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18.10.18

La contingencia de los antílopes (o De cómo Thomson inventó la gacela Thomson).


En el verano de 1882, recordado en la cultura occidental como “el verano de la tisis”, Joseph Thomson terminaba sus estudios de geología aplicada por la Universidad de Aberdeen, con casi todo notables. Debido a su inmaculado expediente (sin tener en cuenta un percance con cobalto ionizado en el que se vio involucrado durante su segundo año, en el que no hubo demasiados muertos, pero sí un par de lastimados), recibió una beca Kilt para viajar al África oriental, más concretamente a la región de Tarzania, y acompañar al profesor James Augustus Grant en una expedición de mes y medio por la sabana, con el objetivo de descubrir un puñado de especies animales, vegetales y, ya puestos a descubrir, también minerales, para pegar un pelotazo nacionalgeográfico y así pasar a los anales.
Partirían la primavera próxima, y viajarían con lo puesto: tres camisas, dos pantalones (uno corto y otro largo), un chaquetón por si refresca, cuatro pares de calcetines, otro par de mudas limpias, un rifle Winchester para compartir, un plano de Sarajevo, un cuaderno de apuntes y el salacot reglamentario. Saldrían del puerto de Liverpool en mayo del ’83 rumbo Amberes, y de ahí una macedonia de ferrocarriles hasta el puerto otomano de Tesalónica, donde embarcarían de nuevo para surcar medio mediterráneo, atravesar el canal de Suez, y así hasta el puerto de Zanzíbar; un paseíto.
Las relaciones entre Thomson y el profesor Grant fueron tensas casi desde que se conocieron, allá en Aberdeen: Sucedió un día que Grant paseaba por la facultad con su pipa rebosante de tabaco, pero acusando una inoportuna carestía de fósforos cuando, fortuitamente, se topó en uno de los pasillos con el jovencísimo Thomson y fue a pedirle una cerilla, a lo que este último le respondió con un áspero “Fumar es para volcanes” y una carcajada fea. Desde entonces Grant no tragó al estúpido de Thomson y ahora, como tutor suyo en pleno descampado subsahariano, tendría la oportunidad de cobrar su venganza. Claro que de esto Thomson no tiene ni idea.
Atracaron en Zanzíbar el cuatro de junio de 1883. El cielo estaba encapotado y caía una ligera y fresca llovizna típica de un martes cualquiera en Stirling. Thomson dijo algo así como: “Vaya, me imaginaba que esto iba a estar lleno de negros”, a lo que Mowutu, el bosquimano que sería su guía y salvoconducto respondió: “Para ustedes, nosotros somos los negros, pero es una forma de hablar. Aquí los negros son ustedes”. Thomson se sonrojó y no dijo nada más, pero Grant enseñó los dientes con inquina en una mueca maliciosa disfrazada de sonrisa.
Al día siguiente, en el desayuno, conocieron a los porteadores, siete pigmeos albinos llamados todos ellos Tuc, que agarraron todos los bártulos y enseres y los cargaron en sus diminutos lomos, demostrando una fuerza sobreenana. Y cuando se terminó el café salieron todos juntos detrás de Mowutu a paso contento, hacia lo oficialmente inexplorado.
La primera semana no pasó apenas nada. Acampaban al raso unas noches y, cuando les cogía de camino, pernoctaban en algún motel. Un día vieron un lagarto color pistacho con la cara rosa y una cresta de espinas a lo largo del cráneo por la que segregaba una substancia pringosa que servía de remedio para la alopecia; pero pasó tan rápido que a Thomson no le dio tiempo a dibujarlo y, en su lugar, apuntó en el cuaderno: “Iguana rara”, y Grant le sancionó con una reprimenda que se prolongaría durante todo el camino.
La segunda semana casi más de lo mismo. Un día se encontraron con una cebra a medio comer. Apenas llegaba a tercio de cebra, si tal un cuarto de cuarto trasero de cebra. Los mosquitos se habían comido ya a dos Tucs y Grant increpó reiteradamente a Thomson por haberse dejado olvidado el repelente en Amberes.
