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9.5.18

Ejercicios de Estilo: Breve.



Hoy sucedió que iba en bus, para ver a mi tío, y un tipo estornudó y se le salió un ojo. Después, cuando llegué a donde mi tío, descubrí no más que un hoyo. Eso hoy. Y ya.


26.2.17

Ejercicios de Estilo: Pimiento, serrucho, imán.

                Los autobuses de mi ciudad son de un verde pimiento y además huelen a rancio y, con los adoquines, traquetean de lo lindo y uno piensa que todo el fuselaje está a medio giro de tuerca para venirse abajo y desperdigar a la tripulación por los arcenes, aún con los cascos puestos. A mí me gusta todo ese jaleo y mirar por la ventana; además, si uno está atento, cuando el semáforo se enciende rojo y el bus se detiene, casi puede escuchar cómo se coordinan los susurros de los auriculares en una sintonía como de hormiguero.

                Un día viajaba yo. Más que de pie, iba colgando de la manija y balanceándome por inercia en cada curva. Pensaba en todo esto y en los gobios, los atunes, las percas, en cómo sería ser muil, pez globo o incluso ese tiburón que tiene el hocico como un serrucho. Ya quedaba poco para mi parada, cuando el tipo de enfrente, sin saludarme siquiera, estornuda como jamás he visto a nadie y se le salta un ojo. Qué asco. Aquella bola ocular desorbitada era como un imán para mis pupilas y no pude evitar mirar, petrificado, sin saber qué puñetas hacer. Entonces el tipo se tiró de cabeza por la ventana y nadie se hubiera dado cuenta si no llega a ser por el frío de tardo otoño que penetró en el vehículo en ese instante.

                Más tarde, a eso de las nueve, regresé a la casa de mi viejo y loco tío abuelo, donde me hospedaba, y no encontré más que un socavón insondable en medio de la acera.



15.10.15

Está silbando la cafetera.

Está silbando la cafetera. Nahuel dormita en el sofá sobre un manto azul impregnado de elefantes. La estantería yace tranquila. Aquella bombilla descansa. Renton ronca en silencio en su cuarto envuelto en cables y mi pieza aguarda vacía a que alguno como yo vaya y la duerma. Es de noche, cualquier día, tal vez miércoles.

Se enciende una bengala. Respira. Soplan las torres del momento en la penumbra y se percibe un murmullo, un leve murmullo. Como el hueco  vacío y sordo que dejaran aquellas maletas tuyas en el polvo y todos los cachivaches y mamotretos que olvidaste. Como aquellas huellas que dejamos y que nunca volvimos a pisar. Como aquel qué, como este silencio.


Me olvido y vuelvo a empezar. Necesitamos, lo primero, una buena excusa. Después confiar en una aguda improvisación e ir desarrollando la estratagema bien poquito a poco. Sin precipitarse. Es importante llevar un buen corte del pelo  e ir debidamente aseado y afeitado. No problemo. 

Comienzo, pues, esperando el autobús. Está silbando la cafetera. Suelto chapas relucientes y me devuelven un papel grasiento. Ahora viajo.

Añoro las aves en el portaequipajes y los ceniceros colmados y las cintas de velcro en lugar de complejos cordones. Añoro los polos de Popeye y el no saber qué comió aquél ayer. Añoro guiñar un ojo y que al abrirlo aparezcas tú con un paisaje cualquiera y que seas tú. Y hasta aquí.


Cara B. No te encuentro. No me encuentro. Descansas bajo mi pupila aun cuando no te sueño y lo demás no es más que atmósfera. Pero a mí me arrolló la corriente y ya no sé ni a quién le escribo, reflejado en la luna reflejada en un charco.

Me apeo en la siguiente, lo prometo. Y pasa la estación, pasa la vida, pasan los letreros, los malos recuerdos, la buena onda, los viejos remordimientos, los reproches astillados. Esa flor brillaba, hoy es tarde, no la has visto. Cómo se va. ¿Cómo te va? Parada en curva, no se tropiece.

Es de noche. La luz de los faroles se esparce naranja por el asfalto. La basura retoza en su rincón y las sirenas cantan a unas manzanas con la garganta partida y suero y ruido de motor. La hora afilada en Metrópolis sin sombrilla ni chaleco: un desastre.

Aquí tengo que empalmar y el jodido bus no llega. Tengo dedos de mimbre y los monchis me hablan en otomano con queso de cabra y maldita sea la hora en la que me veo yo, aquí, otra vez.

