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18.4.16

Fugu.

                Me desperté con el rascaso de que los peces no saben que habitan un líquido. Son peces, y no se dejan engatusar por meselos ni simplezas. Sin embargo, yo, que me cuento diecinueve dedos y carezco de agallas, me tengo que soportar día sí y al otro también con la imbécil presunción de saberme más listo que el gobio o un atún. La petulancia de los bípedos, lo de siempre: el mono calvo que se señala hacedor de lluvia cuando cae agua del cielo y que en secreto envidia las escamas por verse más brillantes que este cuero desnudo y seco que se arruga con sólo mirarlo.

                Los peces dominarán la Tierra cuando descubran que están flotando entre basura; y, mientras tanto, se me enfría el café porque me preocupa que mi prosa no es todo lo porosa que yo quisiera. Escúchate: “Mi prosa”. Un pez te diría que glú y, con las mismas, se olvidaría del asunto y se iría nadando en un santiamén. Cantaría entre el coral, sin más. Poco más hay que hacer en el arrecife que comer y evitar que le coman a uno. Eso y el mecerse con la marea.

                Los bichos de secano también sufren este oscilar, las corrientes, los influjos; yo mismo, que no soy menos, y sin terminar de desayunarme siquiera. Apenas me despabilo y ya me traga el ómnibus y me desplaza, me despedaza, me desubica, me marea. Me pierdo buscando un punto neutral donde posar la vista cuando una treintena de idiotas, casi tan idiotas como yo, se entretienen con lo mismo. Como peces con los auriculares puestos, pero sin aletas ni caudal.

                Frente a mí, un tipo de tupido bigote, culmina el centésimo tercer pliegue de su boleto y se lo esconde en la manga. De la opuesta se saca un pañuelo y se prepara para un estornudo inaplazable. Coloca el culo hacia atrás en su asiento, hasta el recodo del respaldo, en previsión del inminente retroceso. Clava los talones en el piso del vehículo; es importante mantenerse firme en una situación como ésta. Y, con un delicado gesto, se acerca el pañuelo sujeto entre ambas manos a la cara y se cubre con él una nariz que recuerda a un pepino de mar.

                Observo expectante desde mi plaza y pienso entonces en si los peces llegan a estornudar en algún momento de sus vidas, por particular que sea. En si las burbujas que de tal acto reflejo resultaran serían también esféricas o, por el contrario, surgirían poliedros o paralelepípedos o algo por el estilo. Yo creo que no estornudan, pero también es verdad que, si acaso, me mojo cuando llueve y poco más.

                Se dispone a ejecutar el salto. Las aletas de la nariz reculan espasmódicamente y los párpados se debaten entre la ignorancia y el ser testigos. El mostacho se estremece arrastrado por las fosas y el labio inferior busca cobijo bajo el cielo de la boca. Se hace el silencio. Próxima estación: San Lundo.

                A partir de ahí todo se sucedió en ralentí, como sumergido en agua espesa. Un monzón de saliva y flema erupcionó del rostro del pobre pobre tipo de bigote tupido en todas direcciones, con tal virulencia que uno de sus ojos, seguramente su favorito, fue a saltársele de la órbita con el oblongo estallido de una pompa o una botella al descorcharla, practicando una bonita curva parabólica casi perfecta, para acabar colgando como un péndulo de cuatro sanguinolentos centímetros de nervio óptico palpitante.

                Nadie más se percató. El tipo miró a un lado, luego a otro, y, al mismo tiempo, con el ocelo escapista, su regazo salpicado de sangre y legañas. Me imagino que entonces pensaría algo como: ¿Y qué hago ahora? ¿Me habrán visto? ¡Qué vergüenza! ¿Debería ponérmelo de nuevo o mejor lo dejo así? ¡Quién fuera pez y no tuviera que preocuparse por que se le vaya a saltar un ojo en medio del autocarro!

                Se arrojó de cráneo por la ventana y se alejó corriendo por la perpendicular con el oscilante globo ocular enmarañándosele en los bigotes. Vaya un desastre. No sé qué habría hecho yo. Tal vez, si fuera pez, me lo hubiera comido. Pero así de seco y con estas membranas que dan risa… pues no sé; si fuera pez tampoco me preguntaría nada acerca de ningún líquido.


