En el Q, a una hora de tráfico.
Un tipo de unos veintiséis años y sin agallas va pensando en peces. La gente
alrededor está como ausente, sumergida en sus auriculares. Otro tipo, de tupido
bigote, pliega entre sus dedos el boleto del ómnibus y se lo esconde en la
manga. A continuación, estornuda estrepitosamente y un ojo se le sale de la
cuenca. Después se arroja por la ventanilla de emergencia usando su cráneo para
romper el cristal, en vez del martillo homologado.
Mostrando entradas con la etiqueta gente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gente. Mostrar todas las entradas
26.2.17
Ejercicios de Estilo: Notaciones.
18.4.15
Casiopea.
a Jerry García.
Pasaba los días acumulando sueños, inspirándome con mis
propias aspiraciones, testigo del transcurrir con caparazón redondo y pies de
quelonio.
Pulsé un botón que me sacudió levemente el índice de un
chispazo y la pantalla se puso en standby, la tierra tragóseme, y desde entonces
introduzco un boleto en el torniquete que la hace girar, y así voy y así vuelvo,
cuando me escupe.
Por el camino vi cómo del teléfono de una muchacha salían
unas garras negras y transparentes que se hincaban en su nuca y tiraban hacía
sí de la cabeza solazada. Y pensé que algún día tendremos dos pares de pulgares
y serán los aparatos los que jueguen con nosotros.
Se adivina la acera entre la basura, y entre los bosques de
corbatas me percibo como un paria y me zambullo en una sonrisa que va flotando
por encima de los semáforos, y las parabólicas y, entre comillas, estoy en
casa.
Paladines de la tristeza visten ojeras por armadura, y el
único paisaje que se vislumbra por la ventana es el propio reflejo del interior
del tubo, y las pupilas se esquivan como polos idénticos. Y me disfrazo de un
único grano de arena que en un desierto se vuelve nada.
Café y canhaba para las mañanas con el redondo rubio
colándose a través de las cortinas. Yo sólo me entretengo intentando ver qué
tengo en el tenedor y sólo sé que no estoy aquí para gustarte a ti, así que
fluyo.
Me voy al traste y me encuentro entre las cuerdas, coma, las
teclas, las letras, las notas, punto. Me acuerdo de las cosas por el olfato y
con tanto humo no sé si fue ayer o será cuándo.
La vida se sucede y nos damos cuenta y nos anestesiamos y al
final uno se encuentra cómodo siendo un punto en perfecta autocomplacencia,
feliz ciega y sosegadamente. Y cuando toca salir a respirar, nos vemos
maravillados por la luz de la superficie como si aquello no fuera lo real y se
tratara más bien de un sueño.
Y es que la realidad no la dictan las palabras, sino los
hechos. Y pensando de más, pasa lo de siempre, y lo demás lo traemos porque lo hemos
cogido en el laberinto que construimos y ahí mismo nos perdimos por tener muy
corto el hilo.
Olvidé los globos de colores, las burbujas, los olores.
Olvidé los ronquidos de dragones, las piedras rebotando en el río, la leña
ardiendo de noche, el zumbido de los mosquitos. Olvidé el dormir despierto y el
soñar contigo.
Pero tengo una amapola, y un pez bajo el ombligo. Tengo
también un colibrí que liba por mí y pulula en espiral por mis pupilas y entre
los otros. Tengo que escribirlo. Traigo un rostro roto por cada nuevo descosido
y está todo en garabatos en cuadernos y si lo leo me voy conmigo.
Suelto una lágrima y sonrío. Y me digo que nos hacemos
viejos, amigo, que vamos por buen camino. Que el hogar está donde está el trasero,
y que siempre nos tendremos, aunque el suelo no sea el mismo.
![]() |
| Brandon Dover |
16.3.15
La puta picardía
(...)
Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.
Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.
Las horas
pasan realmente despacio en un autobús nocturno, créeme. El único paisaje que
se ofrece es un negro sólido, y si tienes suerte quizás puedas ver las
estrellas, pero vamos, que eso termina aburriéndote en poco rato. Esta vez me
tocó asiento de pasillo, y eso dificulta de veras el encontrar una postura
decente, no digamos ya cómoda.
Una de las
cosas que más me repatean de los autobuses es toda esa gente que reclina el
respaldo de su asiento sin ni
siquiera preguntar. En serio, si el tío que va delante me dice: Oye, ¿te
importa que me eche un poco para atrás?, yo le digo: Claro, por supuesto. Y ya
está. Pero cuando lo hacen sin pedir permiso, mama. Entonces sí que me toca los
cojones.