Y pensé que sabría evitar la vieja claustrofobia cuando me encontrara en esas, pero entonces apareces, ahí, justo entre el lado de acá y lo de fuera, con los brazos extendidos, ay, y después de tanto tiempo, y estamos distintos y es lo mismo y ya me distraje otra vez, quién es tú, dónde estás yo.


Me olvido y vuelvo a empezar.

Es de noche. Está silbando la cafetera. Suelto chapas relucientes y me devuelven un papel grasiento. Ahora viajo. Por la ventanilla me veo a mí, refractado, y detrás los coches en estampida, las alcantarillas, los destellos de los semáforos. Me apeo en la siguiente, lo prometo. Hace calor y me sobra esta chaqueta y es de noche y ya no llego.

Y luego estás tú, cualquier día, y esa luna, y nada más.



14.5.15

Trilogía de la caca (II).

         Me até la uña en cabestrillo y me acerqué a la tasca para charlar con Policarpo el fructífero bajo las torres del momento. De camino miré a los viejos mirando los escaparates de los gimnasios donde muñecos hinchables vibraban con los electrodos aplicados en sus culos y sudaban sus sobacos, el polen me hizo estornudar y los ojos se me enrojecieron; y para cuando conseguí llegar al Diapasón, los mocos me colgaban de la barbilla y sorbía como un tapir rozando el vómito. —No quiero esta noche la botella blanca —balbucí al entrar—, dadme la botella negra de la ceguera—. Poli descorchó un litro del desasosiego y colmó dos vasos sobre la barra. A mi lado dormitaba un anciano llamado O’Mbl que además tenía la barba sucia de vino, y en la única mesa dos carcamales se repartían las fichas del dominó con palillos entre los dientes.

         —Si vieras a mi sobrino —decía uno de ellos—, el muy inútil… El otro día vino a casa mi hermana a traerme la comida, ya sabes, y me cuenta que su hijo, Marco, siempre va con la paranoia de que se ha cagado encima, o que no se ha limpiado bien el culo y lleva todo lleno de mierda. El tío viaja en el metro con la angustia de que la gente puede oler la peste y que saben que es él el que la lleva encima. Y siempre va pálido por ahí y con el viejo sudor frío por la espalda.
         —¡Qué me dices! —dice el otro.
         —Te lo digo. Y resulta que hacía tiempo que había olvidado ese asunto y solía ir más relajado cuando, la otra noche, sentado esperando el bus, sintió cómo una gota de meado serpenteaba por su uretra y se asomaba por el orificio. Se encogió de súbito, así, apretando los muslos, preguntándose de dónde carajo habría salido aquella gota, si no tenía ganas de mear. Miró alrededor, buscando sin éxito algo que le distrajera y le hiciera olvidar el dorado torrente que amenazaba con empapar su dignidad, ahogándole en la más profunda de las vergüenzas: Mearse encima.
         —Estás hecho todo un poeta.
         —Son estos tragos, que me divierten. En fin, llega el autobús, Marco se sube, y enseguida percibe las miradas clavándosele por los costados; vuelven los sudores, se pone a temblar. Lanza furtivos vistazos a las perneras de sus pantalones para cerciorarse de que no hay un charco bajo sus pies. No lo hay, y respira. Pero enseguida vuelve a mirar de reojo y palpa disimuladamente su pene intentando averiguar qué le está pasando.
         —¿Y qué le pasó al final?
         —A eso voy; el muy mamarracho se empieza a marear y se baja en la siguiente parada. Está como a tres cuartos de hora de su casa y a esas horas ya no tiene cómo regresar más que a pie. De repente, le da una punzada en el estómago que le llega hasta el ojete y salpica su calzoncillo con la pasta caliente y húmeda y se echa a llorar ahí mismo.
         —Joder, sólo faltaba que le lloviera.
         —También llovía. Y se había tumbado en un charco de meados.
         —¡Vaya nochecita!
         —Si yo te contara…

Roland Topor

16.3.15

La puta picardía

         (...)

         Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.

         Las horas pasan realmente despacio en un autobús nocturno, créeme. El único paisaje que se ofrece es un negro sólido, y si tienes suerte quizás puedas ver las estrellas, pero vamos, que eso termina aburriéndote en poco rato. Esta vez me tocó asiento de pasillo, y eso dificulta de veras el encontrar una postura decente, no digamos ya cómoda.

