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10.9.20

Dugan's Bible: Gïorrïa Skull.

The Hunter
The Hunter
    Era una noche tórrida y aciaga, plagada de moscas, cuando un joven lampiño y harapiento se llegó ante las puertas de mi parroquia con la camisa teñida de sangre y el macilento rostro de un ocre funesto. Arrastróse por el polvo pidiendo clemencia con la voz hecha un haz de agujas, así de áspera y filosa.

    Puse mi mano sobre su cabeza. “¿Qué te aflige, hijo mío?”, le dije. El muchacho se deshizo en llanto y las lágrimas esbozaron surcos de lodo por sus desoladas mejillas. “Anda, ven”, le ayudé a levantarse, “Pasa dentro, toma algo de sombra y agua”.

    Lo acompañé al interior y le ofrecí de beber. Al preguntar por su nombre, su mirada se perdió en el vacío y en sus ojos refulgió un viso nocturno, como de alimaña. Calló largo rato sin probar el agua y, tras una breve eternidad muda, me contó su historia:

    «Mi nombre poco importa, pues, aunque bien respiro y camino sobre el suelo, en más de un modo ya estoy muerto. Vengo de lejanas tierras, al norte, allá por las Colinas Negras, donde vivía con mi hermano, errando por las yermas y vastas llanuras donde cazábamos liebres y berrendos bajo el constante acecho del viejo puma y los salvajes lakotas.

    »Años atrás, mi hermano, en su afición por la taxidermia, tuvo la extravagante ocurrencia de injertar los cuernos de un berrendo en el cráneo de una liebre, y este trofeo se lo vendimos a un colono francés por medio dólar de plata con la patraña de que tratábase de un lebrílope, un raro espécimen desconocido para la ciencia con propiedades mágicas, que traía la buena fortuna a todo aquel que estuviera en posesión de uno de sus cuernos, no digamos ya de una cabeza entera.

    »El negocio nos fue realmente bien un tiempo, vendimos decenas de aquellas testas a los ingenuos y adinerados que viajaban al oeste en busca de más riquezas. Con la plata que estafamos pudimos comprar una mula y un pequeño carromato con el que transportar todas las piezas que íbamos armando. Nuestro plan era hacer algo más de dinero en los caminos y llegar a San Francisco, donde abriríamos un emporio de lebrílopes y artefactos de superchería.

    »Sucedió hará unas semanas. Era una noche sin luna, más fría que de costumbre. Mi hermano dormitaba junto a la hoguera abrazado a una botella de bourbon, como era habitual, y yo hacía guardia. Oí pasos entre los guijarros, no muy lejos, en lo oscuro. Temí que fueran unos coyotes, merodeándonos, y fui a ahuyentarlos con una tea encendida.

    »De súbito, un gélido soplo, como sacado del noveno círculo del Infierno, apagó la lumbre y me vi envuelto en la negrura más insondable. Traté de regresar, el vaho que exhalaba iba dejando en mi rostro un velo de escarcha, el silencio de la noche se fue haciendo más denso y arisco, y así, de entre la tenebrosa bruma emergió ante mí una figura espantosa; una suerte de liebre atroz, de al menos seis pies de alto, con largas orejas enhiestas y una horrorosa calavera humana por rostro.

    »Sentí su voz en mi cabeza, hablaba en lengua extraña, como una barahúnda de susurros y chirriar de dientes. Dejé de temer, y un crótalo negro salió de la cuenca vacía de su ojo y se enroscó en mi brazo.

    »Gïorrïa se desvaneció entonces entre las sombras y yo volví donde mi hermano, me agaché junto a él, y dejé que la serpiente le mordiera en la garganta. Y ahí mismo lo abandoné a la mañana; rígido y frío como un cadáver.

    »Seguido me vine aquí, a confesar mi crimen, pues Gïorrïa me dijo que así lo hiciera, que viniera precisamente a ti, Dugan, pues tú debías conocer mi historia, y en estas semanas de camino por la gran llanura temo que el conjuro que guió mi mano hacia el pescuezo de mi hermano se haya ido disipando, pues empiezo a arrepentirme de aquello. ¿He obrado bien, padre?»

    “Has hecho bien, hijo”, le dije, posando de nuevo mi mano sobre su cabeza, “Tú no eres el guardián de tu hermano”.

