Mostrando entradas con la etiqueta mar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mar. Mostrar todas las entradas

26.1.20

Una de piratas.

ilustración: Rubén Padrón


A mediados de abril de 1691, el buque La Chalagne zarpó del puerto de Marsella rumbo a las Indias Orientales bajo el mando del capitán Connard, cuya misión era introducir en el mercado mogol la devoción por los quesos franceses, para después regresar con copiosos cargamentos de seda sedosa y calicó y, ya puestos, un buen puñado de esclavos. Además, se pretendía llevar a cabo el ambicioso cometido de establecer una ruta comercial más rápida atravesando el canal de Suez, el cual, por aquel entonces, no estaba aún construido y se le decía Suez a secas, literalmente.

Tras una calmosa y más bien aburrida travesía por el Mediterráneo, con escala en Palermo para aprovisionarse de vino, La Chalagne arribó a la costa norte de Egipto y atracó en el lago Bardarwil. El objetivo era varar el navío en aquella ensenada, sacarlo a tierra mediante un intrincado sistema de poleas de lo más complicado, auparlo sobre unos troncos que hicieran de fulcros rodantes, y así desplazarlo con discutible facilidad a través de las arenas del Sinaí hasta alcanzar el mar Rojo. Pero tuvieron problemas a la hora de negociar el salvoconducto con el sultán otomano, un tal Suleimán palito-palito, que les exigió el pago de doce pipas de vino, justo lo que llevaban consigo, ni más, ni menos. Connard asumió la cuota a regañadientes, temeroso de enfrentarse a semejante empresa por el desierto sin gota de alcohol, pero sobre todo por el riesgo de un amotinamiento de la tripulación perfectamente justificable.

El trayecto por Suez a secas fue de lo más fatigoso y abstemio. Sucedió una trifulca provocada por una discusión entre dos oficiales acerca de si las bestias jorobadas que les salían al paso tratábanse de camellos o más bien de dromedarios, con resultado de varios muertos por apuñalamiento. Además, habían olvidado en Marsella el protector solar y sufrieron numerosas bajas añadidas, a causa de las quemaduras y los inevitables síndromes de abstinencia.

Finalmente, alcanzaron el mar Rojo (que resultó ser, para decepción de todos, azul) en un glorioso catorce de mayo, pero, por desgracia, descuidaron comprobar el estado de la quilla, desgastada por la fricción con los troncos, y La Chalagne se fue a pique sin remedio nada más ser rebotada al agua, dejando únicamente un par de supervivientes cuya historia, a partir de aquí, es la que nos ocupa.

Pier y Fransuá, grumetes de poca monta y nada instruidos, sobrevivieron por pura casualidad al encontrarse sesteando en la cofa en el momento del naufragio, con tal fortuna que ésta fue la única pieza de La Chalagne que se mantuvo a flote. Despertaron una semana después, navegando a la deriva, ya cercanos a Bab el-Mandeb, en compañía de un balón de playa Nivea que resultó no ser para nada locuaz.

“¿Falta mucho?”, preguntó Pier. “Te he dicho ya mil veces que sí”, respondió Fransuá, mientras redactaba una epístola a su madre querida. “Joder, me muero de hambre”, dijo entonces Pier, “¿No tendrás un poco de queso?”. “¡Merde, Pier!”, contestó Fransuá, ofuscado de veras, “¿Es que no puede uno escribirle una epístola a su madre querida con un poco de silencio?”. “Pero si tú no sabes escribir”, objetó Pier. “Ni mi madre leer”, dijo Fransuá, “Pero eso no es excusa”. “¿Y cómo pretendes hacérsela llegar, eh?”, inquirió el primero. “Con esta botella de aquí”, resolvió el otro.

                Pasaron los días y la situación de Pier, Fransuá y el balón de Nivea no mejoró demasiado; extraviados bajo un sol tropical abrasador, bañándose de vez en cuando en las aguas del Índico para refrescarse, subsistiendo a base de los percebes que se iban adhiriendo al casco sumergido de la cofa… lo cierto es que ni tan mal. Fransuá terminó su epístola satisfecho con la elegancia de sus garabatos y arrojó la botella al designio de las corrientes. Pier dijo: “¿Falta mucho?”. Y Fransuá volvió a responder: “Que sí”. Y para cuando quisieron darse cuenta habían llegado a esa inhóspita región señalada en las cartas de navegación con el inquietante lema de “Aquí hay dragones”.

                “Por cierto”, comenzó a decir Pier, “¿A dónde vamos?”. Fransuá, ya carente de paciencia y francamente deshidratado, contestó: “No sé cuántas veces tengo que decirte que a Madagascar”. A lo que Pier respondió: “¿Y eso? ¿Es que no volvemos a Marsella?”. Y Fransuá soltó su perorata: “Ni por asomo. Nos dirigimos a Libertalia, la tierra de los hombres libres comandados por el electo capitán Misson. Donde todo es de todos y el sudor de la frente de cada uno tiene su justa retribución. Donde no hay más ley que la que beneficia a la hermandad al completo y donde uno puede tirarse a la bartola fumando hierba mientras escucha a los Maytals en paz sin que ningún rey de pacotilla se meta con nadie. ¡La utopía, amigo mío! Vamos allá donde nuestros cuerpos nos pertenezcan sin ser explotados por ningún poder superior”. “Vaya”, respondió el otro, “Suena de lujo”. “Y tanto que sí”, confirmó Fransuá. “¿Y falta mucho?”, preguntó de nuevo Pier. “Ya casi estamos”, dijo Fransuá, con los ojos brillantes, “Mira, por babor ya se adivina la costa”. “¿Eso que es, a la izquierda o a la derecha?”. “¡Ahí mismo!”, señaló Fransuá. “¡Es verdad! ¡Hurra!”.

                Pero el regocijo les duró lo justo, pues enseguida el balón de Nivea exclamó: “¡Ojo cuidao!”, y una panga terrible, de unas diecisiete toneladas, nada menos, emergió fugazmente de entre las olas y los engulló a todos, cofa incluida, en un bocado atroz.

                Sin embargo, la botella de Fransuá llegó felizmente a su destino, pero con una demora de trescientos años, en 1987, y se descubrió que la epístola que contenía era una traducción al portugués casi literal del octavo capítulo de Luz de agosto, de Faulkner. Lo cual no deja de ser un auténtico misterio cuya solución jamás obtendrá respuesta.

20.1.20

Sopa verde.


