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4.6.14

213.

Martes, más bien domingo.


Nada se rompió estos días, he movido algunas cosas de sitio pero poco a poco y casi sin darme yo cuenta han vuelto a su hábitat natural. Mi único deseo durante un tiempo ha sido que mejorara el tiempo y no sé muy bien qué significa eso. Sin ir más lejos, la otra noche soñé que debía caminar entre la hierba alta bien despacio y encogido, pues mal rayo partía a aquel que se atreviera a tener algo de prisa. Después conté unas cuantas ovejas y así desperté, o eso creo. ¿Qué dijo el espejo? Que estaba harto de la gente. Tenía algo entre los dientes, parecía un trozo de lechuga o algo así de verde. Tiré y tiré y una enorme anguila de un metro se revolvió entre mis labios como un apéndice empapado de mala baba. Seguí tirando y resultó que aquella anguila no era más que la manga de un jersey que creía haber perdido unos días antes en la lavandería. Supongo que me distraje otra vez masticando frutos secos mientras cinco piezas de fruta se desinflaban en el cesto que hay en la cocina. No han dejado de brotar amapolas acá y acullá, mas no soy demasiado buen jardinero y, como tal, pago mis dudas. 

14.5.14

Vinsentván.

Era un martes cualquiera y al día siguiente sería miércoles, como casi siempre que empiezan las cosas buenas por aquí. La Tierra cruje en su rotatorio tic-tac y a mí me zumba un oído como cuando se acerca un enjambre híbrido de esos y la cabeza se embota y se hincha como la vieja berenjena.  Dos caballos amarillos traqueteaban sobre el asfalto gris de punta a punta del país atravesando las delgadas lunas sonrientes y los adormecidos cuerpos de las ideas desnudas y el alce que eructa. Un tal Vinsentván o más bien su barbirrojo busto en una maceta decorada y con amapolas saliéndole de la quijotera; las raíces asomaban por abajo, buscando qué, exorbitadas.  Es un chiste conocido: Dos moscas pueden estar encerradas en una caja de zapatos y aún así no encontrarse nunca. El ocho tumbado, quiero decir, infinito. Y hombres con peceras por barriga que además sirven de bombilla. Y ese pez y sus burbujas glub-glub. Mi rostro de un trazo, o eso creo. No estoy en mis cabales. Los edificios metálicos forman un círculo de ceniza como aquella noria en la que me mareé una vez y seguí dando vueltas sin parar y al parecer así sigo. No sé. Una suerte de limbo cutre. La neutralidad en carne y seso. 

5.11.10

Aventuras en el kalahari.

Esto me recuerda la vez que estube cabalgando sobre ñúes en el kalahari...

Por ahí hacía un calor horrible, y notabas como Helios te iba cocinando lentamente para servir de alimento a los escuálidos chacales.

Un día en concreto... creo que era un martes... sí, martes, porque tocaban judías para comer. El caso es, ese martes, iba yo con mi ñú por la sabana viendo a las cebras y a las jirafas cuando, sin motivo aparente, mi ñú, aquela bestia del demonio, se empezó a revolver e hizo que me cayese de su lomo. Se marchó corriendo el jodido, y yo con la muñeca rota.

Pude regresar al campamento sin problemas, enseguida me pasé por el abrevadero y lo llené de detergente.

Los ñúes se partían el culo, todos patas arriba echando espumarajos por la boca.

La tribu que nos hospedaba se cabreó muchísimo y tuve que largarme, me fuí a Turkmenistán y me apodé Vladimir para ganarme el respeto de una mafia de neumáticos nativa. No duré mucho, solo nos daban arroz de comer, y no era muy bueno.

Y esa es la historia de cómo entré en el KGB, y hasta ahí mi vida hasta 1984.