recuerdos confusos
de una noche en el sol naciente. —¿qué te ha pasado en el pelo? —no sé.
últimamente no ha dejado de crecer. la cerveza que me ha servido el mozo tiene
demasiada espuma así que la dejo reposar un rato mientras divago. tengo una
cicatriz pálida en el lado interior de la muñeca izquierda, de aquella vez que
me pasé todo el quinto mes inconsciente o desmayado. siento que el sol ha
cruzado de lado a lado a mi alrededor, pues yo no me he movido apenas, hablando
en términos astronómicos. me imagino cómo será la luna, si le gustó alguna vez
alguno de mis poemas. para crear hay que
destruirse un poquito. apuré la cerveza. pedí otra. encendí un cigarro. ¿qué
día era, miércoles? la puerta seguía en el rabillo de mi ojo. pero mi pupila
seguía negra como aquel agujero en el cielo que vi el otro día. agarré la mano
de mi hermana mientras todo se desvanecía a nuestro alrededor y yo pensando en
qué decir. te quiero. pero fue un grito mudo nadando en nada. escudriñé mi
cuaderno y no vi más que garabatos de un tal testa. ya no recuerdo bien a ese
tipo, creo que se mudó a estagira. me siento tan solo aquí sentado. alguien se
puso a tocar el piano entonces y susurraba una canción preciosa. miré el fondo
dorado de mi jarra y no me vi reflejado en él. ¿qué habrá sido del viejo
village? lo último que supe de él fue que le trincaron deshaciéndose de un
cadáver con su psicólogo. no sé cómo fue que le soltaron después y ahora anda
perdido por los canales. otros dicen que la última primavera se subió a un
ático en la luna con un sombrero de paja y estalló en mil pedazos. a la gente le
gusta contar historias. yo mientras tanto he puesto una bombilla dentro de un
vaso medio lleno de agua en el alféizar de mi ventana y así me paso la tarde.
observándola. esperando a que se encienda. destrozo un palillo entre los dedos
con ese crujido de gozo. y mi cordón se ha vuelto gris. gente. infierno.
ángeles. bau del aire. heráclito. me siento adormecido. intento coger impulso
para dar la vuelta con el columpio y ya se me han cansado los brazos y las
piernas. pido un trago de whisky y otra cerveza. me dejo caer sobre la barra y
respiro. he vuelto a ver esa pradera verde verde y joroschó hendida por un
serpenteante riachuelo donde hay un hipopótamo púrpura llamado otto que al
final resultó no ser más que un rinoceronte amarillo con un solo cuerno. me
acordé de aquel porche a medio construir donde tocaba la guitarra frente a las
marismas hablando una lengua extraña. el sol se puso ese día rojo y desde
entonces casi que no lo he vuelto a ver. y aquí estoy ahora, en el sol
naciente. destruyéndome un poquito para así poder crear. en el fondo hay un
globo sobre una cuchara y su sombra intenta decir algo, pero no lo entiendo.
así se muere y ni con dedales se arregla. y todo cae. un tipo con guitarra y
armónica cantó entonces: todo está bien, mamá, sólo estoy sangrando. está
bien, mamá, puedo hacerlo. nacemos para ser nosotros. está bien. me limpié
rápidamente una lágrima y disimulé bebiendo la cerveza. todo está en llamas y
algún día los peces se lo comerán todo. los asesinos son indultados y yo me
tengo que poner la gorra para ocultar unos ojos rojos. pero todo está bien. es
la vida y sólo la vida. nos sobrevivimos. estamos aquí. pero eso tampoco me lo
creo y sorbo ruidosamente un trago. no hay nadie alrededor y el mozo ha dejado
encendida una lámpara solo para mí. buenas noches, mascullo. y recojo las
cuartillas en las que he estado pintando círculos y triángulos. nunca deja de
amanecer en el sol naciente como en una broma de mal gusto antigua y con
sombrero de copa. mi paraguas está roto y parece una especie de bestia mitad murciélago
mitad tarántula, pero no creo que vaya a llover.
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24.1.14
recuerdos confusos de una noche en el sol naciente.
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'P. Lavilha
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20.4.13
Capítulo XXII (Parte IV).
Solventé
quedarme un rato más en la cama, y de veras disfruté aquellos escasos minutos
estirados por la parsimonia del sueño leve al tiempo que el sol me acariciaba
la frente de cuajo y el viento que se filtraba por las ventanas averiadas
rozaba mi desordenada cabellera desplumada otra vez por el cogote, pero no
tardé en desperezarme del todo y ponerme algo de ropa seca para salir a
desayunar algo antes de presentarme en el Teatro Mágico para mi primer día de
trabajo.
Las calles
parecían todas distintas, como desordenadas, pero todo seguía en el mismo
sitio. Lo achaqué a imaginaciones mías a causa de mi sueño, y seguí paseando
mientras silbaba como una alondra o un jilguero o algo así.
Después de
revolotear a través de unas cuantas manzanas, di con una pequeña cafetería, el
Café Telepático, donde ofrecían un menú de “tortitas de tus cosas favoritas”
por solo tres dracmas, y como siempre he sido una persona muy sensible a la
publicidad y me encantan mis cosas favoritas, decidí desayunar ahí.
Me acomodé en
un taburete alto frente a la barra y, después de dar los buenos días, pedí la
carta de tortitas al joven con constelaciones de acné que era el camarero.
—Aquí tiene
—dijo, y sacó de debajo del mostrador un enorme volumen que era una auténtica
enciclopedia de comidas y sabores. Desde el aceite hasta el zumo de cualquier
fruta, pasando por los macarrones y el tocino. Toda clase de platos y postres y
mermeladas. Había hasta tortitas solas.
—¿Quién
demonios pedirá las tortitas solas? —musité, y me decanté por las tortitas de
puerros con bechamel, que no es que fueran mis cosas favoritas, pero sin duda
gustaban a mi apetito.
Me llené bien
el buche y descansé mientras revisaba el Eco de Estagira en busca de alguna
noticia referente al catastrófico tornado de la noche anterior, pero no había
más que malas noticias y un crucigrama que resolví en apenas un minuto, aunque
con palabras improvisadas como jumdirilla
o habbacri, si te inventas las
palabras es más fácil.
Tan pronto
como lo terminé, pagué la cuenta y salí de nuevo a la calle en dirección al
Teatro Mágico. Salté por las aceras como jugando a la rayuela imaginaria o
salvando combas invisibles y en un santiamén llegué al teatro. Pero no fue el
Teatro Mágico lo que encontré. En su lugar estaba un edificio rojo con forma de
boca de incendios: era el parque de bomberos.
Atravesé el umbral de la entrada y no vi más
que a unos cuantos tipos ataviados con chubasqueros ignífugos y cascos
fosforescentes y algunos también con hachas jugando al parchís y a las damas y
a la gallinita ciega… a muchas cosas, pero ninguno con fuego. Uno de ellos se
me acercó al verme entrar.
—¿Ha habido
algún incendio? —preguntó con una voz infantil.
