Mostrando entradas con la etiqueta cerveza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cerveza. Mostrar todas las entradas

21.9.22

Un auténtico crimen.

Esta mañana, cuando desperté, me fumé un dospapiros y, según espiré esa vaharada definitiva, decisoria y perfumada, me di cuenta de que restaba una cosa, no sé, noté una ausencia. Como si una cosa importante, como poco, no estuviera ya entre nosotros. Conté: uno, dos, tres, y nada más; así hasta veintiséis y veintiocho. Y todo bien, más o menos, pero seguía acusando dicha carencia como una suerte de misterio azaroso que se diera hoy así, sin más, porque sí. 

Tuve una significativa sensación nefasta y funesta, como que se había cometido un crimen. Un secuestro, un rapto, una desaparición. Hasta un robo, un hurto, puede que un asesinato o un homicidio sin sangre. Como si se nos hubiera sustraído (a todos digo, en modo tajante), una esquina recta de noventa grados muy necesaria de cada una de nuestras sinhueso. 

Pregunté enfrente, en puerta vecina, a una vieja desdentada y triste (pero con cierta gracia). Dije: “¿Percibiste eso?”. Me contestó: “Como si en mi dentadura hubiere ocho dientes de menos, y no doce”. Un piso abajo, una pareja de jóvenes de treinta y pico o casi una cuarentena de años me respondió que no tenían constancia, y, otro arriba, así de mocho y sin un mero mechón, que con esta bruma rara no era día adecuado para ir de monte. 

Me aventuré afuera, donde hay adoquines por donde uno pisa y contenedores de basura a cada tramo. Pasaron tres coches, cuatro motos, un autobús, nueve patinetes mecánicos, otros nueve peatones y un triste y desdichado vagabundo vagabundeando, que no es poco. Ya sabes, es martes, y es temprano, y punto. 

Me topo de pronto con una oficina de detectives secretos medio escondida (porque me despisté) y pregunto entonces de nuevo por dicha incógnita, es decir: ¿Qué hostias pasa aquí? ¿Qué mierda ocurre? ¿Qué coño sucede? 

Para esto no obtengo respuesta directa, pero sí una perentoria invitación a que abandonara inmediatamente mis pesquisas y consecuentes investigaciones y a que, en definitiva, no preguntara más y me fuera de ahí. 

Fui a desayunar entonces. Ya era tarde, pero no tan tarde como para comer temprano. Si acaso pudiera considerarse un tentempié rápido, quizá merienda matutina o pitanza de tregua entre horas, si me apuras. Vamos, que en dos bocados de pan con ajo y tomate, un poco de sepia rebozada y tres cañas de cerveza de pipa me di por comido y bebido en un santiamén básico y estandarizado. 

Tocaba ya hora de siesta, pero me esforcé en beber café (que no me gusta nada de nada, pero nada) y mantenerme despierto. No entiendo por qué hoy nadie se presenta más que con buenosdías, ahora ya casi con buenastardes, y no con esas bienvenidas corrientes de siempre y también me escama que se despidan con un frío adiós, un hastapronto o un “hasta que nos veamos de nuevo otra vez”, en vez de un típico “¡hasta…!” que ahora mismo no recuerdo. 

Entonces fui a un bar, como de costumbre. Pedí cerveza. Me pusieron cerveza. Bebí eso mismo. Y pensé: Estoy viendo en mi cacumen una suerte de estaca erecta sobre un pie bien recto entre un kiosko y un macaco. No sé pronunciar correctamente ese término en concreto. Me es arduo, engorroso de emitir únicamente con mi boca a medio pudrir. Una movida muy rara. 

Quizá haya quien me entienda en este punto. Cuando no puedes expresarte correctamente o, cuanto menos, como quisieras, porque tienes una cosa, por diminuta que sea, que te reprime. Aunque sea nada más que una raya, un trazo recto que de repente gira y se va por vía tangente, como poco, a uno u otro costado y, así, ya en serio: No veas cuánto me costó estirar este quiebro sin cometer un error, aunque sea, dicho más precisamente, de momento. 

En fin, seguí caminando como si nada por esas aceras y, cuando empezó a oscurecer, regresé a mi pieza con sueño y ganas de escribir sobre eso. Me senté frente a mi escritorio, bebí birra y fumé cigarros de armar. No se me ocurrió nada más. Quiero decir que me senté frente a una hoja nívea creyendo que me iba a contar una historia fantástica que me dejara contento y furioso, y descubrí que era yo quien tenía que ofrecer testimonio, que debía ser yo quien redactara esos párrafos y no esta barra parpadeante habitando un cano recuadro nacarado en un monitor. 

¿Y qué voy a contar, de pronto, si se me sustrajo una cosa que necesitaba sin yo ser consciente de eso? ¿Quién fue? ¿Por qué? Y, a todo esto, ¿qué son esas condenadas bestias que nos rodean? 

Así que me fui a dormir, así a pierna dispersa. Todo esto sin descifrar esta intriga que creo que nos ocupó un poco. No sé. Quizás fumo mucha hierba entre semana o se me escapan, de vez en cuando, ciertos grafemas. Yo qué sé.

25.3.22

El Chorro Musical

Es miércoles cientos noventa y pico en el decadente y bien poco lustroso barrio de Koboldo. Nos encontramos —esto es mi plural mayestático y vuestro humilde narrador mismo, aquí presente— apuntalados de cualquier manera en la grasienta barra del Pancró, compartiendo una cerveza Amarillo sin espuma y masticando las sobras de alpiste que dejara el pretérito ocupante del taburete, allá por el martes. Sin más.

Afuera ocurre entonces un fenómeno meteoro y lógico del todo inusual y exclusivo, y es que una serie de nubarrones obscuros como patada de monja vinieron a agruparse en una suerte de conglomerado de condensación homeostática y justo sucede, tras el relámpago-centella con su tronar reglamentario que todos conocemos, una única lluvia momentánea y sólida, como si todo el diluvio coagulado en una sola gota gorda y obesa cayera de golpe y porrazo. Y ya.

Todo esto puede, quizás, resultar del todo interesantísimo para cualquier lector medianamente distraído que pueda toparse con este pasaje; pero la historia que ciertamente nos atañe es diametralmente opuesta e incluso, si me lo permiten, un tanto más vulgar.

Dice así:

Un quídam nefasto e imperecedero, pero cualquiera, entra en el peor baño de Escocia. De este personaje no conocemos ni su nombre, ni su aspecto, ni su religión o afiliación política y, ni que decir tiene, tampoco nos interesa. Lo único que nos interesa de su mera existencia es que, en este mismo instante que miserablemente tratamos de relatar, agarra con su índice y su pólice oponible el medallón de la cremallera de su bragueta, lo baja todo ello con un rasgueo de lo más melódico, y del interior de la bragadura extrae un pene semierecto de lo más genérico y superestándar.

Inmediatamente pasa que, del mismísimo extremo del rosado glande, esa especie de abertura, ese guiño, esa brecha bondadosa conocida modestamente como meato, emerge un chorrazo dorado con brillo propio y refulgente, un hilo oropelado de aroma acre, agrio y avinagrado. Un auténtico manantial aeropónico y parabólico confirmando prácticamente todas las reglas y conformidades de la física moderna.

A esta profusión líquida, en cuanto a su colisión con la superficie porcelanoidea preparada ad hoc para tal acto (contingente y necesario), la denominaremos de aquí en adelante como Chorro Musical.

               El quídam en cuestión está orinando. No es nada particular, todos nos hemos visto en esa al menos una vez en la vida, o ninguna. El quídam mea y se dice: “Uf, por fin que meo”. Y a continuación dice: “Y, también te digo, que te agradezco que te vayas de mí, porque ya no te aguantaba. Que saciaste mi sed antaño, hace un rato, pero que ya no te necesito. Estuvo bien y tal, no me tomes como un malaje… pero tú y yo sabíamos que esto no era más que un tránsito momentáneo, un filtrar de nefrona y ciao. Que tú no eres sino al desprenderte de mí, y yo sin ti no soy nada más que un quídam”. Esto último se lo dice al Chorro Musical.

