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13.6.19

Phábula de Esquilo y Quelonio | canto segundo (y penúltimo): El caso del dramaturgo acéfalo.

Gela, 456 a.C.

            Un jinete amazón de rumiante rocín y coraza bronceada se llega a la aldea de Gela, en Sikelia, con cara de llevar varios días sin probar ni gota de vino. Calza un casco de latón incomodísimo con una cresta de crines azules muy chula, y sobre el lomo carga con un aspis koilè bien redondo como la cáscara de un quelonio, pero con una cabeza de Medusa seccionada muy grotesca pintada en el centro. En el mismo sendero aguarda un aldeano robusto y bien hermoso, que prefiere mantener el anonimato.

            “¡Kalimera!”, dice el forastero. “Será más bien kalispera”, responde, agrio, el agricultor. “Sí, eso, como se diga. Yo es que soy de fuera y estoy exhausto y sediento. ¿Por casualidad no tendrás un poco de vino?”. El aldeano le alcanza una vejiga rebosante y dice: “Menuda yegua guapa que te gastas, colega”, y, tras un largo trago, contesta el otro: “Ya te digo, pero no veas lo que consume”. Y añadió: “Por cierto, ¿no será usted Abel?”. “No, ese es mi hermano, ¿por?”. “Soy Hipólito Papadopoulos, hoplita del cuerpo de perípolos de Siracusa, sección Krypteia, y vengo a investigar un crimen”. El campesino, algo inquieto, responde: “¿Qué me dices? ¿De la secreta? Pero si yo no sé nada de nada acerca de ningún crimen”. Hipólito no se deja amilanar y continúa: “Eso es lo que trato de averiguar. Un tal Abel envió a un mensajero a pierna para informar de que un cadáver célebre había aparecido en los confines de la aldea de Gela, y heme aquí, vengo a encontrar al culpable y a ejecutarlo”. El campesino agarra la vejiga de las manos de Hipólito, bebe, bebe, bebe y dice: “¡Ah, te refieres a Esquilo! Sí, lo encontramos muerto la semana pasada, ahí en el campo con la cabeza rota”. “¿Y qué habéis hecho con el cuerpo?”, inquirió Hipólito. “Pues es que a Abel le da mucho asco la sangre y se desmaya nada más verla, y no iba a cargar con el fiambre yo solo, así que ni lo tocamos, por lo que ahí seguirá”. “Muy bien, pues llévame a la skene del crimen”.     

            El campesino anónimo condujo a Hipólito Papadopoulos hasta un descampado yermo sembrado de colillas. “Ahí mismo lo tiene, señor agente, justo detrás de ese matojo”, dijo el aldeano, “Yo no me acerco más, que ya apesta bastante por aquí”.

            Hipólito se acercó y estudió el panorama puesto en cuclillas y apoyado en su lanza: Cuerpo de varón adulto, complexión vieja, estatura tumbada en el suelo, más bien tirada de cualquier manera, y en fecundo estado de descomposición. Cráneo parcialmente destrozado, pero parcialmente del todo, al parecer a causa de un objeto muy contundente. Se adivina la mandíbula inferior, con algunos incisivos color ocre y el resto de un tono más bien mostaza. Lo demás es un amasijo de cartílago y seso y trazas de cráneo esparcidas alrededor. El encéfalo está como del revés y al hipotálamo medio deshecho le ha brotado un cultivo de moho, por lo que se puede determinar que la víctima lleva muerta, por lo menos, un par de horas. Las extremidades están llenas de mordiscos y arañazos, pero parecen ser post mortem, debido las alimañas del campo, que se han cobrado también la lengua del sujeto y sus globos ópticos y oculares. Además, enarbola una amenazante erección, pero que probablemente sea también post mortem. Un asco. “¡Por Zeus, qué desagradable!”, exclamó Hipólito, tragándose el vómito, “¡Jamás, en diecisiete años de servicio, diecisiete digo, había visto algo tan repugnante, coño! ¿Cómo no lo habéis tapado con una manta o algo? ¿Hola?”. Pero nadie respondió; el aldeano anónimo se había esfumado.