Son las 3:14 p. m. en el anciano distrito de Koboldo, junto al río. Cae una delicada lluvia ácida y no hay pájaro que cante. Nuestro protagonista, K., se amanece con un charco de vómito reseco en el colchón y una terrible cefalea. Hace días que dormita entre pesadillas de moluscos tras agarrarse una borrachera de espanto en su propia despedida de soltero. Lo último que recuerda es invitar a sus compinches a una ronda de Jäbberwocky y arrojarse desde lo alto de la barra con la intención peregrina de que alguno lo atrapara al vuelo. Se lleva los dedos a la frente dolorida y palpa una brecha trasversal hecha ya costra endurecida. “Mierda”, se dice K. para sí, “Otra vez no”.

La pequeña pieza que ocupa está llena de moho y desorden, con correosas manchas de mostaza en las paredes. El frigo llora: sólo hay restos de sobras y despojos. En una esquina hay un retrete donde K. termina de vaciar su estómago y después, frente al espejo sucio, se descubre un ojo púrpura y el labio partido en dos feas mitades. “Mosquis”, musita, “Pues sí que la lie anoche”.
           
Se calza unos tejanos roídos, agarra un chubasquero y sale al rellano deshabitado, enfilando las escaleras. Es costumbre entre sus camaradas ponerse al día con los sucesos de la noche anterior frente a un reconstituyente, a base de cerveza y yemas de huevo crudas, en la misma barra que fue testigo de sus depravaciones; la del bar Pancró, en un semisótano mugriento del callejón Diagon, a sólo un par de manzanas de la pieza de K.
               
Las calles están desiertas y nada más que se oye silencio. K., absorto en su resaca, obvia el estado de abandono de los vehículos en plena calzada y los charcos sanguinolentos de las aceras. K. sólo piensa en cuánto le duele la cabeza y en si Brida, su futura esposa, estará enfadada con él o, en cambio, enfadadísima. Escucha su voz tras los tímpanos: “¡Joder, K., cuando no estás borracho es porque estás hecho una piltrafa! ¡No sé cómo demonios accedí a casarme contigo!”.
                
K. baja los tres escalones que separan el Pancró del mundo real y se encuentra a Sigmondo, gerente del tugurio, y a Bo, barroquiano estándar, apostillados en un rincón de la barra frente a sendas copas de fuegodoro. Ambos dicen al unísono: “¡K.!”, y éste responde con un lacónico gesto entre la vergüenza y la impostura.
               
Se sienta K. junto a Bo y dice con voz rasposa: “Llevo una resaca encima del tipo no-te-lo-crees. Os digo más: No la llevo encima, me lleva ella a mí; me rodea”, hace una pausa dramática llevándose una mano a la sien, “Sigmondo, haz el favor y ponme una birra y medio huevo, anda”. Sigmondo se cuela tras la barra para atenderle. K. añade: “¿No tendrás también algo de comer? Me muero de hambre”. Sigmondo dice: “Chóped”. Y K.: “Venga, ponme eso”.
                
Bo enciende un cigarrillo y observa a K. levantando su única ceja. “¿Y se puede saber dónde has estado todo este tiempo?”, pregunta desde detrás de una vaharada de humo. K. mastica chóped y responde: “Pues en mi casa, ¿por?”. Sigmondo dice: “Te dábamos por muerto”. Y K.: “Ya imagino… anoche me la agarré terrible”, sorbe cerveza, “Pero, joder, era mi despedida, ¿qué esperabais? Ni que nunca me hubierais visto borracho”.
                
Sigmondo y Bo se miran entonces. El uno con semblante receloso e intranquilo, el otro más bien fumado. Sigmondo dice: “¿Tu despedida? ¿Ayer, dices?”. Y K.: “Pues claro”. Y dice Bo: “K., tu despedida fue hace ya una semana”. K. se saca un trozo duro de chóped de entre los dientes y replica: “¿Pero qué me estás contando? Si estábamos tú y tú, y Orestes y Franagan… creo que también se pasaron un rato el viejo Belfrodo y su primo Ocre… ¿De verdad que he estado durmiendo una semana entera?”. Y Bo: “¡Y qué semana!”. Y K.: “¡Mierda! ¿Qué día es hoy, sábado?”. Y Sigmondo: “Más bien domingo”. K.: Pero entonces me caso hoy, maldita sea, ¿qué hora es?”.
                
Sigmondo colma un vaso de fuegodoro y lo coloca frente a K. “Bebe”, dice. K. contesta: “Aún no terminé esto”. “Pues acábate el huevo y bébetelo”. K. obedece y concreta ambas bebidas con una mueca como de náusea. Sigmondo repite la operación y dice: “Bebe”. Y vuelven a beber.
               
“¿Me queréis contar de una vez qué está pasando?”, dice K. “Escucha, K, es difícil…” comienza a decir Bo. “Olvídate de Brida”, sentenció Sigmondo. Y K., atónito y amarillo, acierta a decir: “¿Cómo?”. Sigmondo empieza: “¿Recuerdas aquello que decían en la tele de que el exceso de contaminación por plásticos e hidrocarburos en los océanos y la proliferación desmedida del fitoplancton amenazaban con extinguir toda especie marina, provocando así un desequilibrio en todos los ecosistemas con el resultado último del fin de la vida en la Tierra?”. Y K.: “Cómo no”.
                
Sigmondo apura su copa, la rellena, y hace lo propio con las de los otros. Bo exhala otra bocanada y dice: “Pues, básicamente, eso”. K. dice: “¿Qué coño?”. “Que ya no quedan peces en el mar”, culmina Sigmondo. “Pero no termina ahí”, añade Bo. “No”, confirma Sigmondo, bebe y sigue: “Resulta que, tratando de huir de esta sopa verde, la más inteligente de las criaturas marinas salió a tierra seca”. “¿Qué dices?”, dice K., “¿Los delfines?”. “No”, dice Bo, “Las sepias”.
                
K. sufre una arcada repentina y traga un poco de vómito. “Sepias”, dice, “Mierda, yo odio las sepias”. “¿Y quién no?”, anota Bo, “Pero espera, que tampoco termina ahí”, y pega una larga calada a su cigarro. “Nadie sabe cómo”, prosigue Sigmondo, “y seguramente los que bien pudieran saberlo ya estarán muertos, pero al parecer se trata de unas sepias adulteradas, como alienígenas mutantes, o al revés. Y son más inteligentes todavía que las sepias comunes que todas conocemos”. “Y más grandes”, dice Bo. “Mucho más grandes, terribles”, continúa Sigmondo, “Como de dos metros o así, erguidas sobre sus pegajosos tentáculos”. “Joder”, dice K. masticando chóped, “Menudo bicho”.

