Mostrando entradas con la etiqueta árboles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta árboles. Mostrar todas las entradas

1.4.17

De los panmuflones.

Los panmuflones son una suerte de deimones farsantes. Habitan los nudos de los robles, aledaños a los senderos, esperando a cualquier caminante distraído que pudiera pasar por ahí. Estos seres fatuos poseen la capacidad de transfigurarse en cabra, piedra o doncella a placer; y usan esta habilidad para despistar a los viajeros y hacer que éstos tropiecen varias veces y se extravíen sin remedio.

Por lo que se sabe, se alimentan de bellotas y ramas secas, tal vez mascan hojas de helecho y pequeños roedores, y, para saciar la sed, les basta con lamer con su lengua púrpura los líquenes de las rocas o un terrón de musgo húmedo. 

Dicen antiguas leyendas epirotas que descienden todos de una siringa, olvidada por los dioses, que fue a enraizarse un día lluvioso en un charco de fango. Desde entonces, han tomado por costumbre indicar siempre el camino más largo cuando alguien les pregunta y rasgar con una uña afilada los bultos del equipaje para que se pierdan las vituallas.

Se cree que se asustan de los caballos y las cornucopias; sin embargo, guardan un pacto ancestral con los burdéganos y éstos hacen la vez de espías entre los hombres y conjuran contra los bípedos en su lenguaje de roznidos.  

Su anatomía, dada su mutabilidad, es, en términos científicos, tan dispersa como inmediata. A menudo se puede hallar relación entre las particularidades del paisaje y la forma con la que un panmuflón se presenta. Pastores de la zona pantanosa de Gobhar, en la Irlanda continental, afirman que suelen verse antes del ocaso, flotando en la superficie de los remansos de agua como una llama verde sin vapor. Por el contrario, granjeros del macizo cristalino de Pohorje, aseguran que se asemejan a carneros pardos de trescientos kilos que andan encorvados, sobre sus ancas de rodillas invertidas, y cuyas falanges son largas y afiladas como las de un arácnido.

La población autóctona de la costa del sur de Breizh, asegura que el único modo de burlar a un panmuflón es caminar de espaldas siguiendo las briznas de hierba que dejan las ruedas de los carros en medio de la senda. Esta peculiar práctica ha caído en desuso, quizá debido a la asimilación de la cultura accidental; sin embargo, aún se tiene constancia de regiones transfronterizas en el entorno del Karnali en las que se sigue transitando a pie con la vista fija en el lugar que se abandona y siguiendo el rumbo de los propios talones. Hay quien dice que así ha de caminar aquel que camina sin miedo. Otros, fieles al mestizaje de las tradiciones, mantienen la premisa de que para encontrarse es irremediablemente necesario perderse primero, por lo que, de algún modo, los panmuflones son deificados como santos bromistas paladines de la deriva.


                Después de todo, quién sabe.


22.11.13

El último mono.

         —El último mono se bajó de la rama y enseguida tuvo que erguirse para poder ver como antes ¿Para qué bajó entonces?
         —Muchacho, yo creo que deberías dejar de pensar tanto o empezar a pensar bien, si no se te hará un nudo en el ovillo de la quijotera que quizás no se pueda arreglar ni con los dientes. El último mono bajó de la rama para ir a buscar otra, todo el mundo lo sabe. Todos los últimos de cualquier cosa lo son precisamente por eso. Erguirse sólo es una forma más de aprender, y de eso estábamos hablando desde el principio.
         —Ya… Eh… Sí, tienes razón, claro. Perdóname, es que estoy que no estoy.
         —¿Te apetece un café?
         —No, gracias.
         —Bueno, si me disculpas un momento, iré a servirme uno.
         —Claro, por supuesto.

(...)

         —¿Sabes? Otra vez he vuelto a perder mi rama, quiero decir, sé en qué rama estoy y más o menos en qué luna vivo, pero los árboles que veo a lo lejos parecen grises y desnudos desde aquí, también floridos pero de una forma transparente desde aquí. Es difícil de explicar.

         —Y otra vez te vas por las ramas. Niño, niñito, aprende a escuchar al río que siempre está donde estuvo y estará y así fluye y susurra. Es en el agua donde la vida prospera y no en esas ramas que buscan subir y subir hasta que el sol derrite sus hojas de cera. ¿Seguro que no quieres un café?

13.11.13

Oso hormiguero.

