Mostrando entradas con la etiqueta resaca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resaca. Mostrar todas las entradas

20.1.20

Sopa verde.


Son las 3:14 p. m. en el anciano distrito de Koboldo, junto al río. Cae una delicada lluvia ácida y no hay pájaro que cante. Nuestro protagonista, K., se amanece con un charco de vómito reseco en el colchón y una terrible cefalea. Hace días que dormita entre pesadillas de moluscos tras agarrarse una borrachera de espanto en su propia despedida de soltero. Lo último que recuerda es invitar a sus compinches a una ronda de Jäbberwocky y arrojarse desde lo alto de la barra con la intención peregrina de que alguno lo atrapara al vuelo. Se lleva los dedos a la frente dolorida y palpa una brecha trasversal hecha ya costra endurecida. “Mierda”, se dice K. para sí, “Otra vez no”.

La pequeña pieza que ocupa está llena de moho y desorden, con correosas manchas de mostaza en las paredes. El frigo llora: sólo hay restos de sobras y despojos. En una esquina hay un retrete donde K. termina de vaciar su estómago y después, frente al espejo sucio, se descubre un ojo púrpura y el labio partido en dos feas mitades. “Mosquis”, musita, “Pues sí que la lie anoche”.
           
Se calza unos tejanos roídos, agarra un chubasquero y sale al rellano deshabitado, enfilando las escaleras. Es costumbre entre sus camaradas ponerse al día con los sucesos de la noche anterior frente a un reconstituyente, a base de cerveza y yemas de huevo crudas, en la misma barra que fue testigo de sus depravaciones; la del bar Pancró, en un semisótano mugriento del callejón Diagon, a sólo un par de manzanas de la pieza de K.
               
Las calles están desiertas y nada más que se oye silencio. K., absorto en su resaca, obvia el estado de abandono de los vehículos en plena calzada y los charcos sanguinolentos de las aceras. K. sólo piensa en cuánto le duele la cabeza y en si Brida, su futura esposa, estará enfadada con él o, en cambio, enfadadísima. Escucha su voz tras los tímpanos: “¡Joder, K., cuando no estás borracho es porque estás hecho una piltrafa! ¡No sé cómo demonios accedí a casarme contigo!”.
                
K. baja los tres escalones que separan el Pancró del mundo real y se encuentra a Sigmondo, gerente del tugurio, y a Bo, barroquiano estándar, apostillados en un rincón de la barra frente a sendas copas de fuegodoro. Ambos dicen al unísono: “¡K.!”, y éste responde con un lacónico gesto entre la vergüenza y la impostura.
               
Se sienta K. junto a Bo y dice con voz rasposa: “Llevo una resaca encima del tipo no-te-lo-crees. Os digo más: No la llevo encima, me lleva ella a mí; me rodea”, hace una pausa dramática llevándose una mano a la sien, “Sigmondo, haz el favor y ponme una birra y medio huevo, anda”. Sigmondo se cuela tras la barra para atenderle. K. añade: “¿No tendrás también algo de comer? Me muero de hambre”. Sigmondo dice: “Chóped”. Y K.: “Venga, ponme eso”.
                
Bo enciende un cigarrillo y observa a K. levantando su única ceja. “¿Y se puede saber dónde has estado todo este tiempo?”, pregunta desde detrás de una vaharada de humo. K. mastica chóped y responde: “Pues en mi casa, ¿por?”. Sigmondo dice: “Te dábamos por muerto”. Y K.: “Ya imagino… anoche me la agarré terrible”, sorbe cerveza, “Pero, joder, era mi despedida, ¿qué esperabais? Ni que nunca me hubierais visto borracho”.
                
Sigmondo y Bo se miran entonces. El uno con semblante receloso e intranquilo, el otro más bien fumado. Sigmondo dice: “¿Tu despedida? ¿Ayer, dices?”. Y K.: “Pues claro”. Y dice Bo: “K., tu despedida fue hace ya una semana”. K. se saca un trozo duro de chóped de entre los dientes y replica: “¿Pero qué me estás contando? Si estábamos tú y tú, y Orestes y Franagan… creo que también se pasaron un rato el viejo Belfrodo y su primo Ocre… ¿De verdad que he estado durmiendo una semana entera?”. Y Bo: “¡Y qué semana!”. Y K.: “¡Mierda! ¿Qué día es hoy, sábado?”. Y Sigmondo: “Más bien domingo”. K.: Pero entonces me caso hoy, maldita sea, ¿qué hora es?”.
                
Sigmondo colma un vaso de fuegodoro y lo coloca frente a K. “Bebe”, dice. K. contesta: “Aún no terminé esto”. “Pues acábate el huevo y bébetelo”. K. obedece y concreta ambas bebidas con una mueca como de náusea. Sigmondo repite la operación y dice: “Bebe”. Y vuelven a beber.
               
“¿Me queréis contar de una vez qué está pasando?”, dice K. “Escucha, K, es difícil…” comienza a decir Bo. “Olvídate de Brida”, sentenció Sigmondo. Y K., atónito y amarillo, acierta a decir: “¿Cómo?”. Sigmondo empieza: “¿Recuerdas aquello que decían en la tele de que el exceso de contaminación por plásticos e hidrocarburos en los océanos y la proliferación desmedida del fitoplancton amenazaban con extinguir toda especie marina, provocando así un desequilibrio en todos los ecosistemas con el resultado último del fin de la vida en la Tierra?”. Y K.: “Cómo no”.
                