               Mientras tantísimo, el Chorro Musical sigue manando, esculpiendo una ojiva broncínea y fulgurante como levitando sobre el váter y alrededor.

               El quídam continúa a lo suyo: “Lo interesante de nuestra concomitancia es que, pragmáticamente, subyace en la huida o «volo e fuga» del uno para con el otro. Y eso me inspira varios dilemas ontológicos y ciertos delirios derivados que ni por asomo estoy dispuesto a manifestar por aquí. Pero una cosa es segura: Las sepias son expertas en la sagaz sutileza del camuflaje”.

               El tintineo de la cascada miccinoica templa unos armónicos que ni la misma Euterpe en su primer álbum. Salpica el suelo y parte de la pared. Entra en comunión con el charco de las meadas ancestrales.

               En eso que el quídam sigue: “Lo que vengo a decirte, así en confianza, es que no sé qué se viene a continuación. Tú dejarás de fluir algún día, y te irás por el desagüe, al mar o donde fuere. Y yo me quedaré aquí mismo, con la pija en la mano y sin mear, y… mierda, ¿y qué será de mí entonces?”.

               El Chorro Musical mantiene su acorde prolongado e impertérrito. Un trémolo acuoso con algo de arena. Durante un rato.

               Alguien llama a la puerta.

               El quídam, ahora en voz alta: “¡Ocupado!”.

               El Chorro Musical se desvía de su trayectoria practicando una suerte de clinamen, anegando el suelo de un húmedo amarillo mostaza pollo curry.

                ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! El quídam trata de enderezarse y recuperar la perpendicular, el Chorro Musical rezuma caudal como un Orinoco orinado, el quídam piensa para sí: “¿Qué son estos malditos animales?”.

               Y es entonces cuando sucede.

[A PARTIR DE AQUÍ LA VOZ DEL NARRADOR SE VUELVE UN 17% MÁS DRAMÁTICA Y SOBREACTUADA]

               Una anomalía gravitacional posgenital, debido a pequeñas variaciones, provoca que —nadie sabe muy bien por qué— el genuino e indivisible Chorro Musical se separe en dos (¡2!) Chorros Musicales, un auténtico doppelgänger de la naturaleza en ambas direcciones, un redoble de fluido percutido en todo el puto suelo y mientras tanto llaman a la puerta a puñetadas y patazos y, con las mismas, el quídam: “¡Ocupado!”.

Total, que aquí seguimos esperando por mear.

Adriaen van Ostade
Adriaen van Ostade

2.9.21

Cuentos de la taberna del Cuervo Blanco: Retales modernos.

Corre el tristísimo año de Nuestro Señor de 1812 en la encapotada aldea de Chesterfield, en el condado de Derbyshire. Dos lugareños de horrorosa dentadura juegan al bridge en el poco pomposo pub del pueblo, conocido por aquellos entonces como el Cuervo Blanco, embriagados desde hace rato por los efluvios de la brown ale de la casa y ataviados con sendas chaquetas de tweed desgastadas y andrajosas.

“¿Te has enterado?”, dice el primero. “¿De lo qué?”, responde el otro, ajustándose un bombín anacrónico para tratar de ocultar su incipiente calvorota. “De las revueltas del otro día en Nottingham”. “Ah, pues ni papa. ¿Qué pasó?”. “Al parecer unos exaltados reventaron los telares mecánicos de la textilería local y redujeron la factoría a escombros. No sin antes destrozarle la jeta al patrón a base de patazos y puñetadas tras una deliciosa sesión de la vieja ultraviolencia”. “Vaya”, dice el disminuido capilar, “Desde luego que no se andan con mindundeces en Nottingham”. “Y tanto que no”. “¿Y eso debido a?”, cuestiona el alopécico. “Pues que dicen que esos cacharros del demonio les están quitando el curro. Que antes sí, la brega era más chunga y tal, más farragosa, pero claro, por lo menos tenían trabajo. Aunque estuvieran doblando el lomo de sol a sol (me refiero a esa exótica cosa pálida que se adivina tras los nubarrones) podían, como poco, alimentar a sus familias, y en cambio ahora más de la mitad del pueblo se aburre de lo lindo y fenece de apetito. Vamos, que ni tanto, ni tan calvo”. “¡Qué me vas a contar!”.

               Ambos beben de sus pintas y otro dipsoda al fondo de la tasca comienza a canturrear: “En la bella ciudad de Dublín, las muchachas hermosas son como un jazmín…”, pero un eructo inmundo seguido del tradicional vómito termina con el lamentable espectáculo antes incluso de que nadie llegara a protestar por la nefasta entonación.

“Hazte así”, dice el calvo. “¿Así, cómo?”, pregunta el otro. “Tienes el mostacho lleno de espuma”. “Me la guardo para el final”. “Tipo listo”. Y vuelven a beber.

“Pero aún no te he contado lo mejor”, dice el del bigote. “Cuenta, cuenta”, apremia el otro. “Pues, mira”, saca un recorte de The Sun del mohíno bolsillo de su chaqueta de tweed y lo menea ante la mirada estrábica del calvo. “No sé leer”, dice éste, lánguido. “Yo tampoco”, contesta el otro, “Pero el chaval de las gacetas me lo leyó a cambio de dos peniques y me contó que más o menos pone algo tal que así”, y empieza a recitar:

«(…) Tras los terribles sucesos acontecidos en la irrevocablemente nublada Nottingham la pasada madrugada, a esta misma redacción nos llegan reportes que apuntan a un agente provocador de los mismos. Al parecer, un tal Ned Ludd, pronunciado Ned Ludd, autoproclamado capitán del insurgente Ejército de Justicieros, es el instigador de tales viles actos de destrucción de la propiedad privadísima de Sir John Johnson, dedicada a la lana lanosa y a derivados de diversas urdimbres; ahora, por descontado, en la ruina más ruinosa. Resulta que, el mismo Ned Ludd, un bastardo maleante, subversivo e insubordinado, acezó a sus secuaces a desmantelar las maquinarias factoriales como respuesta a lo que estos macarras bolcheviques y bolivarianos consideran como una usurpación tácita e inmoral del esfuerzo proletario y, por consiguiente, y también por extensión, del beneficio natural del fruto del mismo. Charadas, desde luego, para la época que nos atañe, en plena expansión industrial y tal, y contrarias a esta por definición, vaya. Cabe resaltar las epístolas amenazadoras y perversas que anticipaban tan lamentable actuación por parte del vulgo, en las que se exigía al divino-divino Sir John Johnson que se desprendiera de su preciosa y bien cara maquinaria antes de que, no solo la mano de obra, sino el cuerpo de obra por entero, tomara represalias; advirtiendo incluso de que no se contentarían únicamente con cobrarse propiamente el desbarajuste de los aparatos pertinentes, sino que también se llevarían por delante, por detrás, y por el mismo medio a la descendencia y equipolencia del tal Sir John Johnson con cuantas armas blancas, arrojadizas y punzantes fueran necesarias. Deja su rúbrica este tal Ludd, bajo el amparo y salvaguarda de la gentuza de su calaña, con remitente en el frondoso y no menos célebre bosque de Sherwood, lugar en el que, en estos instantes, una somanta de patrulleros orquestados por el mismísimo sheriff del condado de Nottinghamshire trata de darle caza».

“¡Pamplinas!”, dice entonces un viejo del que, sinceramente, el humilde narrador que esto relata no se había ni pispado. El viejo es un viejo inglés y estándar, común y corriente. Y lleva una larga barba blanca, pero no tan larga, y manchada de ocre nicotinesco a la altura del alto labio, y también calza una andrajosa chaqueta de tweed y un bombín decimoctávico. Pues eso, el viejales dice: “¡Pamplinas!”, y eructa birra ale, “Yo conocí (hipo) conocí (hipo) conocí (hipo) a ese tal Ned Ludd y ni de coña (hipo), vamos, que ni de coña digo se refieren (hipo) al mismo Ludlam que yo conocí (hip-hip-hipo)”.

