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9.1.14

Trilogía de La Rueda —3.

Tuve otro sueño extraño, creo que sólo está en mi cabeza. Caminaba como un pato borracho por el alcantarillado durante toda la noche con unas cuantas cervezas y cuando me asomé por una de las tuberías encontré una antigua amante preguntándose quién había encendido las luces. Era un día normal y yo encendí un cigarrillo mientras caminaba y le decía sin mover los labios que jugásemos a ser Adán y Eva para empezarlo todo de nuevo, pero me dijo que estaba loco.

Pues me siento un poco triste y azul, tal vez sólo necesite a alguien con quien hablar, escuchar alguna voz. Porque van a ser las tres durante toda una hora y no me gusta ese tono del teléfono. Así que cuelgo.

Era un viejo sueño en el que después de la Guerra sólo quedaba yo, y el médico me dijo que también él había soñado con eso, pero que era él el último que quedaba, que no me había visto por ningún lado.

Creo que ahora todo el mundo está teniendo sueños. Todo el mundo se ve así. Caminando solo sin nadie alrededor. Y es difícil estar todos de acuerdo en algo. Yo le dije: Te dejaré estar en mis sueños si puedo estar yo en los tuyos.

Tengo un pájaro que silba y canta y aún así la vida no significa nada //
Gira la rueda bien deprisa y vuela desnuda por la ventana //
Hay una chica a mi lado que no me conoce y eso me encanta.

22.5.12

Poesía del azul.


Erase una vez un jardín. Estaba cercado por claras hayas y por un cristalino riachuelo por el lado norte. Yo había levantado un par de tapias de ladrillo para servirme de refugio. No había más techo que la oscura cúpula plagada de estrellas en la noche. Y el colchón de plumas apenas conocía el tacto de mi dormir, pues yo prefería acomodarme en el trono de mimbre en el porche.
En aquel jardín era harto difícil encontrar cierto orden, los árboles se revolvían entre los arbustos y las flores, y el viento lo mecía todo con una tibia canción.
* * *
La oscura fábrica de nubes grises con todos sus engranajes chirriando entre la turba urbana. Bujías incandescentes girando ruedas y trasladando cuerpos. Despreocupada inquietud en los pasos de las masas de maletines y sombreros y corbatas sin saber cuándo tirarán la bomba, sin saber cuándo serán vaciados de oscuridad. Siete escalones de cuero nos separan del infierno, espera por mí, y ten cuidado. El trance de la máquina dura cientos de años, cientos de sueños, cientos de colores diferentes y de diferentes lágrimas. Brillante, todo, el silencio es brillante. La polvorienta luz brilla con el acero y se refleja en un humo ocre de atardecer otoñal y vida envejecida.
* * *
Ella espera en una habitación empapelada con motivos florales en tonos bermellones iluminada por una vieja y destartalada lámpara. Está sentada en uno de los dos sillones azules junto a la puerta, inclinada hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza descansando sobre la mano derecha. Mira hacia adelante, pensativa, con un rubio mechón cruzando oblicuo su rostro. El tiempo pasa y se las lleva.
* * *
Un surco carmín atravesando su tez blanca como un río de sangre en la nieve. No sé en qué piensas, no he visto tus ojos. Sólo atardeceres en la orilla del mar y casas de cal.

2.1.12

Las luces de mañana.


La cabeza no me daba vueltas esta vez, debería hacerlo, pensé, pero estaba misteriosamente lúcido. Había dejado los gintonics y vuelto a la cerveza. La música no era más que un eco borroso, una mancha de ruido entre el humo que nos rodeaba a Johnny y a mí frente a la barra.

-¿Sabes?-le dije, riéndome-Llevo meándome como media hora y no me atrevo a ir por culpa de esas luces-Johnny empezó a soltar carcajadas-Esos bichos o son dragones o son plantas que dan miedo.

Un salto temporal me llevó directamente a mi rostro reflejado en el espejo del encharcado lavabo, mis ojos inyectados en sangre se miraban a sí mismos, al vacío del todo… la moraleja supongo que será que hay que dar ese paso aunque asuste. Tampoco es que yo sea quién para enseñar algo de la vida a cualquiera.

Y pasaban las horas en silencio mientras mi jarra se vaciaba de cerveza para llenarse luego otra vez, con mi mente desconocedora entonces de que Lorraine pasaba frío en algún banco cerca de la estación de autobuses. No, espera… eso fue mucho más tarde.

Quizás siga bebiendo, me dije, para despertar de repente en otro sitio sin saber cómo he llegado ¿Qué más da cómo siga cualquier historia? ¡Yo no me acuerdo!

