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19.10.15

Calabaza.

Tengo una bicicleta con una rueda rota en la esquina de mi pieza, junto al perchero y el armario. Es un armatoste naranja caramelo con las llantas de mostaza y se anuncia como la Calabaza de Orión, todo un escándalo.
Desde luego no es de mi talla, se ve como un juguete. Y si no fuera por la rueda y mi avería ahora mismo estaría pedaleando y no andando pedo y en calcetines, che, dónde hemos llegado.
La razón por la que te escribo esto es porque me he fijado en que me gusta que esté así, rota y bien rota. Y pensé que era importante que lo supieras.
Creo que la Calabaza de Orión tiene, al menos, tres marchas. Pero ya sabes que yo de eso no sé apenas y cojo el piñón de en medio y con las mismas subo o bajo a donde sea. Son cosas nuestras, no nos importa mucho.
De todas formas no sé si llegaré a llevarla al taller, porque antes tengo que comprar un acuario nuevo y mayor para la tortuga y también trasplantar esa rama que encontré, todo crece y, sabiéndome, va para rato.
Pero me paro a pensar y, espera, volvemos a la vieja ruda y pendeja rueda que encima está rota y que se ríe bajo el polvo del neumático dislocado. La veo por el rabillo y se me eriza la nuca y me molesta su sonrisa torcida y sus radios oxidados. Me asquea ese gesto encorvado con las pastillas de freno fruncidas y ese mirar de manillar por encima de la horquilla. ¡Vaya un velocípedo!
¿Cómo iba yo a cabalgar semejante rocín, tal artefacto? ¿Acaso no se ha convertido ya en un mero cartabón con sendos círculos en el bodegón que es mi pieza? ¿Y en qué me quedo yo, entonces, tornado simple pincel con cerdas por cabello y un herrete en el pescuezo?
¿Cómo iba a cabalgar siquiera, con este cuerpo que es de palo, tronco muerto, barnizado? ¿Cómo…? ¡Cómo!
Como comprenderás, todo este asunto quizá me desquició. La rueda rota y ese rollo. La Calabaza en mi pieza, bajo la ventana, en pleno Ochobre. En fin. Todo benne. Cebá el mate.



19.1.13

Una consulta entretenida con el doctor Gilliam.


Hace tiempo fui a recoger a Howard a la consulta, no tenía cita previa como de costumbre, sólo nos apetecía vernos y charlar un rato con unas cervezas en el Jamaica, acordarnos de aquel cadáver que nunca enterramos juntos y rememorar las estivales ensoñaciones de Hyde Park en duermevela. Incluso me diagnosticó una “hiperreflexión kafkiana” o algo así, y entonces yo le conté que hacía cierto tiempo me traía de cabeza cierto asunto, que algo me repiqueteaba en la mollera, me sembraba la quijotera de cierta congoja.

—¿Qué te turba, Village? —me preguntó cuando el camarero nos servía unas hamburguesas.
—Pues que me apena pensar en el cementerio de pepinillos.
—¿A qué te refieres? —dijo mientras apartaba el pepinillo de su hamburguesa.
—¡Eso! ¿Ves? ¡Lo has vuelto a hacer?
—¿El qué?
—¡Pues que has quitado el pepinillo! ¿Por qué no pediste la hamburguesa sin él? ¡Coño!
—¿Qué dices?
—¿No te he hablado del cementerio de pepinillos?
—Estás majara.

Y le empecé a contar:

—El cementerio de pepinillos es un sitio muy peculiar, imagínatelo, montones y montones de rodajas de pepinillos desechados, unos manchados de kétchup y mostaza, otros de queso cheddar fundido, incluso algunos de mayonesa o cosas peores.

»Estas rodajas son apiladas en columnas y forman grandes arcadas y bulevares agridulces, aunque no son sitios muy agradables, pues todo está pringoso y huele mucho a vinagre.

»Huele tanto a vinagre, que ningún ser humano podría atravesar sus sinuosas calles hasta llegar al centro con vida.