Y, sin que nadie le preguntara nada de nada, comenzó su relato, esta vez ya sin hipo y con inusitada sobriedad:

«Galopaba por San Jorge el año de 1779, hace como treinta y pico de años, y una serie de procesos y cambios económicos, estructurales, industriales y blablablá acechaban apremiantes como pegajosos tentáculos invisibles e inminentes a la sociedad británica y no menos pecaminosa del momento. El vapor que antes no servía para nada de nada empezaba a mover ferrocarriles enteros y empezó a salirnos pelo donde antes no lo había.

»Éramos felices antes todo aquello. Bueno, digo felices y me vais a permitir semejante término, pues todos sabemos que la felicidad no sería patentada hasta que Mr. Pemberton sintetizara la Coca-Cola allá en Atlanta en la aún no celebrada añada de 1886. Éramos felices, digo, cultivando lo que fuera y tuviera forma de semilla o similar, y mezclando lo que quisiera que brotara con gachas y pastaza de pantano. ¿Qué más puede pedir un hombre, pensábamos, más que alimentarse del producto de su esfuerzo regado con el sudor de su frente despoblada?

»Entonces, tú verás, llegaron Watts y Kay, y hasta el puto Mr. Hargreaves con sus voluptuosos ingenios y artefactos y nos vimos de pronto llenos de grasa y hollín y betún y reducidos a la escoria del escombro chamuscado por el ruido de las máquinas y una deformación profesionalizada. Una mierda.

»De agasajar los campos con nuestras hoces esplendorosas pasamos a apretujar las oxidadas tuercas y tornáculos de cachivaches que ni de coña comprendíamos.

»Y ahí estaba el pobre-pobre Ned. Más tonto que un arenque. Calzando unos botines de cartón y unos tirantes de felpa barata y sin sombrero. Ajustando las bielas, manivelas, poleas y mecanismos de los cuales no conocía ni su nombre. Un poco al tuntún, como todos, vaya. Pero aquello funcionaba. Y la máquina hacía chú-chú soltando bataholas de vapor y del orificio salían requetesalían suéteres y jerséis de Jersey a tercios pelados y sin sonrisa».

El viejo vomita un poquito. Sigue:

«La cosa es que Neddy era un poco burro, ya sabéis, en todos los sentidos y acepciones del vocablo, incluso en su certera traducción. Y, pues eso, que en un momento dado por la Divina Providencia o vete tú a saber por qué coño o yo qué hostias sé por qué, estornudó o hizo una especie de aspaviento raro, como alguien que se va a cagar encima sin remedio y, para tratar de evitarlo, se mete un dedo en el ojo propio sin necesidad alguna, y, pues tal que así, una palanca se desplazó cuando no debía, un botón fue pulsado en el instante menos oportuno, un comando fue programado en parámetros incongruentes en sí mismos con un código indescifrable hasta para el desindescifrador que se desenfibrile, y todo el armatroste mecanicoso se fue a la mierda en un periquete dejando no más que una nube de humo alrededor y un insondable cráter en el suelo, manchándolo todo».

El viejo eructa, el calvo pota, el del bigote está dormido, el dipsoda pelicorinto clama trompa por Molly Malone y el tabernero anónimo yace muerto sobre la barra con un vidrio roto incrustado en el gaznate y ensuciando de escarlata sangre su camisa y el resto demás. Todos con su chaqueta de tweed impoluta y sucia, a la mismísima hora del té.

“Y nada”, sigue el viejo, “Eso fue lo que pasó. ¿A qué venía esto?” Y soltó un hipido incólume.

12.10.20

Cuentos de la taberna del Cuervo Blanco: Resistencia pasota.


               Se llega al Cuervo Blanco de manera inesperada, a través de una de esas callejas anónimas que sólo se pisan por la noche, cuando está oscuro. De todas las tascas, fondas y cantinas de la ciudad, la taberna del Cuervo Blanco podría ser, sin lugar a duda, la más peculiar; y es que no hay cierta forma de encontrarla y uno aparece ahí sin más y sin saber muy bien por dónde se ha venido.

               Es el caso de nuestro humilde protagonista, un tal Panmuphle, que pasó por el Cuervo Blanco una tórrida noche de mayo con un agudísimo dolor en la tripa y la ineludible, contingente y necesaria urgencia de cagar.

               La situación es la siguiente: Un apurado Panmuphle atraviesa el umbral de la entrada con evidente prisa y una campanilla delatora instalada estratégicamente anuncia su llegada. Mohandas, amo y señor de la barra, levanta la mirada y saluda con media ceja y un áspero gruñido. Panmuphle, por su parte, solicita una cerveza individual con la que comprar el derecho a usar el retrete, al tiempo que una gélida gota de sudor le resbala por la espalda, y Mohandas, dadivoso por esta vez, le sirve con parsimonia una botella de Amarillo medio fresca. “No tardes”, le advierte al tal Panmuphle, “Chapo en cero coma”. “Vale, descuida”, responde el otro, “El uvecé al fondo, ¿verdad?”. “No”, dice Mo, “Por ahí abajo”. Y acciona una palanca que abre una trampilla oculta junto a la barra que lleva a un tenebroso conducto con unas escalerillas de babosa bajo un cartel con letras grandes que pone: “El peor baño de Escocia”. Y va Panmuphle y se mete por ahí.

               Al final del angosto pasillo, Panmuphle se topa con un tipo semigenuflexo que se sujeta la bragadura con ambas manos y otro en la misma posición, pero un tanto más calvo que el primero y sin manos. Tras la carcomida puerta se oye el inconfundible Chorro Musical, largo y tendido, como un ruido blanco y líquido. Panmuphle se coloca a la cola y pregunta: “¿Esperan Uds.?”. El menos calvo contesta: “No, solo hemos venido a revisar el contador”.  El otro eructa en do bemol. “Vale, vale”, se justifica Panmuphle, “Es que calzo una alerta fecal de lo más perentoria, un código siete en la escala de Bristol, más o menos”.  “El truco”, dice el mitad calvo mitad no, “Consiste en practicar un ejercicio de obturación esfintérica posterior”, y añade: “Como en aquella canción de Juan Lenin, Campos de calabazas para siempre, que, por si no lo sabes está inspirada en la Batalla de Mohács”.

               Y así, sin esperar respuesta de nadie alrededor, el alopécico parcial comienza su relato:

               «Esta historia me la contó mi viejo compinche H. Purvis, en una tarde de total vagabundaje por la comarca de Estramonia, bajo un sol funesto. Resulta que, en la aldea húngara de Mohács, a orillas del Danubio, durante el dulce siglo dieciséis, aconteció un suceso de lo más particular. Los turcos avanzaban por la llanura de Panonia con el propósito de tomar Viena, atraídos por el pujante prestigio de la tarta Sacher (de sobra es conocida la devoción de los otomanos por la mermelada de albaricoque; les pirra). Y en Mohács, sabedores de la inminente llegada de los osmanlíes, decidieron prepararse para el asedio.

               »Fue el húsar Faszfej quien, tras agotar todas sus reservas de palinka, trazó la estrategia a seguir: Se vestirían todos a la moda turca, con turbantes, babuchas y todo eso; y se harían pasar por hostigadores de avanzadilla asegurando, cuando llegaran las tropas otomanas, que ya habían tomado la aldea para evitar así una masacre que, francamente, les venía fatal en pleno agosto. Era un plan infalible».

               “¿Y qué pasó?”, musita Panmuphle, al borde del rebose. “Pues que todo fue relativamente bien, hasta que empezó a ir relativamente mal.” (Pausa dramática. De fondo, el Chorro Musical).

