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2.2.20

La mala baba.


El día que Olivia me dejó me quedé sentado sobre una piedra cosa de una hora o así bajo el sol de invierno y, entretanto, me fumé como cuatro cigarrillos observando una cagada llena de moscas azules mientras pensaba en qué lindo había amanecido y, sin embargo, menudo día de mierda. Después regresé a casa y saludé de mala gana al peludo, que miraba la tele desde el sofá. Le dije: “Quedé hoy con Olivia, al final hemos roto para siempre”. “Para siempre”, repitió él, imitándome con sorna, y yo me indigné súbito. Enfilé escaleras arriba, hacia mi cuarto, mientras él preguntaba en voz alta por si quedábamos como amigos o qué, y yo contesté “No sé”, con mala baba, y me encerré de un portazo.
Al principio pensé en tumbarme afuera, al terrado, con el deseo de abrasarme bajo el sol y que el viento, después, barriera inertes mis cenizas. Pero me pareció demasiado dramántico hasta para mí, y resolví acostarme en el colchón, y me escondí bajo la colcha aún con el abrigo y los zapatos puestos.
Traté de dormir. No me sentía cansado, pero sí somnoliento. Miré el teléfono y busqué su nombre. No puedo dormir. Me gustaba eso de ella, justo eso mismo: Se acostaba nerviosa, por alguna entrega o por algo, y, antes incluso de cerrar los ojos, mencionaba: “No puedo dormir”. Y yo me reía y le decía: “Pero si aún no lo intentaste siquiera”. Y es que yo siempre he tenido problemas para dormirme, y por eso nunca he estado despierto del todo.
Sonó una alarma programada para las cinco catorce y enseguida me levanté y preparé una cafetera. Agoté el culo de un tetrabrik en mi taza favorita desde siempre, la blanca con globos azules globos rojos globos amarillos y pensé en que llevo usando la misma taza casi treinta años y ahora es, por mucho que me encante, como si no la viera. Sorbí el café caliente después, una vez listo, y me sentí como fuera del propio cuerpo, como si mi cerebro estuviera situado un palmo más allá de donde realmente debería estar mi cerebro y por eso lo veo todo como quien mira por encima del hombro de otro.
Antes de las seis me fumé otro cigarro sentado en la plaza del Ovladí, y vi a un chaval que se acercó nada más que para beber de la fuente, y a un agente de parquímetros mojándose las manos en la misma, poco después, para atusarse el pelo patrás, de frente a nuca. Miré los árboles y me acordé de cuando los del sándwich eléctrico nos encaramábamos, ya borrachos, a sus copas y, ocultos por las ramas, asustábamos a los transeúntes en las noches de verano haciendo ruidos como de alimañas. Qué tiempos y tal y luego me fui a la utoescuela.
De camino meditaba: “¿Y qué le digo a Goliat cuando me pregunte que qué tal?”. Y me decía a mi mismo que le dijera, sencillamente: “Bueno, he tenido días peores”, para dejar claro de antebrazo que no estoy pasando una buena racha, pero, vamos, que tampoco se ha muerto nadie, ni tengo de repente un cáncer ni nada de eso. Así que al final me subí al coche y a la pregunta respondí: “Bien”, así como un graznido, y no hablamos más del tema y, salvo por una calle en la que me descuidé y entré a contramano, la clase transcurrió sin incidentes ni heridos de gravedad, y lo cierto es que, durante todo ese rato, no pensé más que en dónde estaría la línea continua del asfalto más larga y más continua del planeta. Y en quién la pintaría. Si lo hizo de aquí para allá o de allá para aquí, incluso en si formaría, por pura casualidad, un circuito cerrado de algún modo y, por tanto, de una continuidad infinita osease ilimitada ad libitum. En fin, a las siete Goliat me ordenó estacionar junto a los contenedores y yo hice eso mismo y, al salir del coche, me puse el sótano en los auriculares y enfilé el camino de vuelta a casa.
Pensé: “Debería coger una botella de whisky y unas birras para pasar la tarde, digo yo, o no va a haber aquí quien duerma”. Subí hasta la tienda de cosas del casco viejo y agarré una gaseosa, un fuegodoro de ocho años y una botella de detergente y lo pagué todo con tarjeta mientras le susurraba a la cajera: “La cerveza me la voy a tomar en el Diapasón” (y creo que por eso no me devolvió el cambio, que la vi asustada).
Cargué con todo en mi mochila y proseguí hacia el Diapasón. Recuerdo pensar: “¿Vaya, y qué le digo a Policarpo cuando me pregunte que qué tal?”. Es más: “¿Y si me pregunta por Olivia?”. Pero al final abrí la puerta de cuajo, una vez hube llegado, y le solté: “¡Hola, Policarpo! ¿Qué tal?”. A lo que él me espetó: “¿Que qué tal? ¿Que qué tal? ¿Y qué carajo te importa a ti qué tal estoy?”. Yo sonreí y le dije: “Pues justo así es como estoy yo”. Y sonreí, y sonrió, y ocupé mi banqueta, en un extremo, junto al chaflán de la barra, y él me sirvió una cerveza sin que yo la pidiera y no pude evitar no ocultar otra sonrisa y ahí fue cuando pensé: “¿Por qué andaba yo triste?". Policarpo me agasajó además con un plato de pimientos y yo, tal que así, de golpe, me puse a lloriquear: “¡Ay, ay, Olivia odiaba los pimientos!”. Y él dijo: “¿Pero qué cojones te pasa, tontolava de la cabeza?”. A lo que yo repliqué: “Bueno, no los odiaba, pero le sentaban gordos”. Todo esto entre sollozos y con espuma de cerveza en el bigote.
Agarré una servilleta (de bar, inservible), retiré los berretes de mis comisuras y me soné los mocos de la pituitaria. Entró un gentilhombre y Policarpo corrió a atenderle. Yo fui al baño: “¡Ocupado!”. Me dije: “Juraría que cuando entré no había nadie, y, sin la menor clase de duda, llevo aquí, al menos, un buen rato”. Pero tras la puerta se oía inconfundible El Chorro Musical. “¿Quién va?”, dijo alguien al otro lado. “Yo”, dije yo, “¿Te falta mucho?”. “¡Pof!”, respondió el quídam, y entonces me alejé de allí.
Cogí la mochila, me abrigué, y dejé un par de juancarlos sobre la barra. “¡Hasta luego, Poli!”, mencioné al salir, con prisa, “Buen clima”.
Me arrojé al frío y pensé: “Qué frío”. Caminé por las nocturnas calles solitarias y pensé: “Cuando escriba todo esto no pondré topicazos rollo: Nocturnas calles solitarias. Ni tampoco diré que, entre párrafo y párrafo he estado llorando, porque quedará demasiado patético. Y al final pondré que llegan unos cuantos compinches al Diapasón y a partir de ahí se suceden una serie de vicisitudes de lo más estrambóticas, influenciadas por la ingesta masiva de alcohol y sustancias, que resultan ser un acto de catarsis desmedida que me hace olvidar esta pena y resurgir del todo renovado. También meteré al Chorro Musical, porque me apetece, y tal vez use algo de nadsat o colaré algún vocablo apocopeideo tipo: patrás. Y fórmulas latinas ad hoc o del estilo, y un par de palabras raras. Lo que no se me ocurre es qué alter ego ponerle al peludo. Tampoco estaría mal que, al final, después de todo, apareciera Bosse-de-Nage y me seccionara el cuello en dos feas mitades y quien leyera esto dijera: Pero, si muere al final, ¿cómo es que lo ha escrito? No sé, igual debería escribirlo a modo de diario, o una epístola a mi yo de antes de ayer, o tal vez escribir sobre cualquier otra cosa. Qué frío. Me cago en mis muertos, qué frío. Si Olivia estuviera aquí le diría que menudo frío y le besaría la punta de la nariz, que de seguro estaría sonrosada y fría”.
Me dije, ya en voz alta: “¡Ay, caramba!”, y galopé hasta el portal de mi casa, atravesé el vidrio de la entrada usando mi propio cráneo y subí las escaleras panza arriba y cuadrúpedo, haciendo un tirabuzón en el último peldaño. Todo perfectamente calculado para que, con el movimiento rotatorio de mi propio cuerpo en particular y aprovechando la fuerza centrífuga resultante del mismo y las dos primeras leyes de la dermodínamica, las llaves salieran despedidas de mi bolsillo, se introdujera en la cerradura la equivalente, aún girando sobre sí misma con tal inercia que incluso llegara a abrir la mencionada cerradura para que yo entrara en la casa incólume y la puerta se cerrara justo a mi paso. Pero me tropecé con yo que sé qué, y me partí la nariz de nuevo.
Y ahora heme aquí, escribiendo sentado, borracho y solo. Escribiendo sobre lo solo y lo borracho que me siento. Y con la misma duda que al principio del “¿Y qué hago yo ahora?”, así, sentado en una piedra mirando las moscas en la mierda, soñando con volverme estatua de piedra, para no existir, o en mosca, para no pensar, o incluso en mierda; pero no ser yo, no ser yo ahora, que no quiero, que no me gusta, que no puedo. Qué difícil. “¿Y qué hago yo ahora?”, no, digo: “¿Qué estoy haciendo?”
Y de esto que irrumpe en mi cuarto Bosse-de-Nague con una mueca feroz y, sin mediar más palabra que un escueto y tautológico: “¡Ha ha!”, me regala una dentellada que desgarra mi garganta en dos feas mitades, feísimas, horrendas. Dejándome el tiempo justo y necesario, entre que me desangro y agonizo y tal, para escribir esto y ya más nada.  