—No —respondí,
contrariado— Esto… no, yo buscaba el Teatro Mágico.
—¿El Teatro
Mágico?
—Sí. Ayer
estaba aquí.
—¿Estaba aquí?
—¡Sí! Ayer
vine aquí y… —empecé a decir, nervioso— hubo un tornado, y los edificios
salieron volando y… una vaca… y parecía un sueño.
—¿Un tornado?
—volvió a preguntar— Aquí sólo nos ocupamos de los incendios y de los gatos que
se quedan atrapados en los árboles.
—Está bien
—contesté, vencido al descalabro.
Eché un último
vistazo a la divertida yincana que los bomberos habían organizado y me fui,
decepcionado como unos olvidados cordones de zapatos por estrenar, aún en su
caja.
—¿Y dónde
demonios estará ahora el Teatro Mágico? —pensé, pues me negaba a aceptar que
hubiera sido fruto de mi imaginación o de un sueño considerablemente vívido.
Aquel sitio existía, estaba seguro.
Caminé sin
rumbo a través de las tímidas horas que apenas se dejaban notar, reviviendo los
acontecimientos de la mañana anterior, cavilando, rumiando cada minúsculo
detalle para determinar si yo, despistado de mí, me habría confundido de calle
o si aquel fantástico lugar con su inconmensurable estantería llena de
cachivaches de veras se había desplazado de su ubicación como consecuencia del
tornado o si tal vez lo soñaría todo como me temía.
No tenía nada
que hacer más que pasear, así que, como el personaje de toda película que
aparece al final de la segunda bobina para salvar el día, decidí dedicarme a
encontrar el Teatro Mágico, pues cuando pierdes cualquier cosa no hay mayor menester
que encontrarla.
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'P. Lavilha
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XXII
19.4.13
Capítulo XXII (Parte III).
—¿Y OFRECE USTED TRABAJO A TODO EL QUE VENGA AQUÍ, SEÑOR
MELQUÍADES? —pregunté en un grito, casi sin oír mi propia voz ni mis
pensamientos.
—Te voy a
contar la historia del Teatro Mágico, Alonzo —conseguí entender—, aunque mejor
mañana. Se te ve cansado, y sabias son las huellas que se dirigen al cubil. Ve
y duerme un poco, mañana será un largo día.
Acepté su
propuesta sin dudar, pues aquel pitido se me había colado entre las sienes y
sentía cómo mi seso se iba derritiendo en un jugo pegajoso, quedándoseme todo
aquello en los párpados y haciendo que éstos se me fueran cerrando adormecidos.
Sin más vueltas, Melquíades tenía razón, camino a la cama es el mejor camino.
Arrastré los
pies de vuelta a casa acompañado por los susurros de mis derrotados andares al
frotarse con las húmedas callejuelas sembradas de charcos. Había empezado a
llover inclinado y daba la sensación de que los edificios y las farolas y los
árboles se iban tumbando para acostarse antes que yo. Ahí arriba, bien lejos,
sobre mi cabeza, una gran nube negra que parecía el ojo de un cíclope colosal
me dirigía una mirada entornada, como si me reconociera después de muchos años
sin vernos. Puede que sean imaginaciones mías, pero tal vez yo mismo provocara
aquella tormenta abanicándome el verano pasado o soplando las velas de
cumpleaños. Por todo aquello del efecto mariposa y eso. Quién sabe.
—Debería darme
prisa —pensé, o dije, convencido de que en cualquier momento caería fulminado
por el sueño o por un rayo, y aligeré el paso totalmente calado hasta los calzoncillos
por toda aquella lluvia que arreciaba con virulencia y me golpeaba la cara con
toda la furia del viejo aliento del cielo.
Entré en el
edificio tiritando, con la ropa empapada y los calcetines encharcados, mi gordo
y sudoroso casero roncaba plácidamente en la butaca de orejas descomunales que
había en la salita de la planta baja. Subí las escaleras pausadamente,
atemorizado por el incesante repicar de un ejército de más de veintidós mil
gotas de lluvia asediando las cuadrangulares murallas de cristal de las
ventanas y la obscura voz del viento
que hacía que las puertas se estremecieran cobardemente sobre sus goznes.
—Camino a la
cama es el mejor camino —me dije mientras me desvestía y me acurrucaba bajo las
arrugadas sábanas.
Por la ventana
vi el cielo gris oscuro y los ojos se me cerraron un rato. Hubo un destello,
qué fastidio. Y ya era un naranja pálido o rosa pálido o cian oscuro o igual
seguía dormido, porque también vi cilindros y tetraedros bien brillantes y
lustrosos. Se dibujaron bucles y torbellinos y símbolos extraños, como
matemáticos. Abrí un ojo y la habitación ya estaba oscura otra vez, la lluvia
había amainado, pero el viento exhalaba incansable con sus eternos pulmones
celestes y el ceño fruncido. Había un ojo negro ahí arriba, que se fue
convirtiendo en un gigantesco dedo en espiral o en una cola de cerdo,
acercándose más y más.
La casa se
revolvió sobre sus cimientos y, tras una sacudida, salió por los aires,
ingrávida.
—¡Qué sueño
tan raro! —pensé yo— Si por aquí no hay ninguna zeta vaporosa…
Lo que
aconteció entonces, o al menos lo que yo percibí, fue un auténtico baile de
edificios, coches, árboles, papeleras girando en medio de un torbellino
filarmónico. Hasta juraría que vi un par de vacas blancas con grandes manchas geográficas
como un vacamundi gimiendo muu-muu flotando en medio de todo
aquello. Incluso me pareció ver también a niños saltando en una cama elástica
voladora y a unos pescadores en su barca. Estagira se despegaba de la tierra
como en un estornudo perpetuado en un lapso de tiempo joroschó danzando
alrededor de una hoguera imaginaria y levantándose a más de cien metros del
suelo, para posarse delicadamente, a su manera, de nuevo en el mismo sitio como
si nunca se hubiera movido de ahí. Claro que todo esto lo vi mientras me
frotaba los ojos, adormilado.
Pero sospecho que de verdad había ocurrido. Las calles no mostraban el típico aspecto que tienen las calles después de haber sido devastadas por un tornado, incluso las farolas se habían vuelto a clavar en sus orificios correspondientes. Una vaca pasó lentamente por el paso de cebra, supongo que para camuflarse, y yo me volví a recostar en el colchón, convencido de que todo aquello había sido un sueño. Así son los sueños.
18.4.13
Capítulo XXII (Parte II).
Se trataba de un viejo edificio cuadrado de ladrillos
sucios, con una pequeña puerta de madera oscurecida por un caldo de lluvia y
años de la que colgaba una oxidada argolla, y dos ventanucos en la segunda
planta. Junto a la puerta, en un corroído letrero de bronce se podía leer “TEATRO
MÁGICO” y debajo una breve e ilegible frase.