    Aquel joven se colgó en el granero esa misma noche, cuando El Perdido aún dormía. Y las moscas, coléricas, zumbando en su frenética y macabra danza, se dieron un auténtico festín.

14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

15.6.15

Togegoboge.

¿Dónde está el pez? Apesta bajo la mesa, pero no está ahí, ya he mirado. Huele a asesinato de un pedazo del ser, a mala suerte, a culpa. Hay una mosca en cada sopa y los lagartos escapan del terrario con la parsimonia de un grifo que gotea herrumbre y cal. Rostros de porcelana me miran así de pálidos y la urraca sobre la estantería parece haber sido disecada por un taxidermista daltónico. Había un retrato en la pared de un tipo de espaldas y aquello era porque el pintor no sabía dibujar narices debido a otro trauma de la infancia ¿Dónde está el pez, si de todas formas las nucas se le daban de fábula? Bajo la alfombra de piel de dálmata se aprecian quizá cúmulos de polvo, pero del pez ni idea, y hasta el ruido de los electrodomésticos está averiado y el silencio suena turbio y frío como el café derramado sobre el mantel. Los párpados de la ventana lucen aún las huellas de los dedos de un ancestro extraviado que un buen día empezó a arrancarse una costra en la rodilla y, cuando quiso darse cuenta, se había quedado sin cuatro capas de pellejo y con aún menos vergüenza. En esas no hay botón que te libre, como cuando te precipitas por el hueco del ascensor o te quedas sin semillas ¿Y el pez? Que cuando trato de encontrarlo, ahí mismo aparece otra cosa. La otra noche, sin ir más lejos, le hicieron la cesárea al gallo de la familia y le extrajeron una fiebre taciturna y tramposa con las manos húmedas y ladrillos en los bolsillos; después hicieron caldo con los restos y de ahí vienen las moscas. Pero más tarde, cuando se hizo pronto, el cirujano licuó un puñado de glándulas que tomé sin pan ni nada y aquello me quemó en la boca del estómago y la boca misma protestó mascullando que para qué. Y es que las propias tripas nuestras nos ven como fetichistas de los lazos en el cuello, que cuando no nos visten las corbatas nos subimos al cadalso. Que por la noche, antes de dormir, guardamos los globos oculares en tarros de aguardiente sin darnos cuenta de que es justo cuando más los necesitamos, que corremos las cortinas cuando amanece y apartamos las arañas de las esquinas sin saber que lo que hacían era tejer la bufanda que nos arroparía la tormenta del martes siguiente y así nos quedamos con los calcetines llenos de agujeros y desoyendo la voz que nos insta a que afinemos. A todo esto... ¿Dónde está el pez?

Ralph Steadman

14.5.14

Vinsentván.

Era un martes cualquiera y al día siguiente sería miércoles, como casi siempre que empiezan las cosas buenas por aquí. La Tierra cruje en su rotatorio tic-tac y a mí me zumba un oído como cuando se acerca un enjambre híbrido de esos y la cabeza se embota y se hincha como la vieja berenjena.  Dos caballos amarillos traqueteaban sobre el asfalto gris de punta a punta del país atravesando las delgadas lunas sonrientes y los adormecidos cuerpos de las ideas desnudas y el alce que eructa. Un tal Vinsentván o más bien su barbirrojo busto en una maceta decorada y con amapolas saliéndole de la quijotera; las raíces asomaban por abajo, buscando qué, exorbitadas.  Es un chiste conocido: Dos moscas pueden estar encerradas en una caja de zapatos y aún así no encontrarse nunca. El ocho tumbado, quiero decir, infinito. Y hombres con peceras por barriga que además sirven de bombilla. Y ese pez y sus burbujas glub-glub. Mi rostro de un trazo, o eso creo. No estoy en mis cabales. Los edificios metálicos forman un círculo de ceniza como aquella noria en la que me mareé una vez y seguí dando vueltas sin parar y al parecer así sigo. No sé. Una suerte de limbo cutre. La neutralidad en carne y seso. 

13.5.14

La cofa y el búfalo.

La ventana vibró, supuse que algo se habría topado con ella; tal vez fuera una mariposa blanca o una suerte de lechuza con los ojos así de grandes. O quizá una nube del sur dejando esa estela de voces como baba va dejando el caracol.

