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24.1.14

recuerdos confusos de una noche en el sol naciente.

recuerdos confusos de una noche en el sol naciente. —¿qué te ha pasado en el pelo? —no sé. últimamente no ha dejado de crecer. la cerveza que me ha servido el mozo tiene demasiada espuma así que la dejo reposar un rato mientras divago. tengo una cicatriz pálida en el lado interior de la muñeca izquierda, de aquella vez que me pasé todo el quinto mes inconsciente o desmayado. siento que el sol ha cruzado de lado a lado a mi alrededor, pues yo no me he movido apenas, hablando en términos astronómicos. me imagino cómo será la luna, si le gustó alguna vez alguno de mis poemas. para crear  hay que destruirse un poquito. apuré la cerveza. pedí otra. encendí un cigarro. ¿qué día era, miércoles? la puerta seguía en el rabillo de mi ojo. pero mi pupila seguía negra como aquel agujero en el cielo que vi el otro día. agarré la mano de mi hermana mientras todo se desvanecía a nuestro alrededor y yo pensando en qué decir. te quiero. pero fue un grito mudo nadando en nada. escudriñé mi cuaderno y no vi más que garabatos de un tal testa. ya no recuerdo bien a ese tipo, creo que se mudó a estagira. me siento tan solo aquí sentado. alguien se puso a tocar el piano entonces y susurraba una canción preciosa. miré el fondo dorado de mi jarra y no me vi reflejado en él. ¿qué habrá sido del viejo village? lo último que supe de él fue que le trincaron deshaciéndose de un cadáver con su psicólogo. no sé cómo fue que le soltaron después y ahora anda perdido por los canales. otros dicen que la última primavera se subió a un ático en la luna con un sombrero de paja y estalló en mil pedazos. a la gente le gusta contar historias. yo mientras tanto he puesto una bombilla dentro de un vaso medio lleno de agua en el alféizar de mi ventana y así me paso la tarde. observándola. esperando a que se encienda. destrozo un palillo entre los dedos con ese crujido de gozo. y mi cordón se ha vuelto gris. gente. infierno. ángeles. bau del aire. heráclito. me siento adormecido. intento coger impulso para dar la vuelta con el columpio y ya se me han cansado los brazos y las piernas. pido un trago de whisky y otra cerveza. me dejo caer sobre la barra y respiro. he vuelto a ver esa pradera verde verde y joroschó hendida por un serpenteante riachuelo donde hay un hipopótamo púrpura llamado otto que al final resultó no ser más que un rinoceronte amarillo con un solo cuerno. me acordé de aquel porche a medio construir donde tocaba la guitarra frente a las marismas hablando una lengua extraña. el sol se puso ese día rojo y desde entonces casi que no lo he vuelto a ver. y aquí estoy ahora, en el sol naciente. destruyéndome un poquito para así poder crear. en el fondo hay un globo sobre una cuchara y su sombra intenta decir algo, pero no lo entiendo. así se muere y ni con dedales se arregla. y todo cae. un tipo con guitarra y armónica cantó entonces: todo está bien, mamá, sólo estoy sangrando. está bien, mamá, puedo hacerlo. nacemos para ser nosotros. está bien. me limpié rápidamente una lágrima y disimulé bebiendo la cerveza. todo está en llamas y algún día los peces se lo comerán todo. los asesinos son indultados y yo me tengo que poner la gorra para ocultar unos ojos rojos. pero todo está bien. es la vida y sólo la vida. nos sobrevivimos. estamos aquí. pero eso tampoco me lo creo y sorbo ruidosamente un trago. no hay nadie alrededor y el mozo ha dejado encendida una lámpara solo para mí. buenas noches, mascullo. y recojo las cuartillas en las que he estado pintando círculos y triángulos. nunca deja de amanecer en el sol naciente como en una broma de mal gusto antigua y con sombrero de copa. mi paraguas está roto y parece una especie de bestia mitad murciélago mitad tarántula, pero no creo que vaya a llover.

20.4.13

Capítulo XXII (Parte IV).


         Solventé quedarme un rato más en la cama, y de veras disfruté aquellos escasos minutos estirados por la parsimonia del sueño leve al tiempo que el sol me acariciaba la frente de cuajo y el viento que se filtraba por las ventanas averiadas rozaba mi desordenada cabellera desplumada otra vez por el cogote, pero no tardé en desperezarme del todo y ponerme algo de ropa seca para salir a desayunar algo antes de presentarme en el Teatro Mágico para mi primer día de trabajo.

         Las calles parecían todas distintas, como desordenadas, pero todo seguía en el mismo sitio. Lo achaqué a imaginaciones mías a causa de mi sueño, y seguí paseando mientras silbaba como una alondra o un jilguero o algo así.

         Después de revolotear a través de unas cuantas manzanas, di con una pequeña cafetería, el Café Telepático, donde ofrecían un menú de “tortitas de tus cosas favoritas” por solo tres dracmas, y como siempre he sido una persona muy sensible a la publicidad y me encantan mis cosas favoritas, decidí desayunar ahí.

         Me acomodé en un taburete alto frente a la barra y, después de dar los buenos días, pedí la carta de tortitas al joven con constelaciones de acné que era el camarero.

         —Aquí tiene —dijo, y sacó de debajo del mostrador un enorme volumen que era una auténtica enciclopedia de comidas y sabores. Desde el aceite hasta el zumo de cualquier fruta, pasando por los macarrones y el tocino. Toda clase de platos y postres y mermeladas. Había hasta tortitas solas.
         —¿Quién demonios pedirá las tortitas solas? —musité, y me decanté por las tortitas de puerros con bechamel, que no es que fueran mis cosas favoritas, pero sin duda gustaban a mi apetito.

         Me llené bien el buche y descansé mientras revisaba el Eco de Estagira en busca de alguna noticia referente al catastrófico tornado de la noche anterior, pero no había más que malas noticias y un crucigrama que resolví en apenas un minuto, aunque con palabras improvisadas como jumdirilla o habbacri, si te inventas las palabras es más fácil.

         Tan pronto como lo terminé, pagué la cuenta y salí de nuevo a la calle en dirección al Teatro Mágico. Salté por las aceras como jugando a la rayuela imaginaria o salvando combas invisibles y en un santiamén llegué al teatro. Pero no fue el Teatro Mágico lo que encontré. En su lugar estaba un edificio rojo con forma de boca de incendios: era el parque de bomberos.

          Atravesé el umbral de la entrada y no vi más que a unos cuantos tipos ataviados con chubasqueros ignífugos y cascos fosforescentes y algunos también con hachas jugando al parchís y a las damas y a la gallinita ciega… a muchas cosas, pero ninguno con fuego. Uno de ellos se me acercó al verme entrar.