                
Bo apaga la colilla sobre la barra y se bebe el fuegodoro de un buche. “Ojalá solo fueran grandes”, dice. “¿Cómo?”, pregunta K., “¿Es que hay más?”. Y dice Sigmondo: “Mira, te lo explicaré sin más rodeos”, rellena los vasos, “Fue todo muy rápido. Salieron del agua hace una semana. Al principio todos pensaron que se trataba de una maravilla de la naturaleza y salieron a fotografiarse con ellas y festejarlo. Pero estas sepias no venían a celebrar nada”. “Todo lo contario”, interrumpe Bo. Sigue Sigmondo: “Venían por venganza. Nosotros nos habíamos cargado su casa. La jodimos con tanto vertido y tanto crucero. Llevaban generaciones tragándose nuestra mierda y ahora, sin pez que llevarse a las fauces, decidieron que nos toca el turno de ser devorados”. “Qué movida”, dice K. “Joder, ya te digo”, dice Bo. Y vuelven a beber.
                
Sigmondo dice: “No tardaron en hacerse con el poder. Con su habilidad para camuflarse y una fuerza monstruosa, acabaron con los ejércitos de las grandes naciones en sólo una tarde, y a partir de ahí les fue fácil diezmar la población mundial. Al tercer día ya habían aprendido a comunicarse por telepatía con los que quedábamos y replicaban en nuestras mentes consignas sepiofascistas en bucle dictando obediencia o ejecución. Al cuarto día acabaron con el ganado y los cultivos y, desde entonces, quien no sirve como esclavo en sus factorías de chóped, sirve como relleno para el embutido. Por eso te digo que te olvides de tu Brida querida, porque probablemente te la estés merendando ahora mismo”.
                
K. se vomita encima y mira a los otros con rostro pálido y desencajado. “¿Co… cómo?”, balbucea, “¿Este chóped está hecho de humanos? ¿Y por qué me lo dais, hijos de puta?”. Segismundo responde: “Pues porque es lo único que hay para comer. Sólo nos quedaba un huevo, y te lo acabas de beber”. Y dice Bo: “Si lo piensas, no está tan mal. A mí me gusta imaginarme que me estoy comiendo al cabrón de mi jefe, o a otra gente que también odio”. “Hombre”, responde K., “visto así…”
                
Pasan unos instantes en silencio. Bo se lía unos cuantos cigarros y convida al resto. Sigmondo descorcha una botella de El Auriga de veintiún años y K. trata de limpiarse el vómito de la barba. “¿Entonces?”, dice K., agarrando la copa que le ofrece Sigmondo. “¿Entonces qué?”, contesta éste. “Que qué hacemos”, aclara K. “Pues nosotros somos la resistencia”, responde Sigmondo. Y dice K.: “Genial, ¿y cuál es el plan?”. Y Bo, dando una profunda calada: “Pues quedarnos aquí y beber mientras se acaba el mundo”. Y K.: “Vale”
                
Y vuelven a beber.

26.3.15

El hoyo del viejo Tom (II).

Flipábamos en colores con los pies colgando de un columpio entre dos chimeneas que parecían palmeras. Íbamos descalzos, y los tejados y las azoteas eran como islotes de roca y bancos de arena. El mar, abajo, todo lleno de peces nadando las corrientes y haciendo así con la boca.

Me gusta observar el perpetuo desgaste cósmico, quedarme delante de un cubo de hielo que se derrite y ver cómo se me cae la baba, prender la mecha de una vela y ser testigo del paulatino baile de la cera derramándose, eso y los guijarros arrastrado por el río; son placeres.

Soñé que pescaba en un hoyo muy profundo, como el del viejo Tom, y el sedal de mi caña eran cordeles que había ido encontrado por ahí, y que había enlazado por los extremos. En mi sueño el anzuelo al final del hilo colgaba detrás de mi nuca y, sin darme yo cuenta, se enganchaba en el cuello de mi camisa.

Tiré de la caña hacia arriba, pensando que por fin algo había picado, y salí volando por los aires. Cuanto más tiraba, más alto subía y mayor esfuerzo tenía que hacer para mantener la caña de pescar entre mis manos. Mi casa se veía detrás de unas montañas, alrededor era un océano.

Esperé y esperé, unas veces más arriba y algunas otras más abajo, y no fue hasta bien pasado un rato cuando me percaté de que estaba tirando de mí mismo. ¿Y cómo bajo ahora de aquí? —pensé. Y esperé y esperé y me salió pelusa en el ombligo.


Así estuve hasta que desperté, y es que no era más que un sueño, pero algo me pica en la nariz y es que en el fondo de ese agujero no lo fue, y recuerdo que era tan profundo que llegaba hasta la punta de mi cabeza. Pocas cosas tan hondas se me vienen a la mente y en cuanto a las ondas, mantienen su oscilar, pero eso es otro menester.

20.7.14

Veintiocho días.

Recibí un encargo: un completo dossier con toda la información que pudiera encontrar acerca de la luna. Una tarea harto ardua si tenemos en cuenta que vivimos en el año veintitrés, en el tercer mes, nada menos.

Yo desde siempre había pensado que la luna era algún tipo de reflejo del mar en la bóveda celeste, la cual todos creían hecha de cualquier tejido, aunque yo más bien sospechaba que se trataba de una suerte de mineral pulido y cóncavo; Unos sabios en las montañas me revelaron que no era nada de eso, que la luna es un centinela, un calendario, una esfera que todas las noches se levanta para observar, ¿y qué ve? Nada más que puntos luminosos como los que aquí vemos en el cielo.

Ella está enamorada de los mares de aquí abajo, y los mira. Y se miran. Del mismo modo en que dos niños se tumban sobre la hierba para mirar las nubes. Sólo con los ojos, quizá señalando con el dedo. Todo da una vuelta y ahora en vez de un pez o un caballo veo un mono y la bruja volando con su escoba se volvió una flor y el dragón calmó sus malos humos para volverse yo y yo en calavera otra vez y otra vez otra vez todo un dodo jugando a los dados.

Veintiocho días, en resumen; me dijo un carpintero que se aburría de tantas mesas y sendas sillas. Y suele estar sonriendo o triste, pero eso depende de cómo ladees la cabeza.

El resto de documentos o los perdí o eran galimatías de la más diversa índole, decían: ¡Ciao Lilu! o garabatos en papiros. Pero si algo he aprendido es que cada vez que la miro me acuerdo de alguien que, seguro, también la está mirando.

         y así estamos,

                   en un ático,


                            justo ahí.

21.6.13

Saya.