Sigmondo apura su copa, la rellena, y hace lo propio con las de los otros. Bo exhala otra bocanada y dice: “Pues, básicamente, eso”. K. dice: “¿Qué coño?”. “Que ya no quedan peces en el mar”, culmina Sigmondo. “Pero no termina ahí”, añade Bo. “No”, confirma Sigmondo, bebe y sigue: “Resulta que, tratando de huir de esta sopa verde, la más inteligente de las criaturas marinas salió a tierra seca”. “¿Qué dices?”, dice K., “¿Los delfines?”. “No”, dice Bo, “Las sepias”.
                
K. sufre una arcada repentina y traga un poco de vómito. “Sepias”, dice, “Mierda, yo odio las sepias”. “¿Y quién no?”, anota Bo, “Pero espera, que tampoco termina ahí”, y pega una larga calada a su cigarro. “Nadie sabe cómo”, prosigue Sigmondo, “y seguramente los que bien pudieran saberlo ya estarán muertos, pero al parecer se trata de unas sepias adulteradas, como alienígenas mutantes, o al revés. Y son más inteligentes todavía que las sepias comunes que todas conocemos”. “Y más grandes”, dice Bo. “Mucho más grandes, terribles”, continúa Sigmondo, “Como de dos metros o así, erguidas sobre sus pegajosos tentáculos”. “Joder”, dice K. masticando chóped, “Menudo bicho”.

                
Bo apaga la colilla sobre la barra y se bebe el fuegodoro de un buche. “Ojalá solo fueran grandes”, dice. “¿Cómo?”, pregunta K., “¿Es que hay más?”. Y dice Sigmondo: “Mira, te lo explicaré sin más rodeos”, rellena los vasos, “Fue todo muy rápido. Salieron del agua hace una semana. Al principio todos pensaron que se trataba de una maravilla de la naturaleza y salieron a fotografiarse con ellas y festejarlo. Pero estas sepias no venían a celebrar nada”. “Todo lo contario”, interrumpe Bo. Sigue Sigmondo: “Venían por venganza. Nosotros nos habíamos cargado su casa. La jodimos con tanto vertido y tanto crucero. Llevaban generaciones tragándose nuestra mierda y ahora, sin pez que llevarse a las fauces, decidieron que nos toca el turno de ser devorados”. “Qué movida”, dice K. “Joder, ya te digo”, dice Bo. Y vuelven a beber.
                
Sigmondo dice: “No tardaron en hacerse con el poder. Con su habilidad para camuflarse y una fuerza monstruosa, acabaron con los ejércitos de las grandes naciones en sólo una tarde, y a partir de ahí les fue fácil diezmar la población mundial. Al tercer día ya habían aprendido a comunicarse por telepatía con los que quedábamos y replicaban en nuestras mentes consignas sepiofascistas en bucle dictando obediencia o ejecución. Al cuarto día acabaron con el ganado y los cultivos y, desde entonces, quien no sirve como esclavo en sus factorías de chóped, sirve como relleno para el embutido. Por eso te digo que te olvides de tu Brida querida, porque probablemente te la estés merendando ahora mismo”.
                
K. se vomita encima y mira a los otros con rostro pálido y desencajado. “¿Co… cómo?”, balbucea, “¿Este chóped está hecho de humanos? ¿Y por qué me lo dais, hijos de puta?”. Segismundo responde: “Pues porque es lo único que hay para comer. Sólo nos quedaba un huevo, y te lo acabas de beber”. Y dice Bo: “Si lo piensas, no está tan mal. A mí me gusta imaginarme que me estoy comiendo al cabrón de mi jefe, o a otra gente que también odio”. “Hombre”, responde K., “visto así…”
                
Pasan unos instantes en silencio. Bo se lía unos cuantos cigarros y convida al resto. Sigmondo descorcha una botella de El Auriga de veintiún años y K. trata de limpiarse el vómito de la barba. “¿Entonces?”, dice K., agarrando la copa que le ofrece Sigmondo. “¿Entonces qué?”, contesta éste. “Que qué hacemos”, aclara K. “Pues nosotros somos la resistencia”, responde Sigmondo. Y dice K.: “Genial, ¿y cuál es el plan?”. Y Bo, dando una profunda calada: “Pues quedarnos aquí y beber mientras se acaba el mundo”. Y K.: “Vale”
                
Y vuelven a beber.

22.4.17

Do.

                Ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

                 Amanecí en un banco del parque Rodol, pasado el mediodía. Rezumando los síntomas de la cruda veisalgia por la boca del estómago hasta el filo de las uñas. Por lo que alcanzaba a recordar, las vestales habían olvidado mi rostro y mi nombre al tercer chorrito de atrabilis, y, a partir de ahí, se puso la atmósfera en negro y, entre medias, perdí un zapato. Un chasquido líquido y ovalado sucedió bajo mi trasero cuando fui a incorporarme, dejándome los pantalones impregnados de albumina y un antiestético pringue de feto de pichón.

                Bostecé. Lo sentí por el pájaro, pero en el fondo pensé que le había ahorrado una vida de amarguras y polución, así que me aboclé los trozos de cáscara del trasero y me largué de allí. Enfilé el camino a casa hecho un guiñapo y con el paso cruzado. Unas garras beige verdoso asomaban por el desgarrón de mi calcetín desamparado y me hedía el aliento a mierda. Francamente, necesitaba una ducha. Además, estaba todo aquel asunto de la consunción del dipsomaníaco deshumedecido cuando se mezcla con una categórica urgencia por cagar.