               «A pesar de que las falsas ropas que vistieron para confundir a los turcos se veían rematadamente desfasadas, el engaño surtió efecto. Pero con tan mala fortuna, que tuvieron que tomar parte en el saqueo de sus propias casas, y la aldea quedó reducida a un solarón humeante y lleno de escombros. “Por lo menos salvamos el pellejo”, se justificó Faszfej ante sus vecinos, un poco cabreadísimos. Sin embargo, se vieron abocados por orden del sultán a engrosar las filas turcas y participar también en el sitio de Viena; y ya de ahí, los que no fueron muertos en combate tuvieron que ejecutar una huida hacia delante y mantener la farsa por el resto de sus vidas, mudándose a la Anatolia con el resto del ejército turco. Y desde luego que nadie en su sano juicio quiere vivir en la Anatolia».

               El calvo completo eructa de nuevo, simulando el canto de cortejo de la foca monje, y Panmuphle masculla: “Ya, pero ¿qué tiene que ver todo eso con mi diarrea insatisfecha?”. A lo que el a tercios pelado responde: “¡Resistencia pasota, querido desconocido! ¡Como en las trincheras de Mulhouse!”.

               «Esto ocurrió nada más comenzar la Gran Guerra, en Alsacia. Franceses y alemanes se habían pasado días enteros cavando las trincheras y acondicionándolas al gusto de cada uno (se registraron transcendentales disputas en torno al color de las cortinas), cuando, sin previo aviso, se ordenó la ofensiva mutua y empezó el fuego de mortero condimentado con gas mostaza. Esto lo sé porque me lo contó H. Purvis un día que estábamos hablando de cosas así. El caso es que, en el bando francés, el teniente coronel al mando, Fransuá Salaud, era un auténtico cobarde, al igual que su homólogo alemán, un tal Friedrich Hosenscheißer; y ya en los prolegómenos de la beligerancia se mostraban francamente reacios a entablar toda clase de combate, por no ser ninguno de los dos especialmente duchos en el uso del fusil, y no digamos ya en el de la bayoneta. Pero a ambos (y esto es una concomitancia más que no deja de sorprender a cuantos historiadores estudiaran esta contienda hasta la fecha) el uniforme les sentaba fabuloso.

               »Total, que en el momento de acometer el ataque, Fransuá tuvo una suerte de epifanía, una revelación magnífica, y mandó a su regimiento que se hicieran los cadáveres y no movieran ni un solo músculo, ni dispararan medio tiro, ni nada de nada; con la intención peregrina de que los alemanes se aburrieran y se volvieran a sus casas a comer chucrut o lo que quiera que hagan los alemanes en tiempos de paz. Una estratagema arriesgada, desde luego, pero tampoco descabellada del todo».

               “Y que lo digas”, dice el recalvorota, “Si a mi capitán se le hubiera ocurrido eso mismo en Vietnam, yo aún podría morderme las uñas”. A Panmuphle se le escapa un pedo acuoso y protesta: “¡Vaya milonga! ¡Y ahora dirás que justo así fue como se ganó la guerra!”. El Chorro Musical, al otro lado, se mantiene impertérrito y perpetuo. “Para nada, las guerras siempre se pierden”, contesta el pocopelo, “Pero justo esta conflagración en particular quedó en empate técnico, y es que Hosenscheißer, en un arrebato de tendencia afrancesada, tuvo exactamente la misma idea y, hasta donde yo sé, ahí que siguen ambos bandos, cultivando moho mientras aguardan a que el contrario se largue”, y añadió, “O eso, o bien saltaron por los aires convirtiéndose en agujeros”.

               Es entonces que la cabeza invertida de Mohandas asoma por la trampilla del techo y vocifera: “¡Venga, todo el mundo fuera del bar!”. Y no se supo ya más nada.

2.2.20

La mala baba.