31.10.15

Pregnancia.

aún quedan residuos entre las muelas de mi quijotera y las encías se dan sedadas con la remanencia de aquel velo. aquel vuelo sesgado bajo el cielo negro en duermevela. con agujeros por pupilas y vistiendo como piel las hojas secas, que se caen, que se embelesan. ese pálpito, ese rubor, como le llamen, esa llama que apago con las yemas y se queda en cada dedo como un dolor poroso y liberador que saboreo como el cortarse con un libro o el albor de una marea. a la mierda, qué más da. lo que importa ya nos avisará cuando llegue, yo qué sé, que nos pille donde sea. las cosas que he ido guardando las enterraré algún día bajo una equis en un mapa y diré por ahí me equivoqué, que solo me fui para volver y que, si a veces me escondo es porque, a ver, a veces me tengo que esconder. y que si alguna vez mentí fue porque me engañé a mi primero. ay, qué extraño es olvidar, qué duro desertar de un sueño y regresar a la calma donde nada pasa excepto el tiempo, que es de sal, y se cansa de descansar tirado así de tranquilo, estirado como un hilo o mil kilómetros. ¿qué esperaba? ¿despertar frente al mar y dispersar los cirros, los delirios, con un gesto? ¿apartar, de un plumazo, todo el plomo, todo el peso de este cuerpo? ¿o tal vez nada de nada o, más bien, justo lo opuesto? elige un espejo y dile que no, que mejor otro día, que yo no soy del todo el hoy pero tampoco soy universo garcía y por eso el poso de este dolor lo ahuyento aullando. que si dudando ya me cuelgan los pies por encima de la cabeza, imagínate el vértigo que se me vierte cuando me asiento sobre certezas. ay, ahora tengo muchas cosas en las que no pensar, tanto que decirme, tanto que escucharme, oídos sordos que hacer, tantas bocas que callarme. que si mi hogar está donde está mi trasero ahora encuentro que mi trasero no está donde lo dejé o que han cambiado la cerradura y mi llave se ve intrusa. orfebre de la excusa destartalada, alquimista de la aprensión, mequetrefe a secas, quincalla, fruslería. ahora elige otro espejo y dile que no, que me siento mejor, que sonría. que si pasa lo que pasa es porque pesa lo que pisa y que, a veces, con las prisas, lo que pesa es lo que pasa y lo que pasa es sólo brisa. alivia el escribir, es mi tesoro, mi sonrisa. mi pedazo de no ser que apacigua la virulencia movediza de mis tripas. vuelve a empezar. la vida es corta. la muerte es lenta. finge que esto no es un sueño y despierta soñando. que la esfinge no es nada sin su acertijo y, esto me lo dijo un viejo, que el laberinto no está en los muros, sino en el seso, y que hay un pez en mi barriga que me da paz, y por debajo sólo hueso. 

Edvard Munch

19.10.15

Calabaza.

Tengo una bicicleta con una rueda rota en la esquina de mi pieza, junto al perchero y el armario. Es un armatoste naranja caramelo con las llantas de mostaza y se anuncia como la Calabaza de Orión, todo un escándalo.
Desde luego no es de mi talla, se ve como un juguete. Y si no fuera por la rueda y mi avería ahora mismo estaría pedaleando y no andando pedo y en calcetines, che, dónde hemos llegado.
La razón por la que te escribo esto es porque me he fijado en que me gusta que esté así, rota y bien rota. Y pensé que era importante que lo supieras.
Creo que la Calabaza de Orión tiene, al menos, tres marchas. Pero ya sabes que yo de eso no sé apenas y cojo el piñón de en medio y con las mismas subo o bajo a donde sea. Son cosas nuestras, no nos importa mucho.
De todas formas no sé si llegaré a llevarla al taller, porque antes tengo que comprar un acuario nuevo y mayor para la tortuga y también trasplantar esa rama que encontré, todo crece y, sabiéndome, va para rato.
Pero me paro a pensar y, espera, volvemos a la vieja ruda y pendeja rueda que encima está rota y que se ríe bajo el polvo del neumático dislocado. La veo por el rabillo y se me eriza la nuca y me molesta su sonrisa torcida y sus radios oxidados. Me asquea ese gesto encorvado con las pastillas de freno fruncidas y ese mirar de manillar por encima de la horquilla. ¡Vaya un velocípedo!
¿Cómo iba yo a cabalgar semejante rocín, tal artefacto? ¿Acaso no se ha convertido ya en un mero cartabón con sendos círculos en el bodegón que es mi pieza? ¿Y en qué me quedo yo, entonces, tornado simple pincel con cerdas por cabello y un herrete en el pescuezo?
¿Cómo iba a cabalgar siquiera, con este cuerpo que es de palo, tronco muerto, barnizado? ¿Cómo…? ¡Cómo!
Como comprenderás, todo este asunto quizá me desquició. La rueda rota y ese rollo. La Calabaza en mi pieza, bajo la ventana, en pleno Ochobre. En fin. Todo benne. Cebá el mate.