Si afino el oído escucho algo. No sé el qué, pero me hace sonreír. Me viene de arriba. Me dice: «Cuando no seas más que una canica, procura lucir un ojo de gato bien sinuoso y colorido». No sé muy bien qué significa, así que he fabricado un muñeco de arcilla que soy yo. No es mayor que un teléfono móvil moderno, pero yo me imagino que es grande y elástico, y que lucha contra las sombras que me invento. Cuando gana me distraigo, y entonces soy grande y elástico y habito mi cuerpo. Cuando gana soy valiente.

El Príncipe en el almanaque paseaba como de costumbre por los jardines a lomos de un búfalo engalanado a juego con sus coloridos y decorados ropajes mientras enarbolaba sobre su cabeza un chhatraratna. Se detuvo junto a una roca y dijo: «Todo empezó con una piedra puesta en algún sitio». Siguió hasta la cascada y ahí dijo: «El agua viene de arriba». Vio un mosquerío sobre un remanso en el río y, ya cansado, dijo: «Dos moscas pueden estar encerradas en un armario y aún así no encontrarse nunca». Lo cierto es que el Príncipe en el almanaque no aprendió nada nuevo aquel día y sólo espera a que se caiga esta página. Como dice siempre: «Y todo cae».

Dejé la ventana un poco más abierta para respirar el fresco de la noche. Llevo años construyendo una cofa en la luna y casi la he terminado. Elegí el sitio por la luz y por las vistas. Y porque ahí puedo respirar como aquel loco de la escalera y silbar para que una mariposa blanca o una suerte de lechuza con los ojos así de grandes venga y se cuele por mi ventana.

23.4.14

He tomado por costumbre refugiarme en el Sol Naciente cuando no consigo escribir nada, cuando no se me ocurren historias y empiezo a dudar de mi capacidad para tratar con ellas. La primera vez que oí hablar de este sitio fue en una vieja canción que hablaba de todos aquellos que se habían perdido entre dados y tragos; por aquel entonces me interesaba realmente todo aquello, todos esos falsos héroes de barra de bar que siempre tenían historias que contar, ese espíritu de la decadencia que busca redención en sitios equivocados, ese fondo de cada botella que quema la garganta y ese “dame de beber, bestia, ¿no ves que me divierte?”
Me fui sumergiendo poco a poco, dejando casi siempre buenas propinas y despertándome tarde al día siguiente con mala cara y la vieja náusea de ojos rojos. Así me gané el pálido triángulo en la muñeca, señal de los que suspiran a menudo con la mirada perdida en un universo de burbujas y cavilan lánguidos y deshechos por entre las espirales de un cuaderno garrapateado.
He probado a meditar, y creo que funcionó un rato de veras, pero enseguida se me olvidó cómo respirar y abrí los ojos en otra pieza que era la misma otra pieza de siempre. Preparé algo de café y lié un cigarro de hachís, entonces pensé que hacía tiempo que no me dejaba caer por aquel tugurio del barrio francés donde el suelo está pegajoso por el bourbon y las moscas practican sus bailoteos brownoideos que nos matan de risa.
La anarquía de los pequeños ruidos en la quijotera y el celofán. Canicas, cajas de cerillas, tonterías. He fabricado un escritorio de madera inventada y joroschó con un montón de cajones donde guardaré todas las páginas sinceras que a mí me gusta llamar calcetines. En otro rincón he puesto un cordel donde Alonzo tiende la ropa con pinzas de muchos colores para cuando consiga concentrarme, y es que aquí en el Sol Naciente se me permite hacer de todo mientras me emborrache y deje propinas.
—Recuerdo hace unas noches —le dije al mozo tras la barra— pensé en un tipo llamado Franz Flanagan que cierto día se despertó hecho un flan. No le dio mucha importancia y se quedó tumbado blando y fofo. Así de esta forma. Por la tarde ya no era más que una suerte de natilla de carne y seso y al caer la noche se escurrió por entre las rendijas y se diluyó en la humedad de la atmósfera. Supongo que la moraleja es —bebí un trago de algo— que cuando uno se siente como un total pusilánime lo único que puede hacer es levantarse de la cama. Aunque sea para ir al bar.
*   *   *
Ha pasado tanto tiempo desde que atravesé por vez primera aquella puerta, calado hasta los huesos y lleno de frío. Perdí mi brújula un día de esos y ni con este o este sol me oriento. Esa casa junto al río fue la ruina de muchos otros antes y ahora yo soy uno. Soy mi propia bola con cadena y alguien o yo mismo ha cambiado la cerradura. Me han enseñado que toda esta oscuridad es necesaria para que nos obliguemos a encender las lámparas y por eso empiezo a aceptarla. También a veces enciendo las teas equivocadas, pero procuro estar atento, o al menos intento intentarlo. Me he prometido prometerme que no voy a volver a volver a sentir que me siento solo. También me he prometido dejar de repetirme y dejar de repetirme.
Ahora hay una voz que canturrea.

