Me levanté de la cama y todo parecía normal, me di una ducha caliente, mojé un par de galletas en café y salí a la calle. Todo era normal. Los coches hacían ruido mientras exhalaban bocanadas de humo gris, la gente miraba al suelo mientras avanzaba con premura hacia sus puestos de trabajo. Los niños en el colegio. El cielo estaba azul... no tan azul como en cualquier día de agosto, sino más bien con pinceladas de blanco y gris que advertían de la inminente llovizna del mediodía a la que estamos tan acostumbrados. El día pasó con normalidad. La comida... normal, nada cuscús, ni de esa verdura extraña... ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! ¡cabolla! nada de cabolla. Arroz. Arroz con pollo. Algo de pan. No hay tiempo para postre, vuelve al trabajo ¿no? Lo normal... Salir y decir-¡Qué día tan normal y tan satisfactoriamente dentro de lo común!- Llegar a casa. ¿Pantalones? ¡Fuera pantalones! ¿Zapatos? ¡Fuera zapatos! ¡Siéntate en el sofá! ¡Enciende la tele! Cena una ensalada... ¿tal vez una peli? Ya me encontraba cansado de tanta normalidad... quizás podría... dormir... dormir un poco... descansar... mañana será... mañana será otro día... zzz... zzz...
Volví a los colores brillantes y las luces parpadeantes y los extraños animales flotando y brincando y cantando y esa alfombra que se tambalea, el espadachín de un solo brazo, los wookiee con bikini rosa... ¡Menos mal! Todo este tiempo había estado despierto, sólo había sido una realidad...
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27.7.11
5.11.10
Aventuras en el kalahari.
Esto me recuerda la vez que estube cabalgando sobre ñúes en el kalahari...
Por ahí hacía un calor horrible, y notabas como Helios te iba cocinando lentamente para servir de alimento a los escuálidos chacales.
Un día en concreto... creo que era un martes... sí, martes, porque tocaban judías para comer. El caso es, ese martes, iba yo con mi ñú por la sabana viendo a las cebras y a las jirafas cuando, sin motivo aparente, mi ñú, aquela bestia del demonio, se empezó a revolver e hizo que me cayese de su lomo. Se marchó corriendo el jodido, y yo con la muñeca rota.
Pude regresar al campamento sin problemas, enseguida me pasé por el abrevadero y lo llené de detergente.
Los ñúes se partían el culo, todos patas arriba echando espumarajos por la boca.
La tribu que nos hospedaba se cabreó muchísimo y tuve que largarme, me fuí a Turkmenistán y me apodé Vladimir para ganarme el respeto de una mafia de neumáticos nativa. No duré mucho, solo nos daban arroz de comer, y no era muy bueno.
Y esa es la historia de cómo entré en el KGB, y hasta ahí mi vida hasta 1984.
Por ahí hacía un calor horrible, y notabas como Helios te iba cocinando lentamente para servir de alimento a los escuálidos chacales.
Un día en concreto... creo que era un martes... sí, martes, porque tocaban judías para comer. El caso es, ese martes, iba yo con mi ñú por la sabana viendo a las cebras y a las jirafas cuando, sin motivo aparente, mi ñú, aquela bestia del demonio, se empezó a revolver e hizo que me cayese de su lomo. Se marchó corriendo el jodido, y yo con la muñeca rota.
Pude regresar al campamento sin problemas, enseguida me pasé por el abrevadero y lo llené de detergente.
Los ñúes se partían el culo, todos patas arriba echando espumarajos por la boca.
La tribu que nos hospedaba se cabreó muchísimo y tuve que largarme, me fuí a Turkmenistán y me apodé Vladimir para ganarme el respeto de una mafia de neumáticos nativa. No duré mucho, solo nos daban arroz de comer, y no era muy bueno.
Y esa es la historia de cómo entré en el KGB, y hasta ahí mi vida hasta 1984.
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