20.1.20

Sopa verde.


Son las 3:14 p. m. en el anciano distrito de Koboldo, junto al río. Cae una delicada lluvia ácida y no hay pájaro que cante. Nuestro protagonista, K., se amanece con un charco de vómito reseco en el colchón y una terrible cefalea. Hace días que dormita entre pesadillas de moluscos tras agarrarse una borrachera de espanto en su propia despedida de soltero. Lo último que recuerda es invitar a sus compinches a una ronda de Jäbberwocky y arrojarse desde lo alto de la barra con la intención peregrina de que alguno lo atrapara al vuelo. Se lleva los dedos a la frente dolorida y palpa una brecha trasversal hecha ya costra endurecida. “Mierda”, se dice K. para sí, “Otra vez no”.

La pequeña pieza que ocupa está llena de moho y desorden, con correosas manchas de mostaza en las paredes. El frigo llora: sólo hay restos de sobras y despojos. En una esquina hay un retrete donde K. termina de vaciar su estómago y después, frente al espejo sucio, se descubre un ojo púrpura y el labio partido en dos feas mitades. “Mosquis”, musita, “Pues sí que la lie anoche”.
           
Se calza unos tejanos roídos, agarra un chubasquero y sale al rellano deshabitado, enfilando las escaleras. Es costumbre entre sus camaradas ponerse al día con los sucesos de la noche anterior frente a un reconstituyente, a base de cerveza y yemas de huevo crudas, en la misma barra que fue testigo de sus depravaciones; la del bar Pancró, en un semisótano mugriento del callejón Diagon, a sólo un par de manzanas de la pieza de K.
               
Las calles están desiertas y nada más que se oye silencio. K., absorto en su resaca, obvia el estado de abandono de los vehículos en plena calzada y los charcos sanguinolentos de las aceras. K. sólo piensa en cuánto le duele la cabeza y en si Brida, su futura esposa, estará enfadada con él o, en cambio, enfadadísima. Escucha su voz tras los tímpanos: “¡Joder, K., cuando no estás borracho es porque estás hecho una piltrafa! ¡No sé cómo demonios accedí a casarme contigo!”.
                
K. baja los tres escalones que separan el Pancró del mundo real y se encuentra a Sigmondo, gerente del tugurio, y a Bo, barroquiano estándar, apostillados en un rincón de la barra frente a sendas copas de fuegodoro. Ambos dicen al unísono: “¡K.!”, y éste responde con un lacónico gesto entre la vergüenza y la impostura.
               
Se sienta K. junto a Bo y dice con voz rasposa: “Llevo una resaca encima del tipo no-te-lo-crees. Os digo más: No la llevo encima, me lleva ella a mí; me rodea”, hace una pausa dramática llevándose una mano a la sien, “Sigmondo, haz el favor y ponme una birra y medio huevo, anda”. Sigmondo se cuela tras la barra para atenderle. K. añade: “¿No tendrás también algo de comer? Me muero de hambre”. Sigmondo dice: “Chóped”. Y K.: “Venga, ponme eso”.
                
Bo enciende un cigarrillo y observa a K. levantando su única ceja. “¿Y se puede saber dónde has estado todo este tiempo?”, pregunta desde detrás de una vaharada de humo. K. mastica chóped y responde: “Pues en mi casa, ¿por?”. Sigmondo dice: “Te dábamos por muerto”. Y K.: “Ya imagino… anoche me la agarré terrible”, sorbe cerveza, “Pero, joder, era mi despedida, ¿qué esperabais? Ni que nunca me hubierais visto borracho”.
                
Sigmondo y Bo se miran entonces. El uno con semblante receloso e intranquilo, el otro más bien fumado. Sigmondo dice: “¿Tu despedida? ¿Ayer, dices?”. Y K.: “Pues claro”. Y dice Bo: “K., tu despedida fue hace ya una semana”. K. se saca un trozo duro de chóped de entre los dientes y replica: “¿Pero qué me estás contando? Si estábamos tú y tú, y Orestes y Franagan… creo que también se pasaron un rato el viejo Belfrodo y su primo Ocre… ¿De verdad que he estado durmiendo una semana entera?”. Y Bo: “¡Y qué semana!”. Y K.: “¡Mierda! ¿Qué día es hoy, sábado?”. Y Sigmondo: “Más bien domingo”. K.: Pero entonces me caso hoy, maldita sea, ¿qué hora es?”.
                
Sigmondo colma un vaso de fuegodoro y lo coloca frente a K. “Bebe”, dice. K. contesta: “Aún no terminé esto”. “Pues acábate el huevo y bébetelo”. K. obedece y concreta ambas bebidas con una mueca como de náusea. Sigmondo repite la operación y dice: “Bebe”. Y vuelven a beber.
               
“¿Me queréis contar de una vez qué está pasando?”, dice K. “Escucha, K, es difícil…” comienza a decir Bo. “Olvídate de Brida”, sentenció Sigmondo. Y K., atónito y amarillo, acierta a decir: “¿Cómo?”. Sigmondo empieza: “¿Recuerdas aquello que decían en la tele de que el exceso de contaminación por plásticos e hidrocarburos en los océanos y la proliferación desmedida del fitoplancton amenazaban con extinguir toda especie marina, provocando así un desequilibrio en todos los ecosistemas con el resultado último del fin de la vida en la Tierra?”. Y K.: “Cómo no”.
                
Sigmondo apura su copa, la rellena, y hace lo propio con las de los otros. Bo exhala otra bocanada y dice: “Pues, básicamente, eso”. K. dice: “¿Qué coño?”. “Que ya no quedan peces en el mar”, culmina Sigmondo. “Pero no termina ahí”, añade Bo. “No”, confirma Sigmondo, bebe y sigue: “Resulta que, tratando de huir de esta sopa verde, la más inteligente de las criaturas marinas salió a tierra seca”. “¿Qué dices?”, dice K., “¿Los delfines?”. “No”, dice Bo, “Las sepias”.
                
K. sufre una arcada repentina y traga un poco de vómito. “Sepias”, dice, “Mierda, yo odio las sepias”. “¿Y quién no?”, anota Bo, “Pero espera, que tampoco termina ahí”, y pega una larga calada a su cigarro. “Nadie sabe cómo”, prosigue Sigmondo, “y seguramente los que bien pudieran saberlo ya estarán muertos, pero al parecer se trata de unas sepias adulteradas, como alienígenas mutantes, o al revés. Y son más inteligentes todavía que las sepias comunes que todas conocemos”. “Y más grandes”, dice Bo. “Mucho más grandes, terribles”, continúa Sigmondo, “Como de dos metros o así, erguidas sobre sus pegajosos tentáculos”. “Joder”, dice K. masticando chóped, “Menudo bicho”.