         —Conocí conocí a un tipo —dijo García desde el taburete frente a la barra—, creo que se llamaba Baum o algo así, era astromecánico, se dedicaba a arreglar estaciones espaciales y esas cosas. Me contó —dio un largo trago a su vaso de vino— que una vez estaba ajustando unos paneles y toqueteando unos manguitos a gravedad cero, con su traje de astronauta y todo, cuando vio pasar a un oso hormiguero con escafandra flotando por ahí. Eso me ha hecho pensar… ¿Cuántos osos hormigueros estarán en órbita en este mismo momento? o sin ir más lejos ¿Quién será el que les pone todas esas escafandras adaptadas? Hay tantas preguntas y tantas respuestas que no existen… Es como aquello de si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie para oírlo, pero así con todo —apuró los últimos sorbos de vino y pidió otro— ¿Qué me importan a mí, después de todo, los osos hormigueros estén donde estén? ¿Sabes? Tal vez para un biólogo amazónico pueda resultar un tema de una trascendencia terrible, pero para mí, que sólo soy un humano que está aquí, ahora, contigo, hablándote de todo esto, no deja de ser más que una mera anécdota curiosa que no cambiará tu vida lo más mínimo, si acaso en que a partir de ahora podrás decir que conociste conociste a un tipo que conoció conoció a un tipo que era astromecánico y no sólo eso, sino que además vio a un oso hormiguero flotando a cuatrocientos kilómetros sobre la Tierra que, por si fuera poco, llevaba escafandra. Es tan difícil y al mismo tiempo tan sencillo explicar todo esto… Quiero decir que nada importa de veras, si acaso unas cuantas cosas como el amor y la felicidad y el poder llevarse algo a la boca de vez en cuando. Incluso se podría prescindir de las dos primeras si uno se conforma con la supervivencia neta. El caso es: ¿Por qué preocuparse entonces? Si puede haber osos hormigueros en el Espacio, quién te dice que no puede haber uno justo detrás de ti justo ahora, o tal vez uno muy pequeño alojado en tu cerebro o en tu menisco, quizá cientos ¿Pero sabes qué? Si uno ha de preocuparse por los osos hormigueros también tendría que hacerlo por la recogida de basura y a nadie le gusta tratar con todo eso. Y no les culpo, a mí también me gusta pensar que soy hijo del viento y los ríos criado por árboles y ovejas y lobos, con el mismo fuego aquí en el pecho que el que hace arder el Sol, y cuando pienso estas cosas me olvido de todos los osos hormigueros o baobabs que puedan estar flotando o creciendo por ahí y se me pone una sonrisa joroschó.

6.2.13

La carta a ninguna parte.


         El otro día me ocurrió algo rarísimo, lo que es de agradecer cuando pasas una de esas extrañas épocas en las que no pasa nada, de las que la lluvia parece no mojarte casi por desidia y hasta los pájaros deciden dejar de cantar alegres canciones o en su lugar tararean monótonos ritmos.

         Pues eso, decidí romper la tediosa rutina dando un paseo por el campo. No es que en el campo pasen demasiadas cosas, pero supongo que me apetecía alejarme de los coches y el ruido y despejar la mente un rato.

         Así que, como de costumbre, el despertador empezó a sonar a las seis de la mañana, justo en ese momento en el que el sol se ha alzado lo suficiente como para asomar tímidamente por encima de las colinas que se ven por mi ventana y teñir mi cuarto con una luz de un dorado pálido. La radio se enciende entonces con los acordes de I got you babe, justo como en aquella película de Bill Murray, pero supongo que no es más que una alegre coincidencia que me ayuda a amanecer con una sonrisa.

         Sería muy largo contar todo lo que vino después. El desayuno y todo eso, así que iré directo al grano:

         Caminaba por el campo, aunque más bien podría decirse que aquello era un sendero en el bosque, cuando me crucé con una mujer que cargaba con un gran fardo por cuya abertura sobresalían unos cuantos sobres arrugados. Por su uniforme amarillo y azul deduje que se trataba de una cartera del servicio postal.

         —¡Buenos días! —la saludé.
         —Buenos días —dijo ella entre suspiros, agotada—, ¿sabe usted dónde se encuentra Ninguna Parte? Debo entregar una carta y me han traído aquí, llevo horas dando vueltas perdida.
         —¿Ninguna Parte? Supongo que eso puede ser cualquier sitio ¿no? —bromeé, aunque por la desesperada expresión de la cartera sospecho que no tuvo gracia.

         Me sentí entristecido por la situación de aquella mujer, buscando un lugar desconocido sin tener más pruebas de su existencia que una dirección escrita en un sobre de papel; así que, aunque mi intención era dar un sencillo paseo en la naturaleza, me decidí a ayudarla.

         —¿Sabe? —le dije entonces —No tengo nada que hacer realmente así que… ¿Qué le parece si le ayudo a encontrar Ninguna Parte?
         —¡Oh, eres muy amable! —Contestó ella— ¿Cómo te llamas?
         —Soy Alonzo, ¿y usted?
         —Me llamo Cilene.
         —Vaya, Cilene, ¡qué nombre tan bonito!
         —Sí, muchas gracias.
         —Bueno, ¿Qué le parece si buscamos Ninguna Parte?

