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23.4.20

El día del pangolín.

                El reloj despertador sobre la mesilla marca las 5:59 (Clic). Ahora ya marcan las 6:00 y se enciende la radio.

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba! ¡Despertad y no olvidéis lavaros las manos, mantener la distancia y toser en la rodilla para evitar contagios! Recordad: este virus lo paramos unidos, lo paramos si os quedáis en casa. Detener el CORVID-19 es responsabilidad de todos y todas. Si te proteges tú, proteges a los demás. Gobierno de Punxsutawney…

                Phil se revuelve entre las sábanas y espera a que el reloj marque el mediodía. (Elipsis). Ahora ya marcan las 12:00 y se levanta con un regusto a déjà vu en las encías. Viste desde hace días una suerte de chándal que hace las veces de pijama con manchas de sudor ocre en los sobacos y restos de lo que bien pudiera ser mostaza en la bragadura del pantalón. Se llega al baño y descubre frente al espejo que la barba le sigue creciendo a pesar del parón, pero no le da mucha importancia y mea sin cuidarse del antaño temible doble-chorro que salpica el zócalo. Total, tendrá tiempo de sobra después para fregar la casa varias veces.

                En la cocina, se sirve de la italiana las sobras del café de ayer en la misma taza, ya con parda pátina en el fondo, y lo calienta en el micro. Deja que aquello de vueltas durante un minuto completo mientras observa ensimismado el movimiento de rotación mecánico del ingenio, cosa que no había logrado nunca durante tanto rato seguido, y se lo toma como un triunfo básico.

                Se asoma al balcón y sopla varias veces el café tras haberse quemado los labios. Desde lo alto ve a Hades, el vecino del sótano, paseando a Cáncer, su chihuahua de tres cabezas que se mea y se caga a diario en el portal. Y refunfuña para sí, huraño.

                Phil decide hacer algo de ejercicio. Comienza con la bici estática que heredó de su tía abuela Gasparda cuando ésta murió de sobredosis durante la crisis de la nafta, pero llevaba tanto tiempo estática que no había dios que moviera los pedales, así que se decantó por hacer deltoides usando un par de garrafas de orujo blanco como mancuernas. Esto le dio sed y, en un alarde de responsabilidad poco o nada usual en él, abandona el entrenamiento y se sirve una copichuela a la salud de Genarín. Termina el ejercicio dando toques a un rollo de papel higiénico, diecisiete, nada menos; su récord absoluto. Lo celebra con siete copichuelas más.

                Ahora a Phil le apetece alimentar el espíritu, esto es, leer un libro. Coge el primero de la montonera de lecturas pendientes junto a la estantería, rasca un poco el moho que se cultiva en las solapas y empieza a leer: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana…”. Vibra el teléfono. Es un mensaje en el grupo Equipo Actimel, al parecer unos negros celebran con pompa la muerte de un compinche y bailan con su ataúd a ritmo de EDM. Sigue leyendo: “después de un sueño intranquilo…”. Vibra el teléfono. Ahora un serial de audios relatando la guerra de los Mindolos contra Bananos, Chuminos y Tripones. A partir de aquí se desencadena una sucesión de memes, pantomimas y parafernalia que sería harto farragosa de relatar. (Elipsis).

                A Phil le entra hambre. El reloj del teléfono marca las 16:19. En circunstancias normales, a estas horas Phil estaría lamiendo la pega del papelillo de un canuto como dicta la atávica tradición judeocanábica. Pero, como su camello de cabecera se encuentra también confinado en su propio zulo, las provisiones de Phil se han visto reducidas dramáticamente a residuos de hoja inocua y unas pocas ramas desnudas. Por ello, resuelve alterar su ceremonia rutinaria de intoxicación recreativa por vía respiratoria y poner en práctica aquella receta de quinoa que vio en Instagram que no tenía mala pinta y se presentaba perfectamente salubre. La cosa es que al final le da pereza y descongela una lasaña precocinada en el microondas para al menos mirar algo que dé vueltas sobre un eje estipulado y así paliar el tedio.

                  Phil deglute la lasaña sin pan en un santiamén y medio y, sin darse cuenta, se encuentra recostado en el sofá en franca posición horizontal y se dice a sí mismo que si se echa la siesta no dormirá por la noche. (Elipsis).

