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31.1.15

Un toroide torcido.

—Lo que vengo a decir —dijo finalmente César tras una dilatada perorata cuyo origen hacía rato que ambos habíamos olvidado—, es que es imposible hallar una sola prueba que refute que nuestra memoria es fiable en el más mínimo de los casos. No importa que tengas en casa un puñado de  cintas VHS en las que salgas practicando windsurf en las playas del wild sur, eso no demuestra nada.
—¿Sigues empecinado en eso de las granjas de humanos y en todo ese rollo de que vivimos en Matrix, eh?
—No se trata de que yo me empecine o no. En serio, tío, no hay más que abrir los ojos un poco más y en seguida te das cuenta de que todo es absurdo hasta tal punto que sería de locos creerse que de verdad esto es la realidad.
—Bueno, hay quien dice que estamos tan acostumbrados a buscarle la lógica a todo que no es difícil que uno termine por volverse un chiflado. Al final, lo que tú mismo estás haciendo es dar una explicación lógica a todo esto, en vez de asumir que realmente todo es un absurdo así de grande y que más vale pasárselo por lo menos bien y no dejar que tanta paranoia te ablande el seso.
—Ya… tú piensa en lo que te he dicho, ya verás como al menos un par de veces al día descubres fallos de programación.
—Lo que tú digas. ¿Mañana a la misma hora?
—No, tío; mañana no puedo. ¿Te parece mejor mañana?
—Perfecto.
—Muy bien, pues mañana nos vemos entonces.
—¡Hasta luego!
—Cuídate, Juan.

         Pagué el café y me puse la bufanda para combatir los flemáticos soplos que Céfiro  ha tomado por costumbre exhalar en esta época del año. Anduve las nueve cuadras que separan el San Adolfo de mi pieza sin pensar en gran cosa cuando me encontré con mi viejo amigo Julio, cronopio desquiciado como los que ya no abundan, con un aspecto considerablemente más desaliñado que el habitual y con las córneas más bien inquietas en sus cuencas demostrando claros signos de nerviosismo.

—¡Coño, Juan, qué alegría verte, justo a ti te estaba buscando! —me saludó con los brazos extendidos, mostrando sin querer un pronunciado desgarrón en la axila de su trasnochada chaqueta de lana.
—¡Julio, cuánto tiempo! —exclamé yo— ¿Cómo te trata la vida?
—Bien, bien, pero eso no importa. Verás, esta noche he tenido un sueño increíble y, según me levanté de la cama, sentí que tenía que contártelo precisamente a ti. Me calcé a toda prisa y vine lo antes que pude.
—Pero si ya pasan de las cuatro de la tarde.
—Ya. ¿Quieres que te cuente el sueño o no?
—Hombre, la verdad es que ahora me pillas un poco liado.
—Vale. Pues bien: Estaba yo en un columpio, quiero decir en mi sueño. No sé muy bien si estaba sentado o de pie, ya sabes cómo me gusta a mi ponerme de pie en los columpios, pero seguro que me estaba balanceando. Los arcos que iba dibujando eran amplios, amplios, amplios, pero todo esto muy despacio, muy despacio. Tan despacio que más bien parecían diapositivas desperdigadas en mi retina, que entonces no estaba en mi ojo, sino en mi coco, y daba la sensación de que cada segundo era independiente de los demás segundos, que no tenían nada que ver entre sí. A todo esto debería añadir que yo no sueño nunca, o que nunca recuerdo lo que pasa cuando estoy dormido. Y nada, luego pasaban unas cuantas cosas, pero no sé explicarlas, y al final veía a un tipo raro, con barba descuidada y un vaso de moscatel junto al cenicero, haciendo tamborilear sus dedos sobre un teclado mientras en una pantalla se iba redactando todo lo que pasaba. Quiero decir todo lo que nos pasa a ti, a mí, a todos. Como si ese hombrecillo fuera Dios, o un secretario suyo, y en esa página de ordenador fuera escribiendo nuestras vidas y destinos. Me di cuenta entonces de que el mundo, lo que conocemos, no es más que una novela o tal vez un relato corto o un poema. Y de que nosotros somos los personajes.
—¿En serio? —respondí yo— ¿Y por qué te dio por venir a contármelo precisamente a mi?
—Pues porque a raíz de este secreto que he descubierto he estado analizando mi vida de cabo a rabo y me he dado cuenta de que nunca me ha pasado nada. Al menos nada que uno escribiría en un libro. Así que he supuesto que no soy más que un personaje secundario, tal vez un extra. Pensé que, si existo, es porque ahora mismo alguien está leyendo este texto y que el protagonista de la historia sería sin duda alguien a quien yo conozco, pues en caso contrario ni siquiera existiría.
—Y ese protagonista debo de ser yo.
 —No se me ocurrió nadie más. Mírate, tan entero y definido. Tú, Juan, eres uno. Yo no soy más que otro del montón.
—Tampoco te menosprecies, eres de las personas más curiosas que conozco. ¿No te apetece subir a casa a tomar algo de vino? Aún me queda una garrafa de cuando nos emborrachábamos en el Sándwich Eléctrico, antes de que se matara Manu con aquella piel de plátano.
—Claro, ¿por qué no?