Finalmente, en la jornada dieciséis, arribaron a la sabana de Tarzania, en la orilla sur del Kilimanjaro. Un pedazo de secarral hasta donde alcanza la mirada. Thomson dijo: “¿Esto es, en serio?”, y Mowutu respondió: “Esta es la tierra sagrada de mis ancestros, coto de caza y recolección desde que el hombre tiene pelo”.  Esta vez Thomson no se ruborizó ni nada, sino que contraatacó: “Pues parece un planeta rocoso”. Grant intervino: “Las acacias de por aquí son maravillosas. Su sistema de defensa es algo único en la familia de las fabáceas”. Mowutu dijo: “Pues si no te gusta mi país, tú y yo tenemos un problema”. Thomson agarró el Winchester prestado y encañonó al nativo. “¡Pero qué haces, animal!”, dijo Grant. Y Thompson resolvió: “Aquí no hay más que paja seca y putos ñus”. Y apretó el gatillo. Un fogonazo bajo el sol del Serengueti, y Mowutu cayó muerto. Tuc anunció: “¡Ha matado a Mowutu, hijo de puta!”, y se abalanzó, cuchillo de sílex en mano, a la garganta de Thomson. “¡Espera!” gritó Grant, y un segundo fogonazo dejó tieso al pigmeo. El resto de Tucs hizo un amago de atacar a los rostropálidos, pero Tuc, el más cobarde de ellos, salió huyendo y Tuc, Tuc y Tuc no tuvieron más valor que él, y le siguieron. “¿Quién va a cargar ahora con mi mochila?” dijo Grant a Thomson, a modo de reprimenda. “De todas formas se lo han llevado consigo, así que tampoco es problema”, solucionó el becario.
Durante las siguientes semanas su suerte no mejoró demasiado. Vagando solos por la sabana, sin agua ni provisiones, los problemas entre ellos no hicieron más que crecer. Un día incluso discutieron porque Grant descubrió que el plano de Sarajevo era anterior a la remodelación urbanística a la que fue sometida a principios del siglo XVII bajo el dominio de los turcos, antes del tranvía, y las ofertas de propaganda de los bazares y las tabernas de kebab estaban obsoletas.
En el trayecto, Thomson registró la tierra que iban pisando y apuntaba: “Arcillosa, rojiza, normal”.  Nada destacable. Y James Augustus, como naturalista que era, anotaba en su propio cuaderno: “La naturaleza de por aquí me resulta del todo natural. Los herbívoros pacen y rumian más o menos según los cánones. Los carnívoros, por su parte, devoran al resto. A todos nos toca el turno de ser devorados”. Nada destacable.
Así pasaron nosecuántos días más.
De pronto, el profesor Grant dormía la siesta a la sombra de una acacia cuando Thomson se alejó, apurado, para aliviar sus tripas tras un atracón de drupas silvestres. Y, desalojando el intestino, se percató de que frente a sus mismas narices una suerte de cabra extraña hacía lo propio, también puesta en cuclillas.
“Vaya… em… Hola”, dijo Thomson entonces. “Jua jua… sí… Hola”, contestó la cabra extraña. “Qué situación, ¿eh?”, bromeó Thomson. “Ya te digo”, secundó la otra. “Bueno”, dijo Thomson, soltando las últimas virutas, “Yo soy Thomson, soy un escocés”. “Mira tú por dónde”, respondió la cabra con acento del Kalahari, “Yo también soy Thomson, pero soy una gacela”. “Vaya”, dijo Thomson, dudoso, “No sabía”.
De esto que, de entre los matorrales, aparece el profesor James Augustus Grant, con cara de recién despertado, y exclama: “¡Pero qué es esto!”. Y Thomson dice: “Es una gacela, y se lama Thomson, como yo”. Grant parpadea, perplejo, y dice: “¿Una gacela? ¿Cómo una gacela?”. Y Thomson, la gacela, dice: “¡Hola, soy Thomson!”. El profesor suelta una carcajada histérica y grita: “¡Eureka! ¡La encontré! ¡La nueva especie que andaba buscando! ¡Una gacela, nada menos! ¡Con este descubrimiento pasaré a los anales! La llamaré gacela de Grant, en mi honor, por supuesto, ni que decir tiene, para que la posteridad recuerde lo que sufrí para dar a la humanidad el conocimiento de semejante criatura”.
Thomson y Thomson se miran estupefactos y, de súbito, un fiero león sale de la maleza. “Disculpad”, dice el león, “Siento interrumpir, pero, por casualidad, ¿no habréis visto un pedazo de cebra que tenía por aquí a medio comer? Estaba ahí mismo, Sali a regurgitar el íleon para volvérmelo a comer, y cuando vuelvo para acabar con el morcillo, que es, de hecho, lo que más me gusta, me encuentro con una cabra extraña y dos chimpancés pelados cagándose en mi salón”, rugió: “Y ni rastro de mi morcillo”.
Entonces Grant, del todo diplomático, propuso: “Puedes comerte a ése, si quieres”, señalando al Thomson bípedo, “Está algo flacucho y apesta, pero saciará tu apetito, aunque bien no sea un morcillo”, y añadió: “La gacela déjamela a mí, si no te importa, y con el dinero de los royalties que gane por el hallazgo te enviaré cada mes una piara de reses angus de Aberdeen bien morcillosas, para que te pongas gordo y púo”.
