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14.6.16

Un viaje a la ínsula de los cinocéfalos.


                Me froté los párpados hasta no ver más que un lucero refulgente y multicolor que centelleaba con el viejo zumbido chumchum indoloro entre el entrecejo. Se me derramó la noche entonces y, en esas, se observa todo como con un no-ojo desde el cenit.

                —¿Quién se ha muerto ahora? —masculló Abulio.
                —El bueno de Panmuphle; así, sin más —respondió un quídam cualquiera.
                —Tan molodo...
                —¿Qué le vas a hacer? Así funciona esto; espero que ahora visite sitios más interesantes.
                —Eso sí.

                Soñé desierto a la deriva. Dormí despierto con la marea del cemento en plano arrobado. Me vi como el que se ve que mengua. Cambió el viento al cabo de un rato, y fui a despertarme con los dedos llenos de arena, los ojos como hornos huecos en el fuego y un sabor como a óbolo o a dupondio bajo la lengua.

En la mano un membrillo dorado y piloso que debía regalar a quien yo más quisiera y en la mano raíces de cydonia, una amapola; la duda eterna como muelas del juicio.

—Recuerdo una vez —recordó un quídam cualquiera—, seguro que ya te lo habré contado, que cogimos un racimo de musa paradisiaca y nos quedamos con la gidouille mirando las nubes deslizarse por sendas escleróticas. Pan se vio envejecer en un segundo y al otro ya se trataba de un cráneo desnudo, no más. Y al tercero resultó ser un dodo de catorce kilos, después una cuchara, un lémur, un tambor, mero cúmulo, y así.
—Era un tipo curioso.

Ahí estaba. Desde fuera. Como un sórdido dios en la costa lúgubre. Por debajo, una larga barba desciende sucia y despeinada. Una mano que me agarra, una mano que me sostiene. Ahí estaba. Desde dentro. Como un ovillo descosido y enredado. Por encima, una negra e infinita noche se eleva infinita y negra hasta su mirada. Y luego, después, cuando miré, ya no estaba.

Entre dientes, decisiones. Elegir es nuestra suerte puñetera y yo estoy paralizado de hueso para arriba y por abajo estoy descalzo. El barquero fue a dejarme en la ínsula de los cinocéfalos y desde entonces visto un viso canino en las pupilas y el cinismo cinético esdrújulo de todos los años.

Regresé a mi orilla transitando por el fondo, donde todo cuanto pisas es un charco. Tras tropecientos tropiezos y traspiés, atravesé el transparente transcurrir del río, triste, transpuesto, hecho trizas.

—¡Oye tú, cabeza de perro! —oí que exclamaba un quídam cualquiera— ¡Levanta de ahí!
—Deja que duerma un poco —dijo Abulio—; se le ve contento con esa baba.
—Ahora estoy con vosotros —dijo Panmuphle—, que aún no decidí a quién le regalo este membrillo.
—¿Eso es todo?
—No; escuchad aún.

Amanecí con pies de quelonio y el estómago de un galápago preguntándome por la vertical y palpitando como el viejo parénklesis que nos mata de risa. A mi izquierda, así de cerca, una de mimbre y hecha a mano de las que a mí tanto me gustan. A mi derecha, un poco más allá, una hecha a mano toda de mimbre como aquella que soñé. Con la una me tiemblan las rodillas y con la otra el vértigo lo tengo aquí.

Prefiero no decir nada.

—¿Sigues vivo?
—Acércame el taburete.

Apreté el puño hasta empalidecer y aplasté el membrillo contra el fondo de la acera.

—Ya parece que refresca.

Me oprime el límpido triángulo en el brazo. Rechinan mis coronas como el viejo chirrido de pizarra y cal.

—¿Un poco de agua? Es del grifo.
—Me apetece más un cigarro.
—Y ni tan mal.

Con este cráneo de cemento y toda esta arena hasta las ramas lo único que de verdad deseo es dormir.

Aparté los caracoles hasta enmudecer y arrojé los restos lejos, bien lejos. Elijo sus ojos, los profundos; elijo lo recóndito y sencillo del sosegado silencio neumático. Dije: Elijo el pliegue de su mejilla, la esbelta línea de su espalda, cada una de las oblongas volutas de calma y tranquilidad que emana. La espiral en su sonrisa; quisiera no necesitarla.

—Huele a purpúrea mañana.
—¿Sabes? Algún día, todo esto será campo.

18.4.16

Fugu.

                Me desperté con el rascaso de que los peces no saben que habitan un líquido. Son peces, y no se dejan engatusar por meselos ni simplezas. Sin embargo, yo, que me cuento diecinueve dedos y carezco de agallas, me tengo que soportar día sí y al otro también con la imbécil presunción de saberme más listo que el gobio o un atún. La petulancia de los bípedos, lo de siempre: el mono calvo que se señala hacedor de lluvia cuando cae agua del cielo y que en secreto envidia las escamas por verse más brillantes que este cuero desnudo y seco que se arruga con sólo mirarlo.