         Preparé un par de vasos y un cuenco de anacardos para mascar y debatimos largo rato las cualidades del universo según las premisas marcadas por el sueño de Julio. Determinamos que tanto nuestra memoria pasada como nuestro futuro estaban ya escritos, y esto me devolvió a la conversación con César, aunque vista desde otro prisma un tanto más caleidoscópico. Nos enojamos al descubrir que nuestras vidas no eran más que un par de líneas perdidas como náufragos en un océano de párrafos, que todos nuestros sueños y aspiraciones eran  simples acotaciones estilísticas en el típico capítulo de relleno que no aporta nada. Nos preguntamos por la calidad del libro al que sin desearlo pertenecíamos, por cómo sería ese escritor y por qué nos había creado si no pensaba otorgarnos un minuto de gloria en el que nuestra mera existencia cobrara sentido.

—¿Sabes lo que creo? —dijo Julio mientras se llenaba la boca de frutos secos— Que si yo he tenido este sueño y estamos teniendo esta conversación es porque tal vez haya un fragmento en el que nosotros mismos seamos los protagonistas y se narra justamente lo que nos está pasando ahora mismo. No sé si esto está sucediendo porque está siendo escrito en este momento o un cualquiera lo está leyendo. En ese caso, si varias personas lo leen al mismo tiempo, estaríamos siendo duplicados con nimias variaciones y entonces no somos realmente personajes de un libro, sino proyecciones de ese mismo libro en la mente de un lector más o menos disparatado. ¿Te das cuenta del lío en el que nos hemos metido?
—En que nos has metido —apuntillé yo.
—Sí. ¿Y si es un libro de mierda de un escritorzuelo de pacotilla? ¿Qué me dices? Joder, Juan, estoy que no me lo saco de la cabeza. ¿Y si se trata de una novela policíaca y tú o yo o los dos somos víctimas de un asesinato? ¿Y si esto que vivimos no es más que el trasfondo de un prólogo aburrido que introduzca un contexto en el que realmente no ocurre nada? No sé si voy a ser capaz de dormir una noche más con todo este bullicio entre mis sienes. Y es que lo pienso y me doy cuenta de que, si todo esto es ciertamente un cuento, ni siquiera puedo decir que éstas de aquí sean mis sienes. ¿Qué tengo entonces? ¿Quién soy? ¿Qué?

         La pieza se había sumergido en una palpable penumbra y encendí una lámpara para remediarlo. El vino se había terminado hacía rato y, siendo domingo, no tenía solución para aquello. Mientras tanto, Julio seguía dándole la vuelta al mundo montado a lomos de sus propias cavilaciones.

—Si hasta se me quitan las ganas de seguir hablando —masculló—, pues no voy a decir nada que ese cabrón no haya escrito ya. Y encima el tío se lo tiene que estar pasando de puta madre escribiendo cómo me vuelvo loco.
—¿No habíamos quedado en que si estamos vivos ahora es porque alguien está leyendo el texto?
—No, Juan, eso era un supuesto, que no me escuchas.
—Entonces estamos siendo escritos ahora mismo.
—Exacto.
—Pues entonces es bien fácil, sólo tenemos que hacer algo que el escritor no se espere o no sea capaz de imaginar para salirnos del relato.

