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25.3.22

El Chorro Musical

Es miércoles cientos noventa y pico en el decadente y bien poco lustroso barrio de Koboldo. Nos encontramos —esto es mi plural mayestático y vuestro humilde narrador mismo, aquí presente— apuntalados de cualquier manera en la grasienta barra del Pancró, compartiendo una cerveza Amarillo sin espuma y masticando las sobras de alpiste que dejara el pretérito ocupante del taburete, allá por el martes. Sin más.

Afuera ocurre entonces un fenómeno meteoro y lógico del todo inusual y exclusivo, y es que una serie de nubarrones obscuros como patada de monja vinieron a agruparse en una suerte de conglomerado de condensación homeostática y justo sucede, tras el relámpago-centella con su tronar reglamentario que todos conocemos, una única lluvia momentánea y sólida, como si todo el diluvio coagulado en una sola gota gorda y obesa cayera de golpe y porrazo. Y ya.

Todo esto puede, quizás, resultar del todo interesantísimo para cualquier lector medianamente distraído que pueda toparse con este pasaje; pero la historia que ciertamente nos atañe es diametralmente opuesta e incluso, si me lo permiten, un tanto más vulgar.

Dice así:

Un quídam nefasto e imperecedero, pero cualquiera, entra en el peor baño de Escocia. De este personaje no conocemos ni su nombre, ni su aspecto, ni su religión o afiliación política y, ni que decir tiene, tampoco nos interesa. Lo único que nos interesa de su mera existencia es que, en este mismo instante que miserablemente tratamos de relatar, agarra con su índice y su pólice oponible el medallón de la cremallera de su bragueta, lo baja todo ello con un rasgueo de lo más melódico, y del interior de la bragadura extrae un pene semierecto de lo más genérico y superestándar.

Inmediatamente pasa que, del mismísimo extremo del rosado glande, esa especie de abertura, ese guiño, esa brecha bondadosa conocida modestamente como meato, emerge un chorrazo dorado con brillo propio y refulgente, un hilo oropelado de aroma acre, agrio y avinagrado. Un auténtico manantial aeropónico y parabólico confirmando prácticamente todas las reglas y conformidades de la física moderna.

A esta profusión líquida, en cuanto a su colisión con la superficie porcelanoidea preparada ad hoc para tal acto (contingente y necesario), la denominaremos de aquí en adelante como Chorro Musical.

               El quídam en cuestión está orinando. No es nada particular, todos nos hemos visto en esa al menos una vez en la vida, o ninguna. El quídam mea y se dice: “Uf, por fin que meo”. Y a continuación dice: “Y, también te digo, que te agradezco que te vayas de mí, porque ya no te aguantaba. Que saciaste mi sed antaño, hace un rato, pero que ya no te necesito. Estuvo bien y tal, no me tomes como un malaje… pero tú y yo sabíamos que esto no era más que un tránsito momentáneo, un filtrar de nefrona y ciao. Que tú no eres sino al desprenderte de mí, y yo sin ti no soy nada más que un quídam”. Esto último se lo dice al Chorro Musical.

               Mientras tantísimo, el Chorro Musical sigue manando, esculpiendo una ojiva broncínea y fulgurante como levitando sobre el váter y alrededor.

               El quídam continúa a lo suyo: “Lo interesante de nuestra concomitancia es que, pragmáticamente, subyace en la huida o «volo e fuga» del uno para con el otro. Y eso me inspira varios dilemas ontológicos y ciertos delirios derivados que ni por asomo estoy dispuesto a manifestar por aquí. Pero una cosa es segura: Las sepias son expertas en la sagaz sutileza del camuflaje”.

               El tintineo de la cascada miccinoica templa unos armónicos que ni la misma Euterpe en su primer álbum. Salpica el suelo y parte de la pared. Entra en comunión con el charco de las meadas ancestrales.

               En eso que el quídam sigue: “Lo que vengo a decirte, así en confianza, es que no sé qué se viene a continuación. Tú dejarás de fluir algún día, y te irás por el desagüe, al mar o donde fuere. Y yo me quedaré aquí mismo, con la pija en la mano y sin mear, y… mierda, ¿y qué será de mí entonces?”.

               El Chorro Musical mantiene su acorde prolongado e impertérrito. Un trémolo acuoso con algo de arena. Durante un rato.

               Alguien llama a la puerta.

               El quídam, ahora en voz alta: “¡Ocupado!”.

               El Chorro Musical se desvía de su trayectoria practicando una suerte de clinamen, anegando el suelo de un húmedo amarillo mostaza pollo curry.

                ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! El quídam trata de enderezarse y recuperar la perpendicular, el Chorro Musical rezuma caudal como un Orinoco orinado, el quídam piensa para sí: “¿Qué son estos malditos animales?”.

               Y es entonces cuando sucede.

[A PARTIR DE AQUÍ LA VOZ DEL NARRADOR SE VUELVE UN 17% MÁS DRAMÁTICA Y SOBREACTUADA]

               Una anomalía gravitacional posgenital, debido a pequeñas variaciones, provoca que —nadie sabe muy bien por qué— el genuino e indivisible Chorro Musical se separe en dos (¡2!) Chorros Musicales, un auténtico doppelgänger de la naturaleza en ambas direcciones, un redoble de fluido percutido en todo el puto suelo y mientras tanto llaman a la puerta a puñetadas y patazos y, con las mismas, el quídam: “¡Ocupado!”.

Total, que aquí seguimos esperando por mear.

Adriaen van Ostade
Adriaen van Ostade

14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

13.11.16

La Torre (Acto III; Escenas XII, XIII, XIV, XV).

ACTO TERCERO

ESCENA DUODÉCIMA

Un QUÍDAM embebido esculpe en el aire una cariátide dorada con el extremo de su protuberancia genital.

La sinfonía de orina, a la que conocemos humildemente como CHORRO MUSICAL, actúa como una falacia de oyente o receptor, cuando, de lo que en realidad se trata es, simplemente, de una secreción líquida desterrada por los riñones en forma de orín como resultado del jodido depurado de la sangre. Todo el mundo sabe que a un quídam cualquiera no le filtran las nefronas.

Habían toctoctocado la puerta.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Nadie responde.

QUÍDAM
¡Cuánta impertinencia! ¿Por dónde iba? La señora Levono sirvió sangría de sandía y una shisha de Shangri-La y le enseñé el palimpsesto. La botella la dejé en casa, de recuerdo, encima del televisor. La vieja se fue a otro lado a hacer puñetas y no carraspeó nada al respecto. Pensé: ¡Caramba, que maldita! Fumé cumulonimbos y me exasperé en mi ignorancia como una sabandija en salmuera. ¡Sacadme de esta puta isla! —grité para mí—. Y, para mí, que era justo eso lo que decía.
El CHORRO MUSICAL templa sus armónicos como preconizando una tempestad, mas no detiene su rubio caudal, y sigue manando sin pausa.