                Los peces dominarán la Tierra cuando descubran que están flotando entre basura; y, mientras tanto, se me enfría el café porque me preocupa que mi prosa no es todo lo porosa que yo quisiera. Escúchate: “Mi prosa”. Un pez te diría que glú y, con las mismas, se olvidaría del asunto y se iría nadando en un santiamén. Cantaría entre el coral, sin más. Poco más hay que hacer en el arrecife que comer y evitar que le coman a uno. Eso y el mecerse con la marea.

                Los bichos de secano también sufren este oscilar, las corrientes, los influjos; yo mismo, que no soy menos, y sin terminar de desayunarme siquiera. Apenas me despabilo y ya me traga el ómnibus y me desplaza, me despedaza, me desubica, me marea. Me pierdo buscando un punto neutral donde posar la vista cuando una treintena de idiotas, casi tan idiotas como yo, se entretienen con lo mismo. Como peces con los auriculares puestos, pero sin aletas ni caudal.

                Frente a mí, un tipo de tupido bigote, culmina el centésimo tercer pliegue de su boleto y se lo esconde en la manga. De la opuesta se saca un pañuelo y se prepara para un estornudo inaplazable. Coloca el culo hacia atrás en su asiento, hasta el recodo del respaldo, en previsión del inminente retroceso. Clava los talones en el piso del vehículo; es importante mantenerse firme en una situación como ésta. Y, con un delicado gesto, se acerca el pañuelo sujeto entre ambas manos a la cara y se cubre con él una nariz que recuerda a un pepino de mar.

                Observo expectante desde mi plaza y pienso entonces en si los peces llegan a estornudar en algún momento de sus vidas, por particular que sea. En si las burbujas que de tal acto reflejo resultaran serían también esféricas o, por el contrario, surgirían poliedros o paralelepípedos o algo por el estilo. Yo creo que no estornudan, pero también es verdad que, si acaso, me mojo cuando llueve y poco más.

                Se dispone a ejecutar el salto. Las aletas de la nariz reculan espasmódicamente y los párpados se debaten entre la ignorancia y el ser testigos. El mostacho se estremece arrastrado por las fosas y el labio inferior busca cobijo bajo el cielo de la boca. Se hace el silencio. Próxima estación: San Lundo.

                A partir de ahí todo se sucedió en ralentí, como sumergido en agua espesa. Un monzón de saliva y flema erupcionó del rostro del pobre pobre tipo de bigote tupido en todas direcciones, con tal virulencia que uno de sus ojos, seguramente su favorito, fue a saltársele de la órbita con el oblongo estallido de una pompa o una botella al descorcharla, practicando una bonita curva parabólica casi perfecta, para acabar colgando como un péndulo de cuatro sanguinolentos centímetros de nervio óptico palpitante.

                Nadie más se percató. El tipo miró a un lado, luego a otro, y, al mismo tiempo, con el ocelo escapista, su regazo salpicado de sangre y legañas. Me imagino que entonces pensaría algo como: ¿Y qué hago ahora? ¿Me habrán visto? ¡Qué vergüenza! ¿Debería ponérmelo de nuevo o mejor lo dejo así? ¡Quién fuera pez y no tuviera que preocuparse por que se le vaya a saltar un ojo en medio del autocarro!

                Se arrojó de cráneo por la ventana y se alejó corriendo por la perpendicular con el oscilante globo ocular enmarañándosele en los bigotes. Vaya un desastre. No sé qué habría hecho yo. Tal vez, si fuera pez, me lo hubiera comido. Pero así de seco y con estas membranas que dan risa… pues no sé; si fuera pez tampoco me preguntaría nada acerca de ningún líquido.


13.5.14

La cofa y el búfalo.

La ventana vibró, supuse que algo se habría topado con ella; tal vez fuera una mariposa blanca o una suerte de lechuza con los ojos así de grandes. O quizá una nube del sur dejando esa estela de voces como baba va dejando el caracol.

Si afino el oído escucho algo. No sé el qué, pero me hace sonreír. Me viene de arriba. Me dice: «Cuando no seas más que una canica, procura lucir un ojo de gato bien sinuoso y colorido». No sé muy bien qué significa, así que he fabricado un muñeco de arcilla que soy yo. No es mayor que un teléfono móvil moderno, pero yo me imagino que es grande y elástico, y que lucha contra las sombras que me invento. Cuando gana me distraigo, y entonces soy grande y elástico y habito mi cuerpo. Cuando gana soy valiente.

El Príncipe en el almanaque paseaba como de costumbre por los jardines a lomos de un búfalo engalanado a juego con sus coloridos y decorados ropajes mientras enarbolaba sobre su cabeza un chhatraratna. Se detuvo junto a una roca y dijo: «Todo empezó con una piedra puesta en algún sitio». Siguió hasta la cascada y ahí dijo: «El agua viene de arriba». Vio un mosquerío sobre un remanso en el río y, ya cansado, dijo: «Dos moscas pueden estar encerradas en un armario y aún así no encontrarse nunca». Lo cierto es que el Príncipe en el almanaque no aprendió nada nuevo aquel día y sólo espera a que se caiga esta página. Como dice siempre: «Y todo cae».