                Phil se despierta con un hilo de baba surcándole la mejilla. En la tele discuten el ángulo de la curva y advierten de que darán consejos de higiene después de la publicidad. Phil se despereza con sentimiento de culpabilidad y elije otro libro del montón polvoriento. Se sienta junto a la ventana y empieza: “Llamadme Ismael…”. Un perro ladra en la calle. Es Cáncer, con sus muertos pelaos en ácido, se dice para sí, y chasquea la lengua contra el paladar como gesto de desaprobación. Continúa: “Años atrás, no importan cuántos…”. Vibra el teléfono. Es una videollamada grupal con los antiguos colegas de clase, a los cuales no ve desde la graduación, hace la tira. Lo coge:

COLEGA 1: ¡Hola a todos! ¿Qué tal va esa cuarentena?
COLEGA 2: ¡Coño, Juan! ¡Cuánto tiempo!
PHIL: Hola…
COLEGA 2: ¡Hola, Phil! ¡Vaya pelos!
COLEGA 1: ¡Qué dices, Chus! ¡Nos vimos en la boda del Cejas el verano pasado!
PHIL: Ya… como es domingo hoy ni me duché ni ná…
COLEGA 3: ¡Holi gente!
COLEGA 2: ¡Es verdad! ¡Joder, qué ciego! ¿Te acuerdas?
COLEGA 1: ¿Pero qué dices? ¡Si es miércoles!
COLEGA 3: ¿Qué, cómo va esa cuarentena?
COLEGA 2: Bien, bien, aquí, con la familia, ni tan mal, un poco harto de los críos.
COLEGA 1: Por aquí también bien.
COLEGA 3: Yo de lujo, hoy monté un concierto de Rosalía usando latas de cerveza, luego os paso el vídeo.
COLEGA 2: ¡Longaelisa os manda saludos!
COLEGA 1: ¡Sí, ponlo en el grupo!
COLEGA 3: ¡Trá, trá!
COLEGA 4: ¡Hol* P*ña! ¿Cóm* **sa **entena?
COLEGA 1: ¡Fransuá! ¡No se te oye!
COLEGA 3: ¡Un abrazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿**ora mej** or?
COLEGA 2: ¡No, peor!
COLEGA 1: ¡Pon los datos!
COLEGA 3: ¿Vosotros entendéis a Fransuá?
COLEGA 4: ¿Se**men **oye?
COLEGA 1: ¡Nada, no te va!
COLEGA 2: ¡Salte y te volvemos a meter!
COLEGA 4: P**s yo os escuch** p**fecto!
COLEGA 3: Bueno, chavales, yo me tengo que salir, que ahora son los aplausos…
COLEGA 2: ¡Uy, los aplausos!
COLEGA 1: Tenéis razón, ¿lo dejamos para mañana?
COLEGA 4: Cr** q** ya m** va.
COLEGA 2: Venga, ¡hasta mañana!
COLEGA 3: ¡Un besazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿Q** t**l?
PHIL: Astrólogo.

               (Aplausos). Phil se derrumba en el sofá y arroja el móvil lejos, bien lejos, al otro lado de la diminuta pieza que habita. Mira al techo y medita. Largo rato. (Elipsis).

                El reloj con forma de gato negro de la pared marca las 20:08, desde la calle se oyen los primeros acordes de un conocido temazo del Dúo Dinámico cuyo título no debe ser nombrado. Phil, hastiado de veras, asoma medio cuerpo por la ventana y vocifera: “¡Hijos de puta! ¡Dejad ya esa canción del demonio, que me tenéis hasta los cojones! ¡Ni resistiré, ni hostias! ¡Yo me quiero matar! ¡Y tú, maldito cabrón! ¡Guárdate ya al perro, que le van a salir ampollas en el ojete de tanto cagar! ¡Puto Cáncer!”. Cierra la ventana con tremendo escándalo,y vuelve al sofá. No sin antes escoger otro libro del montón. Empieza: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía…”. Y da comienzo una repercusión en fa sostenido de cacerolas, ollas, y otros utensilios domésticos.

                “A la mierda”, se dice Phil. Abre una botella de vino moldavo y enchufa la cuenta de su primo Alfrodo en Netflix para mirar tráileres. (Elipsis).