QUÍDAM
                ¿Y ahora qué pasa, eh?

Algo aporrea la puerta con un estrépito feroz.



ESCENA DECIMATERCIA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Y es por esa razón, que el revestimiento debe estar fabricado a prueba de llamaradas e insultos. Por supuesto, esta capa ignífuga y aséptica también irá por el interior, cubriéndolo todo. Una buena columna es esencial para mantenerse erguido. Pero hay que estar alerta. En una cofa de pantomima dispondré un muflón, con una flauta, que golpeará, no una, sino tres veces, una diminuta portezuela azur en cuanto divise cualquier zarigüeya o algún cinocéfalo papión que anduviera merodeando. Se izará entonces el pabellón de la gran panza y descuartizaremos a los enemigos a cañonazos.
PANMUPHLE es iluminado desde el nadir y luce como la sombra de un monolito. Enseguida la basa se arquea y se transfigura en sendas jambas satíricas. Las volutas del capitel se rizan sobre sí mismas como la grande Gidouille calcificada en cornadura, y en los párpados ojos de PANMUPHLE unas pálidas pupilas de alabastro.

Por megafonía, un ruido blanco.



ESCENA DECIMACUARTA

Una caja de fósforos de cerumen juega el papel de ómnibus amarillo pus sobre un mapa de carreteras. Ésta se ve amplificada por medio de una lente ciclópea y desproporcionada entre el koilon y la skené. La cajabús atraviesa el plano con una celeridad desquiciada y una trayectoria brownoidea dirigida por un filamento elástico y translúcido. A través de unas perforaciones en la lija, hechas a propósito para emular el ventanal, se puede observar un manojo de cerillas carbonizadas que otrora fueran sencillos pasajeros, y, en la proa, a BOSSE-DE-NAGE con un pie al timón, otro al pedal, otro a la ingle y otro al sobaco, eructando gas tóxico, y segregando una enjundia deletérea por los muñones de su abdomen a tercios pelado. Todo esto a escala.
En un punto topográfico azaroso, BOSSE-DE-NAGE detiene el bajel de cartón y se encarama a los hombros de un FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO, al que desfigura el rostro de acné con sus zarpas. Se sobreentiende que el mono papión, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, solamente busca una rama en la que dormitar para hacer la digestión.

BOSSE-DE-NAGE, bostezando
                ¡Ha ha!

Efectivamente, BOSSE-DE-NAGE se sumerge en una siesta de dieciséis horas, dieciséis, nada menos, y mecido por el viento. Acto seguido, se despereza gorjeando y, de un solo muerdo, engulle las bayas del FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO. Finalmente, embiste el cadáver con el ómnibus amarillo pus—caja de fósforos de cerumen, de catorce toneladas, dejando un amasijo sanguinolento, capón y aplanado bajo las huellas azabache de los neumáticos. El filamento translúcido se tensa entonces, y el autocarro acartonado sale despedido como un obús, furthur, fuera de marco, más allá del tablero.



ESCENA DECIMAQUINTA

POLICARPO rompe el silencio dejando una Poderosa ante las narices del DOCTOR ORANGJO, decaído y flemático.

POLICARPO
                Es la última. Luego a dormirla.

El DOCTOR ORANGJO sorbe un poco de cerveza con sus labios enjutos ocultos por la maraña cobriza de su rostro. Suspira y da otro trago corto. Se mira el regazo. ¿Qué hace?

DOCTOR ORANGJO
Siempre quise conducir el salchichamóvil de Oscar Mayer. Desde bien pequeño. Ahora soy viejo y gordo y nunca estoy de humor y me duele la cabeza y me apesta el aliento. Yo sólo quería dar un par de vueltas a la manzana montado en aquella Bratwurst de seiscientos caballos. ¿Y cuándo me torcí? ¡Ja! En algún lugar debí dejar una primera piedra olvidatada y desde entonces, como un Sísifo taheño y distraído, voy perdiendo guijarros por la pendiente y aquí están, todos ellos, acumulados como un mojón enhiesto en plena sesera.
POLICARPO
Deja de torturarte, Cenoura, y búscate una novia.
DOCTOR ORANGJO
Ay, mi querida Piletina, ¡cuánto la añoro!
POLICARPO
¿Murió?
DOCTOR ORANGJO
No; sólo éramos unos niños, en un palacio imaginario de mi cabeza.
POLICARPO retira la Poderosa vacía y la guarda bajo la barra, en un rincón reservado. Saca un paquete de Gamile de su delantal y ofrece un cancrillo al doctor. Los dos fuman en silencio y los cirros de tabaco forman turbulencias a merced del ventilador del techo. Al rato, el DOCTOR ORANGJO agarra su media chaqueta y se va, dejando una nube de humo tras de sí, y una obesa y reiterada cuenta a deber.

12.11.16

La Torre (Acto II, Escenas IX, X, XI).

ESCENA NOVENA

El CHORRO MUSICAL sigue manando ininterrumpidamente. Alguien golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Esto provoca un clinamen que desvía la trayectoria de la micción hasta más allá de los confines del urinario, resultando un resplandeciente charco de oropel en el suelo.

QUÍDAM
Como iba diciendo, yo no entiendo una palabra de otra lengua, ni qué decir de las mal escritas; si acaso, me manejo con algún dialecto endémico y un lontico de lundonita, poco más. Apenas comprendo a los que comparten mi idioma y me armo jaleos indecorosos hasta para pronunciar correctamente mi propio nombre; no te imaginas lo que me supone el pronunciarlo siquiera. Aquella nota no estaba compuesta más que por unas pocas palabras contadas. ¿Para qué? Digo yo, ¿qué clase de mente garabatea una frase en un pedazo de papel y la confía a los peces para que estos hagan la vez de heraldo? Me imaginé a esa suerte de náufrago, sentado en su banco de arena a la sombra de la única palmera que decidiera germinar tan lejos de todo, en medio de una laguna recóndita. Lo dibujé delgado y desgreñado, con los pantalones rasgados convertidos en un fantástico mini short, y sendos xilófonos de tuétano marcados en los costados. Atada con un cordel, detrás de las orejas, le puse la cara fea de mi antiguo profesor de historia, a quien siempre deseé una desgracia parecida, y, además, le imaginé también la compañía inconmensurable de su solitud. Discurrí largo y tendido acerca de lo que un personaje así podría dejar escrito en el fondo de una botella. Tal vez sólo quería despedirse, o quizá confesar un crimen que anduviera atormentándolo a cada pestañeo. A lo mejor escribía a su madre querida, o a una amante abandonada, sólo para decir que no se preocuparan, que estaba bien. O incluso podría tratarse de un mensaje para las algas, preguntando que qué tal, yo que sé; es increíble la de cosas que se le pueden ocurrir a uno cuando está lo suficientemente aburrido.  Así que, como no lograba descifrar aquella frase maldita, decidí llevársela a la señora Levono, para que me extirpara la intriga de entre detrás de las muelas.
Alguien golpea la puerta, no una, sino tres veces.



