Un tigre
saltando por el aro de fuego y más allá hay un elefante haciendo equilibrios a
dos patas sobre una pelota gigante de goma. Un pirata bebe ron acostado en la
hamaca que hay en la terraza de bambú, con vistas al puerto donde ahora mismo
hay un galeón modernista con diez mil gárgolas sonrientes como salamandras por
banda. La expansiva región se ve silenciosa ahora como la escarcha
derritiéndose con quietud, y yo aquí tumbado panza arriba con esta vieja maleta
de un tal Juan Guillamón que encontré entre los nenúfares y que está algo raída
por dentro pero por fuera aún se la ve lustrosa a su manera. Las ocas patinan
sobre el hielo con su elegante torpeza mientras una araña espera en su
cristalina red tejiendo tejiendo la mortaja de seda para alguna mosquita con
sombrero que vaya con prisa y distracción a la caca del mediodía. Hay una carta
dentro de un buzón de ninguna parte, pero el barco de papel hecho de sobres y
sellos y facturas hace tiempo que se deshizo con la laguna Estigia empapada de
salitre y raspas de pescado. Escampó entonces, y las nubes cerraron un pacto
secreto con el horizonte fundiéndose por un breve instante en un beso para
desaparecer con los rayos de sol tiñendo sus esponjosas espaldas del color de
las piritas. Puse un zapato mirando hacia el oeste, y en cuanto Apolo aparcó su
carro por ahí detrás de la moneda, las polillas bíblicas se confundieron con
las jumdirillas estrellas revolcándose entre las luces y yo bebí cerveza con el
tumulto derretido y decidí que tal vez algún día debería cortarme el pelo para
que no se me enredaran los gavilanes morochos. El aire azota mi cabezota rota
que flota y rebota entre las notas y me digo: Has de ser siempre simple. Y lo
escribo. Y abro otra lata. Otra lata. Y ya.
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13.5.13
6.2.13
La carta a ninguna parte.
El otro día me
ocurrió algo rarísimo, lo que es de agradecer cuando pasas una de esas extrañas
épocas en las que no pasa nada, de las que la lluvia parece no mojarte casi por
desidia y hasta los pájaros deciden dejar de cantar alegres canciones o en su lugar
tararean monótonos ritmos.
Pues eso,
decidí romper la tediosa rutina dando un paseo por el campo. No es que en el
campo pasen demasiadas cosas, pero supongo que me apetecía alejarme de los
coches y el ruido y despejar la mente un rato.
Así que, como de costumbre, el despertador empezó a sonar a las seis de la mañana, justo en ese momento en el que el sol se ha alzado lo suficiente como para asomar tímidamente por encima de las colinas que se ven por mi ventana y teñir mi cuarto con una luz de un dorado pálido. La radio se enciende entonces con los acordes de I got you babe, justo como en aquella película de Bill Murray, pero supongo que no es más que una alegre coincidencia que me ayuda a amanecer con una sonrisa.
Sería muy largo contar todo lo que vino después. El desayuno y todo eso, así que iré directo al grano:
Caminaba por el campo, aunque más bien podría decirse que aquello era un sendero en el bosque, cuando me crucé con una mujer que cargaba con un gran fardo por cuya abertura sobresalían unos cuantos sobres arrugados. Por su uniforme amarillo y azul deduje que se trataba de una cartera del servicio postal.
—¡Buenos días!
—la saludé.
—Buenos días
—dijo ella entre suspiros, agotada—, ¿sabe usted dónde se encuentra Ninguna Parte? Debo entregar una carta y me han traído aquí, llevo horas dando vueltas
perdida.
—¿Ninguna Parte? Supongo que eso puede ser
cualquier sitio ¿no? —bromeé, aunque por la desesperada expresión de la cartera
sospecho que no tuvo gracia.
Me sentí
entristecido por la situación de aquella mujer, buscando un lugar desconocido
sin tener más pruebas de su existencia que una dirección escrita en un sobre de
papel; así que, aunque mi intención era dar un sencillo paseo en la naturaleza,
me decidí a ayudarla.
—¿Sabe? —le
dije entonces —No tengo nada que hacer realmente así que… ¿Qué le parece si le
ayudo a encontrar Ninguna Parte?
—¡Oh, eres muy
amable! —Contestó ella— ¿Cómo te llamas?
—Soy Alonzo,
¿y usted?
—Me llamo
Cilene.
—Vaya, Cilene,
¡qué nombre tan bonito!
—Sí, muchas
gracias.
—Bueno, ¿Qué
le parece si buscamos Ninguna Parte?
