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7.5.11

El reloj de bolsillo.

Todo había terminado, nos habían encontrado. Llevábamos ya muchas semanas escondidos en el sótano de un edificio derruido en los primeros bombardeos. Habíamos sobrevivido malamente con el poco pan que conseguíamos robar y bebiendo el agua que se filtraba por las grietas del techo goteando en pequeños vasos de cristal que habíamos ido colocando estratégicamente.


De todos los jodidos alemanes que nos podrían haber capturado, tuvo que ser él, Erik Nachbarschaft, no conocía su rango, imagino que sería oficial. El caso es que, antes de unirse a la Gestapo, trabajó con mi padre en la gestoría de la calle Versteken. Nunca soportó que mi padre pudiese tener un buen sueldo siendo judío, y, ahora que estaba muerto, el blanco de su odio era yo, su objetivo, su presa. Llevaba ya tiempo buscándome y por fin me tenía.

No me hubiera importado haber muerto esa misma mañana, de pie como estaba y con la cabeza alta mirando a los ojos de aquel nazi de mierda. No me hubiera importado si ella estuviese a salvo. Era una muchacha a la que conocía de vista desde que era pequeño, nunca había hablado con ella hasta que nos encontramos guarecidos de la lluvia en un sucio callejón después de que la guerra empezase y nuestras familias murieran. Ella no era judía, era de ascendencia checoslovaca, y su padre había protagonizado alguna tímida campaña en contra del partido y lo habían fusilado. Desde el día que nos encontramos no nos habíamos separado y, para mí, era la única persona del mundo.

-Por fin te he dado caza, Pavel, es una lástima que esto se termine ya, porque podríamos habernos divertido un poco más con este juego.-dijo Nachbarschaft con una sonrisa alevosa en los labios.-Te voy a dar otra oportunidad.-continuó-Te voy a dejar escoger a quién de vosotros dos mato. Piénsalo bien, tienes un minuto.-y se puso a mirar su reloj impaciente-Si no has elegido para entonces os mato a los dos.

El miedo se apoderó de mi cuerpo. No podía moverme, y al mismo tiempo no paraba de temblar. No podía tampoco soportar la idea de que la matase delante de mí, pero no era capaz de pronunciar un “Mátame a mí” sabiendo que después de hacerlo casi con toda seguridad la mataría a ella.

El tiempo desapareció, y todo pasó muy deprisa y muy despacio, vi cómo su mano sacaba de la funda su Luger P08 y la levantaba apuntando a mi amada. Vi cómo su dedo iba apretando el gatillo y casi pude ver la trayectoria de la bala surcando el aire hasta su pecho. Su cuerpo recibió el impacto con un golpe seco y enseguida sus ojos se cerraron y perdió toda expresión de su rostro mientras se desplomaba en el suelo. Mis piernas por fin respondieron y corrí hacia ella. Me arrodillé y puse mi mejilla contra la suya, aún caliente, y la besé, le acaricié el pelo, y las manos, y… mis lágrimas parecían sólidas, como piedras brotándome de los ojos. Dolía. No era posible. No. Tanto tiempo y… no, no, no, ¡no!

-Te daré un par de horas para que te despidas y salgas corriendo.-Me espetó Nachbarschaft-Después continuará la cacería.

Quise matarle ahí mismo con mis manos, pero no podía hacer nada contra rifles y pistolas de varios hombres sedientos de sangre. Se alejaron unos cuantos metros y me dejaron solo bajo el cielo gris. Después de un rato con el cuerpo inerte de Helena entre mis brazos, noté que respiraba, pero sólo era un engaño de mi mente… no, espera, ¿respira de verdad? Miré su rostro y ahí estaban, sus ojos, su sonrisa, me susurró que mirase en su pecho. Le abrí el abrigo y lo vi. Era un milagro, la bala había quedado incrustada en el reloj de bolsillo de acero que llevaba colgado del cuello. Era lo único que le quedaba de su familia, y eso le había salvado… y eso me había salvado. Le dije entre dientes que no se moviese, mientras la levantaba del suelo y me la llevaba lejos de los soldados.

-¿Dónde vas con ella? ¿A aprovechar para un último revolcón antes de huir otra vez?-me gritaron entre carcajadas.