8.1.15

Un ombligo bíblico.

Convenimos lo siguiente: El primero que calzara con calcetines los colmillos de una morsa, se llevaría como premio este pequeño altavoz. Una serpentina de diamantes se derramaba por el sofá y me detuve en una sillita de playa a la vera de la tortuga y con vistas a un marco en blanco que, de hecho, no era más que un rectángulo de madera. Los elefantes patinaban en círculos por el respaldo del sofá y aquello parecía una cascada oceánica entre sendos glaciares como cojines. Yo no hice gran cosa entonces. Tampoco había tocado los bombones de crocanti desde hacía rato; si acaso libaba birra y leía láminas a la luz liviana de los eslabones que en el fondo eran bombillas. El reloj se derritió como en aquella postal y tampoco hice nada al respecto. Como mucho intentar acomodarme en esta sillita que me está destrozando la espalda.

La travesía duró al menos un buen rato. Naufragamos un Cadillac del siglo catorce en medio del desierto del Gobi y eso nos palpitó en la cebolla; pero yo rebusqué en mi bolsillo y encontré un nimbo aterciopelado y cubierto de pelusilla del ombligo, y el otro setenta por ciento era agua como yo, y como cualquier otro mono. No encontramos morsas por ahí; si acaso algún que otro ñandú turista y montones, montones de tierra. El cielo se curvó entonces, y nos quedamos panza arriba y, con los pies descalzos, nos soñamos dormidos y buceamos en una sustancia que era yo qué sé qué y amanecimos en un café de Luanda o Liubliana o tal vez era una pescadería, y decidimos hacer las paces entre los peces y seguir buscando por otro lado.

Pero buscar qué. Lo habíamos olvidado. Hacía frío entonces como cuando te comes un caramelo de menta con cualquiera de los polos en mente, y fingimos que la realidad no nos mentía demasiado.

¿Sabes? Me tomaré ese café. El azucarero estaba medio lleno de rubíes y zafiros, pero me serví un par de cucharadas de todos modos. Justo delante un tipo despotricaba contra las estelas químicas mientras solicitaba fuego para encenderse un cigarrillo haciendo un gesto con los pulgares. Lo llaman geografía de los estados del pensamiento y está repleta de curvas y bahías. Pero yo de eso no sé un pimiento apenas.

Alguien gritó «¡El techo es lava!» y los muebles se dieron la vuelta y se colgaron del tejado y, así, no supe si era yo el que estaba del revés. Y volvimos a fingir que la vida no nos engaña. Y por los pasillos alguien había escrito que hasta donde la ciencia conoce no es posible imaginar. Y la tinta del rotulador iba conformando surcos oblicuos como un ombligo bíblico por título.

Acordamos no mencionar nada al respecto y nos intercambiamos los sombreros para sellar el trato. A mí algo me chorreó por el hombro de la camisa, pero hice como que no me había dado cuenta y avanzamos a la siguiente casilla. Un hombrecillo que se había perdido por ahí me dio un dado en blanco y un dardo y una diana; y yo agarré todo con un brazo y con el otro una liana y salté por la ventana hacia la que había al otro lado.

Jugamos un rato a que las cosas empezaban por el final y terminaban por el principio y acabamos por cansarnos de no saber decidirnos. Después jugamos a no hacer nada y más tarde a perder el tiempo. Al final se hizo de noche y después de día como al principio.

Diego Rivera

21.6.14

Fragmentos del libro amarillo (XXV).

[Leer con la cabeza al revés]



No existiendo arriba ni abajo ni a la izquierda ni a la derecha sino sólo alrededor es difícil de veras tener la cabeza al revés y se piensa con tanta claridad que al final te descuidas y te enredas otra vez. Como muchas veces que nos duele y no sabemos dónde o los árboles no nos dejan ver el bosque y acabamos encontrándonos a nosotros mismos de espaldas y hay que silbar para avisarnos. O una víbora que se traga su propia cola y en un santiamén desaparece de la vista y se va dónde. He creído alguna vez que miramos hacia adentro sin lente alguna pero sólo de reojo y del susto me eché a reír y el suelo volvió a ser el cielo.