                Pasado un rato estándar, a poco de terminar la tercera botella, en medio de la pieza aparece un pangolín fantasmagórico con alas de murciélago y sombrero cónico de bambú. Éste se yergue sobre sus patas traseras y musita, con acento zonguonés: “Aguanta, Phil, mañana será otro día”. Y Phil, del todo normal, responde: “¿Y si no hay mañana? Hoy no lo ha habido…”

                (Elipsis)

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba!

20.1.14

Sum.

Yo no soy un actor. Pero tampoco soy este amasijo de nervio y seso que veis aquí.

Tampoco soy ese trago de cerveza desesperado que me habréis visto antes.

Llevo un tiempo pensando en qué es lo que define a cada uno, qué es lo que nos hace ser nosotros mismos.

La noche antes de mi primera vez leyendo un público no pegué ojo. El mismo día no pude comer y apenas conseguía esbozar una sonrisa sin que un tembleque nervioso acechara en la comisura de mis labios. Todo fue bien al final, y yo me emborraché tranquilo. Pero tampoco soy nada de eso.

Paso mucho tiempo de veras colocado, y no soy ese. Más tiempo del que quisiera soy un hombre cuerdo, pero ese no soy yo.

Me he dejado el pelo largo, cuando lo tenía corto era el mismo.

Antes de ayer me afeité. Me he acordado porque antes alguien se fijó. No recuerdo haber notado cambio desde entonces.

Una vez hube leído en directo la primera, segunda, tercera vez, me di cuenta de que lo que yo leo no es mío. No es más que tinta seca de lo que algún día fui.

Así que, ¿Qué soy ahora? ¿Qué me define? Porque me he comprado ropa nueva y luzco igual ante el espejo. Terminé aquel libro y ahora estoy con éste. Mas sólo percibo que, si acaso, he crecido.

Yo no sé quién soy. Tal vez alguien pueda decir algo al respecto, pero yo no. Me he desconocido tantas veces que se me hace extraño pensar en que todos nosotros nos llamamos igual. Somos la misma persona y ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo.

Yo no soy un átomo ni tampoco un Universo. No soy planta ni casi animal pero intento serlo. No soy más que nada. Soy un chispazo. Un zumbido. Un susurro. Una nota al pie de página que pocos de detienen a leer.

Soy lo que sueño. Soy todo aquello por lo que sonrío. No soy una mirada perdida, ni un resoplido tedioso. Pero sí un bostezo por la mañana y quedarme un rato más.

Creo que sólo soy yo cuando duermo.

¿Escucháis cómo suena?


Pues así.

4.4.12

Donde el Sol se apaga en el agua.


