Mordí
el anzuelo y la encía me sangraba a borbotones toda descosida y ¡ay, la vieja dentera!
Escupí flema y mala baba y me quedé así, con ese gusto a hierro en las pupilas
y el paladar arenoso y un palpitar atrás, bajo la muela. Al tratar de decir
algo, yo qué sé, o preguntar por qué coño qué, la mandíbula se me salía tal que
así y con el mismo chasquido volvía al sitio y ¡ay, el rechinar quejumbroso de
los dientes! Ni deambulando sin camino dejaba atrás mi desdicha, mi desgracia,
mi oh, joder, vaya putada. Me tuve que dejar las uñas crecer para así poder
hurgar en mi propio cerumen y sacarme las voces que se habían quedado ahí pegadas,
volví a hacer pelotillas con la pelusa del ombligo sólo para tirárselas al
vecino cuando anduviera distraído ¿Y qué carajo si tras tantas larvas me quedo
mirando las lentejas que planté? Si después de lo que viene después uno sólo
puede seguir o volver a otro principio. Es lo que pasa cuando te crías entre
crustáceos, que acabas enredado entre las algas o bien crujiente y con el pecho
lleno de sopa. Y te miras al espejo y en verdad te ves bien y esa sonrisa te
sonríe y esas arrugas en las comisuras de los párpados ¿cómo podrían tratarse
de un disfraz? Pero son esas ojeras, esa misma lobreguez velada en la mirada la
que humilla al rostro y lo delata. La misma que también sonríe en la llana cara
del cristal y se derrama líquida entre los síndromes y ya no sé qué devora a
quién ni a qué hora se paró el reloj ni por qué me encuentro ahora como si no
estuviera buscándome. Agarré, pues, una pieza de madera y lié en ella el sedal.
La brisa enmudeció y una nube se deshizo al fondo, cerca del cielo. Una suerte
de escarabajo vino a posarse en mi pie descalzo y moví los dedos para ver que
hacía. Me distraje con un pestañeo y al volver, ya no estaba. Y agarré la
última larva y la ensarté en el anzuelo. Y después volví a morderlo.
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26.6.15
9.12.13
Esperar.
He aquí el sueño que tuve: Un espejo bien grande y redondo
pendía del techo en medio de una habitación amplia y diáfana. Estaba anclado al
suelo por la parte inferior de manera que podía girar en torno a su eje central
como una peonza, así, mostrando sus dos caras entre canto y canto como una
moneda reflectante y joroschó.
Le di un buen impulso, como jugando a la ruleta de la
fortuna, y mi reflejo, entre giro y giro, empezó a moverse sin hacerlo yo.
Primero, puso el dorso de su mano izquierda frente al
rostro, ocultándolo. En su palma, un gran globo ocular dibujaba círculos con
una inquietante pupila escrutadora que nunca pestañeaba, pues no tenía párpados
sino dedos.
Después, contó los dedos de su otra mano. Diecisiete, pero
sólo cuatro de ellos eran pulgares.
El espejo giraba cada vez más deprisa. Tanto, que más bien
parecía una esfera de cristal como las que utilizan los adivinos, pero sin un vapor
misterioso en su interior, sino mi propia figura reflejada que empezó a
caminar, mas no avanzó ni un solo paso.
Me sentí cansado sólo de mirarlo y lo detuve con mi propio
pie. —Es éste el que ha de andar— le dije a mi reflejo, que se había quedado
ahí quieto, imitándome, señalándose el pie mientras movía los labios—. Es éste
el que ha de gastar suela acompañado por el otro a cada paso. Éstos son los que
se lastimarán con cada piedra y sufrirán de callos y ampollas, también los que
se refrescarán en los ríos del deshielo y descansarán entre la hierba estirando
sus deditos para bostezar con regocijo y alborozo.
Le miré, y entonces él me miró. Abrí un ojo y vi que aún no
había amanecido, que las farolas teñían de un naranja antiguo la noche púrpura
bajo la sonrisa de Chesire sin gato bien blanca y brillante. Cerré el párpado y
en ese espejo no vi a nadie más que a mí mismo durmiendo.
Existen enchufes sin utilizar por toda mi
casa
si es que alguna vez los necesito. —Allen
Ginsberg
26.11.13
Veintitrés puñaladas.
Camino de
vuelta paramos en una estación de servicio cerca de Dallas. Chasc dijo: Huevo.
Y yo pedí un par de cervezas y unas patatas con ali-oli. Masticamos las papas a
gusto mientras el sol se levantaba entre Cuenca y Albacete, y apoyamos sendos
codos en la barra metálica mientras digeríamos los tubérculos y bebíamos la
cerveza, limpiándonos de vez en cuando con esas servilletas horribles que se
ponen pringosas y te raspan las aletas de la nariz al sonarte los mocos.