                
Bo apaga la colilla sobre la barra y se bebe el fuegodoro de un buche. “Ojalá solo fueran grandes”, dice. “¿Cómo?”, pregunta K., “¿Es que hay más?”. Y dice Sigmondo: “Mira, te lo explicaré sin más rodeos”, rellena los vasos, “Fue todo muy rápido. Salieron del agua hace una semana. Al principio todos pensaron que se trataba de una maravilla de la naturaleza y salieron a fotografiarse con ellas y festejarlo. Pero estas sepias no venían a celebrar nada”. “Todo lo contario”, interrumpe Bo. Sigue Sigmondo: “Venían por venganza. Nosotros nos habíamos cargado su casa. La jodimos con tanto vertido y tanto crucero. Llevaban generaciones tragándose nuestra mierda y ahora, sin pez que llevarse a las fauces, decidieron que nos toca el turno de ser devorados”. “Qué movida”, dice K. “Joder, ya te digo”, dice Bo. Y vuelven a beber.
                
Sigmondo dice: “No tardaron en hacerse con el poder. Con su habilidad para camuflarse y una fuerza monstruosa, acabaron con los ejércitos de las grandes naciones en sólo una tarde, y a partir de ahí les fue fácil diezmar la población mundial. Al tercer día ya habían aprendido a comunicarse por telepatía con los que quedábamos y replicaban en nuestras mentes consignas sepiofascistas en bucle dictando obediencia o ejecución. Al cuarto día acabaron con el ganado y los cultivos y, desde entonces, quien no sirve como esclavo en sus factorías de chóped, sirve como relleno para el embutido. Por eso te digo que te olvides de tu Brida querida, porque probablemente te la estés merendando ahora mismo”.
                
K. se vomita encima y mira a los otros con rostro pálido y desencajado. “¿Co… cómo?”, balbucea, “¿Este chóped está hecho de humanos? ¿Y por qué me lo dais, hijos de puta?”. Segismundo responde: “Pues porque es lo único que hay para comer. Sólo nos quedaba un huevo, y te lo acabas de beber”. Y dice Bo: “Si lo piensas, no está tan mal. A mí me gusta imaginarme que me estoy comiendo al cabrón de mi jefe, o a otra gente que también odio”. “Hombre”, responde K., “visto así…”
                
Pasan unos instantes en silencio. Bo se lía unos cuantos cigarros y convida al resto. Sigmondo descorcha una botella de El Auriga de veintiún años y K. trata de limpiarse el vómito de la barba. “¿Entonces?”, dice K., agarrando la copa que le ofrece Sigmondo. “¿Entonces qué?”, contesta éste. “Que qué hacemos”, aclara K. “Pues nosotros somos la resistencia”, responde Sigmondo. Y dice K.: “Genial, ¿y cuál es el plan?”. Y Bo, dando una profunda calada: “Pues quedarnos aquí y beber mientras se acaba el mundo”. Y K.: “Vale”
                
Y vuelven a beber.

30.5.18

El ulam.


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde conseguí este ulam, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó el pasado invierno. Es una historia estupenda.
Estábamos yo, Guibo, y mis tres drugos Alfrodo, Morselo y el Varano, que realmente era un varano de Komodo, sentados en el bar Pancró, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno tórrido y aciago, cuando por la puerta apareció el Coronel Mostaza y sus secuaces.

CORONEL MOSTAZA: ¡Ahí está!¡Prendedle!
SECUACES: ¿A cuál?
CORONEL MOSTAZA: ¡A ése!

    Los secuaces del Coronel Mostaza se abalanzaron contra nosotros armados con cimitarras y muy mala cara. Morselo dijo:

MORSELO: ¡Fuegodoro!

    Y el Varano escupió un chorro de baba flamable sobre los enemigos. Yo caí presa del pánico por no haber asistido a los ensayos y me hice el muerto, pero Alfrodo, que conocía la estrategia, arrojó un cigarro encendido y certero a los secuaces del Coronel Mostaza, y así murieron calcinados.

CORONEL MOSTAZA: ¡Maldición!

    El Coronel Mostaza sacó su pistola reglamentaria y disparó a Alfrodo, acertándole en el cuello. Alfrodo gritó:

ALFRODO: ¡Ulam!

    Y cayó muerto.

    Morselo, lleno de cólera, agarró la botella de fuegodoro y practicó con ella una espantosa herida en la cabeza del coronel, dejándolo casi muerto.

YO DIJE: ¿Qué ocurre?
MORSELO: Mató a Alfrodo.
Y YO: ¿Y ahora qué hacemos?
VARANO: Vayamos a jalar una vaca o algo.
MORSELO: No. Tenemos que esperar a que éste se despierte para interrogarle. Buscaba a Alfrodo por algo y vamos a averiguarlo. Tú, Varano, vigílale, que no se escape. Y tú, Guibo, registra a Alfrodo por si encuentras alguna pista.
YO: ¿Y tú?
MORSELO: Fuegodoro.

    Miré en los bolsillos de Alfrodo y no encontré más que un puñado de monedas y pañuelos de papel usados. Le dije a Morselo:

LE DIJE: No lleva nada encima.

    Y Morselo, con los labios sucios de fuegodoro, me dijo:

MORSELO: Pues entonces busca dentro.
Y YO EN PLAN: ¿Cómo dentro? ¿Dentro?
MORSELO: Mira en su culo.

    Y efectivamente, en su culo, Alfrodo escondía un ulam.

MORSELO: ¡Por todos los yarboclos! ¡Un ulam nuevecito!
YO: Bueno, más bien semiusado.
MORSELO: ¡Con razón lo querían muerto! ¡Un ulam! ¿Te das cuenta? ¡Por un ulam yo mataba hasta a mi padre!
Y YO: Ya, pero… ¿Cómo se usa?

    En eso que el Coronel Mostaza despierta y grita:

CORONEL MOSTAZA: ¡Soltadme, hijos de puta!

    Y el Varano le da una dentellada de lo más infecciosa y bacteriana en toda la garganta que lo deja muerto.

MORSELO: ¡Varano idiota! ¡Queríamos que nos dijera por qué buscaban a Alfrodo!
VARANO: ¿No le buscaba por el ulam?
Y MORSELO: Ay, pues es verdad.
ENTONCES YO: ¿Y ahora qué hacemos?
VARANO: ¿Vamos a jalarnos el cadáver de éste o qué?
MORSELO: No. Antes tenemos que determinar quién se queda con el ulam.
YO PROPUSE: ¿Lo compartimos?
MORSELO: ¡Es un ulam, maldita sea! ¡No se puede partir en tres partes! ¡Ni siquiera se puede partir en una parte!
VARANO: Yo me quedo con el cadáver, que está fresco.
MORSELO: Entonces sólo quedamos tú y yo.
Y YO: ¿Quién, yo?
MORSELO: Sí, tú. Nos lo jugaremos a muerte.
YO DIJE: ¡Qué me dices!
MORSELO: Te lo digo. Y agradece que te doy una oportunidad. Yo maté al Coronel Mostaza y debería ser el que se quedara con el ulam por derecho.
Y YO: ¡Tú sólo lo noqueaste! ¡Fui yo quien sacó el ulam del culo de Alfrodo! ¡Me lo quedo yo!
MORSELO: ¡Pero si ni siquiera sabes lo que es!
VARANO: ¡Este páncreas es delicioso!
Y YO: Si no quieres compartirlo o me lo quedo yo o lo rompo.
MORSELO: No te atreves.

    Agité el ulam sobre la cabeza de Morselo y le reté a cogerlo.

LE DIJE: ¡Agárralo si llegas, cabezahueca!

    Y Morselo me tiró un puntapié a los yarboclos, dejándome casi muerto. Dijo:

MORSELO: Pues te quedas sin ulam, idiota.

    Me quitó el ulam, lo metió en su culo y huyó para siempre.

Ralph Steadman

 

18.5.18

El último trago de Benjamin Franklin.


 Diapasón. interior. noche.

Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires decimonónicos y un gabán medio nuevo que gasta un parche del sándwich eléctrico en la solapa. Geraldino, a ese lado de la barra, dormita abrazado a una botella de vidrio despojada de mistela y Policarpo, a ese otro, gobierna la taberna con mano de sebo —lo cual resulta una paradoja, pues su gobierno se basa en servir a su misma vez—. Nadie sonríe.

Bosse-de-Nage, por el contrario, acecha todo oculto en las entrañas de la máquina de tabaco. Pero esto no lo sabe nadie, si acaso Policarpo, tal vez sospeche.

Benjamin Franklin se acerca a la barra y la golpea con su índice erecto, varias veces. A continuación, abre la bocota y se lleva dicho dedo a sendas fauces; apuntando directamente a un gorlo sediento, histórico, y enrarecido. Policarpo le observa y atiende; sirve una jarra de cerveza de lúpulo y podreínas, y se aparta de nuevo sin hacer ruido. Benjamin Franklin (de ahora en adelante, Benjamin Franklin) se bebe aquello de medio trago, hace una mueca sorda, como de eructo, y vuelve a salir por la puerta, con paso torcido y redoblado.

Afuera sucede un relámpago.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Ay, caramba!

Por la puerta entran Longaelisa y sus piernas piernas piernas, seguidas de Morselo e, inmediatamente, el resto de Morselo. Piden copas de jarabe de perla con drencrom y Policarpo provee. También solicitan unos chupitos de fuegodoro, Policarpo abastece. ¿Un poco de sal? Policarpo surte ¿Qué tal unas rodajas de lima? Policarpo suministra.

Morselo: ¿Has visto cómo de chamuscado quedó aquel tipo?
Longaelisa: ¡Uh, qué asco, qué asco!
Morselo: ¡Y cómo le implotó la golová!
Longaelisa: Me cago en la leche, Morselo. Como no te calles ya con eso cojo y me marcho y san si te he visto ni me acuerdo. 
Morselo: ¡Vamos, vamos, Longa Longaelisa! Dame un beso y no te enfades. Me divirtió, eso es todo. Anda, dame un beso, dámelo.
Longaelisa: Aparta, nudibranquio, o te practico un octavo orificio en la quijotera.
Morselo: Sólo era una guasa.
Longaelisa: Pues yo me voy a casa.
Morselo: ¿Me llamarás?
Longaelisa: ¿Eh?
Morselo: ¿Eh, qué?
Longaelisa: Que si te llamaré.
Morselo: ¿Mañana?
Policarpo: Venga, Morselo, no seas tan tan y deja marcharse a la muchacha.
Longaelisa: Buenas noches, Policarpo. (sale)
Morselo: ¿Me llamará?
Policarpo: No tengo ni la menor idea de qué yarboclos hablas.

     *Nótese aquí un ligero anacronismo: Los episodios acá representados se sucedieron más o menos en la segunda quincena de abril de 1854, y Morselo hace reiteradas referencias al teletrófono, dispositivo de comunicación que no se inventaría hasta 1854, pero a finales de año. De ahí que ni Policarpo ni Longaelisa comprendan lo que quisiera decir Morselo, el cual, el pobre, por ser analfabeto y no escuchar la radio, ni leer las gasetas, no se había enterado todavía de que tal artefacto aún ni existía.

(ELIPSIS)

Por la puerta ahora hace aparición un abigarrado cuarteto de hoplitas: Caecio y Argestes y Libis. Caecio, con pantalones de cuero negro y bufanda del Poli Ejido, solicita un granizado de níspero y que corra el aire. Argestes, rubio y ario y lleno de gracia, deposita una cornucopia rebosante de frutas y gramíneas sobre la barra y pregunta por quizá un licor dulce o, si no lo hubiere, una copichuela de vino para hacer un bodegón. Y Libis pide un cenicero. Recogen la comanda y se apartan al rincón, con viento fresco.

Policarpo (a Morselo): ¿Por dónde iba?
Morselo: Fuegodoro.

Policarpo abastece.

Policarpo: Total, que el tal Juleo y la tal Rumieta eran dos y locos y enamorados. La una, era hemofílica y el otro, por su parte, padecía de tensión baja. Ésto no lo sabía ninguno. Y sucedió que, de mutuo acuerdo y por motivos familiares que no recuerdo, decidieron acompañarse hasta la muerte y, tal que así, un buen día, abriéronse las venas.
Morselo: ¡Uy, qué disgusto!
Policarpo: Sí, sí, pero ahí no termina.
Morselo: ¿Y cómo termina?
Policarpo: Pues con la desgracia de que a ella el crobo le borbotó en un santiamén, y espiró en un suspiro.
Morselo: ¡Oh, Rumieta! ¿Y qué fue de Juleo?
Policarpo: Juleo tardó bien lo suyo en ficarla, agonizó cosa de tres noches o así, y se aburrió sin remedio.
Morselo: Vaya, Policarpo. Desde luego que todos somos contingentes, pero tú eres necesario.
Policarpo: Lo que tú necesitas es un buen corte de pelo.
Morselo: Al menos me queda este medio gabán medio nuevo.
Policarpo: Sí, no está mal.

Mientras tanto, en el rincón, unos hoplitas desarraigados discuten sobre el tiempo.

Argestes: ¡Otra vez lloviendo! ¿Te lo puedes creer?
Libis, fumando: ¿Quién, yo?
Argestes: No, digo a Caecio.
Caecio: ¿Eh?
Argestes: Que si te lo puedes creer.
Caecio: Yo creo que hace calor calor calor y me pesa la mandíbula.
Argestes: Eso es cierto, ¡qué mandíbula tan enorme!
Libis, viejo: A mí lo que me molesta es que no paréis de moveros.
Caecio: Incluso si te da por pensar en cualquier cosa, fíjate.
Argestes: ¿Qué dices?
Caecio: Que a mí se me antoja inimaginable un mundo en el que nunca se hubieran inventado los relojes, fíjate. ¿No crees?
Argestes: Ya, pero no estaba hablando de esa clase de tiempo.
Caecio: Bueno, incluso si te da por pensar en cualquier cosa.
Libis: ¿Y Juan?
Argestes: Murió. Pero el mes pasado.
Caecio: Ya era hora.
Libis, viejísimo, tose y se hace viejo: Supongo que, después de todo, decimos buen tiempo a esos ratos en los que no pasa nada.
Caecio: Ni una nube, nada.
Argestes: Pues por eso digo, que a ver si escampa.

Ahora sucede que un vidrio se hace añicos contra el suelo provocando tremendo alboroto.

Morselo: Uy, se me cayó.
Geraldino, lleno de cólera y eructando moscas: ¿Cómo has dicho?
Morselo: Que se me cayó, uy.
Policarpo: Está trompa.
Geraldino: De ninguna manera. Aquí no toleramos esas creencias de pacotilla, esos rollos neotonianos de la tiranía gravitacional. Me enferma.
Moselo: ¿Y con qué se comulga entonces?
Policarpo: Verás.
Geraldino: Aquí comulgamos exclusiva y pluscuamperfectamente con la ley de fuga de vacío hacia la periferia; esto es hacia arriba.
Morselo: Tomo nota.
Geraldino: Más te vale.

El espectro de Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires de ectoplasma y chamusquina. No viste ningún gabán, sino un halo fantasmagórico y terrible. Así, de esa guisa, se acerca a la barra. Pero nadie puede verle. “Olvidé pagar la birra”, le susurra a Policarpo en sueños, con acento de psicofonías. “Lo sé”, responderá éste, más tarde, en su cama, bien durmiendo, “Que sea la última vez”. Y el otro contesta, con esa misma voz: “Pero por supuesto”.

FUNDIDO A AMARILLO

12.7.17

Po.


¿Y ahora qué pasa, eh?


Es martes. Antes del ocaso. Interlunio en el Diapasón. Policarpo el fructífero está en su puesto, bajo las torres del momento. En su siniestra, si se le mira desde ahí, se aprecia la figura de uno de esos muñecos malencos que venden en la calle, esos pequeños felinecos de hojalata con un resorte dentro que mueven la zarpa adelante y adetrás y que adornamentan las multitiendas del barrio zonguonés y son dorados o calicó, pero éste, el de Policarpo, es negro negro negro como un Bombay. Entonces le da cuerda, grrr grrr grrr, y la malenca máquina no puede evitar hacer lo que hace, esto es la consigna, menear la zarpa adelante y adetrás una y otra y otra vez y Policarpo la cuelga de una alcayata en la pared por el agujero del cogote, que es su sitio desde siempre; invitando a los que lleguen a que pasen o se larguen, porque al final dará lo mismo.


