humor. Me escribo en el brazo cosas como «sorri» o «não se esquece de você» para levantarme el ánimo pero apenas funciona, supongo que llevo demasiado tiempo en un mismo sitio y eso me cansa, como si necesitara continuamente unas vacaciones… como si de repente todas las cosas con las que había aprendido a convivir se volviesen fieros monstruos y mis propios demonios recuperasen sus carnes para atormentarme en sueños y lo que es peor, también cuando creo que estoy despierto.

         De nada sirve pensar que todo está mal, me repito constantemente, y de hecho no está mal, sólo desordenado, como al despertar de una amnesia caótica y darse cuenta de que ya no eres el mismo que se acostó anoche con el pulgar entre las bienhechoras fauces y la otra mano entre las rodillas rasgadas.

         No son más que dos pedazos de madera unidos por una espiral metálica, dicen, igual que no son más que hojas de papel dobladas con mala praxis y un par de grapas… pero hacen falta mis ojos para verlo, creo, que es la mejor joya fruto de un árbol de colores y un puñado de poesía tierna y subterránea que reconforta mi espíritu. Tal vez sea eso por lo que estoy algo triste, porque parece que sólo yo veo tales tesoros.

         ¿Tan efímera es la felicidad y los medios para conseguirla? Odio sentirme triste y eso hace que lo esté aún más, odio escribir estas palabras y odiaré leerlas mañana y saber que sentí de verdad todo esto, aunque sea mentira… me refiero a que me siento solo pero sé que no lo estoy.

         ¿He dormido poco? ¿He comido peor que la otra semana? Quizá sea eso… pero no es justo que algo tan banal controle de esta forma mi vida… que rehúya de rostros conocidos y les desee la distancia para conmigo, que sólo me sienta cómodo en el calor de mi jersey de rayas con Cartola y Vinicius anhelando el sol de Ipanema.

         Me puedo prometer despertar mañana con una sonrisa de nuevo, sabe el Sol que lo intento… 

18.11.11

Discurso del Sol.

El siguiente texto es un fragmento de Miedo y Asco en las Vegas de Hunter S. Thompson, reformado ligeramente para retratar mis sentimientos durante el auge del movimiento 15M en la Puerta del Sol de Madrid.


            Emocionantes recuerdos de aquellas noches en Madrid. ¿Cinco meses después? ¿Seis? Parece toda una vida, o al menos una Era Básica: el tipo de punto culminante que no se repite. Madrid en mayo de 2011 fueron una época y un lugar muy especiales de los que valía la pena formar parte. Quizá significase algo, quizá no, a la larga… pero ninguna explicación, ninguna combinación de palabras o música o recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo que significase…
            La historia es algo difícil de conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero aun sin estar seguro de la “Historia” parece muy razonable pensar que de vez en cuando la energía de toda una generación se lanza al frente de un largo y magnífico fogonazo, por razones que no entiende nadie, en realidad, en el momento… y que nunca explican, retrospectivamente, lo que de verdad sucedió.
            Mi recuerdo básico de esa época parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta noches (o mañanas muy temprano) que me ponía delante del ordenador medio loco y, en vez de irme al bar, enfilaba hacia la plaza de Azoguejo ataviado con una vieja mochila de rebook rosa y una zamarra con el lema de Yes We Camp… y cruzaba con un libro el túnel de Guadarrama bajo las luces de Villalba y Torrelodones y Las Rozas, sin saber a ciencia cierta qué vía tomar cuando llegase al otro lado (aún no me había acostumbrado al metro)… pero absolutamente seguro de que fuese en la dirección que fuese, encontraría un sitio donde habría gente tan entusiasmada e “indignada” como yo: de esto no había duda…



            Había locura en todas direcciones, a cualquier hora. Si no en Sol, por Callao, o hacia abajo, por Segovia… en todas partes saltaban chispas. Había una fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando…
            Y esto, creo yo, fue el motivo… aquella sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos eso. Nuestra energía prevalecería sin más. No tenía ningún sentido luchar… ni por parte nuestra ni por la de ellos. Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa.
            Así que, en fin, menos de seis meses después, podías subir a un empinado cerro en Segovia y mirar al Sur, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a retroceder.

