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20.1.15

no sé.

no sé cómo empezar esto. el típico plan de tranquis, con los tronquis, que se trunca, y acabas con la nuca desencajada como nunca, bajo un tractor, y, con una carcajada de terror, el doctor te receta que te tomes una siesta, y que menos fiesta, y también que menos setas. lo que se dice: el no tan típico tipo de veintipico, que vive medio en las nubes, medio en las tripas, como trepando a un trípode de tripis, con un tricornio en la cabeza y, en el regazo, un tríptico de los tres tristes tigres atravesándole con el travieso temblor contemporáneo. estar entre las estrellas. las sábanas. bañarse sin piel ni huesos en mil charcos sobre el suelo. fingirse cielo y cuerpo por un momento y palpar el palpitar del tiempo. ponerle un nombre a cada cosa. una palabra. un susurro. una mentira. el viento a través de las ramas haciéndose pequeño y demostrando su presencia. no sé cómo continuar esto. el día dado en que nada te daña, ni te engaña, y cada capítulo tiene un título, y te das cuenta de que la realidad ye como el culo: que todos tenemos uno y cada cual apesta a su manera. y que a menudo nos liamos como tarzanes en los pelos, que en mi mundo son lianas. y así uno se siente bien aunque a veces esté solo, pues sólo hace falta saber que no todo está fatal y que, toques donde toques, sale algo. ahora no sé cómo acabar esto. en qué bar o si aún está abierto el metro. no sé si debería ir a acostarme o si otra vez me costará dormirme. no sé nada de tantas cosas. de tantas costas. de tantos costados. no sé cómo terminar esto. no sé si quiero terminarlo. no sé.

17.12.13

Trilogía de La Rueda —1.

Silbando por un camino mi silbido se confundía con el aleteo de las palomas y los cañones en el viento. Recordé los largos cabellos que daban vueltas fluyendo por su pecho. Caminando pensé en cada montaña y en cada mar mientras seguía silbando. A menudo los recuerdos que comparto con ella me parecen de una época muy lejana, de otra vida libre, de cuando éramos personas. Y ahora ya no sé qué soy. Pero siempre giramos nuestras cabezas y nos retorcemos los pescuezos para ver justamente lo que no se puede ver. Y yo miro al cielo.

Caminando y viajando llegué sin darme cuenta a la Feria del País del Norte, donde las tormentas de nieve congelan el río y entonces el verano se acaba y te tienes que volver a volver a poner el abrigo. Recuerdo a la chica que vivía ahí, y a veces pienso en ella como la que tal vez fue mi verdadero amor; pero está la tormenta de nieve y este viento helado, y casi que prefiero abrigarme un rato.

Seguí caminando y después también, con una maleta en la mano llena de yo-qué-sé y la echo de menos. No sé si es que el mundo gira a cada paso que doy, pero ella siempre está lejos, por la Tierra. Y las calles vacías por la noche van a hacer que me maten. Caminé y silbé, siempre lejos y apostando, tal vez demasiado, pues ya no tengo nada que decir; tal vez esté en problemas, pero, por favor, no me quites mis zapatos de autopista con los que camino mientras silbo; creo que me dan algo de suerte y quisiera gastar suela intentándolo. Acordamos vernos en medio del Océano una vez dejáramos atrás estas viejas y polvorientas carreteras, pero me temo que hasta el mismo Océano quiera llevársela algún día y con ella mi corazón en una maleta.

Sin embargo, sigo caminando y silbando con mis zapatos de autopista por una solitaria llanura como un tonto. Ofrecen por ahí mujeres de quince centavos con nada en la cabeza, pero creo que tengo en algún sitio una chica de verdad que de verdad me encanta. Ofrecen coches deportivos también, pero yo puedo dar una vuelta por el barrio en cualquier momento y no quiero nada de eso. Caminando y silbando el viento sigue soplando en la calle y yo llevo el sombrero en la mano y mis zapatos de autopista en los pies, por si me acuerdo de ella y tropiezo, no me haga mucho daño. 

15.10.13

Poesía subterránea.

A veces, cuando me siento contento de veras, me gusta mirar a la izquierda y saludar al tipo del espejo, que me devuelve la sonrisa con los ojos morochos y joroschó, tras sendas rendijas.