Entré sin
llamar, es una mala costumbre que he cogido no sé dónde. Todo aquel teatro era
una gran sala diáfana, con unos cuantos bancos apostados junto a las paredes y
un gran espacio central donde bailoteaban un puñado de actores y artistas de
circo, y las paredes estaban pintadas a rayas rojas y azules, como en mi sueño,
digo en mi suelo, lo que me hizo pensar que quizás estuviese frente a una
sincronía del Universo que se había manifestado a través de mí pero al revés, o
tal vez algo del Destino o algo así, pero supongo que no fue más que una bonita
coincidencia.
Definitivamente,
aquí no vendían lámparas, por lo que decidí dar descanso al traqueteo de mis
zapatos y sentarme un rato para disfrutar del ensayo o lo que quiera que fuera
aquello que hacían los artistas.
Me quedé
asombrado con el equilibrio del pequeño Phillipe allá arriba, sobre una cuerda
de guitarra tocando la nota Mi, muda, con la mirada estrábica, absorta,
ignorante de la gravedad. Me deleité con los malabares de Éloi el chile, que se
atrevía hasta con sables en llamas, incluso sobre un monociclo chirriante. Más
allá un coro canturreaba una extraña canción que jamás había oído, el tipo de
canción que susurra el viento cuando, después del fulminante ronquido de un viejo
volcán escupe fuegos, una brizna de hierba brota de entre el tiznado hollín
como una verde lengua de vida que escapa de su prisión de azabache. En otro
rincón, unos cuantos actores ensayaban una obra inspirada en Don Quijote, lo
que más me gustó fue Rocinante, reducido a un calcetín lleno de paja con dos
grandes botones negros por ojos, una crin de lana y un palo de escoba por
cuerpo, aunque visto así quizá sea un poco triste; y un poco más a la
izquierda, un forzudo levantaba con una mano una escalera sobre la que se
sostenía una muchacha mientras que con la otra hacía pasar a un perro pintado
de tigre por un aro luminoso que apenas parecía estar caliente.
Pero lo que
más me llamó la atención de todo aquello, lo que atrapó con un anzuelo
invisible a mi pupila, fue aquella muchacha, su corta melena del color del
melocotón y sus infinitos ojos verdes, su piel dorada sembrada de delicadas
pecas que se iluminaban con cada sonrisa de sus labios, toda ella despedía una
especie de electricidad o algo parecido que hacía que me temblase todo el
cuerpo, mis orejas enrojecieran y el pelo del cogote se me erizase. Como si una
tierna voz aquí dentro o tal vez de fuera me tararease la pacífica melodía de
la calma ancestral.
—Esa sensación
llámase rubor que, como el atún, es más viejo que el fuego —dijo un viejo que
había aparecido junto a mí como por arte de magia— ¿Cómo te llamas? —preguntó
—Alonzo
—respondí automáticamente, sin tiempo para sorprenderme.
—Bien, bien
—hablaba con una voz paulatina y leve, casi como si las palabras le salieran en
una acompasada exhalación de algún sitio dentro del pecho— ¿Y qué haces aquí? —continuó—
La función no empieza hasta las ocho.
—Son ya las
ocho y veintidós —contesté tras mirar mi reloj de pulsera con correa de piel de
llama. El viejo se rió, enseñando una dentadura toda de madera.
—¡Pero si la
actuación es por la noche y apenas acabamos de desayunarnos las tostadas con
café! —consiguió decir finalmente entre carcajadas.
—Ah —suspiré
yo—, pues entonces me marcho, hasta luego.
—¡No, no, no!
—gritó el viejo— ¡Espera un momento! ¿Tú no estarás buscando empleo, verdad?
—En realidad
yo sólo buscaba una lámpara —dije—, pero…
—Pero te has
enamorado ¿verdad?
—Puede que un
poquitín —solté con una risita y haciendo un ademán con la mano como
sosteniendo un pelo imaginario entre el índice y el pulgar.
—Pues vamos,
te enseñaré tus tareas —sentenció mientras señalaba con el cuello hacia unas cortinas
que había en la esquina al tiempo que guiñaba un ojo con expresión cómplice.
Aquel viejo
llamábase Melquíades Quismondo, aunque todo el mundo le llamaba Melquíades, y
era el director del Teatro Mágico. De él se decía que tenía más de cien años,
cosa que concordaba con su arrugada piel del color de las aceitunas y con sus
pálidos ojos tan profundos como el gran saco de sabiduría envuelto en mantas de
colores que era él mismo.
Me condujo
hasta las cortinas coloradas de terciopelo de imitación y, tras ellas, di con
una descomunal estantería que llegaba hasta el techo, toda llena de cajas de
todos los tamaños, cajas y más cajas de cartón y de madera, incluso cajas
hechas con terrones de azúcar y pesados baúles forrados de piel de cebra. Había
tantas cajas que fácilmente podían contener entre todas al menos una muestra de
cada cosa que hubiera sobre la tierra y parte de sus adentros, hasta una
pequeña muestra de nube y otra pequeña muestra de arcoíris y esas cosas.
Pero lo que
contenían esas cajas, me dijo Melquíades, eran cientos de cachivaches y
artilugios científicos y ropas extrañas como disfraces y baratijas y amuletos
que había ido recopilando en sus viajes por las dos caras de la moneda
terráquea y que, según me indicó, yo debía ordenar.
—¿Cómo lo
hago? —titubeé.
—Como tú veas —respondió
afablemente— Hay tantas cosas fabulosas aquí amontonadas que ya apenas las
recuerdo todas. Por ahí debe de haber una pareja de espejos que le compré a un
árabe que los había fabricado para, puestos uno frente al otro, poder ver el
reflejo de Dios entre ellos.
—¿Y qué vio?
—pregunté entonces, intrigado.
—Nada. Bueno,
y todo. Vio de todo menos a Dios. Vio cosas pequeñísimas que parecían esferas
eléctricas zumbando todo el rato, pero no a Dios.
—Vaya.
—¿Y qué me
dices de este catalejo mágico? —siguió diciendo animadamente mientras me tendía
un rollo de cartón.
—Pues parece
un rollo de cartón —contesté decepcionado.
—¡Pero no lo
sostengas así! —exclamó— ¡Mira a través de él!
Y al mirar por
aquel cilindro acartonado no pude ver más que a la muchacha al otro lado de la
estancia.
—¿Has visto,
Alonzo? ¡Es un catalejo mágico! ¡Tiene la cualidad de centrar nuestra
despistada mirada únicamente en aquello que queramos ver!
—¡Es cierto,
increíble! —proferí entusiasmado, aún con ese tal rubor tras las orejas— ¿Y qué
hay de todos estos libros? —pregunté mientras sacaba una caja de su estante.
—¡Ay, Alonzo!
—suspiró Melquíades— Has de tener especial cariño y cuidado con los libros,
pues albergan antiguas historias que no deben ser olvidadas. Ricardo Corazón de
León, que se llama igual que el rey pero no es el mismo, dijo una vez con su
profunda voz que los libros le enseñaron a pensar, y el pensamiento le hizo
libre ¡Se encuentran cosas maravillosas en estos manojos de páginas
encuadernadas!