         Ché, cebá el mate y a la ventana asomate.

20.3.14

Una espiral áurea.



(…) tratábase de una espiral áurea.


Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo.
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


tenía más sed que hambre y bebí unos cuantos tragos de cerveza mientras miraba de reojo la pizza de espinacas popeye esperando a que olivia mordiese su pedazo primero.


antes venía por aquí un tipo que ciertamente era un vago redomado. un día se despertó con el sol de mediodía entrando por una diminuta rendija en la persiana y dándole de lleno en el ojo izquierdo y decidió dormir un rato más. así pasaron tres años. cuando al fin se levantó, la barba le había crecido.  le daba pereza pasarse la gillette, así que se metió en la ducha y pensó en sus cosas bajo la alcachofa. con esas pasaron otros siete meses, y la factura del agua fue terrible.


Mi ser se encuentra un poco más leve, solo de conocerle. Cuando nuestras miradas se encontraron, rodó entre nosotros una infancia de juegos inventados, barcos de vapor y papel periódico y canicas llenas de polvo de hadas. Que ojos, que ojos tiene este inventor de palabras, tetete teletrasportan al mundo de más allá desde el más acá. Nunca me cansaré de jugar contigo hermano lemur, allá donde quiera que nuestro culo se encuentre, tendremos un hogar y una pecera llena de carpas naranjas. Con espacio para muchos más, mucho espacio, un espacio entero.


la conocí la conocí una luna nueva y nazarí con estrellas de ocho puntas joroschó sobre la nevada veleta por una bonita y despreocupada jugarreta del destino o serendipia. algo así. que fluye y fluye como la forma de escribirlo.


no fue chica la algarabía mientras yo fregaba platos con las yemas de los dedos arrugadas y las oreyas satisfechas. me dio un pálpito justo aquí en el pecho y quizás, quizás, quizás.


     WELT-SCHMERZ // del alemán; dolor que siente una persona cuerda al ver el mundo físico real tal y como es y descubrir que no es como debería ser.


La primera vez que probé una de esas naranjas urbanas fue en Lisboa. Habíamos llegado a eso de las nueve de la mañana, hora local, y después de haber caminado durante horas siguiendo el curso del Tejo y comer en un bar de Beato todos estos decidieron coger un autobús para llegar al hostal. Tiger Lily y yo preferimos en cambio seguir caminando bajo el sol para conocer un poco la ciudad y gastar algo de suela. Descubrimos que Castilho no significa lo mismo que Castelo, y que las seudo frutas que brotan de los naranjos en esas rúas son tan ácidas que la cara se te arruga hacia adentro. Aún puedo sentir el peso entre las manos de cuando ayudé a Tiger Lily a subir a uno de esos árboles para alcanzar una de esas naranjas cabronas. Se hizo heridas en las piernas y en los brazos con las ramas espinosas, pero esa sonrisa y esos ojos y cómo brillaba todo aquello no creo que vaya a olvidarlo nunca.


pensé en eso de los movimientos brownoideos y de cómo vamos pululando por la vida sin apenas darnos cuenta de que todo gira como en estagira. he visto cómo esa mosca que se parece a mí pasaba justo por aquí y al mismo tiempo aquella más bonita también y ahora me pregunto cuándo carajo volverán a cruzarse. ché, cebá el mate y a la ventana asomate


(…) y bien se piensa con descalzos pieseses.