ESCENA DÉCIMA

BOSSE-DE-NAGE desciende planeando gracias a la piel de sus sobacos, dada de sí tras décadas rascándose las liendres. Aterriza sobre una anciana que, sencillamente, pasaba por allí, y le devora las dos rodillas de un solo bocado. Se sienta junto a la agonizante y se limpia los dientes con un ligamento mordisqueado mientras eructa esquirlas de menisco y jugo sinovial. Un ómnibus amarillo pus se detiene junto a ambos y de él se apea una estudiante de mirada triste, un mimo sin maquillar, un buzo de tez púrpura, un bol de boniato malvado en escabeche, medio alfabeto cirílico y el obispo de los ánades; todos en chancletas. BOSSE-DE-NAGE sube al vehículo y entrega dos monedas ensangrentadas al chófer: una por el boleto, y la otra por las molestias.

CHÓFER
¿Es que no has visto el cartel? Aquí no se admiten cercopitécidos de ninguna rama. Anda y lárgate con tu sucio dinero y agarra un taxi, que no tengo toda la tarde.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

De un tortazo, BOSSE-DE-NAGE le salta los dientes al chófer y lo arroja por la ventanilla, sustituyéndolo al volante y pisando el acelerador a fondo con la adherencia plana de su pie. A toda velocidad, los pasajeros gritan trivialidades como “¡Auxilio!”, “¡Socorro!” o “¡Qué alguien detenga a ese cinocéfalo enloquecido!”, mientras BOSSE-DE-NAGE ríe tautológicamente y un panel giroscópico al fondo muestra en bucle el mismo paisaje de frisonas paciendo en un campo verde perro.



ESCENA UNDÉCIMA

POLICARPO mantiene en silencio una conversación invisible con las manchas de su delantal beige. Apenas se aprecia, pero si uno se fija bien, percibe que ha perdido el botón de uno de los puños de su camisa, precisamente el izquierdo, el del sacacorchos. Tal vez esto pueda parecer una nimiedad y, ciertamente, lo es; pero, para POLICARPO, ese botón era su cosa. Y otra más que se va para no volver, dejándolo solo y atrofiado. No hay más que mirarlo, triste; se ve en sus ojos.
La puerta se abre, chirría, se queja el quicio. Bajo el dintel se aparece de nuevo el DOCTOR ORANGJO, con un aspecto aún más ebrio y desaliñado y, además, sangrando por los oídos.

DOCTOR ORANGJO
Definitivamente, eran demasiadas. Creo que voy a intentar un zigurat la próxima vez. Poli, hazme el favor, a partir de ahora, guarda las botellas vacías para que pueda levantar una cúpula con ellas donde nadie nos moleste ¡Maldita sea, esa es la solución! No la cúpula, olvida la cúpula, no hablo de eso ¡Una ballesta! Un dardo certero por la ranura; así despejaremos el puto baño. Tendremos que improvisar algo con lo que encontremos por aquí… ¿Tienes una goma elástica? Cualquier cosa servirá. Y si embadurnamos el proyectil en arak, neutralizaremos a ese meón acéfalo de una vez por todas. Al menos por un rato. Tú ve a por el anisado, que yo iré preparando las saetas.
POLICARPO
                En serio, doctor ¿Qué tiene?
DOCTOR ORANGJO
Me diagnostico mal gen y piuria. No doy con la panacea que revierta mi abulia en dulzona ataraxia. Ahora pretendo demoler esto que construí y desembocar en el pragmatismo más bruto. Soy un suicida estético.
POLICARPO
Más bien un beodo estático. Un dipsómano febril. No haces más que beber y quejarte. Planeas locas aventuras y tú mismo las desbaratas pidiendo otra cerveza que te aguante los lamentos. Eres un desgraciado, un borracho y un miserable. Y si te digo todo esto es porque estoy seguro de que mañana, cuando estés arrodillado frente al retrete, quitándote los restos de vómito de entre la barba, no recordarás ni una palabra. Y volverás aquí como un péndulo para pedirme otra cerveza más.

ORANGJO calla. La Poderosa, medio vacía, se yergue frente a él como un vértice geodésico distante. Una de sus pupilas, errabunda, indaga el dorso de su muñeca. La otra, volcada hacia el encéfalo, no insinúa más que lo que puedan sugerir los enrevesados surcos carmesí de la esclerótica. La luz artificial, entretanto, parpadea.

11.11.16

La Torre (Acto II; Escenas VI, VII, VIII).

ACTO SEGUNDO

ESCENA SEXTA

Un DOCTOR ORANGJO borracho y macilento concreta el culo de una Poderosa y aparta el casco junto a los demás, de número irrazonable. Lleva rato callado, sumido en ideas vagas que renquean por sus laderas lobulares mientras se atusa la barba ígnea con las uñas sucias y la mirada trasojada. POLICARPO le ofrece su perfil, ofuscado por la gelatinosa tirantez del silencio que los empapa.

DOCTOR ORANGJO
                 Sácame otra birra, Poli, quiero hacer una torre con todas esas botellas.
POLICARPO, sirve la Poderosa
Ya conoces las normas; nada de torres en mi local.
DOCTOR ORANGJO
                Vale, vale. La edificaré ahí afuera, a la intemperie, junto al frío.

El DOCTOR ORANGJO se aleja de la barra, torcido, y enfila sus entorpecidas rodillas hacia el retrete. Golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!
DOCTOR ORANGJO
¡Hay que ver! Juraría que fui el primero en llegar y no recuerdo ver a nadie más entrando en este antro.
POLICARPO
Es ese quídam bastardo, con su Chorro Musical. Lleva ahí encerrado desde el martes.
DOCTOR ORANGJO
                Pues habrá que hacer algo, vamos, digo yo.

POLICARPO calla. Hace años que calza un catéter en la uretra que se filtra directo al barril de cerveza para turistas y apenas recuerda el hedor de una letrina. Y, por lo que respecta al quídam, le desea en silencio la más malévola de las sífilis. Esta fantasía se ve representada sobre su quijotera pensante por medio de una marioneta anodina con forma de quídam siendo atormentada por serpentinas pálidas interpretando a las espiroquetas.