Policarpo lee la gasetta: Diluvio de pianos en la estrada Salieri deja decenas de heridos y a la parroquia véneta sin festejos hasta el próximo año. Efectivos del Cuerpo Motorizado de Militsos de San Lundo atropellan fortuitamente a un perturbado caótico neutral, sospechoso de pertenecer a diversas células de grupos patamilitares subversivos, prófugo de la justicia y presumiblemente exiliado en el extranjero desde los atentados del Palacio Marrón, antigua sede de la satrapía de Estagira, en octubre del 27, poniendo fin a años de búsqueda y pesquisas infructuosas; el jaleo ha sido estándar. La plaza de los jemeres, yo me acuerdo; aún hay quien deja flores de lentisco (o bien las propias de la cornicabra) por sus aceras, y que, con las yemas de los dedos ungidas de pingüe almáciga, dibujan pescuezos de zarafas por los agrietados muros en memoria de los que, coléricos y amarillos, decidieron tumbarse, sin más, frente al opresor y esperar a que todo ardiera. Costumbres de los ahogados. Un artículo médico sobre los placeres y bondades del descerebramiento, todo reventajas tras breve vorágine. Muere un pájaro al día. Alerta lombarda en toda la prefectura por pasajeras brumas de grisú: Extremen precauciones, procuren no respirar, no hagan bromas, chistes, mofas, ni tan siquiera chanzas. Información bursátil: Baja el valor de las acciones, aumentan las especulaciones, y la incertidumbre, por principio y por el momento, se mantiene.

Policarpo dice: ¡Mierdra! y el Coro de Dipsodas aparece por la puerta comandados por Furfurfar, que ulula como pidiendo bebidas para todos. Policarpo sirve un surtido de espirituosos y destilados macrobióticos y vuelve a su posición.

Coro de Dipsodas: ¡Dame de beber, bestia! ¿No ves que me divierte?
Furfurfar: ¡Far furfur!
Coro de Dipsodas: ¡Un buen trago sin agua!

Policarpo enciende la radio. La garganta partida de Alabama Mongoose: Oú vais tu avec ce fusil? Policarpo piensa para si: Ya no se escriben canciones. Entran Frido y Longaelisa con aires.

Frido: ¡Garçon, café!
Longaelisa: Para mí un té púrpura con sirope de agave y una hojita de flor de lis y tres tartaletas tostadas; la primera con mermelada de pera, otra acompasada de confitura de níscalo y la última sola, eso, y una copita de Vergamota.
Furfurfar: ¡Fur farfar!
Coro de Dipsodas: ¡Garçon significa chico!

Policarpo agarra un par de tazas con el logotipo del Garbonzo’s y las rellena de Malabirra sin espuma.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Fuegodoro!

Frido y Longaelisa se escabullen sin despedirse. Ahora entran Guibo y Panmuphle seguidos del resto de Morselo. Se ubican en la barra, frente a Policarpo, y éste reparte vasos. Ante Morselo, largo y con dientes de vejestorio, deja una botella de El Auriga.

Guibo, flácido y rubicundo: A mí sácame el vidrio de Jäbberwocky. Tengo un pálpito obscuro de que se nos viene encima el Galimatazo.

A Furfurfar le entra hipo.

Panmuphle, algarrobo y fabáceo, sujetándose el trasero: Yo tomaré una Poderosa bien fresca, pero primero voy a usar el retrete para dejarme de abstracciones y pasar a lo concreto.

Policarpo dispone la comanda. Panmuphle se da de bruces contra la puerta del lavabo y desde el otro lado se perciben los acordes de El Chorro Musical.

Voz de Quídam, desde el baño: ¡Ocupado!
Panmuphle: ¿En serio? ¿Todavía?
Furfurfar: ¡Furthur!
Coro de Dipsodas: ¡Di, amante falso! ¿Por qué me has abandonado?

Guibo saca del bolsillo de su pelliza un pequeño canario ocre a medio desplumar y se lo ofrece a Policarpo con gesto amable. Ambos llevan las cejas alzadas, pero cada cual a su manera.

Guibo: Toma, este es para ti, aún respira. Es por aquello que han dicho del grisú. Cuando se te agote me avisas, que tengo más. Siempre llevo un puñado encima, por Tutatix.

Policarpo agarra el pájaro y lo posa en su hombro. El ave parece de mentira, pero es cierto que respira, aunque no se mueva apenas. Y ahí se queda.

Morselo: ¿Y Pepe?
Guibo: Temo que lleve tiempo planeando un elogio a Dino Valenti.
Morselo: Esas cosas no se planean, se importunan.
Panmuphle: Yo me tengo que ir.
Furfurfar: Fur.

Policarpo limpia la barra de giste y babazas. Policarpo mira el reloj, averiado de hacer tiempo. Policarpo mira la atmósfera sólo con la esclerótica, anillada, y se detiene en el bailoteo de los belfos de los parroquianos, con miasmas en las comisuras, y son mudos porque no dicen nada y porque Alabama Mongoose rasga sus cuerdas vocales con el volumen al diecisiete y los bajos levantados y dice algo así como: J’ai entendu dire que tu avais tué ta nana. Policarpo mira el maneki neko de la pared y piensa en Olivia, mucho antes de la Guerra de los Boletus, cuando aún se tenía pelo en la cabeza y se podía cruzar la calle sin mirar. Policarpo piensa en las níveas nogas de ella, en sus delicados alcores y en sus hoyuelos de Olivia; en el rubor de sus mejillas y su risa cuando solicitaba un ruso blanco sin vodka ni Kahlúa. Policarpo piensa en sus ojos verdes ojos azules ojos grises. Policarpo deja de pensar y el felineco de hojalata sigue agitando la zarpa en el Diapasón. 

O’mbl, fumando Calumet: Si la quieres, déjala ir. De todas formas, ella nunca será tuya.
Coro de Dipsodas: ¡Y nunca he visto antes a nadie del todo como tú!

¿Y ahora qué pasa, eh?

Sobrenoche. Interlunio en el Diapasón. Panmuphle aparece de regreso en el umbral con un paquete al lomo y lo deposita sin cuidado en el rincón. Alabama Mongoose ahora toca la trompeta y suena joroschó como una cornamusa en la melodía de Moje ulubione rzeczy pero a contrapelo. Morselo comienza a apreciar la semivacuidad de la oropelada botella de El Auriga como una suerte de metáfora náufraga y, entre tanto, Guibo mastica un ajo en salmuera con los pálidos glasos y las muelas beige y los labios sucios del acre Jäbberwocky negro como brea. De fondo, sutilísimo, El Chorro Musical. Policarpo frota un vaso bajo las torres del momento. El canario no se mueve, pero parece que sigue respirando. Entonces Morselo levanta su copa de fuegodoro.

Morselo: ¡Por Mo!
Coro de Dipsodas: ¡Mi mimo Mo!

Todos beben.

Morselo: ¡Por Bubbs!
Coro de Dipsodas: ¡Que Ubú lo guarde en su panza!
Furfurfar: ¡Furfur farfar!

Y vuelven a beber.

Un viejo púlsar, allá en el dilatado Caosmos sideral, intercala una semifusa de silencio estático entre cada intervalo postlogarítmico de radiación electromagnética, instaurando una irregularidad antagónica apenas perceptible, pero, de algún modo, relevante y por supuesto predispuesta a. Por eso, o por cualquier otro motivo, más acá, tras la barra del Diapasón, bajo las torres del momento, Policarpo siente un repentino escalocalor trepándole la rabadilla y, sin darle más vueltas, acciona la nopca del ventilador del techo. Algún algo se revuelve en el paquete del rincón entonces, pero nadie repara en ello porque Alabama Mongoose se está tomando un descanso con un atoragaznates de burbón sin yelo y, en su lugar, la radio emite los armónicos quejidos de Sarah Tustra y esto ocupa la atención de la parroquia. Timbales tam tam tam y Guibo se lleva la sábana a la sien murmurando paridas.