Gilberto Saya tiene las manos grandes y desgastadas. De niño, allá en Colombia, asistía a la escuela con una maestra, lo cual era extraño por aquellos tiempos, y compartía el aula con los dos hijos de aquella. Se portaban muy mal con él y ni su padre ni la maestra le escuchaban cuando  se quejaba entre llantos y denunciaba los maltratos. Un día, en la época de las lluvias, cuando el río corría furiosamente arrastrando rocas y barro, Saya iba camino de la escuela cuando se encontró con los hijos de la maestra y, antes de brindarles la oportunidad de acosarle de nuevo, hizo uso de su fuerza aprovechando su centro de gravedad bajo y sus anchas espaldas arrojándolos al fango manchando sus camisas. Porque el peor enemigo es aquel que está prevenido. Después fue a clase y se sentó en su pupitre.

—Gilberto —le dijo la maestra—, ¿Qué le ha hecho usted a mis hijos?
—¿Yo? —respondió Saya con mirada tranquila— Nada.
—¿No les arrojó al río? —volvió a preguntar amenazadoramente.

Gilberto levantó la tabla del pupitre y cogió su cuaderno y su lápiz y después salió por la puerta sin decir una palabra más. Así fue como dejó la escuela. Tenía trece años.

El padre de Gilberto pasó toda su vida trabajando, una vida muy dura que hizo mella en su carácter como una gran cicatriz encallecida dentro del pecho. A Saya le gustaba mucho jugar al fútbol y, cuando se lesionaba y decía que no podía ayudarle con el trabajo en el campo, su padre le decía: Ah, ayer no le dolía, ¿verdad? Pues hoy usted va a trabajar.

Saya se fue de casa con dieciséis años y nada en el bolsillo. A Venezuela. A veces conseguía algún empleo por jornadas o algo para comer mendigando por ahí. La vida es muy dura, dice Saya, pero es así y hay que vivirla porque no hay otra cosa.

Ahora Saya tiene los ojos enrojecidos por los años y trabaja cocinando carne a la parrilla en el mesón del pueblo los fines de semana. El resto del tiempo lo pasa en la taberna, bebiendo Ballantines con hielo y agua. Todos conocen a Saya por ahí con buenos ojos, y aunque vive solo, nunca toma si no es con alguien. Le gusta cantar con una sonrisa.

Saya me dijo que cuando quieres a alguien tienes que atarlo, pero darle cuerda. Después canturreó algo mientras movía las caderas y se quedo así, sonriendo, con la mirada perdida.

Yo, he desenrollado bien mi carrete de sedal especial y joroschó, de veras irrompible, y tanteo con las nalgas buscando un sitio cómodo entre las rocas de este acantilado lleno de dragones dormidos para quedarme a esperar mientras miro más allá del mar.

31.5.13

De orugas y hongos.

Nos dimos la vuelta como bailando, giramos como el tiempo gira sobre sus estambres deshojándose para que broten nuevos pétalos de colores. Revolcamos nuestros cuerpos bajo la noctámbula cúpula manchados de barro y lluvia y nos quedamos como los cantos rodados de una orilla cualquiera con el corazón tan duro como la coraza y ese estremecimiento vacío entre las sienes.

*     *     *

Me acuesto ahora por las noches como una oruga en su crisálida, y sueño con que al despertar luzco unas irisadas alas joroschó. Pero mi pupa no es más que una colcha normal como las que usan las personas. Por eso me despierto decepcionado a veces, pero ¿han visto estas aletas doradas y este caudal ondulado y brillante? El cielo es muy grande, pero no deja de ser más que aire, y hasta los lunáticos saben que las mariposas envidian a los peces por no poder libar del néctar coralino en las profundidades más ignotas.

*    *    *

Bau da Terra se comió las polillas de regaliz con un beso y fue sin cabeza o con una muy grande y joroschó por las regiones mentales de la introspección, la entropía y la redundancia disfrutando de su particular mentira o aventura como si fuera una odisea por el espacio y el movimiento y la luz y la música y la energía con los coyotes galopando por desiertos circulares de vinilo negro bajo la lluvia de las cerbatanas de plástico científico, mas todo fueron risas y sonrisas con la fuerza primigenia del no-sé-qué que hay en todo y que fluye y fluye como la forma de escribirlo y con los ojos rojos y joroschó.

Bau da Terra dijo bajo el árbol que siempre se respira la decadencia de los años que pasan y pesan y pisan, y que vivimos con la misma sensación que se tiene cuando abandonas la sala de cine después de la película o vuelves a abrir la nevera para cerciorarte de que sigue vacía. Dijo también: Yo no quiero verme, quiero fundirme y confundirme con la voz de la luna que se asoma paulatinamente entre las nubes de plata para observarnos desnuda bajo el eco de su luz.

Bau da Terra también dijo que puedes estar toda una vida —o incluso mil— corriendo tras el Sol, pero él siempre aparecerá a tu espalda como una bola radiante, que es lo que es.

Después se comió su propia cabeza.


27.4.13

Carpio koi heyoka.


         Los niños se reían de mí por llamarme Carpio, pero me gustaba. No todo aquello de las burlas y bravuconerías, sino el nombre en sí. Tiene algo de magia, algo de payaso sagrado, algo así como el fresco estupor de la fina lluvia norteña en los párpados.
         Siempre he creído en que el nombre propio influye en la personalidad de cada uno, como un signo, pero ahora me han hecho ver que nuestro nombre no tiene por qué ser el mismo con el que nos salpican de agua santa susurrando inocuos conjuros sobre la llorosa facha, sino una palabra que nos define, una esencia resplandeciente. Ése es nuestro nombre.
         ¿Pero qué vamos a saber nosotros, si sólo somos una manada jumdirilla de lunáticos joroschó que se tumban a la sombra de los árboles?

         Me decían cabeza de calamar, pero nunca entendí el por qué. La nostalgia es el primer síntoma de ser humano y por eso olvidamos los miedos y torturas de la infancia para recordarla como una verde campiña de margaritas y verde trébol bajo el cantar del mochuelo y de la alondra. Pero engañarse para complacerse es el segundo síntoma de ser humano.
         Yo creo que no somos más que monos calvos y locos.
         ¿Pero qué voy a saber yo, si escribo esto en una madriguera tenue alborotada de cachivaches y mamotretos, acomodado en el hogareño colchón?

         Volví a soñar que era un astronauta dormido en el fondo del mar, pero esta vez no sentía las mareas acicalando las algas, sino silencio. Me asusté, a mi manera, pero no fue un sueño inquieto, sino custodiado por una calma solemne o algo así.
         Supongo que hay que ser feliz siempre.
         ¿Pero qué voy a saber yo, si mi escafandra me sirve de pecera para el flagrante koi heyoka [1] de mi barriga y no sé del mar más que es grande y azul?
        