         En ese instante, con sendas pupilas rebosantes de un misterioso fuego fatuo, Julio se levantó de súbito y se arrojó por la ventana abierta sin mediar palabra.

—¿Qué haces? —le dije, asomándome por la misma.
—Lo que tú has dicho. Imaginé que no me pasaría nada si me tiraba por la ventana sin que estuviera previsto.
—Pues claro que no te ha pasado nada, ¡estamos en un bajo!
—Eso puede significar que el escritor ya planeaba defenestrarme por algún sitio resultando yo ileso como un superhéroe.
—Yo creo que lo que significa es que estás rematadamente loco y que no tienes remedio.
—Piensa lo que quieras, yo sé la verdad.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué te sirve?
—Pues… —empezó a decir mientras se frotaba una rodilla que se había raspado por la caída— Pues para que el autor bastardo se dé cuenta de que yo también existo, que estoy aquí y que no pienso ser un figurante más en su circo de sílabas.
—Entonces prueba otra cosa, porque me da a mí que esto no ha funcionado.

         Julio se quedó dubitativo, y le ayudé a volver al piso con cierto esfuerzo. Tenía los pantalones manchados de polvo y verlo así me inspiró lástima. Le recomendé que se diera una ducha y que comiera algo, que se tomara una siesta y que ya vería las cosas de otro modo al despertar. Que en cualquiera de los casos el asunto, digo el mundo, es así, es lo que hay y no hay más. Que nos parece raro todo porque lo único que no cambia es el perpetuo cambio al que estamos sometidos. Que cuando nos sentimos raros nosotros mismos es porque no estamos del todo sincronizados con nuestro alrededor y que en esos casos prácticamente lo único que uno puede hacer es esperar un rato y a ver qué pasa.

         Se fue cabizbajo, con la cabeza hecha un trompo a punto de desequilibrarse pero con cierta inercia aún. Julio era real en ese momento. Real de veras. Y yo también me sentí real entonces y fue como verse a uno mismo en un espejo inmaculado y además dentro del propio ojo y… no sé, es una sensación extraña harto difícil de explicar.

         Volví a mi escritorio y no podía concentrarme. Todo se había transfigurado en un revoltijo de impulsos eléctricos entre axones y dendritas. Me vi fuera de mí, pero consciente aun así de la sinergia por la que se van definiendo los acontecimientos que uno digiere día a día. La sincronía de ciertos instantes. Lo azaroso del devenir del tiempo.


         Me llegué a la tienda y compré una botella de moscatel para acompañar los cigarrillos. Iba atrasado en la crónica sobre el Derby de Sherry que tenía que escribir pero, aun así, me permití el lujo de garabatear unas cuantas páginas para mí mismo. Unas cuantas páginas acerca del viejo lunático que para mí es Julio. Sabiendo que nunca le confesaría que ese tarado que se dedicaba a jugar a ser dios decretando actos y destinos, pensamientos y decires, sentimientos y pasiones, triunfos y tragedias… era yo sin darme cuenta.


3.11.12


Hoy es uno más de esos días en los que me siento en mi trono de mimbre frente al teclado dispuesto a escribir una historia genial y las palabras simplemente no brotan. Y sin embargo, otros días mis ojos buscan desesperadamente un bolígrafo con el que apuntar algo y la desidia paraliza mis músculos e impide que pueda levantar el culo del puto sofá.

He decidido escribir sobre eso, pero no creo que me den un Planeta por ello. Imaginaos: “Paul Village, ganador del Planeta por escribir sobre cómo un escritor no escribe”. Con el dinero me compraría un par de cervezas y tal vez ayude a niños pobres y salvaría alguna especie en extinción.

La vida del escritor siempre pasa por momentos buenos y momentos malos; y yo, los que he vivido no son ni buenos ni malos, yo no soy escritor ¿os engañé? No lo creo… cualquiera puede juntar dos palabras, o incluso diecisiete, pero no te hacen santo por no haber roto un plato ¿no?

Alguna vez me han aplaudido por alguno de mis párrafos pero, no sé, me recuerda mucho a cuando tu abuela te dice que eres el niño más guapo del mundo o algo así.