         —¿Ha habido algún incendio? —preguntó con una voz infantil.
         —No —respondí, contrariado— Esto… no, yo buscaba el Teatro Mágico.
         —¿El Teatro Mágico?
         —Sí. Ayer estaba aquí.
         —¿Estaba aquí?
         —¡Sí! Ayer vine aquí y… —empecé a decir, nervioso— hubo un tornado, y los edificios salieron volando y… una vaca… y parecía un sueño.
         —¿Un tornado? —volvió a preguntar— Aquí sólo nos ocupamos de los incendios y de los gatos que se quedan atrapados en los árboles.
         —Está bien —contesté, vencido al descalabro.

         Eché un último vistazo a la divertida yincana que los bomberos habían organizado y me fui, decepcionado como unos olvidados cordones de zapatos por estrenar, aún en su caja.
         —¿Y dónde demonios estará ahora el Teatro Mágico? —pensé, pues me negaba a aceptar que hubiera sido fruto de mi imaginación o de un sueño considerablemente vívido. Aquel sitio existía, estaba seguro.

         Caminé sin rumbo a través de las tímidas horas que apenas se dejaban notar, reviviendo los acontecimientos de la mañana anterior, cavilando, rumiando cada minúsculo detalle para determinar si yo, despistado de mí, me habría confundido de calle o si aquel fantástico lugar con su inconmensurable estantería llena de cachivaches de veras se había desplazado de su ubicación como consecuencia del tornado o si tal vez lo soñaría todo como me temía.

         No tenía nada que hacer más que pasear, así que, como el personaje de toda película que aparece al final de la segunda bobina para salvar el día, decidí dedicarme a encontrar el Teatro Mágico, pues cuando pierdes cualquier cosa no hay mayor menester que encontrarla. 

19.4.13

Capítulo XXII (Parte III).


         —¿Y OFRECE USTED TRABAJO A TODO EL QUE VENGA AQUÍ, SEÑOR MELQUÍADES? —pregunté en un grito, casi sin oír mi propia voz ni mis pensamientos.
         —Te voy a contar la historia del Teatro Mágico, Alonzo —conseguí entender—, aunque mejor mañana. Se te ve cansado, y sabias son las huellas que se dirigen al cubil. Ve y duerme un poco, mañana será un largo día.

         Acepté su propuesta sin dudar, pues aquel pitido se me había colado entre las sienes y sentía cómo mi seso se iba derritiendo en un jugo pegajoso, quedándoseme todo aquello en los párpados y haciendo que éstos se me fueran cerrando adormecidos. Sin más vueltas, Melquíades tenía razón, camino a la cama es el mejor camino.

         Arrastré los pies de vuelta a casa acompañado por los susurros de mis derrotados andares al frotarse con las húmedas callejuelas sembradas de charcos. Había empezado a llover inclinado y daba la sensación de que los edificios y las farolas y los árboles se iban tumbando para acostarse antes que yo. Ahí arriba, bien lejos, sobre mi cabeza, una gran nube negra que parecía el ojo de un cíclope colosal me dirigía una mirada entornada, como si me reconociera después de muchos años sin vernos. Puede que sean imaginaciones mías, pero tal vez yo mismo provocara aquella tormenta abanicándome el verano pasado o soplando las velas de cumpleaños. Por todo aquello del efecto mariposa y eso. Quién sabe.

         —Debería darme prisa —pensé, o dije, convencido de que en cualquier momento caería fulminado por el sueño o por un rayo, y aligeré el paso totalmente calado hasta los calzoncillos por toda aquella lluvia que arreciaba con virulencia y me golpeaba la cara con toda la furia del viejo aliento del cielo.

         Entré en el edificio tiritando, con la ropa empapada y los calcetines encharcados, mi gordo y sudoroso casero roncaba plácidamente en la butaca de orejas descomunales que había en la salita de la planta baja. Subí las escaleras pausadamente, atemorizado por el incesante repicar de un ejército de más de veintidós mil gotas de lluvia asediando las cuadrangulares murallas de cristal de las ventanas y la obscura    voz del viento que hacía que las puertas se estremecieran cobardemente sobre sus goznes.

         —Camino a la cama es el mejor camino —me dije mientras me desvestía y me acurrucaba bajo las arrugadas sábanas.

         Por la ventana vi el cielo gris oscuro y los ojos se me cerraron un rato. Hubo un destello, qué fastidio. Y ya era un naranja pálido o rosa pálido o cian oscuro o igual seguía dormido, porque también vi cilindros y tetraedros bien brillantes y lustrosos. Se dibujaron bucles y torbellinos y símbolos extraños, como matemáticos. Abrí un ojo y la habitación ya estaba oscura otra vez, la lluvia había amainado, pero el viento exhalaba incansable con sus eternos pulmones celestes y el ceño fruncido. Había un ojo negro ahí arriba, que se fue convirtiendo en un gigantesco dedo en espiral o en una cola de cerdo, acercándose más y más.

         La casa se revolvió sobre sus cimientos y, tras una sacudida, salió por los aires, ingrávida.

         —¡Qué sueño tan raro! —pensé yo— Si por aquí no hay ninguna zeta vaporosa…

         Lo que aconteció entonces, o al menos lo que yo percibí, fue un auténtico baile de edificios, coches, árboles, papeleras girando en medio de un torbellino filarmónico. Hasta juraría que vi un par de vacas blancas con grandes manchas geográficas como un vacamundi gimiendo muu-muu flotando en medio de todo aquello. Incluso me pareció ver también a niños saltando en una cama elástica voladora y a unos pescadores en su barca. Estagira se despegaba de la tierra como en un estornudo perpetuado en un lapso de tiempo joroschó danzando alrededor de una hoguera imaginaria y levantándose a más de cien metros del suelo, para posarse delicadamente, a su manera, de nuevo en el mismo sitio como si nunca se hubiera movido de ahí. Claro que todo esto lo vi mientras me frotaba los ojos, adormilado.

         Pero sospecho que de verdad había ocurrido. Las calles no mostraban el típico aspecto que tienen las calles después de haber sido devastadas por un tornado, incluso las farolas se habían vuelto a clavar en sus orificios correspondientes. Una vaca pasó lentamente por el paso de cebra, supongo que para camuflarse, y yo me volví a recostar en el colchón, convencido de que todo aquello había sido un sueño. Así son los sueños.

18.4.13

Capítulo XXII (Parte II).


Se trataba de un viejo edificio cuadrado de ladrillos sucios, con una pequeña puerta de madera oscurecida por un caldo de lluvia y años de la que colgaba una oxidada argolla, y dos ventanucos en la segunda planta. Junto a la puerta, en un corroído letrero de bronce se podía leer “TEATRO MÁGICO” y debajo una breve e ilegible frase.