         Pasamos horas buscando aquel dichoso sitio —incluso llegué a pensar que aquella mensajera en realidad lo que hacía era tomarme el pelo, pero era imposible fingir esa desesperanza con tanta veracidad—, el sudor me corría por la frente y la espalda y tenía las piernas cansadas y los pies doloridos por la caminata, por no hablar de los insectos que se habían estado entreteniendo echando pequeños tragos de mi sangre dejándome los brazos llenos de picaduras.

         —Ya está —dije cuando no aguantaba más, arrojando con enojo la rama que había estado usando como bastón—. Lo siento, pero no daré un paso más. Creo que no existe Ninguna Parte. Que te han timado, Cilene. Llevamos aquí todo el día y no he visto más que árboles y mierdas de ardilla, así que adiós.

         Aún así, con todo lo que le había dicho, seguí su camino con paso cansado, más que nada porque me había perdido, y preferí buscar la ruta de regreso compartiendo la marcha con alguien, pues había algo en los pájaros de aquel bosque que me daba mala espina. No sé si serían esas plumas negras como la noche más oscura o aquellos picos del color del bronce que parecían cimitarras oxidadas por la sangre vieja y reseca.

         A estas alturas ya había perdido completamente la noción del tiempo, pero supongo que una media hora después de aquel arrebato de desesperación dimos con un gran lago gris que yo no recordaba haber visto en ningún mapa. Justo en la orilla llena de fango y ranas, un tosco cartel de madera carcomida vestida de musgo nos señaló que acabábamos de llegar a Ninguna Parte.

         —¿Esto es Ninguna Parte? —pregunté al propio cartel—¡Aquí no hay nada más que ranas! ¿Dónde está el buzón?
         —¡Ahí! —gritó Cilene soltando la saca del correo mientras señalaba con el dedo índice un minúsculo islote en el centro del lago en el que sólo había eso, un buzón.
         —Está bien —dije entonces con cierto alivio— ¿Cómo llegamos hasta ahí?
         —Podríamos construir una barca —respondió Cilene—, yo no sé nadar.
         —Yo sí —contesté yo—, pero la carta se mojaría. Y no tenemos ni tiempo ni herramientas para hacer una barca.

         Estuvimos pensando un rato hasta que a Cilene se le ocurrió juntar todas las cartas que llevaba para hacer un barco de papel.

         —¿No va eso en contra de la ley? —pregunté yo— Digo lo de abrir cartas ajenas y eso.
         —Esta carta es muy importante —respondió Cilene con determinación—, más importante que todas las demás cartas que se hayan escrito o que estén por escribir.
         —Está bien.

         Así que nos pusimos a juntar, pegar y doblar cartas de amor y propaganda y facturas hasta que nuestro barco de papel gigante estuvo listo. De verdad, era increíble. No tenía timón ni velas ni ninguna de esas cosas que se supone que tienen los barcos, pero flotaba, y con un poco de suerte nos llevaría hasta el islote para poder dejar la carta. Pero decidimos que lo más seguro sería que sólo uno de nosotros fuese el navegante, y como Cilene era la cartera y pesaba menos que yo, fue ella.

         La vi zarpar desde el barro y aquel barco de papel surcó la inmaculada superficie del agua como si la acariciase con una dulzura que sólo saben describir los poetas. La sutil neblina que flotaba sobre el lago me impedía ver con claridad cómo introducía la carta en el buzón, pero lo vi.

         Y esperé mientras Cilene volvía en nuestro barco de papel con un suave bamboleo.

         —¿Y bien? —le dije en cuanto hubo atracado frente a mí.
         —¿Y bien qué? —respondió.
         —¿Qué ha pasado?
         —He entregado la carta —contestó.
         —¿Y?
         —Y nada. La carta ya está entregada. Trabajo cumplido. Muchas gracias.
         —Pero… —protesté.
         —La carta ya está entregada. Entiéndelo, es mi trabajo.

      
         Y eso, aunque tal vez pueda parecer increíble, fue lo que me pasó el otro día.

30.1.13

Los rezos de los árboles.


Quisiera escribirte una carta, a ti, pequeño lémur; que te quedabas enroscado en una rama muy alta viendo la fruta crecer y las moscas revolotear.

Quisiera escribirte una carta, pero no sabrías leerla; tú, que bostezas enseñando los blancos colmillos y sacando una rosada lengua y entrecierras tus ambarinos ojos con plácido aburrimiento mientras el sol te calienta el cogote.

Quisiera escribirte una carta, pero supongo que no te haría mucho bien comprenderla.

Es bueno tener un cálido cubil de hojarasca allá arriba, en las ramas.

Pues todos quieren dormir bajo las estrellas acariciados por los rezos de los árboles.


Que ningún árbol tiene boca
ni ojos.
Que sólo perciben levemente los pasos
y el viento.
Que sus recuerdos son viejos
y están olvidados.
Enterrados bien profundo
bajo las raíces
de los años.