-A enterrarla como se merece.-contesté fríamente.

La alegría que tenía en el corazón en el momento en el que estuvimos fuera del campo de visión de los soldados y nos marchamos corriendo de la mano hizo que me olvidase de los pájaros de metal que volaban sobre nuestras cabezas defecando bolas de fuego y muerte, hizo que me olvidase de todos mis amigos y familiares torturados y aniquilados, de todas las personas a las que había visto morir en los últimos meses. La había perdido y era otra vez mía. Todo había empezado de nuevo, y ya no nos iban a encontrar.

Fotografía: Danny Louwet

20.5.10

Primer capítulo. (Bill Reed)

Ya soy viejo… demasiado viejo para recordar detalles precisos, pero aún me acuerdo de la lluvia, del comienzo de la primavera aún fría.


Esa tarde, en la que yo jugaba con mi tren, llegó una carta. Era extraño que las cartas llegasen a casa por mensajero, pues mi padre era cartero, pero hacía meses que no estaba en casa. Combatía en la II Guerra Mundial.

Para un niño de seis años como era yo, el saber que su padre era un soldado que estaba en el norte de África luchando contra los alemanes sólo significaba que no estaría a la hora de la cena, o las mañanas del domingo leyendo el periódico, ni volviese del trabajo para abrazar a su mujer, besar a su hija de dos años y recuperar el título de “hombre de la casa” que su amado hijo de seis había tomado como suyo gustosamente en su ausencia.

Realmente el hecho de que esa carta mencionase el fallecimiento del soldado de infantería William Reed en combate no fue exactamente un giro brutal en mi vida, sino el causante del mismo. No se puede pretender que un crío que sólo piensa en jugar con un tren de madera y con sus amigos de la escuela comprenda el sentido mismo de la muerte, o al menos lo que significa… pensándolo bien, ahora con 73 considero que no tengo mucha más idea que el pequeño que creció en Glasgow.

En ese sobre no solo llegó una carta, llegaron los llantos, la cara enferma de mi madre… sólo era consciente de que mi padre no volvería.

Pasaron algunas semanas y la vida ciertamente no había cambiado mucho para mí respecto a antes de la carta, pero mi madre seguía apagada y no mejoraba. Con Wendy y conmigo era mucho más cariñosa… necesitaba reorganizar el amor que repartía entre sus seres queridos, ahora que uno había desaparecido, pero las sonrisas que nos dirigía no ocultaban sus ojos tristes, sus abrazos en realidad le buscaban a él.

Una mañana, tras el desayuno, me dijo que ese día viajaría en tren, en un tren de verdad y que iríamos a Londres. Me emocioné de veras, ni siquiera pregunté para qué íbamos a Londres, o si volveríamos algún día. A mediodía nos subimos a esa enorme máquina, y supongo que llegamos de noche, porque el viaje fue demasiado largo. Al principio estaba feliz, la gente con sus maletas, el paisaje verde con un cielo gris que corría en sentido opuesto al nuestro, alejándonos de Glasgow… luego de Escocia… Ya enseguida me di cuenta de que el viaje no ofrecía más entretenimientos y me dormí. Dormí sin descanso, o mejor dicho sin cansancio, soñando con caballos que bailaban y escaleras cuyo final no se alcanzaba a ver. Incluso dormí plácidamente en la vivienda donde nos hospedamos esa noche en Londres.

La mañana siguiente mi madre me despertó aún más temprano que el día anterior, interesándose por mis opiniones acerca del viaje en tren. Recuerdo que le respondí que ya no quería ir más en tren, que ni siquiera quería conservar el que tenía de juguete, solamente quería volver a casa. Y ahí fue cuando me lo dijo, ahora tocaba el viaje en barco, y nunca volveríamos a casa.

De algo que de verdad no me acuerdo es del viaje en barco, sé que pasé miedo, es probable que por ese viaje no aguante bañarme en el mar… ¿quién sabe?

Tampoco recuerdo la llegada oficial, por así decirlo, a Nueva York, a Brooklyn, donde viviría hasta el ‘69. Vivimos un par de meses con la tía Harriet, hermana mayor de mi padre, a la que yo no conocía. Luego nos mudamos a un par de manzanas y mi madre se empleó de camarera en una cafetería. Ganaba lo justo, pero tía Harriet nos ayudaba económicamente cuando íbamos apurados.