El león regateó: “¿Y si os devoro a todos ahora mismo y santas pascuas?”
Y salieron todos despavoridos y con el culo sucio, huyendo del león.
Pasaron las semanas, y Grant, Thomson y Thomson continuaron su vagabundaje por la sabana sin mucho plan. Un día, Grant preguntó a Thomson: “¿Y hay más gacelas como tú?”. A lo que Thomson respondió: “No soy una gacela, soy escocés”. “No tú. Tú”, replicó Grant. “Pues claro que hay más gacelas como yo”, aclaró Thomson, “Y todas nos llamamos Thomson”. “¡Como yo!”, dijo Thomson. “Pero eso no puede ser”, protestó Grant, “¿Cómo sabéis de qué Thomson habláis cuando habláis de un Thomson cualquiera?”. “No lo sé; lo sabemos”, respondió Thomson.
Quiso la providencia que cierto día, una tarde, después de un copioso almuerzo a base de drupas y raíces, sestearan Grant y Thomson a la sombra de una acacia cuando Thomson, el bípedo escocés, se alejara para evacuar su barriga entre los matojos. Encontró un buen sitio, no demasiado apartado, con vistas a la sabana, y ahí mismo destapó el esfínter occipital para erigir un hito fecal.
Apenas había depositado media carga cuando notó que, a su lado, una suerte de cabra extraña hacía lo propio en postura similar.
“Uy… vaya”, mencionó Thomson. “Juju jujuy… sí… vaya”, respondió la cabra extraña. “No te imaginas la cantidad de veces que me pasa esto últimamente”, señaló Thomson. “Sí ¿no?”, desdeñó la otra. “Tal que así”, reiteró Thomson, soltando un pedete. “Yo soy Thomson, soy un escocés”. “Pues vaya” contestó la cabra con acento de Mombasa, “Yo soy una gacela, y me llamo Grant”. “Venga ya”, dijo Thomson, alegre, “Conozco a un tipo que también se llama Grant”.
Y resulta que, sin avisar, irrumpen en la sabana Grant y Thomson, con cara de recién despertados. Grant dice: ¿Y esto?. Y Thomson responde: “Se llama Grant, como tú, y es una gacela”. “Como yo”, apunta Thomson. Grant pestañea un par de veces o tres, y dice: ¿Una gacela? ¿Cómo una gacela? ¿Otra gacela? ¿Otra distinta? ¡Soy un genio! ¡Otra gacela de Grant, la gacela de Grant granti, también en mi honor, y granti por ser más grande que la anterior!”.
Thomson dice: “Un momento”, y Thomson dice: “No es más grande, es más gorda”, a lo que Grant replica: “No estoy gorda, estoy fornida”, y Grant dice: “Es más grande porque más grande es el logro de descubrir dos especies de gacelas de Grant, que sólo una”, y Thomson continúa: “¡Yo he descubierto a las dos gacelas, así como quien caga, y únicamente la segunda se llama Grant”, y Grant: “¡Yo”, y entonces Thomson dice: “A mi no me ha descubierto nadie, yo soy autodidacta”, y Grant sentencia: “¡Aquí yo soy quien descubre y dice qué se descubre y, sobre todo, quién lo descubre, y digo que he descubierto a la jodida gacela de Grant y a la no menos jodida gacela de Grant granti, y sois tú y tú. Y tú”, señala entonces a Thomson con un índice roñoso y amenazante, “Tú me vas a comer los cojones”.
Agarró Grant el Winchester y apuntó con él a Thomson. Thomson levantó las palmas, indefenso. Thomson empuñó una lanza masái que ocultaba camuflada en su cornamenta y señaló con ella a Grant. Grant, por su parte, se limpió el culo con unos hierbajos y contempló la escena, rumiando.
Apenas sucedió en un instante, y resulta que, según diversos testimonios, Thomson dijo: “Repartámonos el descubrimiento, Grant para ti, y para mí, Thomson”, a lo que Grant repuso: “Ni de coña, Thomson fue primero. Thomson para mí, y Grant también, y ahora mismo te pego un tiro”, y Thomson: “Vale, Thomson para ti, pero déjame a Grant, por lo menos. Yo también me he pegado la caminata, y me viene de perlas para el currículo”. Grant dice: ¿Qué les pasa a estos palmípedos?”, y Thomson le responde: “Estiran sus pescuezos como las zarafas para demostrar al resto quién lo tiene más largo”. Y Grant dijo: “¿Qué más me ofreces?
                Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió a partir de entonces, Thomson fue recordado por descubrir la gacela Thomson, y Grant por descubrir la gacela de Grant. Ambos murieron en 1892, en circunstancias del todo cotidianas. Habían mantenido un tempestuoso romance desde que se instalaran en Londres en otoño del ‘84 que los llevó, paulatinamente, al delirio y la histeria mórbida. En el informe forense de ambos casos se reflejó como: “una mera cistitis”.


