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21.4.20

Redrum.


Nada más entrar en el hotel te encuentras un cartel con unas letras grandes que pone: «Prohibido correr por los pasillos». Por esa misma razón los huéspedes que llevan prisa utilizan el triciclo portátil como principal medio de locomoción. Otra cosa muy distinta es orientarse por el laberíntico entramado del mismo hotel, y es que circular en un zigzag básico le puede llevar a uno al propio punto de partida, mientras que avanzar en competente línea recta asegura el estamparse de morros contra la pared del fondo sin remedio. A este efecto se le conoce como “Paradoja del entredédalo”, y desemboca en una patente incapacidad para llegar a donde se pretende de una sola pieza y sin hallar obstáculos ni vicisitudes durante el tránsito. Veamos un ejemplo: Alguien intenta llegar del punto A al punto B en un tiempo determinado, digamos un rato estándar, y sin pasar por delante de la habitación doscientos treinta y pico porque el bedel, que de esto entiende, recomienda que uno ni se acerque; pues bien, el sujeto en cuestión practicará un recorrido a la deriva (véase joroschó #0) en el que ejecutará giros al azar y movimientos brownoideos sobre una moqueta estrafalaria que lo llevarán sin remedio a toparse con algo no contemplado en el itinerario previsto, ya sea una pareja de mellizas muertas a machetazos que le invitan a uno a jugar, una infame bacanal de personas disfrazadas de alimañas, o cualquier otra incidencia terrorífica y desagradable que haga que olvidemos la intención primera de llegar al punto B y queramos, en cambio, volver a nuestro cuarto a llorar abrazados a la almohada, no sin antes pasar, por supuesto, por la mismísima habitación doscientos treinta y pico que, de todas formas, estará bien cerrada con llave para alimentar la curiosidad, que se torna mórbida, y dejarla insatisfecha por necesidad. Esta situación hipotenúsica se puede extrapolar a multitud de escenarios y contextos, incluso a casi todas las situaciones a las que nos enfrentamos en el día-noche-día-noche de cada vida, lo que viene siendo el samsara cotidiano que nos mata de risa, y deriva, matemáticamente hablando, en lo que humildemente denominamos como «redrum»; término que podríamos traducir como la categórica necesidad de matar, mutilar, o al menos, herir de gravedad, a cuanto se nos ponga por delante en nuestro afán de alcanzar ese codiciado punto B, a veces llamado meta, que, por descontado, jamás alcanzaremos. 

editorial para JOROSCHÓ #4: REDRUM


17.4.20

La deriva.


deriva no es paseo. concepto. es una deriva. definida por. definida para. en francés. significa. guy debord. técnica de tránsito. situacionista. fugaz. a través de. en francés. dérive. caminar. vagar. dirección no. entramado urbano. rumbo no. atmósferas. destino no. romper estructuras. deriva no es paseo. pensamientos porosos. quiero decir brillantes. quiero decir receptivas. quiero decir inquietas. desgastadas no. desgastadas las suelas. adoquines. dobla la esquina. cemento. paso de cebra. mierda de perro. deambular con las orejas. deambular con las narices. media vuelta. deambular con las orejas. deriva no es paseo. deambular con los ojos. parpadeo. los ojos. pasan. cambian. los ojos. las páginas. deriva no es paseo.



editorial para JOROSCHÓ #0: LA DERIVA

26.1.20

Una de piratas.

ilustración: Rubén Padrón


A mediados de abril de 1691, el buque La Chalagne zarpó del puerto de Marsella rumbo a las Indias Orientales bajo el mando del capitán Connard, cuya misión era introducir en el mercado mogol la devoción por los quesos franceses, para después regresar con copiosos cargamentos de seda sedosa y calicó y, ya puestos, un buen puñado de esclavos. Además, se pretendía llevar a cabo el ambicioso cometido de establecer una ruta comercial más rápida atravesando el canal de Suez, el cual, por aquel entonces, no estaba aún construido y se le decía Suez a secas, literalmente.

Tras una calmosa y más bien aburrida travesía por el Mediterráneo, con escala en Palermo para aprovisionarse de vino, La Chalagne arribó a la costa norte de Egipto y atracó en el lago Bardarwil. El objetivo era varar el navío en aquella ensenada, sacarlo a tierra mediante un intrincado sistema de poleas de lo más complicado, auparlo sobre unos troncos que hicieran de fulcros rodantes, y así desplazarlo con discutible facilidad a través de las arenas del Sinaí hasta alcanzar el mar Rojo. Pero tuvieron problemas a la hora de negociar el salvoconducto con el sultán otomano, un tal Suleimán palito-palito, que les exigió el pago de doce pipas de vino, justo lo que llevaban consigo, ni más, ni menos. Connard asumió la cuota a regañadientes, temeroso de enfrentarse a semejante empresa por el desierto sin gota de alcohol, pero sobre todo por el riesgo de un amotinamiento de la tripulación perfectamente justificable.