Dejé la ventana un poco más abierta para respirar el fresco de la noche. Llevo años construyendo una cofa en la luna y casi la he terminado. Elegí el sitio por la luz y por las vistas. Y porque ahí puedo respirar como aquel loco de la escalera y silbar para que una mariposa blanca o una suerte de lechuza con los ojos así de grandes venga y se cuele por mi ventana.

22.11.13

El último mono.

         —El último mono se bajó de la rama y enseguida tuvo que erguirse para poder ver como antes ¿Para qué bajó entonces?
         —Muchacho, yo creo que deberías dejar de pensar tanto o empezar a pensar bien, si no se te hará un nudo en el ovillo de la quijotera que quizás no se pueda arreglar ni con los dientes. El último mono bajó de la rama para ir a buscar otra, todo el mundo lo sabe. Todos los últimos de cualquier cosa lo son precisamente por eso. Erguirse sólo es una forma más de aprender, y de eso estábamos hablando desde el principio.
         —Ya… Eh… Sí, tienes razón, claro. Perdóname, es que estoy que no estoy.
         —¿Te apetece un café?
         —No, gracias.
         —Bueno, si me disculpas un momento, iré a servirme uno.
         —Claro, por supuesto.

(...)

         —¿Sabes? Otra vez he vuelto a perder mi rama, quiero decir, sé en qué rama estoy y más o menos en qué luna vivo, pero los árboles que veo a lo lejos parecen grises y desnudos desde aquí, también floridos pero de una forma transparente desde aquí. Es difícil de explicar.

         —Y otra vez te vas por las ramas. Niño, niñito, aprende a escuchar al río que siempre está donde estuvo y estará y así fluye y susurra. Es en el agua donde la vida prospera y no en esas ramas que buscan subir y subir hasta que el sol derrite sus hojas de cera. ¿Seguro que no quieres un café?

4.4.13

Música de cañerías.


         Cuando era un niño solía pensar de debajo de la bañera vivía un gruñón. No es que se quejara o protestara por cualquier cosa, simplemente vivía ahí debajo, a su aire, y se molestaba cuando, después de mis batallas navales en miniatura y mi chapuzón diario, mi mamá quitaba el tapón y mi diminuto océano se derramaba por las cañerías y anegaba su ya de por sí húmeda guarida mientras él rugía entre gárgaras con enojo.

         Y ahora, que ya no hay beligerantes navíos ni inmersiones higiénicas, que solamente me quedo de pie bajo la tibia lluvia de la alcachofa, me doy cuenta de que echo de menos al empapado gruñón de debajo de la bañera que me daba tanto miedo. Incluso a veces me agacho y acerco el oído al desagüe hasta el yunque o casi el estribo para ver si oigo una respiración ronca o un pulso acuoso.

         Tal vez sólo sea que está de viaje, o que se haya acostumbrado ya a vivir calado hasta los huesos, pero de veras que me tiene preocupado.

29.10.12

El lado oscuro de los lunáticos.


         Desde hace ya algunos años me dejo arrastrar de vez en cuando por  desquiciadas aguas, esto es porque cuando tienes mucho tiempo libre siempre hay un poco que se te escapa, un pequeño retal —o tal vez no tan pequeño— que te apetece perder por ahí y que se quede empapado y sucio en un charco de una calle aleatoria. En cualquiera de esos charcos, siempre hay un puñado de lunáticos que han perdido sus retales.

         Matt Terrace vive en el caos del Hércules que cambia las armas por un balón de fútbol, en el charco lleno de hierba y en las barras de bar con una cerveza o una copa de whisky patrio oscilando en su mano como un centro de gravedad obtuso.

         El ajetreo de los borrachos del parchís sin anestesia me hace sangre y resaca y me olvido de las caras y no hay nada que quiera ser recordado porque su casa es el charco; y al final, mirando las figuras que se forman en la disipada espuma de la bañera —¡Eso parece un perro, eso un hombre con sombrero!—, el agua se enfría y yo me quedo dentro de mi culo triste.
        

20.9.12

Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar.

No hacen falta más que tres ingredientes. Al primer vistazo pueden parecer sencillos, pero, visto con los ojos brillantes, nada lo es.

Necesitamos en primer lugar un buen puñado de fina arena, tal vez dos. Con todas sus pequeñas partículas relucientes y sus conchas abandonadas. Un buen manto del color de las páginas viejas donde enterrar los pies y sentir el latido de la Tierra al rodas. Un sitio donde sentarse con las piernas cruzadas y observar el resto.

Después es necesario un buen cubo de agua salada, tal vez dos. Con todas sus espumosas olas y sus secretos olvidados. Un vasto desierto líquido del color de la tinta —azul en el día y negro en la noche— donde empaparse el cuerpo y bañar el espíritu para limpiar lo malo. Un sitio donde dejarse llevar con el cuerpo relajado y dejarse mecer por el rumor de las olas.

A todo esto falta aún una gran cucharada de cielo, tal vez dos. Con todas sus pequeñas estrellas titilantes y sus vaporosas nubes conversando en secreto a merced del viento. Una infinita cúpula ora celeste ora azabache donde fijar la mirada perdida y dejar la mente volar. Un sitio donde sentirse tan pequeño como un grano de arena o una gota de agua o una estrella diminuta y, aún así, parte del mismo todo.