         Entré sin llamar, es una mala costumbre que he cogido no sé dónde. Todo aquel teatro era una gran sala diáfana, con unos cuantos bancos apostados junto a las paredes y un gran espacio central donde bailoteaban un puñado de actores y artistas de circo, y las paredes estaban pintadas a rayas rojas y azules, como en mi sueño, digo en mi suelo, lo que me hizo pensar que quizás estuviese frente a una sincronía del Universo que se había manifestado a través de mí pero al revés, o tal vez algo del Destino o algo así, pero supongo que no fue más que una bonita coincidencia.

         Definitivamente, aquí no vendían lámparas, por lo que decidí dar descanso al traqueteo de mis zapatos y sentarme un rato para disfrutar del ensayo o lo que quiera que fuera aquello que hacían los artistas.

         Me quedé asombrado con el equilibrio del pequeño Phillipe allá arriba, sobre una cuerda de guitarra tocando la nota Mi, muda, con la mirada estrábica, absorta, ignorante de la gravedad. Me deleité con los malabares de Éloi el chile, que se atrevía hasta con sables en llamas, incluso sobre un monociclo chirriante. Más allá un coro canturreaba una extraña canción que jamás había oído, el tipo de canción que susurra el viento cuando, después del fulminante ronquido de un viejo volcán escupe fuegos, una brizna de hierba brota de entre el tiznado hollín como una verde lengua de vida que escapa de su prisión de azabache. En otro rincón, unos cuantos actores ensayaban una obra inspirada en Don Quijote, lo que más me gustó fue Rocinante, reducido a un calcetín lleno de paja con dos grandes botones negros por ojos, una crin de lana y un palo de escoba por cuerpo, aunque visto así quizá sea un poco triste; y un poco más a la izquierda, un forzudo levantaba con una mano una escalera sobre la que se sostenía una muchacha mientras que con la otra hacía pasar a un perro pintado de tigre por un aro luminoso que apenas parecía estar caliente.

         Pero lo que más me llamó la atención de todo aquello, lo que atrapó con un anzuelo invisible a mi pupila, fue aquella muchacha, su corta melena del color del melocotón y sus infinitos ojos verdes, su piel dorada sembrada de delicadas pecas que se iluminaban con cada sonrisa de sus labios, toda ella despedía una especie de electricidad o algo parecido que hacía que me temblase todo el cuerpo, mis orejas enrojecieran y el pelo del cogote se me erizase. Como si una tierna voz aquí dentro o tal vez de fuera me tararease la pacífica melodía de la calma ancestral.

         —Esa sensación llámase rubor que, como el atún, es más viejo que el fuego —dijo un viejo que había aparecido junto a mí como por arte de magia— ¿Cómo te llamas? —preguntó
         —Alonzo —respondí automáticamente, sin tiempo para sorprenderme.
         —Bien, bien —hablaba con una voz paulatina y leve, casi como si las palabras le salieran en una acompasada exhalación de algún sitio dentro del pecho— ¿Y qué haces aquí? —continuó— La función no empieza hasta las ocho.
         —Son ya las ocho y veintidós —contesté tras mirar mi reloj de pulsera con correa de piel de llama. El viejo se rió, enseñando una dentadura toda de madera.
         —¡Pero si la actuación es por la noche y apenas acabamos de desayunarnos las tostadas con café! —consiguió decir finalmente entre carcajadas.
         —Ah —suspiré yo—, pues entonces me marcho, hasta luego.
         —¡No, no, no! —gritó el viejo— ¡Espera un momento! ¿Tú no estarás buscando empleo, verdad?
         —En realidad yo sólo buscaba una lámpara —dije—, pero…
         —Pero te has enamorado ¿verdad?
         —Puede que un poquitín —solté con una risita y haciendo un ademán con la mano como sosteniendo un pelo imaginario entre el índice y el pulgar.
         —Pues vamos, te enseñaré tus tareas —sentenció mientras señalaba con el cuello hacia unas cortinas que había en la esquina al tiempo que guiñaba un ojo con expresión cómplice.

         Aquel viejo llamábase Melquíades Quismondo, aunque todo el mundo le llamaba Melquíades, y era el director del Teatro Mágico. De él se decía que tenía más de cien años, cosa que concordaba con su arrugada piel del color de las aceitunas y con sus pálidos ojos tan profundos como el gran saco de sabiduría envuelto en mantas de colores que era él mismo.

         Me condujo hasta las cortinas coloradas de terciopelo de imitación y, tras ellas, di con una descomunal estantería que llegaba hasta el techo, toda llena de cajas de todos los tamaños, cajas y más cajas de cartón y de madera, incluso cajas hechas con terrones de azúcar y pesados baúles forrados de piel de cebra. Había tantas cajas que fácilmente podían contener entre todas al menos una muestra de cada cosa que hubiera sobre la tierra y parte de sus adentros, hasta una pequeña muestra de nube y otra pequeña muestra de arcoíris y esas cosas.

         Pero lo que contenían esas cajas, me dijo Melquíades, eran cientos de cachivaches y artilugios científicos y ropas extrañas como disfraces y baratijas y amuletos que había ido recopilando en sus viajes por las dos caras de la moneda terráquea y que, según me indicó, yo debía ordenar.

         —¿Cómo lo hago? —titubeé.
         —Como tú veas —respondió afablemente— Hay tantas cosas fabulosas aquí amontonadas que ya apenas las recuerdo todas. Por ahí debe de haber una pareja de espejos que le compré a un árabe que los había fabricado para, puestos uno frente al otro, poder ver el reflejo de Dios entre ellos.
         —¿Y qué vio? —pregunté entonces, intrigado.
         —Nada. Bueno, y todo. Vio de todo menos a Dios. Vio cosas pequeñísimas que parecían esferas eléctricas zumbando todo el rato, pero no a Dios.
         —Vaya.
         —¿Y qué me dices de este catalejo mágico? —siguió diciendo animadamente mientras me tendía un rollo de cartón.
         —Pues parece un rollo de cartón —contesté decepcionado.
         —¡Pero no lo sostengas así! —exclamó— ¡Mira a través de él!

         Y al mirar por aquel cilindro acartonado no pude ver más que a la muchacha al otro lado de la estancia.