CORO:             Sucede ahora que el agente Papadopoulos acordona el perímetro y enseguida se aúpa a los lomos de su yegua equina y cabalga de regreso a la parsimoniosa aldea de Gela a trote manido y regurgitante. Lo primero que se encuentra, llegado a la semipólis, es una tosca taberna de licores que también hace las veces de carnecería, un buen sitio, se dice el hoplita Hipólito, para empezar con las pesquisas. Allí se tropieza, por designio de los dioses o casualidades de la vida, con la parroquia al completo del asentamiento: El campesino anónimo acompañado del que resultará ser su hermano, Abel, además de un viejo troglodita que regenta el emporio que responde al antropónimo de Tú, y más nadie.

            Dice Hipólito: “¡Kalimera a todo el mundo! Me presento: soy el agente Papadopoulos, de la Krypteia de Siracusa, y vengo a hacerles unas preguntas acerca del célebre cadáver que ha aparecido en las inmediaciones de su aldea”. Abel es el primero en intervenir: “Kalispera, señor agente. Yo soy Abel, hijo de Adán, y he sido quien ha dado el aviso. Mi hermano Caín justo me contaba ahorita que le estuvo enseñando la skene del crimen”. Y Caín: “¡Idiota! ¡Te dije que prefería mantener el anonimato, pedazo de imbécil!”. Abel replica: “¡Pero cómo no le vas a decir tu nombre! ¿Y cómo te llamaría entonces? Tú ya está cogido”. E interrumpe Hipólito: “Vamos a ver, calma chicha todo el mundo. Aquí cada uno me va a contar lo que sabe de este asunto y me lo va a contar ahora. A ver, tú, empieza”. “Pues yo lo que sé es que Esquilo era tan bueno haciendo amigos como ganándose enemigos…”. “No Tú, tú”, y señala a Abel.

            Abel, cándido, comienza su relato: “Yo casi no sé nada de nada, de veras. Apenas sé leer hasta la beta y me dedico a mis ovejas, que son tan, pero tan suaves, y a poco más. Conocía a Esquilo de vista, pues solía pasear por los campos donde pastoreo, pero jamás cruzamos palabra alguna, si acaso un gesto desde lejos, como quien dice kalispera. Sé que viene de Atenas, y que vive un par de colinas más para allá, al raso, y que dedica sus horas a la contemplación, cuando no a la dramaturgia. Que fue bien celebrado en sus tiempos y gozó de tener tirón, pero Sófocles le tumbó en el certamen del 68 y a partir de entonces no afina. Oí que la Orestíada está bien, pero aún no la he visto. La verdad es que apenas tengo tiempo de ir al teatro, con el rebaño y tal. Y eso, que el otro día, el martes pasado, si no recuerdo mal, pasaba por el campo con mis ovejitas y me topé con aquello, ya lo has visto, y me desmayé del todo por completo. Cuando me repuse corrí a la mensajería y envié a Nikopolidis para que os diera la noticia. Por cierto, aún no ha vuelto, ¿sabe algo de él?”. “Murió de agotamiento nada más llegar a Siracusa”, respondió Hipólito. “Vaya… lo amaba”, musitó Abel, entre sollozos. “Sí, tenía cara de buen chaval, pero ya te digo, le dio un asma neumática súbita y murió inmediatamente sin despedirse siquiera”, sentenció Papadopoulos.

                Abel rompió a llorar, agarró su jarra y bebió sin consuelo hasta que la leche se le derramó por el pecho. Hipólito rompió la tensión: “Vale, tú, ¿qué más sabes?”. Y Tú prosiguió: “Es bien conocida la encarnizada rivalidad que mantenía Esquilo con sus coetáneos en los agones anuales de dramaturgia como fueran Eurípides y Sófocl…”. Pero Papadopoulos le cortó enseguida: “No Tú, tú”, esta vez señalando a Caín.

            Y Caín, limpiándose la bocaza de vino, inicia su testimonio tal que así: “A mí de Esquilo lo que más me gustaba eran las tragedias belicosas. Los siete contra Tebas, Los Persas y tal. Sobre todo las primeras, cuando le daban filo de bronce a esos medos de mierda. Un auténtico héroe de guerra: Maratón, Salamina, Platea... y conservando todos los miembros. Una vez lo vi recitando en voz alta por los cultivos de gramíneas, pero estaba lejos y no lo oí. También tengo entendido que hizo buenas migas con el tirano Hierón en Siracusa, quien le permitió habitar esta ínsula. No tengo ni idea de por qué le condenaron al ostracismo en Atenas, ni mucho menos quién lo mató, puede creerme, señor agente, pero una cosa le digo: esto con Hierón no pasaba”. 