—¿Y qué hay en el centro? —preguntó entonces Howard, sorbiendo su cerveza en un largo trago.
—En el centro, Howie-ho, no hay más que los restos de los primeros pepinillos de hamburguesa que fueron rechazados por zampabollos ingratos.
—¿Y por qué querría alguien llegar hasta ahí?
—Bueno… —bebí un poco de cerveza—, supongo que no es una hazaña desdeñable ¿no?
—Se te va la pinza.
—¿Por qué dices eso, tío? Sólo intento reflexionar poéticamente sobre la condición de los pepinillos con mi psicólogo mientras me bebo unas cervezas.
—No sé por qué todavía no estás en un psiquiátrico —dijo entonces con una sonrisa contrariada.
—Ése era el trato ¿Recuerdas?

Y pasó un largo rato mientras masticábamos los últimos pedazos de nuestras hamburguesas (yo además me comí los pepinillos de Howard), y pedíamos otra ronda de cervezas. Entonces decidí romper el incómodo silencio.

—¿Sabes en qué más he pensado? —dije.
—¿En qué? A ver… —contestó.
—En estos videojuegos de fútbol por internet ¿Sabes? Todos los que juegan tienen jugadores y cosas y usan unas monedas, que son como puntos, para intercambiar todo eso con otros jugadores, como si fuera dinero.
—Ya, ¿y?
—Que… ¿Quién controla todo ese dinero? Porque no pueden dar moneditas a todo el mundo así, con todo el cuajo, habría inflación. Por lo que tiene que haber algo, un organismo o algo así que controle el dinero. Una especie de fondo monetario, de la FIFA, el FMFIFA. Fmfifa, dilo, suena raro, pero es gracioso. Fmfifa.
Fmfifa —y se echó a reír. Y yo también, mientras repetíamos la curiosa palabra que nos habíamos inventado. Y reímos un buen rato y bebimos nuestras cervezas.

Meca, ¿y qué le paso al Oakriver el otro día? —preguntó entonces Howard mientras se sonreía.
—Ya, ya… —dije yo, consciente de que a lo que se refería era que mi equipo, el Oakriver, había perdido contra el filial de su equipo, el Sporting de Greenbay B, por cuatro goles a uno— ¿Qué le vamos a hacer? Salieron embobaos y no jugaron un carajo.

Y Howard no supo cómo mantener su burla viva frente a mi guasona resignación y bebió otro trago de cerveza mientras buscaba otro tema de conversación. Luego yo también bebí un trago.


Y ya. Hace tiempo que no veo a mi psicólogo para beberme unas cervezas.

1.10.12

Mostaza.


—¿Para cuándo tendrás listo el relato, Village? —Fue lo único que entendí del incesante y airado torrente que soltaba mi jefe, Peter Walden, por su grasienta bocaza mientras me rociaba con una lluvia de espumarajos e insultos. Hacía ya un rato que mi cabeza se había evadido a lugares más tranquilos y silenciosos, algo así como una sala de espera cualquiera cuando aún quedan muchos turnos hasta que llegue el tuyo.
—Tres días más, Village. Si en tres días no tienes mi relato —enfatizó ese “mi”—, te vas a la calle ¿qué clase de escritor no escribe nada en dos meses? ¡dos meses!
—Está bien —respondí con desidia—, ¿puedo irme ya? —eso le enfureció aún más.
—Largo de mi vista —dijo con seriedad.

Salí del pequeño despacho y de su atmósfera de humo y sudor y me dirigí con una sonrisa hacia las escaleras. Sabía que todos habían oído la riña. No me importaba. Lo cierto es que por dentro me sentía más triste que el tubo de cartón que es olvidado cuando se ha terminado el papel higiénico y otro ocupa su lugar. Aquella era una sonrisa ensayada frente al espejo. Todo va bien, dice, pero no mires mis ojos tristes.

La calle no estaba diferente al resto de los días. En eso pensaba. Brillaba el sol con alguna nube blanca blanca de paso, se oía algún gorrión entre las ramas de aquellos árboles que La Máquina aún permite en la ciudad y el sosegado bullicio de coches y zapatos bailando al que ya estamos tan acostumbrados. No era un día diferente, no. Seguía sin conseguir escribir dos palabras. Lo único distinto era que ya sólo me quedaban tres días de sueldo.