         Mi papá me enseñó una vez —aunque, siendo justos, me lo tuvo que repetir muchas veces— que los senderos ya están hechos para ser andados, y que no hay que inventar la bombilla cada vez que te quedes a oscuras, también que hay que darse prisa porque el hielo se derrite y pronto el agua lo anega todo. Y que hay que ser feliz.
         Mi mamá me enseñó a ser paciente, supongo. Y que aunque no se tenga humor siempre hay sitio para una broma. Me enseñó a respirar bien profundo y a escuchar con oído joroschó los bramidos de las olas. Me enseñó a leer, y que no sólo hay que hacer lo que se quiera sino también querer lo que se hace. Y que hay que perseguir los sueños. Y que hay que ser feliz.
         ¿Pero qué van a saber ellos, si se besaban suspendidos en una pétrea pared en aquella foto vieja que tanto me gusta?
         [A mi hermana le dedicaré otro capítulo.

         Leí cartas del norte que decían:

                   »Fríos susurros arrastra el aliento desde Jutlandia. Cruzamos obnubilados las aristas del laberinto anacrónico con las manos expandidas y agitadas y la mirada desviada en su propio globo.
                   »Fríos sudores de la paranoia amable que convierte el paseo en un terrorífico evento con final feliz extremeño cerrando el círculo de la novatada de la percepción histérica y otras vesches.
                   »Que caminamos sin rumbo en círculos heptagonales evitando los puentes, asustados por el vertiginoso gira y gira de la moneda terráquea.
                   »¡Beaumont y Village, héroes del acertijo del laberinto anacrónico!

         Y no entendí nada.
        
         ¿Pero qué voy  entender yo, si el mayor océano que conozco es una palangana de plástico navegada por barcos de corcho tripulados por hormigas?


         Aquel viejo catalán, al marchar de Macondo para volver a su aldea natal, dejando un montón de libros, dijo algo así como: —¡Acá le dejo toda esta mierda!
        
         Y no le faltaba razón porque, al final de todo —que también es el principio—, no sabemos nada.




[1] loco.

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


20.9.12

Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar.

No hacen falta más que tres ingredientes. Al primer vistazo pueden parecer sencillos, pero, visto con los ojos brillantes, nada lo es.

Necesitamos en primer lugar un buen puñado de fina arena, tal vez dos. Con todas sus pequeñas partículas relucientes y sus conchas abandonadas. Un buen manto del color de las páginas viejas donde enterrar los pies y sentir el latido de la Tierra al rodas. Un sitio donde sentarse con las piernas cruzadas y observar el resto.

Después es necesario un buen cubo de agua salada, tal vez dos. Con todas sus espumosas olas y sus secretos olvidados. Un vasto desierto líquido del color de la tinta —azul en el día y negro en la noche— donde empaparse el cuerpo y bañar el espíritu para limpiar lo malo. Un sitio donde dejarse llevar con el cuerpo relajado y dejarse mecer por el rumor de las olas.

A todo esto falta aún una gran cucharada de cielo, tal vez dos. Con todas sus pequeñas estrellas titilantes y sus vaporosas nubes conversando en secreto a merced del viento. Una infinita cúpula ora celeste ora azabache donde fijar la mirada perdida y dejar la mente volar. Un sitio donde sentirse tan pequeño como un grano de arena o una gota de agua o una estrella diminuta y, aún así, parte del mismo todo.

Pues todo, hasta el encuentro de cielo y mar, está formado por cosas muy muy pequeñas. Y desde luego, caben muchas.

8.9.12

El atardecer bermelho de Nazaré.


         (…) Y ahora me veo en Nazaré, Portugal, disfrutando de quizá el mejor atardecer de mi vida en el paseo marítimo con el sol alto y bermelho y una Super Bock bien fría. Ayer cogí el autobús de cinco horas y media Oviedo – Madrid con un chófer despreocupado y tan sólo una mochila con algo de ropa y mi pequeño saco de tela de paracaídas heredado. Cogí el tren de Méndez Álvaro a Villalba, donde me recogerían Angélica y Tania con un Fiat Punto tatuado con “Las judías que riegas son las judías que crecen” lleno de aparejos de acampada y el perro Cosmos y la perra Wanda. Pensaba que me llevarían a Segovia para salir al día siguiente hacia mi obrigada Lisboa, pero cuál es mi sorpresa cuando ponemos rumbo oeste con destino Leiria. —Las carreteras hacia la Libertad Absoluta siempre van hacia el Oeste.

         Nos detuvimos pasadas unas horas, en algún lugar de la provincia de Toledo, salimos de la carretera y montamos la tienda en un descampado reseco, con una luna casi plena que nos bañaba en una irreal luz azul onírico. Juntamos palos secos y rastrojos y encendimos una pequeña hoguera donde calentamos pan blanco con aceite y unas rodajas de tomate. Angélica se acostó pronto, y Tania y yo charlamos y contamos estrellas que parpadeaban en guiños de plata tan lejanos. Hablamos también de nuestros náufragos y de nuestros principitos. No dormí demasiado en el duro suelo, nervioso por los pasos de los fantasmas que hacían crepitar la hierba seca.

         Amanecimos temprano y repetimos el menú de anoche para ponernos enseguida en marcha, no sin antes ser descubiertos por un paisano con mono azul de trabajo advirtiéndonos de que habíamos acampado en reserva natural.

         Y el día transcurrió en la carretera, eufórico como sólo se está cuando uno se desplaza sin saber a dónde va a ir a parar, justo como un canto rodado, cruzando la provincia de Cáceres con escala en Moraleja, y a lo ancho de Portugal pasando por Fátima hasta este cielo púrpura que hace que el Atlántico se sonroje.


                   —Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacito, parece que sentimos toda la Tierra rodar.

3.8.12

Garota de Ipanema.


Debería empezar pidiendo perdón por tantos días, tantas páginas en blanco, aunque quizá no a vosotros, sino más bien a mí mismo. No se puede culpar a nadie más que a las etéreas musas de vaporosos cabellos grises y azules. No se puede más que pasear por la arena a que salga la luna o el sol y traiga más palabras.

Y así estaban hace justo medio siglo Vinicius y Tom, bajo el sol de Ipanema, cuando vieron a la reina de las musas, una mujer dorada, mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia pero cuya visión es también triste, pues lleva consigo, camino del mar, el sentimiento de lo que pasa, la belleza que no es nuestra — es un don de la vida en su lindo y melancólico fluir y refluir constante.

Vinícius de Moraes

17.7.12

Louie, Louie.


Kingston, Jamaica; 1955.