                Tomé rúe Flâneur para despejarme con la brisa estancada del río y dejé atrás el Sol Naciente con apurados andares y un nudo forzado y tirante en la punta del orificio; justo como aquel que anda transfigurándose de caracol a babosa sin cuestionarse el calendario, una entelequia.

                No había llegado a cruzar la línea imaginaria que delimita las fronteras de mi barrio cuando, sin advertencia previa, fui a tropezarme con Imperator Furiosa. Furiosa era una antigua novia que tuve, mi orbe, mi vía lechosa; pero ya pasaron muchos ayeres desde aquel pretérito, y ya ni hablamos, ni nos olemos. Furiosa lucía un iris pardo y el otro gris, y la melena ensortijada deslizándose por las clavículas. Aún conservaba, después de todo, la candidez primigenia en los lóbulos de las orejas, y ese viso de frescura que reverdece la pupila hasta el haz de His como sumergido en una marmita de esencia de ocalito.

                 Se paró junto a mí, pues percibió que había reparado en ella. Me miró de arriba abajo, sobre todo abajo, a los mitílidos de mi pie. Movió la cabeza levemente a un lado y al otro con gesto compasivo y, sin terciar palabra, giró sobre sus hermosísimos tobillos y siguió su camino. Yo le grité que esperara.

—¡Espera! —le grité.

                Furiosa, sin volver la mirada, tendió su esbelta mano atrás, como ofreciéndomela, y apresuró la marcha. Yo le dije:

—¡No puedo seguirte! ¡Espera!

                Me enjugué las legañas y otra vez corrí tras ella, como en aquella película de Motorizado Marx, la del loco del troglodomo en el desierto, y, de pronto, descubrí que de aquellos preciosos dedos suyos colgaba otra figura, parecida a mí, pero con pelo en la cabeza y la sonrisa cosida.

                Caí de rodillas contra el asfalto. Lloriqueé de un modo vergonzante unos instantes y me deshice del zapato que aún me quedaba. El aspecto del calcetín era, a grandes rasgos, similar a su análogo, aunque quizá de un matiz tirando más a ocre que a gris castaña. Decidí despojarme también de ellos y salí huyendo calle arriba.

                Desboqué por callejuelas sin apellido sin fijarme en los tendidos eléctricos, desnudos, y, cuando me di cuenta de que me encontraba practicando la fuga en dirección contraria, crucé el río por el puente de la fusa y agarré en equilibrio el raíl del tranvía, con la nariz apuntando a la colina de Ubú Roi, y los restos de huevo resecos en la culera. Conseguí mantenerme erguido el tiempo suficiente como para poder apreciar, desde una posición privilegiada, la flagrante parábola que trazó mi cuerpo cuando fue a estamparse contra el suelo con tremendo batacazo. Salí entonces despedido, cosa de tres yardas en trayectoria oblicua, esta vez en parábola ascendente, reboté en una señal de STOP, y terminé colándome, no sé cómo, por la boca de una alcantarilla que alguien se dejó un día abierta y que nunca nadie cerró. 

                Desde abajo, desde abajo huele a humo en Estagira. El suelo se ve negro como un oso negro carbonizado y se escucha cómo el tiempo gira sobre sí mismo y, al fondo, se oye un río. Un reguero de dudas y memorias en todas direcciones. Desde abajo lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Furiosa. Y me subí.

                Llegué al Diapasón descalzo y sin duchar. Me aposté en el córner y suspiré longo. Policarpo el fructífero bajo las torres del momento puso ante mí una crátera de cerveza y un cadencioso chorro de Pancrenoir, sin yo solicitarlo.

—Olvida lo que te dije ayer —dijo Poli—; hoy sí que estás hecho un asco.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Y Bubbs, ha llegado ya?
—¿No te has enterado? Le detuvieron en la frontera para ver qué había en su culo.
 —Pues hablando de lombrices, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, hay más peces en el mar!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿tampoco van a venir hoy?
—Ya sabes cómo son los muchachos; les encantan las sorpresas. Creo que podrían aparecer en cualquier —se calló, y yo aproveché para darle un largo tiento a la amarga envilecida y pensar en el tiempo que pasé con Furiosa, cuando por la noche resplandecían tres lunas sin mácula en el cielo, y en el tiempo que pasó desde entonces, y en cómo ahora, con el recuerdo viejo, parece que aquello duró sólo un— momento. Por cierto, ¿Has recuperado el regalo de Bubbs?
—Yarboclos, lo olvidé por completo.
—Estupendo.
—No te vayas a preocupar, mañana por la mañana buscaré a Mo y lo arrancaré de sus dedos muertos.
—Allá tú, entonces. Pero nada de sorpresas.

28.5.14

El Terraza.

Bajé un escalón y atravesé la vieja puerta de El Terraza, santo tugurio donde los haya en pleno centro de Taray desde 1976. El sol se acostaba más allá de la meseta y el aire frío del río se ponía cómodo por las callejas. La resaca no me dejaba pensar. La ducha y el paseo hasta el bar me habían despejado un poco, pero mis hígados me pedían cerveza para equilibrar el pH.