ESCENA SÉPTIMA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Una vez dentro, organizaré todos los documentos alrededor de la escalera logarítmica de mi invención por orden de irrelevancia y, en el fondo, un reloj de partículas que señale los ratos y los momentos. Colgando de lo alto, dispondré mi colección de crustáceos y únicamente permitiré la entrada de un rayo de sol durante el día y de otro rayo de luna por la noche; ambos por el mismo óculo horadado en el muro, cerca de la cima. Por ahí me asomaré cuando el cielo esté despejado para otear el panorama en busca de un derrotero por el que escapar. A la izquierda irán las plantas, los hongos y las algas marinas, a la otra izquierda irán los animales y los peces y algunos virus; y en medio de todo, incluso a la derecha, el resto de minerales y bacilos. Todo esto sobre unos cimientos giratorios que roten a razón de una revolución cada fin de semana y otras tres semifusas en lo que dura un hunyadi.



ESCENA OCTAVA

En una celda de la torre, BOSSE-DE-NAGE gimotea, amordazado con unas bragas de abuela y rodeado por seis bolas de plomo con cadenas ensartadas en sus tres pares de pezones. El TAXIDERMISTA le toma las medidas con un tendón de cervicabra mientras silbaturrea My favorite things con una mueca descompuesta en la mandíbula y un rubor homicida en la coroides.  

TAXIDERMISTA
Lo bueno de los papiones es que tenéis un trasero ideal para empezar a desollar. Apenas se aprecian luego los cortes, si se hace un buen trabajo. Y yo soy el mejor, ya lo creo que sí. Te despojaré de tu pellejo en un santiamén con dos o tres movimientos de escalpelo y no podrás evitar mirar cómo visto con él a ese montón de paja; porque no tendrás párpados que cerrar. Lo remendaré todo con una cremallera y a ti te dejaré que te mueras de hambre y sed ahí arriba, en la almena.
Profiere entonces una carcajada maléfica y, por increíble coincidencia, un relámpago ilumina la escena seguido de una atronadora pedorreta. BOSSE-DE-NAGE aprovecha la confusión para libertarse de sus cadenas sesgando sus pezones de cuajo. Se abalanza sobre el TAXIDERMISTA escupiendo un terrible y prolongado “¡Ha haaa!” y, de una dentellada transversal, le desgarra el cuello en dos espantosas heridas. Defeca en cada una de ellas, y en la boca de la cabeza autónoma y por las paredes, y huye despavorido saltando por la ventana mientras hemorragias en aspersión emanan de sus pezones desmembrados.

10.11.16

La Torre (Acto I; Escenas III, IV, V).

ESCENA TERCERA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) En cuanto reúna un enorme montón de piedras, las ataré a lo largo de cuerdas larguísimas que lleguen hasta más allá de aquel batracio con sombrero. Las piedras mayúsculas irán al final de cada cabo y, dispuestas en el piso, formando un círculo o cualquier suerte de polígono, que no tiene por qué ser perfecto, pero sí que se ciña, al menos, a los dictados de la moda en cuanto a geometría se refiere; al otro extremo irán las esferas de gas ligero que erigirán la estructura, debo hacer algunos cálculos. Luego esperaré a que el viento no sople ni lo más mínimo para que todo sea perpendicular al núcleo y entonces ¡BANG, BANG! Disparo a las bolas y ¡PFUUMM! se queda así, de pie y hermosa como una torre sobre sí misma. Una torre para mí solo. Primero cubriré la abertura de la cima con una pagoda de estilo sármata y luego cavaré un túnel secreto para acceder desde abajo y por el que sólo quepa yo, tal que estoy; desnudo y engrasado.



ESCENA CUARTA

Un QUÍDAM tácito y superestándar entra en el peor baño de Escocia, tal vez zozobrando ligeramente. Lleva una chapa de un smiley amarillo en la solapa y un cigarrillo del elefante en la oreja. Antaño le gustaba navegar; hoy es mera pieza en una cadena de montaje. Cuando no está en el tajo, o bien se emponzoña los hígados trasegando vino barato por las barras, o se anquilosa en el sofá rindiendo culto al sagrado tubo catódico. Ahora gime como una musaraña frente al mingitorio mientras se baja la bragueta con premura y saca de ella un pene de tamaño medio de cuyo meato emerge El CHORRO MUSICAL (que no deja de fluir hasta fin de escena).

QUÍDAM
¡Oh, dorado torrente! Tú calmas mi ansiedad y purgas el óxido de mi uretra. Evacúas mi vejiga con el soniquete de la percusión líquida contra la hierba, el muro o la porcelana. Empapas los zapatos de mis enemigos y alivias la comezón de los dípteros. En ti busco consejo. Mi horizonte, como bien sabes, se ve ancho y yermo como la línea que separa la carne del hueso. Hace años que no sueño, y este sol vehemente detuvo su marcha a la hora del mediodía, sólo para mí, dejándome lleno de sed. Vivo solo y me masca la indiferencia, y, de entre lo poco que tengo, mi bien más preferido eres tú, cálido y húmedo como un beso, que huyes de mí para brindarme el bálsamo de tu melodía. Como sabes, nunca me pasa nada de nada, pero el otro día, paseando por el alcantarillado, me encontré una botella vieja con una carta mugrienta en su interior. Te preguntarás qué demonios decía, y es curioso, porque yo no tengo ni idea de idiomas.
Alguien golpea la puerta, varias veces.



ESCENA QUINTA

BOSSE-DE-NAGE va flotando sobre un cesto de chatarra, arrastrado por la marea del asfalto como una suerte de Moisés con las nalgas por mejillas. Intenta remar con el esqueleto de un paraguas mohoso mientras mastica sus uñas tratando de encontrar algún islote. Sin embargo, al tercer día, se topó con un TAXIDERMISTA estupendo.

TAXIDERMISTA
¡Pero qué tenemos aquí! ¡Vaya una pieza buena! Fíjate en esos mofletes y en esas ancas de langosta, ¡qué delicia! Haría maravillas con esa testa fea y tengo un cajón lleno de canicas que, sin duda, se verán más brillantes que esas negras córneas insondables. Ven conmigo, gentil cinocéfalo, y deja aquí ese tinglado de hierros viejos.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

El TAXIDERMISTA se introduce a BOSSE-DE-NAGE en el diminuto bolsillo interior de su bluyín, no sin cierto esfuerzo, y atraviesa con premura el expedito tablado del escenario, saliendo por un lado y apareciendo por el otro instantáneamente. Sigue cruzando impávido hasta que alguien del público, perplejo y ofendido por el Cappio e Fuga, se largue tosiendo y farfullando.


Entonces, mediante un sistema de poleas, se activa un dispositivo opto-mecánico que proyecta una cegadora luz de alabastro por todo el campo de visión, excepto en el horizonte, bien lejos, un negro rectángulo negro y vertical claramente plagiado de Malévich sin el beneplácito de su espectro.

15.5.15

Trilogía de la caca (III).