9.10.12


He quedado conmigo mismo para ignorarme. Tengo los pies fríos. Pasaré a limpio aquel cuento que escribí en una gasolinera. Dentro de un rato. Tal vez luego me tome una cerveza, de momento me quedaré aquí escuchándome y encendiendo cerillas.

Se rompió el delgado cordón de cuero de mi nuevo monedero viejo de piel. Era de mi padre. Bajo la solapa está escrito PABLO con letras sencillas y negras.

Hice un dibujo el otro día. Un árbol con un payaso de sonrisa pintada ahorcado. Y un kiwi en una rama buscando su nido, que está en otra. Y una anillada cola de lémur asomando entre las hojas. A los pies del árbol hay una flor blanca y amarilla llorando, y más allá un gordo desnudo con gafas de sol y sombrero de paja carcajeándose mientras señala con su dedo gordo al payaso muerto. También hay un oso con una manzana en la zarpa, y una serpiente que parece haberse tragado un elefante y una tortuga Casiopea en cuyo caparazón se puede leer why not? con letras sinuosas. Un poco más allá hay un cerdo con cuerpo de caja fuerte y patas de cocodrilo que sueña con ser una salchicha alada con hocico y pequeños ojos negros. Sobre el árbol, Pan toca una armoniosa canción con su flauta y un pájaro azul emerge de entre las ramas con las alas azules extendidas. Y más arriba hay una lata con una carita sonriente y otra carita triste que además también tiene alas. En la esquina superior izquierda de la hoja cuadriculada hay un bonito pez naranja de grandes y profundos ojos negros que está algo ausente del resto. Vuela por encima, pero en verdad nada en un agua invisible. Creo que ese pez soy yo.

Pues creo que me da lástima de veras que se haya roto ese delgado cordón de cuero, porque ahora no podré llevar el monedero viejo de piel colgado del cuello.

Supongo que todo es tan sencillo como hacer un pequeño nudo en cualquier cordón que se nos haya roto, más que nada, para no ir perdiendo los globos cuando haga viento.

29.8.12

El campo escondido I.


Susurran las verdes ramas
en la selva moderna creada.

Susurran con arañas marrones
y caballos de lima y pululan
blancas motas.

En la dorada sabana del cemento
y del acero y del cristal resplandeciente de
Narciso. En los ríos grises que rugen
enfurecidos con un aliento negro y ballenas
rojas y peces multicolor.

*      *      *


Quisiera ahora un lápiz de color azul y otro de color verde y otro de color amarillo y otro de color marrón para pintar en un papel esta mañana en Hyde Park, sagrado corazón primigenio de Londres. Quisiera pasar los días meditando a la sombra de este árbol gordo y viajar descalzo por ésta mi sesera. Quisiera ver también las estrellas negras y plateadas que se reflejan en la sonrisa añorada.

«Dejad que se vuelva un necio para que pueda volver
siendo un sabio»

Si se mira con los ojos adecuados,
se puede ver con los míos ahora
escuchando la paz y las
ambulancias lejanas.

22.5.12

Poesía del azul.


Erase una vez un jardín. Estaba cercado por claras hayas y por un cristalino riachuelo por el lado norte. Yo había levantado un par de tapias de ladrillo para servirme de refugio. No había más techo que la oscura cúpula plagada de estrellas en la noche. Y el colchón de plumas apenas conocía el tacto de mi dormir, pues yo prefería acomodarme en el trono de mimbre en el porche.
En aquel jardín era harto difícil encontrar cierto orden, los árboles se revolvían entre los arbustos y las flores, y el viento lo mecía todo con una tibia canción.
* * *
La oscura fábrica de nubes grises con todos sus engranajes chirriando entre la turba urbana. Bujías incandescentes girando ruedas y trasladando cuerpos. Despreocupada inquietud en los pasos de las masas de maletines y sombreros y corbatas sin saber cuándo tirarán la bomba, sin saber cuándo serán vaciados de oscuridad. Siete escalones de cuero nos separan del infierno, espera por mí, y ten cuidado. El trance de la máquina dura cientos de años, cientos de sueños, cientos de colores diferentes y de diferentes lágrimas. Brillante, todo, el silencio es brillante. La polvorienta luz brilla con el acero y se refleja en un humo ocre de atardecer otoñal y vida envejecida.
* * *
Ella espera en una habitación empapelada con motivos florales en tonos bermellones iluminada por una vieja y destartalada lámpara. Está sentada en uno de los dos sillones azules junto a la puerta, inclinada hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza descansando sobre la mano derecha. Mira hacia adelante, pensativa, con un rubio mechón cruzando oblicuo su rostro. El tiempo pasa y se las lleva.
* * *
Un surco carmín atravesando su tez blanca como un río de sangre en la nieve. No sé en qué piensas, no he visto tus ojos. Sólo atardeceres en la orilla del mar y casas de cal.