Morselo: Yo estudié en la Real Escuela de Calafates de Porto Chancro, os lo juro, y, hacedme caso papanatas, ahí sí que te enseñaban a tapar agujeros, ¿entendéis?
Coro de Dipsodas: ¡Que ni marinero, ni patrón! ¡Que desde siempre manda el mar!
Morselo: Y, claro, uno hace lo que sabe hacer uno, sin más pretensiones, y acaba por contrabandear con carne al bucán, paté de mapache de estraperlo y demás mercaderías, sepulturero al nocto y expoliador de día, sin saber que detrás de mis zapatos tenía todo un medio destacamento al completo de cardenales armados hasta las encías, con arcabuces y todo; un desastre.
Furfurfar: ¡Fara fur!
Guibo: El muerto, al fin y al cabo, sí que vivió su vida por entero.
Morselo: Desde luego, lo último que esperaba encontrarme en las playas de Nueva Chisináu era a la jodida Inquisición española...
Ensamble de viento latón de la Orchestra Sin Fónica de Spamalot, en el local contiguo: ¡****!

Irrumpe en el Diapasón la Inquisición española.

Alguacil: ¡Nadie espera encontrarse a la Inquisición española!
Policarpo: ¡Mierdra!

El reparto por entero cae presa del pánico y trata de huir, corriendo en círculos.

Alguacil: ¡Nuestras armas principales son la sorpresa y el miedo!

Ahora resulta que aparece Frido.

Frido: ¡Garçon, café!

Uno de los inquisidores, adoptando la postura forma-A38 de los soldaditos de plástico sinople, dispara su arcabuz y la golová de Frido se disemina en lonticos de mosco y plescos de crobo y grumo gris por todas las perpendiculares en rededor, manchando también el suelo.

Alguacil, inquisitivo: ¿Quién lo mató? ¿Acaso fuistes tú, pedazo de palotín?
Palotín: Fuis yo, su eminencia.
Alguacil: ¡Pues ni se te ocurra volver a hacerlo!
Furfurfar: ¡Fur farafar! ¡Fur furufur!
Coro de Dipsodas: ¡Por allí resopla!

A Guibo se le afila el viso de las córneas y el Coro de Dipsodas acueructa un do bemol de gorlo que hace vibrar las torres del momento y entonces, Panmuphle, como gobernado por unos hilos improbables anudados a las escápulas, ejercita un espasmo ecleptiléptico y tactactaconea el suelo tres veces con la vieja osamenta del carnero.

¿Eh?

De súbito, un terrible estruendo, y el paquete del rincón se abre impregnando la atmósfera de una fragancia fétida y putrefacta. Emerge de su interior un mono papión, conocido como Bosse-de-Nage, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, mitad palafrén, mitad burdégano, y mitad bogavante cimarrón, en edad ya adulta y con sed de venganza.

Bosse-de-Nage: ¡Ha ha!
Morselo: ¿A quién yarboclos se le ocurre meter a esa cosa en una caja sin agujeros?
Coro de Dipsodas: ¡Feísimo, feísimo!
Guibo: ¿Y os habéis fijado en el calibre de ese gonopodio?
Furfurfar: ¡Far farafurfarfar!
Morselo: ¿Cómo dices?
Furfurfar: ¡Far, far far furfur! Fur farfarfur farafu, farafú, farafufu. Far farfur fur farafarfur far furufarafu ¿Fur farafar? Far fur far. Furufufu fara fa fu fu furu fa fufara y por eso la cortina de la ducha ha de ir siempre por dentro de la bañadera.

Policarpo dice para sí: ¡Mierdra y más mierdra! ¡Otra vez no! Y un rebuzno atroz cruza el Diapasón arrugando los cristales. La Inquisición Española es devorada en cuestión de segundos por el voraz cinocéfalo, quedando no más que el deslucido recuerdo y un grotesco charco de heces sanguinolentas junto al cadáver decapitado y exquisito de Frido. El Coro de Dipsodas de dispersa entre la multitud y Morselo y Guibo saltan tras la barra para ocultarse. La radio remite en bucle cien pulsos sucesivos del primer cuásar que se inventó, y el semicanario de Policarpo entra en estado de reposo. Ni rastro de Panmuphle, pero O’Mbl fuma Calumet.

O’Mbl: No seas tú mismo.

Las torres del momento observan la escena, impávidas, y es que, debido a falta de presupuesto por lo elevado del caché de Longaelisa, el último acto se representará en las imaginaciones particulares de los lectores, con la humilde y desinteresada asistencia de las anotaciones de quien esto relata; que dicen así: 
Mierdcoles. Esa hora en la que tarde se hace pronto. Bosse-de-Nage está en la pista de baile, acechando feroz. Furfurfar lleva una pantalla de lámpara en la quijotera camuflado entre el mobiliario, como de atrezo, de incógnito. La radio está apagada, sin embargo, fluye el Chorro Musical, tácito y sempiterno. Guibo y Morselo, se aferran como fetos a las pantorrillas de Policarpo, que blande su escoba preparándose para el ataque del cinocéfalo. Entonces Bosse-de-Nage se abalanza contra ellos y Policarpo lo rechaza con un swing transversal del todo improvisado que impacta de lleno en el poblado entrecejo del papión, afectando también a Panmuphle en el mismo punto. Bosse-de-Nage se resiente unos instantes y se arroja de nuevo con los colmillos en las fauces. Esta vez Policarpo falla, acertando por el contrario al malenco felineco, y Bosse-de-Nage se cobra su pieza, ese pájaro, y lo engulle de un bocado.

Guibo: ¡No! ¡Ese era mi favorito!
Bosse-de-Nage: ¡Ha ha!

Por la puerta asoma Bo, con ojos rojos y joroschó y un halo de marijuana por el gorlo hasta la golová.

Bo: ¿Que si quiero o que si tengo?

Policarpo aprovecha la distracción para propinarle un puntapié al cinocéfalo en el mismísimo epicentro de su espantoso y tautológico trasero, de tal magnitud que éste sale despedido por los aires para acabar hecho lonchas, rodajas y lonticos, aspeado por el ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.

¿Y ahora?

Policarpo barre ante sí, sin mirar al suelo. No hay nadie en el Diapasón. Tras el rasdrás, silencio. Policarpo no piensa en nada. No piensa en los glasos de Olivia, ni en los pedazos del malenco felineco. No piensa en Pepe, ni tampoco en Mo, ni en Bubbs, ni en lo poco que le gustan las sorpresas. Po no piensa tampoco en ningún pájaro. Policarpo no piensa, ni mucho menos reflexiona; Reflexionar es para los espejos, y Policarpo no es nada de eso. Policarpo barre ante sí, sin mirar al suelo y se dice: ¡Qué yarboclos!

Y ayer será otro día.

22.5.17

Jo.

                Ayer no, ayer, ocurrió una cosa.

      Estaba sentado en un butacón de orejas clavadito al mío, más o menos a las 4:40 a. m., jugando un solitario con los arcanos medianos desperdigados por mi regazo mientras esperaba a que Henri Sauvage volviera con el revólver que me había prometido. Aparte del butacón de orejas y un Porcelana de porcelana a tamaño real, en aquella pieza no había más que una vieja tostadora eléctrica y un montón de Kippel por todas partes. Probé a enchufarla, para comprobar que funcionara, y, al poner en contacto la clavija con el tomacorriente, la tostadora explotó en una nube de esquirlas de baquelita con forma de hongo que me dejó totalmente ileso y, afuera, por la ventana, se oyó un graznido estertóreo y carbonizado seguido del inconfundible aroma de una buena araucana a la parrilla.