—Está bien
—asentí— ¿Sabe, señor Melquíades? —continué— Yo antes vivía en otro lugar, y mi
vida era comer, dormir y trabajar. No es que me sintiera triste con todo
aquello, tal vez sí, pero el problema es que no sentía absolutamente nada. Toda
mi vida se reducía a las volteretas de las agujas del reloj, que son volteretas
harto tediosas cuando no tienes tiempo ni para subirte un poco los calcetines
entre escalón y escalón. Ahora —proseguí— he dejado todo eso para vivir y
pensar, y, cuanto más observo el mundo y más pienso sobre él, más loco me
parece, todo lleno de serpentinas y desorden y galimatías y cosas feas y malas
y también gente buena que se asusta en todo ese caos de la anarquía de las
pompas de jabón.
—Ay, Alonzo
—me dijo Melquíades mientras apoyaba su tibia mano sobre mi hombro—, el mundo
no puede dejar de sorprendernos nunca porque está en su naturaleza. Cada uno ha
de ser lo que es, y el mundo no es coherente. La gente toma decisiones distintas
y los rayos caen donde menos te los esperas.
—Hablando de
rayos —dije, al ver la densa y oscura nube que dejaba ver uno de los ventanucos
de arriba—, se avecina tormenta.
Y, aunque no
lo crean, justo en ese mismo instante, hubo un fugaz destello seguido de un
ensordecedor estallido que se perpetuó aquí en mi sesera durante un rato
vestido de silbido átono. Supongo que había sido otra inesperada coincidencia.
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'P. Lavilha
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XXII
17.4.13
Capítulo XXII (Parte I).
(Que va justo después del Capítulo XXX)
Desperté con un respingo, asustado, pues pensé que un hurón
o algo estaba subiéndoseme por los pantalones, aunque seguía vestido con la
funda de la almohada y los calcetines. Estaba realmente descansado y con una
sensación aireada, como cuando te has pasado la noche soñando algo que no
recuerdas. Aún estaba oscuro y una luna en un cuarto dudoso iluminaba el suelo
bicolor de mi habitación con un pálido halo.
Eché un ojo a
mi reloj de pulsera con correa de piel de llama y me quedé estupefacto al ver
que no había pasado ni un minuto de la medianoche, ni siquiera recordaba por
qué iba ataviado con una funda de almohada, supongo que serían cosas nuestras.
Me quedé hecho
un ovillo en el colchón observando las blancas paredes en la penumbra,
adivinando las figuras que proyectaban las sombras y esos pequeños hilos que ve
la gente y que parecen flotar en algún tipo de líquido ocular alrededor de los
globos. Traté de dormir, pero me resultó imposible envuelto en todo aquel
silencio, sumiéndome finalmente en una cálida duermevela.
Respiraba
entonces bien despacio, y mis pupilas pronto compensaron la tenue oscuridad
engordándose a base de sombras. Vi que en una de las esquinas, junto al cubo
orinal, había dos enchufes sin utilizar, y pensé que no estaban mal por si
algún día los necesitaba, también que quizá me haría falta una lámpara.
Decidí ir a
buscar una, eso tal vez me despejaría el cerebro. Rebusqué en mi maleta y me
cambié de ropa. Por la ventana se vislumbraba una frágil neblina como una
charca vaporosa, así que cogí también la chaqueta. Salí al fresco y, justo al
doblar la esquina, me percaté de que no hay lamparerías abiertas en Estagira a
las dos de la madrugada, pero mis pies se habían olvidado de la dichosa lámpara
y mantenían un sordo compás, primero el izquierdo, luego el derecho y así, o al
revés, internándome en las oscuras calles ante la mirada indiferente de mi
voluntad.
El paseo
nocturno hizo que pensara en muchas cosas. Primero pensé en que de verdad es
importantísimo atarse bien los cordones, pues un tropiezo puede retorcerte el
tobillo o abrirte el cráneo. Después pensé en que los pollos no cruzan
carreteras, que ni siquiera saben qué demonios son las carreteras ni los
pollos, y si lo saben no les importa, cruzan porque tal vez quieran llegar al
otro lado. Más tarde tuve una vívida ensoñación en la que yo volaba, o por lo
menos planeaba joroschó[1] sobre
las cabezas y los coches y los bosques de chimeneas mientras todo aquello
escupía humo más o menos ponzoñoso. Un par de pasos más allá imaginé que
aquella ciudad dormida no existía en realidad, y yo no era más que una luz
diminuta en el cerebro de un tipo llamado Pablo o algo así. También pensé que
mis iniciales escritas de esta forma parecían un tipo cargando con una cruz
enorme en forma de té que me pareció gracioso ¿Os lo imagináis? Otra cosa que me ocurrió durante el paseo fue
que, de la nada, salieron no uno ni dos, sino cinco conejos o liebres o
canguros pequeños, ¡cinco! Por supuesto lo tomé como un augurio fantástico y
con una sonrisa en mi facha me dejé llevar por el ritmo de las suelas de mis
zapatos contra los desgastados adoquines de Estagira.
Caminando,
así, encontré el Teatro Mágico al nacer el día.
[1] Del nadsat: Bien, bueno.
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'P. Lavilha
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13.3.13
Pequeño cuento de Jack el ahorcado y otras vesches.
»Caminando así, descubrí el pozo al nacer el
día.
Desde el miércoles todos los días han sido miércoles. He
escuchado cinco notas como en un silbido y no han parado de sonar. Me ha
crecido el pelo y la barba, creo que es algún extraño viejo síndrome nuevo. Me
palpé entre las costillas bajo la pulpa y me pareció sentir que hay una especie
de sustancia viscosa, como un miedo antiguo o una cagalera del alma. Cantan los
domadores de autocarros en Leiria y la carretera hacia el vale do Tejo se pasa
de veras joroschó en un santiamén cuando el sol se pone rojo y triste y la
cúpula es púrpura como la vieja berenjena.
Aún sufro una misteriosa resaca, creo que desde aquel día en
que compré un par de cabezas de ajos y zanahorias y algo de tomate en rama y
después bebí vino y cerveza en una casa enterrada bajo un mar de tranquilidad
en un lado no demasiado luminoso de la luna, de hecho más oscuro que los puntos
de las fichas del dominó.
Sucedieron vesches extrañas esa noche, y yo me revolqué un
poco por los charcos y me manché los pantalones vaqueros fuera de moda. Pero no
brotó el viejo vino esa vez, solo unos pequeños rasguños.
Fue entonces cuando vi al otro Alonzo. Una suerte de yo
mismo a través de un espejo pálido que no paraba de llevarse la botella a los
labios y libar el humo gris. Otra testa más y a mí me duele la cabeza que da
vueltas como el viejo molino que rechina con los oxidados lamentos del viejo
cansancio.