26.6.12

Oja, hhija, hoja.


Con la cabeza baja, mirando al suelo, no se piensa bien. Por eso decidí poner la vista en el fondo de un vaso de scotch y no pensar en nada. Un tipo joven llamado Todd está de barman, es su primera noche. No durará mucho —Disculpe, señor —me dice—, es usted aquel escritor ¿verdad? El de los cuentos del flautista de Pan. —Sí, creo que sí —Contesto absorto— hace tiempo que no soy nada. —Entiendo cómo se siente —afirma Todd, con una sonrisa en los labios y una mirada suspicaz—, créame. Llevo más tiempo en esto de lo que pueda parecer por mis sonrosadas mejillas. Lo que pasa es que hace tiempo que no le cuentan cuentos al cuentacuentos.

No hace tanto tiempo de la última vez. Fue una pequeña hada del bosque entre ensoñaciones, yo pasaba una mala época… me susurró al oído. Dijo:

«Oja, hhija, hoja. Hoja en blanco, blanco pensamiento. Si eres un hipopótamo da tres vueltas a la manzana y el avestruz asomará la cabeza con una flauta en los labios. “Oye”, dijo el cocodrilo mostrando la hilera de sus dientes en una mueca burlona, “Para que salgan las notas estaría bien que antes respirases”. Y el diente de león se dispersó en mil segmentos bajo la brisa de verano proveniente de África».

5.11.10

Aventuras en el kalahari.