Da igual, no importa. Pues siempre es mañana.


19.9.11

Dios nos odia a todos.

Me gusta imaginármelo de esta forma, algo así como en una recaudación de fondos o un evento por el estilo, lleno de elitistas y personajes famosos del mundillo literario. Un rollo de fiesta de ricachones asquerosos bañados en champagne con el mayordomo de la Presley paseándose con una imponente pirámide de  Ferrero Rocher.

Yo no soy exactamente yo, más bien una suerte de Hank Moody, en tiempos de bonanza, como en aquel relato, Convite, no sé si alguno se acuerda. Tal vez imaginármelo todo así no sea más que una sombra de las ganas de cierto éxito, de querer llegar a esas alturas para demostrarse a uno mismo que no es como aquella gentuza, no sé si me explico, supongo que un poco sí.

En esta fantasía no voy solo, pero a diferencia que en Convite, mi acompañante no es un florero. Es alguien que también tiene éxito en su mundillo particular, quizá tanto o más frívolo que en el que nos movemos ahora mismo. Creo que no haré alusión a este sector para evitar delatarme, ya sabéis, no tiene gracia si esa persona descubre que estoy hablando de ella, aunque, si lo pienso bien, tiene cierto morbo... pero... bueno ¿por dónde iba?... ¡Ah, sí! El caso es... el caso es que en esta fantasía yo soy yo pero algo cambiado, no mucho, no tanto como en Convite, donde la fama y el oro me apartan de mí mismo; pero ella... ella es igual. Por eso me gusta, porque no puedo inventarme un personaje para ella, ella es el propio personaje.

El final de la historia sería más o menos el mismo que en Convite, después de tiempos de apogeo, caída en picado a lo más bajo, lo que viene siendo tocar fondo, y después... supongo que después me convierto en lo que de verdad quería ser.

13.9.11

La Navaja de Ockham.


-¿Qué te pasa, Paul? ¿Sigues pensando en ella?-me preguntó Aurora con sus ojos verdes intentando encontrar una respuesta en los míos, absortos en la tercera botella de König Ludwig. De vuelta en Umbrella Square después de tanto tiempo, pero no estoy triste ni melancólico, ¿por qué iba a estarlo? Todo va bien… sí, todo va bien. Supongo que hay gente como Aurora que parece saber siempre en qué estoy pensando, aunque ni yo mismo era consciente de mis propios pensamientos.
-Pienso en por qué no sé irme de todo aquello, de volver a tropezar con la misma piedra siempre que me sale al paso… pienso en por qué se empeña en ser una piedra.-contesté al final, tras medir cuidadosamente mis palabras.
-A ver, no lo veas así-me respondió-Es mucho más complicado.
-¿Qué sabes de la Navaja de Ockham?-inquirí con desdén, y Aurora se quedó con un rostro vacilante sin saber qué contestar.
A estas alturas de la historia, yo ya estaba algo cansado del asunto. Quizás no lo entendáis, y probablemente ni hoy ni mañana me ponga a explicarlo. Ya en varias ocasiones he dado pistas, pero, no se equivoquen, son pistas falsas, relatos febriles nacidos de un juicio basado en las conjeturas y delirios que flotan en el rechazo, aún aparente.

Acuerdo nº3: “No hagas suposiciones”.

-¿Qué es la Navaja de Ockham?-decidió preguntarme al final, mientras yo seguía con mi búsqueda interior de más vocablos poco frecuentes, decidiéndome finalmente por ser claro.
-Pues que todo es más sencillo que todo eso… joder, si hasta es fácil hacer que las cosas sean complicadas, ya lo estás viendo. Nos pasamos la vida intentando hacerlo todo difícil porque ¿cómo iba a ser esto tan simple? El problema es que no nos fiamos ni del jodido Universo y claro, nosotros no podemos no tener razón. ¿Pues sabes qué? Me he roto la cabeza y no pienso con claridad, nunca lo he hecho. Así que, si todo es tan complicado como dices, procura que no salte al vacío si no sabe dónde quiere caer.

 

3.9.11

Trigo introspectivo.

Otra vez siento que me falta algo, que se me ha ido algo.

Algún personaje de estos que ya he usado en varios relatos, al que últimamente no echaba de menos... y ya... pues ya no está.

Vino y se fue tantas, tantas veces... aún tengo más, siempre tendré más, pero es la que realmente presiona mis dedos contra cada tecla para formar cada sílaba, cada palabra... y no se me antoja ahora nada más que estar solo. Solo un rato. Que ningún corazón delator me haga perder los nervios. Que cada resaca sea en la soledad de mi cama con otro folio en blanco... esconder aquél cadáver, escapar de aquella isla...

