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13.7.20

Una lata dorada.

Paris met de twistappel in zijn hand en in de achtergrond twee stieren —Hans Collaert I


Es convencional llamar “monstruo” a cualquier mezcla de elementos disonantes. Yo llamo “monstruo” a cualquier belleza original inagotable.
—ALFRED JARRY


               Cuando Ernesto Cleido regresó al cuartel de Pancró se encontró al viejo viejo Bo profundamente dormido en su camastro rodeado de pañuelos usados y envuelto en un hedor a inminente cadáver consumido por la bebida.

               —Bo, vamos, despierta, Bo —le dijo con voz grave—, ha ocurrido algo.
               El viejo viejo Bo despegó sus macilentos párpados y gruñó.
               —¿Qué pasa? —dijo— ¿Habéis encontrado algo de jalar?
               —Se trata de Paristo, lo hemos perdido.
            —¿Qué me dices? —respondió el viejo viejo— ¿Y nada de comer?

               Ernesto Cleido sacó de su mochila una paloma muerta y una pieza de chóped rancio.

               —Bien —dio un bocado al chóped y decapitó a la columba de cuajo—, lo primero es lo primero. Toma, tú ve desplumando esto mientras yo enciendo el hornillo, y me cuentas qué ha pasado.

               Ernesto Cleido empieza a arrancar las plumas con manos temblorosas y rostro pálido, bilioso.

               —Pues estábamos por los aledaños de la plaza Marrón, buscando provisiones, cuando escuché aquella voz. No era una voz en realidad, era como un bisbiseo subacuático en mi cabeza. Como si se tratara de un pensamiento ajeno. Decía algo así como “Ven, ven…”, pero en una lengua extraña que por alguna razón podía comprender —termina de desplumar al pájaro y le desgarra la tripa con las uñas para extraer los hígados—, y no sé… me asusté y me sentí seducido al mismo tiempo. Creo que Paristo la oyó también, porque nos miramos tal que así, con los ojos como idos.
               —Entiendo —dijo el viejo viejo Bo, fumando sin filtro.
               —Y entonces —siguió Ernesto Cleido—, salí corriendo. Hui. Grité a Paristo: “¡Corre!”, pero él no se movió. Se quedó ahí pasmado, tieso, y no volví a mirar atrás. Me llegué hasta aquí lo más rápido que pude y… y eso es todo.
               —Bueno, pues ya estará muerto entonces —sentenció el viejo viejo Bo—; una boca menos.

* * *

               Paristo y Ernesto Cleido habían salido en busca de algo de comida. Ya habían limpiado el barrio de Koboldo hacía meses y las redes que colocaran en el río días antes no habían atrapado ni un triste muil. “Algo tiene que haber por ahí”, decía Paristo, iracundo, “No podemos seguir alimentándonos a base de chóped. A saber de qué estará hecho”. “Yo tengo una teoría”, respondía el otro, “Pero me la guardo para mí, no quieres saberla”.

               Caminaban pegados a las paredes de los edificios y usaban un espejo para doblar cada esquina, sabedores de que las jibias les acechaban. Nunca habían visto ninguna, si acaso de lejos, adivinando su terrible figura entre las sombras. Lo cual no quiere decir que no estuvieran rondándoles, pues todo el mundo, los que quedan, está al tanto de que aquellas monstruosidades son capaces de mimetizarse con su entorno y, para cuando uno quiere percatarse de que tiene una cerca, ya ha caído presa de sus espantosos tentáculos.

               En el parque de Esparto encontraron una paloma anciana que, famélica, habíase caído de una rama y agonizaba entre espasmos y convulsiones. Le dieron muerte de un golpe certero en el cráneo y Ernesto Cleido la guardó en su mochila. “Con esto prepararemos un banquete”, dijo Paristo.
               Continuaron un trecho en dirección a la zona alta de la ciudad. “Así, si tenemos que huir”, decía Paristo, “nos cogerá cuesta abajo”.

               Pasado un rato, tras haber registrado casi todas las desamparadas tiendas de la calle Ducan sin recompensa, Ernesto Cleido vislumbró un destello áureo bajo la vaciada estantería de un colmado desierto.