Ayer mismo me
tocó una señora mayor. Ya había inclinado un poco su asiento cuando yo llegué,
pero no me importó. Yo qué sé, se la veía bien entrada en años, y yo, siendo un
niño, podía permitirme cederle unos centímetros de mi espacio vital de alquiler,
digo yo.
Lo de
siempre, siete horas de trayecto, demasiado despierto para dormir, demasiado
dormido para estar despierto; el coco cavila. Pronto uno descubre que no sólo
una única mente habita su cráneo, y que si se queda lo suficientemente quieto y
está atento, puede percibir cómo estos pedazos de la propia personalidad
dialogan entre sí, a veces con halagos, a veces con insultos.
Y mientras
tanto, 6:33… 6:33… ¿6:31?
Parece que no
llegas nunca y te da la sensación de que cuando vuelvas a hablar con alguien no
vas a ser capaz de reconocer tu propia voz. Yo pensaba en todo esto cuando la
jodida vieja decidió que la inclinación de su respaldo no era del todo
satisfactoria y, sin más miramientos, alargó una arrugada y decrépita garra y
tiró de la palanca hacia atrás, así.
Y yo, claro,
flipando. ¿Qué le digo? “Señora, le importaría volver a poner el asiento como
estaba?” Yo qué sé, no quedaba nada para llegar a la estación y la gente me
vería como un cascarrabias así que resoplé hiperbólicamente para manifestar
mi descontento, pero la vieja pasando.
Hinqué las
rodillas en el ínfimo hueco como buenamente pude y entonces se me ocurrió darle
empujones para ver si le daba por inmutarse, pero una vocecilla aquí arriba me
dijo que eso estaba feo, que yo no era así. Esa clase de persona. Ya sabes cómo
soy yo, joder. De todas formas aproveché un bache en la carretera y aumenté sus
efectos con un impulso de las rótulas. Seguí haciendo esto el resto del camino
con una sonrisa maligna dibujada en la cara, sabiendo que nadie, ni siquiera la
vieja cabrona, se daría cuenta de lo que estaba maquinando. Me sentí bien
entonces, joder, me sentí de puta madre haciendo justicia con un castigo tan
sutil. Me dolían las rodillas, pero yo seguí dándole caña hasta que llegamos a
la estación.
Me apeé
victorioso con mi cara de júbilo y nadie sospechaba nada con tales legañas en
los ojos. Cogí la mochila y me fui directo al metro. Y entonces pensé en que yo
siempre me he considerado buena gente, al menos un tipo amable por la calle, el
típico que te sujeta la puerta y deja salir antes de entrar, el típico tipo
amable. Amable e invisible. Y esta vez, siendo un capullo, me he sentido. Así,
sin más. Me he sentido. He sentido que existo. Que estoy.
Y no sabes
cuánto me jode haber llegado a esto. La puta picardía de que si la gente ahí
fuera es mala, entonces voy a ser el más cabrón. Odio eso. Odio eso. Odio que
parezca que el mundo sólo puede girar así.
(…)
19.12.13
Trilogía de La Rueda —2.
Cierto día cogí el tren hacia el Oeste, pues me sentía
cansado y con ganas de llorar; hastiado por el esfuerzo que supone caminar paso
a paso tratando de ser uno mismo en este mundo de crudo y etiquetas.
Miré por la ventanilla largo rato hasta perder la noción del
tiempo. Todo se confundió entonces con cada kilómetro que se quedaba atrás y el
traqueteo de la locomotora escupiendo bocanadas de humo y silbando de vez en
cuando como solía hacer yo. Pensé en todas las estaciones que había pasado ya
y, demonios, qué largo es el invierno.
Conté vacas y árboles y después repasé todas las veces en
las que me había reído hasta desgañitarme, todas las noches que nos sentábamos
frente a esa vieja estufa de hierro oxidada y cantábamos sin parar y hacíamos
bromas y bebíamos hasta que salía el sol sin que nos importase nada. Deseo,
deseo, deseo con todas mis fuerzas vivir de nuevo alguna de esas noches y
sentir el calor otra vez en el pecho y no este descosido. Me temo que en vano.
Finalmente me apeé en una ciudad de cuyo nombre no quiero
acordarme, un lugar gris donde no brillaba el sol apenas y la gente camina
cabizbaja procurando sortear los charcos. Fruncí el ceño y sentí miedo de no
volver a divertirme más, de acabar siendo alguien con los zapatos limpios y un
buen corte de pelo, de abandonarme al viento sin agitar los brazos para
intentar volar o al menos planear joroschó entre las nubes.
¿Dónde ir ahora entonces? ¿Dónde podré encontrar unos
calcetines bonitos y cómodos que me vayan bien para andar por casa, si aquí
todas las tiendas parecen estar cerradas? ¿Dónde habré dejado olvidada mi vieja
mochila rosa?