         —¿Has visto, Alonzo? ¡Es un catalejo mágico! ¡Tiene la cualidad de centrar nuestra despistada mirada únicamente en aquello que queramos ver!
         —¡Es cierto, increíble! —proferí entusiasmado, aún con ese tal rubor tras las orejas— ¿Y qué hay de todos estos libros? —pregunté mientras sacaba una caja de su estante.
         —¡Ay, Alonzo! —suspiró Melquíades— Has de tener especial cariño y cuidado con los libros, pues albergan antiguas historias que no deben ser olvidadas. Ricardo Corazón de León, que se llama igual que el rey pero no es el mismo, dijo una vez con su profunda voz que los libros le enseñaron a pensar, y el pensamiento le hizo libre ¡Se encuentran cosas maravillosas en estos manojos de páginas encuadernadas!
         —Está bien —asentí— ¿Sabe, señor Melquíades? —continué— Yo antes vivía en otro lugar, y mi vida era comer, dormir y trabajar. No es que me sintiera triste con todo aquello, tal vez sí, pero el problema es que no sentía absolutamente nada. Toda mi vida se reducía a las volteretas de las agujas del reloj, que son volteretas harto tediosas cuando no tienes tiempo ni para subirte un poco los calcetines entre escalón y escalón. Ahora —proseguí— he dejado todo eso para vivir y pensar, y, cuanto más observo el mundo y más pienso sobre él, más loco me parece, todo lleno de serpentinas y desorden y galimatías y cosas feas y malas y también gente buena que se asusta en todo ese caos de la anarquía de las pompas de jabón.
         —Ay, Alonzo —me dijo Melquíades mientras apoyaba su tibia mano sobre mi hombro—, el mundo no puede dejar de sorprendernos nunca porque está en su naturaleza. Cada uno ha de ser lo que es, y el mundo no es coherente. La gente toma decisiones distintas y los rayos caen donde menos te los esperas.
         —Hablando de rayos —dije, al ver la densa y oscura nube que dejaba ver uno de los ventanucos de arriba—, se avecina tormenta.

         Y, aunque no lo crean, justo en ese mismo instante, hubo un fugaz destello seguido de un ensordecedor estallido que se perpetuó aquí en mi sesera durante un rato vestido de silbido átono. Supongo que había sido otra inesperada coincidencia.

17.4.13

Capítulo XXII (Parte I).

(Que va justo después del Capítulo XXX)

Desperté con un respingo, asustado, pues pensé que un hurón o algo estaba subiéndoseme por los pantalones, aunque seguía vestido con la funda de la almohada y los calcetines. Estaba realmente descansado y con una sensación aireada, como cuando te has pasado la noche soñando algo que no recuerdas. Aún estaba oscuro y una luna en un cuarto dudoso iluminaba el suelo bicolor de mi habitación con un pálido halo.

         Eché un ojo a mi reloj de pulsera con correa de piel de llama y me quedé estupefacto al ver que no había pasado ni un minuto de la medianoche, ni siquiera recordaba por qué iba ataviado con una funda de almohada, supongo que serían cosas nuestras.

         Me quedé hecho un ovillo en el colchón observando las blancas paredes en la penumbra, adivinando las figuras que proyectaban las sombras y esos pequeños hilos que ve la gente y que parecen flotar en algún tipo de líquido ocular alrededor de los globos. Traté de dormir, pero me resultó imposible envuelto en todo aquel silencio, sumiéndome finalmente en una cálida duermevela.

         Respiraba entonces bien despacio, y mis pupilas pronto compensaron la tenue oscuridad engordándose a base de sombras. Vi que en una de las esquinas, junto al cubo orinal, había dos enchufes sin utilizar, y pensé que no estaban mal por si algún día los necesitaba, también que quizá me haría falta una lámpara.

         Decidí ir a buscar una, eso tal vez me despejaría el cerebro. Rebusqué en mi maleta y me cambié de ropa. Por la ventana se vislumbraba una frágil neblina como una charca vaporosa, así que cogí también la chaqueta. Salí al fresco y, justo al doblar la esquina, me percaté de que no hay lamparerías abiertas en Estagira a las dos de la madrugada, pero mis pies se habían olvidado de la dichosa lámpara y mantenían un sordo compás, primero el izquierdo, luego el derecho y así, o al revés, internándome en las oscuras calles ante la mirada indiferente de mi voluntad.

         El paseo nocturno hizo que pensara en muchas cosas. Primero pensé en que de verdad es importantísimo atarse bien los cordones, pues un tropiezo puede retorcerte el tobillo o abrirte el cráneo. Después pensé en que los pollos no cruzan carreteras, que ni siquiera saben qué demonios son las carreteras ni los pollos, y si lo saben no les importa, cruzan porque tal vez quieran llegar al otro lado. Más tarde tuve una vívida ensoñación en la que yo volaba, o por lo menos planeaba joroschó[1] sobre las cabezas y los coches y los bosques de chimeneas mientras todo aquello escupía humo más o menos ponzoñoso. Un par de pasos más allá imaginé que aquella ciudad dormida no existía en realidad, y yo no era más que una luz diminuta en el cerebro de un tipo llamado Pablo o algo así. También pensé que mis iniciales escritas de esta forma parecían un tipo cargando con una cruz enorme en forma de té que me pareció gracioso ¿Os lo imagináis?  Otra cosa que me ocurrió durante el paseo fue que, de la nada, salieron no uno ni dos, sino cinco conejos o liebres o canguros pequeños, ¡cinco! Por supuesto lo tomé como un augurio fantástico y con una sonrisa en mi facha me dejé llevar por el ritmo de las suelas de mis zapatos contra los desgastados adoquines de Estagira.

       Caminando, así, encontré el Teatro Mágico al nacer el día.


[1] Del nadsat: Bien, bueno.

13.3.13

Pequeño cuento de Jack el ahorcado y otras vesches.


         »Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día.

Desde el miércoles todos los días han sido miércoles. He escuchado cinco notas como en un silbido y no han parado de sonar. Me ha crecido el pelo y la barba, creo que es algún extraño viejo síndrome nuevo. Me palpé entre las costillas bajo la pulpa y me pareció sentir que hay una especie de sustancia viscosa, como un miedo antiguo o una cagalera del alma. Cantan los domadores de autocarros en Leiria y la carretera hacia el vale do Tejo se pasa de veras joroschó en un santiamén cuando el sol se pone rojo y triste y la cúpula es púrpura como la vieja berenjena.

Aún sufro una misteriosa resaca, creo que desde aquel día en que compré un par de cabezas de ajos y zanahorias y algo de tomate en rama y después bebí vino y cerveza en una casa enterrada bajo un mar de tranquilidad en un lado no demasiado luminoso de la luna, de hecho más oscuro que los puntos de las fichas del dominó.

Sucedieron vesches extrañas esa noche, y yo me revolqué un poco por los charcos y me manché los pantalones vaqueros fuera de moda. Pero no brotó el viejo vino esa vez, solo unos pequeños rasguños.
Fue entonces cuando vi al otro Alonzo. Una suerte de yo mismo a través de un espejo pálido que no paraba de llevarse la botella a los labios y libar el humo gris. Otra testa más y a mí me duele la cabeza que da vueltas como el viejo molino que rechina con los oxidados lamentos del viejo cansancio.