Cada reloj en mi cuarto, que no son pocos, marca una hora distinta. Pero no son de ningún sitio concreto, no sé.

Oí un grito de mariposa, o tal vez no era más que un aleteo estridente. Todo alrededor, como siempre, esperando en el suelo a su manera. También en el aire, o incluso cayendo con claridad cada día. Cayendo bien abajo. O tan arriba que los señores con corbata han de quitarse el sombrero para mirarlo. Cegados por el sol, como siempre, con esa luz tan radiante a su manera. Entonces, todo acaba. Y vuelve a empezar. Y así. Y se apaga la luz. Y se vuelve a encender. Como el único amigo al que hay que contarle todo hasta el final. Y otro chirrido.

Mamá mató al pollo. Y ahora tenemos algo que cenar.

Pero se fue. Y yo lloré. Mas lamentarme no puedo, porque amé. Y amo. Y eres tú. Y tú. Y tú.

Sonaban ecos de disparos bajo esos puentes. Como un bum. Bum. Bum. Pero adormecido sobre el río. ¿Qué llevará? Me preguntan ¿Qué llevará? Mucho fango, contesto así. Pero en verdad tampoco sé.

¿Y qué me decís de esa costa con el contorno de una mujer preciosa de las que no se ven por el camino? Siempre en mi mente. Siempre en tu mente. La sonrisa que se ve sólo a través. La sonrisa robada y esas cosas. Esos colores en el cielo que el mismo arcoíris envidia. Esos. Esos que se ven y se van. Todo el tiempo, sí, a todas horas, hace unos días y también mañana. Y aún más, son los que quedan.

Aleteando y aleteando se llega a cualquier sitio, dicen. Pero no sabemos a dónde volar. El viento se levanta y no tiene buen despertar. Y sopla. Y sopla. Y sus consejos no siempre son buenos. Como todos, pero ¿qué sé yo? Porque a veces llueve y no sabemos si mojarnos. O resguardarnos de la lluvia. Pero siempre suena igual cuando llueve y todo cae. Y todo cae. Y si te fijas va flotando. Hacia abajo, pero muy despacio. Y, como siempre, el momento de tocar el suelo es muy lejano. Y se acerca. Y no sabemos qué pasa entonces. Yo, por lo menos, no lo sé.

Todo en este mundo tiene su frecuencia. Sólo hay que dar con el acorde adecuado.


Ahora suena el tren. Ya sabes, ¡chúuu-chúuu! Y hay que irse otra vez. Pero yo lo sé. Me lo dijeron. Mi hogar está donde está mi trasero.

30.9.12

El viento sopla para que las hojas se caigan.


La casa se veía extraña, como regida por una densa soledad, las paredes parecían cercarse amenazantes sobre mí, todo cargado de las maletas del regreso. Es normal —pensé—, han pasado bajo mis pies muchos kilómetros en los últimos meses y aquí, bueno, aquí no ha pasado ninguno.

—Entonces —dijo Séiquer mientras servía los últimos tragos del brik de clarete—, el imaginario tiene las manos jodidas porque el real se ve a sí mismo inválido frente a la isla ¿no?
—No había pensado en ese enfoque —contesté yo, atento—, pero sí, está bien, la verdad es que es una buena lectura.
—Y lo que le pase al real podría afectarle al imaginario.
—¡Sí! —respondí entusiasmado— ¡Es eso! Gracias, de verdad. Me viene perfecto para el final de la historia. Espero poder escribirla así.
—Seguro que puedes, tienes buenas ideas.

Y con el último acorde de Eclipse y la última bocanada de humo y el cartón vacío arrugado en la papelera, se fue, dejando tras de sí la soledad que me acompañaba antes de que llegara.
Apagué las luces. Llegó el Otoño y ahora el viento sopla para que las hojas se caigan.
Soñé con que Claire —esto es la idea de la que estoy enamorado— no se daba cuenta de mi presencia, y yo intentaba llamar su atención, y sus ojos nunca se cruzaban con los míos, que la buscaban con vehemencia, y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle.

Un coche viejo y destartalado, algo así como un Volkswagen Escarabajo amarillo, llegaba a una vieja y destartalada casa. Nos bajábamos Claire —idea del amor—, Tiger Lily —idea de la felicidad— y yo. Quizá alguna persona aleatoria más, pero ya sabéis cómo son los sueños. Alguien me preguntaba: —¿Todo esto es tuyo?— y yo contestaba: —Bueno, sobre el papel sí, pero digamos que es nuestro.