El día que Olivia me dejó me quedé sentado sobre una piedra cosa de una hora o así bajo el sol de invierno y, entretanto, me fumé como cuatro cigarrillos observando una cagada llena de moscas azules mientras pensaba en qué lindo había amanecido y, sin embargo, menudo día de mierda. Después regresé a casa y saludé de mala gana al peludo, que miraba la tele desde el sofá. Le dije: “Quedé hoy con Olivia, al final hemos roto para siempre”. “Para siempre”, repitió él, imitándome con sorna, y yo me indigné súbito. Enfilé escaleras arriba, hacia mi cuarto, mientras él preguntaba en voz alta por si quedábamos como amigos o qué, y yo contesté “No sé”, con mala baba, y me encerré de un portazo.
Al principio pensé en tumbarme afuera, al terrado, con el deseo de abrasarme bajo el sol y que el viento, después, barriera inertes mis cenizas. Pero me pareció demasiado dramántico hasta para mí, y resolví acostarme en el colchón, y me escondí bajo la colcha aún con el abrigo y los zapatos puestos.
Traté de dormir. No me sentía cansado, pero sí somnoliento. Miré el teléfono y busqué su nombre. No puedo dormir. Me gustaba eso de ella, justo eso mismo: Se acostaba nerviosa, por alguna entrega o por algo, y, antes incluso de cerrar los ojos, mencionaba: “No puedo dormir”. Y yo me reía y le decía: “Pero si aún no lo intentaste siquiera”. Y es que yo siempre he tenido problemas para dormirme, y por eso nunca he estado despierto del todo.
Sonó una alarma programada para las cinco catorce y enseguida me levanté y preparé una cafetera. Agoté el culo de un tetrabrik en mi taza favorita desde siempre, la blanca con globos azules globos rojos globos amarillos y pensé en que llevo usando la misma taza casi treinta años y ahora es, por mucho que me encante, como si no la viera. Sorbí el café caliente después, una vez listo, y me sentí como fuera del propio cuerpo, como si mi cerebro estuviera situado un palmo más allá de donde realmente debería estar mi cerebro y por eso lo veo todo como quien mira por encima del hombro de otro.
Antes de las seis me fumé otro cigarro sentado en la plaza del Ovladí, y vi a un chaval que se acercó nada más que para beber de la fuente, y a un agente de parquímetros mojándose las manos en la misma, poco después, para atusarse el pelo patrás, de frente a nuca. Miré los árboles y me acordé de cuando los del sándwich eléctrico nos encaramábamos, ya borrachos, a sus copas y, ocultos por las ramas, asustábamos a los transeúntes en las noches de verano haciendo ruidos como de alimañas. Qué tiempos y tal y luego me fui a la utoescuela.
De camino meditaba: “¿Y qué le digo a Goliat cuando me pregunte que qué tal?”. Y me decía a mi mismo que le dijera, sencillamente: “Bueno, he tenido días peores”, para dejar claro de antebrazo que no estoy pasando una buena racha, pero, vamos, que tampoco se ha muerto nadie, ni tengo de repente un cáncer ni nada de eso. Así que al final me subí al coche y a la pregunta respondí: “Bien”, así como un graznido, y no hablamos más del tema y, salvo por una calle en la que me descuidé y entré a contramano, la clase transcurrió sin incidentes ni heridos de gravedad, y lo cierto es que, durante todo ese rato, no pensé más que en dónde estaría la línea continua del asfalto más larga y más continua del planeta. Y en quién la pintaría. Si lo hizo de aquí para allá o de allá para aquí, incluso en si formaría, por pura casualidad, un circuito cerrado de algún modo y, por tanto, de una continuidad infinita osease ilimitada ad libitum. En fin, a las siete Goliat me ordenó estacionar junto a los contenedores y yo hice eso mismo y, al salir del coche, me puse el sótano en los auriculares y enfilé el camino de vuelta a casa.
Pensé: “Debería coger una botella de whisky y unas birras para pasar la tarde, digo yo, o no va a haber aquí quien duerma”. Subí hasta la tienda de cosas del casco viejo y agarré una gaseosa, un fuegodoro de ocho años y una botella de detergente y lo pagué todo con tarjeta mientras le susurraba a la cajera: “La cerveza me la voy a tomar en el Diapasón” (y creo que por eso no me devolvió el cambio, que la vi asustada).
Cargué con todo en mi mochila y proseguí hacia el Diapasón. Recuerdo pensar: “¿Vaya, y qué le digo a Policarpo cuando me pregunte que qué tal?”. Es más: “¿Y si me pregunta por Olivia?”. Pero al final abrí la puerta de cuajo, una vez hube llegado, y le solté: “¡Hola, Policarpo! ¿Qué tal?”. A lo que él me espetó: “¿Que qué tal? ¿Que qué tal? ¿Y qué carajo te importa a ti qué tal estoy?”. Yo sonreí y le dije: “Pues justo así es como estoy yo”. Y sonreí, y sonrió, y ocupé mi banqueta, en un extremo, junto al chaflán de la barra, y él me sirvió una cerveza sin que yo la pidiera y no pude evitar no ocultar otra sonrisa y ahí fue cuando pensé: “¿Por qué andaba yo triste?". Policarpo me agasajó además con un plato de pimientos y yo, tal que así, de golpe, me puse a lloriquear: “¡Ay, ay, Olivia odiaba los pimientos!”. Y él dijo: “¿Pero qué cojones te pasa, tontolava de la cabeza?”. A lo que yo repliqué: “Bueno, no los odiaba, pero le sentaban gordos”. Todo esto entre sollozos y con espuma de cerveza en el bigote.
Agarré una servilleta (de bar, inservible), retiré los berretes de mis comisuras y me soné los mocos de la pituitaria. Entró un gentilhombre y Policarpo corrió a atenderle. Yo fui al baño: “¡Ocupado!”. Me dije: “Juraría que cuando entré no había nadie, y, sin la menor clase de duda, llevo aquí, al menos, un buen rato”. Pero tras la puerta se oía inconfundible El Chorro Musical. “¿Quién va?”, dijo alguien al otro lado. “Yo”, dije yo, “¿Te falta mucho?”. “¡Pof!”, respondió el quídam, y entonces me alejé de allí.
Cogí la mochila, me abrigué, y dejé un par de juancarlos sobre la barra. “¡Hasta luego, Poli!”, mencioné al salir, con prisa, “Buen clima”.
Me arrojé al frío y pensé: “Qué frío”. Caminé por las nocturnas calles solitarias y pensé: “Cuando escriba todo esto no pondré topicazos rollo: Nocturnas calles solitarias. Ni tampoco diré que, entre párrafo y párrafo he estado llorando, porque quedará demasiado patético. Y al final pondré que llegan unos cuantos compinches al Diapasón y a partir de ahí se suceden una serie de vicisitudes de lo más estrambóticas, influenciadas por la ingesta masiva de alcohol y sustancias, que resultan ser un acto de catarsis desmedida que me hace olvidar esta pena y resurgir del todo renovado. También meteré al Chorro Musical, porque me apetece, y tal vez use algo de nadsat o colaré algún vocablo apocopeideo tipo: patrás. Y fórmulas latinas ad hoc o del estilo, y un par de palabras raras. Lo que no se me ocurre es qué alter ego ponerle al peludo. Tampoco estaría mal que, al final, después de todo, apareciera Bosse-de-Nage y me seccionara el cuello en dos feas mitades y quien leyera esto dijera: Pero, si muere al final, ¿cómo es que lo ha escrito? No sé, igual debería escribirlo a modo de diario, o una epístola a mi yo de antes de ayer, o tal vez escribir sobre cualquier otra cosa. Qué frío. Me cago en mis muertos, qué frío. Si Olivia estuviera aquí le diría que menudo frío y le besaría la punta de la nariz, que de seguro estaría sonrosada y fría”.
Me dije, ya en voz alta: “¡Ay, caramba!”, y galopé hasta el portal de mi casa, atravesé el vidrio de la entrada usando mi propio cráneo y subí las escaleras panza arriba y cuadrúpedo, haciendo un tirabuzón en el último peldaño. Todo perfectamente calculado para que, con el movimiento rotatorio de mi propio cuerpo en particular y aprovechando la fuerza centrífuga resultante del mismo y las dos primeras leyes de la dermodínamica, las llaves salieran despedidas de mi bolsillo, se introdujera en la cerradura la equivalente, aún girando sobre sí misma con tal inercia que incluso llegara a abrir la mencionada cerradura para que yo entrara en la casa incólume y la puerta se cerrara justo a mi paso. Pero me tropecé con yo que sé qué, y me partí la nariz de nuevo.
Y ahora heme aquí, escribiendo sentado, borracho y solo. Escribiendo sobre lo solo y lo borracho que me siento. Y con la misma duda que al principio del “¿Y qué hago yo ahora?”, así, sentado en una piedra mirando las moscas en la mierda, soñando con volverme estatua de piedra, para no existir, o en mosca, para no pensar, o incluso en mierda; pero no ser yo, no ser yo ahora, que no quiero, que no me gusta, que no puedo. Qué difícil. “¿Y qué hago yo ahora?”, no, digo: “¿Qué estoy haciendo?”
Y de esto que irrumpe en mi cuarto Bosse-de-Nague con una mueca feroz y, sin mediar más palabra que un escueto y tautológico: “¡Ha ha!”, me regala una dentellada que desgarra mi garganta en dos feas mitades, feísimas, horrendas. Dejándome el tiempo justo y necesario, entre que me desangro y agonizo y tal, para escribir esto y ya más nada.  

20.1.20

Sopa verde.


Son las 3:14 p. m. en el anciano distrito de Koboldo, junto al río. Cae una delicada lluvia ácida y no hay pájaro que cante. Nuestro protagonista, K., se amanece con un charco de vómito reseco en el colchón y una terrible cefalea. Hace días que dormita entre pesadillas de moluscos tras agarrarse una borrachera de espanto en su propia despedida de soltero. Lo último que recuerda es invitar a sus compinches a una ronda de Jäbberwocky y arrojarse desde lo alto de la barra con la intención peregrina de que alguno lo atrapara al vuelo. Se lleva los dedos a la frente dolorida y palpa una brecha trasversal hecha ya costra endurecida. “Mierda”, se dice K. para sí, “Otra vez no”.

La pequeña pieza que ocupa está llena de moho y desorden, con correosas manchas de mostaza en las paredes. El frigo llora: sólo hay restos de sobras y despojos. En una esquina hay un retrete donde K. termina de vaciar su estómago y después, frente al espejo sucio, se descubre un ojo púrpura y el labio partido en dos feas mitades. “Mosquis”, musita, “Pues sí que la lie anoche”.
           
Se calza unos tejanos roídos, agarra un chubasquero y sale al rellano deshabitado, enfilando las escaleras. Es costumbre entre sus camaradas ponerse al día con los sucesos de la noche anterior frente a un reconstituyente, a base de cerveza y yemas de huevo crudas, en la misma barra que fue testigo de sus depravaciones; la del bar Pancró, en un semisótano mugriento del callejón Diagon, a sólo un par de manzanas de la pieza de K.
               
Las calles están desiertas y nada más que se oye silencio. K., absorto en su resaca, obvia el estado de abandono de los vehículos en plena calzada y los charcos sanguinolentos de las aceras. K. sólo piensa en cuánto le duele la cabeza y en si Brida, su futura esposa, estará enfadada con él o, en cambio, enfadadísima. Escucha su voz tras los tímpanos: “¡Joder, K., cuando no estás borracho es porque estás hecho una piltrafa! ¡No sé cómo demonios accedí a casarme contigo!”.
                
K. baja los tres escalones que separan el Pancró del mundo real y se encuentra a Sigmondo, gerente del tugurio, y a Bo, barroquiano estándar, apostillados en un rincón de la barra frente a sendas copas de fuegodoro. Ambos dicen al unísono: “¡K.!”, y éste responde con un lacónico gesto entre la vergüenza y la impostura.
               