Esta historia, apenas una neblina ya en mi cabeza, probablemente sea la primera de mi vida que hizo que el camino se desviase por otra senda, como si un gran árbol lo hubiera bloqueado y nos hubiéramos visto obligados a continuar por un bosque desconocido, llegando finalmente a otro camino distinto.

Claro que, tanto como presumo de haber tenido una vida llena de sucesos importantes e historias fantásticas, no puedo decir que la muerte de mi padre y mi llegada a los Estados Unidos que tan poco recuerdo sea la única.

A decir verdad, el primer capítulo de la segunda parte de mi vida, a la que pondría de título “Brooklyn”, sólo duró unos cuantos años más, hasta que cumpliese los diez y mi madre muriese, pero eso ya es otra historia…

23.1.10

No hay nada más necesario que lo superfluo.

Empieza el juego, quien no haya llegado ya no juega. Se precisan 1000 puntos. El primer clasificado ganará un carro blindado nuevo. Menuda suerte. Cada día leeremos la clasificación por ese altavoz de allí, al último clasificado le colgaremos un cartel que dirá: Asno. Aquí en la espalda. Nosotros estamos en el equipo de los super malos que gritan sin cesar, quien tenga miedo pierde puntos. En tres casos se pierden todos los puntos: los pierden, uno, los que empiezan a llorar, dos, los que quieren ver a su mamá, tres, los que tienen hambre y piden la merienda. ¡Nada de eso! Es muy fácil perder puntos, porque hay hambre. Yo mismo ayer perdí 40 puntos porque no pude aguantar y pedí un panecillo de mermelada. De albaricoque. Y él de fresa. Y nada de chucherías porque nosotros nos os vamos a dar, nos las comemos todas nosotros. Yo ayer me comí 20. Me duele la barriga. Pero estaban buenas. Os lo aseguro. Perdonad que me vaya enseguida pero estamos jugando al escondite y sino me tocara parar.
Tremendamente emotiva esta fábula de Roberto Benigni, que además de dirigir La vida es bella (1997), la protagoniza genialmente en el papel de Guido Orefice, un judío italiano que viaja a la Toscana para abrir una librería. Ya por el camino se encuentra de forma totalmente imprevista con Dora, al caer esta en sus brazos, de la que se enamorará y tendrá un hijo, Josué.
Todo esto sucede enmarcado en la II Guerra Mundial. Los nazis se llevan a Guido y a Josué a un campo de concentración, y Dora irá voluntariamente. En este campo, para evitar que Josué sufra, Guido se inventa que es un juego, y deben de seguir unas reglas para ganar 1000 puntos y conseguir el fabuloso premio, un carro blindado nuevecito.
Es una historia con situaciones cómicas y diálogos divertidos desde el minuto 1, y, pese al dramatismo real de la historia, gracias a Guido lo podemos ver, realmente, como un juego.
Sin dudarlo ésta si que es una película de las que no hay que pasar la vida, la bella vida, sin ver.

28.10.09

Malditos Bastardos.



Con Pulp Fiction parecía imposible hacer un guión tan bueno, y menos la misma persona, pero Quentin Tarantino si no lo ha superado lo ha igualado con Malditos Bastardos.
De sobra está hablar sobre su argumento, el cual mucha gente conocerá, un grupo de soldados judeo-americanos en la II Guerra Mundial se dedican a matar nazis.
Entre sus filas cuenta con nombres conocidos como los de Brad Pitt y Diane Kruger así como una corta aparición del entrañable Mike Myers. Me gustaría destacar también la genial interpretación de Christoph Waltz en el papel de Hans Landa, así como la de Mélanie Laurent, sin duda un acierto para Tarantino contar con un reparto europeo en una película ambientada en Europa.
Un dato curioso que me llamó la atención, es el que me desveló David L. Robbins en la introducción que escribió para la publicacíón del guión de Tarantino, en ella dice:
El guión termina con una acotación del director para todos nosotros: Ambos ríen morbosamente.
Y parece hablarnos por boca de Aldo Rein al decir: "Puede que esta sea mi obra maestra".