Pero no fue más que un sueño, que me cogió distraído. El
tren siguió hacia el Oeste persiguiendo a esa estrella naranja que se esconde
en el horizonte y yo cerré los ojos de nuevo. No hay ciudades grises, susurré
como en un estribillo para relajarme, no hay ciudades grises.
6.4.13
Un cordón verde.
No es que me
guste fardar, pero yo también llevo abalorios.
De mi cuello
cuelga un cordón de zapatos de color verde atado por los extremos. Puede que ya
haya hablado de él alguna vez, antes. Lo llevo desde hace mucho mucho, casi un
cuarto de mi vida. Lo curioso es que muchas personas, al conocerme y ver
semejante complemento, se sorprendían y me preguntaban el motivo de semejante
“locura” esperando una respuesta cuanto menos filosófica. Yo podía hablarles de
mi rechazo a la cultura de la moda inculcada en la sociedad como con una aguja
hipodérmica gigante o divagar sobre los cánones de apariencia establecidos y
cuán fácil sería derribarlos si aceptáramos que podemos ser nosotros mismos y
ver la belleza en el interior tanto nuestro como en el de los demás… cosas así.
Pero la verdadera historia de mi cordón verde es que un día ayudé a mi mamá a
guardar cajas viejas en el trastero y, de casualidad, ella encontró un cordón
verde sin pareja, y me lo ofreció como haciendo una inocente broma. Yo me reí,
así, y me lo colgué del cuello, y como me hizo gracia, al levantarme al día
siguiente y verlo, volví a ponérmelo. Y así. A la gente le cuento esta
historia. Bueno, cuando estoy cansado les digo: ¿por qué no? De todas formas
creo que muy poca gente lo entiende, pero no importa.
Ahora mismo
quizá esté pasando por una etapa especialmente coqueta, pues le he ido colgando
algunas cosas a modo de amuletos. Llevo un clip, un muelle dorado, una chapa de
una lata de refresco, un muelle de una pinza, un clip grande a rayas verdes y
amarillas y una pinza de madera pintada de rojo y azul y morado y na’masqué que
me regaló Color. Pesa un poco, pero creo que me da algo de suerte. O por lo
menos una sonrisa joroschó.
| Olga Rozanova. |
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
0
comentarios
Etiquetas:
Arte,
belleza,
Color,
Cordón Verde,
gente,
locura,
madre,
moda,
muelles,
Olga Rozanova,
pinzas,
sociedad,
sonrisa,
Tiger Lily,
verde
14.2.13
Respira.
Qué bonito ye este
estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las
doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.
Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo
muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo
algo de prisa.
A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un
cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y
pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome
calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos
míos, hace que el tiempo desaparezca.
¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están
manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué
demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas
páginas no merecen mi llanto. Es un fado.
Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te
encuentro.
Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente
en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces
tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan
los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque
bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las
nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando
a la luna.
¿Final feliz?
Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es
como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y
fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo
verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un
tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien
intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los
ojos sobre una mullida almohada.
Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de
poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo
inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber
por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más
fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi
tez y dejo que el tiempo pase como quiera.
Confieso que he estado una buena temporada mirando a las
moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi
manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su
manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas
lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.
Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.
Y ya.
10.12.11
El salón de mi sien.
Cabeza, ¿dónde está tu casa? ¿de dónde eres? Yo soy de un
país muy pequeño, verde y bonito, con vistas al mar, ahí al norte, donde se
respira mejor a pesar de las rocas negras y el humo de las fábricas, donde la
lluvia es fina y cruza el cielo todo el año.
Los escasos veinte años que llevo por aquí no me han llevado
demasiado lejos, no he viajado apenas, más que para ver tres orillas del trozo
de tierra a este lado de los Pirineos, pero mi camino, desde hace algún tiempo,
ha hecho un alto para descansar en tal páramo alejado del mar… lo que me gusta
llamar el puto centro.
Venía ya con algunas ideas de casa, pero aquí es donde les
he dado forma, donde he crecido de aquí arriba-mientras golpeo suavemente mi
sien con los dedos índice y corazón-.
Mi vida ha seguido, y la de los polluelos con los que
compartí nido y primeras borracheras no ha sido menos. Lo normal desde estos
ojos sería volver y que todo fuera como antes, pero miro desde arriba ya, y me
doy cuenta de que todas las vidas siguen, todas, contigo o sin ti, o sin mí. No
quiero decir que uno desaparezca de ellas, pero como cuando te levantas del
sillón cómodo para ir al baño y a la vuelta alguien ha ocupado tu sitio y te tienes que conformar con sentar
tu culo en el apoyabrazos del sofá, la gente vive sus vidas y los que vayan
entrando en su salón estarán siempre invitados a ocupar los asientos libres.