Se sienta K. junto a Bo y dice con voz rasposa: “Llevo una resaca encima del tipo no-te-lo-crees. Os digo más: No la llevo encima, me lleva ella a mí; me rodea”, hace una pausa dramática llevándose una mano a la sien, “Sigmondo, haz el favor y ponme una birra y medio huevo, anda”. Sigmondo se cuela tras la barra para atenderle. K. añade: “¿No tendrás también algo de comer? Me muero de hambre”. Sigmondo dice: “Chóped”. Y K.: “Venga, ponme eso”.
                
Bo enciende un cigarrillo y observa a K. levantando su única ceja. “¿Y se puede saber dónde has estado todo este tiempo?”, pregunta desde detrás de una vaharada de humo. K. mastica chóped y responde: “Pues en mi casa, ¿por?”. Sigmondo dice: “Te dábamos por muerto”. Y K.: “Ya imagino… anoche me la agarré terrible”, sorbe cerveza, “Pero, joder, era mi despedida, ¿qué esperabais? Ni que nunca me hubierais visto borracho”.
                
Sigmondo y Bo se miran entonces. El uno con semblante receloso e intranquilo, el otro más bien fumado. Sigmondo dice: “¿Tu despedida? ¿Ayer, dices?”. Y K.: “Pues claro”. Y dice Bo: “K., tu despedida fue hace ya una semana”. K. se saca un trozo duro de chóped de entre los dientes y replica: “¿Pero qué me estás contando? Si estábamos tú y tú, y Orestes y Franagan… creo que también se pasaron un rato el viejo Belfrodo y su primo Ocre… ¿De verdad que he estado durmiendo una semana entera?”. Y Bo: “¡Y qué semana!”. Y K.: “¡Mierda! ¿Qué día es hoy, sábado?”. Y Sigmondo: “Más bien domingo”. K.: Pero entonces me caso hoy, maldita sea, ¿qué hora es?”.
                
Sigmondo colma un vaso de fuegodoro y lo coloca frente a K. “Bebe”, dice. K. contesta: “Aún no terminé esto”. “Pues acábate el huevo y bébetelo”. K. obedece y concreta ambas bebidas con una mueca como de náusea. Sigmondo repite la operación y dice: “Bebe”. Y vuelven a beber.
               
“¿Me queréis contar de una vez qué está pasando?”, dice K. “Escucha, K, es difícil…” comienza a decir Bo. “Olvídate de Brida”, sentenció Sigmondo. Y K., atónito y amarillo, acierta a decir: “¿Cómo?”. Sigmondo empieza: “¿Recuerdas aquello que decían en la tele de que el exceso de contaminación por plásticos e hidrocarburos en los océanos y la proliferación desmedida del fitoplancton amenazaban con extinguir toda especie marina, provocando así un desequilibrio en todos los ecosistemas con el resultado último del fin de la vida en la Tierra?”. Y K.: “Cómo no”.
                
Sigmondo apura su copa, la rellena, y hace lo propio con las de los otros. Bo exhala otra bocanada y dice: “Pues, básicamente, eso”. K. dice: “¿Qué coño?”. “Que ya no quedan peces en el mar”, culmina Sigmondo. “Pero no termina ahí”, añade Bo. “No”, confirma Sigmondo, bebe y sigue: “Resulta que, tratando de huir de esta sopa verde, la más inteligente de las criaturas marinas salió a tierra seca”. “¿Qué dices?”, dice K., “¿Los delfines?”. “No”, dice Bo, “Las sepias”.
                
K. sufre una arcada repentina y traga un poco de vómito. “Sepias”, dice, “Mierda, yo odio las sepias”. “¿Y quién no?”, anota Bo, “Pero espera, que tampoco termina ahí”, y pega una larga calada a su cigarro. “Nadie sabe cómo”, prosigue Sigmondo, “y seguramente los que bien pudieran saberlo ya estarán muertos, pero al parecer se trata de unas sepias adulteradas, como alienígenas mutantes, o al revés. Y son más inteligentes todavía que las sepias comunes que todas conocemos”. “Y más grandes”, dice Bo. “Mucho más grandes, terribles”, continúa Sigmondo, “Como de dos metros o así, erguidas sobre sus pegajosos tentáculos”. “Joder”, dice K. masticando chóped, “Menudo bicho”.

                
Bo apaga la colilla sobre la barra y se bebe el fuegodoro de un buche. “Ojalá solo fueran grandes”, dice. “¿Cómo?”, pregunta K., “¿Es que hay más?”. Y dice Sigmondo: “Mira, te lo explicaré sin más rodeos”, rellena los vasos, “Fue todo muy rápido. Salieron del agua hace una semana. Al principio todos pensaron que se trataba de una maravilla de la naturaleza y salieron a fotografiarse con ellas y festejarlo. Pero estas sepias no venían a celebrar nada”. “Todo lo contario”, interrumpe Bo. Sigue Sigmondo: “Venían por venganza. Nosotros nos habíamos cargado su casa. La jodimos con tanto vertido y tanto crucero. Llevaban generaciones tragándose nuestra mierda y ahora, sin pez que llevarse a las fauces, decidieron que nos toca el turno de ser devorados”. “Qué movida”, dice K. “Joder, ya te digo”, dice Bo. Y vuelven a beber.
                
Sigmondo dice: “No tardaron en hacerse con el poder. Con su habilidad para camuflarse y una fuerza monstruosa, acabaron con los ejércitos de las grandes naciones en sólo una tarde, y a partir de ahí les fue fácil diezmar la población mundial. Al tercer día ya habían aprendido a comunicarse por telepatía con los que quedábamos y replicaban en nuestras mentes consignas sepiofascistas en bucle dictando obediencia o ejecución. Al cuarto día acabaron con el ganado y los cultivos y, desde entonces, quien no sirve como esclavo en sus factorías de chóped, sirve como relleno para el embutido. Por eso te digo que te olvides de tu Brida querida, porque probablemente te la estés merendando ahora mismo”.
                
K. se vomita encima y mira a los otros con rostro pálido y desencajado. “¿Co… cómo?”, balbucea, “¿Este chóped está hecho de humanos? ¿Y por qué me lo dais, hijos de puta?”. Segismundo responde: “Pues porque es lo único que hay para comer. Sólo nos quedaba un huevo, y te lo acabas de beber”. Y dice Bo: “Si lo piensas, no está tan mal. A mí me gusta imaginarme que me estoy comiendo al cabrón de mi jefe, o a otra gente que también odio”. “Hombre”, responde K., “visto así…”
                
Pasan unos instantes en silencio. Bo se lía unos cuantos cigarros y convida al resto. Sigmondo descorcha una botella de El Auriga de veintiún años y K. trata de limpiarse el vómito de la barba. “¿Entonces?”, dice K., agarrando la copa que le ofrece Sigmondo. “¿Entonces qué?”, contesta éste. “Que qué hacemos”, aclara K. “Pues nosotros somos la resistencia”, responde Sigmondo. Y dice K.: “Genial, ¿y cuál es el plan?”. Y Bo, dando una profunda calada: “Pues quedarnos aquí y beber mientras se acaba el mundo”. Y K.: “Vale”
                
Y vuelven a beber.

15.10.18

bagatelas.