         Una de las cosas que más me repatean de los autobuses es toda esa gente que reclina el respaldo de su asiento sin ni siquiera preguntar. En serio, si el tío que va delante me dice: Oye, ¿te importa que me eche un poco para atrás?, yo le digo: Claro, por supuesto. Y ya está. Pero cuando lo hacen sin pedir permiso, mama. Entonces sí que me toca los cojones.

         Ayer mismo me tocó una señora mayor. Ya había inclinado un poco su asiento cuando yo llegué, pero no me importó. Yo qué sé, se la veía bien entrada en años, y yo, siendo un niño, podía permitirme cederle unos centímetros de mi espacio vital de alquiler, digo yo.

         Lo de siempre, siete horas de trayecto, demasiado despierto para dormir, demasiado dormido para estar despierto; el coco cavila. Pronto uno descubre que no sólo una única mente habita su cráneo, y que si se queda lo suficientemente quieto y está atento, puede percibir cómo estos pedazos de la propia personalidad dialogan entre sí, a veces con halagos, a veces con insultos.

         Y mientras tanto, 6:33… 6:33… ¿6:31?

         Parece que no llegas nunca y te da la sensación de que cuando vuelvas a hablar con alguien no vas a ser capaz de reconocer tu propia voz. Yo pensaba en todo esto cuando la jodida vieja decidió que la inclinación de su respaldo no era del todo satisfactoria y, sin más miramientos, alargó una arrugada y decrépita garra y tiró de la palanca hacia atrás, así.

         Y yo, claro, flipando. ¿Qué le digo? “Señora, le importaría volver a poner el asiento como estaba?” Yo qué sé, no quedaba nada para llegar a la estación y la gente me vería como un cascarrabias así que resoplé hiperbólicamente para manifestar mi descontento, pero la vieja pasando.

         Hinqué las rodillas en el ínfimo hueco como buenamente pude y entonces se me ocurrió darle empujones para ver si le daba por inmutarse, pero una vocecilla aquí arriba me dijo que eso estaba feo, que yo no era así. Esa clase de persona. Ya sabes cómo soy yo, joder. De todas formas aproveché un bache en la carretera y aumenté sus efectos con un impulso de las rótulas. Seguí haciendo esto el resto del camino con una sonrisa maligna dibujada en la cara, sabiendo que nadie, ni siquiera la vieja cabrona, se daría cuenta de lo que estaba maquinando. Me sentí bien entonces, joder, me sentí de puta madre haciendo justicia con un castigo tan sutil. Me dolían las rodillas, pero yo seguí dándole caña hasta que llegamos a la estación.

         Me apeé victorioso con mi cara de júbilo y nadie sospechaba nada con tales legañas en los ojos. Cogí la mochila y me fui directo al metro. Y entonces pensé en que yo siempre me he considerado buena gente, al menos un tipo amable por la calle, el típico que te sujeta la puerta y deja salir antes de entrar, el típico tipo amable. Amable e invisible. Y esta vez, siendo un capullo, me he sentido. Así, sin más. Me he sentido. He sentido que existo. Que estoy.

         Y no sabes cuánto me jode haber llegado a esto. La puta picardía de que si la gente ahí fuera es mala, entonces voy a ser el más cabrón. Odio eso. Odio eso. Odio que parezca que el mundo sólo puede girar así.

       (…)

8.9.12

El atardecer bermelho de Nazaré.


         (…) Y ahora me veo en Nazaré, Portugal, disfrutando de quizá el mejor atardecer de mi vida en el paseo marítimo con el sol alto y bermelho y una Super Bock bien fría. Ayer cogí el autobús de cinco horas y media Oviedo – Madrid con un chófer despreocupado y tan sólo una mochila con algo de ropa y mi pequeño saco de tela de paracaídas heredado. Cogí el tren de Méndez Álvaro a Villalba, donde me recogerían Angélica y Tania con un Fiat Punto tatuado con “Las judías que riegas son las judías que crecen” lleno de aparejos de acampada y el perro Cosmos y la perra Wanda. Pensaba que me llevarían a Segovia para salir al día siguiente hacia mi obrigada Lisboa, pero cuál es mi sorpresa cuando ponemos rumbo oeste con destino Leiria. —Las carreteras hacia la Libertad Absoluta siempre van hacia el Oeste.