No me gusta ese otro Alonzo que revuelve mis tripas y hace
que mi garganta haga goch-goch y pone los ojos de buitre en blanco mientras
eructa y se rasca la barriga.
Creo que esto se debe a los pliegues que a veces noto tras
los ojos y hay una especie de demonio vestido de traje y con sombrero que fuma
de una pipa y que está asustando a todos los animales que viven aquí arriba.
¿Y ahora qué pasa, eh?
Me asomé entonces al pozo y ahí estaba Jack el ahorcado,
colgando por el cuello de la soga que, antes de que el pozo se secara, servía
para amarrar el cubo con el que se sacaba el agua fresca. Lo reconocí por el
cogote, siempre desplumado por la parte del remolino en la que nacía una incipiente
calva.
—¿Qué haces ahí, Jack? —le grité desde el alféizar, pero no tuve
respuesta— ¡Jaaack! —volví a gritar, agitando la cuerda para que se balanceara.
Levantó Jack una pupila hacia arriba, y me vio asomado a un
disco de cielo, al menos desde su punto de vista.
—¡Alonzo! —saludó con una voz ronca—, ¿qué haces ahí arriba?
—Nada —respondí yo—, paseaba y encontré este pozo.
—¿Pozo? —preguntó Jack el ahorcado mientras intentaba mirar
alrededor—, pensé que esto era una chimenea.
—Espera un segundo, te sacaré de ahí.
Tiré durante un rato de un extremo de la soga y conseguí
sacarle del pozo. Le ayudé a sacudirse el polvo y el barro de la ropa vieja y
me di cuenta de que había crecido varios centímetros desde la última vez. Su
cuello presentaba varias marcas enrojecidas y estaba realmente estirado,
incluso parecía que, de tan largo que lo tenía, no podía sostener el peso de su
cabeza y ésta se mantenía ligeramente inclinada hacia un lado.
—Qué mal aspecto tienes, Jack —le dije.
—Es mi cuarta condena este mes —respondió con indiferencia.
—Dentro de poco tendrás el cuello tan largo que llevaras la
cabeza colgando y lo verás todo del revés —le advertí, pero no le importó, dijo
algo de que cuando has sido ahorcado tantas veces ya no sabes qué está del
revés y qué del derecho, y al final te acaba dando igual todo eso.
En el fondo del pozo, Jack el ahorcado tenía razón, y yo no
tardaría en darme cuenta de que mi propia garganta también se había ido
estirando poco a poco por no haber encontrado algunas palabras, de que a veces
también me cuesta discernir qué son pozos y qué chimeneas. ¿Y ahora qué pasa,
eh? Si cada vez que no acierto con la letra mis trazos se convierten en sogas.
6.2.13
La carta a ninguna parte.
El otro día me
ocurrió algo rarísimo, lo que es de agradecer cuando pasas una de esas extrañas
épocas en las que no pasa nada, de las que la lluvia parece no mojarte casi por
desidia y hasta los pájaros deciden dejar de cantar alegres canciones o en su lugar
tararean monótonos ritmos.
Pues eso,
decidí romper la tediosa rutina dando un paseo por el campo. No es que en el
campo pasen demasiadas cosas, pero supongo que me apetecía alejarme de los
coches y el ruido y despejar la mente un rato.
Así que, como de costumbre, el despertador empezó a sonar a las seis de la mañana, justo en ese momento en el que el sol se ha alzado lo suficiente como para asomar tímidamente por encima de las colinas que se ven por mi ventana y teñir mi cuarto con una luz de un dorado pálido. La radio se enciende entonces con los acordes de I got you babe, justo como en aquella película de Bill Murray, pero supongo que no es más que una alegre coincidencia que me ayuda a amanecer con una sonrisa.
Sería muy largo contar todo lo que vino después. El desayuno y todo eso, así que iré directo al grano:
Caminaba por el campo, aunque más bien podría decirse que aquello era un sendero en el bosque, cuando me crucé con una mujer que cargaba con un gran fardo por cuya abertura sobresalían unos cuantos sobres arrugados. Por su uniforme amarillo y azul deduje que se trataba de una cartera del servicio postal.
—¡Buenos días!
—la saludé.
—Buenos días
—dijo ella entre suspiros, agotada—, ¿sabe usted dónde se encuentra Ninguna Parte? Debo entregar una carta y me han traído aquí, llevo horas dando vueltas
perdida.
—¿Ninguna Parte? Supongo que eso puede ser
cualquier sitio ¿no? —bromeé, aunque por la desesperada expresión de la cartera
sospecho que no tuvo gracia.
Me sentí
entristecido por la situación de aquella mujer, buscando un lugar desconocido
sin tener más pruebas de su existencia que una dirección escrita en un sobre de
papel; así que, aunque mi intención era dar un sencillo paseo en la naturaleza,
me decidí a ayudarla.
—¿Sabe? —le
dije entonces —No tengo nada que hacer realmente así que… ¿Qué le parece si le
ayudo a encontrar Ninguna Parte?
—¡Oh, eres muy
amable! —Contestó ella— ¿Cómo te llamas?
—Soy Alonzo,
¿y usted?
—Me llamo
Cilene.
—Vaya, Cilene,
¡qué nombre tan bonito!
—Sí, muchas
gracias.
—Bueno, ¿Qué
le parece si buscamos Ninguna Parte?
Pasamos horas buscando aquel dichoso
sitio —incluso llegué a pensar que aquella mensajera en realidad lo que hacía
era tomarme el pelo, pero era imposible fingir esa desesperanza con tanta
veracidad—, el sudor me corría por la frente y la espalda y tenía las piernas
cansadas y los pies doloridos por la caminata, por no hablar de los insectos
que se habían estado entreteniendo echando pequeños tragos de mi sangre
dejándome los brazos llenos de picaduras.
—Ya está —dije
cuando no aguantaba más, arrojando con enojo la rama que había estado usando
como bastón—. Lo siento, pero no daré un paso más. Creo que no existe Ninguna Parte. Que te han timado,
Cilene. Llevamos aquí todo el día y no he visto más que árboles y mierdas de
ardilla, así que adiós.
Aún así, con
todo lo que le había dicho, seguí su camino con paso cansado, más que nada
porque me había perdido, y preferí buscar la ruta de regreso compartiendo la
marcha con alguien, pues había algo en los pájaros de aquel bosque que me daba
mala espina. No sé si serían esas plumas negras como la noche más oscura o
aquellos picos del color del bronce que parecían cimitarras oxidadas por la
sangre vieja y reseca.
A estas
alturas ya había perdido completamente la noción del tiempo, pero supongo que
una media hora después de aquel arrebato de desesperación dimos con un gran
lago gris que yo no recordaba haber visto en ningún mapa. Justo en la orilla
llena de fango y ranas, un tosco cartel de madera carcomida vestida de musgo
nos señaló que acabábamos de llegar a Ninguna
Parte.
—¿Esto es Ninguna Parte? —pregunté al propio
cartel—¡Aquí no hay nada más que ranas! ¿Dónde está el buzón?