No me gusta ese otro Alonzo que revuelve mis tripas y hace que mi garganta haga goch-goch y pone los ojos de buitre en blanco mientras eructa y se rasca la barriga.

Creo que esto se debe a los pliegues que a veces noto tras los ojos y hay una especie de demonio vestido de traje y con sombrero que fuma de una pipa y que está asustando a todos los animales que viven aquí arriba.

 

¿Y ahora qué pasa, eh?

Me asomé entonces al pozo y ahí estaba Jack el ahorcado, colgando por el cuello de la soga que, antes de que el pozo se secara, servía para amarrar el cubo con el que se sacaba el agua fresca. Lo reconocí por el cogote, siempre desplumado por la parte del remolino en la que nacía una incipiente calva.

—¿Qué haces ahí, Jack? —le grité desde el alféizar, pero no tuve respuesta— ¡Jaaack! —volví a gritar, agitando la cuerda para que se balanceara.

Levantó Jack una pupila hacia arriba, y me vio asomado a un disco de cielo, al menos desde su punto de vista.

—¡Alonzo! —saludó con una voz ronca—, ¿qué haces ahí arriba?
—Nada —respondí yo—, paseaba y encontré este pozo.
—¿Pozo? —preguntó Jack el ahorcado mientras intentaba mirar alrededor—, pensé que esto era una chimenea.
—Espera un segundo, te sacaré de ahí.

Tiré durante un rato de un extremo de la soga y conseguí sacarle del pozo. Le ayudé a sacudirse el polvo y el barro de la ropa vieja y me di cuenta de que había crecido varios centímetros desde la última vez. Su cuello presentaba varias marcas enrojecidas y estaba realmente estirado, incluso parecía que, de tan largo que lo tenía, no podía sostener el peso de su cabeza y ésta se mantenía ligeramente inclinada hacia un lado.

—Qué mal aspecto tienes, Jack —le dije.
—Es mi cuarta condena este mes —respondió con indiferencia.
—Dentro de poco tendrás el cuello tan largo que llevaras la cabeza colgando y lo verás todo del revés —le advertí, pero no le importó, dijo algo de que cuando has sido ahorcado tantas veces ya no sabes qué está del revés y qué del derecho, y al final te acaba dando igual todo eso.

En el fondo del pozo, Jack el ahorcado tenía razón, y yo no tardaría en darme cuenta de que mi propia garganta también se había ido estirando poco a poco por no haber encontrado algunas palabras, de que a veces también me cuesta discernir qué son pozos y qué chimeneas. ¿Y ahora qué pasa, eh? Si cada vez que no acierto con la letra mis trazos se convierten en sogas.

6.2.13

La carta a ninguna parte.


         El otro día me ocurrió algo rarísimo, lo que es de agradecer cuando pasas una de esas extrañas épocas en las que no pasa nada, de las que la lluvia parece no mojarte casi por desidia y hasta los pájaros deciden dejar de cantar alegres canciones o en su lugar tararean monótonos ritmos.

         Pues eso, decidí romper la tediosa rutina dando un paseo por el campo. No es que en el campo pasen demasiadas cosas, pero supongo que me apetecía alejarme de los coches y el ruido y despejar la mente un rato.

         Así que, como de costumbre, el despertador empezó a sonar a las seis de la mañana, justo en ese momento en el que el sol se ha alzado lo suficiente como para asomar tímidamente por encima de las colinas que se ven por mi ventana y teñir mi cuarto con una luz de un dorado pálido. La radio se enciende entonces con los acordes de I got you babe, justo como en aquella película de Bill Murray, pero supongo que no es más que una alegre coincidencia que me ayuda a amanecer con una sonrisa.

         Sería muy largo contar todo lo que vino después. El desayuno y todo eso, así que iré directo al grano:

         Caminaba por el campo, aunque más bien podría decirse que aquello era un sendero en el bosque, cuando me crucé con una mujer que cargaba con un gran fardo por cuya abertura sobresalían unos cuantos sobres arrugados. Por su uniforme amarillo y azul deduje que se trataba de una cartera del servicio postal.

         —¡Buenos días! —la saludé.
         —Buenos días —dijo ella entre suspiros, agotada—, ¿sabe usted dónde se encuentra Ninguna Parte? Debo entregar una carta y me han traído aquí, llevo horas dando vueltas perdida.
         —¿Ninguna Parte? Supongo que eso puede ser cualquier sitio ¿no? —bromeé, aunque por la desesperada expresión de la cartera sospecho que no tuvo gracia.

         Me sentí entristecido por la situación de aquella mujer, buscando un lugar desconocido sin tener más pruebas de su existencia que una dirección escrita en un sobre de papel; así que, aunque mi intención era dar un sencillo paseo en la naturaleza, me decidí a ayudarla.

         —¿Sabe? —le dije entonces —No tengo nada que hacer realmente así que… ¿Qué le parece si le ayudo a encontrar Ninguna Parte?
         —¡Oh, eres muy amable! —Contestó ella— ¿Cómo te llamas?
         —Soy Alonzo, ¿y usted?
         —Me llamo Cilene.
         —Vaya, Cilene, ¡qué nombre tan bonito!
         —Sí, muchas gracias.
         —Bueno, ¿Qué le parece si buscamos Ninguna Parte?

         Pasamos horas buscando aquel dichoso sitio —incluso llegué a pensar que aquella mensajera en realidad lo que hacía era tomarme el pelo, pero era imposible fingir esa desesperanza con tanta veracidad—, el sudor me corría por la frente y la espalda y tenía las piernas cansadas y los pies doloridos por la caminata, por no hablar de los insectos que se habían estado entreteniendo echando pequeños tragos de mi sangre dejándome los brazos llenos de picaduras.

         —Ya está —dije cuando no aguantaba más, arrojando con enojo la rama que había estado usando como bastón—. Lo siento, pero no daré un paso más. Creo que no existe Ninguna Parte. Que te han timado, Cilene. Llevamos aquí todo el día y no he visto más que árboles y mierdas de ardilla, así que adiós.

         Aún así, con todo lo que le había dicho, seguí su camino con paso cansado, más que nada porque me había perdido, y preferí buscar la ruta de regreso compartiendo la marcha con alguien, pues había algo en los pájaros de aquel bosque que me daba mala espina. No sé si serían esas plumas negras como la noche más oscura o aquellos picos del color del bronce que parecían cimitarras oxidadas por la sangre vieja y reseca.