            Hipólito meditó unos instantes, tratando de encajar las piezas de algún modo para establecer, por lo menos, una suerte de hipótesis. Se rascó la cocorota bajo el casco y resolvió: “Vale, Tú”.

            Y dijo Tú: “Todos sabemos que Esquilo era un poco facha y racista con el tema de los aqueménidas, pero no hay que olvidar…”, y Caín interrumpió: “¿Aqueménidas? ¿Te refieres a los medos?”. Sigue Tú: “Sí. Decía que, aunque reciente, en su contexto histórico…”. Y Abel: “¿No eran acadios? Me he perdido”. “El temor a una invasión de suelo griego…”. Ahora Hipólito: “Creo que os referís a los persas”. “Por el cromatismo de la piel…”. Y, de nuevo, Caín: “¡Me da igual como se llamen, son unos morenos de mierda!”. Prosigue Tú: “Y se vio expulsado de Atenas cuando descubrieron que había plagiado Luz de Agosto de Faulkner”. Y Papadopoulos, despapadopoulizado: “¡Cómo se le ocurre plagiar a Faulkner! ¡Con la devoción que hay en Atenas por Faulkner! ¡Faulkner!”. Y saca su revólver reglamentario del cinto y pega dos tiros al techo. Abel se tira al suelo hecho un ovillo. Alguien grita: “¿¡Qué daimones es semejante hechicería!?”. Pero Tú continúa: “Y vivía a la intemperie debido a un vaticinio que recibió en Delfos en el que le decían explícitamente que…”. Y Caín, a Abel: “¡Oye, tu, espabila!”, y le suelta un garrotazo en el cráneo que lo deja muerto.

CORO:            Y así ocurrió que el hoplita Hipólito Papadopoulos tuvo que interrumpir el interrogatorio por defunción de uno de los testigos y abandonar toda investigación. De este homicidio poco pudo investigar, por hallarse presente en la más pura evidencia, y como la legislación vigente en aquella época remota determinaba que el dueño del establecimiento es el encargado último de impartir justicia, el asesinato de Abel estaba fuera de su jurisdicción y ajeno a sus competencias. Pero resultó que a Tú le dio un infarto esa misma noche, usando las letrinas todo lleno de caca, y Caín salió impune y libre de todo cargo. Nadie sabe qué más fue de él. Hipólito, en cambio, volvió a Siracusa, donde le reprocharon su incompetencia inoperante con respecto al caso del dramaturgo acéfalo y fue degradado a agente de tráfico, cuyas funciones, en aquellos tiempos, eran más bien escasas y las tareas de Papadopoulos se vieron reducidas, pragmáticamente, a recoger los excrementos y las inmundicias de las bestias de tiro, escoltando las carretas de los mercaderes por las cochinas calles de Siracusa.

30.5.18

El ulam.


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde conseguí este ulam, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó el pasado invierno. Es una historia estupenda.
Estábamos yo, Guibo, y mis tres drugos Alfrodo, Morselo y el Varano, que realmente era un varano de Komodo, sentados en el bar Pancró, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno tórrido y aciago, cuando por la puerta apareció el Coronel Mostaza y sus secuaces.

CORONEL MOSTAZA: ¡Ahí está!¡Prendedle!
SECUACES: ¿A cuál?
CORONEL MOSTAZA: ¡A ése!

    Los secuaces del Coronel Mostaza se abalanzaron contra nosotros armados con cimitarras y muy mala cara. Morselo dijo:

MORSELO: ¡Fuegodoro!

    Y el Varano escupió un chorro de baba flamable sobre los enemigos. Yo caí presa del pánico por no haber asistido a los ensayos y me hice el muerto, pero Alfrodo, que conocía la estrategia, arrojó un cigarro encendido y certero a los secuaces del Coronel Mostaza, y así murieron calcinados.

