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19.1.13

Una consulta entretenida con el doctor Gilliam.


Hace tiempo fui a recoger a Howard a la consulta, no tenía cita previa como de costumbre, sólo nos apetecía vernos y charlar un rato con unas cervezas en el Jamaica, acordarnos de aquel cadáver que nunca enterramos juntos y rememorar las estivales ensoñaciones de Hyde Park en duermevela. Incluso me diagnosticó una “hiperreflexión kafkiana” o algo así, y entonces yo le conté que hacía cierto tiempo me traía de cabeza cierto asunto, que algo me repiqueteaba en la mollera, me sembraba la quijotera de cierta congoja.

—¿Qué te turba, Village? —me preguntó cuando el camarero nos servía unas hamburguesas.
—Pues que me apena pensar en el cementerio de pepinillos.
—¿A qué te refieres? —dijo mientras apartaba el pepinillo de su hamburguesa.
—¡Eso! ¿Ves? ¡Lo has vuelto a hacer?
—¿El qué?
—¡Pues que has quitado el pepinillo! ¿Por qué no pediste la hamburguesa sin él? ¡Coño!
—¿Qué dices?
—¿No te he hablado del cementerio de pepinillos?
—Estás majara.

Y le empecé a contar:

—El cementerio de pepinillos es un sitio muy peculiar, imagínatelo, montones y montones de rodajas de pepinillos desechados, unos manchados de kétchup y mostaza, otros de queso cheddar fundido, incluso algunos de mayonesa o cosas peores.

»Estas rodajas son apiladas en columnas y forman grandes arcadas y bulevares agridulces, aunque no son sitios muy agradables, pues todo está pringoso y huele mucho a vinagre.

»Huele tanto a vinagre, que ningún ser humano podría atravesar sus sinuosas calles hasta llegar al centro con vida.

—¿Y qué hay en el centro? —preguntó entonces Howard, sorbiendo su cerveza en un largo trago.
—En el centro, Howie-ho, no hay más que los restos de los primeros pepinillos de hamburguesa que fueron rechazados por zampabollos ingratos.
—¿Y por qué querría alguien llegar hasta ahí?
—Bueno… —bebí un poco de cerveza—, supongo que no es una hazaña desdeñable ¿no?
—Se te va la pinza.
—¿Por qué dices eso, tío? Sólo intento reflexionar poéticamente sobre la condición de los pepinillos con mi psicólogo mientras me bebo unas cervezas.
—No sé por qué todavía no estás en un psiquiátrico —dijo entonces con una sonrisa contrariada.
—Ése era el trato ¿Recuerdas?

Y pasó un largo rato mientras masticábamos los últimos pedazos de nuestras hamburguesas (yo además me comí los pepinillos de Howard), y pedíamos otra ronda de cervezas. Entonces decidí romper el incómodo silencio.

—¿Sabes en qué más he pensado? —dije.
—¿En qué? A ver… —contestó.
—En estos videojuegos de fútbol por internet ¿Sabes? Todos los que juegan tienen jugadores y cosas y usan unas monedas, que son como puntos, para intercambiar todo eso con otros jugadores, como si fuera dinero.
—Ya, ¿y?
—Que… ¿Quién controla todo ese dinero? Porque no pueden dar moneditas a todo el mundo así, con todo el cuajo, habría inflación. Por lo que tiene que haber algo, un organismo o algo así que controle el dinero. Una especie de fondo monetario, de la FIFA, el FMFIFA. Fmfifa, dilo, suena raro, pero es gracioso. Fmfifa.
Fmfifa —y se echó a reír. Y yo también, mientras repetíamos la curiosa palabra que nos habíamos inventado. Y reímos un buen rato y bebimos nuestras cervezas.

Meca, ¿y qué le paso al Oakriver el otro día? —preguntó entonces Howard mientras se sonreía.
—Ya, ya… —dije yo, consciente de que a lo que se refería era que mi equipo, el Oakriver, había perdido contra el filial de su equipo, el Sporting de Greenbay B, por cuatro goles a uno— ¿Qué le vamos a hacer? Salieron embobaos y no jugaron un carajo.

Y Howard no supo cómo mantener su burla viva frente a mi guasona resignación y bebió otro trago de cerveza mientras buscaba otro tema de conversación. Luego yo también bebí un trago.


Y ya. Hace tiempo que no veo a mi psicólogo para beberme unas cervezas.