Creo que soy imbécil... o quizá sólo sea feliz.


25.1.11

La luna sobre Umbrella.

-Cuánto tiempo sin pasar por aquí-pensé, toda la plaza estaba igual que siempre. La misma luna que intentaba esconderse entre las pálidas nubes, las mismas gotas de lluvia entre los adoquines que centelleaban a la luz de los dorados faroles de siempre, el mismo gran paraguas.


Sin embargo, y esto es muy frecuente, no era del todo la misma plaza. Bueno, la misma plaza sí que era, pero, como para casi todo, algo había cambiado.

Habíamos comprado unas cuantas cervezas en el Campever’s para bebérnoslas en Umbrella Square, como siempre, bajo el gran paraguas.

A medida que la noche pasaba, el halo de la luna y las estrellas se iba haciendo cada vez más denso, y cada uno de los pocos que éramos en un principio iba abandonando su lugar para recorrer distintos bares en busca quizá de más acción o bebidas más fuertes. Pronto sólo quedamos Tiger Lily y yo.

No hablábamos de nada en concreto, las mismas palabras de siempre que, aunque sorprenda, eran siempre especiales y borrachas de cariño por su propia vida, por el mero deseo de que nunca dejásemos de pronunciarlas.

No recuerdo el momento en el que la vi… ¿quién si no iba a poder presentarse en una noche como aquella? Lorraine siempre aparecía cuando ya había conseguido olvidarme de ella. El corazón me dio un vuelco. Odio esa expresión porque a menudo se usa como hipérbole sin sentido, pero esa vez, como ya algunas otras, el mío intentó salirse de mi pecho, agitándose después con furia y escupiendo sangre ardiendo hacia mis sienes.

Intenté desviar la mirada -¡que no me vea!-pedí en silencio a las estrellas. Pero ya era tarde, ya estaba junto a nosotros blandiendo una desnuda botella de vino con tan sólo unos tragos en el fondo.

Nos saludamos y empezamos la misma conversación de siempre… ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal te va todo?... yo intentaba en vano no desearla, pero me resultaba imposible. Es ese brillo en los ojos que tal vez alguno ya habréis visto en otra persona. Ese vacuo resplandor a la vez tan lleno de pequeñas sensaciones en los dedos, de cuerdas invisibles que alzan las comisuras de los labios para esbozar una tímida sonrisa. Poco a poco nos fuimos quedando solos. Ella se levantó y me incitó a que la siguiera. Estaba claro que Tiger Lily no estaba invitada, y yo le consulté con la mirada qué debía de hacer. Me animó. -¡Ve con ella!-dijeron sus ojos titilantes.

Todo desapareció. -¿Qué carajo estoy haciendo?-dije para mis adentros. Me levanté, cogí a Lily de la mano y me alejé de Lorraine.

-¿Qué pasa, Paul? ¿Qué haces?-me preguntó Lily
-Sabes que llevo ya mucho tiempo esperando este momento.
-¡Por eso!-contestó-¿Qué haces desaprovechándolo aquí conmigo? ¡Ve! ¡Ve con ella!
-No digo ese momento. Tú estabas aquí, estás ahora, y sé que estarás después… y también sé que ella no estará cuando volvamos… nunca está.

13.10.10

Convite.

Habían pasado unos cuantos años ya desde la última vez que había tenido noticias de ellos, ni siquiera sabía si seguían juntos hasta que me llegó aquel sobre salmón claro con una cartulina llena de florituras en la que me invitaban a su boda. Me extrañó en un principio que supiesen mi dirección, pero en seguida esa duda se volvió hacia la idea del porqué de la invitación, no habíamos tenido una relación nada estrecha, por no decir que ni siquiera habíamos tenido una en algún momento. Supongo que en otras circunstancias hubiera tirado aquel trozo de cartón engalanado y desechado la idea de acercarme por allí, pero, ¡qué demonios! Hacía tiempo que no veía a amigos que seguro estarían invitados y tenía ganas de pasarme un poco por mi tierra natal de la que llevaba ya una buena época alejado.


Reenvié la invitación con mi respuesta afirmativa, adjuntando una pequeña nota en la que explicaba que esa misma semana tenía unas cuantas citas en mi agenda y me sería imposible ir con un par de días de adelanto, y que llegaría el mismo de la ceremonia, aunque tarde, justo para el convite. También me alegró sobremanera marcar con una x la casilla de acompañante, nunca había tenido ocasión de hacerlo.