—¡Ahí! —gritó
Cilene soltando la saca del correo mientras señalaba con el dedo índice un
minúsculo islote en el centro del lago en el que sólo había eso, un buzón.
—Está bien
—dije entonces con cierto alivio— ¿Cómo llegamos hasta ahí?
—Podríamos
construir una barca —respondió Cilene—, yo no sé nadar.
—Yo sí
—contesté yo—, pero la carta se mojaría. Y no tenemos ni tiempo ni herramientas
para hacer una barca.
Estuvimos
pensando un rato hasta que a Cilene se le ocurrió juntar todas las cartas que
llevaba para hacer un barco de papel.
—¿No va eso en
contra de la ley? —pregunté yo— Digo lo de abrir cartas ajenas y eso.
—Esta carta es
muy importante —respondió Cilene con determinación—, más importante que todas
las demás cartas que se hayan escrito o que estén por escribir.
—Está bien.
Así que nos
pusimos a juntar, pegar y doblar cartas de amor y propaganda y facturas hasta
que nuestro barco de papel gigante estuvo listo. De verdad, era increíble. No
tenía timón ni velas ni ninguna de esas cosas que se supone que tienen los
barcos, pero flotaba, y con un poco de suerte nos llevaría hasta el islote para
poder dejar la carta. Pero decidimos que lo más seguro sería que sólo uno de
nosotros fuese el navegante, y como Cilene era la cartera y pesaba menos que
yo, fue ella.
La vi zarpar desde el barro y aquel barco de papel surcó la inmaculada superficie del agua como si la acariciase con una dulzura que sólo saben describir los poetas. La sutil neblina que flotaba sobre el lago me impedía ver con claridad cómo introducía la carta en el buzón, pero lo vi.
Y esperé mientras Cilene volvía en nuestro barco de papel con un suave bamboleo.
—¿Y bien? —le
dije en cuanto hubo atracado frente a mí.
—¿Y bien qué?
—respondió.
—¿Qué ha
pasado?
—He entregado
la carta —contestó.
—¿Y?
—Y nada. La
carta ya está entregada. Trabajo cumplido. Muchas gracias.
—Pero…
—protesté.
—La carta ya
está entregada. Entiéndelo, es mi trabajo.
Y eso, aunque
tal vez pueda parecer increíble, fue lo que me pasó el otro día.
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'P. Lavilha
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22.12.12
Capítulo XXX (Parte V).
(...) (...) (...) (...)
Confieso que fue un sueño bastante extraño, y de hecho no es más que eso, un sueño, así son los sueños.
Corrí y corrí
mientras pensaba en que aquí en Estagira los días son largos, aunque también
son cortos —o al revés—; corrí tanto que pensé que algunas partes de mi cuerpo
se me iban quedando atrás, de reojo me pareció ver cómo mi mano derecha se
rezagaba durante unos segundos como para coger aire.
Subí cada tramo de
escalera a saltos de tres escalones, incluso de cinco y de seis, abrí la
cerradura de mi cuarto con un ágil movimiento de muñeca y desde el umbral salté
haciendo una acrobacia en el aire en la que aterricé tumbado en el colchón
vestido únicamente con la funda de la almohada —y en calcetines, pero supuse
que a esos psicopompos no les importaría—.
Me vi desde arriba,
ahí tumbado vestido con la funda de la almohada y con gaseosas zetas saliéndome
de la cabeza, aunque también vi mi cabeza, quiero decir por dentro. Era un
espacio infinito, no sé si blanco o negro. Y junto a mí estaba una figura
difusa, con una voz profunda. Daba un poco de miedo todo aquello, pero supuse
que sería uno de esos psicopompos y me tranquilicé, pues aún llevaba puesta la
funda de la almohada. Me dijo:
—Alonzo, ¿De qué
tienes miedo? —me gustó su acogedora voz.
—No lo sé.
—¿Temes morir?
—preguntó.
—Puede…
—¿Temes que todo se
acaba justo ahora que eres feliz? —volvió a preguntar.
—No lo sé, es
posible…
—Pues no tengas
miedo ahora, pues tú sobrevivirás a la misma Muerte.
Confieso que fue un sueño bastante extraño, y de hecho no es más que eso, un sueño, así son los sueños.
21.12.12
Capítulo XXX (Parte IV).
(...) (...) (...)
Y justo entonces caí en la cuenta de que el día ya se había puesto de ese tono rosa y cian, de que había estado paseando meditabundo durante todo el día. Miré rápidamente al hombrecillo y me fui corriendo a la pensión a vestirme para la noche de los psicopompos.
(...)
Desperté a la
mañana fresco como una verde lechuga. Me desperecé con alegría, pues era
miércoles y tocaba desayuno en la pensión.
El desayuno no
resultó ser más que una galleta reseca que ni siquiera era lo suficientemente
circular y un vaso de agua un poco turbia —aunque un rato después se volvió más
transparente—.
Paseé un rato,
feliz, pues lucía un día fantástico, incluso mejor que el anterior, con un par
de nubes grises, ahí en el cielo, dispuestas a refrescarnos con su lluvia y
ponerle al paisaje una diadema de arcoíris. Debo de estar volviéndome un
lunático, pensé entonces, pues hasta esa caca de perro junto a ese buzón me
parece desternillante.
De pronto oí un
estruendo y varios chirridos —o al revés—, y me apresuré a doblar la esquina
para saber qué estaba pasando.
Una gran grúa
amarilla y alta como una jirafa mecánica enarbolaba una gigantesca esfera
maciza y amenazaba con demoler unos bonitos molinos que al parecer estaban
obsoletos por el progreso y la ciudad había de devorarlos. A decir verdad,
desde mi punto de vista parecía que sus fachadas eran rostros infantiles que
lucían sendos gorros picudos con una divertida hélice que casi les tapaba la
cara y que no paraban de girar.
—¡Alto! —grité
entonces al muñeco de trapo que manejaba los controles de la jirafa mecánica—
¡No puede demolerlos! ¡No son molinos! ¡Son gigantes!
Me abalancé sobre
el operador de la grúa, que había ignorado mis advertencias a causa de los
auriculares protectores, y lo empujé fuera de la cabina, accionando accidentalmente
una de las palancas.
Hubo una sacudida y
la bola de demolición se balanceó en el aire, colisionando finalmente contra
los viejos molinos, reduciéndolos a escombros.
—¿Pero qué demonios
hace? —me gritó el operario enfurecido— ¡Podría habernos matado!
—Lo siento —dije
yo.
Y me alejé
cabizbajo mientras me sacudía el polvo de la camisa y tropezaba con las ruinas
de piedra y madera.
No estoy muy seguro
de qué me pasó en ese momento. Otra vez me sentía triste. Deambulé por las
calles, pensativo, y no encontré esta vez ningún entretenimiento que me
devolviera la sonrisa. Al menos durante un rato, pues en un momento dado, vi a
un tipo vestido únicamente con la funda de una almohada.
—¿Qué haces así
vestido? —me dijo el hombrecillo con una mueca de sorpresa.