         Apuré el vaso y pedí a Poli que lo rellenara mientras yo cambiaba el agua a la aceituna, la historia me había estimulado el esfínter y tenía que abrir la veda. Zozobraba intentando mear dentro y, con la mirada estrábica, perdida en el chorro que yo mismo había creado, me quedé pensando en Marco, reducido a un despojo de caca, sudor y lágrimas y solo en medio de una ciudad ciega y sorda que nada más que apunta con el dedo que nos duele y vi que el rollo de cartón ya no tenía papel, y pensé que jamás volvería a salir de casa sin uno.

         Tiré de la cadena de la que colgaba una etiqueta con la inscripción “fin del mundo” y me acerqué al lavabo un instante, aunque no me lavé las manos antes de salir.

         Cuando volví a ocupar el taburete junto a la barra, descubrí que había llegado otro parroquiano al Diapasón, un tipo calvo, que por cierto se llamaba Ruskin, y que bebía cerveza mientras contaba en voz alta cómo le había dejado su mujer.

         —Estaba yo, tranquilamente en mi sofá, viendo el combate, cuando viene Gloria, mi mujer, y me suelta: Ruskin (así me llamo), he visto una rata en el cuarto de baño. Esperé a que terminara el asalto mientras bebía mi cerveza, ya sabéis cuánto me gusta a mí beber cerveza mientras veo cosas, y cuando terminó, me levanté y cogí la escopeta para matar al bicho con la culata. Pues bien, entro en el baño, y descubro que la rata está agazapada sobre la taza, meando dentro del váter, y que justo después trepa hasta la cisterna y tira de ella. Imaginaos cómo nos quedamos Gloria y yo, Ruskin. Llamamos a la tele y hasta nos hicieron un vídeo reportaje y todo y luego empezaron a llamarnos para dar espectáculos en grandes teatros, incluso llegamos a vender los derechos de imagen de la rata para una telenovela de tres temporadas con película como colofón. Después llegaron las revistas de cotilleos y los paparazzi, no sé si recordaréis aquella dichosa rata.
         —Pues… no —dijimos todos a coro.
         —Total, pues que esa rata se ha ido con mi mujer. ¿Y sabéis que me dijo ella? ¡Que era porque el jodido roedor al menos no dejaba la tapa del váter levantada! ¡Já!
         —Eso es justo lo que suele pasar cuando uno descuida alguno de esos arbustos—musitó O’Mbl, para asombro de todos, tras despertarse con uno de sus ronquidos.
         —¿Qué quieres decir con eso?

         —Que deberías haber aplastado aquella rata cuando se trataba sólo de una simple rata.


14.5.15

Trilogía de la caca (II).

         Me até la uña en cabestrillo y me acerqué a la tasca para charlar con Policarpo el fructífero bajo las torres del momento. De camino miré a los viejos mirando los escaparates de los gimnasios donde muñecos hinchables vibraban con los electrodos aplicados en sus culos y sudaban sus sobacos, el polen me hizo estornudar y los ojos se me enrojecieron; y para cuando conseguí llegar al Diapasón, los mocos me colgaban de la barbilla y sorbía como un tapir rozando el vómito. —No quiero esta noche la botella blanca —balbucí al entrar—, dadme la botella negra de la ceguera—. Poli descorchó un litro del desasosiego y colmó dos vasos sobre la barra. A mi lado dormitaba un anciano llamado O’Mbl que además tenía la barba sucia de vino, y en la única mesa dos carcamales se repartían las fichas del dominó con palillos entre los dientes.

         —Si vieras a mi sobrino —decía uno de ellos—, el muy inútil… El otro día vino a casa mi hermana a traerme la comida, ya sabes, y me cuenta que su hijo, Marco, siempre va con la paranoia de que se ha cagado encima, o que no se ha limpiado bien el culo y lleva todo lleno de mierda. El tío viaja en el metro con la angustia de que la gente puede oler la peste y que saben que es él el que la lleva encima. Y siempre va pálido por ahí y con el viejo sudor frío por la espalda.
         —¡Qué me dices! —dice el otro.
         —Te lo digo. Y resulta que hacía tiempo que había olvidado ese asunto y solía ir más relajado cuando, la otra noche, sentado esperando el bus, sintió cómo una gota de meado serpenteaba por su uretra y se asomaba por el orificio. Se encogió de súbito, así, apretando los muslos, preguntándose de dónde carajo habría salido aquella gota, si no tenía ganas de mear. Miró alrededor, buscando sin éxito algo que le distrajera y le hiciera olvidar el dorado torrente que amenazaba con empapar su dignidad, ahogándole en la más profunda de las vergüenzas: Mearse encima.
         —Estás hecho todo un poeta.
         —Son estos tragos, que me divierten. En fin, llega el autobús, Marco se sube, y enseguida percibe las miradas clavándosele por los costados; vuelven los sudores, se pone a temblar. Lanza furtivos vistazos a las perneras de sus pantalones para cerciorarse de que no hay un charco bajo sus pies. No lo hay, y respira. Pero enseguida vuelve a mirar de reojo y palpa disimuladamente su pene intentando averiguar qué le está pasando.
         —¿Y qué le pasó al final?
         —A eso voy; el muy mamarracho se empieza a marear y se baja en la siguiente parada. Está como a tres cuartos de hora de su casa y a esas horas ya no tiene cómo regresar más que a pie. De repente, le da una punzada en el estómago que le llega hasta el ojete y salpica su calzoncillo con la pasta caliente y húmeda y se echa a llorar ahí mismo.
         —Joder, sólo faltaba que le lloviera.
         —También llovía. Y se había tumbado en un charco de meados.
         —¡Vaya nochecita!
         —Si yo te contara…

Roland Topor

23.4.15

Huevo.

Gómez irrumpió en la habitación con brusquedad. —¡Alguien se ha comido el último huevo! —vociferó— ¡Era mi cena y lo sabíais y de aquí no se va ningún menda hasta que el culpable se descubra!

Harry encendió el canuto que descansaba entre sus labios y Torpe alargó el brazo para que se lo pasara. Yo dije que no había tocado los huevos de nadie y seguí mirando la tele. Ponían un documental de lémures.

Gómez se interpuso entre Madagascar y nosotros y se cruzó de brazos con el ceño fruncido esperando una respuesta. Nadie movió un dedo, y al rato se fue a la cocina blasfemando entre dientes.

Torpe se levantó entonces para ir al baño, yo me llevé dos dedos a la boca mirando a Harry y éste me alcanzó el porro con un gruñido ahogado.

Respiramos.

—Harry.
—¿Eh?
—¿Qué piensas que se dicen los pájaros cuando cantan?
—¿Cómo?
—Yo creo que sólo hablan de comida. Ya sabes, bichos, gusanos y todo eso.
—Ah.

En eso, regresó Torpe, y nos preguntó si alguna vez, después de mear, no se nos había quedado una gota en la punta del pijo que nos mojara el calzoncillo. Apenas tuvimos tiempo de responder, cuando nos dimos cuenta de que el pantalón de chándal de Torpe estaba todo empapado de la bragueta a las rodillas, y claro, nos descojonamos hasta que Gómez olvidó sus pesquisas y se vino con nosotros.