CORONEL MOSTAZA: ¡Maldición!

    El Coronel Mostaza sacó su pistola reglamentaria y disparó a Alfrodo, acertándole en el cuello. Alfrodo gritó:

ALFRODO: ¡Ulam!

    Y cayó muerto.

    Morselo, lleno de cólera, agarró la botella de fuegodoro y practicó con ella una espantosa herida en la cabeza del coronel, dejándolo casi muerto.

YO DIJE: ¿Qué ocurre?
MORSELO: Mató a Alfrodo.
Y YO: ¿Y ahora qué hacemos?
VARANO: Vayamos a jalar una vaca o algo.
MORSELO: No. Tenemos que esperar a que éste se despierte para interrogarle. Buscaba a Alfrodo por algo y vamos a averiguarlo. Tú, Varano, vigílale, que no se escape. Y tú, Guibo, registra a Alfrodo por si encuentras alguna pista.
YO: ¿Y tú?
MORSELO: Fuegodoro.

    Miré en los bolsillos de Alfrodo y no encontré más que un puñado de monedas y pañuelos de papel usados. Le dije a Morselo:

LE DIJE: No lleva nada encima.

    Y Morselo, con los labios sucios de fuegodoro, me dijo:

MORSELO: Pues entonces busca dentro.
Y YO EN PLAN: ¿Cómo dentro? ¿Dentro?
MORSELO: Mira en su culo.

    Y efectivamente, en su culo, Alfrodo escondía un ulam.

MORSELO: ¡Por todos los yarboclos! ¡Un ulam nuevecito!
YO: Bueno, más bien semiusado.
MORSELO: ¡Con razón lo querían muerto! ¡Un ulam! ¿Te das cuenta? ¡Por un ulam yo mataba hasta a mi padre!
Y YO: Ya, pero… ¿Cómo se usa?

    En eso que el Coronel Mostaza despierta y grita:

CORONEL MOSTAZA: ¡Soltadme, hijos de puta!

    Y el Varano le da una dentellada de lo más infecciosa y bacteriana en toda la garganta que lo deja muerto.

MORSELO: ¡Varano idiota! ¡Queríamos que nos dijera por qué buscaban a Alfrodo!
VARANO: ¿No le buscaba por el ulam?
Y MORSELO: Ay, pues es verdad.
ENTONCES YO: ¿Y ahora qué hacemos?
VARANO: ¿Vamos a jalarnos el cadáver de éste o qué?
MORSELO: No. Antes tenemos que determinar quién se queda con el ulam.
YO PROPUSE: ¿Lo compartimos?
MORSELO: ¡Es un ulam, maldita sea! ¡No se puede partir en tres partes! ¡Ni siquiera se puede partir en una parte!
VARANO: Yo me quedo con el cadáver, que está fresco.
MORSELO: Entonces sólo quedamos tú y yo.
Y YO: ¿Quién, yo?
MORSELO: Sí, tú. Nos lo jugaremos a muerte.
YO DIJE: ¡Qué me dices!
MORSELO: Te lo digo. Y agradece que te doy una oportunidad. Yo maté al Coronel Mostaza y debería ser el que se quedara con el ulam por derecho.
Y YO: ¡Tú sólo lo noqueaste! ¡Fui yo quien sacó el ulam del culo de Alfrodo! ¡Me lo quedo yo!
MORSELO: ¡Pero si ni siquiera sabes lo que es!
VARANO: ¡Este páncreas es delicioso!
Y YO: Si no quieres compartirlo o me lo quedo yo o lo rompo.
MORSELO: No te atreves.

    Agité el ulam sobre la cabeza de Morselo y le reté a cogerlo.

LE DIJE: ¡Agárralo si llegas, cabezahueca!

    Y Morselo me tiró un puntapié a los yarboclos, dejándome casi muerto. Dijo:

MORSELO: Pues te quedas sin ulam, idiota.

    Me quitó el ulam, lo metió en su culo y huyó para siempre.

Ralph Steadman

 

4.5.12

2034.


Qué alejado me siento ahora del mundo, supongo que con esta cabaña encontré de veras un sitio bien apartado.