         Llegó deshidratado, envuelto en polvo y sudor a lomos de un desvencijado mulo con poco fardo y el pellejo descolorido. Afirmó que se llamaba Henry Antrim, que tenía veintiún años –aunque no aparentaba más de diecisiete–, y que llevaba errando solo bajo el sol desde Misuri.
         -¿Y qué te trae aquí desde tan lejos? –le pregunté, algo a lo que no quiso responder; aceptó sin embargo la invitación a quedarse a dormir en mi casa. No probó bocado hasta asegurarse de que su mulo, Woody, tuviese su ración de agua y alfalfa. Comentó que no tenía dinero, pero que gustosamente trabajaría para mí a cambio del cobijo y la comida. El invierno había sido duro ese año, así que  admití sus condiciones, además, el muchacho me había caído simpático a pesar de ser callado y misterioso; lo único que había conseguido sonsacarle era que buscaba el Pacífico, que para él significada la libertad en su máxima expresión, en sus palabras, ver cómo el sol se apagaba en el agua era lo que todo hombre que se precie debía buscar. A pesar de su aspecto, enseguida vi en él una sabiduría inusual en alguien tan joven, ni siquiera ahora puedo comprender del todo lo que quiso decir con tan enigmática oración.
         Trabajó sin descanso en las caballerizas durante toda la primavera y parte del verano, como si disfrutase de veras con el duro trabajo. En estos tiempos del whiskey es difícil encontrar a alguien así, por lo que a menudo recompensé sus esfuerzos con algunos dólares que él guardaba con recelo en una pequeña bolsa de cuero, para su “aventura en el Oeste”, decía siempre que rehusaba mis invitaciones a pasar la noche en alguna taberna.
         Al cabo de unas semanas desde que llegara, me confesó algo que ya había deducido hacía tiempo: no sabía leer ni escribir; y me pidió ayuda para solventarlo. No puedo ayudarte, le dije, no sabría cómo, pero sí puedo hablar con la señorita Tress y que ella te enseñe. No dijo nada, sonrió y siguió cargando pacas de paja, supuse que era su forma de decir “sí”, por lo que a la mañana siguiente fui a la escuela para hacer un trato con la maestra. Se mostró reacia al principio, pero la convencí alegando que era un joven de mucho talento y que apenas le costaría trabajo. Por supuesto yo cargaría con todos los gastos, cosa que no revelé a Henry, pues seguramente rechazaría la oferta y yo no estaba dispuesto a que se gastara el dinero de su Aventura en el Oeste por el que tanto había trabajado.
         Cada noche después del trabajo, Henry iba a casa de la señorita Tress y daba sus lecciones, huelga decir que no tardó mucho en dominar tanto la lectura como la escritura; a finales de mayo ya lo hacía con soltura. Su rostro desde entonces brillaba con otra luz, se quedaba mirando todos los carteles que nos encontrábamos, leyéndomelos en voz alta con presteza, llegando incluso a memorizarlos con poco esfuerzo. Para celebrarlo, le compré una libreta encuadernada en piel animándole a que la rellenase con todas sus aventuras una vez se fuera. En un principio se mostró reacio a aceptarla, supuse que por sentirse contrariado al recibir un regalo, pero después de meditarlo consigo mismo unos instantes, me dirigió otra de sus brillantes sonrisas y corrió a guardarla en el pequeño arcón donde acumulaba sus escasas pertenencias para el gran viaje; fue entonces cuando me prometió que, una vez llegase a la costa, me escribiría para relatarme cada paso que hubiese dado en su camino.
          La última noche que le vi me entregó un pequeño reloj de bolsillo muy desgastado, me dijo que había pertenecido a su abuelo y que era el único objeto de valor que había poseído; no me percaté de que era su forma de despedirse. Se marchó antes del alba con Woody y unos pocos fardos llenos de gachas de avena, algo de ropa y los dólares que había ido reuniendo en los últimos meses; desde entonces miro siempre hacia el Oeste, preguntándome si ya habrá llegado o si pensará volver algún día… si es cierto que ver el Sol vespertino nadando en el mar infinito llena de veras el corazón de un hombre.

18.8.11

Viejos conocidos en Alabama.

No era una noche como cualquier otra, en cierto modo sí... la bombilla roja del Danny's Jazz Black Box reinaba en un ambiente tenue y silencioso, los fumadores pasaban frío tras la colorida puerta vidriada y pequeños grupos tomaban café y cerveza en torno a mesas recicladas y prestaban atención a la muchacha que leía en voz alta sobre el pequeño escenario.

Yo tomaba una Murphy's en la negra barra mientras tomaba alguna que otra nota en mi raído cuaderno, pronto advertí que lo que leía la chica del escenario era El Pájaro Azul de Bukowski, e hice una pausa en mis pensamientos para escuchar cada palabra, cada lamento del maldito.

Alguien se sentó entonces a mi lado y me dirigió unas palabras con una voz familiar. -¿Perdona?-contesté.-No te acuerdas de mí ¿verdad?-dijo con una sonrisa.  Fue entonces cuando recordé su cara.
-¿Fawn? ¡Joder, cuánto tiempo! ¿Cómo te va todo? ¿Qué haces por aquí?.
-Bueno... mi padre ha muerto...
-Oh... lo siento...
-No pasa nada, llevaba ya años sin verle, apenas teníamos relación.
-Vaya, pues... esto... ¿vas a quedarte mucho por aquí?
-Aún no lo sé, pero aprovecharé que tengo la casa para mí sola para empezar una vida aquí, aunque sea por un tiempo... acabo de salir de una relación y... bueno, quisiera alejarme de todo aquello... ¿A ti qué tal te va?
-Ah, a mi bien, siempre bien, no puedo quejarme. Escribo algunas líneas para un par de revistas, no pagan mal del todo, me llega para vivir cómodamente... ¡vaya! lo olvidaba... ¿quieres tomar algo?
-Me sentaría bien una cerveza, gracias.