         Nos detuvimos pasadas unas horas, en algún lugar de la provincia de Toledo, salimos de la carretera y montamos la tienda en un descampado reseco, con una luna casi plena que nos bañaba en una irreal luz azul onírico. Juntamos palos secos y rastrojos y encendimos una pequeña hoguera donde calentamos pan blanco con aceite y unas rodajas de tomate. Angélica se acostó pronto, y Tania y yo charlamos y contamos estrellas que parpadeaban en guiños de plata tan lejanos. Hablamos también de nuestros náufragos y de nuestros principitos. No dormí demasiado en el duro suelo, nervioso por los pasos de los fantasmas que hacían crepitar la hierba seca.

         Amanecimos temprano y repetimos el menú de anoche para ponernos enseguida en marcha, no sin antes ser descubiertos por un paisano con mono azul de trabajo advirtiéndonos de que habíamos acampado en reserva natural.

         Y el día transcurrió en la carretera, eufórico como sólo se está cuando uno se desplaza sin saber a dónde va a ir a parar, justo como un canto rodado, cruzando la provincia de Cáceres con escala en Moraleja, y a lo ancho de Portugal pasando por Fátima hasta este cielo púrpura que hace que el Atlántico se sonroje.


                   —Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacito, parece que sentimos toda la Tierra rodar.

22.3.10

¿Qué fue del cagador?

Hoy hace exactamente 3 años que tomé esta foto en un área de descanso en Francia, camino de Carcassonne. Recuerdo el árido paisaje, y que en cuanto mis compañeros de clase y yo bajamos del autobús comenzó a nevar... primer día de viaje de estudios, primera parada... todo perfecto.

Perfecto hasta que encontraron esa suma cagada en uno de los váteres de "a pulso". Las primeras reacciones fueron de asco, bien las recuerdo... las mías no. Mi alocada mente juvenil de 16 años encontró esa obra mejor que cualquier otra cosa que lo que nos ofrecía esa parada... y allí mismo eché la foto con mi móvil, la cual permaneció en dicho teléfono hasta ahora, momento en el que decido compartirla con el mundo.

Pero lo realmente interesante de una foto como ésta son las incógnitas que presenta, como un buen crimen de serie de televisión.

Se puede deducir que los restos hallados son de una persona que llevaba horas conduciendo con la tripa a punto de reventar, y que al llegar con prisas al servicio sólo tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para que la gran bolsa fecal hiciese explosión, errando el objetivo, el agujero de desagüe, por lo que se observan salpicaduras de alta velocidad en el perímetro de la zona de impacto, además de pequeñas gotas gravitacionales que indican que aquello realmente era una diarrea de las cojonudas.

El sujeto fue privado de honor y dignidad al no contar con no más de un paquete de pañuelos de papel rosas, dependiendo la cantidad de estos de si seguiría su camino fresco, limpio, seguro y aliviado o con el culo encharcado (o como dice Evandro, ano-nadado).

Una pregunta curiosa que me surge ahora tres años después es... ¿qué habra sido de este sujeto? La idea de que las mujeres sencillamente no cagan nos lleva a pensar que es un hombre pero, ¿y si no es un hombre? ¿Me habré cruzado alguna vez con él/ella por la calle? ¿Habrá muerto?

¿Qué fue del cagador?

9.12.09

Súpervagabundo.

No deja de impresionarme la asombrosa historia de Christopher McCandless, o como se llamó a sí mismo, Alexander Supertramp (Súpervagabundo), que viajó por la Costa Oeste de los Estados Unidos y parte de México a principios de los 90 para alejarse de la sociedad  y ser realmente feliz.
En 2007, Sean Penn escribió y dirigió una película basada en el libro de mismo nombre que Jon Krakauer había escrito en 1996 sobre las aventuras de McCandless, Hacia rutas salvajes, que fue protagonizada por Emile Hirsch.
Dos años en esta tierra. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas... sin cigarrillos. La Libertad suprema.
Es un extremista, un viajero estético, cuyo hogar es el camino, y ahora, después de dos largos años vagando llega la gran aventura, la batalla definitiva para matar al ser falso interior y salir victorioso de la Revolución espiritual.
Para evitar que la civilización le intoxique decide huir, y adentrarse solo en estos parajes, perdido en la naturaleza salvaje.
Alexander Supertramp, Mayo de 1992
Es lo que escribió McCandless en el Autobús Mágico, en Alaska, donde finalmente moriría de inanición en Agosto de 1992.