Esto me recuerda la vez que estube cabalgando sobre ñúes en el kalahari...

Por ahí hacía un calor horrible, y notabas como Helios te iba cocinando lentamente para servir de alimento a los escuálidos chacales.

Un día en concreto... creo que era un martes... sí, martes, porque tocaban judías para comer. El caso es, ese martes, iba yo con mi ñú por la sabana viendo a las cebras y a las jirafas cuando, sin motivo aparente, mi ñú, aquela bestia del demonio, se empezó a revolver e hizo que me cayese de su lomo. Se marchó corriendo el jodido, y yo con la muñeca rota.

Pude regresar al campamento sin problemas, enseguida me pasé por el abrevadero y lo llené de detergente.

Los ñúes se partían el culo, todos patas arriba echando espumarajos por la boca.

La tribu que nos hospedaba se cabreó muchísimo y tuve que largarme, me fuí a Turkmenistán y me apodé Vladimir para ganarme el respeto de una mafia de neumáticos nativa. No duré mucho, solo nos daban arroz de comer, y no era muy bueno.

Y esa es la historia de cómo entré en el KGB, y hasta ahí mi vida hasta 1984.

6.7.10

Gangs of San Frutos.

Comimos copiosamente y, para aprovechar el buen tiempo que nos brinda el viento desde África, salimos al balcón de nuestro piso franco en San Frutos para comenzar nuestra carrera como agentes secretos desenmascarando a las diferentes organizaciones criminales que actúan en nuestro campo de visión, bastante amplio por cierto.


Yo, en principio, pensaba que sólo sería un pasatiempo de la hora de la siesta, pero pronto empecé a observar movimientos extraños en la calle. Hacia el norte, veía la tienda de golosinas Dulce King, y frente a ella, un banco donde El Viejo Hulk estaba apostado desde hacía días mirando –o más bien vigilando- calle arriba en dirección sur. Llamábamos así a aquel viejo por su camisa verde, y su tremenda panza, en la que fácilmente podría acostarse una cría de elefante africano.

Hulk no era el único que se comportaba de manera extraña, justo a las 12 en punto, delante de una tienda de carácter desconocido a la que llamamos X, un tipo gordo se apoyaba sobre un pivote, muy nervioso él, mordiéndose las uñas… jugueteando con un manojo de llaves… y mirando el reloj constantemente. Se lleva la mano izquierda a la pierna como para rascarse, pero no lo hace, ¡podría ser una señal! Se acerca a la entrada de X y le oímos decir claramente –No viene.- acto seguido se aleja calle abajo a grandes pero ralentizados pasos.

Parecía que la cosa quedaba así cuando nuestras fantasías se dispararon al ver que otro tipo, más delgado y con aspecto bobalicón, se quedaba parado en medio de la acera a sólo un par de metros de donde un minuto antes estaba el otro gordito. Parecía que era un relevo, y de momento los dos encargados de ese puesto no vigilaban en una dirección como Hulk, sino que se dedicaban a vigilar la calle nerviosamente en todas las direcciones. Pronto nos dimos cuenta que al otro lado de la acera –el nuestro- en la zona azul de aparcamiento se marchaba un coche de policía e inmediatamente llegaba otro conductor que no salía a pagar el ticket, sino que se quedaba en el vehículo, vigilando.

Los nuevos acontecimientos no demoran su aparición, enseguida llega un motorista, que aparca justo enfrente de X, se baja de su moto scooter y pasa por al lado del relevo para entrar en la tienda. No se miraron ni se hablaron, pero se notaba una cercanía entre ellos, como si estuviesen en el mismo bando. Al salir, no llevaba ninguna bolsa visible, ni ningún tipo de artículo que podría haber comprado, cogió su moto y la enfiló en dirección oeste por el callejón. A los pocos segundos el relevo abandona su posición disimuladamente tras mirar el reloj un par de veces.