18.4.12

En el espejo contemplando jazz.


Hace ya tiempo que sueño con conocerte mientras duermo en mi caja bajo tierra. De todos modos no veo. Si tengo agujeros en vez de ojos.

Alcanzo a vislumbrar ahora lo que quiero ser cuando me miro en el espejo olvidando mi cuerpo y dejando que mi alma se asome un poco.

Veo sus ojos alejándose siempre de mí, aunque ahora pienso que quizás sea porque en verdad no son los suyos. Veo muebles de madera vieja y mimbre, veo guitarras desafinadas y lápices sin punta. Veo ríos de menta y barro, cantos rodados haciendo saltos de rana y música acuática bajo las plumas de los pájaros. Veo un pingüino bailando torpemente. Oigo más mis silencios que mis hablares. Siento el tacto de las hojas de los árboles y los libros, de las acústicas cuerdas en cajas de madera, de las nubes al rozarlas desde abajo.

Soy ese acorde al que no llegan los callosos dedos de un zurdo distraído. Soy la luz de un flexo desteñido y el solitario amanecer de la ciudad. El desordenado escritorio y la pared llena de post-its.

Y me acuerdo de mis colosales guantes de jardinería en la alta hierba a la sombra del manzano y el roble, del rugir de las olas enfrentándose a la fría y gris roca desnuda de los calizos acantilados respirando con la hermosa furia del mar.

Así que… apenas consigo distinguir la nariz y la boca y el peinado entre toda esa neblina verde y amarilla y azul y blanca.

Y el pequeño y ajado cuaderno de bolsillo… ahora pienso en la insoportable levedad del ser, en cuán livianos e inocuos son nuestros actos en la vida para con el Universo —Aunque eso también lo hace más bonito ¿no?  

Me distraigo cuando parece que estoy concentrado, me distraigo con… todos esos barcos piratas… flotando… por ahí. Y me distraigo también con los pieles rojas cabalgando por Dakota y eso. Me distraigo con el Sol surcando el cielo buscando a una luna a la que nunca consigue alcanzar. Me distraigo sonándome los mocos con un pañuelo de papel muy usado y convertido en una red de hebras trenzadas. Todo eso me hace sonreír, pues cada vez que te pones triste matan a una vieja gorda.

Porque hoy suenan muchas canciones y no quiero escoger una, no quiero separarla de todo aquello que es mi vida. Un tipo cualquiera paseando por la calle tarareando o silbando alguna de ellas ¿Quién no sabe sonreír?

Luego vi su cara y jamás la habría imaginado, así se deshicieron mis sueños. Estoy hablando del futuro, lo cierto es que se supone que yo aún no lo sé.

Mi ya viejo trono de mimbre se queja y cruje bajo mi peso. Cuando era joven, me dice, no necesitaba de abrir puertas ni de levantarse, pues no se caía; no necesitaba pedir ayuda nunca. Quizá no sea tan viejo como mi trono, pero sí que lo soy como para necesitar ayuda; pues aunque quiera que mi camino esté escrito por sólo un par de huellas,  preciso de otro par que me guíe por algunos senderos.

Oteo el paisaje desde mi cofa subterránea en la copa del más viejo y robusto de los robles. Veo la sangre en su sentido positivo, la sangre de todos los hermanos, que son todos. Veo los ciervos y sus pequeñas motas siderales, veo el brillo de sus cornamentas adornadas con abalorios en espiral.

Y la luna azul, apenas reparo en ella y lo lamento. Contemplando jazz.

8.4.12

Los tristes atardeceres de Siempre Se Acaba.

Soñamos con ser niños perdidos en Nunca Jamás, siempre jugando y viviendo mil aventuras con piratas e indios, escuchando cuentos en el árbol del ahorcado con los marsupios repletos de golosinas imaginarias y durmiendo a pierna suelta mecidos por el hálito de las estrellas… sí es cierto que somos niños, también que estamos perdidos, pero este país se llama Siempre Se Acaba, y yo solo esperaba que durase un poco más.

No pensé que por dejar algo fuera de la nevera se fuese a poner malo, ni siquiera fui yo el que lo sacó de ahí, más bien yo soy lo que se puso malo.

Sensación harto extraña la que se abriga entre mis hígados, una especie de desasosiego pasivo, como el despertar de unas lágrimas que se habían ido y que aún no acaban de llegar, como la sangre brotando de la herida infligida por una daga sin filo alguno.

Mi brújula no me indica ninguna dirección, y hoy no tengo ojos que me digan que en verdad señala todas, hoy no hay norte en mi mapa, ni siquiera hay mapa; y lo que más lamento ahora es que no vaya a haber sonrisas en las postales que envíe, o que no sean del todo sinceras, que estén vendadas, que escondan sueño.