Crucé la calle con el semáforo en rojo. No pasó nada. Ni siquiera me cayó una maceta en la cabeza al llegar al otro lado. Nada, otra vez. Hasta que oí la música dentro de aquel bar. Pasaba a menudo delante de ese tugurio, nunca me fijé en su nombre, y siempre se escuchaba algo de música dentro si no había fútbol, pero nunca había entrado.

¿Por qué entré esta vez? Supongo que porque no me había atropellado ningún coche antes, ni me había caído una maceta en la cabeza.

No era un bar demasiado diferente al resto de bares. Tenía una barra, una camarera, botellas, mesas, sillas, taburetes, bufandas deportivas, servilleteros y gente hablando y gente callada. Miento, sólo había una persona callada. Una chica joven, con pelo claro recogido en una coleta y unas alegres pecas en la nariz. Bebía café con hielo y ojeaba una revista, quizá la National Geographic. —Espera a alguien, eso seguro —pensé, y me senté en una mesa junto a la ventana.

La camarera se acercó sonriente. —¿Qué va a ser? —Un vaso de agua y un poco de pan blanco, por favor.

Saqué mi bloc de notas Enri y lo abrí por una página en blanco. Embadurné  una de las rebanadas en mostaza, le di un bocado y empecé a pensar en qué demonios escribir.

Después de treinta y cuatro rúbricas y un dibujo de Walden ahorcado lleno de moscas levanté la vista y mi mirada se cruzó fugazmente con la de la chica de la National Geographic.

Bloqueo. No me concentro. No sé qué escribir. No sé escribir. ¡Hola, hombre con sombrero! ¿No habrá visto usted, por casualidad, a mi inspiración? Llevaba un cascabel atado al cuello para no perderla, pero al parecer no era más que un… ¿Un qué? ¿Qué habré tomado por cascabel? ¿Qué le habré atado al cuello en lugar de un cascabel? Esta cabeza mía. Ambientador de pino para coches, ahora también de limón. Tendremos fuertes rachas de viento por toda la Península. ¿Me cobra? Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Suena un cláxon. Comprar sal.

Tiré el lápiz sobre la mesa, enojado, di otro bocado de pan con mostaza y bebí un poco de agua. Me puse a hacer papiroflexia con un puñado de servilletas que me agradecían la visita. Debería dejar de mentir en lo que escribo, la verdad es que las plegaba para que rezasen un “Gracias puta” lleno de todo mi infantilismo y frustración en este pesado mundo de adultos serios con corbata y zapatos brillantes.

Volví a alzar la vista y ahí seguía ella, con su café a medio terminar y apurando las últimas páginas. No te vayas aún, no te vayas. No te conozco y te necesito de veras. Me siento muy solo aquí con todas estas servilletas.

Finalmente, y esto lo vi de reojo, cerró la revista y apuró los últimos tragos del café. Se levantó y se dirigió hacia mí. —Va al baño, eso seguro —pensé, e hice como que releía mis anotaciones para parecer un poco interesante. De todas formas me olvidaré de ella pronto.

—¡Hola! —me saludó con una voz dulce y sus ojos y sus pecas.
—Ho… hola —contesté yo, atónito ¿lo habré dicho muy alto?
—Espero que no estés muy ocupado, te he visto trabajando —continuó— ¿No te importará que me siente aquí contigo un rato no? No conozco a nadie aquí y como te he visto solo…
—Eh… no, para nada —titubeé.
—Bien —dijo ella mientras dejaba caer su curiosa mirada por el amasijo que había en la mesa de rebanadas de pan con mostaza mordidas, una libreta garrapateada, servilletas de “Gracias puta” y el dibujo de Walden colgando de la horca. Pensé que enseguida me tomaría por un sociópata o un perturbado, pero pareció divertirle todo aquello—, por cierto yo soy Claire.
—Claire —respondí flotando por encima de todas aquellas cabezas, a punto de tocar el techo—, claridad. Perfecto.
—Sí —su rostro reflejaba un desconcierto intrigado y jovial— ¿y tú?
—¡Ah, lo siento! Yo soy Paul.
—Encantada, Paul —Y cada sílaba que pronunciaban sus labios sonaba como un juego de niños en verano—. ¿Te puedo preguntar qué estabas haciendo?
—Oh, sí —contesté—, pues… bueno, soy escritor.
—¿Escritor? —preguntó con admiración.
—La verdad es que hace tiempo que no escribo nada. Llevo una mala época.
—Es normal —esas dos palabras me reconfortaron, no sé por qué. Como si me hubiera dado un cálido abrazo todo lleno de sinceridad y cariño. Supongo que este tipo de cosas se notan más cuando la persona que te las transmite es una completa desconocida.
—Creo que en el fondo no soy escritor. Un escritor de pacotilla al menos tiene algo sobre lo que escribir…
—Vamos a hacer una cosa —apuntó con su brillante mirada y sus pecas y su pelo claro recogido—, cierra los ojos y yo contaré hasta tres. Intenta no pensar en nada, y cuando haya contado me dices lo primero que se te ocurra.
—Bueno —respondí con curiosidad—, está bien.
—Vale, cierra los ojos.