6.11.11

Poemas taciturnos esperando al sol.

En cierto modo me gusta la suciedad. No en el sentido estricto de la palabra, lo estricto es serio, me refiero al sentido espiritual de suciedad.
Suciedad significa que ocurren cosas, y nunca se repiten demasiado, se suicidan con gusto para dejara paso a nuevas cosas. La NATURALEZA es sucia y ser limpio es aburrido.
Yo aprendí de los animales antes que a correr. Yo ya me imaginaba historias antes de vivir ninguna. Yo ya gasté muchos bolis, y no sólo eso, también os robé alguno para terminar... esta frase.

*  *  *

¿Habrá de verdad gente en el mundo muriéndose de hambre por su ARTE? Me refiero a ahora mismo. Yo tengo suerte y unos padres que me cuidan como... eso, padres, pero tal vez incluso mejor.
Es todo una locura, ¿de qué viviré yo? y no lo digo desde la vagancia y el parasitismo, lo digo desde el suspiro del artesano inválido en su menester.

*  *  *

El tiempo pasa muy despacio ahora, puedo verme surcando el ya irritante tópico de los ríos de tinta. Veo cada árbol en la orilla, cada tronco muerto atorado entre las rocas fluviales. Si estas líneas no avanzan más deprisa no voy a tener tiempo para llegar al mar, es decir, al final. Es curioso que el final, o la muerte, se relacione con algo tan inmenso. Como la NADA que no es tan diferente del TODO.

*  *  *

Campanas en el templo, como los brindis en un bar. Billy el niño al galope por Nuevo México, hace tiempo que esquivó aquella bala. Cabalga por la tierra de Frisco, de Jack London, la tierra de sangre y ferrocarril. La perrera del dios PRISMA DE LUZ y sólo un par de ojos.

*  *  *

No puedo evitar al cerrar los ojos verme tumbado en un prado orientado al oeste, bajo la sombra de un roble mirando aquellos ojos, castaños y de todos los colores y todas las almas que puedan caber en unos sencillos ojos humanos.

*  *  *

Tal vez sea mejor dejarlo por hoy, parecía hace un rato que era mañana... ¿o era ayer? Da igual, el sol me ha vuelto a alcanzar con los párpados abiertos. Yo pienso que es de mala educación acostarse antes que la luna, que es la única que nos aguanta por las noches mientras la ignoramos.

Línea final, punto.

17.10.11

Uno.


por todas esas veces en las que me quedo en blanco y no sé qué más decir. por todas aquellas historias que aún están vivas en mi cabeza y no sé cómo escribirlas. busco no estar solo, pero poder estarlo. abrazar a quien YO quiero sin otras palabras. escuchar. el tic-tac de un reloj que me diga Acuéstate mientras espero que amanezca. no necesito beber. no quiero dormir ni comer. no soy triste. sólo quiero arrancar todos los post-its de mi escritorio para llenarlo de nuevos. ser un viejo en el MAR. y las olas. ceniza en los dedos por otra llamarada. silencio… no, sigue el tic-tac. Acuéstate, ya es tarde. otra línea más, por favor. perdido en la montaña. perdido para encontrarme. tierra. un jinete entre tierra roja en el horizonte. y humo. humo. esbozo una sonrisa porque mi pez se agita. baila. le gustan esas notas. no quiere ni un punto y final más. no más puntos. no más puntos. espera. ¡no esperes! es una montaña blanca, no roja. bajo el cielo azul. sobre un mar verde. ojos y dientes. pero no tengo miedo. ¿por qué? ¿para qué? ahora suenan las burbujas de un MAELSTRÖM. pero no soy yo. no soy yo. no quiero serlo. levántate mañana otra vez y juega con los rayos del sol. como el pájaro verde y azul con pico dorado. con un hacha y una flor. ¡saca tu cabeza del agua! respira. aire. aquellas luces que pululan como polvo. en la gran bahía de mi frente. las puedo ver. las puedo ver. todo es tan hermoso. y ahora recuerdo las palabras que quería. solo que no las diré ahora. seré un cactus sin espinas. tal vez porque yo soy todos ellos. todos los que salieron de aquí arriba. del trastero. ¿o ellos son yo? como el blanco cielo inmaculado. sin estrellas. porque ninguno acaba. ninguno empieza. todos son uno. todos somos UNO.