—Voy normal
—contesté yo.
—¿Normal? ¿Pero tú
sabes qué día es hoy? —preguntó, cada vez más sorprendido.
—Hoy es…
¿miércoles?
—¡Idiota! —exclamó—
¡Hoy es la noche de los psicopompos! ¡Debes vestirte con la funda de tu
almohada y haberte dormido antes de que caiga el sol! ¿De verdad no lo sabías?
—Soy nuevo aquí.
—¡Pues date prisa
en ponerte tu funda de almohada! Está a punto de anochecer!
—¿Pero qué dice?
—empecé a decir yo— ¡Pero si aún no es ni la hora de comer!
Y justo entonces caí en la cuenta de que el día ya se había puesto de ese tono rosa y cian, de que había estado paseando meditabundo durante todo el día. Miré rápidamente al hombrecillo y me fui corriendo a la pensión a vestirme para la noche de los psicopompos.
(...)
20.12.12
Capítulo XXX (Parte III).
(...) (...)
Leí en braille las
luces de los edificios en la noche y disfruté de cada paso, ora a la sombra ora
a la luz —según cada farola—. Subí tranquilamente las escaleras cuyos crujidos
ahora parecían más bien susurros, y me recosté en el colchón.
No tardé en ver
zetas de colores flotando sobre mí. Salían como un tenue vapor de mi sesera,
para crecer y seguidamente diluirse en la pálida luz de la luna que entraba por
la ventana.
Soñé que era
completamente cóncavo, como si todo el Universo se hubiera vuelto entero del
revés, como si yo fuera el centro del mismo. Me gusta llamarlo antivolumen, y podría explicarlo, de
veras, pero recuerda que ahora estoy dormido y tal vez sólo sea un sueño. No sé
hasta qué punto.
Después soñé que
estaba dentro de una gran carpa de circo pintada a rallas rojas y azules con
manchas púrpuras que parecían huellas de pies. Todo aquello era un caos de osos
disfrazados bailando sobre pelotas inmensas, payasos haciendo monerías, monos
haciendo payasadas, malabaristas, funambulistas y demás personajes circenses.
El bullicio era atronador, y como era un sueño y en verdad no sabía qué hacía
ahí, le pregunté a un bufón que estaba cerca de mí que qué diantres estaba
pasando. Pensé que no me había oído, pues yo mismo había escuchado mi voz algo
extraña, pero pronto me miró y me dijo:
—El hombre de mimbre, que sólo se alimenta de
membrillo, vive con miedo a moverse por si quiebra.
—¿Cómo? —grité yo,
casi sin oír mi propia voz.
—Siempre abre el libro y vibra si suena algún
timbre —me pareció entender.
—¡No le entiendo! —grité entonces.
—Pues así nunca será del todo libre, el
hombre de mimbre.
—¡Que no le entiendo! —volví a gritar.
—¿Es el calvo un esclavo? ¿O sólo un clavo en
un establo? —preguntó, o eso creo.
19.12.12
Capítulo XXX (Parte II).
(...)
Tal vez hubiera podido ayudarle algo más, aunque fuera hacerle compañía. Lo cierto es que últimamente no me comprendo, así que me dirigí de vuelta a mi habitación, mientras un sol rosa o cian se ponía el horizonte.
(...)
Me desperté con
dolor de cabeza y la lengua pastosa, aún algo mareado, me levanté para abrir la
ventana, y cuando la fresca brisa inundó el cuarto limpiándome los pulmones y
despertándome, me di cuenta de que tras de mí había dejado unas huellas
moradas. —¡Igual da! —solté en una carcajada.
Y agarré mis
zapatos y mis calcetines y bajé corriendo las escaleras para ir a dar un paseo,
feliz por fin, feliz de estar vivo y de vivir sobre un suelo que he pintado con
mis propias manos.
Hacía una tarde
realmente maravillosa, aunque quizás la perciba ahora así por la gran alegría
que se agita en mi estómago como un pez en una pecera. Nunca había apreciado la
belleza de un cielo cubierto de un manto de marfil y motas de cielo abierto
aquí y allá, tampoco había caminado nunca porque sí, así, sin destino. Aunque,
ahora que lo pienso, en la vida que llevaba antes tan sólo creía caminar a un
destino, pues en verdad iba desnudo y a ciegas por un camino de resbaladizo
cristal.
—Esta alegría habrá
que celebrarla —pensé.
Y enfilé hacia el
primer tugurio que encontré. Era un sitio pequeño, con aspecto de servir comida
rápida y copas, también un expositor lleno de helado. Detrás de la barra estaba
un tipo moreno, tal vez indio —pero no indio americano, indio de la India—, que
tenía un bigote que le tapaba toda la boca, incluso pensé que carecía de ella,
porque enseguida me atendió una bonita camarera con la cara oculta por una
densa capa de maquillaje y la cintura de avispa.
—¡Buenas tardes!
—saludó con una estridente voz mientras mascaba chicle— ¿Va a comer o sólo
quiere tomar whisky de castaña?
—¡Hola! —respondí—
Pues lo cierto es que tengo algo de hambre, ¿Qué tienen, aparte de helado?
—Pues hoy tenemos
caviar de beluga.
—¿Pero qué dice?
—pregunté extrañado— Las belugas son mamíferos, no ponen huevas —aclaré.
—Éstas sí —contestó
mascando chicle.
—Muy bien —dije
entonces—, pues tomaré eso.
—¿Para beber?
—mascando chicle.
—¿Qué tienen que no
sea whisky de castaña?
—Aquí solo servimos
whisky de castaña —mascando chicle.
—Muy bien, pues
tomaré eso.
—Marchando —hizo
una gran pompa y fue a llevarle la nota al cocinero con bigote y sin boca.
Aquel plato
presentaba un aspecto confuso, asqueroso y apetitoso al mismo tiempo, una
especie de pasta color perla, densa y grumosa. Cogí una buena cucharada y me la
tragué sin respirar, aquello me dejó un sabor delicioso en la boca, pero unas
insoportables ganas de vomitar.
—¡Beba ahora el
whisky de castaña, rápido! —me gritó entusiasmada la camarera de cintura de
avispa mientras el chicle bailaba entre sus mandíbulas de carmín.
Agarré el vaso y le
pegué dos tragos, e inmediatamente las náuseas cesaron, dejándome el mismo
sabor, pero con un toque dulzón bastante agradable.
Repetí el proceso
hasta que el plato se hubo terminado y, aunque estaba bien satisfecho, me pedí
una tarrina de helado de mantequilla.
Después de pagar
las cinco dracmas por el almuerzo, salí del diminuto restaurante con una
sonrisa mientras saboreaba mi helado. Tan alegremente iba, que sin querer me
topé con un hombre de hojalata. A decir verdad no estoy muy seguro de si se
trataba de un hombre de hojalata o un hombre normal, porque pensando en mi
percepción de las cosas no sé si es que tengo poderes o me estoy volviendo
majareta.