Prefiero mirarme al espejo y decirme “¿Y ahora qué?” y sonreírme. 

26.6.12

Oja, hhija, hoja.


Con la cabeza baja, mirando al suelo, no se piensa bien. Por eso decidí poner la vista en el fondo de un vaso de scotch y no pensar en nada. Un tipo joven llamado Todd está de barman, es su primera noche. No durará mucho —Disculpe, señor —me dice—, es usted aquel escritor ¿verdad? El de los cuentos del flautista de Pan. —Sí, creo que sí —Contesto absorto— hace tiempo que no soy nada. —Entiendo cómo se siente —afirma Todd, con una sonrisa en los labios y una mirada suspicaz—, créame. Llevo más tiempo en esto de lo que pueda parecer por mis sonrosadas mejillas. Lo que pasa es que hace tiempo que no le cuentan cuentos al cuentacuentos.

No hace tanto tiempo de la última vez. Fue una pequeña hada del bosque entre ensoñaciones, yo pasaba una mala época… me susurró al oído. Dijo:

«Oja, hhija, hoja. Hoja en blanco, blanco pensamiento. Si eres un hipopótamo da tres vueltas a la manzana y el avestruz asomará la cabeza con una flauta en los labios. “Oye”, dijo el cocodrilo mostrando la hilera de sus dientes en una mueca burlona, “Para que salgan las notas estaría bien que antes respirases”. Y el diente de león se dispersó en mil segmentos bajo la brisa de verano proveniente de África».

9.3.12

Hank.


Conocí conocí a Charles en su novela Cartero, en la que narraba su vida como cartero entre los años 50 y 60. Desde el principio me fascinó su prosa mordaz, su sucio lenguaje, su misantropía, su alcoholismo… pasaron los meses y llegó a mis oídos la celebración de un homenaje que se le rendiría en La Caja Negra de Oviedo, estuve a punto de no ir por no tener amigos entonces que compartieran mi gusto por este tipo de literatura, pero al final me armé de valor para ir a un bar solo y crucé la vidriada puerta que me separaba del público portador de libros y cervezas, quizá alguna copa de vino. Recuerdo quedarme asombrado con ese ambiente, desconocido para mí, mirar absorto la pantalla en la que se proyectaban imágenes de Bukowski paseando en un descapotable por las calles de Hollywood, deleitarme al ver a gente compartiendo libros y charlar animosamente. Sin embargo aún era tímido –mucho más que ahora– y me limité a tomarme una cerveza en el fondo del local mientras escuchaba el recital de poesía. ¿Qué año sería, 2008? El pájaro azul fue leída repetidas veces y seguramente sea mi poesía favorita, no sólo de Hank sino de todas las que he podido leer –que, sinceramente, no son demasiadas–.


Y ahora, cuatro años después, dieciocho desde su muerte, tras haber leído tantas novelas, relatos y poemas veo a Bukowski como un autor crucial para comprender un poco más la sociedad del siglo XX, el aislamiento voluntario, la suciedad de los hombres… y, aunque mi forma de ser tiende ya a buscar la felicidad, sólo por hoy tendré como lema su epitafio…

DON’T TRY

1.3.12

El lecho de paja mohosa.


         No eran buenos años para el mundo los acontecidos tras los dos grandes hongos de Japón en verano del 45, pero nosotros los pasábamos bien despreocupados en las nocturnas calles de Frisco bajo una atmósfera de jazz y marihuana, escribíamos poemas en un pequeño cuarto de alquiler embriagados por el aroma del vino, con las barbas descuidadas e hipnotizados por el incesante timbre de mi Underwood de segunda mano. Estuvimos encerrados en aquella habitación bajo montones de hojas escritas unos ocho años, hasta que Francis se suicidó y yo me trasladara a Seattle a respirar la tranquilidad oceánica del noroeste. Ahí fue donde escribí mi novela más conocida, no sé si la habrán leído, Los sonidos de Puget. Mi vida entonces era todo lo pacífica y tranquila que necesitaba, era consciente de que mis días de juventud habían pasado ya y mi cuerpo envejecido no gustaba de otra cosa más que de la sencilla contemplación del cielo… al menos esto fue así hasta el día en el que, sin atender a razones, llené mi petate y abandoné la ciudad, supongo que quería despedirme de mi lozanía antes de cumplir los cuarenta y dejar que me creciera la barriga sentado en los campos de Texarkana, quería rendir un último homenaje a mi querido Pomeray desgastando mis suelas en el camino.