8.10.11

La Escalera al Sol.


Me acuerdo ahora de aquella vez en la que me desperté en una tienda de campaña en el centro neurálgico del país, al menos durante aquella época y en Nochevieja. Se me acercó un tipo viejo, y me preguntó que qué tal se pasaba la noche en tal sitio –Pues bien-contesté-algo duro el suelo, pero bien.
-¿Sabes?-continuó-creo que esto está sirviendo de algo.
-Hombre, si tanta gente está saliendo a la calles es que algo está cambiando.
-Y, fíjate, yo tengo 65 años y esto no lo he visto en mi vida. Esto ha despertado muchas conciencias tranquilas, incluida la mía. Desde que todo esto ha empezado los políticos ya no ladran tanto, ya no se ladran tanto entre ellos.

***

Han pasado muchos soles ya desde aquel… muchas páginas de Bukowski, muchas cervezas, Curtis Mayfield en moto, aquél escritor aburrido inventando acertijos en noches de insomnio esperando al sol naciente. Pero nos sentimos bien, como James Brown en campos de Aloe Vera, enfermos de amor con Dylan ¡espera! No mires aún… si veo que te ves en mis páginas no podré escribirlas.

Un galimatías, como cuando me vi reflejado en su espalda y no vi mi rostro sino un desierto inmaculado de pálidas y suaves colinas. Respiraba una brisa. Y aquel otro que se movía demasiado lento, demasiado lento, valiéndose sólo para enhebrar agujas en un cómic de Ultraboy con casco de sandía.

Entonces el futuro es muy turbio ¿verdad? Con todo ese rollo de las naves y los trajes con luces, grabaciones de olas marinas y cartas de amor anónimas, dínamos, Democracia 4.0 y el jinete de la alfombra mágica, roja, para que Mary Anne pueda pasear con su largo y extraño pelo, da igual si por un camino u otro, pues todos llevan al Danny’s Jazz Black Box en cama de agua.

Los hielos, sin embargo, no se mueven cuando giras el vaso, y otra vez My Generation en el baño de cualquier bar, soñando con llaves negras que se pelean en el parque y Howard en la hamburguesería Jamaica mientras me duele la cabeza por la puta ginebra. No, Lorraine no es como en Heart full of Soul aunque así lo haya escrito, craso error, como cuando aquél socorrista se lanzó al agua para salvar a alguien sin haber esperado la media hora de la digestión.

Demencia. Hablamos de bandejas del McDonald’s llenas de sobras y patatas fritas rancias manchadas de kétchup reseco. Hablamos de que es un cabrón el que te pide ayuda en una mudanza y no te invita ni a una cochina cerveza. Hablamos de fútbol. De mi Dios Jäger mirándonos desde el cielo enarbolando sus brillantes astas mientras la habitación desaparece y caigo y caigo…

Me veo otra vez en el bar rosa, Broken Glasses, bocadillos a un machacante. Siempre todo fuera de contexto, como ganarle al váter, ya sabes, cuando después de tirar de la cadena el muñeco sigue ahí con una sonrisa que te dice 1-0.

Nos despedimos con un Hasta siempre, comandante, pero no sin antes discutir sobre si las cosas no son tan fáciles o lo son demasiado. ¡Muevete! ¿Moverme yo? De momento, sólo sé empinar el codo con un algo y llevármelo a la boca, porque los amores de verdad… nunca se cumplen. Lechowski dijo que nunca digas nunca, pero nada es para siempre.

Así que… a estas alturas de la vida, sólo quiero escribir y llenar la barriga, tomarme una cerveza en Tailandia mientras escucho La Escalera al Cielo y me repito a mi mismo que ni los monstruos son tan feos, ni las reinas son tan guapas.