No me siento tampoco mal por ello, yo he llenado mi salón
también con otra gente, ¡vaya, si lo he hecho! La verdad es que me está
quedando un cuarto muy bonito.
8.12.11
Interludio en patines.
Me levanté muy ligero, como en una nube.
No me sorprendió salir de mi habitación y estar ya en la calle, tampoco que
todos los peatones llevasen patines en los pies. Bueno, realmente esto sí que
me pareció lo suficientemente extravagante como para mirar mis pies para
confirmar que esa sensación de ser casi diez centímetros más alto no se debía a
que yo también calzase un par de esos ridículos patines.
Levanté
de nuevo la mirada con una sonrisa, yo también llevaba patines, sí, pero no me
sentía del todo fuera de lugar, al fin y al cabo, hasta aquel abuelo llevaba un
patín en su bastón como en sus pies.
Me
deslicé calle abajo por en medio de la carretera, ya que no había coches, sólo
gente sentada en sillas de oficina que se empujaba con los pies, zigzagueé
entre los lentos vehículos monoplaza hasta lo que parecía ser una taberna
irlandesa sacada de una película. A estas alturas no me parecía raro nada de lo
que veía, todo el mundo iba con un globo atado a la muñeca, los había rojos,
azules y amarillos, pero no de más colores. Incluso creo que llegué a ver a
Wally-Ya lo encontré-pensé satisfecho.
Abrí
la pesada puerta de la taberna, esperaba que sonase la típica campanilla, pero
en su lugar sonó un tremendo bocinazo que sobresaltó a todos los viejos y
gordos bebedores de la barra. Yo por mi parte protagonicé una espectacular
entrada, resbalando con los patines hasta estrellarme contra el frío suelo.
Aparte del pequeño susto que hizo saltar sobre sus taburetes a los clientes,
nadie pareció darse cuenta de que un muchacho melenudo ataviado con unos
patines hubiese irrumpido en el local de tan escandalosa manera.
Me
acerqué a la barra sigilosamente, ahora ya no quería llamar la atención, sólo me apetecía una cerveza de las
cojonudas, de las que te tiran la mitad de la jarra y la dejan reposar para
acabar de llenártela, dejando una espuma perfecta y un sabor más, no sé, más
casero, más cálido, más puro.
-Jefe,
ponme una jarra de rubia.
El
camarero apenas se inmutó, se movió mecánicamente, se acercó al grifo con el
vaso que parecía levar limpiando durante horas, al principio pensé que me había
tocado de barril nuevo, ya que al principio siempre sale mucha espuma, pero
cuando vi que llenaba el vaso de eso, y me lo servía, me quedé como, en fin,
¿cómo se queda un tipo como yo cuando al pedir una cerveza le sirven una jarra
de leche? Espera… Sí, era leche joder. Dios mío de esta no salgo. Me está
empezando a entrar la paranoia, piensa a ver… Voy en patines, la gente lleva
globos… Todo era raro, pero no lo suficiente para mí, ya me conozco. Quizás…
-¡Paul!
Sí,
un segundo, un momento por favor, ahora no.
-¡¡PAUL!!
18.11.11
Discurso del Sol.
El siguiente texto es un fragmento de Miedo y Asco en las Vegas de Hunter S. Thompson, reformado ligeramente para retratar mis sentimientos durante el auge del movimiento 15M en la Puerta del Sol de Madrid.
Emocionantes
recuerdos de aquellas noches en Madrid.
¿Cinco meses después? ¿Seis? Parece toda una vida, o al menos una Era Básica:
el tipo de punto culminante que no se repite. Madrid en mayo de 2011 fueron una época y un lugar muy especiales de los que valía la
pena formar parte. Quizá significase
algo, quizá no, a la larga… pero ninguna explicación, ninguna combinación de
palabras o música o recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas
allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo que
significase…
La
historia es algo difícil de conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero
aun sin estar seguro de la “Historia” parece muy razonable pensar que de vez en
cuando la energía de toda una generación se lanza al frente de un largo y
magnífico fogonazo, por razones que no entiende nadie, en realidad, en el
momento… y que nunca explican, retrospectivamente, lo que de verdad sucedió.