         Fue así como llegué a Eugene, Oregón y salté dentro de un vagón de la Union Pacific para continuar hacia el norte acompañado del traqueteo de las viejas vías y el viento revolviendo mis cabellos. Al segundo día de trayecto, cuando aún restaban unas cuantas millas para llegar a Eastport y cruzar la frontera, descansaba con las piernas colgando mientras grababa mi nombre en el suelo con una navaja, cuando vi a un joven muchacho corriendo junto al tren, incapaz de subirse. Le grité que se preparase y cuando le adelantaba, le tendí el brazo y de un tirón conseguí acoplarle a mi carruaje improvisado -¡Vaya carrera!-le dije-¿De dónde vienes, chaval?-pregunté paternalmente, pues vi enseguida que no tendría más de veinte años. –De Lewiston, señor, a un par de millas de aquí-contestó, sin aliento.

-¿Y se puede saber hacia dónde vas?
-Pues tal vez a Edmonton… lejos de aquí… no puedo ir a Vietnam.
-Entiendo… por cierto, mi nombre es Ben, Ben Duluth, puedes llamarme Ben.
-Josh.
-Encantado, Josh.

         El muchacho era tímido, y pasó gran parte del viaje callado con la mirada perdida en el suelo de madera reposando en un sencillo lecho de paja mohosa, le dejé aislarse en su silencio durante un tiempo, pues yo, un viejo perro de ferrocarril sin preocupaciones, no tenía derecho a arrebatarle eso, no cuando ya se le había arrebatado su casa, su familia, sus amigos… condenado a ser un desertor, un proscrito obligado a cruzar una frontera para no regresar jamás al hogar. Es por eso que alguien como yo, y cualquiera en verdad, odiamos las guerras… locos estamos todos, pero alguien que de veras apoya la Guerra es indiscutiblemente un pobre diablo.

17.2.12

A solas con un ritmo.


Anoche le hice el amor a una botella y luego me dijo que se lo hiciera a ella, allí mi pez… encuentra el centro neurálgico, está justo ahí, lejos de esa gente que tiene fe en ti sólo por ser escritor de palabras, la que te hace pensar que lo que dices sirve para algo… como ser un jovial poeta inglés que se levanta a las ocho porque no le gusta madrugar demasiado, coge un título cualquiera de Orwell y se prepara una taza de té y un verde de su colega Samir, de Camden… el resto del día lo pasa asomado a la ventana viendo caer la lluvia al son de los Jethro Tull.

***

Yo, sin embargo, sólo soy adicto a ti, a las pizzas hawaiianas y a los kebabs turcos del Imperio Otomano, porque me gusta todo eso… pienso que la Naturaleza está desprovista de la dualidad bien/mal, y por eso veo que los humanos no somos naturales, no pertenecemos a este mundo. Siento mis palabras, pero esta vez es culpa de esta luna que me ha puesto negro el corazón, y yo, que quería una de esas sonrisas dientes-de-gato y viajar en el gatobús a otra constelación muda. En una casa que era media naranja a la que se le había cortado un gajo para servir de templo de Janos, el viento se agitaba eufórico, por llevar tantos adornos… decía: “me he cruzado con mi camino y… me ha dicho que ya no sabe por dónde llevarme…” Yo mientras meditaba acerca de lo que hacían con los peces del lago ahora en invierno, cuando se congela… todo son desperdicios en cuadernos llenos de tonterías… pingüinos con gafas que beben ginebra de una pecera, sin que nosotros sepamos si comemos perdices o estamos en la horca, o en cualquier rebaño, que es lo mismo. Ahora parece que ya han vuelto las cigüeñas, mis sonrisas aladas… y lo demás está en blanco.

Kazav

28.1.12

Eterno resplandor de un diamante perturbado.