         A estas alturas ya había perdido completamente la noción del tiempo, pero supongo que una media hora después de aquel arrebato de desesperación dimos con un gran lago gris que yo no recordaba haber visto en ningún mapa. Justo en la orilla llena de fango y ranas, un tosco cartel de madera carcomida vestida de musgo nos señaló que acabábamos de llegar a Ninguna Parte.

         —¿Esto es Ninguna Parte? —pregunté al propio cartel—¡Aquí no hay nada más que ranas! ¿Dónde está el buzón?
         —¡Ahí! —gritó Cilene soltando la saca del correo mientras señalaba con el dedo índice un minúsculo islote en el centro del lago en el que sólo había eso, un buzón.
         —Está bien —dije entonces con cierto alivio— ¿Cómo llegamos hasta ahí?
         —Podríamos construir una barca —respondió Cilene—, yo no sé nadar.
         —Yo sí —contesté yo—, pero la carta se mojaría. Y no tenemos ni tiempo ni herramientas para hacer una barca.

         Estuvimos pensando un rato hasta que a Cilene se le ocurrió juntar todas las cartas que llevaba para hacer un barco de papel.

         —¿No va eso en contra de la ley? —pregunté yo— Digo lo de abrir cartas ajenas y eso.
         —Esta carta es muy importante —respondió Cilene con determinación—, más importante que todas las demás cartas que se hayan escrito o que estén por escribir.
         —Está bien.

         Así que nos pusimos a juntar, pegar y doblar cartas de amor y propaganda y facturas hasta que nuestro barco de papel gigante estuvo listo. De verdad, era increíble. No tenía timón ni velas ni ninguna de esas cosas que se supone que tienen los barcos, pero flotaba, y con un poco de suerte nos llevaría hasta el islote para poder dejar la carta. Pero decidimos que lo más seguro sería que sólo uno de nosotros fuese el navegante, y como Cilene era la cartera y pesaba menos que yo, fue ella.

         La vi zarpar desde el barro y aquel barco de papel surcó la inmaculada superficie del agua como si la acariciase con una dulzura que sólo saben describir los poetas. La sutil neblina que flotaba sobre el lago me impedía ver con claridad cómo introducía la carta en el buzón, pero lo vi.

         Y esperé mientras Cilene volvía en nuestro barco de papel con un suave bamboleo.

         —¿Y bien? —le dije en cuanto hubo atracado frente a mí.
         —¿Y bien qué? —respondió.
         —¿Qué ha pasado?
         —He entregado la carta —contestó.
         —¿Y?
         —Y nada. La carta ya está entregada. Trabajo cumplido. Muchas gracias.
         —Pero… —protesté.
         —La carta ya está entregada. Entiéndelo, es mi trabajo.

      
         Y eso, aunque tal vez pueda parecer increíble, fue lo que me pasó el otro día.

22.12.12

Capítulo XXX (Parte V).

(...) (...) (...) (...)

Corrí y corrí mientras pensaba en que aquí en Estagira los días son largos, aunque también son cortos —o al revés—; corrí tanto que pensé que algunas partes de mi cuerpo se me iban quedando atrás, de reojo me pareció ver cómo mi mano derecha se rezagaba durante unos segundos como para coger aire.

Subí cada tramo de escalera a saltos de tres escalones, incluso de cinco y de seis, abrí la cerradura de mi cuarto con un ágil movimiento de muñeca y desde el umbral salté haciendo una acrobacia en el aire en la que aterricé tumbado en el colchón vestido únicamente con la funda de la almohada —y en calcetines, pero supuse que a esos psicopompos no les importaría—.

Me vi desde arriba, ahí tumbado vestido con la funda de la almohada y con gaseosas zetas saliéndome de la cabeza, aunque también vi mi cabeza, quiero decir por dentro. Era un espacio infinito, no sé si blanco o negro. Y junto a mí estaba una figura difusa, con una voz profunda. Daba un poco de miedo todo aquello, pero supuse que sería uno de esos psicopompos y me tranquilicé, pues aún llevaba puesta la funda de la almohada. Me dijo:

—Alonzo, ¿De qué tienes miedo? —me gustó su acogedora voz.
—No lo sé.
—¿Temes morir? —preguntó.
—Puede…
—¿Temes que todo se acaba justo ahora que eres feliz? —volvió a preguntar.
—No lo sé, es posible…
—Pues no tengas miedo ahora, pues tú sobrevivirás a la misma Muerte.

Confieso que fue un sueño bastante extraño, y de hecho no es más que eso, un sueño, así son los sueños.

21.12.12

Capítulo XXX (Parte IV).

(...) (...) (...)

Desperté a la mañana fresco como una verde lechuga. Me desperecé con alegría, pues era miércoles y tocaba desayuno en la pensión.

El desayuno no resultó ser más que una galleta reseca que ni siquiera era lo suficientemente circular y un vaso de agua un poco turbia —aunque un rato después se volvió más transparente—.

Paseé un rato, feliz, pues lucía un día fantástico, incluso mejor que el anterior, con un par de nubes grises, ahí en el cielo, dispuestas a refrescarnos con su lluvia y ponerle al paisaje una diadema de arcoíris. Debo de estar volviéndome un lunático, pensé entonces, pues hasta esa caca de perro junto a ese buzón me parece desternillante.

De pronto oí un estruendo y varios chirridos —o al revés—, y me apresuré a doblar la esquina para saber qué estaba pasando.

Una gran grúa amarilla y alta como una jirafa mecánica enarbolaba una gigantesca esfera maciza y amenazaba con demoler unos bonitos molinos que al parecer estaban obsoletos por el progreso y la ciudad había de devorarlos. A decir verdad, desde mi punto de vista parecía que sus fachadas eran rostros infantiles que lucían sendos gorros picudos con una divertida hélice que casi les tapaba la cara y que no paraban de girar.

—¡Alto! —grité entonces al muñeco de trapo que manejaba los controles de la jirafa mecánica— ¡No puede demolerlos! ¡No son molinos! ¡Son gigantes!

Me abalancé sobre el operador de la grúa, que había ignorado mis advertencias a causa de los auriculares protectores, y lo empujé fuera de la cabina, accionando accidentalmente una de las palancas.
Hubo una sacudida y la bola de demolición se balanceó en el aire, colisionando finalmente contra los viejos molinos, reduciéndolos a escombros.

—¿Pero qué demonios hace? —me gritó el operario enfurecido— ¡Podría habernos matado!
—Lo siento —dije yo.

Y me alejé cabizbajo mientras me sacudía el polvo de la camisa y tropezaba con las ruinas de piedra y madera.


No estoy muy seguro de qué me pasó en ese momento. Otra vez me sentía triste. Deambulé por las calles, pensativo, y no encontré esta vez ningún entretenimiento que me devolviera la sonrisa. Al menos durante un rato, pues en un momento dado, vi a un tipo vestido únicamente con la funda de una almohada.