         —¿Cómo va eso? —pregunté al entrar, con la lengua espesa y las comisuras de los labios pastosas. Me duele la cabeza.
         —Uno cero gana mi Atleti —respondió el Pony sin apartar la mirada de la televisión.
         —Ha sido un golazo de Simeone —comentó Teo, el Terraza, mientras cogía un vaso de debajo de la barra para servirme una caña.

         Pasé junto al Zurdo, que se batía en duelo con la máquina tragaperras, pulsando los botones desquiciado mientras un cigarrillo se consumía entre sus labios apretados. —¿Qué pasa, Village? —me saludó, con la vista fija en esas ruletas que dan vueltas, vueltas y más vueltas y hay frutas y campanas y sietes y todo hace ruiditos y parpadea y eso me marea.

         Pestañeé un poco bajo las luces de neón que coronaban la barra y que iluminaban el bar con brillantes letras que rezaban: El Terraza. Fui a saludar a Pete, que tampoco me hizo mucho caso, absorto en su plato de torreznos con un palillo entre el índice y el pulgar de la mano izquierda y un trozo de pan entre los mismos de la derecha. Le hice un gesto a Nahuel, que practicaba con los dardos en la diana que había al final de la barra, junto a los servicios. Me dijo: ¿Te echas una? Y yo le contesté que ahora luego.

         Me di la vuelta y me vi frente al Pony, con el que choqué los cinco torpemente para saludarnos, son cosas nuestras. Le rodeé y por fin encontré mi taburete de siempre frente al grifo, donde ya estaba esperándome una caña bien fresquita a la que le di un par de tragos, sediento.

         —Esto que va un padre con su hijo por el supermercado —empezó a contarme Tito, que estaba a mi lado— , y le dice el padre: ¡Mira, una lata con tu nombre! El niño dice: ¡Te odio, papá! Y el padre: ¡Melocotón en almíbar, castigado!

        Me reí mientras apuraba lo que en ese momento me parecía una caña de lo más diminuta y le hice un gesto a Teo para que me sirviese otra.

         —¿Qué tal ayer, cómo acabaste? —me preguntó entonces Tito.
         —Bueno… después de toda la tarde en La Villa bebiendo latas al sol como las lagartijas nos fuimos por ahí… ya sabes… lo de siempre —bebí de la nueva caña, esta de un tamaño más decente, y rechacé el pincho que me ofrecía el Terraza—. La verdad es que me acuerdo de más bien poquita cosa. Apolinar se peleó con un tipo en el paseo porque éste le pilló intentando ligarse a su novia, que por cierto, era una gorda —Tito se rió y pidió una caña y unos champiñones con salsa—. Después recuerdo verle subirse a las farolas del parque en la calle larga y apagarlas a puñetazos, aquello parecía el Medievo. Después… vomité en la cama del Pony y justo me pilló dándole la vuelta al colchón, se enfadó, pero estaba muy borracho, creo que no se acuerda. Volviendo para casa o quizás yendo a otro bar se tumbó de repente en medio de un charco y se puso a dormir el tío. Tuvimos que cargar con él nueve pisos por las escaleras para dejarlo en el sofá de su casa —volví a beber.
         —¿Y luego?
         —Ya no me acuerdo de más, pero mira este corte que me hice en la frente.
         —¿Cómo?
         —Ni idea.
         —Pues vaya una pinta fea que tiene, socio.

         El Negro salió en ese momento de la cocina con una gran fuente de patatas con chorizo. Cojeaba, pues había perdido una pierna en un incendio hacía años, cuando era bombero, pero aún así lo hacía con cierta gracia, bailoteando como un loco hipnotista mientras repetía sinsentidos como: Un pez que siempre iba donde quiera que fuese y cosas así.

         Al Zurdo se le había acabado el crédito en la máquina y se acercó a Teo para que le cambiase un billete azul que enarbolaba con descaro para poder comprar tabaco en la máquina.

         —Illo, mira al Teo —mencionó—, ponme una copita fresquita con su espumita.
         —Otra para mí —dije yo.
         —Tres —dijo Tito.
         —Otra aquí, Terraza —dijo Pete desde el otro lado.
         —A mí ponme un DYC —dijo el Pony tras eructar.
         —Entonces cámbiame la caña por otro DYC —dijo el Zurdo.
         —¡A ver! —gritó el Terraza— ¡Vamos por partes!
         —Vamos a ver. Cómo te lo explico: son tres cañas y dos whiskys —resolvió Tito.
         —Y que Jack Sparrow nos ponga unas patatitas y unas setitas —añadió el Zurdo, refiriéndose al Negro.

         Después del ajetreo habitual que se monta cuando el Terraza recibe una comanda de más de tres cosas, de rellenar las cañas que se le derramaban y de recoger los restos de cristal de un vaso que se le había caído, todos tuvimos nuestras copas bien llenas y disfrutamos de un instante de silencio mientras sorbíamos los primeros tragos, incluso Teo se había servido un DYC para compartir ese momento con nosotros como en los viejos tiempos.