20.3.14

Una espiral áurea.



(…) tratábase de una espiral áurea.


Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo.
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


tenía más sed que hambre y bebí unos cuantos tragos de cerveza mientras miraba de reojo la pizza de espinacas popeye esperando a que olivia mordiese su pedazo primero.


antes venía por aquí un tipo que ciertamente era un vago redomado. un día se despertó con el sol de mediodía entrando por una diminuta rendija en la persiana y dándole de lleno en el ojo izquierdo y decidió dormir un rato más. así pasaron tres años. cuando al fin se levantó, la barba le había crecido.  le daba pereza pasarse la gillette, así que se metió en la ducha y pensó en sus cosas bajo la alcachofa. con esas pasaron otros siete meses, y la factura del agua fue terrible.


Mi ser se encuentra un poco más leve, solo de conocerle. Cuando nuestras miradas se encontraron, rodó entre nosotros una infancia de juegos inventados, barcos de vapor y papel periódico y canicas llenas de polvo de hadas. Que ojos, que ojos tiene este inventor de palabras, tetete teletrasportan al mundo de más allá desde el más acá. Nunca me cansaré de jugar contigo hermano lemur, allá donde quiera que nuestro culo se encuentre, tendremos un hogar y una pecera llena de carpas naranjas. Con espacio para muchos más, mucho espacio, un espacio entero.


la conocí la conocí una luna nueva y nazarí con estrellas de ocho puntas joroschó sobre la nevada veleta por una bonita y despreocupada jugarreta del destino o serendipia. algo así. que fluye y fluye como la forma de escribirlo.


no fue chica la algarabía mientras yo fregaba platos con las yemas de los dedos arrugadas y las oreyas satisfechas. me dio un pálpito justo aquí en el pecho y quizás, quizás, quizás.


     WELT-SCHMERZ // del alemán; dolor que siente una persona cuerda al ver el mundo físico real tal y como es y descubrir que no es como debería ser.


La primera vez que probé una de esas naranjas urbanas fue en Lisboa. Habíamos llegado a eso de las nueve de la mañana, hora local, y después de haber caminado durante horas siguiendo el curso del Tejo y comer en un bar de Beato todos estos decidieron coger un autobús para llegar al hostal. Tiger Lily y yo preferimos en cambio seguir caminando bajo el sol para conocer un poco la ciudad y gastar algo de suela. Descubrimos que Castilho no significa lo mismo que Castelo, y que las seudo frutas que brotan de los naranjos en esas rúas son tan ácidas que la cara se te arruga hacia adentro. Aún puedo sentir el peso entre las manos de cuando ayudé a Tiger Lily a subir a uno de esos árboles para alcanzar una de esas naranjas cabronas. Se hizo heridas en las piernas y en los brazos con las ramas espinosas, pero esa sonrisa y esos ojos y cómo brillaba todo aquello no creo que vaya a olvidarlo nunca.


pensé en eso de los movimientos brownoideos y de cómo vamos pululando por la vida sin apenas darnos cuenta de que todo gira como en estagira. he visto cómo esa mosca que se parece a mí pasaba justo por aquí y al mismo tiempo aquella más bonita también y ahora me pregunto cuándo carajo volverán a cruzarse. ché, cebá el mate y a la ventana asomate


(…) y bien se piensa con descalzos pieseses.


      —Ninguna importancia —dijo Morelli—. Mi libro se puede leer como a uno le dé la gana. Liber Fulguralis, hojas mánticas, y así va. Lo más que hago es ponerlo como a mí me gustaría releerlo. Y en el peor de los casos, si se equivocan, a lo mejor queda perfecto. Una broma de Hermes Pakú, alado hacedor de triquiñuelas y añagazas. ¿Le gustan esas palabras?
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


1.   No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?
2.   Todo el mundo crece. Usted mismo está creciendo ahora mismo.
Oh niña de frente pura
y mirada soñadora,
aunque media vida ahora
se interpone entre tú y yo,
sé que tu tierna sonrisa
acogerá con contento
y recibirá este cuento
como regalo de amor.
(…) Aún suenan en mi memoria
los ecos de su cadencia,
y ni el tiempo ni la ausencia
me los harán olvidar.
LEWIS CARROLL


un viejo sueño. la vieja idea de la que estoy enamorado. no se daba cuenta de mi presencia y yo intentaba llamar su atención y sus ojos nunca se cruzaban con los míos quelabuscabanconvehemencia y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle. tatatarareaba una canción distraído: lililí lululú. viejo y destartalado como un volkswagen escarabajo amarillo que en realidad era rojo.  algo así y una mimosa.