—¿Qué haces así vestido? —me dijo el hombrecillo con una mueca de sorpresa.
—Voy normal —contesté yo.
—¿Normal? ¿Pero tú sabes qué día es hoy? —preguntó, cada vez más sorprendido.
—Hoy es… ¿miércoles?
—¡Idiota! —exclamó— ¡Hoy es la noche de los psicopompos! ¡Debes vestirte con la funda de tu almohada y haberte dormido antes de que caiga el sol! ¿De verdad no lo sabías?
—Soy nuevo aquí.
—¡Pues date prisa en ponerte tu funda de almohada! Está a punto de anochecer!
—¿Pero qué dice? —empecé a decir yo— ¡Pero si aún no es ni la hora de comer!

Y justo entonces caí en la cuenta de que el día ya se había puesto de ese tono rosa y cian, de que había estado paseando meditabundo durante todo el día. Miré rápidamente al hombrecillo y me fui corriendo a la pensión a vestirme para la noche de los psicopompos.

(...)

20.12.12

Capítulo XXX (Parte III).

(...) (...)

Leí en braille las luces de los edificios en la noche y disfruté de cada paso, ora a la sombra ora a la luz —según cada farola—. Subí tranquilamente las escaleras cuyos crujidos ahora parecían más bien susurros, y me recosté en el colchón.

No tardé en ver zetas de colores flotando sobre mí. Salían como un tenue vapor de mi sesera, para crecer y seguidamente diluirse en la pálida luz de la luna que entraba por la ventana.

Soñé que era completamente cóncavo, como si todo el Universo se hubiera vuelto entero del revés, como si yo fuera el centro del mismo. Me gusta llamarlo antivolumen, y podría explicarlo, de veras, pero recuerda que ahora estoy dormido y tal vez sólo sea un sueño. No sé hasta qué punto.

Después soñé que estaba dentro de una gran carpa de circo pintada a rallas rojas y azules con manchas púrpuras que parecían huellas de pies. Todo aquello era un caos de osos disfrazados bailando sobre pelotas inmensas, payasos haciendo monerías, monos haciendo payasadas, malabaristas, funambulistas y demás personajes circenses. El bullicio era atronador, y como era un sueño y en verdad no sabía qué hacía ahí, le pregunté a un bufón que estaba cerca de mí que qué diantres estaba pasando. Pensé que no me había oído, pues yo mismo había escuchado mi voz algo extraña, pero pronto me miró y me dijo:

—El hombre de mimbre, que sólo se alimenta de membrillo, vive con miedo a moverse por si quiebra.
—¿Cómo? —grité yo, casi sin oír mi propia voz.
—Siempre abre el libro y vibra si suena algún timbre —me pareció entender.
—¡No le entiendo! —grité entonces.
—Pues así nunca será del todo libre, el hombre de mimbre.
—¡Que no le entiendo! —volví a gritar.
—¿Es el calvo un esclavo? ¿O sólo un clavo en un establo? —preguntó, o eso creo.


19.12.12

Capítulo XXX (Parte II).

(...)


Me desperté con dolor de cabeza y la lengua pastosa, aún algo mareado, me levanté para abrir la ventana, y cuando la fresca brisa inundó el cuarto limpiándome los pulmones y despertándome, me di cuenta de que tras de mí había dejado unas huellas moradas. —¡Igual da! —solté en una carcajada.

Y agarré mis zapatos y mis calcetines y bajé corriendo las escaleras para ir a dar un paseo, feliz por fin, feliz de estar vivo y de vivir sobre un suelo que he pintado con mis propias manos.

Hacía una tarde realmente maravillosa, aunque quizás la perciba ahora así por la gran alegría que se agita en mi estómago como un pez en una pecera. Nunca había apreciado la belleza de un cielo cubierto de un manto de marfil y motas de cielo abierto aquí y allá, tampoco había caminado nunca porque sí, así, sin destino. Aunque, ahora que lo pienso, en la vida que llevaba antes tan sólo creía caminar a un destino, pues en verdad iba desnudo y a ciegas por un camino de resbaladizo cristal.

—Esta alegría habrá que celebrarla —pensé.

Y enfilé hacia el primer tugurio que encontré. Era un sitio pequeño, con aspecto de servir comida rápida y copas, también un expositor lleno de helado. Detrás de la barra estaba un tipo moreno, tal vez indio —pero no indio americano, indio de la India—, que tenía un bigote que le tapaba toda la boca, incluso pensé que carecía de ella, porque enseguida me atendió una bonita camarera con la cara oculta por una densa capa de maquillaje y la cintura de avispa.

—¡Buenas tardes! —saludó con una estridente voz mientras mascaba chicle— ¿Va a comer o sólo quiere tomar whisky de castaña?
—¡Hola! —respondí— Pues lo cierto es que tengo algo de hambre, ¿Qué tienen, aparte de helado?
—Pues hoy tenemos caviar de beluga.
—¿Pero qué dice? —pregunté extrañado— Las belugas son mamíferos, no ponen huevas —aclaré.
—Éstas sí —contestó mascando chicle.
—Muy bien —dije entonces—, pues tomaré eso.
—¿Para beber? —mascando chicle.
—¿Qué tienen que no sea whisky de castaña?
—Aquí solo servimos whisky de castaña —mascando chicle.
—Muy bien, pues tomaré eso.
—Marchando —hizo una gran pompa y fue a llevarle la nota al cocinero con bigote y sin boca.

Aquel plato presentaba un aspecto confuso, asqueroso y apetitoso al mismo tiempo, una especie de pasta color perla, densa y grumosa. Cogí una buena cucharada y me la tragué sin respirar, aquello me dejó un sabor delicioso en la boca, pero unas insoportables ganas de vomitar.

—¡Beba ahora el whisky de castaña, rápido! —me gritó entusiasmada la camarera de cintura de avispa mientras el chicle bailaba entre sus mandíbulas de carmín.

Agarré el vaso y le pegué dos tragos, e inmediatamente las náuseas cesaron, dejándome el mismo sabor, pero con un toque dulzón bastante agradable.

Repetí el proceso hasta que el plato se hubo terminado y, aunque estaba bien satisfecho, me pedí una tarrina de helado de mantequilla.

Después de pagar las cinco dracmas por el almuerzo, salí del diminuto restaurante con una sonrisa mientras saboreaba mi helado. Tan alegremente iba, que sin querer me topé con un hombre de hojalata. A decir verdad no estoy muy seguro de si se trataba de un hombre de hojalata o un hombre normal, porque pensando en mi percepción de las cosas no sé si es que tengo poderes o me estoy volviendo majareta.