Pasamos horas buscando aquel dichoso
sitio —incluso llegué a pensar que aquella mensajera en realidad lo que hacía
era tomarme el pelo, pero era imposible fingir esa desesperanza con tanta
veracidad—, el sudor me corría por la frente y la espalda y tenía las piernas
cansadas y los pies doloridos por la caminata, por no hablar de los insectos
que se habían estado entreteniendo echando pequeños tragos de mi sangre
dejándome los brazos llenos de picaduras.
—Ya está —dije
cuando no aguantaba más, arrojando con enojo la rama que había estado usando
como bastón—. Lo siento, pero no daré un paso más. Creo que no existe Ninguna Parte. Que te han timado,
Cilene. Llevamos aquí todo el día y no he visto más que árboles y mierdas de
ardilla, así que adiós.
Aún así, con
todo lo que le había dicho, seguí su camino con paso cansado, más que nada
porque me había perdido, y preferí buscar la ruta de regreso compartiendo la
marcha con alguien, pues había algo en los pájaros de aquel bosque que me daba
mala espina. No sé si serían esas plumas negras como la noche más oscura o
aquellos picos del color del bronce que parecían cimitarras oxidadas por la
sangre vieja y reseca.
A estas
alturas ya había perdido completamente la noción del tiempo, pero supongo que
una media hora después de aquel arrebato de desesperación dimos con un gran
lago gris que yo no recordaba haber visto en ningún mapa. Justo en la orilla
llena de fango y ranas, un tosco cartel de madera carcomida vestida de musgo
nos señaló que acabábamos de llegar a Ninguna
Parte.
—¿Esto es Ninguna Parte? —pregunté al propio
cartel—¡Aquí no hay nada más que ranas! ¿Dónde está el buzón?
—¡Ahí! —gritó
Cilene soltando la saca del correo mientras señalaba con el dedo índice un
minúsculo islote en el centro del lago en el que sólo había eso, un buzón.
—Está bien
—dije entonces con cierto alivio— ¿Cómo llegamos hasta ahí?
—Podríamos
construir una barca —respondió Cilene—, yo no sé nadar.
—Yo sí
—contesté yo—, pero la carta se mojaría. Y no tenemos ni tiempo ni herramientas
para hacer una barca.
Estuvimos
pensando un rato hasta que a Cilene se le ocurrió juntar todas las cartas que
llevaba para hacer un barco de papel.
—¿No va eso en
contra de la ley? —pregunté yo— Digo lo de abrir cartas ajenas y eso.
—Esta carta es
muy importante —respondió Cilene con determinación—, más importante que todas
las demás cartas que se hayan escrito o que estén por escribir.
—Está bien.
Así que nos
pusimos a juntar, pegar y doblar cartas de amor y propaganda y facturas hasta
que nuestro barco de papel gigante estuvo listo. De verdad, era increíble. No
tenía timón ni velas ni ninguna de esas cosas que se supone que tienen los
barcos, pero flotaba, y con un poco de suerte nos llevaría hasta el islote para
poder dejar la carta. Pero decidimos que lo más seguro sería que sólo uno de
nosotros fuese el navegante, y como Cilene era la cartera y pesaba menos que
yo, fue ella.
La vi zarpar desde el barro y aquel barco de papel surcó la inmaculada superficie del agua como si la acariciase con una dulzura que sólo saben describir los poetas. La sutil neblina que flotaba sobre el lago me impedía ver con claridad cómo introducía la carta en el buzón, pero lo vi.
Y esperé mientras Cilene volvía en nuestro barco de papel con un suave bamboleo.
—¿Y bien? —le
dije en cuanto hubo atracado frente a mí.
—¿Y bien qué?
—respondió.
—¿Qué ha
pasado?
—He entregado
la carta —contestó.
—¿Y?
—Y nada. La
carta ya está entregada. Trabajo cumplido. Muchas gracias.
—Pero…
—protesté.
—La carta ya
está entregada. Entiéndelo, es mi trabajo.
Y eso, aunque
tal vez pueda parecer increíble, fue lo que me pasó el otro día.
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por
'P. Lavilha
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relato corto
28.12.11
Un dardo en el mar.
Hacía tiempo que no pisaba el pub Fingerwing's, tal vez por
demasiados recuerdos, no necesariamente malos, sino más bien ebrios y confusos.
A decir verdad, sentí cierta nostalgia cuando entré, recordé que era en esas
cuatro paredes en las que me había inspirado para escribir Pub Limbo.
Entré con mi amigo Thiago, un viejo conocido al que perdíamos
a menudo entre las aguas, me refiero a que su vida transcurría en la mar, desde
las costas de São Paulo hasta el Yukón sin pasar por el estrecho de Magallanes.