Pues todo, hasta el encuentro de cielo y mar, está formado por cosas muy muy pequeñas. Y desde luego, caben muchas.

21.6.12

El astronauta dormido.


Soñé que me ardían las manos, que volvía a escribir palabras bonitas. Soñé que era un astronauta dormido en el fondo del mar, acurrucado entre bosques de coral.

Pero no puedo respirar bajo el peso de tanta agua.

De vez en cuando me mandan saludos desde el otro lado y yo, con escafandra y todo, sigo haciéndome el dormido.

Cuando desperté de ese sueño, mis ojos fijos en el nocturno techo me evocaron una imagen mía pastoreando llamas en La Pampa.

Demasiadas cárceles nos atan, demasiadas cárceles nos atan.

Cuando desperté de este último, me puse a pensar en el aire, en el dinero, en el tiempo, en la luna… y no conseguí averiguar tu color, ni saber por qué no estás aquí.

-¿Qué haces? –dijiste con tu sonrisa.
-Te estoy pintando –respondí.
-¿Y el papel?
-No lo necesito, tú quédate ahí, sigue brillando. No llores por esa luna oscura.

Quizá un cálido suspiro de un astronauta dormido.


La montaña de Pan.


Iba yo caminando por un verde prado cuando, tras unas cuantas vacas y un par de asturcones, me encontré con Pan tocando su flauta y bailando idílicamente en medio de un haz de luz entre un manto de mariposas blancas.
-¿Qué haces aquí? –le dije- ¿Tan lejos del mundo de los cuentos?
No contestó. Ni siquiera dejó de silbar su música silvana.
-¿Por qué ya no me cuentas cuentos? –imploré desde el cansancio- ¿Por qué no dejas de confundirme con amenas notas y me prestas un par de palabras?
Seguía soplando en su flauta sin apenas percatarse de mi presencia.
-¿Por qué ya no puedo escribir más que lamentos? –continué- ¿Por qué no puedo hacer más que mirar el suelo bajo mis pasos y pensar que ese suelo no existe?
Pan paró de tocar entonces. Sonrió. Se desvaneció en la hierba.
Continué mi ruta por el empinado sendero hasta llegar a la fuente del arcoíris. No era más que un pequeño arroyo de agua helada enmarcado por piedra labrada toscamente. Allí descansaba un feo personaje. Una suerte de oso pelón y maloliente de tez purpúrea.
-Buenos días –saludé tímidamente- ¿Ha visto usted por algún casual a Pan con su flauta?
-No es corrrecto molestarrr a los dioses –respondió con una voz ronca y afónica-, al señorrr Pan no le gusta que le molesten los morrrtales.
-Esta es una situación excepcional. Camino con mis dos pies y me atengo a lo que ellos me deparen.
Y continué la ascensión decidido. Como si Pan me debiera algo, como si lo justo fuese que yo recuperase mi gastada pluma.
Llegué a la loma de los buitres. Ahí un viejo y desvencijado cóndor gigante aguardaba mi llegada con ojos vidriosos y perspicaces.
-Ahí –dijo el viejo cóndor antes de que tomase aliento para emitir palabra alguna-, ahí, mira ahí –repitió-.
Me asomé al escarpado abismo y vi lo que el viejo cóndor mi indicaba, eran un pequeño gorrión y un negro gallo compartiendo nido en un alejado y retorcido árbol.
-¿¡Ves lo que ha hecho Pan con este país!? –gritó enfurecido, enarbolando sus enormes alas de hierro y plomo hacia el gris cielo- ¿Ves en qué ha convertido ese sucio y pervertido cabrón estas santas tierras?
Corrí cuesta arriba intentando ignorar los berrinches del viejo cóndor. Debía encontrar a Pan. Debía recuperar aquello que había perdido. Aquello que me había sido arrebatado de entre mis frágiles dedos dormidos.
Pan no estaba en aquella cima baldía. Pan no estaba. Me la había jugado otra vez. Como si nunca hubiera existido, como si nunca se hubiera desvanecido en la hierba, como si aún estuviera tocando su alegre canción bailando en un haz de luz bajo el arcoíris. Pan no estaba.
¿Cuántas montañas más tendré que ascender para encontrarle? ¿Cuántas cosas terribles más tendrán que soportar mis ojos? ¿Dónde está esa manzana a la que tengo que dar tres vueltas entre mis dedos?
Me acosté entre las rocas, abatido. Quizá no sea esta cima, pensé, tal vez esta no sea la montaña que estaba buscando.

18.4.12

En el espejo contemplando jazz.


Hace ya tiempo que sueño con conocerte mientras duermo en mi caja bajo tierra. De todos modos no veo. Si tengo agujeros en vez de ojos.

Alcanzo a vislumbrar ahora lo que quiero ser cuando me miro en el espejo olvidando mi cuerpo y dejando que mi alma se asome un poco.

Veo sus ojos alejándose siempre de mí, aunque ahora pienso que quizás sea porque en verdad no son los suyos. Veo muebles de madera vieja y mimbre, veo guitarras desafinadas y lápices sin punta. Veo ríos de menta y barro, cantos rodados haciendo saltos de rana y música acuática bajo las plumas de los pájaros. Veo un pingüino bailando torpemente. Oigo más mis silencios que mis hablares. Siento el tacto de las hojas de los árboles y los libros, de las acústicas cuerdas en cajas de madera, de las nubes al rozarlas desde abajo.