Y pasamos la noche hablando de los viejos tiempos en aquella polvorienta barra acompañados por el sonido del contrabajo, la batería, el piano y el melancólico saxo de John Coltrane... Lo cierto es... lo cierto es que necesitaba recordar todo aquello, todo lo que pasó y lo que pudo haber pasado, las sopas llenas de espinas y el desierto, aquel desierto... creo que llamaré a mi psicólogo, Howard, necesito hablar con alguien de todo esto.

19.6.11

En el trono de mimbre.

Se me estaba comiendo un ojo. ¡Mi propio gato! Se me estaba comiendo un ojo y yo sólo miraba con el otro y preguntaba “¿Qué ocurre? ¿Qué hago? ¿Por qué se come mi ojo sano?”

No me inquietó demasiado la sangre que se deslizaba por mi rostro, supongo que sabía que no tardaría demasiado en despertarme de aquel mal sueño y, de todas formas, creo que he sufrido heridas peores, de las que no se ven desde fuera ni hacen correr al vino rojo.

De hecho, no tardé en despertarme con la boca seca y el sol tostando mi piel. Pensé en no moverme, no hay nada que hacer… podría… no sé, terminar aquel libro de una maldita vez, o ponerme a escribir historias de náufragos que se pelean por el último coco de una isla que se presentaba al principio como un paraíso de tedio y pereza.

Me costó ponerme a algo en concreto, no hice nada. Decidí echarme una cabezadita. Luego alimenté a mi tortuga mascota para que se haga grande y fuerte y me sirva de montura por cualquier océano y navegar y navegar… pero creo que aún faltan muchos años para que alcance el tamaño que necesito.

Al final lo conseguí, me dije-¿Qué quieres hacer con tu vida?-Disfrutar-me contesté. Y salí al fresco de la calle con mi trono de mimbre y mi vaso de cerveza fría, agarré ‘Dinero’ y me propuse no levantarme de aquí hasta terminar las noventa páginas que me separan del desenlace. Aún faltan menos de cuarenta, me tomé un descanso para prender fuego a mis paladares con pesada comida turca, ahora pienso terminarlo.

Me siento feliz porque me funciona la cabeza como pretendía, y di con una buena frase para aquella otra historia… La llaman El Sol Naciente, porque nunca termina de llegar el día.

Así que... ¿Para qué quiero tortugas gigantes? Si yo solo puedo volar alto todo el camino...

29.5.11

De Sol y el Anillo de Fuego.

Tal vez he estado demasiado tiempo alejado de estas páginas... si hay por ahí alguna mente enloquecida que haya echado de menos mis palabras, pido disculpas.

Me fui al Sol, qué lugar tan maravilloso.

Lo raro, lo que me extraña aún, es que a pesar de todo el conocimiento que ha entrado en mi quijotera en las últimas semanas, me resulta harto difícil expresarlo con palabras.

No sé qué más puedo decir. De nada.

Tal vez debería cortarme el felpudo, afeitarme las barbas y cambiarme de ropa; pero me pesa mucho el trono de mimbre donde asiento mis posaderas y leo y leo y leo sin enterarme de nada. Es terrible lo que puede llegar a madurar uno en unos pocos años.

El problema -que al mismo tiempo no lo es- es que estoy en un anillo de fuego, caí en él y las llamas crecieron... y quema, quema, quema...


1.5.11

Libros y pájaros.

¿Qué pasa con todo esto? Llevo ya un par de horas con la jodida barrita vertical parpadeando, burlándose de mí a carcajadas silenciosas en este escenario en blanco. Pego otro trago y le hago bailar, corriendo hacia la derecha hasta que se cae a la siguiente línea y sigue bajando.


Envidio a las tortugas por tener su caparazón. Envidio a aquel que caga en baños con dosel. Envidio a cualquiera que sea el blanco de tu mirada. Envidio al que no deja que el boli se tumbe y respire, al que hace que su barrita vertical sude sin parar.

¿Ahora qué? Me pregunto una y otra y otra vez. Lo que de verdad quisiera hacer se come a mi muchacho con la espada y el tornasol, y ni siquiera le dedico apenas tiempo. Y lo peor de ser tu propio jefe es que nunca te crees las excusas del todo.

Su madre está loca y aquella foto movida… creo que a Jerry no le gusta mucho subirse a las palmeras, pero tampoco parece gustarle el agua.