Pasaron los dos meses siguientes con poco trabajo, sin pensar demasiado en la boda que, la verdad, tampoco me importaba lo más mínimo, hasta el sábado en el que el despertador sonó antes que de costumbre y una pequeña maleta esperaba junto a la puerta para servir de equipaje durante el fin de semana nupcial que aguardaba tras un par de taxis y un avión.

Al final ahí estaba yo, todo trajeado, bien afeitado y mejor acompañado, entrando en una gran sala que compartían un par de cientos de personas entre canapés y copas, siendo víctima junto con Lorraine de furtivas miradas que intentaban ocultar sorpresa e incertidumbre, yo le susurré que sonriese tranquila hasta que encontrase a alguien conocido, el primero fue Bob, el novio.



-¡Hombre, Village! ¡Por fin has llegado! ¿Qué tal el viaje?

-Eeem… pues bien, normal, supongo, ya me estoy acostumbrando a los aviones y eso… por cierto, ésta es Lorraine.

-Hola, yo soy Bob, encantado-le dijo, girándose después hacia a mí-Qué coincidencia… ¡Ah, sí! Me hablaron de tu libro, yo no lo leí pero a mi prima le ha encantado, espera un segundo que ahora voy a buscarla y te la presento.

Se volvió rápidamente afectado por los nervios y alguna copa de champagne que habría tomado, y cuando se encontraba a una distancia prudente, Lorraine me miró con sus grandes ojos verdes y me habló suavemente.



-¿Qué es una coincidencia?

-Nada, ya te lo explicaré-contesté intentando descubrir si de verdad el pobre tonto de Bob había hecho esa asimilación y si de verdad era lo que yo estaba pensando, y, qué coño, si se habría atrevido de verdad a echármelo a la cara-Pero creo que ya sé por qué me han invitado-añadí.

-Bueno, está bien…-buscó a nuestro alrededor-Voy al baño un minuto, vengo ahora.

-No problemo, estaré ahí, en la barra.



Me acerqué tranquilamente mientras me guardaba un puro que me ofreció un chaval en el bolsillo de la chaqueta. Me senté en un taburete del extremo de la barra y pedí un bourbon con hielo y una cerveza mientras me arrepentía de estar allí. Una mano me tocó el hombro, y me giré sobre el eje de mi asiento, ahora hogar mientras estuviese bebiendo, se me atragantó el sorbo que había tomado justo antes al verla, era ella, Lorraine, pero no mi Lorraine, no la de ahora, ella era la coincidencia y, maldita sea, estaba preciosa.



-¿Co… Cómo tú por aquí?-ella se rió.

-También son conocidos míos ¿recuerdas? ¡Qué viejo estás ya! ¿Por qué no me llamaste nunca?

-Para ser justos tú tampoco me llamaste ni te interesaste nunca por mí, y sospecho que tengo unas cuantas razones para no haberlo hecho.

-¿Qué nunca me interesé por ti?

-No me lo demostraste nunca.

-¿Y tú por mí?

-Sabes que estuve demasiado tiempo detrás de ti, no hagas como has hecho siempre haciéndome creer que no sé tratar con las mujeres.

-Sí, tienes razón, aún sigues pidiendo una cerveza de más.-Tenía razón al fin y al cabo, pero no toda. Durante un tiempo estuve jodido por su culpa y me pedía otra cerveza para que me acompañase, que esperase a que ella apareciese para bebérsela, al final siempre terminaba en mi estómago y se convirtió en costumbre. Hoy la pedía para tragar mejor el espirituoso de cuatro rosas.

-No es por ti, ya no pienso nada en lo que pudimos haber tenido, vivo con otra y estamos perfectamente, ¡Mírala, ahí viene!



El suyo fue un saludo algo tenso, después Lorraine se marchó, no mi Lory, sino la coincidencia. Bob apareció unos instantes después mientras le explicaba un poco a Lory los sucesos pasados, me trajo a su fea prima que en seguida me mostró su admiración y me pidió que le autografiase una copia de mi libro. Garabateé una falsa rúbrica con una sonrisa impaciente y en cuanto se distrajo con su grato trofeo me volví hacia Lory –venga, nos largamos-.

El fortuito encuentro con Lorraine, la coincidencia, o error, o lo que fuese, permaneció unos cuantos días en mi cabeza. Me acechaban las dudas sobre si debía odiarla o podía permitirme seguir enamorado de ella. No podía mirar a Lory a los ojos con el cariño de antes, pues no veía los suyos.