El caso es que me disculpé de aquel hombre de hojalata, pues parecía muy asustado por el incidente, tan nervioso lo vi, que le propuse invitarle a una copa.

—De-de acuerdo —tartamudeó él con una voz metálica—, ju-justo ahora iba a-al bar de Ot-tón. Otón.
—Perfecto —respondí lleno de entusiasmo—, pues allá entonces.

Caminamos un par de manzanas, repito que no estoy seguro de si era realmente un hombre de hojalata, pero juraría que se escuchaba un ruido de engranajes a cada paso que daba.

El bar de ese tal Otón era lo más parecido a una madriguera que había visto nunca —si bien nunca he estado en ninguna—, incluso me pareció que las paredes eran terrosas y que en algunos sitios surgían fuertes raíces que se dirigían hacia abajo. Otón era un hombre gordo y de tez oscura, con ojos pequeños, parecido a un topo. Llevaba una camiseta de tirantes blanca muy sucia, y su mirada no reflejaba más que cansancio y tristeza. Los anaqueles estaban repletos de decenas de garrafas de barro con tres grandes equis negras pintadas, de las que Otón nos sirvió sendos vasos de un líquido negro y algo espeso.

—¿Qué es esto que vamos a tomar? —pregunté, inquieto, a mi compañero de hojalata.
—Bi-bilis negra —respondió en un chasquido.

Olisqueé un poco aquel brebaje y el olor a hojas resecas me apenó. Olía a toda la tristeza de Otón y del hombre de hojalata, olía a todo lo que añoran, y a todo por lo que suspiran. Dejé otra vez el vaso sobre la barra.

—¿Sabes? —le dije al hombre de hojalata— Acabo de recordar que tengo prisa, puedes tomarte mi bilis si quieres. Disculpa por el choque. Adiós.

Tal vez hubiera podido ayudarle algo más, aunque fuera hacerle compañía. Lo cierto es que últimamente no me comprendo, así que me dirigí de vuelta a mi habitación, mientras un sol rosa o cian se ponía el horizonte.



(...)

18.12.12

Capítulo XXX (Parte I).



El sueño de la razón produce monstruos, o algo así se llamaba un viejo grabado que vi una vez en un libro. En él una oscura bandada de murciélagos y lechuzas atormentaba a un pobre hombre que se había desplomado, abatido, sobre su escritorio. Es curioso cómo en un dibujo puede caber tanto terror y cansancio, aunque no es nada comparado con lo que puede albergar la mente humana, con todos los tormentos a los que puede ser sometida. Siempre he creído que el Universo no puede estar formado únicamente por miedo y penurias, que ha de haber algo bueno, simplemente por aquello de las energías opuestas que mantienen cierto equilibrio —aunque tampoco estoy muy seguro de esto último—. Por eso, el día que recordé aquel grabado, decidí dejar de ser aquel tipo compungido que esconde su afligida cabeza de los monstruos del mundo, y empezar a mirar alrededor. —Todo está en mi cabeza —pensé—, estos engendros alados no pretenden más que asustarme, no pueden hacerme ningún daño. Y si pueden, bien vale la pena intentar ver qué hay más allá de mi escritorio.

Decidí, pues, cambiar de aires. Dejé un aburrido trabajo en la gran ciudad, me despedí de las pocas personas que sabían mi nombre, vendí mi destartalado piso —televisión incluida— y me mudé a donde decidió una moneda lanzada sobre un mapa. Y esa es la historia de mi vida, o al menos hasta ahora. No tengo que añadir nada más que lo que está por acontecer.

Subí por la escalera tras el gordo sudoroso que a partir de ahora sería mi casero, que me conducía a mi nueva habitación. Era un viejo y estrecho edificio de tres plantas —en la tercera estaba mi cuarto— situado en una bonita calle del centro de Estagira —ese es el nombre de la ciudad— llena de árboles y con poco tráfico. Todo olía a viejo, una mezcla entre polvo y naftalina, algo desconcertante, ya que las cortinas estaban casi totalmente roídas por las polillas.

—Está bien, señor Testa —dijo el gordo y sudoroso casero, fatigado por la subida—. Este es su cuarto. Puede amueblarlo si quiere. Recuerde que son veintiuna dracmas a la semana, por adelantado. Servimos desayunos sólo los miércoles y si necesita una toalla serán dos dracmas más. No tenemos servicio, así que podrá usar ese cubo de ahí para aguas menores.
—¿Y para las mayores? —interrumpí yo.
—Puede ir al bar de al lado, si quiere.
—Oh, está bien.
—Si me necesita estaré abajo.

Le mostré mi agradecimiento con una sonrisa y una leve reverencia y cogí la llave que me ofreció, tras lo cual se dio la vuelta y volvió a bajar por la escalera, que se quejaba con unos crujidos lastimeros. Incluso me pareció oír una voz de madera blasfemando.

Me planté entonces frente a mi nuevo hogar. No era nada del otro mundo, un cuarto diáfano con el suelo de tablas de madera pintadas de blanco y las paredes de cal un poco desconchadas. Tenía una ventana con los cristales sucios y las cortinas carcomidas, pero era bastante amplia y entraba mucha luz, incluso tenía un alféizar de ladrillo en el que podría poner un par de plantas. Justo en el centro de la habitación estaba el polvoriento colchón que, junto al cubo de plástico del rincón, era el único mueble de la estancia.

Pensé que a esa habitación lo que le hacía falta era una mano de pintura, así que fui a la planta baja y le pedí al gordo y sudoroso casero algunos botes. Dio la casualidad de que le quedaba un poco de rojo y un poco de azul, y me parecieron dos buenos colores para dar alegría al suelo.

Dejé mi chaqueta y mis zapatos y mis calcetines sobre el colchón, junto a la maleta, y me arremangué la camisa y los pantalones. Coloreé concienzudamente cada fila de tablas de madera del suelo de un color, lo que hacía que pareciese una gran lona de carpa circense puesta de alfombra. No tardé en darme cuenta de que había naufragado en una pequeña isla —que era el colchón—en un inmenso océano de pintura húmeda, y para colmo la puerta y la ventana estaban cerradas.

Pronto me sentí algo sofocado y mareado. Las paredes parecían poder acercarse y alejarse a la vez y me notaba adormecido. Pensé en que mis huellas púrpuras afearían el suelo —con lo bien que había quedado—, y además no quedaba más pintura para arreglar el estropicio. Me atusé el pelo y la barba como pensando, pero mi mente divagaba como hechizada por un flautista de leotardos rallados escondido, tal vez en aquel cubo. Me acurruqué entonces en el sorprendentemente cómodo colchón y me quedé completamente dormido, sabiendo que cuando despertara la pintura ya estaría seca.