Recuerdo hace muchos años ya cuando nos reíamos de aquel satélite o cohete que iba a lanzar Corea del Norte y que acabó hundiéndose en el mar. Nos reíamos porque en aquellos tiempos hacíamos humor de todo, las grandes economías mundiales se iban al carajo y más la nuestra y encontrábamos tiempo para hacer chistes. Nunca nos gustó tomarnos las cosas tan en serio.

Después todo ocurrió muy deprisa, la alianza de Kim Jong-un con Irán y con la nueva República Popular de China de la que Hong Kong se había escindido para mantener sus relaciones comerciales con Occidente, los atentados en las capitales europeas, tensión nuclear en aumento… y pronto llegaron las listas de reclutamiento obligatorio y la derogación de la objeción de conciencia.

Poco más sé de lo que fue de la Tercera Guerra y de mi viejo continente. Hace ya muchos años que no veo ningún vuelo comercial pintando el cielo con tiza blanca. A veces pienso en todas las personas a las que no he vuelto a ver y me arrepiento de haber huido, pero el miedo al ver tu nombre escrito en un papel en el que te reclaman para adiestramiento militar y saber que acabarás siendo otro cadáver más en el frente acribillado por las balas y el fuego y el odio hace que no pienses más que en escapar.

Ahora ya no sé si hay un hogar al que volver o no es más que un manto de cenizas y polvo.


5.2.12

La carta robada.


El objetivo entonces era destruir lo que quisiéramos, hacer nuestras propias reglas… al menos en lo que escribíamos. “Podríamos esconder más cadáveres, es divertido” decía el viejo payaso gordo mientras hacía hueco en el relleno de aquel oso de peluche gigante de feria donde ocultaríamos a nuestra última víctima. “Ni hablar” dije yo “estoy harto de todo esto” y me fui con mi petate lleno de ropa sin lavar. Me había cansado de cavar tumbas todas las noches, pero aún más de servir de entretenimiento a esa gente sin vida, sin caras, no eran para mí más que nombres de cuentas bancarias, ricos más pobres que los pobres que pretenden ahogar su aburrimiento buscando estímulos inocuos y toda clase de mierdas, mierdas caras.

Así llegué aquí, con los pies destrozados después de horas de caminata con la fría luna reflejándose en el asfalto, lleno de cerveza, compareciendo indefenso ante páginas en blanco bajo las incandescentes luces de una barra, envuelto en conversaciones insulsas con ojos tristes que como yo extinguen sus gritos en cada trago.

Tenía que dejarlo, ya apenas conseguía poner algo de orden en todo aquello que parpadeaba en mi cabeza y me hacía tiri-tiritar ¿quién era yo? quiero decir… ¿cuál era mi papel? quisiera decirle a Nina ahora mismo que se callara un segundo y me dejara escuchar las voces de todas aquellas de las que me enamoré en sueños, y ya está.

Cuando era joven podía recordar cualquier cosa, hubiera sucedido o no.
Mark Twain

15.1.12

Ha sido divertido (o Del último nudo de Francis Pomeray)


Algo curioso de la amistad es saber cuándo es verdadera y sublime. Yo pensaba que mi amistad con Jim era absoluta cuando nos vimos involucrados en un misterioso asesinato en el cual no habíamos jugado ningún papel pero nos tocó deshacernos de los restos. Aquel cadáver pesaba mucho y nos costó mucho esfuerzo y noches sin dormir el descuartizarlo y enterrar los trozos por ahí. Tuvimos problemas, por supuesto, pero todo salió bien y ninguno de los dos emitimos ninguna queja o palabras de desánimo, incluso creí que en un tiempo nos habríamos olvidado de tan perturbadora situación, pero no volvió a ser lo mismo, nuestra relación fue engendrando asperezas y ya apenas podíamos hablar sin enfadarnos por cualquier cosa, saltábamos a la mínima.
Lo último que supe de mi gran amigo Jim fue que puenteó un Volkswagen y atravesó los Pirineos en dirección a Rumanía. No espero ninguna postal.
Y ahora, seis años después de que el baño de mi casa se transformara en la trastienda de Satriale’s, acabo de terminar mi último nudo, y apuro las palabras de mi última carta. No lo hago por sentirme triste ni nada, es más, estoy extrañamente feliz y satisfecho. Supongo que me he aburrido de mirar por la ventana y ya apenas me quedan puertas por abrir.
Ha sido divertido, de verdad, unos buenos 27 años. Ha sido muy divertido.
Francis Pomeray, 3.5.53

9.11.11

Miedo y Asco en la consulta de Howard. Parte II.