               “¡Mira, ahí!”, le señaló a Paristo. Este se agachó y recogió una vieja lata de conservas sin etiqueta. “¿Qué será?”, dijo Ernesto. “Pues no lo sé, sorpresa”, respondió Paristo, escrutando la dorada superficie del cilindro metálico, “Pero seguro que es mejor que chóped y paloma”, y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta como un tesoro. “Genial, pues volvamos”, dijo Ernesto Cleido, “Ya tenemos suficiente por hoy”. “Espera”, contestó Paristo, “Aún quedan un par de boticas, tal vez encontremos algo más”. Ernesto Cleido accedió a regañadientes, y prosiguieron con la expedición.

               Llegados a la plaza Marrón, sucedió. El aire se enrareció y un silbido líquido atravesó la atmósfera. Ambos se pararon en seco, petrificados, y se miraron tal que así, con los ojos como idos, y entonces Ernesto Cleido se escabulló gritando algo así como “¡Corre!”. Pero Paristo se quedó en el sitio.

* * *

               Fue entonces cuando vio aquellos ojos. Unas negras pupilas negras y arrebatadoras con forma de virgulilla, profundas como un abismo, que lo escudriñaban. Sintió calma arropado en aquella mirada serena. Los iridóforos del manto proyectaron patrones rorschachianos y Paristo se embelesó ante sus contornos y voluptuosidades, obnubilado.

               Avanzó unos pasos, y la sepia hizo lo propio, deslizándose con elegancia sobre sus holgados brazos. A esa distancia ya era capaz de distinguir las ventosas y el húmedo rubor en la piel del molusco. Así de cerca podía sentir en su pecho el cadencioso pulso de los tres corazones que latían en aquel cuerpo, inundándolo de sangre viridián. Podía percibir la sosegada respiración de las delicadas branquias, el reconfortante arrullo del sifón erecto, la armonía orgánica del cefalópodo.

               Paristo, anegado, sacó la lata dorada de su chaqueta, y se la mostró a la jibia en sincera señal de ofrenda. Esta entornó las córneas, furtiva, y la asió con uno de sus tentáculos. Se aproximaron. Paristo tomó aire, manso, y después exhaló un soplo redentor, entregándose al rapto.

               Y así, tras unos instantes de tierna quietud mutua, se fundieron  en un ahogado abrazo.

20.1.20

Sopa verde.


Son las 3:14 p. m. en el anciano distrito de Koboldo, junto al río. Cae una delicada lluvia ácida y no hay pájaro que cante. Nuestro protagonista, K., se amanece con un charco de vómito reseco en el colchón y una terrible cefalea. Hace días que dormita entre pesadillas de moluscos tras agarrarse una borrachera de espanto en su propia despedida de soltero. Lo último que recuerda es invitar a sus compinches a una ronda de Jäbberwocky y arrojarse desde lo alto de la barra con la intención peregrina de que alguno lo atrapara al vuelo. Se lleva los dedos a la frente dolorida y palpa una brecha trasversal hecha ya costra endurecida. “Mierda”, se dice K. para sí, “Otra vez no”.

La pequeña pieza que ocupa está llena de moho y desorden, con correosas manchas de mostaza en las paredes. El frigo llora: sólo hay restos de sobras y despojos. En una esquina hay un retrete donde K. termina de vaciar su estómago y después, frente al espejo sucio, se descubre un ojo púrpura y el labio partido en dos feas mitades. “Mosquis”, musita, “Pues sí que la lie anoche”.
           
Se calza unos tejanos roídos, agarra un chubasquero y sale al rellano deshabitado, enfilando las escaleras. Es costumbre entre sus camaradas ponerse al día con los sucesos de la noche anterior frente a un reconstituyente, a base de cerveza y yemas de huevo crudas, en la misma barra que fue testigo de sus depravaciones; la del bar Pancró, en un semisótano mugriento del callejón Diagon, a sólo un par de manzanas de la pieza de K.
               
Las calles están desiertas y nada más que se oye silencio. K., absorto en su resaca, obvia el estado de abandono de los vehículos en plena calzada y los charcos sanguinolentos de las aceras. K. sólo piensa en cuánto le duele la cabeza y en si Brida, su futura esposa, estará enfadada con él o, en cambio, enfadadísima. Escucha su voz tras los tímpanos: “¡Joder, K., cuando no estás borracho es porque estás hecho una piltrafa! ¡No sé cómo demonios accedí a casarme contigo!”.
                