Como no ocurría nada, me puse la Courier y bajé al Diapasón.
—Policarpo —le dije a Policarpo cuando puse pie en su tugurio—, todos somos contingentes, pero tú eres necesario.
—Te ha crecido el mostacho —se sonrió— y las cejas, nada menos. En un par de años ya tendrás el culo como dos cocos y serás todo un hombre.
—A otro con esas, fariseo, yo ya me ato los cordones como los de quinto y hace años que dejé de calzar velcros.
—¡Estupendo! Ya hay algo que celebrar, brindemos pues ¿qué te pongo, capitán Ahab? ¿un vasito de leche, un propomentol, tal vez un bol con natillas de flan de huevo?
—Hoy nada de eso. Pretendo jaleo esta noche, dentro de un rato. Mejor saca la botella de las gárgaras, y a ver qué pasa.
—La última vez que piteaste Jäbberwocky tuviste poluciones nocturnas ad hoc y, grosso modo, in situ. Aún quedan manchas en aquel rincón y yo no pienso limpiarlas.
—Pues entonces entonces ponme una birra.
—¿La Poderosa?
—No, hoy me siento de lo más exótico ¿Quizá una Amarillo?
—¡Tú y tus bagatelas! ¿Por dónde has estado, por Estramonia? Bébete la Poderosa o te crujo ahí mismo.
Acepté la autóctona sin protestar y, sentado como estaba en el ya mencionado taburete, pivoté sobre mi trasero para ver alrededor. Nadie, niente. Volví a girarme hacia la barra.
—Oí que no queda ya nadie de los del Sándwich.
—Niente. No quedaron ni las migajas.
—¿Y qué hay de Señorjuan, se deja ver?
—¿De verdad piensas que conozco los nombres de alguno de ustedes?
—Vaya, Poli, llevo… llevamos años cayéndonos muertos por tu alfombra en diagonal. No lo sé. Sí, tal vez deberías.
—Yo no debo nada de nada, niente. Tú me debes cien y seis rixdales.
—¿Por una cerveza? ¡Si ni siquiera me has puesto la que te pedí!
—La cerveza son catorce rixdales, los otros noventa son de phianza.
Asumí la cuota quejándome entre dientes y, con los codos en posición b-38, y bebí mi cerveza en silencio.
—Oye, camarero. Oye, ¿desde cuándo dices esa charada de niente?
—¿A qué te referir?
—Nada, eso de niente, que justo lo venía pensando ahora antes y me pareció curioso que precisamente hoy te diera por usarla.
Carraspeó y subió el volumen de la teúve. Yo bebí mi cerveza en silencio y no dije ya más nada. Nada de nada. No. Niente.

18.5.18

El último trago de Benjamin Franklin.


 Diapasón. interior. noche.

Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires decimonónicos y un gabán medio nuevo que gasta un parche del sándwich eléctrico en la solapa. Geraldino, a ese lado de la barra, dormita abrazado a una botella de vidrio despojada de mistela y Policarpo, a ese otro, gobierna la taberna con mano de sebo —lo cual resulta una paradoja, pues su gobierno se basa en servir a su misma vez—. Nadie sonríe.

Bosse-de-Nage, por el contrario, acecha todo oculto en las entrañas de la máquina de tabaco. Pero esto no lo sabe nadie, si acaso Policarpo, tal vez sospeche.

Benjamin Franklin se acerca a la barra y la golpea con su índice erecto, varias veces. A continuación, abre la bocota y se lleva dicho dedo a sendas fauces; apuntando directamente a un gorlo sediento, histórico, y enrarecido. Policarpo le observa y atiende; sirve una jarra de cerveza de lúpulo y podreínas, y se aparta de nuevo sin hacer ruido. Benjamin Franklin (de ahora en adelante, Benjamin Franklin) se bebe aquello de medio trago, hace una mueca sorda, como de eructo, y vuelve a salir por la puerta, con paso torcido y redoblado.

Afuera sucede un relámpago.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Ay, caramba!

Por la puerta entran Longaelisa y sus piernas piernas piernas, seguidas de Morselo e, inmediatamente, el resto de Morselo. Piden copas de jarabe de perla con drencrom y Policarpo provee. También solicitan unos chupitos de fuegodoro, Policarpo abastece. ¿Un poco de sal? Policarpo surte ¿Qué tal unas rodajas de lima? Policarpo suministra.

Morselo: ¿Has visto cómo de chamuscado quedó aquel tipo?
Longaelisa: ¡Uh, qué asco, qué asco!
Morselo: ¡Y cómo le implotó la golová!
Longaelisa: Me cago en la leche, Morselo. Como no te calles ya con eso cojo y me marcho y san si te he visto ni me acuerdo. 
Morselo: ¡Vamos, vamos, Longa Longaelisa! Dame un beso y no te enfades. Me divirtió, eso es todo. Anda, dame un beso, dámelo.
Longaelisa: Aparta, nudibranquio, o te practico un octavo orificio en la quijotera.
Morselo: Sólo era una guasa.
Longaelisa: Pues yo me voy a casa.
Morselo: ¿Me llamarás?
Longaelisa: ¿Eh?
Morselo: ¿Eh, qué?
Longaelisa: Que si te llamaré.
Morselo: ¿Mañana?
Policarpo: Venga, Morselo, no seas tan tan y deja marcharse a la muchacha.
Longaelisa: Buenas noches, Policarpo. (sale)
Morselo: ¿Me llamará?
Policarpo: No tengo ni la menor idea de qué yarboclos hablas.

     *Nótese aquí un ligero anacronismo: Los episodios acá representados se sucedieron más o menos en la segunda quincena de abril de 1854, y Morselo hace reiteradas referencias al teletrófono, dispositivo de comunicación que no se inventaría hasta 1854, pero a finales de año. De ahí que ni Policarpo ni Longaelisa comprendan lo que quisiera decir Morselo, el cual, el pobre, por ser analfabeto y no escuchar la radio, ni leer las gasetas, no se había enterado todavía de que tal artefacto aún ni existía.

(ELIPSIS)

Por la puerta ahora hace aparición un abigarrado cuarteto de hoplitas: Caecio y Argestes y Libis. Caecio, con pantalones de cuero negro y bufanda del Poli Ejido, solicita un granizado de níspero y que corra el aire. Argestes, rubio y ario y lleno de gracia, deposita una cornucopia rebosante de frutas y gramíneas sobre la barra y pregunta por quizá un licor dulce o, si no lo hubiere, una copichuela de vino para hacer un bodegón. Y Libis pide un cenicero. Recogen la comanda y se apartan al rincón, con viento fresco.

Policarpo (a Morselo): ¿Por dónde iba?
Morselo: Fuegodoro.

Policarpo abastece.

Policarpo: Total, que el tal Juleo y la tal Rumieta eran dos y locos y enamorados. La una, era hemofílica y el otro, por su parte, padecía de tensión baja. Ésto no lo sabía ninguno. Y sucedió que, de mutuo acuerdo y por motivos familiares que no recuerdo, decidieron acompañarse hasta la muerte y, tal que así, un buen día, abriéronse las venas.
Morselo: ¡Uy, qué disgusto!
Policarpo: Sí, sí, pero ahí no termina.
Morselo: ¿Y cómo termina?
Policarpo: Pues con la desgracia de que a ella el crobo le borbotó en un santiamén, y espiró en un suspiro.
Morselo: ¡Oh, Rumieta! ¿Y qué fue de Juleo?
Policarpo: Juleo tardó bien lo suyo en ficarla, agonizó cosa de tres noches o así, y se aburrió sin remedio.
Morselo: Vaya, Policarpo. Desde luego que todos somos contingentes, pero tú eres necesario.
Policarpo: Lo que tú necesitas es un buen corte de pelo.
Morselo: Al menos me queda este medio gabán medio nuevo.
Policarpo: Sí, no está mal.

Mientras tanto, en el rincón, unos hoplitas desarraigados discuten sobre el tiempo.