         —No veáis la tía con la que estuve ayer… —empezó a decir el Zurdo mientras se llevaba un cigarro a los labios y ofrecía la cajetilla al Terraza y luego al Pony.
         —¿Me das uno? —interrumpió Tito.
         —Tenía un culo —continuó el Zurdo mientras le tendía a Tito el cigarrillo y daba una calada del suyo—, ¡Mama! Y unas tetas, illo...
         —Vamos, que al final no te la follaste —dijo Pete.
         —Illo, que sin goma ni de coña —respondió el Zurdo, cabizbajo. Todos reímos—. Una guarra, la tía. Yo le dije: Bueno, ¿Y una mamadita?
         —¿Y…? —coreamos todos al unísono.
         —Dijo que curraba por la mañana y se tenía que ir.

         Tito y yo pedimos otra ronda de cerveza. Y yo empecé a contar que Harry se había echado una novia dándole palos a los olivos, pero me interrumpieron. Según ellos había estado hablando de eso toda la noche anterior, aunque yo no me acuerdo.

         —¿Qué le dice un cura a un murciano? —preguntó Tito.
         —¡Gol del Atleti! —gritaron Pony y Pete al mismo tiempo— ¡Caminero! ¿Qué le pasa al Mallorqueta, Terraza?

         Teo ignoró las burlas haciendo como que limpiaba un vaso, pero enseguida se le escurrió entre los dedos y tuvo que ir a barrer los cristales. Tomás, un borracho recién divorciado que siempre bebía en un extremo de la barra sin hablar con nadie, si acaso para incordiar, empezó a gritar con su voz provinciana y beoda que los del Atleti eran todos unos maricones, y los catalufos también, que donde estuviera el Real y Raúl que se quitara todo lo demás. Pero todos le ignoramos. Mudito, un ex alcohólico que siempre se sentaba al otro extremo de la barra bebiendo sin prisa un botellín de agua mientras callaba y observaba, esbozó una tímida sonrisa.

         —¡Dame de beber, bestia ¿No ves que me divierte? —exclamó Pete entonces, señalando con el dedo la botella de DYC en el estante.
         —Lo bueno, si bebes, dos veces bueno —comenté yo.
         —La verdad —dijo Pete el monje elegante mientras observaba cómo el Terraza le servía la copa de whisky con hielo con los ojos brillantes.

         Después de darle un par de tragos a su copa empezó a hablarnos de escritores latinoamericanos con su eterna verborrea, pero yo me escabullí con premura salvado por mi vejiga. Crucé el bar pasando junto a Nahuel para ir al baño, él me preguntó si me apetecía jugar ya, y yo le respondí que fuese preparando la partida, que meaba y empezábamos.

         Apenas habíamos jugado un par de rondas en las que el temblor de la resaca me impedía acertarle al jodido dieciocho cuando mi psicólogo, Howard Gili, apareció por la puerta.

         —¿Cómo estás, Village? —me saludó el pelirrojo doctor Gili, se le veía con prisa.
         —Pues aquí estamos. Ya ves. Bebiéndome la resaca con unas cervecitas —respondí yo.
         —¿Sólo cerveza? —me escudriñó con sus escoceses ojos verdes.
         —Sí, sí —musité sonriendo.
         —Bueno, tienes que llenarme este bote de orina por lo de aquel asunto del Casar —ordenó, ofreciéndome el botecito de plástico con la tapa roja.
         —¿Ahora? —protesté.
         —Ahora —sentenció.
         —Acabo de ir hace un minuto… —entonces vi por el rabillo del ojo que Mudito se incorporaba para ir al lavabo— ¡Dame ese bote! —exclamé, y corrí al baño.

         Mudito, aliviado, se pidió una Fanta de naranja y se le sirvió una buena ración de pimientos con patatas, Howard Gili se llevó su bote de pis bien lleno que, además de todo, estaba completamente limpio: Todos contentos.

         Me sentía afortunado, incluso mi puntería con los dardos había mejorado notablemente y celebraba cada triple con otra caña. Podría haber ganado la partida, pues gocé de buena ventaja entre la sexta y la séptima cerveza, pero Nahuel fue remontando poco a poco hasta ganarme en la última ronda. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya estaba lo bastante borracho.


         Miré a mi alrededor: Mudito hacía rato que se había marchado dejando un vaso de tubo con un culo de agua consecuencia de los cubitos derretidos. El Pony, borracho pero tan a gusto como en Agosto discutía con Pete acerca de Jim Morrison y Camarón y algo de Nietzsche con Neruda, ambos con la lengua suelta en patines y los ojos entreabiertos. Al Terraza se le vertía la cuarta copa de DYC por la camisa mientras Tito le hablaba sobre su perro, Flambo, que había cogido pulgas en la finca del P.J. y le habían puesto la lámpara otra vez. El Zurdo bebía whisky mientras miraba el resumen del partido y el Negro empezó a canturrear una de esas canciones locas y pegadizas que cuando intentas recordar no te salen. Es verdad, la vida sigue igual de bien en El Terraza, Santa Tasca que nos cura la resaca mientras nos mata de risa. 