Empezaron los anuncios; un viejo en una vieja ciudad en medio del desierto se pone una mano de visera y descubre en el horizonte un coche deportivo que se acerca a toda velocidad levantando una densa polvareda y que frena derrapando en plena plaza mayor. Una supermodelo sale del vehículo detrás de sus propias piernas piernas piernas y, sonriéndonos a nosotros, nos aconseja que nos enjabonemos el pelo tres veces al día con un champú hidratante de esencia de cacahuete y que abramos una cuenta de ahorro al nueve por ciento en un banco de las islas Tokelau y que para el estreñimiento no comamos kiwi, sino unos comprimidos.

Para mí la pantalla había empezado a perder interés y me quedé embobado con las cáscaras de pipas del cenicero. Me sumí en ese letargo durante toda la publicidad y el resto del programa, y, cuando quise darme cuenta, estaban dando el tiempo y por toda la geografía se habían dispuesto huevos bien fritos y relucientes y entonces Gómez se volvió a cruzar de brazos.

—¿Quién coño se comió mi huevo?

Accedí a ayudarle a investigar, pues de todas formas pretendía acercarme a la cocina para prepararme un sándwich. Lo primero que hice fue enchufar la destartalada tostadora y meter el pan entre chisporroteos. Luego le dije a Gómez algo como: “Lo primordial es buscar en la basura”. Miramos bajo el fregadero y el cubo estaba lleno a rebosar con las pieles de banana cayendo como lianas por los bordes, pero no vimos cáscaras de huevo.

Examinamos los elevados pilares de platos y ni rastro de clara, tanteamos con los dedos entre las cajas de pizza vacías y ni media yema. Le dije que buscara en la nevera, pero rechazó la idea alegando que ya había mirado.

Trasladamos las indagaciones al resto de la casa y, no dándonos por vencidos, nos aventuramos a buscar también por la calle.

Miramos en el parque y en el estanco, donde yo aproveché para comprar un mechero naranja, y después buscamos en un par de bares y en tantas botellas. Pero el huevo no aparecía.

Regresamos exhaustos y haciendo eses. Me acompañaban, al menos, tres Gómez, y todos parecían tan borrachos como yo. —Me meo por no llorar —dijo uno de ellos, y se sacó la chorra entre dos contenedores donde lo echó.

Yo me apoyé en una farola torcida y lancé la vista al final de la calle, a nuestro edificio, aquel edificio de ladrillo del que brotaba una nube negra y densa. Y así me quedé hipnotizado con las voluptuosidades de aquella nube, las llamaradas que se adivinaban en mi ventana y la música del chorro de Gómez sobre el asfalto.


Después cantaron las sirenas, y así fue como naufragamos.

Mariola Bogacki

28.5.14

El Terraza.

Bajé un escalón y atravesé la vieja puerta de El Terraza, santo tugurio donde los haya en pleno centro de Taray desde 1976. El sol se acostaba más allá de la meseta y el aire frío del río se ponía cómodo por las callejas. La resaca no me dejaba pensar. La ducha y el paseo hasta el bar me habían despejado un poco, pero mis hígados me pedían cerveza para equilibrar el pH.

         —¿Cómo va eso? —pregunté al entrar, con la lengua espesa y las comisuras de los labios pastosas. Me duele la cabeza.
         —Uno cero gana mi Atleti —respondió el Pony sin apartar la mirada de la televisión.
         —Ha sido un golazo de Simeone —comentó Teo, el Terraza, mientras cogía un vaso de debajo de la barra para servirme una caña.

         Pasé junto al Zurdo, que se batía en duelo con la máquina tragaperras, pulsando los botones desquiciado mientras un cigarrillo se consumía entre sus labios apretados. —¿Qué pasa, Village? —me saludó, con la vista fija en esas ruletas que dan vueltas, vueltas y más vueltas y hay frutas y campanas y sietes y todo hace ruiditos y parpadea y eso me marea.

         Pestañeé un poco bajo las luces de neón que coronaban la barra y que iluminaban el bar con brillantes letras que rezaban: El Terraza. Fui a saludar a Pete, que tampoco me hizo mucho caso, absorto en su plato de torreznos con un palillo entre el índice y el pulgar de la mano izquierda y un trozo de pan entre los mismos de la derecha. Le hice un gesto a Nahuel, que practicaba con los dardos en la diana que había al final de la barra, junto a los servicios. Me dijo: ¿Te echas una? Y yo le contesté que ahora luego.

         Me di la vuelta y me vi frente al Pony, con el que choqué los cinco torpemente para saludarnos, son cosas nuestras. Le rodeé y por fin encontré mi taburete de siempre frente al grifo, donde ya estaba esperándome una caña bien fresquita a la que le di un par de tragos, sediento.

         —Esto que va un padre con su hijo por el supermercado —empezó a contarme Tito, que estaba a mi lado— , y le dice el padre: ¡Mira, una lata con tu nombre! El niño dice: ¡Te odio, papá! Y el padre: ¡Melocotón en almíbar, castigado!

        Me reí mientras apuraba lo que en ese momento me parecía una caña de lo más diminuta y le hice un gesto a Teo para que me sirviese otra.

         —¿Qué tal ayer, cómo acabaste? —me preguntó entonces Tito.
         —Bueno… después de toda la tarde en La Villa bebiendo latas al sol como las lagartijas nos fuimos por ahí… ya sabes… lo de siempre —bebí de la nueva caña, esta de un tamaño más decente, y rechacé el pincho que me ofrecía el Terraza—. La verdad es que me acuerdo de más bien poquita cosa. Apolinar se peleó con un tipo en el paseo porque éste le pilló intentando ligarse a su novia, que por cierto, era una gorda —Tito se rió y pidió una caña y unos champiñones con salsa—. Después recuerdo verle subirse a las farolas del parque en la calle larga y apagarlas a puñetazos, aquello parecía el Medievo. Después… vomité en la cama del Pony y justo me pilló dándole la vuelta al colchón, se enfadó, pero estaba muy borracho, creo que no se acuerda. Volviendo para casa o quizás yendo a otro bar se tumbó de repente en medio de un charco y se puso a dormir el tío. Tuvimos que cargar con él nueve pisos por las escaleras para dejarlo en el sofá de su casa —volví a beber.
         —¿Y luego?
         —Ya no me acuerdo de más, pero mira este corte que me hice en la frente.
         —¿Cómo?
         —Ni idea.
         —Pues vaya una pinta fea que tiene, socio.

         El Negro salió en ese momento de la cocina con una gran fuente de patatas con chorizo. Cojeaba, pues había perdido una pierna en un incendio hacía años, cuando era bombero, pero aún así lo hacía con cierta gracia, bailoteando como un loco hipnotista mientras repetía sinsentidos como: Un pez que siempre iba donde quiera que fuese y cosas así.