K. baja los tres escalones que separan el Pancró del mundo real y se encuentra a Sigmondo, gerente del tugurio, y a Bo, barroquiano estándar, apostillados en un rincón de la barra frente a sendas copas de fuegodoro. Ambos dicen al unísono: “¡K.!”, y éste responde con un lacónico gesto entre la vergüenza y la impostura.
               
Se sienta K. junto a Bo y dice con voz rasposa: “Llevo una resaca encima del tipo no-te-lo-crees. Os digo más: No la llevo encima, me lleva ella a mí; me rodea”, hace una pausa dramática llevándose una mano a la sien, “Sigmondo, haz el favor y ponme una birra y medio huevo, anda”. Sigmondo se cuela tras la barra para atenderle. K. añade: “¿No tendrás también algo de comer? Me muero de hambre”. Sigmondo dice: “Chóped”. Y K.: “Venga, ponme eso”.
                
Bo enciende un cigarrillo y observa a K. levantando su única ceja. “¿Y se puede saber dónde has estado todo este tiempo?”, pregunta desde detrás de una vaharada de humo. K. mastica chóped y responde: “Pues en mi casa, ¿por?”. Sigmondo dice: “Te dábamos por muerto”. Y K.: “Ya imagino… anoche me la agarré terrible”, sorbe cerveza, “Pero, joder, era mi despedida, ¿qué esperabais? Ni que nunca me hubierais visto borracho”.
                
Sigmondo y Bo se miran entonces. El uno con semblante receloso e intranquilo, el otro más bien fumado. Sigmondo dice: “¿Tu despedida? ¿Ayer, dices?”. Y K.: “Pues claro”. Y dice Bo: “K., tu despedida fue hace ya una semana”. K. se saca un trozo duro de chóped de entre los dientes y replica: “¿Pero qué me estás contando? Si estábamos tú y tú, y Orestes y Franagan… creo que también se pasaron un rato el viejo Belfrodo y su primo Ocre… ¿De verdad que he estado durmiendo una semana entera?”. Y Bo: “¡Y qué semana!”. Y K.: “¡Mierda! ¿Qué día es hoy, sábado?”. Y Sigmondo: “Más bien domingo”. K.: Pero entonces me caso hoy, maldita sea, ¿qué hora es?”.
                
Sigmondo colma un vaso de fuegodoro y lo coloca frente a K. “Bebe”, dice. K. contesta: “Aún no terminé esto”. “Pues acábate el huevo y bébetelo”. K. obedece y concreta ambas bebidas con una mueca como de náusea. Sigmondo repite la operación y dice: “Bebe”. Y vuelven a beber.
               
“¿Me queréis contar de una vez qué está pasando?”, dice K. “Escucha, K, es difícil…” comienza a decir Bo. “Olvídate de Brida”, sentenció Sigmondo. Y K., atónito y amarillo, acierta a decir: “¿Cómo?”. Sigmondo empieza: “¿Recuerdas aquello que decían en la tele de que el exceso de contaminación por plásticos e hidrocarburos en los océanos y la proliferación desmedida del fitoplancton amenazaban con extinguir toda especie marina, provocando así un desequilibrio en todos los ecosistemas con el resultado último del fin de la vida en la Tierra?”. Y K.: “Cómo no”.
                
Sigmondo apura su copa, la rellena, y hace lo propio con las de los otros. Bo exhala otra bocanada y dice: “Pues, básicamente, eso”. K. dice: “¿Qué coño?”. “Que ya no quedan peces en el mar”, culmina Sigmondo. “Pero no termina ahí”, añade Bo. “No”, confirma Sigmondo, bebe y sigue: “Resulta que, tratando de huir de esta sopa verde, la más inteligente de las criaturas marinas salió a tierra seca”. “¿Qué dices?”, dice K., “¿Los delfines?”. “No”, dice Bo, “Las sepias”.
                