Uno…


…Dos…


... ¡Tres!

—¡Mostaza! —Y su expresión estupefacta no fue nada comparada con la mía al darme cuenta de lo que acababa de decir. ¿Mostaza? ¿Quién demonios escribe sobre mostaza? Ella rió, y yo también lo hice. Sabía que no se burlaba de mí.
—Me gusta —dijo ella—. Estás más loco de lo que pensaba. Me gusta la gente loca.
—Bueno, bien podría ser el primer loco que escribe sobre una salsa. Sería el Andy Warhol del relato.
—Pues ya tienes una admiradora, espero leer pronto lo que escribes sobre la mostaza.
—Mañana mismo te lo traigo. ¿Te viene bien aquí, no?

Y al día siguiente le llevé mi relato sobre la mostaza. Vi en sus ojos, y en sus pecas, que le había gustado de veras. No se lo llevé a Walden. Y, si alguno de ustedes pretendía echarle una ojeada pues… bueno, acaban de hacerlo.

30.9.12

El viento sopla para que las hojas se caigan.


La casa se veía extraña, como regida por una densa soledad, las paredes parecían cercarse amenazantes sobre mí, todo cargado de las maletas del regreso. Es normal —pensé—, han pasado bajo mis pies muchos kilómetros en los últimos meses y aquí, bueno, aquí no ha pasado ninguno.

—Entonces —dijo Séiquer mientras servía los últimos tragos del brik de clarete—, el imaginario tiene las manos jodidas porque el real se ve a sí mismo inválido frente a la isla ¿no?
—No había pensado en ese enfoque —contesté yo, atento—, pero sí, está bien, la verdad es que es una buena lectura.
—Y lo que le pase al real podría afectarle al imaginario.
—¡Sí! —respondí entusiasmado— ¡Es eso! Gracias, de verdad. Me viene perfecto para el final de la historia. Espero poder escribirla así.
—Seguro que puedes, tienes buenas ideas.

Y con el último acorde de Eclipse y la última bocanada de humo y el cartón vacío arrugado en la papelera, se fue, dejando tras de sí la soledad que me acompañaba antes de que llegara.
Apagué las luces. Llegó el Otoño y ahora el viento sopla para que las hojas se caigan.
Soñé con que Claire —esto es la idea de la que estoy enamorado— no se daba cuenta de mi presencia, y yo intentaba llamar su atención, y sus ojos nunca se cruzaban con los míos, que la buscaban con vehemencia, y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle.

Un coche viejo y destartalado, algo así como un Volkswagen Escarabajo amarillo, llegaba a una vieja y destartalada casa. Nos bajábamos Claire —idea del amor—, Tiger Lily —idea de la felicidad— y yo. Quizá alguna persona aleatoria más, pero ya sabéis cómo son los sueños. Alguien me preguntaba: —¿Todo esto es tuyo?— y yo contestaba: —Bueno, sobre el papel sí, pero digamos que es nuestro.

Y después un tiburón gigante engullía de un bocado a las gemelas Olsen, dejando en el agua una nube de sangre, o maquillaje, algo así.

Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y a otra cosa. Escribí: “Estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.

¿Pues sabe qué le digo, Sr. Cartero? Guarde mis cartas para otra ocasión, que ahora mismo ha llegado el Otoño y el viento está soplando.