         Al Zurdo se le había acabado el crédito en la máquina y se acercó a Teo para que le cambiase un billete azul que enarbolaba con descaro para poder comprar tabaco en la máquina.

         —Illo, mira al Teo —mencionó—, ponme una copita fresquita con su espumita.
         —Otra para mí —dije yo.
         —Tres —dijo Tito.
         —Otra aquí, Terraza —dijo Pete desde el otro lado.
         —A mí ponme un DYC —dijo el Pony tras eructar.
         —Entonces cámbiame la caña por otro DYC —dijo el Zurdo.
         —¡A ver! —gritó el Terraza— ¡Vamos por partes!
         —Vamos a ver. Cómo te lo explico: son tres cañas y dos whiskys —resolvió Tito.
         —Y que Jack Sparrow nos ponga unas patatitas y unas setitas —añadió el Zurdo, refiriéndose al Negro.

         Después del ajetreo habitual que se monta cuando el Terraza recibe una comanda de más de tres cosas, de rellenar las cañas que se le derramaban y de recoger los restos de cristal de un vaso que se le había caído, todos tuvimos nuestras copas bien llenas y disfrutamos de un instante de silencio mientras sorbíamos los primeros tragos, incluso Teo se había servido un DYC para compartir ese momento con nosotros como en los viejos tiempos.

         —No veáis la tía con la que estuve ayer… —empezó a decir el Zurdo mientras se llevaba un cigarro a los labios y ofrecía la cajetilla al Terraza y luego al Pony.
         —¿Me das uno? —interrumpió Tito.
         —Tenía un culo —continuó el Zurdo mientras le tendía a Tito el cigarrillo y daba una calada del suyo—, ¡Mama! Y unas tetas, illo...
         —Vamos, que al final no te la follaste —dijo Pete.
         —Illo, que sin goma ni de coña —respondió el Zurdo, cabizbajo. Todos reímos—. Una guarra, la tía. Yo le dije: Bueno, ¿Y una mamadita?
         —¿Y…? —coreamos todos al unísono.
         —Dijo que curraba por la mañana y se tenía que ir.

         Tito y yo pedimos otra ronda de cerveza. Y yo empecé a contar que Harry se había echado una novia dándole palos a los olivos, pero me interrumpieron. Según ellos había estado hablando de eso toda la noche anterior, aunque yo no me acuerdo.

         —¿Qué le dice un cura a un murciano? —preguntó Tito.
         —¡Gol del Atleti! —gritaron Pony y Pete al mismo tiempo— ¡Caminero! ¿Qué le pasa al Mallorqueta, Terraza?

         Teo ignoró las burlas haciendo como que limpiaba un vaso, pero enseguida se le escurrió entre los dedos y tuvo que ir a barrer los cristales. Tomás, un borracho recién divorciado que siempre bebía en un extremo de la barra sin hablar con nadie, si acaso para incordiar, empezó a gritar con su voz provinciana y beoda que los del Atleti eran todos unos maricones, y los catalufos también, que donde estuviera el Real y Raúl que se quitara todo lo demás. Pero todos le ignoramos. Mudito, un ex alcohólico que siempre se sentaba al otro extremo de la barra bebiendo sin prisa un botellín de agua mientras callaba y observaba, esbozó una tímida sonrisa.

         —¡Dame de beber, bestia ¿No ves que me divierte? —exclamó Pete entonces, señalando con el dedo la botella de DYC en el estante.
         —Lo bueno, si bebes, dos veces bueno —comenté yo.
         —La verdad —dijo Pete el monje elegante mientras observaba cómo el Terraza le servía la copa de whisky con hielo con los ojos brillantes.

         Después de darle un par de tragos a su copa empezó a hablarnos de escritores latinoamericanos con su eterna verborrea, pero yo me escabullí con premura salvado por mi vejiga. Crucé el bar pasando junto a Nahuel para ir al baño, él me preguntó si me apetecía jugar ya, y yo le respondí que fuese preparando la partida, que meaba y empezábamos.

         Apenas habíamos jugado un par de rondas en las que el temblor de la resaca me impedía acertarle al jodido dieciocho cuando mi psicólogo, Howard Gili, apareció por la puerta.

         —¿Cómo estás, Village? —me saludó el pelirrojo doctor Gili, se le veía con prisa.
         —Pues aquí estamos. Ya ves. Bebiéndome la resaca con unas cervecitas —respondí yo.
         —¿Sólo cerveza? —me escudriñó con sus escoceses ojos verdes.
         —Sí, sí —musité sonriendo.
         —Bueno, tienes que llenarme este bote de orina por lo de aquel asunto del Casar —ordenó, ofreciéndome el botecito de plástico con la tapa roja.
         —¿Ahora? —protesté.
         —Ahora —sentenció.
         —Acabo de ir hace un minuto… —entonces vi por el rabillo del ojo que Mudito se incorporaba para ir al lavabo— ¡Dame ese bote! —exclamé, y corrí al baño.

         Mudito, aliviado, se pidió una Fanta de naranja y se le sirvió una buena ración de pimientos con patatas, Howard Gili se llevó su bote de pis bien lleno que, además de todo, estaba completamente limpio: Todos contentos.

         Me sentía afortunado, incluso mi puntería con los dardos había mejorado notablemente y celebraba cada triple con otra caña. Podría haber ganado la partida, pues gocé de buena ventaja entre la sexta y la séptima cerveza, pero Nahuel fue remontando poco a poco hasta ganarme en la última ronda. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya estaba lo bastante borracho.


         Miré a mi alrededor: Mudito hacía rato que se había marchado dejando un vaso de tubo con un culo de agua consecuencia de los cubitos derretidos. El Pony, borracho pero tan a gusto como en Agosto discutía con Pete acerca de Jim Morrison y Camarón y algo de Nietzsche con Neruda, ambos con la lengua suelta en patines y los ojos entreabiertos. Al Terraza se le vertía la cuarta copa de DYC por la camisa mientras Tito le hablaba sobre su perro, Flambo, que había cogido pulgas en la finca del P.J. y le habían puesto la lámpara otra vez. El Zurdo bebía whisky mientras miraba el resumen del partido y el Negro empezó a canturrear una de esas canciones locas y pegadizas que cuando intentas recordar no te salen. Es verdad, la vida sigue igual de bien en El Terraza, Santa Tasca que nos cura la resaca mientras nos mata de risa. 

1.12.13

Joroschó.

         Todo parece tan obvio que no merece la pena cuestionarse esto y aquello como un simio preguntón y desorientado. Las manos en el suelo, con el delicioso samsara que nos mata de risa. Un tipo me dijo: ¿Sabes por qué me gusta tanto ir a mear? Porque son los únicos momentos en los que me siento relajado de veras y mi cuerpo se vacía. Y fue entonces cuando me percaté de que el tiempo también pasa para el resto.