-Está bien, está bien...- continuó Howard-le diré a Marla que las anule.
-¡Mierda!-exclamé sorprendido por la insensatez de mi doctor-¡Había olvidado a Marla!
-¿Qué pasa?
-¡Que puede descubrirnos, gilipollas! Ahora tendremos que cortarle la cabeza a ella también antes de que nos descubra…
-¿Pero de qué coño estás hablando? ¿Estás loco o qué?
-Dímelo tú, tú eres el especialista.
-A ver-dijo finalmente después de unos instantes de debate interno-le diré que ha terminado por hoy y que puede marcharse, no tiene por qué entrar aquí. Ahora mismo voy.

Y se acercó con paso decidido al hall de la entrada donde estaba la secretaria, no sin antes atusarse el pelo y limpiarse el sudor de la frente. Una vez hubo salido de la sala de espera, yo me acerqué a la puerta para escuchar a través de ella.

-Ho… hola, Marla-comenzó Howard muy nervioso-Eh… ¿Qué tal la tarde?
-Bien, muy bien. Ahora mismo iba a ponerme con los horarios del señor Hammett, la semana que viene no puede venir a la misma hora que siempre y estoy viendo si puedo cambiar su turno por el de otro paciente, seguramente a la señora Valdez no le importará.-indicó Marla a una velocidad pasmosa, no recordaba que hablase tan rápido, aunque quizás sea por la tensión del momento.
-Bien… bien… pero ¿sabes? Puedes tomarte el resto de la tarde libre, ya harás esas llamadas mañana… puedes irte a casa… o a donde quieras…
-¡Genial! Así podré ir a ver aquella peli, la de los sueños, dicen que es increíble…-Oí cómo ordenaba papeles y los iba guardando en cajones-Bueno esto ya está, voy a por mi bolso y me voy. Gracias, Howard.

Fue entonces cuando lo vi, aquel bolso de piel colgando del horrible y retorcido perchero de metal. Lo único que se me ocurrió hacer fue bloquear la puerta, justo al mismo tiempo que oía a Howard ofreciéndose alarmado a ir él mismo a buscarlo. Pensé que sería el doctor el que abriría finalmente la puerta pero me quedé petrificado al ver entrar a la rubia y joven secretaria que no se inmutó de mi presencia ni de la del cadáver que yacía unos metros más allá, por lo menos no se inmutó hasta después de haber cogido su bolso.

Se detuvo con un gesto extraño en la cara, de veras, era como si no le sorprendiera lo más mínimo, su mirada fue del cadáver a mí y de mí a Howard, ambos inmóviles, para volver finalmente al cadáver y, después de unos segundos que me parecieron horas, dejar lentamente su bolso de nuevo en el perchero.

-No voy a preguntaros qué ha pasado-dijo Marla con voz serena-¿Éste es el señor Dood, verdad? No pasa nada, he leído su historial, tenía tendencias suicidas-continuó mientras se agachaba junto a él y le arremangaba la camisa mostrando un brazo lleno de cicatrices-doce intentos en total. ¿Nunca tuvo suerte verdad?-Howard y yo seguíamos paralizados sin saber qué contestar-Lo intentó con gas, pastillas, cortándose las venas, arrojándose por la ventana… ese tipo era inmortal y vosotros os lo habéis cargado de un plumazo-apuntilló con una sonrisa alevosa.
-Marla, por favor-contestó en seguida Howard con un hilo de voz-Tú nos conoces, sabes que no haríamos tal cosa.
-¿Un psicólogo adicto a la marihuana y un borracho con problemas de control de la ira?-se rió-Ya sé que no habéis sido vosotros, pero imagino que no vais a llamar a la policía y me resulta divertido ver cómo os deshacéis de este fiambre.­-añadió mientras le sacaba del bolsillo a Dood su cartera y se ponía a contar los billetes.
-¿¡Qué coño haces!?-exclamó Howard-¡No puedes robarle a un cadáver!
-¡Pásame su reloj!-grité finalmente con el labio mordisqueado tras la presión del momento, con una voz demente y entusiasmada por lo insólito de la situación. Marla me lo lanzó y enseguida me lo ajusté a la muñeca.-Ya puestos…-le dije a Howard al ver su rostro de decepción-él ya no lo va a necesitar-.