Un hombre de mundo que no disfrutaba con ninguna cosa más que con su gaita y
unas cuantas botellas de sidra.
No queríamos pasar la noche entre copas, ni tan siquiera
recordar viejos tiempos, simplemente tomarnos la penúltima cerveza antes de
irnos a dormir en aquella glacial noche. Se pidió una Guiness y yo una Murphy’s tostada,
y en seguida advertí la presencia de la vieja diana donde habíamos jugado años
atrás. No tardé en retarle a una partida amistosa entre trago y trago, por los
viejos tiempos.
Capté sin querer la atención de un parroquiano de blanca
cabellera llamado Frank, que aceptó el reto como si se lo hubiera lanzado al
pecho con alguno de los dardos que aún descansaban en aquel vaso junto a la
diana, y llamó a su compañero, un canijo rostro pálido con las fosas empolvadas
y ojos inquietos (en toda la noche conseguí adivinar si de verdad me miraba a
mí cuando me hablaba).
Nos apostamos la ronda y… bueno, ¿para qué enrollarme?
salimos perdiendo. Dimos algo de juego, pues la apuesta era al mejor de tres y
al menos ganamos la primera partida. Yo tuve una buena actuación, aunque fallé
en momentos clave. También acerté muchas veces, ni qué decir tiene.
La moraleja de la historia es… demonios, ni siquiera logro
acordarme ahora. Me sentí muy joven jugando con estos dos carcamales de la
farlopa, Thiago y yo junto a ellos no parecíamos más que niños con algo de
pelusa en el rostro. Pero también me sentí mucho más maduro en el sentido de
cómo veíamos cada uno la vida, no entraré en detalles, pero estoy seguro de que
no seré como ninguno de esos dos, y no por que vaya a conseguir grandes cosas,
sino porque sé que voy a ser feliz. Lo sé. No me lo tiene que decir nadie. No
me lo va a tener que decir nadie. Nunca. Tal vez en algún momento de debilidad…
Debería subirme algún día al barco de Thiago y ver la tierra
desde fuera. Dicen que todo se ve distinto cuando estás flotando.
18.11.10
Aventuras en el KGB.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Noviembre de 1984, recién alistado en el Directorio de Operaciones y Tecnología del Comité para la Seguridad del Estado soviético bajo el sobrenombre de Vladimir Antonov.
No hubo muchas preguntas, solamente me pidieron "amablemente" que no filtrase ninguna información acerca de los experimentos que se realizaban en los laboratorios del departamento para el que trabajaba fregando suelos.
Era inevitable que me enterase de que los experimentos secretos consistían en una nueva fórmula de jarabe para la tos compuesta principalmente por ácido lisérgico y piel de patata. Lo llamaban "Proyecto Gorlo". Empecé a perder mi fé en El Partido, y, tras casi 7 años de duras jornadas de limpieza en el Escuadrón Uborka, decidí abandonar la vieja patria con mi petate lleno de cartófilos podridos y alguna muda limpia mezclada con las sucias.
Decidí ir hacia el Oeste... viajé como polizonte en varios trenes hasta llegar al puerto de Rotterdam, donde me enrolé en un barco de mercancías para ir a Londres.
Cuando llegué a la ciudad del Támesis, cambié otra vez mi nombre por el de Samuel Dolittle, y conseguí una sucia habitación encima de un pub del distrito de Whitechapel, el Cockney's, donde me aceptaron como a uno más, y conocí al viejo William Flanagan, que me prometió ser su segundo al mando en la expedición que en un par de años lideraría por la Antártida para investigar las rutas migratorias de la rarísima mariposa polar.
No hubo muchas preguntas, solamente me pidieron "amablemente" que no filtrase ninguna información acerca de los experimentos que se realizaban en los laboratorios del departamento para el que trabajaba fregando suelos.
Era inevitable que me enterase de que los experimentos secretos consistían en una nueva fórmula de jarabe para la tos compuesta principalmente por ácido lisérgico y piel de patata. Lo llamaban "Proyecto Gorlo". Empecé a perder mi fé en El Partido, y, tras casi 7 años de duras jornadas de limpieza en el Escuadrón Uborka, decidí abandonar la vieja patria con mi petate lleno de cartófilos podridos y alguna muda limpia mezclada con las sucias.
Decidí ir hacia el Oeste... viajé como polizonte en varios trenes hasta llegar al puerto de Rotterdam, donde me enrolé en un barco de mercancías para ir a Londres.