Soy ese acorde al que no llegan los callosos dedos de un zurdo distraído. Soy la luz de un flexo desteñido y el solitario amanecer de la ciudad. El desordenado escritorio y la pared llena de post-its.

Y me acuerdo de mis colosales guantes de jardinería en la alta hierba a la sombra del manzano y el roble, del rugir de las olas enfrentándose a la fría y gris roca desnuda de los calizos acantilados respirando con la hermosa furia del mar.

Así que… apenas consigo distinguir la nariz y la boca y el peinado entre toda esa neblina verde y amarilla y azul y blanca.

Y el pequeño y ajado cuaderno de bolsillo… ahora pienso en la insoportable levedad del ser, en cuán livianos e inocuos son nuestros actos en la vida para con el Universo —Aunque eso también lo hace más bonito ¿no?  

Me distraigo cuando parece que estoy concentrado, me distraigo con… todos esos barcos piratas… flotando… por ahí. Y me distraigo también con los pieles rojas cabalgando por Dakota y eso. Me distraigo con el Sol surcando el cielo buscando a una luna a la que nunca consigue alcanzar. Me distraigo sonándome los mocos con un pañuelo de papel muy usado y convertido en una red de hebras trenzadas. Todo eso me hace sonreír, pues cada vez que te pones triste matan a una vieja gorda.

Porque hoy suenan muchas canciones y no quiero escoger una, no quiero separarla de todo aquello que es mi vida. Un tipo cualquiera paseando por la calle tarareando o silbando alguna de ellas ¿Quién no sabe sonreír?

Luego vi su cara y jamás la habría imaginado, así se deshicieron mis sueños. Estoy hablando del futuro, lo cierto es que se supone que yo aún no lo sé.

Mi ya viejo trono de mimbre se queja y cruje bajo mi peso. Cuando era joven, me dice, no necesitaba de abrir puertas ni de levantarse, pues no se caía; no necesitaba pedir ayuda nunca. Quizá no sea tan viejo como mi trono, pero sí que lo soy como para necesitar ayuda; pues aunque quiera que mi camino esté escrito por sólo un par de huellas,  preciso de otro par que me guíe por algunos senderos.

Oteo el paisaje desde mi cofa subterránea en la copa del más viejo y robusto de los robles. Veo la sangre en su sentido positivo, la sangre de todos los hermanos, que son todos. Veo los ciervos y sus pequeñas motas siderales, veo el brillo de sus cornamentas adornadas con abalorios en espiral.

Y la luna azul, apenas reparo en ella y lo lamento. Contemplando jazz.

16.4.12

Lluvia y mirar por la ventana.


Llovía purga y catarsis, la fina lluvia de Bohemia en las tardes de café y mirar por la ventana mientras el suave vapor calentaba su rostro oculto en sombra de ojos y la vista perdida. El inquieto latido profetizaba la llegada inesperada de viejos abrigos empapados por las lágrimas de la añoranza amnésica.

La clara luz de la estación cercana empañaba el blanco alicatado de los servicios. Llovía en amor viejo y enfermo y resignado. Y cargó con su raída maleta de cartón, esa que tenía una pegatina del lado oscuro de la luna y el prisma que fracciona el haz de luz en un geométrico arcoíris, la que le acompañaría por los charcos de las calles aún pasadas estas páginas.

El interfono graznó vehemente, y sus dedos se estremecieron contra la taza humeante.

-Ho… hola.
-Pasa anda, estas empapado.

*Continúa en el siguiente vídeo:



Tengo un pequeño libro negro con mis poemas escritos. Tengo una bolsa con un cepillo de dientes y un peine dentro. Cuando soy un buen perro, algunas veces, me echan un hueso dentro. Tengo gomas elásticas sujetándome los zapatos. Tengo tristeza por esas manos hinchadas. Tengo trece canales de mierda para escoger en el televisor. Tengo luz eléctrica. Tengo sorprendentes poderes de observación y así es cómo sé, cuando trato de contactar contigo por teléfono, que no habrá nadie en casa. Tengo la obligación permanente de Hendrix y el inevitable ojo de aguja arde delante de mi camisa de satén favorita. Tengo manchas de nicotina en mis dedos. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un soberbio piano para colocar mis restos mortales. Tengo salvajes ojos penetrantes. Tengo un fuerte deseo de volar, pero no tengo a dónde volar. Ooooh pequeña, cuando cojo el teléfono sigue sin haber nadie en casa. Tengo un par de botas Gohills y tengo mis raices marchitas.
Roger Waters.

1.4.12

Me he cruzado con mi camino...