Todo se mueve despacio en el mundo de las flores, eso es todo.


Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y-a-otra-cosa-mariposa. Escribí: “estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.


¡Qué maravilloso es poder huir, convertirse en  un ser libre!
HERMANN HESSE, Siddhartha


No necesito hacer frases. Escribo, para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras.
JEAN-PAUL SARTRE, La náusea


Quiero decir que cuando el ojo está embelesado, se ven cosas de lado que luego, al mirarlas de frente, ya no se ven. Un poder del rabillo del ojo. O quién sabe.
ERMANNO CAVAZZONI, El poema de los lunáticos


—Me parece —murmuró con una escafandra invertida justo en el estómago— que madurar es ir escondiendo bien poco a poco el niño que cada uno es bajo un montón de preocupaciones y responsabilidades. Llámalo niño o llámalo pez. Me pone triste todo eso, pero contigo aquí apenas me doy cuenta y siento las burbujas en la tripa de algo que coletea por dentro. Algo vivo. Eso me encanta. Me encanta quien soy cuando estoy cerca de ti. Y hombres con peceras por barriga.


Y todo comenzó con un problema de cría de conejos.

Me gusta este sitio porque llegué un día, porque lo descubrí bien poco a poco. Puedo pararme en cualquier rincón y recordar la primera vez que estuve acá o allá y a toda la gente que he conocido por el camino que, de hecho, ye prácticamente toda la gente que he conocido. Me he criado aquí de igual manera que me he criado en otros sitios más al norte y también cerca del mar donde roncan y bostezan los cuélebres y los busgosus fuman en pipa mientras los diañus burlones aconsejan falsas rutas a los que pasan por ahí y no-me-des-pistas-que-me-despistas.


1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…


         Hay veces que tengo tanto sueño y tengo tantos sueños que no sé ni cómo me llamo ni dónde meterme ni por qué hay asuntos sin resolver tantos años después de haber perdido el pelaje. Hay veces que alguien duerme justo en mi ventana como reflejado y pienso en si ese de verdad soy yo o es lo que quiero imaginarme que soy o es lo que quiero ser o es lo que fui o etcétera tres veces y después de una pausa, otra. Así funciona casi todo; con prisa y casi sin tiempo para respirar, pero por esta parte de aquí jugamos otro deporte, no sé si más sano como tampoco sé un ciento de cosas, o como los aguacates que al parecer engordan igual que el arequipe. Dice así: Por mucho que vivas y alto que vueles, sonrisas que regales y lágrimas que llores, todo lo que toques y todo lo que veas es todo lo que tu vida será.


cuando era chico me robaron la nariz y al rato me la sacaron de detrás de la oreja. sigo estupefacto desde entonces y a menudo pienso en ello cuando agarro el autobús. las noches en las que me cuesta dormir me gusta imaginar que desato el cordel aquí en la nuca y me quito la nariz que enseguida enrojece por la gangrena metafísica cuando la cuelgo del pomo de la puerta —que es su sitio—, así se hace algo de silencio en el ático y descanso aunque siga con una pupila encendida y puesta en la luna. otras veces discuto con la blanca y blanca página por quedarse ahí desnuda y yo sin acertar a enhebrar los ovillos hemisféricos en esta aguja doblada y obtusa que recogí un día del suelo y guardé en mi bolsillo para pincharme el dedo cuando estoy distraído. la otra tarde, sin ir más lejos, escuché tantas palabras que tuve ganas de levantarme y tirarlas por la ventana a la puta noche para que dejasen de revolverme las tonterías y hacerme parecer un saco de calcetines arrugados cuando me miro a oscuras desde el techo. ¡ay de esta loca ánfora colmada de jugos y cavilaciones, henchida de amapolas y semillas de baobab! ay de este pobre sísifo en la ladera, del atlas en mi cuello, de las amistades que son cariátides, de la eva primigenia preguntándose qué demonios había hecho.


con miviejamochilarosafabulosayjoroschó.


No supe cómo escribirlo porque fue real y apenas estoy acostumbrado a eso. Era un puzzle descomunal, un fresco renacentista, y yo me di cuenta de que cuando sea mayor quiero ser hacedor de puzzles o mimo escapista o, si eso falla, tal vez un instrumento de cuerda o un reloj. De todas formas me contentaría con ser una de esas piezas.