Después yo quise pedir otra ronda de birras, pero Chasc levantó el dedo
mientras bajaba la mirada con sonrisa descarada para pedirse un bourbon, así
que yo pedí otro. Qué menos, pensé, que sumergirse tranquilamente en un
sosegado oasis añejo de barrica de roble. Aún queda mucho viaje de regreso, nos
dijimos los dos para nuestros adentros, más vale que disfrutemos de este trago.
—¿Has mirado la presión de las ruedas? —le dije yo después de un rato. —Están
bien seguro, además no las voy a necesitar para cruzar el charco hasta la Pampa
—contestó mientras intentaba pinchar con un palillo la última patatilla, tan
pequeña que resultaba imposible de pinchar. Por poco me atraganto dando otro
trago a mi copa de desayuno, pues apenas lo empecé vi por el rabillo del ojo
que Chasc hacía exactamente lo mismo, e intenté tragarme una carcajada empapada
en bourbon, pero no funcionó. La Tierra gira despacio, pensé entonces, las
nubes también lo hacen, incluso las estrellas, todo a su manera, pero despacio,
y yo no sé porque tantas veces espoleo mi trasero para darme prisa por
cualquier cosa, si lo que en verdad me gustaría es ser tierra, nube y estrella.
Chasc dijo: Atún. Y se pidió un montadito, yo unas aceitunas. Terminé de roer
el tercer hueso cuando Chasc me preguntó por la basura. —¿A qué te refieres?
—respondí yo— La saqué antes de irnos. Y le dibujé una bolsa de basura con
cenefas de tinta azul para ilustrar el mal olor y un par de moscas
revoloteando, todo en una servilleta, servillage
(o Sir Village). Me gusta tanto el sonido de las cucharillas con las tazas, el bufido
de la cafetera y el parloteo o bullicio general de una estación de servicio
cualquiera. Tal vez luego compre algo de recuerdo de esta carretera
polvorienta, o quizás unas pastas. —Veintitrés puñaladas —dijo Chasc de
soslayo— Una por cada vela que se apaga y se me arrugan las comisuras de los
párpados. —No te eches tierra encima aún —musité— y tómate otra copa, piensa en
todo el camino que nos queda de vuelta, hay que estar despiertos ¿Has visto
todas esas señales que hay en la carretera? Eso que dicen los viejos: un ojo en
el horizonte, otro en el camino y otro más en el pie.
22.3.11
En el camino otra vez.
(...) Ésta es la única manera de vivir, basta con no morir. Yeeppa, ha habido ocasiones en las que hubiera querido morir, pero estoy decidido a aguantar lo más posible, ahora que estoy contigo y quiero estarlo mucho tiempo. Dios mío, ni siquiera me asusta este frío en los pies, mientras pueda seguir caminando con ellos. Señor, ya sé que me lanzaste al mundo sin dinero pero a cambio me concediste el derecho a quejarme. ¡Yuju! Quejarme levantando la mano izquierda pues de tanto hacerlo la derecha se me acabará cayendo. Aunque al fin y al cabo tengo un bebé en camino, sólo habrá que esperar un poco más, luego ver qué nos depara Californy esta vez y arriesgar, arriesgar como ahora mismo y mirar hacia adentro y a mi alrededor y seguir jugándomela aquí, allá, hasta hallar el modo correcto, cuidar de ti, chico, oh, Señor.
Jack Kerouac (Pic)
22.1.11
Psicodelia aplicada.
Saqué con inesperado poco esfuerzo un pie envuelto en un calcetín untado en fango... aquello apestaba. Debería cortarme las uñas -pensé- pero no hay nadie alrededor que me vea, así que tampoco me urge demasiada prisa en acicalarme un poco.
Es sencillo, programación básica llevada al límite por algoritmos empapados en café y cerveza. Se cae, se cae... no pasa nada, era paracaidista, sabe usar su viejo culo para evitar daños.
Hoy tenemos el cuello muy largo y la cabeza oscila colgando a la altura del ombligo. Otros están verdes de envidia de conseguir sólo con drogas lo que nosotros soltamos gratis.
Ahora dime... ¿Qué pasó con las glándulas?
Es sencillo, programación básica llevada al límite por algoritmos empapados en café y cerveza. Se cae, se cae... no pasa nada, era paracaidista, sabe usar su viejo culo para evitar daños.
Hoy tenemos el cuello muy largo y la cabeza oscila colgando a la altura del ombligo. Otros están verdes de envidia de conseguir sólo con drogas lo que nosotros soltamos gratis.
Ahora dime... ¿Qué pasó con las glándulas?
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por
'P. Lavilha
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