El trayecto por Suez a secas fue de lo más fatigoso y abstemio. Sucedió una trifulca provocada por una discusión entre dos oficiales acerca de si las bestias jorobadas que les salían al paso tratábanse de camellos o más bien de dromedarios, con resultado de varios muertos por apuñalamiento. Además, habían olvidado en Marsella el protector solar y sufrieron numerosas bajas añadidas, a causa de las quemaduras y los inevitables síndromes de abstinencia.

Finalmente, alcanzaron el mar Rojo (que resultó ser, para decepción de todos, azul) en un glorioso catorce de mayo, pero, por desgracia, descuidaron comprobar el estado de la quilla, desgastada por la fricción con los troncos, y La Chalagne se fue a pique sin remedio nada más ser rebotada al agua, dejando únicamente un par de supervivientes cuya historia, a partir de aquí, es la que nos ocupa.

Pier y Fransuá, grumetes de poca monta y nada instruidos, sobrevivieron por pura casualidad al encontrarse sesteando en la cofa en el momento del naufragio, con tal fortuna que ésta fue la única pieza de La Chalagne que se mantuvo a flote. Despertaron una semana después, navegando a la deriva, ya cercanos a Bab el-Mandeb, en compañía de un balón de playa Nivea que resultó no ser para nada locuaz.

“¿Falta mucho?”, preguntó Pier. “Te he dicho ya mil veces que sí”, respondió Fransuá, mientras redactaba una epístola a su madre querida. “Joder, me muero de hambre”, dijo entonces Pier, “¿No tendrás un poco de queso?”. “¡Merde, Pier!”, contestó Fransuá, ofuscado de veras, “¿Es que no puede uno escribirle una epístola a su madre querida con un poco de silencio?”. “Pero si tú no sabes escribir”, objetó Pier. “Ni mi madre leer”, dijo Fransuá, “Pero eso no es excusa”. “¿Y cómo pretendes hacérsela llegar, eh?”, inquirió el primero. “Con esta botella de aquí”, resolvió el otro.

                Pasaron los días y la situación de Pier, Fransuá y el balón de Nivea no mejoró demasiado; extraviados bajo un sol tropical abrasador, bañándose de vez en cuando en las aguas del Índico para refrescarse, subsistiendo a base de los percebes que se iban adhiriendo al casco sumergido de la cofa… lo cierto es que ni tan mal. Fransuá terminó su epístola satisfecho con la elegancia de sus garabatos y arrojó la botella al designio de las corrientes. Pier dijo: “¿Falta mucho?”. Y Fransuá volvió a responder: “Que sí”. Y para cuando quisieron darse cuenta habían llegado a esa inhóspita región señalada en las cartas de navegación con el inquietante lema de “Aquí hay dragones”.

                “Por cierto”, comenzó a decir Pier, “¿A dónde vamos?”. Fransuá, ya carente de paciencia y francamente deshidratado, contestó: “No sé cuántas veces tengo que decirte que a Madagascar”. A lo que Pier respondió: “¿Y eso? ¿Es que no volvemos a Marsella?”. Y Fransuá soltó su perorata: “Ni por asomo. Nos dirigimos a Libertalia, la tierra de los hombres libres comandados por el electo capitán Misson. Donde todo es de todos y el sudor de la frente de cada uno tiene su justa retribución. Donde no hay más ley que la que beneficia a la hermandad al completo y donde uno puede tirarse a la bartola fumando hierba mientras escucha a los Maytals en paz sin que ningún rey de pacotilla se meta con nadie. ¡La utopía, amigo mío! Vamos allá donde nuestros cuerpos nos pertenezcan sin ser explotados por ningún poder superior”. “Vaya”, respondió el otro, “Suena de lujo”. “Y tanto que sí”, confirmó Fransuá. “¿Y falta mucho?”, preguntó de nuevo Pier. “Ya casi estamos”, dijo Fransuá, con los ojos brillantes, “Mira, por babor ya se adivina la costa”. “¿Eso que es, a la izquierda o a la derecha?”. “¡Ahí mismo!”, señaló Fransuá. “¡Es verdad! ¡Hurra!”.