Cuando llegué a la ciudad del Támesis, cambié otra vez mi nombre por el de Samuel Dolittle, y conseguí una sucia habitación encima de un pub del distrito de Whitechapel, el Cockney's, donde me aceptaron como a uno más, y conocí al viejo William Flanagan, que me prometió ser su segundo al mando en la expedición que en un par de años lideraría por la Antártida para investigar las rutas migratorias de la rarísima mariposa polar.
20.5.10
Primer capítulo. (Bill Reed)
Ya soy viejo… demasiado viejo para recordar detalles precisos, pero aún me acuerdo de la lluvia, del comienzo de la primavera aún fría.
Esa tarde, en la que yo jugaba con mi tren, llegó una carta. Era extraño que las cartas llegasen a casa por mensajero, pues mi padre era cartero, pero hacía meses que no estaba en casa. Combatía en la II Guerra Mundial.
Para un niño de seis años como era yo, el saber que su padre era un soldado que estaba en el norte de África luchando contra los alemanes sólo significaba que no estaría a la hora de la cena, o las mañanas del domingo leyendo el periódico, ni volviese del trabajo para abrazar a su mujer, besar a su hija de dos años y recuperar el título de “hombre de la casa” que su amado hijo de seis había tomado como suyo gustosamente en su ausencia.
Realmente el hecho de que esa carta mencionase el fallecimiento del soldado de infantería William Reed en combate no fue exactamente un giro brutal en mi vida, sino el causante del mismo. No se puede pretender que un crío que sólo piensa en jugar con un tren de madera y con sus amigos de la escuela comprenda el sentido mismo de la muerte, o al menos lo que significa… pensándolo bien, ahora con 73 considero que no tengo mucha más idea que el pequeño que creció en Glasgow.
En ese sobre no solo llegó una carta, llegaron los llantos, la cara enferma de mi madre… sólo era consciente de que mi padre no volvería.
Pasaron algunas semanas y la vida ciertamente no había cambiado mucho para mí respecto a antes de la carta, pero mi madre seguía apagada y no mejoraba. Con Wendy y conmigo era mucho más cariñosa… necesitaba reorganizar el amor que repartía entre sus seres queridos, ahora que uno había desaparecido, pero las sonrisas que nos dirigía no ocultaban sus ojos tristes, sus abrazos en realidad le buscaban a él.
Una mañana, tras el desayuno, me dijo que ese día viajaría en tren, en un tren de verdad y que iríamos a Londres. Me emocioné de veras, ni siquiera pregunté para qué íbamos a Londres, o si volveríamos algún día. A mediodía nos subimos a esa enorme máquina, y supongo que llegamos de noche, porque el viaje fue demasiado largo. Al principio estaba feliz, la gente con sus maletas, el paisaje verde con un cielo gris que corría en sentido opuesto al nuestro, alejándonos de Glasgow… luego de Escocia… Ya enseguida me di cuenta de que el viaje no ofrecía más entretenimientos y me dormí. Dormí sin descanso, o mejor dicho sin cansancio, soñando con caballos que bailaban y escaleras cuyo final no se alcanzaba a ver. Incluso dormí plácidamente en la vivienda donde nos hospedamos esa noche en Londres.
La mañana siguiente mi madre me despertó aún más temprano que el día anterior, interesándose por mis opiniones acerca del viaje en tren. Recuerdo que le respondí que ya no quería ir más en tren, que ni siquiera quería conservar el que tenía de juguete, solamente quería volver a casa. Y ahí fue cuando me lo dijo, ahora tocaba el viaje en barco, y nunca volveríamos a casa.
De algo que de verdad no me acuerdo es del viaje en barco, sé que pasé miedo, es probable que por ese viaje no aguante bañarme en el mar… ¿quién sabe?
Tampoco recuerdo la llegada oficial, por así decirlo, a Nueva York, a Brooklyn, donde viviría hasta el ‘69. Vivimos un par de meses con la tía Harriet, hermana mayor de mi padre, a la que yo no conocía. Luego nos mudamos a un par de manzanas y mi madre se empleó de camarera en una cafetería. Ganaba lo justo, pero tía Harriet nos ayudaba económicamente cuando íbamos apurados.
Esta historia, apenas una neblina ya en mi cabeza, probablemente sea la primera de mi vida que hizo que el camino se desviase por otra senda, como si un gran árbol lo hubiera bloqueado y nos hubiéramos visto obligados a continuar por un bosque desconocido, llegando finalmente a otro camino distinto.
Claro que, tanto como presumo de haber tenido una vida llena de sucesos importantes e historias fantásticas, no puedo decir que la muerte de mi padre y mi llegada a los Estados Unidos que tan poco recuerdo sea la única.