«Me he cruzado con mi camino,me ha dicho que ya no sabe por dónde llevarme».
Intentarás recordar siempre cuando eras joven, y jamás podrás entenderte. ¿Cuándo decidimos qué ruta tomar? ¿Cómo la elegimos? Yo ahora veo el futuro como un par de ojos en el cielo, unos ojos negros que no tienen fondo ni alma, un sendero oscuro que se bifurca un poco más allá y no hay ningún mapa ni cartel que seguir; y tengo miedo de convertirme en aquel joven romántico que se lanzó solo al mar y pronto se aburrió de que todo fuese agua azul. Se trata de romper el tiempo, no es tan difícil, sólo hay que caminar hacia atrás lo más rápido que puedas, pero no sé qué pasa después, como al cruzar esas espirales… todo eso también me asusta. Supongo que… supongo que el Miedo, la Suerte, todo eso… supongo que caminan contigo, que te ayudan a caminar… y tan sólo has de dar el primer paso.
«Yo era un buscador, un nómada, un culo inquieto, y en ocasiones un camorrista estúpido. Jamás me estaba quieto lo bastante como para poder reflexionar sobre las cosas, pero en cierto modo sentía que mi instinto no se equivocaba. Compartía ese optimismo nómada que postulaba que algunos de nosotros estábamos progresando realmente, que habíamos tomado un camino honesto y que los mejores de nosotros acabarían llegando a la cumbre de forma inevitable. Al mismo tiempo, compartía la oscura sospecha de que la vida que llevábamos era una causa perdida, que éramos todos actores y que no hacíamos sino engañarnos a nosotros mismos en una odisea sin sentido. Y era esta tensión entre ambos polos -un inquieto idealismo, por una parte, y un sentido de inminente perdición, por otra- lo que me mantenía en el camino».   
Hunter S. Thompson

12.3.12

Vivo ahora en un sueño extraño.


Vivo ahora en un sueño extraño, estoy despierto o eso creo, algo raro pasa todo el rato. Me imagino ahora como uno de los sucios poetas de Natalia Castro, con el cuello de la camisa manchado de vino avinagrado.
(..)Y, cuando llega la noche, los poetas calados de hastío hasta los huesos, oliendo a cansancio que dan pena, se dejan morir sobre sus alfombras mágicas atestadas de lamparones dejados porantiguos poemas de amor.                                                        Natalia Castro.
         Y me refugio en una madriguera tallada en la madera de aquel árbol donde los colores se envuelven en papel marrón con un pequeño lazo de cuerda deshilachada, donde escondí poemas antes de nacer para escribirlos ahora… pero, maldita mi suerte, no los encuentro.

         Esta madriguera está forrada de verdes enredaderas con flores amarillas y rojas y verdes y moradas y azules como los pequeños pájaros que revolotean en torno a ellas, también hay anaqueles con cientos de botellas llenas de barcos y arena y cartas de náufragos cuyos huesos hace tiempo que se volvieron coral, la entrada a este refugio está custodiada por una cortina de agua que se precipita desde la copa, donde no alcanza la vista y, lo más divertido, es que el suelo es esponjoso como la lengua de una ballena dormida. Me gusta a veces tumbarme en esta alfombra y escuchar el latido de esa ballena, tan pausado, su respiración y la mía, como las conversaciones de las olas bajo el sol.

         En este sueño yo quisiera ser poeta una vez más, un poeta enamorado, un poeta invisible, un poeta con la cabeza escondida en el cajón de los calcetines, un poeta desnudo frente al espejo, un poeta callado, un poeta sin poemas.

         En este sueño llegué al horizonte y me asomé al otro lado… ¡encontré uno nuevo! “tal vez la Tierra sea redonda de veras”, pensé, y me eché panza arriba a escoger nubes para hacer un ramo con ellas y regalárselo a cualquier persona que me espere en la estación de ningún tren. En este sueño esa persona sí existía, y yo no me ponía a arrancar briznas de hierba con los ojos desorbitados, no me ocultaba del cielo debajo de una gran roca, no me convertía en uno de esos lobos de ojos rojos, sino en los suyos, que cantan a la luna y se transforman en búhos agitando sus alas de plata en la noche.
Aúllo.Aúllo a la luna que me gusta estar viva. Que siento correr por mis venas algo más fuerte que el cuantrón. Aúuuuuuuullo. Me da igual que no dure, que no lo entiendas o que se me olvide. En este instante, sólo aúllo, como si de esta manera, dejase mi cuerpo y el mundo atrás. Como si de esta forma pudiese transformarme en búho y volar toda la noche.                                                                                              Verde.
         En este sueño los días pasan también, y en cada uno de ellos me despierto habiendo olvidado el anterior, desconocedor de que olvidaré el presente cuando me despierte al siguiente. Pero no brotan lágrimas de mis ojos, si acaso de dicha, pues cada flor en el camino se presenta como nueva, cada pez naranja en mi barriga me hace nuevas cosquillas con sus burbujas. En este sueño me alimento de jalea de versos preciosos sin palabras y del néctar de mis pasos y de la dulce lluvia mojando mi frente. En este sueño cada parpadeo hace que cambie el paisaje, que las raíces de los árboles se estremezcan en alegres sacudidas. En este sueño mis manos son invisibles y me divierto intentando asir cosas con admiración, asombrado por el tacto que entonces adquieren.

         En este sueño no hace falta que escriba estas palabras ni ningunas otras… en este sueño nada importa de veras, cada bocanada de aire, cada trago, es el primero y el último.