K. sufre una arcada repentina y traga un poco de vómito. “Sepias”, dice, “Mierda, yo odio las sepias”. “¿Y quién no?”, anota Bo, “Pero espera, que tampoco termina ahí”, y pega una larga calada a su cigarro. “Nadie sabe cómo”, prosigue Sigmondo, “y seguramente los que bien pudieran saberlo ya estarán muertos, pero al parecer se trata de unas sepias adulteradas, como alienígenas mutantes, o al revés. Y son más inteligentes todavía que las sepias comunes que todas conocemos”. “Y más grandes”, dice Bo. “Mucho más grandes, terribles”, continúa Sigmondo, “Como de dos metros o así, erguidas sobre sus pegajosos tentáculos”. “Joder”, dice K. masticando chóped, “Menudo bicho”.

                
Bo apaga la colilla sobre la barra y se bebe el fuegodoro de un buche. “Ojalá solo fueran grandes”, dice. “¿Cómo?”, pregunta K., “¿Es que hay más?”. Y dice Sigmondo: “Mira, te lo explicaré sin más rodeos”, rellena los vasos, “Fue todo muy rápido. Salieron del agua hace una semana. Al principio todos pensaron que se trataba de una maravilla de la naturaleza y salieron a fotografiarse con ellas y festejarlo. Pero estas sepias no venían a celebrar nada”. “Todo lo contario”, interrumpe Bo. Sigue Sigmondo: “Venían por venganza. Nosotros nos habíamos cargado su casa. La jodimos con tanto vertido y tanto crucero. Llevaban generaciones tragándose nuestra mierda y ahora, sin pez que llevarse a las fauces, decidieron que nos toca el turno de ser devorados”. “Qué movida”, dice K. “Joder, ya te digo”, dice Bo. Y vuelven a beber.
                
Sigmondo dice: “No tardaron en hacerse con el poder. Con su habilidad para camuflarse y una fuerza monstruosa, acabaron con los ejércitos de las grandes naciones en sólo una tarde, y a partir de ahí les fue fácil diezmar la población mundial. Al tercer día ya habían aprendido a comunicarse por telepatía con los que quedábamos y replicaban en nuestras mentes consignas sepiofascistas en bucle dictando obediencia o ejecución. Al cuarto día acabaron con el ganado y los cultivos y, desde entonces, quien no sirve como esclavo en sus factorías de chóped, sirve como relleno para el embutido. Por eso te digo que te olvides de tu Brida querida, porque probablemente te la estés merendando ahora mismo”.
                
K. se vomita encima y mira a los otros con rostro pálido y desencajado. “¿Co… cómo?”, balbucea, “¿Este chóped está hecho de humanos? ¿Y por qué me lo dais, hijos de puta?”. Segismundo responde: “Pues porque es lo único que hay para comer. Sólo nos quedaba un huevo, y te lo acabas de beber”. Y dice Bo: “Si lo piensas, no está tan mal. A mí me gusta imaginarme que me estoy comiendo al cabrón de mi jefe, o a otra gente que también odio”. “Hombre”, responde K., “visto así…”
                
Pasan unos instantes en silencio. Bo se lía unos cuantos cigarros y convida al resto. Sigmondo descorcha una botella de El Auriga de veintiún años y K. trata de limpiarse el vómito de la barba. “¿Entonces?”, dice K., agarrando la copa que le ofrece Sigmondo. “¿Entonces qué?”, contesta éste. “Que qué hacemos”, aclara K. “Pues nosotros somos la resistencia”, responde Sigmondo. Y dice K.: “Genial, ¿y cuál es el plan?”. Y Bo, dando una profunda calada: “Pues quedarnos aquí y beber mientras se acaba el mundo”. Y K.: “Vale”
                
Y vuelven a beber.

11.8.15

Bo.

La otra tarde estaba yo mirando a las palomas mientras las sombras se nos ponían largas, e hice un gesto a Bo con la mano estirada para pedirle otro papel. —Te advierto —dijo con una profunda voz— que esto que te ofrezco tiene, al menos, una pega—. Agarré la mortalha y pensé en mi papel, en quién es quién, en qué pantalla. Me vi tiritando y siendo títere de un guión y eso no me gustó nada. Elegí una butaca y me puse a mirar, pero apenas se entendía nada entre acto y acto y, aburrido y con el culo dormido, regresé a las palomas y al tabaco de estraperlo desmigajándose entre mis dedos. —Dame otro —apunté—, que se me voló—. Me lo alcanzó, lo extendí, y lo lié con destreza para terminar lamiendo la única pega. Y entonces lo entendí, lo encendí, —Bo —tosí—, este papel es perfecto—.