Todo empezó así, con la cabeza llena de imágenes de musgo brotando a cámara rápida por todas partes, como una infancia de insectos en las ramas y madres orgullosas y agua templada… aprendiz de todo y maestro de nada… el patetismo de una persona sentada en el váter mientras se limpia el culo. Es gracioso, el Universo digo, ellos dicen que la vida se trata de empeñarse en morir o empeñarse en vivir, yo más bien veo la oscura silueta de un gran pez bañándose en la luna… como el coyote, así soy yo, intentando cazar esas historias imposibles. Tengo buenas ideas pero al final, aunque use bolígrafos y artilugios marca ACME, siempre acabo defenestrado por cualquier barranco de Arizona, esto también viene dibujado… bebíamos vino de una botella envuelta en papel marrón cuando me contó su historia, se despertó borracho un día y se dio cuenta de pronto de que estaba en casa de ella, justo al instante en el que ella entraba por la puerta. “Ella… ¿Qué hago aquí?” “Nada, te emborrachaste y decidiste venir a decirme algo” Se le pasaron por la cabeza mil cosas que podría haberle dicho, cosas que sentía por ella. “¿Qué te dije?” “Nada” “¡Dímelo! o… ¡seguro que lo anoté en mi cuaderno!” Abrió su cuaderno y vio una ebria nota con letras sinuosas, decía: Acabo de decirle a Ella que la quiero, y Ella me contestó que me querría para siempre si al despertar mañana yo me acordaba de todo esto…


Porque puedo coger cualquier cosa y destruirla, hacer mis propias reglas… al menos en esto que escribo… tinta roja, como sangre, y un oso de peluche gigante que esconde un cadáver, circos, ricos que son más pobres que los pobres, siendo poseedores únicamente de una vida de aburrimiento buscando estímulos inocuos y toda clase de mierdas, mierdas caras… llenarse de todo y comparecer indefenso bajo las incandescentes luces de una barra. Borracho sin rumbo que disfruta del camino… conversaciones insulsas, ahogo mis aullidos de aburrimiento en otro y otro trago, porque no sé moverme en una fiesta, yo sé mover los dedos y escribir cosas… creo… sí ¿no? no sé… estos putos acordes que creen hablar no me dicen nada o me importa una mierda. Cherokee o Sioux, me da igual, yo quiero ser un lobo y aullarle al nocturno cielo desnudo de nubes, fue otro en mi cabeza el que lo hizo… más cruces de caminos con el diablo ofreciéndome mil almas a cambio de uno de mis párrafos sobre Al Green… pero yo no soy escritor ni poeta, no a menos que un centenar de personas me convenzan de que quizá lo sea… ángeles con penes de alcayata y cinturones de seguridad que ponen orden en el amasijo de cadáveres que cubren el asfalto, como un jodido acuario de mejillones, como un par de páginas en blanco… de fondo un monólogo de rock como una losa en mi cabeza. Yo miraba una ventana iluminada entre sopor y noche y humo, cuando otro ángel, negro, despertaba de un sueño gris… hombres de las cavernas que ahora viven en sofás, satisfechos porque lo que no les mata les engorda más fuerte… así, todo esto… ¿cómo voy a tomarme la vida en serio?

13.1.12

Del naranja y negro Princeton.


Descansaba relajadamente en mi cuarto después de tediosas horas de estudio, acompañándome estaban las palabras de un Jack Kerouac abandonado de todo, incluso de sí mismo, en una destartalada cabaña en Big Sur, CA.

Él vive en estos capítulos soledad bañada en la Paz más absoluta, gozando con los colores del cielo, hablando con el mar… Retrata aquí la belleza del mundo, y critica muy sutilmente a una sociedad manchada de materialismo e incapaz de ser feliz. También comenta, y a esto es a lo que quería llegar, la novela de Hermann Hesse El lobo estepario (la cual está ahora mismo en mi lista de títulos esperando en mi anaquel) y cito:
         (…) lo cual resulta para mí infinitamente más interesante que la estúpida y absurda novela ‘El lobo estepario’ que está en la cabaña y leí con indiferencia, un viejo estúpido denunciando el “conformismo” actual, mientras se cree todo el tiempo una especie de gran Nietzsche, viejo imitador de Dostoievsky con 50 años de retraso (se siente torturado en lo que llama un “infierno personal” ¡porque no le gusta lo mismo que le gusta a los demás!) – Es mejor contemplar al mediodía el naranja y negro Princeton de las alas de una mariposa – Y lo mejor de todo es ir de noche a la costa a escuchar el sonido del mar.