Mi
recuerdo básico de esa época parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta
noches (o mañanas muy temprano) que me ponía delante del ordenador medio loco
y, en vez de irme al bar, enfilaba hacia la plaza de Azoguejo ataviado con una
vieja mochila de rebook rosa y una zamarra con el lema de Yes We Camp… y cruzaba con un libro el túnel de Guadarrama bajo las
luces de Villalba y Torrelodones y Las Rozas, sin saber a ciencia cierta qué
vía tomar cuando llegase al otro lado (aún no me había acostumbrado al metro)…
pero absolutamente seguro de que fuese en la dirección que fuese, encontraría
un sitio donde habría gente tan entusiasmada e “indignada” como yo: de esto no había duda…
Había
locura en todas direcciones, a cualquier hora. Si no en Sol, por Callao, o
hacia abajo, por Segovia… en todas partes saltaban chispas. Había una
fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando…
Y esto,
creo yo, fue el motivo… aquella sensación de victoria inevitable sobre las
fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos
eso. Nuestra energía prevalecería sin
más. No tenía ningún sentido luchar… ni por parte nuestra ni por la de ellos.
Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa.
Así que,
en fin, menos de seis meses después, podías subir a un empinado cerro en
Segovia y mirar al Sur, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel
de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y
había empezado a retroceder.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
1 comentarios
Etiquetas:
15M,
2011,
energía,
generación,
gente,
Hunter S. Thompson,
indignados,
Madrid,
Mayo,
metro,
Miedo y Asco en Las Vegas,
música,
ola,
plaza,
Puerta del Sol,
segovia,
sol,
The Polyphonic Spree
2.11.11
Sin título.211.
creo que no entiendo
mucho de todo ese rollo de las poses. porque realmente no sé si yo soy real o
sólo pose. y gente que parece actuar en realidad están siendo reales. gente
real que en verdad está actuando. si poso, por lo menos lo hago también cuando
estoy solo, lo que me convierte en real. pero, al ser tímido, mi pose es la de
estar quieto y callado. creo que sólo conozco a una persona real. siempre
joven.
escritorio. interior. luz tenue de flexo.
Veo
una caja de cerillas, un mechero, un dado que marca
el 2, una lista de canciones, un sacapuntas, una taza vacía, un cenicero lleno de las cenizas de anotaciones quemadas, eso en el lado izquierdo.
A
la derecha, veo un par de chapas de paulaner, un posavasos de glasgow, un ratón, un par de papeles, unos auriculares, cuatro bolígrafos, un taco de
post-its, escritos de un viejo
indecente de bukowski, una cesta con cinta
adhesiva y el menú del restaurante chino gran muralla,
eso en el lado derecho.
el resto de la
película se la pasó enfrascado en la digital hoja de papel en la que pretendía
recoger una bitácora de un un viaje desde el trono de mimbre. apagué la
t.v. supongo que al rato apagaría las luces y se iría a dormir.
me gustan los
post-its, son como farolillos chinos alumbrando la plaza del escritorio.
recordándome, memento, lo que tengo que decir. son como el apuntador agachado susurrándome
el resto del guión cuando me quedo en un folio en blanco.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
0
comentarios
Etiquetas:
bolígrafo,
Charles Bukowski,
chino,
dormir,
escritorio,
gente,
joven,
libro,
película,
posar,
post-it,
real,
televisión,
trono de mimbre,
viaje,
Yo
27.7.11
Sueña, sueña, sueña...
Me levanté de la cama y todo parecía normal, me di una ducha caliente, mojé un par de galletas en café y salí a la calle. Todo era normal. Los coches hacían ruido mientras exhalaban bocanadas de humo gris, la gente miraba al suelo mientras avanzaba con premura hacia sus puestos de trabajo. Los niños en el colegio. El cielo estaba azul... no tan azul como en cualquier día de agosto, sino más bien con pinceladas de blanco y gris que advertían de la inminente llovizna del mediodía a la que estamos tan acostumbrados. El día pasó con normalidad. La comida... normal, nada cuscús, ni de esa verdura extraña... ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! ¡cabolla! nada de cabolla. Arroz. Arroz con pollo. Algo de pan. No hay tiempo para postre, vuelve al trabajo ¿no? Lo normal... Salir y decir-¡Qué día tan normal y tan satisfactoriamente dentro de lo común!- Llegar a casa. ¿Pantalones? ¡Fuera pantalones! ¿Zapatos? ¡Fuera zapatos! ¡Siéntate en el sofá! ¡Enciende la tele! Cena una ensalada... ¿tal vez una peli? Ya me encontraba cansado de tanta normalidad... quizás podría... dormir... dormir un poco... descansar... mañana será... mañana será otro día... zzz... zzz...
Volví a los colores brillantes y las luces parpadeantes y los extraños animales flotando y brincando y cantando y esa alfombra que se tambalea, el espadachín de un solo brazo, los wookiee con bikini rosa... ¡Menos mal! Todo este tiempo había estado despierto, sólo había sido una realidad...