A decir verdad, el primer capítulo de la segunda parte de mi vida, a la que pondría de título “Brooklyn”, sólo duró unos cuantos años más, hasta que cumpliese los diez y mi madre muriese, pero eso ya es otra historia…
Esa tarde, en la que yo jugaba con mi tren, llegó una carta. Era extraño que las cartas llegasen a casa por mensajero, pues mi padre era cartero, pero hacía meses que no estaba en casa. Combatía en la II Guerra Mundial.
Para un niño de seis años como era yo, el saber que su padre era un soldado que estaba en el norte de África luchando contra los alemanes sólo significaba que no estaría a la hora de la cena, o las mañanas del domingo leyendo el periódico, ni volviese del trabajo para abrazar a su mujer, besar a su hija de dos años y recuperar el título de “hombre de la casa” que su amado hijo de seis había tomado como suyo gustosamente en su ausencia.
Realmente el hecho de que esa carta mencionase el fallecimiento del soldado de infantería William Reed en combate no fue exactamente un giro brutal en mi vida, sino el causante del mismo. No se puede pretender que un crío que sólo piensa en jugar con un tren de madera y con sus amigos de la escuela comprenda el sentido mismo de la muerte, o al menos lo que significa… pensándolo bien, ahora con 73 considero que no tengo mucha más idea que el pequeño que creció en Glasgow.
En ese sobre no solo llegó una carta, llegaron los llantos, la cara enferma de mi madre… sólo era consciente de que mi padre no volvería.
Pasaron algunas semanas y la vida ciertamente no había cambiado mucho para mí respecto a antes de la carta, pero mi madre seguía apagada y no mejoraba. Con Wendy y conmigo era mucho más cariñosa… necesitaba reorganizar el amor que repartía entre sus seres queridos, ahora que uno había desaparecido, pero las sonrisas que nos dirigía no ocultaban sus ojos tristes, sus abrazos en realidad le buscaban a él.
Una mañana, tras el desayuno, me dijo que ese día viajaría en tren, en un tren de verdad y que iríamos a Londres. Me emocioné de veras, ni siquiera pregunté para qué íbamos a Londres, o si volveríamos algún día. A mediodía nos subimos a esa enorme máquina, y supongo que llegamos de noche, porque el viaje fue demasiado largo. Al principio estaba feliz, la gente con sus maletas, el paisaje verde con un cielo gris que corría en sentido opuesto al nuestro, alejándonos de Glasgow… luego de Escocia… Ya enseguida me di cuenta de que el viaje no ofrecía más entretenimientos y me dormí. Dormí sin descanso, o mejor dicho sin cansancio, soñando con caballos que bailaban y escaleras cuyo final no se alcanzaba a ver. Incluso dormí plácidamente en la vivienda donde nos hospedamos esa noche en Londres.
La mañana siguiente mi madre me despertó aún más temprano que el día anterior, interesándose por mis opiniones acerca del viaje en tren. Recuerdo que le respondí que ya no quería ir más en tren, que ni siquiera quería conservar el que tenía de juguete, solamente quería volver a casa. Y ahí fue cuando me lo dijo, ahora tocaba el viaje en barco, y nunca volveríamos a casa.
De algo que de verdad no me acuerdo es del viaje en barco, sé que pasé miedo, es probable que por ese viaje no aguante bañarme en el mar… ¿quién sabe?
Tampoco recuerdo la llegada oficial, por así decirlo, a Nueva York, a Brooklyn, donde viviría hasta el ‘69. Vivimos un par de meses con la tía Harriet, hermana mayor de mi padre, a la que yo no conocía. Luego nos mudamos a un par de manzanas y mi madre se empleó de camarera en una cafetería. Ganaba lo justo, pero tía Harriet nos ayudaba económicamente cuando íbamos apurados.
Esta historia, apenas una neblina ya en mi cabeza, probablemente sea la primera de mi vida que hizo que el camino se desviase por otra senda, como si un gran árbol lo hubiera bloqueado y nos hubiéramos visto obligados a continuar por un bosque desconocido, llegando finalmente a otro camino distinto.
Claro que, tanto como presumo de haber tenido una vida llena de sucesos importantes e historias fantásticas, no puedo decir que la muerte de mi padre y mi llegada a los Estados Unidos que tan poco recuerdo sea la única.
A decir verdad, el primer capítulo de la segunda parte de mi vida, a la que pondría de título “Brooklyn”, sólo duró unos cuantos años más, hasta que cumpliese los diez y mi madre muriese, pero eso ya es otra historia…
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por
'P. Lavilha
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