La luna se eleva sobre el pub de Louie, junto al puerto, apenas quedan unos cuantos bebedores en torno a la única mesa repleta de naipes y conchas. Cada centímetro de pared está cubierto de fotografías de los hermanos perdidos en la mar, redes, aparejos y, sobre la barra del diminuto local, la mandíbula de un galano con sus afilados colmillos brillando con la anaranjada luz de las lámparas de aceite.

El ambiente está cargado de humo y ron y cálido salitre. Los comensales se despiden entre ebrias carcajadas camino de los catres que les esperan en la planta de arriba, mañana será un largo día en el azul espejo caribeño.

El más joven de ellos, Pigeon, se acerca al tabernero, Louie, un viejo lobo de mar que había renunciado a navegar por razones que nadie conocía. Louie era un tipo robusto, con una espesa barba dorada y el ojo derecho siempre entrecerrado. Se mostraba siempre reservado y pocas veces hablaba con la escasa clientela, aun así era respetado entre los pescadores de la zona debido a extrañas leyendas y rumores que envolvían su figura. Nadie sabía si todas aquellas historias eran ciertas, pero si algo sabe un hombre de mar es que si un viejo mareante calla sobre sus aventuras es porque tiene demasiadas que contar.

Pigeon era huérfano, y desde que tenía memoria había estado embarcado en una chalana tirando de redes con callos en los dedos y sudor frío por la frente y la espalda a cambio de una parte de la pesca diaria. A pesar de su semblante alto y desgarbado, sus brazos eran fuertes y fibrosos. Pigeon era también un muchacho bastante tímido.

—Louie —dijo Pigeon, apoyado ya en la barra con la mirada perdida.
—Es tarde —contestó Louie con su voz ronca y cansada—, vete a dormir, chico, no quedan muchas horas antes de que zarpéis y en la mar hay que tener la quijotera bien despejada.
—Sí… esto… —titubeó Pigeon— Quería preguntarte una cosa.
—Está bien —cedió el viejo—, ¿Qué te trae de mollera?
—Verás… como sabes yo no soy de aquí, de Kingston.
—Ya, ya… ¿Cómo se llamaba aquella isla?
—Santa Clara, vengo de Santa Clara.
—Bien, bien. La conozco. Siempre se me dieron mal los nombres.
—El caso es —continuó Pigeon— que quiero volver. Quiero volver ahora.
—Conozco ese tono, muchacho —se burló Louie—, tú estás enamorado de alguna moza.
—Sí, y no.
—Tal vez ya soy viejo y no me funciona la sesera, hermanito, pero no entiendo a dónde quieres llegar.
—Louie, Louie… me tengo que ir. Llevo semanas soñando con ella, pero no sé si existe. Siento aquí dentro que ella está ahí, sentada en la blanca arena con una flor en el pelo, esperándome. Esperándome a mí. Como si nos hubiéramos separado en otra vida y ahora nuestro destino fuera volver a estar juntos.
—Pequeño Pigeon —le interrumpió Louie—, eres joven y no sabes de lo que hablas. Tu infantil espíritu está hechizado por los antiguos poetas. Pero no eres un poeta. Maldita sea, no somos poetas.
—Louie, por favor —imploró Pigeon con los ojos vidriosos—, préstame tu bote para volver a Santa Clara, tengo que ir.
—Ay, pobre niño. ¡Hay tres días de travesía hasta esa isla tuya! Deja de soñar con princesas de cuento y vete a dormir, mañana tendrás una dura jornada. Olvídate de esas fabulaciones que te absorben el seso.

Pigeon accedió con decepción, y se encaminó escalera arriba para acostarse en su litera. Pero no durmió, esperó y esperó hasta que la luz del pub se deshiciese en la noche y no reinase más que el ruido de las olas y algún ronquido. Se deslizó entonces con cuidado de que la madera roída por la humedad no crujiese y en unos pocos minutos ya surcaba las oscuras olas bajo la tibia noche.

No supieron más del joven Pigeon. Algunos creen que se perdió en el océano, víctima de su insensatez. 

Unos pocos, sin embargo, los de espíritu poeta, aún cuentan que llegó a la blanquecina orilla de Santa Clara tras tres días y tres noches en la mar, y que una muchacha con flores en el pelo estaba esperándole.

8.7.12

La montaña de Pan —Epílogo.


Descendí la montaña, abatido, pensando en todas las almas que por estas cumbres se han perdido, en todas las muchachas de cabellos escarlatas que ahogaron sus ojos en el terco llanto; mi cabeza se colmó de dragones exhalando humo y fuego pagano y de criaturas de grotesco rostro y extremidades retorcidas bailando al son de los tambores.

Dirigí mis pasos a través de infinitos campos y profundos bosques, incluso cavernas submarinas donde el cielo y el mar se confunden, fusionándose en un blanco reflejo centelleando bajo el sol.

Pero Pan no se muestra ante aquellos que le estén buscando, únicamente sale al paso de los caminantes distraídos y les toca una canción con su tosca flauta. 

21.6.12

El astronauta dormido.


Soñé que me ardían las manos, que volvía a escribir palabras bonitas. Soñé que era un astronauta dormido en el fondo del mar, acurrucado entre bosques de coral.

Pero no puedo respirar bajo el peso de tanta agua.

De vez en cuando me mandan saludos desde el otro lado y yo, con escafandra y todo, sigo haciéndome el dormido.

Cuando desperté de ese sueño, mis ojos fijos en el nocturno techo me evocaron una imagen mía pastoreando llamas en La Pampa.

Demasiadas cárceles nos atan, demasiadas cárceles nos atan.

Cuando desperté de este último, me puse a pensar en el aire, en el dinero, en el tiempo, en la luna… y no conseguí averiguar tu color, ni saber por qué no estás aquí.

-¿Qué haces? –dijiste con tu sonrisa.
-Te estoy pintando –respondí.
-¿Y el papel?
-No lo necesito, tú quédate ahí, sigue brillando. No llores por esa luna oscura.

Quizá un cálido suspiro de un astronauta dormido.


10.6.12

El flautista a las puertas del alba II —Lucifer Sam.