      —Ninguna importancia —dijo Morelli—. Mi libro se puede leer como a uno le dé la gana. Liber Fulguralis, hojas mánticas, y así va. Lo más que hago es ponerlo como a mí me gustaría releerlo. Y en el peor de los casos, si se equivocan, a lo mejor queda perfecto. Una broma de Hermes Pakú, alado hacedor de triquiñuelas y añagazas. ¿Le gustan esas palabras?
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


1.   No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?
2.   Todo el mundo crece. Usted mismo está creciendo ahora mismo.
Oh niña de frente pura
y mirada soñadora,
aunque media vida ahora
se interpone entre tú y yo,
sé que tu tierna sonrisa
acogerá con contento
y recibirá este cuento
como regalo de amor.
(…) Aún suenan en mi memoria
los ecos de su cadencia,
y ni el tiempo ni la ausencia
me los harán olvidar.
LEWIS CARROLL


un viejo sueño. la vieja idea de la que estoy enamorado. no se daba cuenta de mi presencia y yo intentaba llamar su atención y sus ojos nunca se cruzaban con los míos quelabuscabanconvehemencia y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle. tatatarareaba una canción distraído: lililí lululú. viejo y destartalado como un volkswagen escarabajo amarillo que en realidad era rojo.  algo así y una mimosa.


Todo se mueve despacio en el mundo de las flores, eso es todo.


Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y-a-otra-cosa-mariposa. Escribí: “estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.


¡Qué maravilloso es poder huir, convertirse en  un ser libre!
HERMANN HESSE, Siddhartha


No necesito hacer frases. Escribo, para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras.
JEAN-PAUL SARTRE, La náusea


Quiero decir que cuando el ojo está embelesado, se ven cosas de lado que luego, al mirarlas de frente, ya no se ven. Un poder del rabillo del ojo. O quién sabe.
ERMANNO CAVAZZONI, El poema de los lunáticos


—Me parece —murmuró con una escafandra invertida justo en el estómago— que madurar es ir escondiendo bien poco a poco el niño que cada uno es bajo un montón de preocupaciones y responsabilidades. Llámalo niño o llámalo pez. Me pone triste todo eso, pero contigo aquí apenas me doy cuenta y siento las burbujas en la tripa de algo que coletea por dentro. Algo vivo. Eso me encanta. Me encanta quien soy cuando estoy cerca de ti. Y hombres con peceras por barriga.


Y todo comenzó con un problema de cría de conejos.

Me gusta este sitio porque llegué un día, porque lo descubrí bien poco a poco. Puedo pararme en cualquier rincón y recordar la primera vez que estuve acá o allá y a toda la gente que he conocido por el camino que, de hecho, ye prácticamente toda la gente que he conocido. Me he criado aquí de igual manera que me he criado en otros sitios más al norte y también cerca del mar donde roncan y bostezan los cuélebres y los busgosus fuman en pipa mientras los diañus burlones aconsejan falsas rutas a los que pasan por ahí y no-me-des-pistas-que-me-despistas.


1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…


         Hay veces que tengo tanto sueño y tengo tantos sueños que no sé ni cómo me llamo ni dónde meterme ni por qué hay asuntos sin resolver tantos años después de haber perdido el pelaje. Hay veces que alguien duerme justo en mi ventana como reflejado y pienso en si ese de verdad soy yo o es lo que quiero imaginarme que soy o es lo que quiero ser o es lo que fui o etcétera tres veces y después de una pausa, otra. Así funciona casi todo; con prisa y casi sin tiempo para respirar, pero por esta parte de aquí jugamos otro deporte, no sé si más sano como tampoco sé un ciento de cosas, o como los aguacates que al parecer engordan igual que el arequipe. Dice así: Por mucho que vivas y alto que vueles, sonrisas que regales y lágrimas que llores, todo lo que toques y todo lo que veas es todo lo que tu vida será.


cuando era chico me robaron la nariz y al rato me la sacaron de detrás de la oreja. sigo estupefacto desde entonces y a menudo pienso en ello cuando agarro el autobús. las noches en las que me cuesta dormir me gusta imaginar que desato el cordel aquí en la nuca y me quito la nariz que enseguida enrojece por la gangrena metafísica cuando la cuelgo del pomo de la puerta —que es su sitio—, así se hace algo de silencio en el ático y descanso aunque siga con una pupila encendida y puesta en la luna. otras veces discuto con la blanca y blanca página por quedarse ahí desnuda y yo sin acertar a enhebrar los ovillos hemisféricos en esta aguja doblada y obtusa que recogí un día del suelo y guardé en mi bolsillo para pincharme el dedo cuando estoy distraído. la otra tarde, sin ir más lejos, escuché tantas palabras que tuve ganas de levantarme y tirarlas por la ventana a la puta noche para que dejasen de revolverme las tonterías y hacerme parecer un saco de calcetines arrugados cuando me miro a oscuras desde el techo. ¡ay de esta loca ánfora colmada de jugos y cavilaciones, henchida de amapolas y semillas de baobab! ay de este pobre sísifo en la ladera, del atlas en mi cuello, de las amistades que son cariátides, de la eva primigenia preguntándose qué demonios había hecho.


con miviejamochilarosafabulosayjoroschó.