   Me atusé las cejas. Lo sentí por el pájaro, pero no es culpa mía que decidiera apostarse precisamente en ese cable, teniendo todo el cielo para volar, así que agarré mis naipes y me largué de allí. Decidí ahorrarme el revólver y el escándalo y apostar sobre seguro. En casa tenía un espejo de mano semiautomático que sería más que suficiente para neutralizar a Mo y recuperar el regalo de Bubbs. Cualquiera sabe que el punto flaco de todo mimo es enfrentarle a su propio reflejo, vamos, lo saben hasta los paramecios. Además, estaba todo aquel asunto de la jerarquía de necesidades, la pagoda de Brian, cuya base son las sandalias, y según la cual me encontraba soterrado hasta la sien, así descalzo y desarmado.

    Abandoné el distrito Taraij bajando las escaleras de Lechariot, siete escalones, nada menos, y a cada cual más irregular que el anterior; y seguido me llegué a la plazuela del torcamús, cuya fuente central —y esto no lo sabe casi nadie— está ornamentada con auténticas turquesas turcas de la Anatolia occipital; pero estuve sólo de pasada porque mi casa queda un poco más para allá.

    Según alcancé las orillas de la calle Lampo, sin reparar siquiera en que la moneda terráquea está constantemente dando vueltas sobre sí misma en el sempiterno cara o cruz patacósmico, sin que nosotros, pobres ingrávidos, apreciemos de algún modo esta apuesta, y limitándonos, someramente, a pulular por ella como una suerte de enjambre diminuto; pues bien, sin tener en cuenta esto último, en la calle Lampo me encontré con Bubbs. Bubbs llevaba años exiliado en las medianas Antillas moldavas por un tema de fuegodoro de estraperlo, eso y una antología de atentados por enaltecimiento de la depravación, unos cuantos capítulos de desorden del orden público, y otros tantos de orden del desorden, que, al parecer, también es público. No veía a Bubbs desde antes de la guerra, y éramos unos críos, como quien dice. El tiempo le cambia a uno, desde luego, y, bueno, así visto, con los dos ojos vagos, y desde lejos, tampoco estoy muy seguro del todo de si realmente se trataba de Bubbs, pero me lo dijo ese cuarto sentido que tenemos las personas de sinapsis dispersa y que acierta tres de cada siete veces en el mejor de los casos.  

    Corrí a su encuentro, pues él tampoco me había reconocido y no iba a ponerse a correr hacia a mí. Y, cuanto más me acercaba, menos se me parecía aquel tipo a la imagen que me había hecho de cómo sería Bubbs al cabo de todo este tiempo. El hombrecillo se me quedó mirando como quien es confundido por otro y yo le dije que él no era Bubbs.

—¡Oye tú, tú no eres Bubbs! —le dije.

    Entonces, el quídam, que definitivamente no era Bubbs, ni sabía de quién yarboclos le estaba hablando, me enseñó las palmas de sus manos, sin estigma alguno, y se fue calle abajo sin despedirse. Yo le dije:

—¡Oye tú, cuidado!

    Una tanqueta de militsos, salida de la nada, siguió a un terrible estruendo de motor y, por un momento, la instantánea me recordó a aquella película zonguonesa, la de la cabalgata de Tiananmén, pero con un final alternativo en el que el pusilánime es despedazado por los eslabones del dispositivo de tracción Lombard del carro blindado de la milicienta.

    Me arrojé a un lado de la calle ejercitando un bonito brinco torcaz, del todo improvisado, con el que salí de la trayectoria de la apisonadora portátil y fui a caer en un charco de ayer no, al otro, que resultó estar seco; y, salvo por las uñas de los pies, que me rompí todas, por lo demás, salí de nuevo incólume y hui despavorido.

    Desfilé por Pachydermes como a quien se le quema el klebo en la tostadora eléctrica y, al torcer a la derecha por la calle del San Adolfo, me topé con el verdadero Bubbs, el legítimo, o al menos su cadáver hecho trizas de igual manera que su falso análogo;  a orugas del solitario convoy de la muerte —que se llevó por delante a nueve personas y tres marquesinas, para posteriormente dejar docena y media de cuerpos desmembrados repartidos por las calles Lampo, Testudo y Mijlhaus, en la madrugada del cuatro de mierdra del pasado año, víspera de los festejos de San Crodeculo—, reculé espantado como caminando por una luna con superficie de alabastro y, para cuando completé la media vuelta reglamentaria sobre mis talones en el tercer compás, fui a darme de bruces con el viejo Henri Sauvage empuñando un revólver y, claro, me llevé tal susto que reemprendí la fuga por la diagonal, al margen de toda coreografía, y atravesé balaustradas y cordones, catenarias y acequias, sorteé conos y bastones, y terminé metido, no sé cómo, en esa catatonia umami que se nos ocurre a veces y que nos mata de la risa cuando conseguimos olvidarnos de ella.

    Desde dentro, desde dentro huele a ceniza en Estagira. Los muros se ven grises como un oso pardo en un daguerrotipo y no se oye ningún río, se oye un río. Un caudal continuo de asuntos pendientes y promesas en todas direcciones. Todo es importante, luego, nada lo es. Desde dentro lo sentí así y sentí alivio. Y olvidé a Bubbs. Y me salí.

    Llegue al Diapasón tarareando el Réquiem de Tannhäuser con una sonrisa andrógina. Guiñé un ojo a Policarpo bajo las torres del momento y él, cómplice del dialecto de signos lundonita, hizo aparecer un pequeño vaso pulverulento y una botella de fuegodoro del Auriga y dejó todo a mi merced.

—Se te ve bien —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. Acabo de encontrarme con Bubbs hecho pedazos.
—Mal que bien, el tiempo le cambia a uno.
—Eso y una Tipo 97 Te-Ke de cinco toneladas. Yo hoy maté un pájaro.
—¡Bah, alguien tenía que empezar a hacer algo!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿es que no van a venir nunca?
—¿A estas horas? Además, supongo que hoy irán a la despedida de Mo; ayer lo encontraron hinchado y muerto, flotando en el Muil. Por cierto, tú no tendrás nada que ver, ¿verdad?
—¿Yo? ¡Yarboclos, no! Es decir… tenía intención de asustarlo un poco, tal vez herirlo de gravedad, liquidarlo, acabar con su muda tiranía de una vez por todas… pero de ahí a ubivarlo… —rellené el vaso y lo vacié en mi gorlo de un bocado.
—Estupendo.
—Imagino que, después de todo, ya no tiene importancia alguna, pero me pregunto qué habrá sido del regalo de Bubbs y qué demonios contenía.
—Lo mismo me da. Odio las sorpresas. 

14.2.16

Escena 440 A.


INT. BAR EL DIAPASÓN – NOCHE

POLICARPO sacude un trapo polvoriento sobre las botellas del estante para envejecerlas. PEPE arma un solitario castillo de naipes una y otra y otra vez. GERALDINO corrompe los crucigramas inventando vocablos con tinta azul, negra y roja de nadsat. BOSSE-DE-NAGE escribe haikus en sánscrito con surcos de hez marrón verdoso trazados por el pólice oponible de su pie izquierdo.

GERALDINO
(sin levantar la vista del periódico)
Oye, Poli, ¿cuándo demonios vas a librarte de ese maldito cinocéfalo papión?

POLICARPO
(se lleva el trapo al hombro con un gesto brusco que levanta una polvareda)
     Cuando pagues los tragos que debes, pedazo de filibustero.

BOSSE-DE-NAGE
(apunta a Geraldino con el dedo manchado)
     ¡Ha ha!

GERALDINO
Ya sabes que me tienen congelado hasta que pase la sequía. Anda, sé dobo y convídame a algo de pitear. Un poco de fuegodoro, nada más. Que el grasño dengo no machuque esta vieja amistad.

POLICARPO
(llena un vaso de licor)
Esto corre por tu cuenta. Y más te vale que al primate no le falte la ginebra porque yo no respondo de lo que se le ocurra y vaya a pasarte a ti.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

ITIMANOK entra en el bar. CAMPANILLA DE PUERTA. Se tambalea y casi resbala antes de llegar al taburete.

GERALDINO
     ¡Vaya un malchico pianitso! Oye, tú, ¿tienes un cancrillo?

ITIMANOK
Me pasó algo. Me pasó algo. Oiga, señor, caballero, póngame una copa, haga el favor.

POLICARPO
(cubre el fondo de un vaso con hielo)
     ¿De qué lo empapo?