Volví a los colores brillantes y las luces parpadeantes y los extraños animales flotando y brincando y cantando y esa alfombra que se tambalea, el espadachín de un solo brazo, los wookiee con bikini rosa... ¡Menos mal! Todo este tiempo había estado despierto, sólo había sido una realidad...
6.5.11
Cuando yo desaparezco.
Y hoy me dan igual esos colores.
No me importa ese negro que se torna azul,
ni esa manada de caballos de fuego que saludan al desierto helado.
Hay más gente y yo, desaparezco.
No quiero saber ya nada más de diligencias llenas de mierda,
ni de palabras escritas por otro,
ni de frutas,
ni de ojos.
Porque significa que hay más gente,
y que yo desaparezco.
Oigo disparos no muy lejos y salgo a bañarme en la lluvia.
Estoy contento,
porque hoy el cielo llora por mí.
No me importa ese negro que se torna azul,
ni esa manada de caballos de fuego que saludan al desierto helado.
Hay más gente y yo, desaparezco.
No quiero saber ya nada más de diligencias llenas de mierda,
ni de palabras escritas por otro,
ni de frutas,
ni de ojos.
Porque significa que hay más gente,
y que yo desaparezco.
Oigo disparos no muy lejos y salgo a bañarme en la lluvia.
Estoy contento,
porque hoy el cielo llora por mí.
10.4.11
No soy yo.
Todo estaba mezclándose, no ahí fuera, sino en la coctelera de mi cráneo. Era todo, palabras sueltas y democracia y chancletas y palos rotos y… no sé, quise llorar las palabras y sólo salió sal, quise vomitarlas y sólo salió bilis, quise escribirlas y la tinta impregnó de azul mi mano izquierda.
Creía que lo había visto, bueno, creo que lo creía, pero más tarde me di cuenta de que no eran más que luces bailando y engaños de la cerveza. Aunque… pensándolo bien, fue real. Puedes intentar convencerte de lo contrario pero en el fondo… en el fondo no es más que un insulto a tus oídos susurrado desde dentro.
Quiero sonreírme, y, de hecho, lo hago. Me siento a tomar el aire y lanzo balones naranjas a las palomas que se cruzan por mi camino. Miro a la gente. Respiro. No, no me gusta… ni siquiera puedo guiñarle un ojo al espejo. No hay más, no tenía que decirlo, todo estaba mezclándose y a nadie parecía importarle.
Creía que lo había visto, bueno, creo que lo creía, pero más tarde me di cuenta de que no eran más que luces bailando y engaños de la cerveza. Aunque… pensándolo bien, fue real. Puedes intentar convencerte de lo contrario pero en el fondo… en el fondo no es más que un insulto a tus oídos susurrado desde dentro.
Quiero sonreírme, y, de hecho, lo hago. Me siento a tomar el aire y lanzo balones naranjas a las palomas que se cruzan por mi camino. Miro a la gente. Respiro. No, no me gusta… ni siquiera puedo guiñarle un ojo al espejo. No hay más, no tenía que decirlo, todo estaba mezclándose y a nadie parecía importarle.
27.3.11
Hombres con peceras por barriga.
La gente mea, la gente caga, la gente vomita, folla y muere, toma la decisión incorrecta sin saber que la otra también lo era. Llora, ríe, sueña, ama, odia... se quita los calcetines y piensa en no ser vieja. Sigue señales, omite leyes, descifra las matrículas de los coches.
Escribe con tinta azul poemas, y hombres con peceras por barriga. Nadie va a casa. Todos viajan en cajas de cristal hacia lo que ellos creen que es el cielo, mientras que pocos piensan en que en las mismas, de madera, dormirán bajo tierra.
Todo hace ruido y yo me siento a tender la ropa mientras cualquiera me cuenta historias de armadillos borrachos y loros sin plumas que fuman en pipa haciendo pompas de jabón mientras se ajustan sus monóculos escupiendo en los libros viejos y quemando las ramas del árbol más viejo de mis ojos.
Se rompió. Aquel embalse en el que nos bañábamos quebró sus murallas y corre libre por la ladera. Agua y fango, piedras, hojas... pero no huele mal, el pueblo sonríe mostrando los dientes que aún le quedan. Amarillos. El embalse mañana estará igual de lleno, y los peces harán glu-glu mientras saborean esa mierda que les echamos. Algunos de ellos, los más naranjas, brincarán cuando salga el sol, y las flores rosas frunzan el ceño por haber dormido esa noche solas.