No hay árbol del ahorcado en Siempre Se Acaba, hay un banco desconchado enfrentado a un muro donde hay pintado un atardecer en el mar, un eterno crepúsculo con la cristalina superficie reflejando las migajas del abatimiento y la infinitud de la nada.

Pues no sabré encontrar más tesoros enterrados sin mi brújula ni mi mapa, no habrá nadie que me empuje en el columpio y tendré que ensuciarme para levantar castillos en la arena donde habiten mis princesas imaginarias, supongo que será bonito eso de ensuciarse otra vez…


"Es el último día de verano y me he quedado fuera, en el frío, sin una puerta para volver a entrar".

21.3.12

Del Rey de las Ramas.


Debajo de la nuca estaban las raíces y, subiendo por dentro del cráneo, un árbol lleno de nudos retorcidos donde descansaba el Rey de las Ramas. A veces me susurra cuentos mientras se atusa los bigotes, siempre vigilando alrededor con sus grandes ojos, pues se asusta con facilidad y cuando ve que hay alguien por ahí se esconde en un agujero en el tronco, dejando a la vista únicamente su larga cola anillada.
         
Es habitual en mí escribir los cuentos que él me narra, aunque últimamente se saben complicados, difíciles de moldear con palabras, y es extraño y angustioso, como  el no saber pintar los colores de un atardecer. Yo, que sólo quisiera viajar en mi alfombra voladora y acariciar las crestas de las nubes dibujando formas para que la gente que esté paseando o tumbada en cualquier prado de ahí abajo señale con el dedo al zoológico sideral mientras sus ojos se iluminan, porque algo me han enseñado, y es que a veces es mejor ser todo y nada que ser algo.
         
Me acuerdo ahora de un cuento que me contó la otra noche el Rey de las Ramas, trataba de Nemo, un joven que se sentía orgulloso de ser el único en su pueblo que nunca se había enamorado, ostentando tal título con la cabeza tan alta como sólo los ignorantes y los necios saben llevarla, huelga decir que no lo conservó por mucho tiempo.

El caso es que el tal Nemo se enamoró tan perdidamente de una muchacha que apenas podía soportarlo. Se marchó sin más, no recuerdo mucho de la historia… algo así de que si no podía tenerla a ella no querría tener a nadie y se convertiría en un anacoreta perdido en las montañas.
         
Otra de las historias que me contó, hace ya un año o así, trata de un par de náufragos en una isla, algo digno de Julio Verne o de Morris West o de William Golding o incluso de… ¿sabéis? algo así. Esta historia era un tanto más oscura, y no seré yo el que revele su final, al menos no por ahora… ésta es otra de mis grandes ambiciones.
         
¿Y cuál más? ¡Ah, sí! ésta alguno la conocerá… fue un error por mi parte empezar a publicarla con sólo un capítulo redactado, me refiero a aquella en la que un tipo visita a su psicólogo y se encuentran con un cadáver que, por razones desconocidas, se ven obligados a ocultar. Es gracioso, pues hace pocas semanas disfrutaba de unas cervezas con mi psicólogo y otro compadre en un local de Gijón, y el Rey de las Ramas apareció entre las botellas vacías que yacían en la mesa para recordarme esa historia y animarme a terminarla.
         
Es por eso que me gusta esa suerte de lémur con el culo al aire. 


12.3.12

Vivo ahora en un sueño extraño.


Vivo ahora en un sueño extraño, estoy despierto o eso creo, algo raro pasa todo el rato. Me imagino ahora como uno de los sucios poetas de Natalia Castro, con el cuello de la camisa manchado de vino avinagrado.
(..)Y, cuando llega la noche, los poetas calados de hastío hasta los huesos, oliendo a cansancio que dan pena, se dejan morir sobre sus alfombras mágicas atestadas de lamparones dejados porantiguos poemas de amor.                                                        Natalia Castro.
         Y me refugio en una madriguera tallada en la madera de aquel árbol donde los colores se envuelven en papel marrón con un pequeño lazo de cuerda deshilachada, donde escondí poemas antes de nacer para escribirlos ahora… pero, maldita mi suerte, no los encuentro.

         Esta madriguera está forrada de verdes enredaderas con flores amarillas y rojas y verdes y moradas y azules como los pequeños pájaros que revolotean en torno a ellas, también hay anaqueles con cientos de botellas llenas de barcos y arena y cartas de náufragos cuyos huesos hace tiempo que se volvieron coral, la entrada a este refugio está custodiada por una cortina de agua que se precipita desde la copa, donde no alcanza la vista y, lo más divertido, es que el suelo es esponjoso como la lengua de una ballena dormida. Me gusta a veces tumbarme en esta alfombra y escuchar el latido de esa ballena, tan pausado, su respiración y la mía, como las conversaciones de las olas bajo el sol.