Y después un tiburón gigante engullía de un bocado a las gemelas Olsen, dejando en el agua una nube de sangre, o maquillaje, algo así.

Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y a otra cosa. Escribí: “Estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.

¿Pues sabe qué le digo, Sr. Cartero? Guarde mis cartas para otra ocasión, que ahora mismo ha llegado el Otoño y el viento está soplando.

20.9.12

Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar.

No hacen falta más que tres ingredientes. Al primer vistazo pueden parecer sencillos, pero, visto con los ojos brillantes, nada lo es.

Necesitamos en primer lugar un buen puñado de fina arena, tal vez dos. Con todas sus pequeñas partículas relucientes y sus conchas abandonadas. Un buen manto del color de las páginas viejas donde enterrar los pies y sentir el latido de la Tierra al rodas. Un sitio donde sentarse con las piernas cruzadas y observar el resto.

Después es necesario un buen cubo de agua salada, tal vez dos. Con todas sus espumosas olas y sus secretos olvidados. Un vasto desierto líquido del color de la tinta —azul en el día y negro en la noche— donde empaparse el cuerpo y bañar el espíritu para limpiar lo malo. Un sitio donde dejarse llevar con el cuerpo relajado y dejarse mecer por el rumor de las olas.

A todo esto falta aún una gran cucharada de cielo, tal vez dos. Con todas sus pequeñas estrellas titilantes y sus vaporosas nubes conversando en secreto a merced del viento. Una infinita cúpula ora celeste ora azabache donde fijar la mirada perdida y dejar la mente volar. Un sitio donde sentirse tan pequeño como un grano de arena o una gota de agua o una estrella diminuta y, aún así, parte del mismo todo.

Pues todo, hasta el encuentro de cielo y mar, está formado por cosas muy muy pequeñas. Y desde luego, caben muchas.

26.6.12

Oja, hhija, hoja.


Con la cabeza baja, mirando al suelo, no se piensa bien. Por eso decidí poner la vista en el fondo de un vaso de scotch y no pensar en nada. Un tipo joven llamado Todd está de barman, es su primera noche. No durará mucho —Disculpe, señor —me dice—, es usted aquel escritor ¿verdad? El de los cuentos del flautista de Pan. —Sí, creo que sí —Contesto absorto— hace tiempo que no soy nada. —Entiendo cómo se siente —afirma Todd, con una sonrisa en los labios y una mirada suspicaz—, créame. Llevo más tiempo en esto de lo que pueda parecer por mis sonrosadas mejillas. Lo que pasa es que hace tiempo que no le cuentan cuentos al cuentacuentos.

No hace tanto tiempo de la última vez. Fue una pequeña hada del bosque entre ensoñaciones, yo pasaba una mala época… me susurró al oído. Dijo:

«Oja, hhija, hoja. Hoja en blanco, blanco pensamiento. Si eres un hipopótamo da tres vueltas a la manzana y el avestruz asomará la cabeza con una flauta en los labios. “Oye”, dijo el cocodrilo mostrando la hilera de sus dientes en una mueca burlona, “Para que salgan las notas estaría bien que antes respirases”. Y el diente de león se dispersó en mil segmentos bajo la brisa de verano proveniente de África».

17.3.12

La Corriente Detrítica.


         «El desierto es un entorno de revelaciones, un lugar de una genética y una psicología extrañas, de una sensorialidad austera, con una estética abstracta y una historia cargada de hostilidad  […]. Sus formas son audaces, incitantes. La mente queda presa de la luz, el espacio, la originalidad cinestética de la aridez, las altas temperaturas y el viento. El cielo del desierto es envolvente, majestuoso y terrible. En otros hábitats, la línea del horizonte se quiebra o se oscurece; en el desierto se funde con la bóveda que está sobre nuestras cabezas, infinitamente más vasta que la que se divisa en las grandes extensiones donde se despliegan campos y bosques […]. En este cielo panorámico, las nubes parecen más compactas y a veces la concavidad de su parte inferior refleja con magnificencia la curvatura del globo terráqueo. La angularidad de las formas terrestres del desierto confiere una arquitectura monumental a las nubes tanto como al mismo relieve […]. Es al desierto adonde se dirigen los profetas y los ermitaños, adonde van los peregrinos y exiliados. Es en él que los líderes de las grandes religiones han buscado los valores terapéuticos y espirituales del retiro, no para escapar de la realidad, sino para descubrirla».
Paul Shepard, Man in the Landscape:
a Historic View of the Esthetics of Nature.