La gente... la gente que yo veo no ve esas cosas. No ven nada, y eso les encanta. Cartones y trozos de bolsas de plástico. Pum-pum. Seis hielos. Pum-pum.
Me da igual, mis peces comerán hoy un bistec. Mañana pastel de repollo y espero que pronto una fabada. Mis peces dirán también glu-glu con una sonrisa en los labios. Mis peces guiñarán un ojo a la luna y las nubes agitarán los brazos de un lado a otro mientras recitan los versos perdidos de un pobre loco encerrado en el disfraz de un cuerdo elegante que cabalga sobre jirafas en llamas y lee las muescas de las piedras que antaño fueron el plato de ciervos verdes y gordos.
Mis peces estarán bien mientras el embalse tenga agua. Mis peces dirán que no a todo mientras afirman con la cabeza. Mis peces... mis peces... sí, mis peces estarán bien mientras el embalse tenga agua.
Escribe con tinta azul poemas, y hombres con peceras por barriga. Nadie va a casa. Todos viajan en cajas de cristal hacia lo que ellos creen que es el cielo, mientras que pocos piensan en que en las mismas, de madera, dormirán bajo tierra.
Todo hace ruido y yo me siento a tender la ropa mientras cualquiera me cuenta historias de armadillos borrachos y loros sin plumas que fuman en pipa haciendo pompas de jabón mientras se ajustan sus monóculos escupiendo en los libros viejos y quemando las ramas del árbol más viejo de mis ojos.
Se rompió. Aquel embalse en el que nos bañábamos quebró sus murallas y corre libre por la ladera. Agua y fango, piedras, hojas... pero no huele mal, el pueblo sonríe mostrando los dientes que aún le quedan. Amarillos. El embalse mañana estará igual de lleno, y los peces harán glu-glu mientras saborean esa mierda que les echamos. Algunos de ellos, los más naranjas, brincarán cuando salga el sol, y las flores rosas frunzan el ceño por haber dormido esa noche solas.
La gente... la gente que yo veo no ve esas cosas. No ven nada, y eso les encanta. Cartones y trozos de bolsas de plástico. Pum-pum. Seis hielos. Pum-pum.
Me da igual, mis peces comerán hoy un bistec. Mañana pastel de repollo y espero que pronto una fabada. Mis peces dirán también glu-glu con una sonrisa en los labios. Mis peces guiñarán un ojo a la luna y las nubes agitarán los brazos de un lado a otro mientras recitan los versos perdidos de un pobre loco encerrado en el disfraz de un cuerdo elegante que cabalga sobre jirafas en llamas y lee las muescas de las piedras que antaño fueron el plato de ciervos verdes y gordos.
19.12.10
Un poco de alcohol y gentuza.
Y es lo que toca, aprovechar el tirón.
El alcohol verdaderamente no me inspira, o al menos en el sentido que la gente espera. Lo que realmente me inspira es la resaca. Esos momentos de enfermedad y amnesia que deprimen aunque se sepa con certeza que fue una gran noche.
La gente es alcohólica por integrarse en la sociedad, yo no soy tan diferente, siempre bebí porque es lo que vi desde que tengo memoria, pero no puedo evitar pensar en que lo mío es diferente.
¡Qué coño! Soy igual que los demás, que tú, que tú y que tú, sentirse diferente es creerse mejor y especial. Lo siento si lo sentías, eres igual de ruin que nosotros los demás, otro despojo, pero oye, no eres tan malo, supongo que por eso de que el resto sí lo sea.
Haz caso a tu padre, deja de decir que vas a hacer tantas cosas y hazlas de una puta vez –esto último me lo digo yo desde la boca de otro cualquiera, todos necesitamos sentirnos bien-.
El alcohol verdaderamente no me inspira, o al menos en el sentido que la gente espera. Lo que realmente me inspira es la resaca. Esos momentos de enfermedad y amnesia que deprimen aunque se sepa con certeza que fue una gran noche.
La gente es alcohólica por integrarse en la sociedad, yo no soy tan diferente, siempre bebí porque es lo que vi desde que tengo memoria, pero no puedo evitar pensar en que lo mío es diferente.
¡Qué coño! Soy igual que los demás, que tú, que tú y que tú, sentirse diferente es creerse mejor y especial. Lo siento si lo sentías, eres igual de ruin que nosotros los demás, otro despojo, pero oye, no eres tan malo, supongo que por eso de que el resto sí lo sea.
Haz caso a tu padre, deja de decir que vas a hacer tantas cosas y hazlas de una puta vez –esto último me lo digo yo desde la boca de otro cualquiera, todos necesitamos sentirnos bien-.
18.12.10
Desconocido cualquiera.