         En este sueño yo quisiera ser poeta una vez más, un poeta enamorado, un poeta invisible, un poeta con la cabeza escondida en el cajón de los calcetines, un poeta desnudo frente al espejo, un poeta callado, un poeta sin poemas.

         En este sueño llegué al horizonte y me asomé al otro lado… ¡encontré uno nuevo! “tal vez la Tierra sea redonda de veras”, pensé, y me eché panza arriba a escoger nubes para hacer un ramo con ellas y regalárselo a cualquier persona que me espere en la estación de ningún tren. En este sueño esa persona sí existía, y yo no me ponía a arrancar briznas de hierba con los ojos desorbitados, no me ocultaba del cielo debajo de una gran roca, no me convertía en uno de esos lobos de ojos rojos, sino en los suyos, que cantan a la luna y se transforman en búhos agitando sus alas de plata en la noche.
Aúllo.Aúllo a la luna que me gusta estar viva. Que siento correr por mis venas algo más fuerte que el cuantrón. Aúuuuuuuullo. Me da igual que no dure, que no lo entiendas o que se me olvide. En este instante, sólo aúllo, como si de esta manera, dejase mi cuerpo y el mundo atrás. Como si de esta forma pudiese transformarme en búho y volar toda la noche.                                                                                              Verde.
         En este sueño los días pasan también, y en cada uno de ellos me despierto habiendo olvidado el anterior, desconocedor de que olvidaré el presente cuando me despierte al siguiente. Pero no brotan lágrimas de mis ojos, si acaso de dicha, pues cada flor en el camino se presenta como nueva, cada pez naranja en mi barriga me hace nuevas cosquillas con sus burbujas. En este sueño me alimento de jalea de versos preciosos sin palabras y del néctar de mis pasos y de la dulce lluvia mojando mi frente. En este sueño cada parpadeo hace que cambie el paisaje, que las raíces de los árboles se estremezcan en alegres sacudidas. En este sueño mis manos son invisibles y me divierto intentando asir cosas con admiración, asombrado por el tacto que entonces adquieren.

         En este sueño no hace falta que escriba estas palabras ni ningunas otras… en este sueño nada importa de veras, cada bocanada de aire, cada trago, es el primero y el último.

Wassily Kandinsky, Comp. nº7


6.11.11

Poemas taciturnos esperando al sol.

En cierto modo me gusta la suciedad. No en el sentido estricto de la palabra, lo estricto es serio, me refiero al sentido espiritual de suciedad.
Suciedad significa que ocurren cosas, y nunca se repiten demasiado, se suicidan con gusto para dejara paso a nuevas cosas. La NATURALEZA es sucia y ser limpio es aburrido.
Yo aprendí de los animales antes que a correr. Yo ya me imaginaba historias antes de vivir ninguna. Yo ya gasté muchos bolis, y no sólo eso, también os robé alguno para terminar... esta frase.

*  *  *

¿Habrá de verdad gente en el mundo muriéndose de hambre por su ARTE? Me refiero a ahora mismo. Yo tengo suerte y unos padres que me cuidan como... eso, padres, pero tal vez incluso mejor.
Es todo una locura, ¿de qué viviré yo? y no lo digo desde la vagancia y el parasitismo, lo digo desde el suspiro del artesano inválido en su menester.

*  *  *

El tiempo pasa muy despacio ahora, puedo verme surcando el ya irritante tópico de los ríos de tinta. Veo cada árbol en la orilla, cada tronco muerto atorado entre las rocas fluviales. Si estas líneas no avanzan más deprisa no voy a tener tiempo para llegar al mar, es decir, al final. Es curioso que el final, o la muerte, se relacione con algo tan inmenso. Como la NADA que no es tan diferente del TODO.

*  *  *

Campanas en el templo, como los brindis en un bar. Billy el niño al galope por Nuevo México, hace tiempo que esquivó aquella bala. Cabalga por la tierra de Frisco, de Jack London, la tierra de sangre y ferrocarril. La perrera del dios PRISMA DE LUZ y sólo un par de ojos.

*  *  *

No puedo evitar al cerrar los ojos verme tumbado en un prado orientado al oeste, bajo la sombra de un roble mirando aquellos ojos, castaños y de todos los colores y todas las almas que puedan caber en unos sencillos ojos humanos.

*  *  *

Tal vez sea mejor dejarlo por hoy, parecía hace un rato que era mañana... ¿o era ayer? Da igual, el sol me ha vuelto a alcanzar con los párpados abiertos. Yo pienso que es de mala educación acostarse antes que la luna, que es la única que nos aguanta por las noches mientras la ignoramos.

Línea final, punto.

10.6.11

Viento.