La única solución que encuentro es dejar que mis dedos ser revuelvan entre estas teclas que debería limpiar más a menudo, pero leí que si encuentras una solución es que no había problema… ¿o era que un verdadero problema no tiene solución posible? Da igual, es casi lo mismo. Leí también que los optimistas piensan que este mundo es el mejor que hay, mientras que los pesimistas temen que sea cierto. Entonces yo creo que soy un pesimista, pero me gusta alumbrar con mi linterna las noches sin luna, aunque a veces, inevitablemente, se quede sin pilas.

Supongo que todo esto podría estar mejor… pero fuerzo una sonrisa, porque quizá mañana esté peor. Esto también lo leí.

¿Qué más? ¡Ah, sí! Tengo un libro a medio, unos cuatro o cinco impacientes porque los lea, y otros cuantos más por ahí que me tienen que prestar. Del que desapareció… tranquila, ya no importa, porque está en mi cabeza, pero me hubiera gustado que estuviese también en la tuya. Lo que me preocupa es la cantidad de libros que no podré leer antes de morir y, ahora que lo pienso, también no poder leer los que se escriban una vez esté con Jeff en el Pub Limbo.

Trescientas ochenta y cinco. ¿Dónde está el señor de la pandereta? No tengo sueño, y no tengo ningún sitio al que ir… Ya nadie me cuenta cuentos. Mi pájaro azul… él me dijo la otra noche que estaba harto de vivir en mi pecera, que no es sitio para pájaros, que quería volar libre y cantar esa canción que se repite todo el rato en mi cerebro… yo quisiera hacerle caso… pero me faltan las fuerzas hasta para encontrar la palabra que busco.

Supongo que para encontrar algo sólo hay que buscar otra cosa… ¿Qué puedo buscar ahora?

18.12.10

Desconocido cualquiera.

Una vez lo vi, en un bar ¿dónde si no? Estaba solo en la barra, yo también por cierto, se pedía una cerveza con un libro en la mano y dejaba que la espuma se fuese disipando y todas las burbujas se liberasen en el aire.


Pasaba las páginas pausadamente, nunca mojaba su dedo en saliva para ayudarse, leía y leía, y sus ojos iban de izquierda a derecha sin detenerse en algún punto vacío.

Yo, sin embargo, me limitaba a observar bebiendo una cerveza tras otra. Nada de botellas, me sentaba al lado del grifo y dejaba que el camarero practicase con vasos calientes y recién lavados.

¿Quién era? Porque hasta que no me desperté al día siguiente con mi dolor de cabeza y mis gargajos en la garganta no me di cuenta realmente de que había pasado la noche envuelto en humo de vainilla y zumos de cebada mientras ponía el ojo en un desconocido cualquiera, interesante.

No se lo dije a nadie, yo siempre he odiado que alguien me dijese que había conocido a alguien interesante, me siento mal, e infravalorado. Es normal que una persona como yo se infravalore, a veces demasiado, pero cuando alguien te dice que no llegas a ser tal como creías, realmente te cuestionas si no estás haciendo el gilipollas con tantas palabras y puntos y comas, alguna exclamación de vez en cuando, pero siempre un interrogante que te dice ¿por qué?

No le volví a ver, pasé un par de noches en la misma tasca de siempre esperando que entrase por aquella puerta, abriese su libro, pidiese una cerveza y la dejara morirse. Pero nunca apareció.

No le echaré de menos ¿por qué? Las amistades están ensalzadas, un desconocido no me va a quitar el sueño.

Pero sigo aquí, con mi cerveza y mi pluma, pensando en que ahí fuera hay más gente, y no la sé ver.

25.11.10

San Bukowski.

Tomar una porción de Hemingway, añadir una dosis de humor (del que Hemingway extrañamente carece, mientras que Bukowski es un virtuoso), mezclar con un puñado de hojas de afeitar y varios litros de vino barato, luego una o dos gotas de ironía, agitar bien y leerlo al final de la noche: así tendrá el auténtico sabor Bukowski.
Neil Baldwin

26.1.10

Otra vez, ¿por qué no?

Me preguntaron el porqué de mi gusto por el fotograma de Vincent Vega (Pulp Fiction) cagando mientras lee un libro. ¿Por qué no? otra vez... pero esta vez si que puedo dar una explicación lógica... me encanta esta foto por que condensa tres de mis pasiones, el cine, la lectura y el cagar.