Una vez lo vi, en un bar ¿dónde si no? Estaba solo en la barra, yo también por cierto, se pedía una cerveza con un libro en la mano y dejaba que la espuma se fuese disipando y todas las burbujas se liberasen en el aire.
Pasaba las páginas pausadamente, nunca mojaba su dedo en saliva para ayudarse, leía y leía, y sus ojos iban de izquierda a derecha sin detenerse en algún punto vacío.
Yo, sin embargo, me limitaba a observar bebiendo una cerveza tras otra. Nada de botellas, me sentaba al lado del grifo y dejaba que el camarero practicase con vasos calientes y recién lavados.
¿Quién era? Porque hasta que no me desperté al día siguiente con mi dolor de cabeza y mis gargajos en la garganta no me di cuenta realmente de que había pasado la noche envuelto en humo de vainilla y zumos de cebada mientras ponía el ojo en un desconocido cualquiera, interesante.
No se lo dije a nadie, yo siempre he odiado que alguien me dijese que había conocido a alguien interesante, me siento mal, e infravalorado. Es normal que una persona como yo se infravalore, a veces demasiado, pero cuando alguien te dice que no llegas a ser tal como creías, realmente te cuestionas si no estás haciendo el gilipollas con tantas palabras y puntos y comas, alguna exclamación de vez en cuando, pero siempre un interrogante que te dice ¿por qué?
No le volví a ver, pasé un par de noches en la misma tasca de siempre esperando que entrase por aquella puerta, abriese su libro, pidiese una cerveza y la dejara morirse. Pero nunca apareció.
No le echaré de menos ¿por qué? Las amistades están ensalzadas, un desconocido no me va a quitar el sueño.
Pero sigo aquí, con mi cerveza y mi pluma, pensando en que ahí fuera hay más gente, y no la sé ver.
Pasaba las páginas pausadamente, nunca mojaba su dedo en saliva para ayudarse, leía y leía, y sus ojos iban de izquierda a derecha sin detenerse en algún punto vacío.
Yo, sin embargo, me limitaba a observar bebiendo una cerveza tras otra. Nada de botellas, me sentaba al lado del grifo y dejaba que el camarero practicase con vasos calientes y recién lavados.
¿Quién era? Porque hasta que no me desperté al día siguiente con mi dolor de cabeza y mis gargajos en la garganta no me di cuenta realmente de que había pasado la noche envuelto en humo de vainilla y zumos de cebada mientras ponía el ojo en un desconocido cualquiera, interesante.
No se lo dije a nadie, yo siempre he odiado que alguien me dijese que había conocido a alguien interesante, me siento mal, e infravalorado. Es normal que una persona como yo se infravalore, a veces demasiado, pero cuando alguien te dice que no llegas a ser tal como creías, realmente te cuestionas si no estás haciendo el gilipollas con tantas palabras y puntos y comas, alguna exclamación de vez en cuando, pero siempre un interrogante que te dice ¿por qué?
No le volví a ver, pasé un par de noches en la misma tasca de siempre esperando que entrase por aquella puerta, abriese su libro, pidiese una cerveza y la dejara morirse. Pero nunca apareció.
No le echaré de menos ¿por qué? Las amistades están ensalzadas, un desconocido no me va a quitar el sueño.
Pero sigo aquí, con mi cerveza y mi pluma, pensando en que ahí fuera hay más gente, y no la sé ver.
14.11.10
Creo que ya vuelvo.
Siento la tardanza, me perdí por Siberia...
No traigo muchas cosas nuevas que contar, así que mejor que hable Arthur Lee por mí...
No traigo muchas cosas nuevas que contar, así que mejor que hable Arthur Lee por mí...
Sentado en la ladera de una colina
viendo a toda la gente morir,
me sentiré mejor al otro lado.
Arthur Lee.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
0
comentarios
Etiquetas:
1967,
Arthur Lee,
canción,
colina,
gente,
Love,
morir,
música,
Siberia,
The red telephone
21.8.10
¿Dónde estoy?
Si no estoy en la barra pidiendo otra cerveza, búscame donde el coche ese de luces... no hay música buena, no esperes nada mejor que en los '60... pero estaré con buena gente.
19.12.09
Varias caras.
Nunca me ha gustado este dibujo, aunque últimamente le he cogido cariño... joder, ni siquiera recuerdo cuántas caras hay aquí. ¿Se puede apreciar la sensacíón de que todo el mundo es una masa cuando estás ebrio?
30.11.09
T.V.
¿Quién dijo eso de "La caja tonta"?
Tonta no es la caja, tonta es la gente que se pone delante.
Tonta no es la caja, tonta es la gente que se pone delante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