¿Que qué es lo que veo? No veo nada.
Las cabezas de las filas de delante no me dejan ver.
Mis párpados no me dejan ver.
Mis legañas y mis lágrimas no me dejan ver.
¿Quiero ver?
No quiero ver.
Quiero tener unos dedos entre los míos.
Quiero sentir otra respiración junto a mi mientras duermo.
Otro corazón.

Hay un lago viscoso de color rosa chicle.
Moscas.
El cielo es verde lima.
Y los árboles... los árboles no quieren aguantar el peso de más gente sobre sus ramas.
Sólo quieren trepar a las nubes y excavar la tierra.

Todo es mentira, el viento no silba canciones en nuestros oídos, ni las nubes dibujan formas.

La magia somos nosotros. Nosotros creamos todo eso. Nosotros creemos las falacias que inventamos.

Tú eres el viento.

Saliha Bazmjow

14.5.11

Que se me ha ido el sol.

Creo que no es mi culpa… si a veces mi sangre se pone negra y el aire de mis pulmones es una nube tóxica, si a veces soy el muñeco de un futbolín siempre enganchado a una barra a merced de lo que ordenen manos sudorosas de muñecas entrenadas.

Quiero quedarme aquí, ir a ningún sitio. Porque lo que busco estará en el lugar que no elija, y ni los árboles ni los búhos pueden cantarme al oído para que pueda dormir con una sonrisa.

Fue la solución, una pluma agitándose en el viento y yo escuchando sus notas, una cerveza y otra y otra y otra con gotas de whisky y tinta en la carne. Acostarme después de una luna que no quiere mirarme a los ojos… pues yo también estoy mal, que se me ha ido el sol.

No sé ni por qué me pongo así… supongo que todos tenemos derecho a sentirnos tristes de vez en cuando… que los bolígrafos corran y salten no significa que me gusten mis palabras ahora… hoy sólo odio esos rayos y truenos por no haber llegado antes, y porque mi quetzal se asusta y se pone a temblar entre mis hígados.

Tengo miedo. Miedo porque nada de lo que me imagino se cumple… y a ti te he imaginado demasiadas veces.

25.3.11

Sonrisas poetas y sueños silvanos.

Globos oculares flotando,
y pastillas y miradas extrañas que hipnotizan...
todo extraño, familiar, pero extraño...

No quiero bombos
ni raras cajas
sino gotas de cerveza con poca espuma
y el calor de una cama...
calor con alguien
o calor también solo.

Seguir siendo feliz sin pensar en si "molo"
que le jodan al resto,
yo con nada me sonrío.

En mi sueño había un caballo indio, manchado de blanco y castaño, pongámosle plumas en las crines. Galopaba por una estepa hacia el horizonte. No, ya no es un desierto, es un bosque. No un bosque, El Bosque, con sus castañas en el suelo y el sol filtrándose entre las verdes hojas, con su claro arroyo y sus renacuajos flotando en él. Sus zorros y sus pájaros. ¿Algún puente de madera? Bueno, venga, pero nada construido por el hombre. Se oye el viento entre las ramas del claro... el respirar de los árboles, nada más que PAZ.

24.11.10

Parábola austral.

Ahí viven al revés, por eso los koalas pasan su vida agarrados a un árbol, para no caerse.

28.6.10

Jackalope.

No era una liebre normal… ésta tenía astas de ciervo. Nadie supo nunca por qué.


Cuando era pequeña, apenas eran unos pequeños bultos de hueso que asomaban entre los pelos de la cabeza, este aspecto hizo que sus compañeras de la madriguera escuela se burlasen de ella, aunque en realidad sentían envidia porque corría más rápido y saltaba mucho más alto que cualquiera.

Cierto día, en la madriguera escuela, la liebre maestra se percató de estas habilidades, y, sorprendida, avisó a la liebre jefe para que decidiese el futuro de la extraña cría que crecía entre ellas.

La liebre jefe, la examinó cuidadosamente, sus pequeñas astas ya asomaban un poco más, y empezaban a tomar su forma, decidiendo por esta razón que no era una liebre, que era otra cosa, y que debería marcharse cuanto antes.

Sólo sus padres lloraron su marcha, pero en silencio, escondidos en las profundidades de la tierra, entre las raíces de los árboles.

Debería decir que las liebres en comunidad son muy dóciles para aquella que sea la dominante, considerada como un dios cuyas palabras son sagradas e indiscutibles. ¿Qué más podrían haber hecho sus padres? Sólo podían ocultar sus llantos y aceptar la decisión.

No supieron nada más de ella, pues corrió tan rápido como lejos, saltando con facilidad todos los obstáculos, zigzagueando entre arbustos y buscando a su verdadera familia.

No la encontró. Jamás.

7.6.10

Estrella negra.

Esta vez no hubo mareas, sino explosiones y árboles secos cuyas ramas estaban llenas de huevos gigantes custodiados por abejas azules... no te olvides, los hubo mejores que tú, pero se arrepintieron.