Wassily Kandinsky, Comp. nº7


31.10.11

El agua de los pinceles.


Creo que se llamaba Historias del Kronen o algo así. No lo he leído, y apenas puedo recordar bien su argumento… pero ahora me siento así. Una suerte de Sid Vicious que se sienta frente a una hoja en blanco cada madrugada, cuando el Sol aún está soñando con la blanca luna, mientras Sam Cooke nace con un piano junto al río bajo la sombra de un sauce, siempre manchada de luz.

Vivimos una época de estética y maquillaje. Ya no hay tribus, ni señas de identidad. Todos somos todo en el primer vistazo. Y eso es lo bonito… ahora debes conocer a alguien para saber quién es y no funciona el encasillarla en ninguna caterva maldita y elogiada.

Me recuerda al caimán alevín que cría en su lomo alas de mariposa verdes y púrpura y azul eléctrico turquesa y marino, con biseles dorados como chispas de fuego fatuo.

No te pedirán que evoluciones de esta forma, te dirán que  debes ser un fuerte caimán en la máquina, nadar más rápido y comerte a más peces que el resto de caimanes. Pero yo quiero mis alas de colores, y los peces tarde o temprano se comerán a los caimanes.


I got a Black Magic Woman, pero no sé cómo utilizarla. Tengo un humo gris que parecía arena, pero se me escapa entre los dedos y puedo ver como sube por el aire para perderse en cualquiera de las paredes. Tengo un bolígrafo, y tampoco sé si sé usarlo, oí que lo que pinta se clava en el enemigo, no quiero enemigos.

No te bebas el agua de los pinceles, es para regar los lienzos de colores.

No me apetece leer el periódico ahora. Me aburre. ¿Qué recuerdos guardo en mi (aquí, literariamente hablando, quedaría perfecto decir vieja, pero, con permiso del lector, me limitaré a decir que es una joven estantería) joven estantería? Me viene a la memoria Boris Vian escupiendo en vuestra tumba, la orquesta infantil de William Golding temerosa del Cerdo Napoleón de George Orwell. Quizá algún antepasado de Jean M. Auel cazando lagartos de Michael Crichton. Bukowski enborrachándose con Hunter Thompson y Kerouac a la salud de Edgar Allan Poe. Y muchos más tomos que ahora no acierto a recordar.

Me vi antes en una foto, no salgo muy bien, parece que tengo la cabeza sobre los hombros… debe de ser cosa de la obturación o algo de eso. También he de mirar los espejos de esta casa… a mi reflejo ya no le caigo bien y se dedica a imitarme con menosprecio cuando paso por delante. Hace tiempo que no hablamos, quizá desde que descubrí que el coloquio con las proyecciones de mis seres queridos era más nutritivo y le dejé algo de lado.

Me gustan esas calaveras mexicanas, las del bigote y afloradas cuencas oculares. Con laureados y coloridos maquillajes. Se las ve felices, aún muertas. Con tristes sonrisas doradas de dientes. Orquídeas sin vida de cal y yeso. Vasijas que antes fueron colmadas de sueños y que ahora yacen olvidadas.

19.10.11

La pluma sobre Frisco.


Recuerdo en una ocasión, hace muchos años… sí, muchos. Ni siquiera fue en esta vida. Cabalgaba yo por rojas praderas sobre mi caballo indio Frisco, con su cuero blanco tan impuro y bello, impregnado de difuminados lunares grises como las estrellas tristes y de grandes manchas geográficas de color pardo. Entre las negras crines había enganchado cuentas y botones, trenzas verdes, azules, amarillas, y una gran pluma de águila. Que una pluma de águila adorne las crines de un caballo significa para mi tribu grandes honores, pero, y esto es un secreto, lo cierto es que nosotros, Frisco y yo, somos forajidos, desterrados, y nuestra pluma, es robada. Cabalgaba con un veloz galope, cabalgaba para huir. Si nos atrapaban, mi cabellera se colgaría sobre la hoguera ceremonial, y el pellejo de Frisco serviría de alfombra para el Gran Jefe. Aún oigo el rítmico galopar de Frisco, aún lo siento, pero abro los ojos y mi montura se torna balsa de palmeras en un verde mar de furia.  Siento aún el galope en mis oídos, tanto como la sal del agua mojando mi cara, pero abro los ojos y mi caballo tornado en balsa ahora ha tornado en trono de mimbre. Mis dedos se precipitan entre un negro teclado conformando un camino de letras sobre una blanca luz. Parpadea aquel soldado negro, firme siempre aunque fútil. Soy un jinete navegando entre palabras y no logro saber si de verdad estoy aquí. Me alegro de haber robado aquella pluma, no es sólo una simple pluma.




*dibujos propios.

28.4.11

Zombie.

Lentamente iban saliendo del agua a pasos renqueantes,  con sus carnes putrefactas y su verdosa piel pegada a los huesos. No se me ocurre por qué, pero mientras yo dormía ellos habían despertado. Levantándose de Estigia, caminaban hacia un calizo muro, tal vez de alguna fortificación antigua.