ITIMANOK
     Wiski.
(pausa)
Decidí emborracharme porque no le vi mucho sentido a esta vida, apenas nada. Y, bueno, ya sabéis, últimamente estoy mal.
(pausa)
Me metí en un templo obscuro y abovedado donde hacen poesía con las luces bajas. La gente tiene sus poemas, otros sólo dicen mentiras.
(bebe del vaso que le sirve Policarpo)
Me tomé dos wiskis, tres, cuatro… y decidí salir al escenario. Salí y les dije: Me tomé tres cervezas de más, me tomé cuatro tragos de más, y no es suficiente para olvidar la rabia que se me come por dentro.
(bebe otra vez)
Les hablé, les hablé hablándoles y les seguí hablando como pude. Me arranqué pedazos y se los arrojé salpicando sus caras de sangre y bilis. Me aplaudieron bajando del escenario. Poetas vinieron, escritores…
(bebe otra vez)
Me pidieron mi nombre.
(bebe otra vez)
Y me dijeron que ojalá volviera algún día. Me dijeron que les había inspirado.
(pausa)
Volví a salir y rabié y rabié y rabié y rabié. Estoy muy rabioso. Estoy MUY rabioso. Rabié. Rabié con toda la rabia que el alcohol te puede brindar un mierdcoles.
(bebe otra vez)
Y lo que me queda por beber, porque yo no me voy aún.
(bebe otra vez)
Me volvieron a felicitar.
(pausa)
¿Y cómo me felicitan? ¿Cómo, Pepe, me felicitan con todo el daño que llevo dentro?
(pausa)
No lo entiendo.
(pausa)
Pero allí estaban felicitándome. Todos ellos.
(bebe otra vez)
Allí estaban.

BOSSE-DE-NAGE
(alza su copa de ginebra)
     ¡Ha ha!


DISOLVENCIA A:
PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Nadie se mueve apenas, excepto Itimanok: bebe cuatro copas más mientras habla y después sale por la puerta.


DISOLVENCIA A:
Entran PAMBL y BAIJ. CAMPANILLA DE PUERTA. Solicitan un par de cervezas y se acomodan en la mesa del rincón.

PAMBL
(da un trago a la cerveza en RALENTÍ)
En fin, lo único que digo es que yo sólo miro con asco a los que miran con asco. Y no hay nada más que hablar del tema. Que al final hacemos loxodromos de cada piedra y acabamos sin saber adivinar la luna en nuestro cenit.

BAIJ
(da un trago a la cerveza en RALENTÍ)
Hablando de loxodromos, yo ayer percibí la vida en toda su planitud asintótica. Me senté en el retrete con el periódico en el regazo y le pinté bigote a todas las fotografías. A algunos les puse un parche en el ojo. A otros que sonreían les usurpé algunos dientes y a los que no poblé de un lustroso entrecejo los rematé con sendos cuernos como guinda del pastel.

GERALDINO
(levanta la vista del periódico)
¡Así que eres tú el de los bigotes!

PAMBL
(bebe)
Sí, las distracciones no son mal negocio, pero esta tristeza sigue aquí hablemos de lo que hablemos y, mientras se disipa el jiste, mis ideas se escabullen y ya oíste lo que dije: ¿Mi comida favorita? Pues tal vez la sopa, pero mejor digo lo que sea que esté munchando en ese momento, un lontico de manteca, una galleta, un puñado de alpiste… Tal vez sea lo peor que coma en mi vida, pero sin duda lo mejor que podré comer entonces. Es fácil: Río de tristeza porque lloro de la risa.

BAIJ
Sé de lo que hablas, yo me dejé crecer la barba para así amortiguar sus besos y mírame, con este abrigo ceniciento y esta cara mala, ¡Qué mala! ¡De espanto! Como esas noches sin luna, con la negra cúpula negra que refleja el negro de mis ojos así de negros por estar así, sin luna.

GERALDINO
(retórico)
¡Tócate los yarboclos! ¿Es que no puede uno venir aquí sin tener que slusar a un atajo de liudos perpetuando una interminable retahíla de sandeces?

BOSSE-DE-NAGE
     ¡Ha ha!


DISOLVENCIA A:
PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Cada cual bebe esporádicamente de sus copas. Bosse-de-Nage se desplaza intermitentemente por la estancia adoptando las más esperpénticas posturas. Pambl y Baij se van. Pepe culmina un nuevo castillo, lo desbarata, baraja, y vuelve a empezar.


DISOLVENCIA A:
Entra el DR. ORANGJO. CAMPANILLA DE PUERTA. Media chaqueta le cuelga del codo, deja un maletín viejo sobre la barra y se deja caer en un taburete.

POLICARPO
     ¿Qué va a ser?

DR. ORANGJO
     Una Poderosa, y un puñado de manís, por favor.

GERALDINO
(sarcástico)
¿Y a ti que te aflige, eh? ¿Qué chepuca, qué meselo scvata tu quijotera? ¡Adelante, cuéntanos qué rascasos te rasrecean el rasudoque!

BOSSE-DE-NAGE
(termina de dibujar una cabeza de caballo seccionada a todo detalle con el pólice oponible de su pie izquierdo y apunta con él al Dr. Orangjo)
     ¡Ha ha!

DR. ORANGJO
(mastica manís y bebe cerveza)
Voy a tratar… No sé. Voy a intentar explicar todos estos sentimientos para explicármelos a mí mismo. Toda esta ansiedad, remolinos, ventiscas, temblores. Este reflujo gástrico palpitando, este yo-qué-sé-qué, esta hipoventilación alveolar: Creo que estoy enamorado.
(mastica manís)
Hace un par de años ya que rompí con Amanda y las heridas, pues ya veis, siguen sangrando.
(bebe cerveza)
Sólo me tengo a mí mismo, me decía a menudo. Sólo yo tomo mis decisiones y asumo nada más que los riesgos que yo quiera. Y todo el daño que sufra, toda herida que me haga, toda llaga, será por mi propia mano.
(bebe cerveza)
Pero la encontré a ella. No la buscaba. Yo estaba conmigo mismo, tranquilo, con mis riesgos, mis decisiones, mi cepillo de dientes… Supongo que todos piensan que estar enamorado es algo así como flotar sobre un colchón de nubes bajo la templada lluvia de un arcoíris… Nada de eso: Estoy incómodo y la ansiedad me aprieta la tripa. Las mariposas se me salen todas por la glotis y apenas atino a vocabulizar lo que siento por ella.
(mastica manís)
Yo la quiero. La quiero como persona. Como individuo independiente y con su vida. Con su existir. La quiero a ella por ser, no por ser ella.
(bebe cerveza)
Pero, y esto es lo que me colma de desasosiego, ¿por qué este anhelo constante, esta espera inasumible? ¿Por qué he de necesitar de su atención para sentirme seguro de que ella siente algo parecido por mí?
(mastica manís)
Pero quiero, de veras, quererla sin más y que vuele libre y con ello ser también yo feliz… pero esto me lleva otra vez a que tal vez algún día desaparezca…
(bebe cerveza)
     Personalmente, todo esto me provoca un dilema, la verdad.

PEPE
     ¿Y ella qué opina de este rasdrás?

DR. ORANGJO
     Ella me regaló un te quiero un hermoso día.
(pausa)
     Y yo, mudo, sólo supe darle las gracias.

Geraldino recoge su bolígrafo y se despide de Policarpo con un gesto típico de lundonita, educadamente. Policarpo recoge su vaso y lo deja en el fregadero, marchito. El Dr. Orangjo termina el cuenco de manís, concreta la botella de Poderosa, se despide y se va. Bosse-de-Nage dormita sobre el parpadeo de la máquina de tabaco y masculla ha ha entre ronquidos. Pepe apura su vaso de fuegodoro, lo posa en la barra. RUIDO SORDO. Saca un arma. Se va por la puerta. CAMPANILLA DE PUERTA.

POLICARPO
     ¡Oye, Pepe! ¿Dónde vas con esa pistola?

PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Policarpo limpia la barra, barre el suelo y apaga las luces. AMANECE. Todo vuelve a empezar.


FUNDIDO A NEGRO.