Las bolas de billar corrían por la mesa a la orden de tacos de cenizas de azur. Un blues rápido agitaba el humo que gobernaba la oscura sala. Mi cabeza se precipita frente a la barra, abatida. La ginebra de la victoria también lo está y no se presenta más que como triste espejo —¿Te he hablado ya del gato de mi amigo Sam, de Chesire? —le digo en un eructo al viejo vecino— Lucifer siempre estaba a su lado, siempre. Siempre estaba a su lado. Lucifer tenía algo extraño, algo raro, algo que no puedo explicar. Sí, algo que no puedo explicar. Su novia, no la de Lucifer, la de Sam. La novia de Sam era una auténtica bruja. No sé por qué, no puedo explicarlo. Tenía todo lo que tiene una novia. Tenía una bonita melena rubia o negra, unos ojos sinceros, unos ojos… verdes y sinceros. Pero ella, Ginger, así se llamaba, Ginger estaba en el lado izquierdo, en la cara oculta. Lucifer no, Lucifer estaba en el derecho. Lucifer estaba en el mar, tranquilo, como un gato-barco… como algo que no puedo explicar. No puedo explicarlo, pero también se esconde ahí, en el suelo, entre la arena… hablo de Lucifer, el gato, el gato de Sam ­—Mi viejo vecino pide otra ginebra de la victoria con sus ojos fijos en una servilleta mojada, no me importa si me escucha él o alguien, no me importa si mis palabras se pierden en la embriagada atmósfera— Cuando te acerques, viejo vecino —le digo, apuntándole con el dedo—, ese gato, Lucifer, ese que tiene algo que no puedo explicar, será encontrado, cuando estés cerca y puedas sentir su marino aliento, cuando tampoco tú puedas explicar qué tiene ese gato.

22.5.12

Poesía del azul.


Erase una vez un jardín. Estaba cercado por claras hayas y por un cristalino riachuelo por el lado norte. Yo había levantado un par de tapias de ladrillo para servirme de refugio. No había más techo que la oscura cúpula plagada de estrellas en la noche. Y el colchón de plumas apenas conocía el tacto de mi dormir, pues yo prefería acomodarme en el trono de mimbre en el porche.
En aquel jardín era harto difícil encontrar cierto orden, los árboles se revolvían entre los arbustos y las flores, y el viento lo mecía todo con una tibia canción.
* * *
La oscura fábrica de nubes grises con todos sus engranajes chirriando entre la turba urbana. Bujías incandescentes girando ruedas y trasladando cuerpos. Despreocupada inquietud en los pasos de las masas de maletines y sombreros y corbatas sin saber cuándo tirarán la bomba, sin saber cuándo serán vaciados de oscuridad. Siete escalones de cuero nos separan del infierno, espera por mí, y ten cuidado. El trance de la máquina dura cientos de años, cientos de sueños, cientos de colores diferentes y de diferentes lágrimas. Brillante, todo, el silencio es brillante. La polvorienta luz brilla con el acero y se refleja en un humo ocre de atardecer otoñal y vida envejecida.
* * *
Ella espera en una habitación empapelada con motivos florales en tonos bermellones iluminada por una vieja y destartalada lámpara. Está sentada en uno de los dos sillones azules junto a la puerta, inclinada hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza descansando sobre la mano derecha. Mira hacia adelante, pensativa, con un rubio mechón cruzando oblicuo su rostro. El tiempo pasa y se las lleva.
* * *
Un surco carmín atravesando su tez blanca como un río de sangre en la nieve. No sé en qué piensas, no he visto tus ojos. Sólo atardeceres en la orilla del mar y casas de cal.

14.5.12

Los lejanos silencios en el mar.


—Hace mucho que no soy feliz… ni triste, hace mucho que tengo sueño y no puedo dormir —se movió un poco para estar más cómoda y su silla crujió en un susurro—.
—Puede que tu conciencia esté cargando con un peso que no puede soportar… —dijo mientras exhalaba el humo de un cigarro— ¿entiendes lo que quiero decir?
—El único peso que soporta mi cabeza tal vez sea el mío propio.


Y apuré mi último trago de scotch  bajo la blanca noche. Llevábamos atracados en aquella isla unas dos semanas; a ella la conocí en la tercera noche y en seguida nos entendimos bien. No vi en ella a la típica camarera de bar isleño que se impresiona con tatuajes, cicatrices y músculos endurecidos al sol; sino más bien a una muchacha inteligente con la que valía la pena intercambiar algunas palabras, mi propia Sabina sin sombrero ni Praga.

Aquella noche hablamos durante horas acerca de Orwell y Huxley, de Freud, del cielo y del mar, aunque lo que más recuerdo ahora son los silencios. Siempre es el silencio.

Desde entonces pasábamos las noches en el mismo porche que hacía de terraza del bar hasta que despuntaba el día y yo me tenía que ir en el remolcador  hasta la hora de comer, de todas formas no podía dormir con aquel calor a pesar de la fresca brisa marina y me bastaban un par de horas de siesta tras el almuerzo.

Han pasado ya muchos años y muchas olas desde aquella conversación, y me arrepiento de haberle dicho eso, pues ahora me doy cuenta de que no era cierto. Sí que era feliz. Cargaba con mi propio peso pero era feliz, ella me hacía serlo.

Parece ser que los que no sabemos vivir estamos condenados a dejarnos nuestro amor olvidado en la otra orilla del mar y no hay forma de regresar.

Recuerdo un lunar, pero no dónde estaba. Han pasado ya muchos años y muchas olas y mis ojos se han vuelto grises y mis manos viejas y curtidas, ya no sabré encontrar todo aquello, a mi joven Sabina de ojos castaños tras una Kodak desechable intentando capturar mi rostro para el recuerdo… lamento no haber dejado que lo hiciera, lamento no haber tenido una dirección que darle para poder escribirnos… lamento no haber tenido valor para escribirle desde Singapur o Melbourne o Ciudad del Cabo o Nueva Orleans o cualquier otro puerto en el que me haya apostado.

Lamento que nuestros silencios no hubiesen durado más tiempo.

8.4.12

Los tristes atardeceres de Siempre Se Acaba.

Soñamos con ser niños perdidos en Nunca Jamás, siempre jugando y viviendo mil aventuras con piratas e indios, escuchando cuentos en el árbol del ahorcado con los marsupios repletos de golosinas imaginarias y durmiendo a pierna suelta mecidos por el hálito de las estrellas… sí es cierto que somos niños, también que estamos perdidos, pero este país se llama Siempre Se Acaba, y yo solo esperaba que durase un poco más.

No pensé que por dejar algo fuera de la nevera se fuese a poner malo, ni siquiera fui yo el que lo sacó de ahí, más bien yo soy lo que se puso malo.

Sensación harto extraña la que se abriga entre mis hígados, una especie de desasosiego pasivo, como el despertar de unas lágrimas que se habían ido y que aún no acaban de llegar, como la sangre brotando de la herida infligida por una daga sin filo alguno.

Mi brújula no me indica ninguna dirección, y hoy no tengo ojos que me digan que en verdad señala todas, hoy no hay norte en mi mapa, ni siquiera hay mapa; y lo que más lamento ahora es que no vaya a haber sonrisas en las postales que envíe, o que no sean del todo sinceras, que estén vendadas, que escondan sueño.