23.4.14

He tomado por costumbre refugiarme en el Sol Naciente cuando no consigo escribir nada, cuando no se me ocurren historias y empiezo a dudar de mi capacidad para tratar con ellas. La primera vez que oí hablar de este sitio fue en una vieja canción que hablaba de todos aquellos que se habían perdido entre dados y tragos; por aquel entonces me interesaba realmente todo aquello, todos esos falsos héroes de barra de bar que siempre tenían historias que contar, ese espíritu de la decadencia que busca redención en sitios equivocados, ese fondo de cada botella que quema la garganta y ese “dame de beber, bestia, ¿no ves que me divierte?”
Me fui sumergiendo poco a poco, dejando casi siempre buenas propinas y despertándome tarde al día siguiente con mala cara y la vieja náusea de ojos rojos. Así me gané el pálido triángulo en la muñeca, señal de los que suspiran a menudo con la mirada perdida en un universo de burbujas y cavilan lánguidos y deshechos por entre las espirales de un cuaderno garrapateado.
He probado a meditar, y creo que funcionó un rato de veras, pero enseguida se me olvidó cómo respirar y abrí los ojos en otra pieza que era la misma otra pieza de siempre. Preparé algo de café y lié un cigarro de hachís, entonces pensé que hacía tiempo que no me dejaba caer por aquel tugurio del barrio francés donde el suelo está pegajoso por el bourbon y las moscas practican sus bailoteos brownoideos que nos matan de risa.
La anarquía de los pequeños ruidos en la quijotera y el celofán. Canicas, cajas de cerillas, tonterías. He fabricado un escritorio de madera inventada y joroschó con un montón de cajones donde guardaré todas las páginas sinceras que a mí me gusta llamar calcetines. En otro rincón he puesto un cordel donde Alonzo tiende la ropa con pinzas de muchos colores para cuando consiga concentrarme, y es que aquí en el Sol Naciente se me permite hacer de todo mientras me emborrache y deje propinas.
—Recuerdo hace unas noches —le dije al mozo tras la barra— pensé en un tipo llamado Franz Flanagan que cierto día se despertó hecho un flan. No le dio mucha importancia y se quedó tumbado blando y fofo. Así de esta forma. Por la tarde ya no era más que una suerte de natilla de carne y seso y al caer la noche se escurrió por entre las rendijas y se diluyó en la humedad de la atmósfera. Supongo que la moraleja es —bebí un trago de algo— que cuando uno se siente como un total pusilánime lo único que puede hacer es levantarse de la cama. Aunque sea para ir al bar.
*   *   *
Ha pasado tanto tiempo desde que atravesé por vez primera aquella puerta, calado hasta los huesos y lleno de frío. Perdí mi brújula un día de esos y ni con este o este sol me oriento. Esa casa junto al río fue la ruina de muchos otros antes y ahora yo soy uno. Soy mi propia bola con cadena y alguien o yo mismo ha cambiado la cerradura. Me han enseñado que toda esta oscuridad es necesaria para que nos obliguemos a encender las lámparas y por eso empiezo a aceptarla. También a veces enciendo las teas equivocadas, pero procuro estar atento, o al menos intento intentarlo. Me he prometido prometerme que no voy a volver a volver a sentir que me siento solo. También me he prometido dejar de repetirme y dejar de repetirme.
Ahora hay una voz que canturrea.

         Ché, cebá el mate y a la ventana asomate.

13.3.13

Pequeño cuento de Jack el ahorcado y otras vesches.


         »Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día.

Desde el miércoles todos los días han sido miércoles. He escuchado cinco notas como en un silbido y no han parado de sonar. Me ha crecido el pelo y la barba, creo que es algún extraño viejo síndrome nuevo. Me palpé entre las costillas bajo la pulpa y me pareció sentir que hay una especie de sustancia viscosa, como un miedo antiguo o una cagalera del alma. Cantan los domadores de autocarros en Leiria y la carretera hacia el vale do Tejo se pasa de veras joroschó en un santiamén cuando el sol se pone rojo y triste y la cúpula es púrpura como la vieja berenjena.

Aún sufro una misteriosa resaca, creo que desde aquel día en que compré un par de cabezas de ajos y zanahorias y algo de tomate en rama y después bebí vino y cerveza en una casa enterrada bajo un mar de tranquilidad en un lado no demasiado luminoso de la luna, de hecho más oscuro que los puntos de las fichas del dominó.

Sucedieron vesches extrañas esa noche, y yo me revolqué un poco por los charcos y me manché los pantalones vaqueros fuera de moda. Pero no brotó el viejo vino esa vez, solo unos pequeños rasguños.
Fue entonces cuando vi al otro Alonzo. Una suerte de yo mismo a través de un espejo pálido que no paraba de llevarse la botella a los labios y libar el humo gris. Otra testa más y a mí me duele la cabeza que da vueltas como el viejo molino que rechina con los oxidados lamentos del viejo cansancio.

No me gusta ese otro Alonzo que revuelve mis tripas y hace que mi garganta haga goch-goch y pone los ojos de buitre en blanco mientras eructa y se rasca la barriga.

Creo que esto se debe a los pliegues que a veces noto tras los ojos y hay una especie de demonio vestido de traje y con sombrero que fuma de una pipa y que está asustando a todos los animales que viven aquí arriba.

 

¿Y ahora qué pasa, eh?

Me asomé entonces al pozo y ahí estaba Jack el ahorcado, colgando por el cuello de la soga que, antes de que el pozo se secara, servía para amarrar el cubo con el que se sacaba el agua fresca. Lo reconocí por el cogote, siempre desplumado por la parte del remolino en la que nacía una incipiente calva.

—¿Qué haces ahí, Jack? —le grité desde el alféizar, pero no tuve respuesta— ¡Jaaack! —volví a gritar, agitando la cuerda para que se balanceara.

Levantó Jack una pupila hacia arriba, y me vio asomado a un disco de cielo, al menos desde su punto de vista.