George Hunter

24.1.12

Trece pétalos verdes.


         Se suponía que ahora debía escribir un cuento… pienso en las canciones que me cantaban de niño y sólo acierto a recordar la de un marinero… pero no me acuerdo de qué le pasaba… supongo que era feliz surcando las olas y ya está. ¿Qué más queremos?
         Cuando sea viejo le diré a mis nietos que soy más viejo que el tiempo y les contaré mis mil aventuras por el mundo. Aunque… yo no juego bien al ajedrez desde que murió mi abuelo.

* * *
         Es divertido, el tonto viento dando vueltas sobre nuestras cabezas viendo todo lo que pasa en el mundo ignorando que todos soñamos con ser él. No comprende sin embargo más que el susurro de las hojas despertándose en sus ramas, y el sutil crujido de las mismas al caer marrones y muertas sobre la alfombra otoñal.

* * *
         Pensaba en ser un fraude, un fracaso… pero compensa la ilusión de ojos cercanos más que el oro de pegajosos dedos forasteros. Y decirle a todo el mundo que me alegro de verle. Gritad “¡Victoria!” al cielo, pues estamos vivos, estamos ganando, seguimos aquí.

* * *
         La columna de humo baila y llora con esta música. Las paredes no tienen oídos, creemos en eso, y es cierto, pero sí que tienen bocas. Si uno apaga la televisión y deja una luz cálida y tenue, cierra la mente y tiene oído suficiente, podrá escuchar las lentas conversaciones de los muebles, yo creo en eso, y no dicen mucho en el fondo… ¡son muebles! no te interesarían sus charlas, te lo aseguro.

* * *
Yo no quiero ser libre, yo quiero ser salvaje.

* * *
         El camino, cada piedra de él, es LIBERTAD. Si el mundo apartase algo de ciencia – manteniendo lo categóricamente necesario – y dedicase más tiempo a las artes, sería un mundo mejor. Si fuese como gente sentada en la hierba de cualquier Golden Gate Park alrededor de una guitarra o una flauta, si fuese así, sería un mundo mejor. El Arte es el mejor arma del hombre para ser libre. Sin princesas. Te aburre, te ríes, pero no tienes nada que perder, no hay secretos. Eres el dueño de ti mismo y tus pasos no te llevan nunca a casa.

* * *
El futuro está viniendo, fue ayer y no nos enteramos. Blade Runner fue 20 años después de lo del World Trade Center. ¿Te acuerdas? Eso ahora podrían hacerlo secuestrando un puñado de taxis. Fdo: Fantasma de Francis Pomeray, 15.1.2ø22

* * *
         Esto no es poesía, es una partitura de acordes para guitarra caribeña. Donde bailan las perlas con el león de Zión bajo palmeras de marihuana cuando sube la marea.

* * *
         Cogeré un cuchillo y degollaré a Heidi y a su abuelo. Nada cruel, rápido e indoloro. Me asusto a mí mismo, pero oigo la música sacada del puto nickelodeon y me veo deseando vivir en una cabaña de los alpes suizos frente a un lago-espejo brillando con el sol entre montañas grises colmadas de nieve. Pero también alimenta mis ganas de matar.

* * *
         Pero lo veo a través de los ojos de un pez. Y aúllo como un lobo jugando con la manada, mi jauría de sonrisas y wild-things y tarados. aaauUU, nos decimos, y nos echamos a reír a carcajadas panza arriba.

* * *
         Esta hoja, me parece el objeto más valioso que jamás he poseído. Donde he escrito todo esto.

* * *
         Puedo volar de Venezia a París y luego a Alaska en un pestañeo. Y ver la impresión de la luz del sol en lugares distintos a distintas horas. En un pestañeo de flujo químico en mi cerebro. El cerebro es más grande que el Universo, si no hay conciencia de algo, no existe, ni siquiera en lo intangible. Y eso que nos cuesta horrores pensar en la magnitud del Cosmos.