La cosa se tranquilizó durante un buen rato, pero nos dimos cuenta de que el coche parado en el aparcamiento dejaba el sitio para que seguidamente lo ocupase otro coche, que seguiría la misma conducta de no pagar y permanecer dentro.

Era todo un juego de relevos… incluso parecía que la mujer de las multas estaba en el ajo, pues justo debajo de nosotros mantuvo un intento de conversación secreta en la esquina del callejón con otra mujer de bata blanca… posiblemente se trataba de un intercambio de información, pero… ¿Qué coño pasaba ahí? Al poco llegó un coche monovolumen con un conductor y una copiloto. Ambos entraron en la tienda, pero luego sólo la mujer salió, cogiendo el coche y marchándose, más tarde el hombre se iría a pie.

Ya en este momento creíamos incluso que nuestras conjeturas inventadas podrían no estar del todo desencaminadas, pero de repente tuvo lugar una serie de acontecimientos que hicieron que las piezas encajaran, al menos en mi cabeza.

Del balcón del 1º piso de nuestro bloque –de dos pisos- se asomó lo que parecía un pintor, por su peto blanco y sus manos manchadas de mismo color. Nos sorprendió porque creíamos que aquella vivienda estaba desalojada, pero lo achacamos a una posible reforma. Una furgoneta blanca se paró entre X y nuestro portal, que también es el del piso en reforma. Pronto salió un joven de piel tostada y tatuada que se puso a hablar con el conductor de la furgoneta, parecía que este último le dictaba las labores al muchacho. Todo esto no tendría nada de sospechoso si no hubiera aparecido él.

Un hombre de unos diez lustros, con el pelo engominado y bien vestido, su actitud serena, vigilante en medio de la calle pero de manera tranquila, pura rutina para él. Esta vez estábamos seguros, era un capo de una mafia de narcos. Después tuvimos la señal que necesitábamos, una mujer salió y se puso a su lado. Como los anteriores relevos ni se miraron ni se hablaron, solamente miraron sus relojes y se alejaron calle arriba juntos, pero con una especie de espacio entre ellos… realmente extraño.

Es posible que todo esto no sean más que delirios paranoicos basados en situaciones normales del día a día en San Frutos, pero… ¿Y si los “pintores” en realidad estaban realizando un estucado a base de cocaína para después alquilar el piso vacío con la intención de que los “inquilinos” la recogiesen con un pago perfectamente legal camuflado en el pago de arrendamiento del piso que no ocuparán? ¿Cuántos bandos podemos diferenciar? Están los “pintores” del capo y su mujer misteriosa, los vigilantes de X con la pareja del monovolumen y el motorista… ¿A qué grupo podrían pertenecer los conductores de la zona azul y la de las multas (que doy por supuesto que es su compinche)? ¿A cuál pertenece Hulk?

Inspirado en hechos reales.
Por razones de seguridad, no se nombrará la ciudad dónde sucedieron los hechos, ni la calle, ni la fecha concreta, aunque, bueno... fue ayer mismo.

11.6.09

De símbolos mal empleados.

Mira, yo no soy rasta ni sigo mucho la cultura aunque sí que de vez en cuando escucho reggae, el caso es que estoy cansado de ver en tantos carteles anunciando conciertos de esta música o en imágenes relativas a la cultura que se coloca la bandera rastafari al revés. Esta bandera está compuesta por tres franjas tricolores, rojo, oro y verde. El rojo representa la sangre de los mártires, el dorado o amarillo la riqueza y la prosperidad que África, de donde proviene este movimiento, tiene que ofrecer. El verde simboliza la tierra y vegetación de Zión (Etiopía).

Al mostrar siempre esta bandera al revés como hacen los incultos que creen seguir esta cultura, están colocando el rojo debajo del verde, es decir, la sangre bajo tierra, lo que simboliza ''Muerte''.

Me resulta bastante lamentable levantar símbolos y banderas si no se comprende su significado, ya que el incorrecto uso de estos símbolos lleva a equivocaciones y a errores.