—¡Alonzo! —saludó con una voz ronca—, ¿qué haces ahí arriba?
—Nada —respondí yo—, paseaba y encontré este pozo.
—¿Pozo? —preguntó Jack el ahorcado mientras intentaba mirar alrededor—, pensé que esto era una chimenea.
—Espera un segundo, te sacaré de ahí.

Tiré durante un rato de un extremo de la soga y conseguí sacarle del pozo. Le ayudé a sacudirse el polvo y el barro de la ropa vieja y me di cuenta de que había crecido varios centímetros desde la última vez. Su cuello presentaba varias marcas enrojecidas y estaba realmente estirado, incluso parecía que, de tan largo que lo tenía, no podía sostener el peso de su cabeza y ésta se mantenía ligeramente inclinada hacia un lado.

—Qué mal aspecto tienes, Jack —le dije.
—Es mi cuarta condena este mes —respondió con indiferencia.
—Dentro de poco tendrás el cuello tan largo que llevaras la cabeza colgando y lo verás todo del revés —le advertí, pero no le importó, dijo algo de que cuando has sido ahorcado tantas veces ya no sabes qué está del revés y qué del derecho, y al final te acaba dando igual todo eso.

En el fondo del pozo, Jack el ahorcado tenía razón, y yo no tardaría en darme cuenta de que mi propia garganta también se había ido estirando poco a poco por no haber encontrado algunas palabras, de que a veces también me cuesta discernir qué son pozos y qué chimeneas. ¿Y ahora qué pasa, eh? Si cada vez que no acierto con la letra mis trazos se convierten en sogas.

29.10.12

El lado oscuro de los lunáticos.


         Desde hace ya algunos años me dejo arrastrar de vez en cuando por  desquiciadas aguas, esto es porque cuando tienes mucho tiempo libre siempre hay un poco que se te escapa, un pequeño retal —o tal vez no tan pequeño— que te apetece perder por ahí y que se quede empapado y sucio en un charco de una calle aleatoria. En cualquiera de esos charcos, siempre hay un puñado de lunáticos que han perdido sus retales.

         Matt Terrace vive en el caos del Hércules que cambia las armas por un balón de fútbol, en el charco lleno de hierba y en las barras de bar con una cerveza o una copa de whisky patrio oscilando en su mano como un centro de gravedad obtuso.

         El ajetreo de los borrachos del parchís sin anestesia me hace sangre y resaca y me olvido de las caras y no hay nada que quiera ser recordado porque su casa es el charco; y al final, mirando las figuras que se forman en la disipada espuma de la bañera —¡Eso parece un perro, eso un hombre con sombrero!—, el agua se enfría y yo me quedo dentro de mi culo triste.
        

6.5.12

Bobby "Blue".


Sé que es muy tarde ahora, que tras la llama y su exhalar sólo quedará ceniza. Sé que sólo en la distancia encuentro las miradas que se van y yo aquí sentado en una esquina esperando y no sé a qué.

Los grandes enamorados al final gritan en sus camas por no saber no estar solos. Y aquel ruido blanco.

Una taza con café reseco en el fondo, eso queda. Los pegajosos posos de una ventana inclinada calentada por el sol de un día ocioso.

Papiroflexia con mis poemas entre sus dedos. Mi cabeza se aleja aunque la intente atar arañando mis costillas y olvidando los aplausos. El que sigue aquí en mi frente es el culo de Picasso y el que quiere ser un sucio Hank en un palacio borracho de sexo. Y la resaca con las sábanas empapadas en sudor y ginebra de la Victoria. Hojas secas. Tatuaré mi piel con cada palabra que escribo en vano. Me cortaré las uñas y afeitaré mis barbas y seguiré pareciéndome al tío del espejo.

No tengo una azotea en lo más alto de la ciudad nocturna ni estrellas que regalarte. No tengo sitio al que ir. No tengo sitio al que llevarte. Quizás sólo este estribillo y la verde alfombra. Ya sabes cómo somos, sólo sabemos cantarle a nuestras guitarras así que perdóname.

Tomos de Freud en su bolso y no consigo soñar nada. Y me despierto. La música de piedras corriendo ladera abajo. Y el olor de la vereda. Y lo a gusto que entre ensoñaciones descanso en el suave vergel para huir corriendo por si alguien me ve. Es tarde ya, pero procuro mantener la luz encendida. Mis manos no están gastadas aún pero ya han sabido hacer daño sin querer. También al corazón que les da de beber. No dejes de usarnos, me dicen cuando dudo, pero saben que no podría. Prestad atención, digo yo entonces, no me falléis vosotras, o tendré que escupir sobre mi muro por ser de nada y no como yo pensaba. Ahora, cierra la puerta, te hago un sitio, ven, mejor mira las paredes, haz como que no estoy, guarda silencio, déjame que piense… así esta no será mi última línea.

3.9.11

Trigo introspectivo.

Otra vez siento que me falta algo, que se me ha ido algo.

Algún personaje de estos que ya he usado en varios relatos, al que últimamente no echaba de menos... y ya... pues ya no está.

Vino y se fue tantas, tantas veces... aún tengo más, siempre tendré más, pero es la que realmente presiona mis dedos contra cada tecla para formar cada sílaba, cada palabra... y no se me antoja ahora nada más que estar solo. Solo un rato. Que ningún corazón delator me haga perder los nervios. Que cada resaca sea en la soledad de mi cama con otro folio en blanco... esconder aquél cadáver, escapar de aquella isla...