         Jugando con las vocales un minino sonriente me preguntó que quién era yo. ¿Yo? Yo sólo sé quién quiero ser. Dicen que sólo con eso no vale, pero también que todo son etapas, y ahora mismo yo soy ésta. Mira a ese gato encaramado entre las ramas que se ve por mi ventana ¿Acaso no es un motivo de alegría tan justificado como un cumpleaños o algo así? Las suelas de nuestros zapatos brincan y hacen cabriolas sobre una loca roca preciosa que da vueltas en torno a una estrella cualquiera, ¿Cómo no nos vamos a reír?

Wassily Kansinsky.

2.1.12

Las luces de mañana.


La cabeza no me daba vueltas esta vez, debería hacerlo, pensé, pero estaba misteriosamente lúcido. Había dejado los gintonics y vuelto a la cerveza. La música no era más que un eco borroso, una mancha de ruido entre el humo que nos rodeaba a Johnny y a mí frente a la barra.

-¿Sabes?-le dije, riéndome-Llevo meándome como media hora y no me atrevo a ir por culpa de esas luces-Johnny empezó a soltar carcajadas-Esos bichos o son dragones o son plantas que dan miedo.

Un salto temporal me llevó directamente a mi rostro reflejado en el espejo del encharcado lavabo, mis ojos inyectados en sangre se miraban a sí mismos, al vacío del todo… la moraleja supongo que será que hay que dar ese paso aunque asuste. Tampoco es que yo sea quién para enseñar algo de la vida a cualquiera.

Y pasaban las horas en silencio mientras mi jarra se vaciaba de cerveza para llenarse luego otra vez, con mi mente desconocedora entonces de que Lorraine pasaba frío en algún banco cerca de la estación de autobuses. No, espera… eso fue mucho más tarde.

Quizás siga bebiendo, me dije, para despertar de repente en otro sitio sin saber cómo he llegado ¿Qué más da cómo siga cualquier historia? ¡Yo no me acuerdo!

Da igual, no importa. Pues siempre es mañana.


10.11.11

Lamentos bajo el tráfico.


-¿Sabes?-le dije finalmente al tipo sentado a mi lado-Hay mucha gente ahí fuera que llora y grita y se araña la cara por ser escuchados.
-Yo sólo oigo esa maldita sirena.-me contestó entre trago y trago.
-Joder… ¿acaso tú no tienes nada que decir? ¿no quieres que alguien te escuche?
-Tío… tengo que mear-se levantó y se fue al servicio. No le esperé, por supuesto, dejé el dinero en la barra y salí del pub.

Cabizbajo, con las entumecidas manos en los bolsillos, ni siquiera me di cuenta de cuándo llegó este santo frío. Tal vez tenga razón, pensé, cualquiera puede ser cualquiera, y quizá sólo seamos esfínteres andantes. Quizá los gritos ahogados en la almohada no merezcan ser nunca atendidos.

Hoy las nubes son más oscuras, lloran, y tengo agujeros en los zapatos. Se me mojan los calcetines. Creo que estoy de mal humor hoy. Creo que necesito rebelarme contra algo, hoy. Creo que quiero enseñar el dedo de en medio a todo el mundo y sumergirme en el agua, como en un ascensor invisible. Pero quizás sólo necesite dormir un poco.

Sin cartas de Salt Cave City… un viejo fantasma de Woody Guthrie encogido en aquel portal me lo trae a la memoria, fue una época en la que mi camino se iluminaba con mi propia luz, me salían trabajos, no demasiado buenos, pero los había, después pasé alguna mala racha que otra, con tiempo a veces para sacarme la cabeza del culo. Ahora llaman poeta a cualquiera, y yo soy tan cualquiera como cualquiera que te puedas cruzar por ahí.

No tengo ninguna gorra de caza roja, he perdido mi sombrero. No es que no todo el mundo quiera ser escuchado, es que no todo el mundo tiene algo que decir. Y con esto me refiero a que no quieren o no tienen la necesidad de decirlo.

Si al final tendrá razón, somos esfínteres andantes, pero aquí a la mierda la llamo ARTE.

30.9.10

The Pusher.

¡Señoras y señores! Junto a mí un hombre al que mató el gobierno, huérfano de padre y madre. Dijeron que sabía demasiado.

La otra noche sucedió, después del concierto salió vestido de borracho a mear al callejón. Lo encontraron horas después, cuando ya se había ido todo el mundo. Un ataque al corazón, eso nos hicieron creer.

Aquel jodido tocaba de lujo.

12.6.10

En el baño.

Lo de ayer fue de baños...

Primero fui a mear a uno, y me dijeron que alguien se había cargado la cañería y que la cisterna no funcionaba, la gran casa estaba llena de gente y fuí a la habitación más lejana para asegurarme de que nadie se interpusiese entre la inminente ebacuación y yo, al menos de una forma cómoda.

Yo no sabía que esa puerta no tenía pomo, y que no debía cerrarse. Pero lo hice. Y supongo que lo volvería a hacer, no de una forma consciente, pero es lógico cerrar la puerta de un baño cuando tienes que hacer algo en él.

La verdad es que la sorpresa por mi enjaulamiento me provocó sonrisas y alguna carcajada morbosa. Tampoco había cobertura... así que grité y golpeé todo lo que tenía a mano. No se habría, no, no. Ni siquiera con un cortauñas roñoso.

Miré por el hueco donde debería estar el pomo, y ví a Savino.

-¡Savino!
-¿Éstás encerrado?
-Sí.
-Abre, anda.
-¡Estoy encerrado!
-Espera, voy a buscar algo para abrir.

Pasaron más minutos... me arreglé un poco en el espejo. Si van a rescatarme, por lo menos voy a estar guapo. También exploré el terreno para buscar un sitio donde dormir, por si se iban por ahí sin mí. Al rato llegó el Zurdo. No recuerdo mucho la conversación, pero terminó con una patada a la puerta y un marco roto.

Ya fuera, al verme Savino, me miró sorprendido diciéndome que se había olvidado... en fin... la  noche siguió su curso alegre y embriagado sabiendo que era improbable que me quedase encerrado en otro baño... bueno, yo no me quedé encerrado más veces, pero sí el Tantra, en el mismo, por lo que tuvimos que volver a (volver a) romper la puerta.

Todo quedó en una bonita anécdota.

Pero hoy... ¡ay, hoy! El karma me devolvió los destrozos que por mi culpa se provocaron en un baño ajeno.

También había habido una fiesta en mi casa, y estaba todo manchado de alcohol, con el váter lleno de pañuelos de papel, ¡mis pañuelos de papel! con rastros de cagadas desconocidas, la cisterna estropeada, y lo peor de todo, NO HABÍA PAPEL DE CULO.