 Es curioso que la opinión del que quizá sea mi escritor favorito influya tanto en mi prejuicio hacia una novela que aún no he leído –y que ardía en ganas de leer- Sin embargo, no me dejaré convencer tan fácilmente y seguiré con mis planes de leerla antes de marzo.

También me llama la atención que muchas veces, hace no tanto tiempo, yo me sentía en ese “infierno personal” por sentirme demasiado diferente, y estoy convencido de que, de haber leído El lobo estepario en aquella época estaría ahora más encerrado en mí mismo y no podría ser feliz, pues no sabría apreciar del todo esas alas de mariposa como sé hacerlo ahora.

Duluoz, te debo una más.


31.10.11

El agua de los pinceles.


Creo que se llamaba Historias del Kronen o algo así. No lo he leído, y apenas puedo recordar bien su argumento… pero ahora me siento así. Una suerte de Sid Vicious que se sienta frente a una hoja en blanco cada madrugada, cuando el Sol aún está soñando con la blanca luna, mientras Sam Cooke nace con un piano junto al río bajo la sombra de un sauce, siempre manchada de luz.

Vivimos una época de estética y maquillaje. Ya no hay tribus, ni señas de identidad. Todos somos todo en el primer vistazo. Y eso es lo bonito… ahora debes conocer a alguien para saber quién es y no funciona el encasillarla en ninguna caterva maldita y elogiada.

Me recuerda al caimán alevín que cría en su lomo alas de mariposa verdes y púrpura y azul eléctrico turquesa y marino, con biseles dorados como chispas de fuego fatuo.

No te pedirán que evoluciones de esta forma, te dirán que  debes ser un fuerte caimán en la máquina, nadar más rápido y comerte a más peces que el resto de caimanes. Pero yo quiero mis alas de colores, y los peces tarde o temprano se comerán a los caimanes.


I got a Black Magic Woman, pero no sé cómo utilizarla. Tengo un humo gris que parecía arena, pero se me escapa entre los dedos y puedo ver como sube por el aire para perderse en cualquiera de las paredes. Tengo un bolígrafo, y tampoco sé si sé usarlo, oí que lo que pinta se clava en el enemigo, no quiero enemigos.

No te bebas el agua de los pinceles, es para regar los lienzos de colores.

No me apetece leer el periódico ahora. Me aburre. ¿Qué recuerdos guardo en mi (aquí, literariamente hablando, quedaría perfecto decir vieja, pero, con permiso del lector, me limitaré a decir que es una joven estantería) joven estantería? Me viene a la memoria Boris Vian escupiendo en vuestra tumba, la orquesta infantil de William Golding temerosa del Cerdo Napoleón de George Orwell. Quizá algún antepasado de Jean M. Auel cazando lagartos de Michael Crichton. Bukowski enborrachándose con Hunter Thompson y Kerouac a la salud de Edgar Allan Poe. Y muchos más tomos que ahora no acierto a recordar.

Me vi antes en una foto, no salgo muy bien, parece que tengo la cabeza sobre los hombros… debe de ser cosa de la obturación o algo de eso. También he de mirar los espejos de esta casa… a mi reflejo ya no le caigo bien y se dedica a imitarme con menosprecio cuando paso por delante. Hace tiempo que no hablamos, quizá desde que descubrí que el coloquio con las proyecciones de mis seres queridos era más nutritivo y le dejé algo de lado.

Me gustan esas calaveras mexicanas, las del bigote y afloradas cuencas oculares. Con laureados y coloridos maquillajes. Se las ve felices, aún muertas. Con tristes sonrisas doradas de dientes. Orquídeas sin vida de cal y yeso. Vasijas que antes fueron colmadas de sueños y que ahora yacen olvidadas.

4.6.11

La mano del escribiente.