Santo Déjà vu. Santa espiral áurea. Santo Escher. Santo Fibonacci. Santos los girasoles. Santo. Santo. Santo. Santas coincidencias. Santas sincronías. Santos los martillos que derriban muros en Noviembre. Santos los güeyos que, estrábicos y estrambólicos, se aíslan y olvidan el contexto de la testa. Y Santa también la testa.


conocí conocí a un tipo que ye de yecla que hizo cumbre en un volcán en chile; y luego dicen que la vida no es literatura.


El programa arrancará después de la publicidad.

24.1.14

recuerdos confusos de una noche en el sol naciente.

recuerdos confusos de una noche en el sol naciente. —¿qué te ha pasado en el pelo? —no sé. últimamente no ha dejado de crecer. la cerveza que me ha servido el mozo tiene demasiada espuma así que la dejo reposar un rato mientras divago. tengo una cicatriz pálida en el lado interior de la muñeca izquierda, de aquella vez que me pasé todo el quinto mes inconsciente o desmayado. siento que el sol ha cruzado de lado a lado a mi alrededor, pues yo no me he movido apenas, hablando en términos astronómicos. me imagino cómo será la luna, si le gustó alguna vez alguno de mis poemas. para crear  hay que destruirse un poquito. apuré la cerveza. pedí otra. encendí un cigarro. ¿qué día era, miércoles? la puerta seguía en el rabillo de mi ojo. pero mi pupila seguía negra como aquel agujero en el cielo que vi el otro día. agarré la mano de mi hermana mientras todo se desvanecía a nuestro alrededor y yo pensando en qué decir. te quiero. pero fue un grito mudo nadando en nada. escudriñé mi cuaderno y no vi más que garabatos de un tal testa. ya no recuerdo bien a ese tipo, creo que se mudó a estagira. me siento tan solo aquí sentado. alguien se puso a tocar el piano entonces y susurraba una canción preciosa. miré el fondo dorado de mi jarra y no me vi reflejado en él. ¿qué habrá sido del viejo village? lo último que supe de él fue que le trincaron deshaciéndose de un cadáver con su psicólogo. no sé cómo fue que le soltaron después y ahora anda perdido por los canales. otros dicen que la última primavera se subió a un ático en la luna con un sombrero de paja y estalló en mil pedazos. a la gente le gusta contar historias. yo mientras tanto he puesto una bombilla dentro de un vaso medio lleno de agua en el alféizar de mi ventana y así me paso la tarde. observándola. esperando a que se encienda. destrozo un palillo entre los dedos con ese crujido de gozo. y mi cordón se ha vuelto gris. gente. infierno. ángeles. bau del aire. heráclito. me siento adormecido. intento coger impulso para dar la vuelta con el columpio y ya se me han cansado los brazos y las piernas. pido un trago de whisky y otra cerveza. me dejo caer sobre la barra y respiro. he vuelto a ver esa pradera verde verde y joroschó hendida por un serpenteante riachuelo donde hay un hipopótamo púrpura llamado otto que al final resultó no ser más que un rinoceronte amarillo con un solo cuerno. me acordé de aquel porche a medio construir donde tocaba la guitarra frente a las marismas hablando una lengua extraña. el sol se puso ese día rojo y desde entonces casi que no lo he vuelto a ver. y aquí estoy ahora, en el sol naciente. destruyéndome un poquito para así poder crear. en el fondo hay un globo sobre una cuchara y su sombra intenta decir algo, pero no lo entiendo. así se muere y ni con dedales se arregla. y todo cae. un tipo con guitarra y armónica cantó entonces: todo está bien, mamá, sólo estoy sangrando. está bien, mamá, puedo hacerlo. nacemos para ser nosotros. está bien. me limpié rápidamente una lágrima y disimulé bebiendo la cerveza. todo está en llamas y algún día los peces se lo comerán todo. los asesinos son indultados y yo me tengo que poner la gorra para ocultar unos ojos rojos. pero todo está bien. es la vida y sólo la vida. nos sobrevivimos. estamos aquí. pero eso tampoco me lo creo y sorbo ruidosamente un trago. no hay nadie alrededor y el mozo ha dejado encendida una lámpara solo para mí. buenas noches, mascullo. y recojo las cuartillas en las que he estado pintando círculos y triángulos. nunca deja de amanecer en el sol naciente como en una broma de mal gusto antigua y con sombrero de copa. mi paraguas está roto y parece una especie de bestia mitad murciélago mitad tarántula, pero no creo que vaya a llover.

