La otra tarde
estuve asomado a la ventana. Es una costumbre que adquirí hace poco en la
tienda de baratijas. El caso es que, relativamente lejos, vi una pluma flotando
en el aire, y recordé aquella broma que hacíamos (y, de hecho, la última que
hicimos) de decir: “¡Por aquí pasó un ángel!” al ver alguna. La pluma subió tan
ligera como sólo son las plumas y luego descendió haciendo tirabuzones. Yo
pensé: Ojalá entre en mi salón. Y, en efecto, la pluma, suave y liviana, se fue
adentrando con levedad en mi salón para irse a posar con el tacto de un beso de
amor verdadero justamente en la palma de mi mano. Era una pluma grasienta y
gris, pero yo sé de los ojos que brillan cuando pasan estas cosas locas y
joroschó.
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9.10.13
19.10.11
La pluma sobre Frisco.
Recuerdo en una ocasión, hace muchos años… sí, muchos. Ni
siquiera fue en esta vida. Cabalgaba yo por rojas praderas sobre mi caballo
indio Frisco, con su cuero blanco tan impuro y bello, impregnado de difuminados
lunares grises como las estrellas tristes y de grandes manchas geográficas de
color pardo. Entre las negras crines había enganchado cuentas y botones,
trenzas verdes, azules, amarillas, y una gran pluma de águila. Que una pluma de
águila adorne las crines de un caballo significa para mi tribu grandes honores,
pero, y esto es un secreto, lo cierto es que nosotros, Frisco y yo, somos
forajidos, desterrados, y nuestra pluma, es robada. Cabalgaba con un veloz
galope, cabalgaba para huir. Si nos atrapaban, mi cabellera se colgaría sobre
la hoguera ceremonial, y el pellejo de Frisco serviría de alfombra para el Gran
Jefe. Aún oigo el rítmico galopar de Frisco, aún lo siento, pero abro los ojos
y mi montura se torna balsa de palmeras en un verde mar de furia. Siento aún el galope en mis oídos, tanto como
la sal del agua mojando mi cara, pero abro los ojos y mi caballo tornado en
balsa ahora ha tornado en trono de mimbre. Mis dedos se precipitan entre un
negro teclado conformando un camino de letras sobre una blanca luz. Parpadea
aquel soldado negro, firme siempre aunque fútil. Soy un jinete navegando entre
palabras y no logro saber si de verdad estoy aquí. Me alegro de haber robado
aquella pluma, no es sólo una simple pluma.
*dibujos propios.
18.12.10
Desconocido cualquiera.
Una vez lo vi, en un bar ¿dónde si no? Estaba solo en la barra, yo también por cierto, se pedía una cerveza con un libro en la mano y dejaba que la espuma se fuese disipando y todas las burbujas se liberasen en el aire.
Pasaba las páginas pausadamente, nunca mojaba su dedo en saliva para ayudarse, leía y leía, y sus ojos iban de izquierda a derecha sin detenerse en algún punto vacío.
Yo, sin embargo, me limitaba a observar bebiendo una cerveza tras otra. Nada de botellas, me sentaba al lado del grifo y dejaba que el camarero practicase con vasos calientes y recién lavados.
¿Quién era? Porque hasta que no me desperté al día siguiente con mi dolor de cabeza y mis gargajos en la garganta no me di cuenta realmente de que había pasado la noche envuelto en humo de vainilla y zumos de cebada mientras ponía el ojo en un desconocido cualquiera, interesante.
No se lo dije a nadie, yo siempre he odiado que alguien me dijese que había conocido a alguien interesante, me siento mal, e infravalorado. Es normal que una persona como yo se infravalore, a veces demasiado, pero cuando alguien te dice que no llegas a ser tal como creías, realmente te cuestionas si no estás haciendo el gilipollas con tantas palabras y puntos y comas, alguna exclamación de vez en cuando, pero siempre un interrogante que te dice ¿por qué?
No le volví a ver, pasé un par de noches en la misma tasca de siempre esperando que entrase por aquella puerta, abriese su libro, pidiese una cerveza y la dejara morirse. Pero nunca apareció.
No le echaré de menos ¿por qué? Las amistades están ensalzadas, un desconocido no me va a quitar el sueño.
Pero sigo aquí, con mi cerveza y mi pluma, pensando en que ahí fuera hay más gente, y no la sé ver.
Pasaba las páginas pausadamente, nunca mojaba su dedo en saliva para ayudarse, leía y leía, y sus ojos iban de izquierda a derecha sin detenerse en algún punto vacío.
Yo, sin embargo, me limitaba a observar bebiendo una cerveza tras otra. Nada de botellas, me sentaba al lado del grifo y dejaba que el camarero practicase con vasos calientes y recién lavados.
¿Quién era? Porque hasta que no me desperté al día siguiente con mi dolor de cabeza y mis gargajos en la garganta no me di cuenta realmente de que había pasado la noche envuelto en humo de vainilla y zumos de cebada mientras ponía el ojo en un desconocido cualquiera, interesante.
No se lo dije a nadie, yo siempre he odiado que alguien me dijese que había conocido a alguien interesante, me siento mal, e infravalorado. Es normal que una persona como yo se infravalore, a veces demasiado, pero cuando alguien te dice que no llegas a ser tal como creías, realmente te cuestionas si no estás haciendo el gilipollas con tantas palabras y puntos y comas, alguna exclamación de vez en cuando, pero siempre un interrogante que te dice ¿por qué?
No le volví a ver, pasé un par de noches en la misma tasca de siempre esperando que entrase por aquella puerta, abriese su libro, pidiese una cerveza y la dejara morirse. Pero nunca apareció.
No le echaré de menos ¿por qué? Las amistades están ensalzadas, un desconocido no me va a quitar el sueño.
Pero sigo aquí, con mi cerveza y mi pluma, pensando en que ahí fuera hay más gente, y no la sé ver.
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