         Mi vida no era mucho más interesante antes de llegar aquí, todo era previsible. No me refiero a saber qué iba a cenar al día siguiente ni el color de mi camisa un miércoles cualquiera, sino a que no iba a pasar nada especialmente particular. Podías echar una ojeada a mi diario entonces y no ver más que recortes de periódicos con las noticias menos aburridas del día.

         Creo que fue el agotamiento por una vida así lo que me llevó a escapar de todo aquello, no hubo ninguna gota que colmase ningún vaso. Y es raro que ocurriese así, sin más, porque no soy una persona impulsiva.

         Como iba diciendo, mi vida no era más interesante antes de llegar aquí, ahora tampoco es especialmente emocionante, pero tengo algo que antes no tenía. No sé muy bien el qué, tampoco he cambiado tanto…

         Ya no me obsesiono con el jabón y la limpieza exhaustiva de mi cuerpo, ya no me despierto exactamente cuando dicta la campana del reloj, ahora espero a que el sol se filtre entre las cortinas y abra mis ojos, apenas me lavo la cara con un poco de agua y bajo al bar a desayunar unos huevos, todo para esperar a que ocurra algo.

         No creo que estos hayan sido cambios de los que cambian una vida, pero la mía lo ha hecho y no se imaginan cuánto.

         A menudo echo una mirada atrás y pienso que aquella vida no estaba tan vacía como muchos podrían pensar, ha habido muchos amigos y muchas mujeres en ella, pero creo que el problema era que yo no estaba en las suyas.

         Por eso hice bien en dejarlo todo y venirme al caluroso y húmedo sur donde no tengo nada. Ya saben, si no tienes nada, no necesitas nada. Siendo sinceros, me refiero a una nada metafórica, ¡claro que tengo cosas! Tengo mi ropa, mi habitación en la segunda planta del hostal Sol Naciente, mis libros, mi máquina de escribir… he empezado a escribir una novela, aún no tiene título, trata de… bueno, más bien no es una novela propiamente dicha, es una especie de recopilación de relatos cortos sin mucha relación entre sí, presentados cada uno como un capítulo. Voy guardando todas las páginas que voy escribiendo en una carpeta roja, y tomo notas en pequeños cuadernos de cartón que llevo siempre conmigo. Aún sigo pensando en el increíble final en el que todo cobra sentido, pero todavía no he dado con él.

         Algunas veces, cuando tomo notas en mi cuaderno mientras me tomo una cerveza en el bar del hostal, algún parroquiano se me acerca con curiosidad y me pregunta que qué estoy escribiendo. Me suele molestar, porque pierdo la concentración, pero contesto calmadamente que tomo notas para la novela que estoy escribiendo, bueno, no una novela, sino una recopilación de relatos cortos sin demasiada relación entre sí. Y se alejan con las mismas dudas con las que se acercaron. ¿Qué demonios quieren que les conteste?

         ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Todo lo que había soñado Enola era una vida sencilla…


22.12.10

Escribir es conocerse a uno mismo.

(...) El papel soporta mentiras (digamos fantasía) pero no incongruencias.
Pepe Monteserín.
*Extracto de la nota personal que hizo que empezase a escribir.

25.11.10

San Bukowski.

Tomar una porción de Hemingway, añadir una dosis de humor (del que Hemingway extrañamente carece, mientras que Bukowski es un virtuoso), mezclar con un puñado de hojas de afeitar y varios litros de vino barato, luego una o dos gotas de ironía, agitar bien y leerlo al final de la noche: así tendrá el auténtico sabor Bukowski.
Neil Baldwin

28.11.09

¿Será posible?

Me cago en la leche... he visto Miedo y Asco en Las Vegas (1998) de Terry Gilliam unas veinte veces, y hasta la noche de hoy no me había fijado en el cameo de Hunter S. Thompson, autor del libro, interpretándose a sí mismo; cuando Johnny Deep, que actúa como Raoul Duke/Hunter Thompson está alucinando en The Matrix en 1965 y se vé a sí mismo, es decir, a Hunter, mientras la voz en off dice: "Y ahí estaba yo, así es, aquí estoy. Me cago en la leche, yo era...".

La verdad es que este quizás sea uno de los cameos más divertidos que he visto, seguramente, pero me jode no haber visto antes a mi escritor favorito en mi película favorita... es como ¡Aaauuu mama!