No hay árbol del ahorcado en Siempre Se Acaba, hay un banco desconchado enfrentado a un muro donde hay pintado un atardecer en el mar, un eterno crepúsculo con la cristalina superficie reflejando las migajas del abatimiento y la infinitud de la nada.

Pues no sabré encontrar más tesoros enterrados sin mi brújula ni mi mapa, no habrá nadie que me empuje en el columpio y tendré que ensuciarme para levantar castillos en la arena donde habiten mis princesas imaginarias, supongo que será bonito eso de ensuciarse otra vez…


"Es el último día de verano y me he quedado fuera, en el frío, sin una puerta para volver a entrar".

4.4.12

Donde el Sol se apaga en el agua.


         Llegó deshidratado, envuelto en polvo y sudor a lomos de un desvencijado mulo con poco fardo y el pellejo descolorido. Afirmó que se llamaba Henry Antrim, que tenía veintiún años –aunque no aparentaba más de diecisiete–, y que llevaba errando solo bajo el sol desde Misuri.
         -¿Y qué te trae aquí desde tan lejos? –le pregunté, algo a lo que no quiso responder; aceptó sin embargo la invitación a quedarse a dormir en mi casa. No probó bocado hasta asegurarse de que su mulo, Woody, tuviese su ración de agua y alfalfa. Comentó que no tenía dinero, pero que gustosamente trabajaría para mí a cambio del cobijo y la comida. El invierno había sido duro ese año, así que  admití sus condiciones, además, el muchacho me había caído simpático a pesar de ser callado y misterioso; lo único que había conseguido sonsacarle era que buscaba el Pacífico, que para él significada la libertad en su máxima expresión, en sus palabras, ver cómo el sol se apagaba en el agua era lo que todo hombre que se precie debía buscar. A pesar de su aspecto, enseguida vi en él una sabiduría inusual en alguien tan joven, ni siquiera ahora puedo comprender del todo lo que quiso decir con tan enigmática oración.
         Trabajó sin descanso en las caballerizas durante toda la primavera y parte del verano, como si disfrutase de veras con el duro trabajo. En estos tiempos del whiskey es difícil encontrar a alguien así, por lo que a menudo recompensé sus esfuerzos con algunos dólares que él guardaba con recelo en una pequeña bolsa de cuero, para su “aventura en el Oeste”, decía siempre que rehusaba mis invitaciones a pasar la noche en alguna taberna.
         Al cabo de unas semanas desde que llegara, me confesó algo que ya había deducido hacía tiempo: no sabía leer ni escribir; y me pidió ayuda para solventarlo. No puedo ayudarte, le dije, no sabría cómo, pero sí puedo hablar con la señorita Tress y que ella te enseñe. No dijo nada, sonrió y siguió cargando pacas de paja, supuse que era su forma de decir “sí”, por lo que a la mañana siguiente fui a la escuela para hacer un trato con la maestra. Se mostró reacia al principio, pero la convencí alegando que era un joven de mucho talento y que apenas le costaría trabajo. Por supuesto yo cargaría con todos los gastos, cosa que no revelé a Henry, pues seguramente rechazaría la oferta y yo no estaba dispuesto a que se gastara el dinero de su Aventura en el Oeste por el que tanto había trabajado.
         Cada noche después del trabajo, Henry iba a casa de la señorita Tress y daba sus lecciones, huelga decir que no tardó mucho en dominar tanto la lectura como la escritura; a finales de mayo ya lo hacía con soltura. Su rostro desde entonces brillaba con otra luz, se quedaba mirando todos los carteles que nos encontrábamos, leyéndomelos en voz alta con presteza, llegando incluso a memorizarlos con poco esfuerzo. Para celebrarlo, le compré una libreta encuadernada en piel animándole a que la rellenase con todas sus aventuras una vez se fuera. En un principio se mostró reacio a aceptarla, supuse que por sentirse contrariado al recibir un regalo, pero después de meditarlo consigo mismo unos instantes, me dirigió otra de sus brillantes sonrisas y corrió a guardarla en el pequeño arcón donde acumulaba sus escasas pertenencias para el gran viaje; fue entonces cuando me prometió que, una vez llegase a la costa, me escribiría para relatarme cada paso que hubiese dado en su camino.
          La última noche que le vi me entregó un pequeño reloj de bolsillo muy desgastado, me dijo que había pertenecido a su abuelo y que era el único objeto de valor que había poseído; no me percaté de que era su forma de despedirse. Se marchó antes del alba con Woody y unos pocos fardos llenos de gachas de avena, algo de ropa y los dólares que había ido reuniendo en los últimos meses; desde entonces miro siempre hacia el Oeste, preguntándome si ya habrá llegado o si pensará volver algún día… si es cierto que ver el Sol vespertino nadando en el mar infinito llena de veras el corazón de un hombre.

1.4.12

Me he cruzado con mi camino...


«Me he cruzado con mi camino,me ha dicho que ya no sabe por dónde llevarme».
Intentarás recordar siempre cuando eras joven, y jamás podrás entenderte. ¿Cuándo decidimos qué ruta tomar? ¿Cómo la elegimos? Yo ahora veo el futuro como un par de ojos en el cielo, unos ojos negros que no tienen fondo ni alma, un sendero oscuro que se bifurca un poco más allá y no hay ningún mapa ni cartel que seguir; y tengo miedo de convertirme en aquel joven romántico que se lanzó solo al mar y pronto se aburrió de que todo fuese agua azul. Se trata de romper el tiempo, no es tan difícil, sólo hay que caminar hacia atrás lo más rápido que puedas, pero no sé qué pasa después, como al cruzar esas espirales… todo eso también me asusta. Supongo que… supongo que el Miedo, la Suerte, todo eso… supongo que caminan contigo, que te ayudan a caminar… y tan sólo has de dar el primer paso.
«Yo era un buscador, un nómada, un culo inquieto, y en ocasiones un camorrista estúpido. Jamás me estaba quieto lo bastante como para poder reflexionar sobre las cosas, pero en cierto modo sentía que mi instinto no se equivocaba. Compartía ese optimismo nómada que postulaba que algunos de nosotros estábamos progresando realmente, que habíamos tomado un camino honesto y que los mejores de nosotros acabarían llegando a la cumbre de forma inevitable. Al mismo tiempo, compartía la oscura sospecha de que la vida que llevábamos era una causa perdida, que éramos todos actores y que no hacíamos sino engañarnos a nosotros mismos en una odisea sin sentido. Y era esta tensión entre ambos polos -un inquieto idealismo, por una parte, y un sentido de inminente perdición, por otra- lo que me mantenía en el camino».   
Hunter S. Thompson