                Pero el regocijo les duró lo justo, pues enseguida el balón de Nivea exclamó: “¡Ojo cuidao!”, y una panga terrible, de unas diecisiete toneladas, nada menos, emergió fugazmente de entre las olas y los engulló a todos, cofa incluida, en un bocado atroz.

                Sin embargo, la botella de Fransuá llegó felizmente a su destino, pero con una demora de trescientos años, en 1987, y se descubrió que la epístola que contenía era una traducción al portugués casi literal del octavo capítulo de Luz de agosto, de Faulkner. Lo cual no deja de ser un auténtico misterio cuya solución jamás obtendrá respuesta.

1.4.17

De los panmuflones.

Los panmuflones son una suerte de deimones farsantes. Habitan los nudos de los robles, aledaños a los senderos, esperando a cualquier caminante distraído que pudiera pasar por ahí. Estos seres fatuos poseen la capacidad de transfigurarse en cabra, piedra o doncella a placer; y usan esta habilidad para despistar a los viajeros y hacer que éstos tropiecen varias veces y se extravíen sin remedio.

Por lo que se sabe, se alimentan de bellotas y ramas secas, tal vez mascan hojas de helecho y pequeños roedores, y, para saciar la sed, les basta con lamer con su lengua púrpura los líquenes de las rocas o un terrón de musgo húmedo. 

Dicen antiguas leyendas epirotas que descienden todos de una siringa, olvidada por los dioses, que fue a enraizarse un día lluvioso en un charco de fango. Desde entonces, han tomado por costumbre indicar siempre el camino más largo cuando alguien les pregunta y rasgar con una uña afilada los bultos del equipaje para que se pierdan las vituallas.

Se cree que se asustan de los caballos y las cornucopias; sin embargo, guardan un pacto ancestral con los burdéganos y éstos hacen la vez de espías entre los hombres y conjuran contra los bípedos en su lenguaje de roznidos.  

Su anatomía, dada su mutabilidad, es, en términos científicos, tan dispersa como inmediata. A menudo se puede hallar relación entre las particularidades del paisaje y la forma con la que un panmuflón se presenta. Pastores de la zona pantanosa de Gobhar, en la Irlanda continental, afirman que suelen verse antes del ocaso, flotando en la superficie de los remansos de agua como una llama verde sin vapor. Por el contrario, granjeros del macizo cristalino de Pohorje, aseguran que se asemejan a carneros pardos de trescientos kilos que andan encorvados, sobre sus ancas de rodillas invertidas, y cuyas falanges son largas y afiladas como las de un arácnido.

La población autóctona de la costa del sur de Breizh, asegura que el único modo de burlar a un panmuflón es caminar de espaldas siguiendo las briznas de hierba que dejan las ruedas de los carros en medio de la senda. Esta peculiar práctica ha caído en desuso, quizá debido a la asimilación de la cultura accidental; sin embargo, aún se tiene constancia de regiones transfronterizas en el entorno del Karnali en las que se sigue transitando a pie con la vista fija en el lugar que se abandona y siguiendo el rumbo de los propios talones. Hay quien dice que así ha de caminar aquel que camina sin miedo. Otros, fieles al mestizaje de las tradiciones, mantienen la premisa de que para encontrarse es irremediablemente necesario perderse primero, por lo que, de algún modo, los panmuflones son deificados como santos bromistas paladines de la deriva.


                Después de todo, quién sabe.


3.7.16

Veinte mil leguas de todo alrededor.

Un ejército de silencio deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.

Me levanté de una voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y vacío de cuajo.

Si realmente hay algo que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco geográfico sin rumbo ni despedida.

Libis, disfrazado de dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el cuello de la camisa, sin darse cuenta.

Luego de un rato, lo ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin suelo.

—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.

Antes este chaflán no era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de los diarios.

Más tarde los vecinos se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.

Fue a ocupar su lugar un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la giba.

Éste se fue otro día, por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.

Después de la segunda fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.

A continuación, granizó.

Luego las pestes, aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras, el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo de la carismática prefectura lundonita.

La señora Levono disfrutaba de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas moldavas.

La señora Levono ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.

Pero nadie iba a la pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio genital de San Lundo.

Sin embargo, aquella noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.

Sin más remedio, volví a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan panoplias de decoro entre las amígdalas.


Me perdí en la geografía, tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño hombre absurdo que enciende y apaga un farol?


Vasili Kandinski