Creo que soy imbécil... o quizá sólo sea feliz.


18.12.10

Desconocido cualquiera.

Una vez lo vi, en un bar ¿dónde si no? Estaba solo en la barra, yo también por cierto, se pedía una cerveza con un libro en la mano y dejaba que la espuma se fuese disipando y todas las burbujas se liberasen en el aire.


Pasaba las páginas pausadamente, nunca mojaba su dedo en saliva para ayudarse, leía y leía, y sus ojos iban de izquierda a derecha sin detenerse en algún punto vacío.

Yo, sin embargo, me limitaba a observar bebiendo una cerveza tras otra. Nada de botellas, me sentaba al lado del grifo y dejaba que el camarero practicase con vasos calientes y recién lavados.

¿Quién era? Porque hasta que no me desperté al día siguiente con mi dolor de cabeza y mis gargajos en la garganta no me di cuenta realmente de que había pasado la noche envuelto en humo de vainilla y zumos de cebada mientras ponía el ojo en un desconocido cualquiera, interesante.

No se lo dije a nadie, yo siempre he odiado que alguien me dijese que había conocido a alguien interesante, me siento mal, e infravalorado. Es normal que una persona como yo se infravalore, a veces demasiado, pero cuando alguien te dice que no llegas a ser tal como creías, realmente te cuestionas si no estás haciendo el gilipollas con tantas palabras y puntos y comas, alguna exclamación de vez en cuando, pero siempre un interrogante que te dice ¿por qué?

No le volví a ver, pasé un par de noches en la misma tasca de siempre esperando que entrase por aquella puerta, abriese su libro, pidiese una cerveza y la dejara morirse. Pero nunca apareció.

No le echaré de menos ¿por qué? Las amistades están ensalzadas, un desconocido no me va a quitar el sueño.

Pero sigo aquí, con mi cerveza y mi pluma, pensando en que ahí fuera hay más gente, y no la sé ver.

7.9.10

Notas de un borracho dieci... ¿cuántas van?

Otra vez borracho... esta vez en verdad no son notas, solo disparos dactilares a ver si acierto la tecla correcta.

Hace un buen rato que meaba mientras pensaba en las votaciones para el especial de Jimi y las cosas que quería mencionar aquí antes de que se me olvidasen.

Supongo que la palabra clave del día era exámen y Tomizawa, y el número 1408... El Derby de Sherry... no sé, Mahou clásica en vez de Lager... Delirium Tremens que me espera por Vigo...

No sé ni por qué me puse a escribir, no lo hacía por no distraer la atención de lo de Jimi.

Ahora mismo El Terrasita acaba de tirar otro vaso... no será el último. De momento, me iré acostando, mañana será otro medio día, después de la resaca.

P.D: Sí, ya sé que este post también huele a alcohol.

31.1.10

R.E.P.

Con la vida que llevamos algunos la muerte no será un descanso... más bien será una resaca eterna.

17.1.10

¡Pasen y beban! (Notas de un borracho V)

Ultimamente a la única que beso en los labios es a la botella que tengo en las manos.

No me hago el interesante, de hecho, creo que solo lo soy para mí mismo.

Parece que vivo la vida, más bien la noche, empinando el codo.

Moraleja: bebiendo se cura la resaca.

Gracias a Marta, y sus chupitos de bourbon (Four Roses).

11.12.09

Notas de un borracho.

Piedras en el riñón.

Cuidao dice, si tú vas por el 14 de Enero.

Y siempre despliega un par de servilletas sobre la húmeda barra. Sabe que las palabras salen en cualquier momento y no quiere mojar su cuaderno.

El doblao paga la próxima.

Nadie te va a hacer el cola-cao como tú te lo haces
Rafa Naveiro

Son historias de barra.

Mente ociosa, cuerpo inerte.

Chuck Berry, You never can tell.

Si das palmas la bruja se enciende.

El azul es más azul, y hay que bebérsela mientras esté fría.

¿Qué es el garrafón? porque todo el mundo dice no sé qué del garrafón y... ¿Qué carajo es?

Hay dos días en los que nunca pienso: ayer y mañana
Adela Fierro

Estoy borracho OTRA VEZ.

Cerveza, siempre te tengo a tí, pero sólo por que te pago. Eres una puta. Pero te quiero.

Da igual que deje el whisky, el ron o lo que sea... sigo siendo un maldito borracho sin rumbo.

Botellas, al final la vida se resume en eso.

Y al final ¿qué soy? me paso la vida escribiendo y sólo soy otro borracho que decide escribir mientras lo está... si no... joder, me cago en la puta... la madera de la barra es lo único que veo.

Los gilipollas son los que dan la espalda a la barra buscando tías.

Continúa con escritos ilegibles. No recuerdo haber escrito ayer ni la mitad de lo que hay aquí. Me duele la cabeza.

21.6.09

Entre sudor y temblores.

Ese frío, ese calor. Dolor agudo y palpitante en las sienes. No, ni de coña, me tiro en el pasillo, no aguanto ni sentado. Las tripas se retuercen y el puré que nadie quiere ver sube por el pecho. Es dificil describir una buena resaca cuando ya pasó. Dices "ya no bebo más". Engáñate para consolarte ahora, cerdo.