Argestes: ¡Otra vez lloviendo! ¿Te lo puedes creer?
Libis, fumando: ¿Quién, yo?
Argestes: No, digo a Caecio.
Caecio: ¿Eh?
Argestes: Que si te lo puedes creer.
Caecio: Yo creo que hace calor calor calor y me pesa la mandíbula.
Argestes: Eso es cierto, ¡qué mandíbula tan enorme!
Libis, viejo: A mí lo que me molesta es que no paréis de moveros.
Caecio: Incluso si te da por pensar en cualquier cosa, fíjate.
Argestes: ¿Qué dices?
Caecio: Que a mí se me antoja inimaginable un mundo en el que nunca se hubieran inventado los relojes, fíjate. ¿No crees?
Argestes: Ya, pero no estaba hablando de esa clase de tiempo.
Caecio: Bueno, incluso si te da por pensar en cualquier cosa.
Libis: ¿Y Juan?
Argestes: Murió. Pero el mes pasado.
Caecio: Ya era hora.
Libis, viejísimo, tose y se hace viejo: Supongo que, después de todo, decimos buen tiempo a esos ratos en los que no pasa nada.
Caecio: Ni una nube, nada.
Argestes: Pues por eso digo, que a ver si escampa.

Ahora sucede que un vidrio se hace añicos contra el suelo provocando tremendo alboroto.

Morselo: Uy, se me cayó.
Geraldino, lleno de cólera y eructando moscas: ¿Cómo has dicho?
Morselo: Que se me cayó, uy.
Policarpo: Está trompa.
Geraldino: De ninguna manera. Aquí no toleramos esas creencias de pacotilla, esos rollos neotonianos de la tiranía gravitacional. Me enferma.
Moselo: ¿Y con qué se comulga entonces?
Policarpo: Verás.
Geraldino: Aquí comulgamos exclusiva y pluscuamperfectamente con la ley de fuga de vacío hacia la periferia; esto es hacia arriba.
Morselo: Tomo nota.
Geraldino: Más te vale.

El espectro de Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires de ectoplasma y chamusquina. No viste ningún gabán, sino un halo fantasmagórico y terrible. Así, de esa guisa, se acerca a la barra. Pero nadie puede verle. “Olvidé pagar la birra”, le susurra a Policarpo en sueños, con acento de psicofonías. “Lo sé”, responderá éste, más tarde, en su cama, bien durmiendo, “Que sea la última vez”. Y el otro contesta, con esa misma voz: “Pero por supuesto”.

FUNDIDO A AMARILLO

22.4.17

Do.

                Ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

                 Amanecí en un banco del parque Rodol, pasado el mediodía. Rezumando los síntomas de la cruda veisalgia por la boca del estómago hasta el filo de las uñas. Por lo que alcanzaba a recordar, las vestales habían olvidado mi rostro y mi nombre al tercer chorrito de atrabilis, y, a partir de ahí, se puso la atmósfera en negro y, entre medias, perdí un zapato. Un chasquido líquido y ovalado sucedió bajo mi trasero cuando fui a incorporarme, dejándome los pantalones impregnados de albumina y un antiestético pringue de feto de pichón.

                Bostecé. Lo sentí por el pájaro, pero en el fondo pensé que le había ahorrado una vida de amarguras y polución, así que me aboclé los trozos de cáscara del trasero y me largué de allí. Enfilé el camino a casa hecho un guiñapo y con el paso cruzado. Unas garras beige verdoso asomaban por el desgarrón de mi calcetín desamparado y me hedía el aliento a mierda. Francamente, necesitaba una ducha. Además, estaba todo aquel asunto de la consunción del dipsomaníaco deshumedecido cuando se mezcla con una categórica urgencia por cagar.

                Tomé rúe Flâneur para despejarme con la brisa estancada del río y dejé atrás el Sol Naciente con apurados andares y un nudo forzado y tirante en la punta del orificio; justo como aquel que anda transfigurándose de caracol a babosa sin cuestionarse el calendario, una entelequia.

                No había llegado a cruzar la línea imaginaria que delimita las fronteras de mi barrio cuando, sin advertencia previa, fui a tropezarme con Imperator Furiosa. Furiosa era una antigua novia que tuve, mi orbe, mi vía lechosa; pero ya pasaron muchos ayeres desde aquel pretérito, y ya ni hablamos, ni nos olemos. Furiosa lucía un iris pardo y el otro gris, y la melena ensortijada deslizándose por las clavículas. Aún conservaba, después de todo, la candidez primigenia en los lóbulos de las orejas, y ese viso de frescura que reverdece la pupila hasta el haz de His como sumergido en una marmita de esencia de ocalito.

                 Se paró junto a mí, pues percibió que había reparado en ella. Me miró de arriba abajo, sobre todo abajo, a los mitílidos de mi pie. Movió la cabeza levemente a un lado y al otro con gesto compasivo y, sin terciar palabra, giró sobre sus hermosísimos tobillos y siguió su camino. Yo le grité que esperara.

—¡Espera! —le grité.

                Furiosa, sin volver la mirada, tendió su esbelta mano atrás, como ofreciéndomela, y apresuró la marcha. Yo le dije:

—¡No puedo seguirte! ¡Espera!

                Me enjugué las legañas y otra vez corrí tras ella, como en aquella película de Motorizado Marx, la del loco del troglodomo en el desierto, y, de pronto, descubrí que de aquellos preciosos dedos suyos colgaba otra figura, parecida a mí, pero con pelo en la cabeza y la sonrisa cosida.

                Caí de rodillas contra el asfalto. Lloriqueé de un modo vergonzante unos instantes y me deshice del zapato que aún me quedaba. El aspecto del calcetín era, a grandes rasgos, similar a su análogo, aunque quizá de un matiz tirando más a ocre que a gris castaña. Decidí despojarme también de ellos y salí huyendo calle arriba.

                Desboqué por callejuelas sin apellido sin fijarme en los tendidos eléctricos, desnudos, y, cuando me di cuenta de que me encontraba practicando la fuga en dirección contraria, crucé el río por el puente de la fusa y agarré en equilibrio el raíl del tranvía, con la nariz apuntando a la colina de Ubú Roi, y los restos de huevo resecos en la culera. Conseguí mantenerme erguido el tiempo suficiente como para poder apreciar, desde una posición privilegiada, la flagrante parábola que trazó mi cuerpo cuando fue a estamparse contra el suelo con tremendo batacazo. Salí entonces despedido, cosa de tres yardas en trayectoria oblicua, esta vez en parábola ascendente, reboté en una señal de STOP, y terminé colándome, no sé cómo, por la boca de una alcantarilla que alguien se dejó un día abierta y que nunca nadie cerró. 

                Desde abajo, desde abajo huele a humo en Estagira. El suelo se ve negro como un oso negro carbonizado y se escucha cómo el tiempo gira sobre sí mismo y, al fondo, se oye un río. Un reguero de dudas y memorias en todas direcciones. Desde abajo lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Furiosa. Y me subí.

                Llegué al Diapasón descalzo y sin duchar. Me aposté en el córner y suspiré longo. Policarpo el fructífero bajo las torres del momento puso ante mí una crátera de cerveza y un cadencioso chorro de Pancrenoir, sin yo solicitarlo.

—Olvida lo que te dije ayer —dijo Poli—; hoy sí que estás hecho un asco.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Y Bubbs, ha llegado ya?
—¿No te has enterado? Le detuvieron en la frontera para ver qué había en su culo.
 —Pues hablando de lombrices, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, hay más peces en el mar!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿tampoco van a venir hoy?
—Ya sabes cómo son los muchachos; les encantan las sorpresas. Creo que podrían aparecer en cualquier —se calló, y yo aproveché para darle un largo tiento a la amarga envilecida y pensar en el tiempo que pasé con Furiosa, cuando por la noche resplandecían tres lunas sin mácula en el cielo, y en el tiempo que pasó desde entonces, y en cómo ahora, con el recuerdo viejo, parece que aquello duró sólo un— momento. Por cierto, ¿Has recuperado el regalo de Bubbs?
—Yarboclos, lo olvidé por completo.
—Estupendo.
—No te vayas a preocupar, mañana por la mañana buscaré a Mo y lo arrancaré de sus dedos muertos.
—Allá tú, entonces. Pero nada de sorpresas.