3.9.11

Trigo introspectivo.

Otra vez siento que me falta algo, que se me ha ido algo.

Algún personaje de estos que ya he usado en varios relatos, al que últimamente no echaba de menos... y ya... pues ya no está.

Vino y se fue tantas, tantas veces... aún tengo más, siempre tendré más, pero es la que realmente presiona mis dedos contra cada tecla para formar cada sílaba, cada palabra... y no se me antoja ahora nada más que estar solo. Solo un rato. Que ningún corazón delator me haga perder los nervios. Que cada resaca sea en la soledad de mi cama con otro folio en blanco... esconder aquél cadáver, escapar de aquella isla...

Creo que soy imbécil... o quizá sólo sea feliz.


29.8.11

Miedo y asco en la consulta de Howard. Parte I.

El otro día decidí asomarme por la consulta de mi psicólogo, el doctor Howard Gilliam, no por nada serio, una visita sin importancia.

Sé lo que estáis pensando, ¿para qué demonios necesita este tipo un psicólogo?, pues, bueno, nada que deba preocuparos... hará un par de meses que mi jefe me lo recomendó amablemente al percatarse de los destrozos que había causado en una noche de guardia especialmente aburrida en la oficina... mera curiosidad científica respecto a la capacidad propulsora de varios extintores enganchados a mi silla de trabajo.

Pues bien, llegué a la sala de espera en el momento en el que el doctor despedía a un paciente con un extraño tic, como si estuviera negando con la cabeza rápidamente todo el rato, otro bicho raro esperaba sentado con la cara pálida y sudando a chorros. Howard me vio y me dijo que yo no tenía sesión hasta el miércoles siguiente, que ahora era el turno del señor Dood. -Tranquilo, Doc-contesté-sólo vengo a saludarte y a contarte una cosa, serán cinco minutos.- Me miró seriamente y me dejó pasar -Cinco minutos-añadió.

-Bien-comencé-¿Te acuerdas de aquella fulana de la que te hablé, Janice?
-¿Tu exnovia que resultó que estaba casada y te dejó tirado en medio de la carretera, largándose con tu coche?
-No, el coche era de su marido... pero ¡sí, esa!
-Me acuerdo. ¿Qué ha pasado?
-Pues estaba yo ayer tomándome un café en Laundry Corner cuando la vi sentada con otro tipo. Estaban compartiendo un batido de esos con nata encima y una cereza, Doc, ¡Una cereza!
-¿Qué has hecho, Village?
-Nada, ya me conoces... les seguí.
-¿Y...?
-Y nada más, están alojados en el Hotel Morrison.
-¿Qué planeas hacer?
-¡No es más que una simple venganza! ¡De buen rollo! Ya sabes... por los viejos tiempos. Aún no se me ha ocurrido nada y contaba con tu experiencia como loquero para que me dieses alguna descabellada idea de alguno de tus tarados.
-Paul... como tu médico te insto a que te olvides de ese asunto, no querrás que te encierren otra vez en el calabozo.
-Sólo fue una noche y no pudieron probar nada y lo sabes. Tal vez...


Un ruido seco en la sala de espera me dejó con la palabra en la boca, nos miramos, desconcertados, y salimos a ver qué había ocurrido. El señor Dood yacía en el suelo con la cabeza en medio de un creciente charco de sangre, al parecer se había golpeado con la mesa de centro donde estaban las revistas. -¿Está... muerto?-pregunté. -¿¡Cómo quieres que lo sepa!?-replicó Howard en un grito ahogado. -¡Y yo qué sé! ¡Tú eres el médico!-. Se acercó con cuidado al cuerpo, como temeroso de que se levantase de una sacudida, puso sus temblorosos dedos en su cuello y me miró con la cara desencajada -Joder... está muerto.-