El caso es que me
disculpé de aquel hombre de hojalata, pues parecía muy asustado por el
incidente, tan nervioso lo vi, que le propuse invitarle a una copa.
—De-de acuerdo
—tartamudeó él con una voz metálica—, ju-justo ahora iba a-al bar de Ot-tón.
Otón.
—Perfecto —respondí
lleno de entusiasmo—, pues allá entonces.
Caminamos un par de
manzanas, repito que no estoy seguro de si era realmente un hombre de hojalata,
pero juraría que se escuchaba un ruido de engranajes a cada paso que daba.
El bar de ese tal
Otón era lo más parecido a una madriguera que había visto nunca —si bien nunca
he estado en ninguna—, incluso me pareció que las paredes eran terrosas y que
en algunos sitios surgían fuertes raíces que se dirigían hacia abajo. Otón era
un hombre gordo y de tez oscura, con ojos pequeños, parecido a un topo. Llevaba
una camiseta de tirantes blanca muy sucia, y su mirada no reflejaba más que
cansancio y tristeza. Los anaqueles estaban repletos de decenas de garrafas de
barro con tres grandes equis negras pintadas, de las que Otón nos sirvió sendos
vasos de un líquido negro y algo espeso.
—¿Qué es esto que
vamos a tomar? —pregunté, inquieto, a mi compañero de hojalata.
—Bi-bilis negra
—respondió en un chasquido.
Olisqueé un poco
aquel brebaje y el olor a hojas resecas me apenó. Olía a toda la tristeza de
Otón y del hombre de hojalata, olía a todo lo que añoran, y a todo por lo que
suspiran. Dejé otra vez el vaso sobre la barra.
—¿Sabes? —le dije
al hombre de hojalata— Acabo de recordar que tengo prisa, puedes tomarte mi
bilis si quieres. Disculpa por el choque. Adiós.
Tal vez hubiera podido ayudarle algo más, aunque fuera hacerle compañía. Lo cierto es que últimamente no me comprendo, así que me dirigí de vuelta a mi habitación, mientras un sol rosa o cian se ponía el horizonte.
(...)
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'P. Lavilha
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XXX
18.12.12
Capítulo XXX (Parte I).
El
sueño de la razón produce monstruos, o algo así se llamaba un viejo grabado
que vi una vez en un libro. En él una oscura bandada de murciélagos y lechuzas
atormentaba a un pobre hombre que se había desplomado, abatido, sobre su
escritorio. Es curioso cómo en un dibujo puede caber tanto terror y cansancio,
aunque no es nada comparado con lo que puede albergar la mente humana, con todos
los tormentos a los que puede ser sometida. Siempre he creído que el Universo
no puede estar formado únicamente por miedo y penurias, que ha de haber algo
bueno, simplemente por aquello de las energías opuestas que mantienen cierto
equilibrio —aunque tampoco estoy muy seguro de esto último—. Por eso, el día
que recordé aquel grabado, decidí dejar de ser aquel tipo compungido que
esconde su afligida cabeza de los monstruos del mundo, y empezar a mirar
alrededor. —Todo está en mi cabeza —pensé—, estos engendros alados no pretenden
más que asustarme, no pueden hacerme ningún daño. Y si pueden, bien vale la
pena intentar ver qué hay más allá de mi escritorio.
Decidí, pues, cambiar de aires. Dejé un aburrido trabajo en
la gran ciudad, me despedí de las pocas personas que sabían mi nombre, vendí mi
destartalado piso —televisión incluida— y me mudé a donde decidió una moneda
lanzada sobre un mapa. Y esa es la historia de mi vida, o al menos hasta ahora.
No tengo que añadir nada más que lo que está por acontecer.
Subí por la escalera tras el gordo sudoroso que a partir de
ahora sería mi casero, que me conducía a mi nueva habitación. Era un viejo y
estrecho edificio de tres plantas —en la tercera estaba mi cuarto— situado en
una bonita calle del centro de Estagira —ese es el nombre de la ciudad— llena
de árboles y con poco tráfico. Todo olía a viejo, una mezcla entre polvo y
naftalina, algo desconcertante, ya que las cortinas estaban casi totalmente
roídas por las polillas.
—Está bien, señor
Testa —dijo el gordo y sudoroso casero, fatigado por la subida—. Este es su
cuarto. Puede amueblarlo si quiere. Recuerde que son veintiuna dracmas a la
semana, por adelantado. Servimos desayunos sólo los miércoles y si necesita una
toalla serán dos dracmas más. No tenemos servicio, así que podrá usar ese cubo
de ahí para aguas menores.
—¿Y para las
mayores? —interrumpí yo.
—Puede ir al bar de
al lado, si quiere.
—Oh, está bien.
—Si me necesita estaré
abajo.
Le mostré mi
agradecimiento con una sonrisa y una leve reverencia y cogí la llave que me
ofreció, tras lo cual se dio la vuelta y volvió a bajar por la escalera, que se
quejaba con unos crujidos lastimeros. Incluso me pareció oír una voz de madera
blasfemando.
Me planté entonces
frente a mi nuevo hogar. No era nada del otro mundo, un cuarto diáfano con el
suelo de tablas de madera pintadas de blanco y las paredes de cal un poco
desconchadas. Tenía una ventana con los cristales sucios y las cortinas
carcomidas, pero era bastante amplia y entraba mucha luz, incluso tenía un
alféizar de ladrillo en el que podría poner un par de plantas. Justo en el
centro de la habitación estaba el polvoriento colchón que, junto al cubo de
plástico del rincón, era el único mueble de la estancia.
Pensé que a esa
habitación lo que le hacía falta era una mano de pintura, así que fui a la
planta baja y le pedí al gordo y sudoroso casero algunos botes. Dio la
casualidad de que le quedaba un poco de rojo y un poco de azul, y me parecieron
dos buenos colores para dar alegría al suelo.
Dejé mi chaqueta y
mis zapatos y mis calcetines sobre el colchón, junto a la maleta, y me
arremangué la camisa y los pantalones. Coloreé concienzudamente cada fila de
tablas de madera del suelo de un color, lo que hacía que pareciese una gran
lona de carpa circense puesta de alfombra. No tardé en darme cuenta de que
había naufragado en una pequeña isla —que era el colchón—en un inmenso océano
de pintura húmeda, y para colmo la puerta y la ventana estaban cerradas.
Pronto me sentí
algo sofocado y mareado. Las paredes parecían poder acercarse y alejarse a la
vez y me notaba adormecido. Pensé en que mis huellas púrpuras afearían el suelo
—con lo bien que había quedado—, y además no quedaba más pintura para arreglar
el estropicio. Me atusé el pelo y la barba como pensando, pero mi mente
divagaba como hechizada por un flautista de leotardos rallados escondido, tal
vez en aquel cubo. Me acurruqué entonces en el sorprendentemente cómodo colchón y
me quedé completamente dormido, sabiendo que cuando despertara la pintura ya
estaría seca.
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'P. Lavilha
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