No supe cómo escribirlo porque fue real y apenas estoy acostumbrado a eso. Era un puzzle descomunal, un fresco renacentista, y yo me di cuenta de que cuando sea mayor quiero ser hacedor de puzzles o mimo escapista o, si eso falla, tal vez un instrumento de cuerda o un reloj. De todas formas me contentaría con ser una de esas piezas.


Santo Déjà vu. Santa espiral áurea. Santo Escher. Santo Fibonacci. Santos los girasoles. Santo. Santo. Santo. Santas coincidencias. Santas sincronías. Santos los martillos que derriban muros en Noviembre. Santos los güeyos que, estrábicos y estrambólicos, se aíslan y olvidan el contexto de la testa. Y Santa también la testa.


conocí conocí a un tipo que ye de yecla que hizo cumbre en un volcán en chile; y luego dicen que la vida no es literatura.


El programa arrancará después de la publicidad.

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


30.1.13

Los rezos de los árboles.


Quisiera escribirte una carta, a ti, pequeño lémur; que te quedabas enroscado en una rama muy alta viendo la fruta crecer y las moscas revolotear.

Quisiera escribirte una carta, pero no sabrías leerla; tú, que bostezas enseñando los blancos colmillos y sacando una rosada lengua y entrecierras tus ambarinos ojos con plácido aburrimiento mientras el sol te calienta el cogote.

Quisiera escribirte una carta, pero supongo que no te haría mucho bien comprenderla.

Es bueno tener un cálido cubil de hojarasca allá arriba, en las ramas.

Pues todos quieren dormir bajo las estrellas acariciados por los rezos de los árboles.


Que ningún árbol tiene boca
ni ojos.
Que sólo perciben levemente los pasos
y el viento.
Que sus recuerdos son viejos
y están olvidados.
Enterrados bien profundo
bajo las raíces
de los años.

6.11.12

Cazando moscas.


“Hoy va a ser un gran día”, pienso cada mañana cuando suena el despertador, aunque se me pasa en cuanto lo desconecto y me doy la vuelta en la cama para seguir durmiendo un rato más. Los mejores sueños suceden cuando has de despertarte, puede que no sean los más agradables o bonitos, no hablo de eso.

Mira a ese tío del espejo, con los ojos envueltos en la sombra del insomnio nervioso, con una extraña sonrisa que casi parece disculparse por no haber descansado cuando todos lo hacían y haberse pasado las horas vacías convertida en una mueca hastiada y ausente del resto.

Dicen que no hay que preocuparse cuando uno habla consigo mismo, sino cuando empieza a responderse. Ese tipo del espejo hace tiempo que no habla con nadie, y ninguna voz está ahí para susurrarle cosas al oído. ¿Quién murmura entonces? ¿Qué es ese suave rumor? ¿Dónde están los gritos de quien debería estar ahí? ¿Qué hay de las enloquecidas carcajadas?


10.6.11

Viento.

¿Que qué es lo que veo? No veo nada.
Las cabezas de las filas de delante no me dejan ver.
Mis párpados no me dejan ver.
Mis legañas y mis lágrimas no me dejan ver.
¿Quiero ver?
No quiero ver.
Quiero tener unos dedos entre los míos.
Quiero sentir otra respiración junto a mi mientras duermo.
Otro corazón.

Hay un lago viscoso de color rosa chicle.
Moscas.
El cielo es verde lima.
Y los árboles... los árboles no quieren aguantar el peso de más gente sobre sus ramas.
Sólo quieren trepar a las nubes y excavar la tierra.

Todo es mentira, el viento no silba canciones en nuestros oídos, ni las nubes dibujan formas.

La magia somos nosotros. Nosotros creamos todo eso. Nosotros creemos las falacias que inventamos.

Tú eres el viento.

Saliha Bazmjow