-¡Maldita sea!-rugí-¡Tenemos que deshacernos del cadáver!
-¿Pero qué dices? ¡Ha sido un accidente! ¿Por qué iban a pensar que le hemos matado?
-¿¡Y yo qué cojones sé!? Ya conoces tu historial, no parece demasiado alocado que precisamente TÚ tengas un fiambre en la sala de espera, se te tirarán encima como jodidos lobos y yo estoy en el ajo. Tenemos que deshacernos de él.
-Tienes razón... ¡Joder, tienes toda la maldita razón! ¿Qué hacemos?
-De momento... de momento tienes que cerrar esto ¿Cuándo viene el siguiente paciente?
-En menos de dos horas.
-¡Llámalo! ¡Anúlalo! Necesitamos tiempo... a ver... hay que sacar al tío este de aquí, conozco a alguien que nos puede ayudar... y hay que limpiar toda esta sangre, eso lo puedes hacer tú, es tu maldita consulta.
Continuará...

28.4.11

Zombie.

Lentamente iban saliendo del agua a pasos renqueantes,  con sus carnes putrefactas y su verdosa piel pegada a los huesos. No se me ocurre por qué, pero mientras yo dormía ellos habían despertado. Levantándose de Estigia, caminaban hacia un calizo muro, tal vez de alguna fortificación antigua.

Mi atención se centró en dos de estos individuos, seguramente en vida habían sido apuestos y diferentes, pero ahora en la muerte no era capaz de diferenciar los rasgos de sus caras, con los ojos blanquecinos hundidos en rostros inexpresivos e inertes. Uno de ellos llevaba una especie de cachiporra en la mano, y azotaba con ella a todo aquel que estuviese a su alcance, incluso a su amigo.

Me di cuenta de que empezaban a conversar, no eran más que gruñidos y gemidos, pero por alguna extraña razón podía entender lo que decían.

-¿Cómo lo llevas?
-Bien, ya sabes, para estar muerto y eso...
-¿Y el Demonio?
-¿Demonio?
-Bueno, llevamos al Demonio en el cuerpo... de hecho, vamos a sacárnoslo.
-Pues yo no había notado nada...

Llegaron a la máquina quita-demonios, que no era más que una gran estaca de madera anclada en el suelo con un gran clavo a la altura de la cabeza. Los zombies se acercaban al clavo y, con un golpe seco, golpeaban su frente contra él para que se les incrustase en la testa. Están locos estos zombies, pensé, pero admiré eso de respetar la cola, y que todos ayudasen a retirar los cadáveres que se iban quedando colgados del clavo. Al fin y al cabo, no son mala gente, solo tipos feos con mal aliento.

9.3.11

En la casa con globos de colores.

Ahora me siento como un Carl Fredricksen viendo cómo mi casa se despega del suelo con el impulso de cientos de miles de globos, apenas me dio tiempo a hacer el equipaje. Me llevo un espantapájaros esperando en la barra mientras un cerdo canta canciones a Jigsaw, un par de mimos danzantes y a Maurice convertido en cadáver de gala.


Más arriba están los Lumière con Méliès tomando café en un nido de canallas sentados sobre latas de película de 35mm. Un bolígrafo de un gel extraño reluce al sol del horizonte… hay demasiadas cosas que entonar de este espectáculo visual que me ofrece la vida.

Las alimañas que aparecen entre los arbustos para morderte el culo no son más que eso… cuerpos sin cerebro alimentados por la violencia que ellos mismos generan. No conseguirán sacarme más que este par de líneas.

Todo está bien otra vez y eso me gusta… no perfecto, por supuesto, pero hay que saber sonreír a las caras que se apartan y a los ojos que no te miran. De momento, iré buscando unas sandalias aladas que no me vayan grandes.

7.10.10

Sueño oscuro de media tarde.

Era una cigüeña gigante, pero gris y sin ojos, que recogía con su negro pico cadáveres del río... no vi lo que hacía después con ellos así que no quiero aventurarme a juzgar si era malvada o no. No está bien decir que una cigüeña sea maligna sólo porque no sea blanca y sus cuencas oculares estén vacías... a lo mejor era buena gente, no sé...