Mi atención se centró en dos de estos individuos, seguramente en vida habían sido apuestos y diferentes, pero ahora en la muerte no era capaz de diferenciar los rasgos de sus caras, con los ojos blanquecinos hundidos en rostros inexpresivos e inertes. Uno de ellos llevaba una especie de cachiporra en la mano, y azotaba con ella a todo aquel que estuviese a su alcance, incluso a su amigo.

Me di cuenta de que empezaban a conversar, no eran más que gruñidos y gemidos, pero por alguna extraña razón podía entender lo que decían.

-¿Cómo lo llevas?
-Bien, ya sabes, para estar muerto y eso...
-¿Y el Demonio?
-¿Demonio?
-Bueno, llevamos al Demonio en el cuerpo... de hecho, vamos a sacárnoslo.
-Pues yo no había notado nada...

Llegaron a la máquina quita-demonios, que no era más que una gran estaca de madera anclada en el suelo con un gran clavo a la altura de la cabeza. Los zombies se acercaban al clavo y, con un golpe seco, golpeaban su frente contra él para que se les incrustase en la testa. Están locos estos zombies, pensé, pero admiré eso de respetar la cola, y que todos ayudasen a retirar los cadáveres que se iban quedando colgados del clavo. Al fin y al cabo, no son mala gente, solo tipos feos con mal aliento.

27.3.11

Hombres con peceras por barriga.

La gente mea, la gente caga, la gente vomita, folla y muere, toma la decisión incorrecta sin saber que la otra también lo era. Llora, ríe, sueña, ama, odia... se quita los calcetines y piensa en no ser vieja. Sigue señales, omite leyes, descifra las matrículas de los coches.

Escribe con tinta azul poemas, y hombres con peceras por barriga. Nadie va a casa. Todos viajan en cajas de cristal hacia lo que ellos creen que es el cielo, mientras que pocos piensan en que en las mismas, de madera, dormirán bajo tierra.

Todo hace ruido y yo me siento a tender la ropa mientras cualquiera me cuenta historias de armadillos borrachos y loros sin plumas que fuman en pipa haciendo pompas de jabón mientras se ajustan sus monóculos escupiendo en los libros viejos y quemando las ramas del árbol más viejo de mis ojos.

Se rompió. Aquel embalse en el que nos bañábamos quebró sus murallas y corre libre por la ladera. Agua y fango, piedras, hojas... pero no huele mal, el pueblo sonríe mostrando los dientes que aún le quedan. Amarillos. El embalse mañana estará igual de lleno, y los peces harán glu-glu mientras saborean esa mierda que les echamos. Algunos de ellos, los más naranjas, brincarán cuando salga el sol, y las flores rosas frunzan el ceño por haber dormido esa noche solas.

La gente... la gente que yo veo no ve esas cosas. No ven nada, y eso les encanta. Cartones y trozos de bolsas de plástico. Pum-pum. Seis hielos. Pum-pum.

Me da igual, mis peces comerán hoy un bistec. Mañana pastel de repollo y espero que pronto una fabada. Mis peces dirán también glu-glu con una sonrisa en los labios. Mis peces guiñarán un ojo a la luna y las nubes agitarán los brazos de un lado a otro mientras recitan los versos perdidos de un pobre loco encerrado en el disfraz de un cuerdo elegante que cabalga sobre jirafas en llamas y lee las muescas de las piedras que antaño fueron el plato de ciervos verdes y gordos.


Mis peces estarán bien mientras el embalse tenga agua.  Mis peces dirán que no a todo mientras afirman con la cabeza. Mis peces... mis peces... sí, mis peces estarán bien mientras el embalse tenga agua.

11.6.10

6.6.10

Agua.

En mi sueño la marea subía demasiado rápido. Tanto, que la notabas alrededor tuyo mientras nadabas.

Después de mi primer baño dejé mi ropa a secar encima de una roca, pero volvió a subir la marea en un segundo y se la llevó. La encontré más tarde en el fondo cuando se quedó sin agua, manchada de arena húmeda.

Ni siquiera era un mar, era una especie de lago extraño... tras la tercera pleamar, que también viví dentro del agua que parecía una montaña de saltos y toboganes, aparecí lejos de ese lugar, semidesnudo, mojado y con un ligero picor en el muslo.


Para surcar mejores aguas despliega ahora las velas la navecilla de mi ingenio, que deja tras de sí un mar tan cruel.
Dante Alighieri

22.5.10

Tarde, tarde, tarde...

Llevaba demasiado tiempo buscando a alguien como ella, tanto, que cuando se dio cuenta de que ella era lo que buscaba ya era demasiado tarde.


En los lindes de esta aldea los árboles entrelazan sus ramas, así como sus raíces. Aquí, sin embargo, los troncos crecen aislados, con una sola hoja, sobre la que a veces, si tienes suerte, se posa una mariposa que intenta arrancarlo de la tierra y llevarlo a algún sitio mejor.

Hay un pequeño arroyo en este lugar, pero es un arroyo frío y triste, que no trae más que agua, y que solamente pasa para llevarse los guijarros y los troncos que sujetaban.

A pesar de todo, más allá de esas colinas, bajo la sombra de los robles los ciervos pastan sin inquietud. Las liebres corren y saltan, y las flores crecen por todos los lugares.