22.11.13

El último mono.

         —El último mono se bajó de la rama y enseguida tuvo que erguirse para poder ver como antes ¿Para qué bajó entonces?
         —Muchacho, yo creo que deberías dejar de pensar tanto o empezar a pensar bien, si no se te hará un nudo en el ovillo de la quijotera que quizás no se pueda arreglar ni con los dientes. El último mono bajó de la rama para ir a buscar otra, todo el mundo lo sabe. Todos los últimos de cualquier cosa lo son precisamente por eso. Erguirse sólo es una forma más de aprender, y de eso estábamos hablando desde el principio.
         —Ya… Eh… Sí, tienes razón, claro. Perdóname, es que estoy que no estoy.
         —¿Te apetece un café?
         —No, gracias.
         —Bueno, si me disculpas un momento, iré a servirme uno.
         —Claro, por supuesto.

(...)

         —¿Sabes? Otra vez he vuelto a perder mi rama, quiero decir, sé en qué rama estoy y más o menos en qué luna vivo, pero los árboles que veo a lo lejos parecen grises y desnudos desde aquí, también floridos pero de una forma transparente desde aquí. Es difícil de explicar.

         —Y otra vez te vas por las ramas. Niño, niñito, aprende a escuchar al río que siempre está donde estuvo y estará y así fluye y susurra. Es en el agua donde la vida prospera y no en esas ramas que buscan subir y subir hasta que el sol derrite sus hojas de cera. ¿Seguro que no quieres un café?

9.11.13

Medice cura te ipsum.

“Mañana cambiaré un poco más mi vida”. Eso mismo me suelo decir a menudo justo antes de meterme en el saco de dormir pero, maldita sea, siempre suena la misma canción cuando el sol se despierta entre las ramas y se me cuela por la ventana, la marmota  ve su sombra entonces y todo vuelve a empezar. Creo que fue por aquella vez que subestimé al Tiempo. Se ofende con facilidad, pues es muy orgulloso, dicen que todo gira en torno a él. Y yo… yo ahora estoy en la hora del té y no puedo cambiar más que de sitio o de taza de vez en cuando. Si acaso también de cucharilla.

Diez dedos tenemos en las manos así como en los pies, dos ojos bien brillantes justo aquí, estos dos agujeros son para respirar y con esto de aquí puedo hablar, besar y comer. Y sonreír. Mira estas dos orejas, una a cada lado, hermanas desconocidas que nunca se oirán la una a la otra, que viven estereoscópicas vidas paralelas como en otra dimensión, ¡cuánto me gustan las orejas joroschó!

Sin embargo, ¿hasta qué punto prestamos verdadera atención a todos estos apéndices sensibles? Sabemos prácticamente todo acerca del funcionamiento de la maquinaria del cuerpo, incluso los combustibles necesarios para su cuidado y rendimiento, pero no consigo adivinar quién es el conductor.

O tal vez sólo sea uno de esos momentos en la vida en los que te sientes algo perdido, aún viendo el camino más o menos bien entre la bruma y estando tranquilo. Ya sabes, cuando te da por pensar un poco y mirarlo todo desde arriba. Este capítulo se titularía: Desinflando globos.

Subrayaría lo de “Desinflando”, que no es lo mismo que “Reventando” o “Pinchando”. Pienso que a veces hay que ir desinflándose a uno mismo para poder purgar los malos humos que se hayan podido colar por el camino. Después sólo hay que volver a llenarse los pulmones de aire y levitar atándose largo al suelo y respirar, y eso es fácil. Claro que antes hay que colgar los globos en el tendedero con unas cuantas pinzas un par de días. Yo suelo aprovechar para ponerme los calcetines gordos y leer un poco. Si acaso dar un paseo antes de comer y otro por la tarde, cuando vuelan los pájaros.

Lo difícil de todo esto es que al principio el ritmo no acompaña o no sé o no sabemos cogerlo. ¡No hay tiempo, no hay tiempo! Y estoy de aquí para allá y no me quedan más que las horas en las que se confunde lo tardío con lo temprano  para sentarme justo aquí y descansar un poco. Cosas por el estilo. Como pararme a pensar en mi procrastinación y en el miedo a convertir todo lo que he estado soñando y tejiendo y enredando desde hace ya bastantes lunas en un puñado de papeles sin vida. Así de raros somos los monos desnudos, como este disparate que tengo en el corazón.