17.7.12

Louie, Louie.


Kingston, Jamaica; 1955.

La luna se eleva sobre el pub de Louie, junto al puerto, apenas quedan unos cuantos bebedores en torno a la única mesa repleta de naipes y conchas. Cada centímetro de pared está cubierto de fotografías de los hermanos perdidos en la mar, redes, aparejos y, sobre la barra del diminuto local, la mandíbula de un galano con sus afilados colmillos brillando con la anaranjada luz de las lámparas de aceite.

El ambiente está cargado de humo y ron y cálido salitre. Los comensales se despiden entre ebrias carcajadas camino de los catres que les esperan en la planta de arriba, mañana será un largo día en el azul espejo caribeño.

El más joven de ellos, Pigeon, se acerca al tabernero, Louie, un viejo lobo de mar que había renunciado a navegar por razones que nadie conocía. Louie era un tipo robusto, con una espesa barba dorada y el ojo derecho siempre entrecerrado. Se mostraba siempre reservado y pocas veces hablaba con la escasa clientela, aun así era respetado entre los pescadores de la zona debido a extrañas leyendas y rumores que envolvían su figura. Nadie sabía si todas aquellas historias eran ciertas, pero si algo sabe un hombre de mar es que si un viejo mareante calla sobre sus aventuras es porque tiene demasiadas que contar.

Pigeon era huérfano, y desde que tenía memoria había estado embarcado en una chalana tirando de redes con callos en los dedos y sudor frío por la frente y la espalda a cambio de una parte de la pesca diaria. A pesar de su semblante alto y desgarbado, sus brazos eran fuertes y fibrosos. Pigeon era también un muchacho bastante tímido.

—Louie —dijo Pigeon, apoyado ya en la barra con la mirada perdida.
—Es tarde —contestó Louie con su voz ronca y cansada—, vete a dormir, chico, no quedan muchas horas antes de que zarpéis y en la mar hay que tener la quijotera bien despejada.
—Sí… esto… —titubeó Pigeon— Quería preguntarte una cosa.
—Está bien —cedió el viejo—, ¿Qué te trae de mollera?
—Verás… como sabes yo no soy de aquí, de Kingston.
—Ya, ya… ¿Cómo se llamaba aquella isla?
—Santa Clara, vengo de Santa Clara.
—Bien, bien. La conozco. Siempre se me dieron mal los nombres.
—El caso es —continuó Pigeon— que quiero volver. Quiero volver ahora.
—Conozco ese tono, muchacho —se burló Louie—, tú estás enamorado de alguna moza.
—Sí, y no.
—Tal vez ya soy viejo y no me funciona la sesera, hermanito, pero no entiendo a dónde quieres llegar.
—Louie, Louie… me tengo que ir. Llevo semanas soñando con ella, pero no sé si existe. Siento aquí dentro que ella está ahí, sentada en la blanca arena con una flor en el pelo, esperándome. Esperándome a mí. Como si nos hubiéramos separado en otra vida y ahora nuestro destino fuera volver a estar juntos.
—Pequeño Pigeon —le interrumpió Louie—, eres joven y no sabes de lo que hablas. Tu infantil espíritu está hechizado por los antiguos poetas. Pero no eres un poeta. Maldita sea, no somos poetas.
—Louie, por favor —imploró Pigeon con los ojos vidriosos—, préstame tu bote para volver a Santa Clara, tengo que ir.
—Ay, pobre niño. ¡Hay tres días de travesía hasta esa isla tuya! Deja de soñar con princesas de cuento y vete a dormir, mañana tendrás una dura jornada. Olvídate de esas fabulaciones que te absorben el seso.

Pigeon accedió con decepción, y se encaminó escalera arriba para acostarse en su litera. Pero no durmió, esperó y esperó hasta que la luz del pub se deshiciese en la noche y no reinase más que el ruido de las olas y algún ronquido. Se deslizó entonces con cuidado de que la madera roída por la humedad no crujiese y en unos pocos minutos ya surcaba las oscuras olas bajo la tibia noche.

No supieron más del joven Pigeon. Algunos creen que se perdió en el océano, víctima de su insensatez. 

Unos pocos, sin embargo, los de espíritu poeta, aún cuentan que llegó a la blanquecina orilla de Santa Clara tras tres días y tres noches en la mar, y que una muchacha con flores en el pelo estaba esperándole.