* * *
         En mi casa de entonces nos sentábamos y escuchábamos discos de Love y nos reíamos. Cuánto nos reíamos. Ése es el tiempo que me toca vivir. El lugar donde debo estar, sin preguntar por qué es la única cosa que necesito. Te vi en un dibujo, a todxs vosotrxs, se te veía adorable, con esa sonrisa, y tampoco me pregunto por qué te necesito tanto, porque éste es el amor que me toca sentir. Así que nos reímos como las trompetas y los violines cantando a los árboles.

10.6.11

Viento.

¿Que qué es lo que veo? No veo nada.
Las cabezas de las filas de delante no me dejan ver.
Mis párpados no me dejan ver.
Mis legañas y mis lágrimas no me dejan ver.
¿Quiero ver?
No quiero ver.
Quiero tener unos dedos entre los míos.
Quiero sentir otra respiración junto a mi mientras duermo.
Otro corazón.

Hay un lago viscoso de color rosa chicle.
Moscas.
El cielo es verde lima.
Y los árboles... los árboles no quieren aguantar el peso de más gente sobre sus ramas.
Sólo quieren trepar a las nubes y excavar la tierra.

Todo es mentira, el viento no silba canciones en nuestros oídos, ni las nubes dibujan formas.

La magia somos nosotros. Nosotros creamos todo eso. Nosotros creemos las falacias que inventamos.

Tú eres el viento.

Saliha Bazmjow

7.4.11

Pequeña Ala.

-¿De verdad lo harías? ¿Te lo perderías... por mí?
-¿Por tí? Por ti yo me pierdo hasta mi entierro.

Ella camina entre las nubes con una mentalidad circense errática. Mariposas y cebras y rayos de luna y cuentos de hadas; eso es todo en lo que ella piensa, cabalgando con el viento.

Cuando estoy triste, ella viene a mi lado y me regala un millar de sonrisas. Todo va bien, dice ella, todo va bien. Toma lo que quieras de mí. Lo que quieras. Vuela, Pequeña Ala.

25.3.11

Sonrisas poetas y sueños silvanos.

Globos oculares flotando,
y pastillas y miradas extrañas que hipnotizan...
todo extraño, familiar, pero extraño...

No quiero bombos
ni raras cajas
sino gotas de cerveza con poca espuma
y el calor de una cama...
calor con alguien
o calor también solo.

Seguir siendo feliz sin pensar en si "molo"
que le jodan al resto,
yo con nada me sonrío.

En mi sueño había un caballo indio, manchado de blanco y castaño, pongámosle plumas en las crines. Galopaba por una estepa hacia el horizonte. No, ya no es un desierto, es un bosque. No un bosque, El Bosque, con sus castañas en el suelo y el sol filtrándose entre las verdes hojas, con su claro arroyo y sus renacuajos flotando en él. Sus zorros y sus pájaros. ¿Algún puente de madera? Bueno, venga, pero nada construido por el hombre. Se oye el viento entre las ramas del claro... el respirar de los árboles, nada más que PAZ.

22.10.10

El tonto viento.

Hoy toca improvisar... recibí disculpas por cosas que ocurrierron hace un año, caen lágrimas de asuntos que parecía ya se habían solucionado... vuelan nubes, se vomitan tripas... y yo sigo aquí sentado viendo cómo va este puto mundo de mierda en el que todo va al revés... sólo me queda mi madre, ella es la única que confía en que escriba algo que merezca la pena -o al menos que yo sepa-. Lo intentaré con una pequeña ayuda de mis amigos que, hoy sí, seguro, puedo decir que tengo.

Deseo respeto a todo el mundo, es decir, PAZ.

24.5.10

Azotea.

Y ahí estaba yo… con los pies colgando sentado en la azotea de ese gran edificio en el que siempre me fijaba al volver a casa. No es que quiera saltar para acabar con todo esto… quiero probarlo… lo de volar. Nadie lo intenta ¿por qué?


Quisiera ser el desesperado que salta al vacío para no caer nunca, para flotar y ver a la gente desde arriba.

Hace frío... el viento hace que mis ojos lloren, pero ya estaban húmedos mucho antes… ¿qué hago? ¿Salto? ¿O me dejo caer?

Mejor me vuelvo a la cama. Aún quedan muchas páginas…