Ahora es cuando yo escribo: “Mañana cambiaré un poco más mi vida”. Y así cierro el círculo como aquello del eterno retorno y termino la página con la enigmática elegancia de un oso hormiguero con pajarita. Pero creo que he aprendido a aprender de mis propias palabras, y con éstas en concreto he aprendido que estaba equivocado desde la primera premisa.

Hoy cambiaré un poco más mi vida.


13.9.11

La Navaja de Ockham.


-¿Qué te pasa, Paul? ¿Sigues pensando en ella?-me preguntó Aurora con sus ojos verdes intentando encontrar una respuesta en los míos, absortos en la tercera botella de König Ludwig. De vuelta en Umbrella Square después de tanto tiempo, pero no estoy triste ni melancólico, ¿por qué iba a estarlo? Todo va bien… sí, todo va bien. Supongo que hay gente como Aurora que parece saber siempre en qué estoy pensando, aunque ni yo mismo era consciente de mis propios pensamientos.
-Pienso en por qué no sé irme de todo aquello, de volver a tropezar con la misma piedra siempre que me sale al paso… pienso en por qué se empeña en ser una piedra.-contesté al final, tras medir cuidadosamente mis palabras.
-A ver, no lo veas así-me respondió-Es mucho más complicado.
-¿Qué sabes de la Navaja de Ockham?-inquirí con desdén, y Aurora se quedó con un rostro vacilante sin saber qué contestar.
A estas alturas de la historia, yo ya estaba algo cansado del asunto. Quizás no lo entendáis, y probablemente ni hoy ni mañana me ponga a explicarlo. Ya en varias ocasiones he dado pistas, pero, no se equivoquen, son pistas falsas, relatos febriles nacidos de un juicio basado en las conjeturas y delirios que flotan en el rechazo, aún aparente.

Acuerdo nº3: “No hagas suposiciones”.

-¿Qué es la Navaja de Ockham?-decidió preguntarme al final, mientras yo seguía con mi búsqueda interior de más vocablos poco frecuentes, decidiéndome finalmente por ser claro.
-Pues que todo es más sencillo que todo eso… joder, si hasta es fácil hacer que las cosas sean complicadas, ya lo estás viendo. Nos pasamos la vida intentando hacerlo todo difícil porque ¿cómo iba a ser esto tan simple? El problema es que no nos fiamos ni del jodido Universo y claro, nosotros no podemos no tener razón. ¿Pues sabes qué? Me he roto la cabeza y no pienso con claridad, nunca lo he hecho. Así que, si todo es tan complicado como dices, procura que no salte al vacío si no sabe dónde quiere caer.

 

16.6.11

Toma mi mano y mira a la luna.

El truco es “olvídate”, deja de pensar, y creo que funciona.

Yo no sé hacerlo demasiado bien, pero al menos lo intento. Todos podemos mirar a la luna y pensar “la he visto más brillante” o, en cambio, decirnos que jamás veremos otra tan bella, ni peor, simplemente otra, y que siempre será una cara que nos sonríe en la oscuridad y no una simple roca flotando en el cielo.

Tal vez lo que me asusta es que olvidarme así, sin más, es como anular el sueño, afirmar que nunca será real; y eso es lo que no quiero.

Hay cercas de alambre por todas partes, no encuentro un sitio donde mi mente pueda descansar.

Me basta con ver vuestros ojos felices, y espero escupir el veneno que hay en los míos y luego echar tierra encima, pues me quema en las pestañas y no me deja colgar de ellas las historias que quisiera contarte algún día.

Algún día podré mirar de nuevo a la luna y sonreiré pensando en todos los momentos en los que lo pasé mal sin necesidad.


2.3.11

Río seco.

Parece que voy acostumbrándome a largas temporadas de sequía en el cauce de palabras de mis adentros... no me gusta.

Recuerdo cuando hace tiempo conseguía tener un tema del que escribir cada día, aunque la calidad no fuese buena o las palabras estuvieran vacías... me sentía a gusto con poder decir algo a alguien.

Ahora no sé qué es lo que pasa, supongo que todo el mundo que se dedica a esto pasará por estas rachas -eso quiero pensar- pero me asusta imaginar que aquel arroyo del que brotaba cada párrafo haya dejado de fluir.

¿Qué es lo próximo que quiero escribir?

Sentado en el váter como estoy ahora no creo que consiga sacar más que otra mierda.
Te odio, Inspiración, cuando te fugas con otro.
Rafael Lechowski