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23.4.20

El día del pangolín.

                El reloj despertador sobre la mesilla marca las 5:59 (Clic). Ahora ya marcan las 6:00 y se enciende la radio.

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba! ¡Despertad y no olvidéis lavaros las manos, mantener la distancia y toser en la rodilla para evitar contagios! Recordad: este virus lo paramos unidos, lo paramos si os quedáis en casa. Detener el CORVID-19 es responsabilidad de todos y todas. Si te proteges tú, proteges a los demás. Gobierno de Punxsutawney…

                Phil se revuelve entre las sábanas y espera a que el reloj marque el mediodía. (Elipsis). Ahora ya marcan las 12:00 y se levanta con un regusto a déjà vu en las encías. Viste desde hace días una suerte de chándal que hace las veces de pijama con manchas de sudor ocre en los sobacos y restos de lo que bien pudiera ser mostaza en la bragadura del pantalón. Se llega al baño y descubre frente al espejo que la barba le sigue creciendo a pesar del parón, pero no le da mucha importancia y mea sin cuidarse del antaño temible doble-chorro que salpica el zócalo. Total, tendrá tiempo de sobra después para fregar la casa varias veces.

                En la cocina, se sirve de la italiana las sobras del café de ayer en la misma taza, ya con parda pátina en el fondo, y lo calienta en el micro. Deja que aquello de vueltas durante un minuto completo mientras observa ensimismado el movimiento de rotación mecánico del ingenio, cosa que no había logrado nunca durante tanto rato seguido, y se lo toma como un triunfo básico.

                Se asoma al balcón y sopla varias veces el café tras haberse quemado los labios. Desde lo alto ve a Hades, el vecino del sótano, paseando a Cáncer, su chihuahua de tres cabezas que se mea y se caga a diario en el portal. Y refunfuña para sí, huraño.

                Phil decide hacer algo de ejercicio. Comienza con la bici estática que heredó de su tía abuela Gasparda cuando ésta murió de sobredosis durante la crisis de la nafta, pero llevaba tanto tiempo estática que no había dios que moviera los pedales, así que se decantó por hacer deltoides usando un par de garrafas de orujo blanco como mancuernas. Esto le dio sed y, en un alarde de responsabilidad poco o nada usual en él, abandona el entrenamiento y se sirve una copichuela a la salud de Genarín. Termina el ejercicio dando toques a un rollo de papel higiénico, diecisiete, nada menos; su récord absoluto. Lo celebra con siete copichuelas más.

                Ahora a Phil le apetece alimentar el espíritu, esto es, leer un libro. Coge el primero de la montonera de lecturas pendientes junto a la estantería, rasca un poco el moho que se cultiva en las solapas y empieza a leer: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana…”. Vibra el teléfono. Es un mensaje en el grupo Equipo Actimel, al parecer unos negros celebran con pompa la muerte de un compinche y bailan con su ataúd a ritmo de EDM. Sigue leyendo: “después de un sueño intranquilo…”. Vibra el teléfono. Ahora un serial de audios relatando la guerra de los Mindolos contra Bananos, Chuminos y Tripones. A partir de aquí se desencadena una sucesión de memes, pantomimas y parafernalia que sería harto farragosa de relatar. (Elipsis).

                A Phil le entra hambre. El reloj del teléfono marca las 16:19. En circunstancias normales, a estas horas Phil estaría lamiendo la pega del papelillo de un canuto como dicta la atávica tradición judeocanábica. Pero, como su camello de cabecera se encuentra también confinado en su propio zulo, las provisiones de Phil se han visto reducidas dramáticamente a residuos de hoja inocua y unas pocas ramas desnudas. Por ello, resuelve alterar su ceremonia rutinaria de intoxicación recreativa por vía respiratoria y poner en práctica aquella receta de quinoa que vio en Instagram que no tenía mala pinta y se presentaba perfectamente salubre. La cosa es que al final le da pereza y descongela una lasaña precocinada en el microondas para al menos mirar algo que dé vueltas sobre un eje estipulado y así paliar el tedio.

                  Phil deglute la lasaña sin pan en un santiamén y medio y, sin darse cuenta, se encuentra recostado en el sofá en franca posición horizontal y se dice a sí mismo que si se echa la siesta no dormirá por la noche. (Elipsis).

                Phil se despierta con un hilo de baba surcándole la mejilla. En la tele discuten el ángulo de la curva y advierten de que darán consejos de higiene después de la publicidad. Phil se despereza con sentimiento de culpabilidad y elije otro libro del montón polvoriento. Se sienta junto a la ventana y empieza: “Llamadme Ismael…”. Un perro ladra en la calle. Es Cáncer, con sus muertos pelaos en ácido, se dice para sí, y chasquea la lengua contra el paladar como gesto de desaprobación. Continúa: “Años atrás, no importan cuántos…”. Vibra el teléfono. Es una videollamada grupal con los antiguos colegas de clase, a los cuales no ve desde la graduación, hace la tira. Lo coge:

COLEGA 1: ¡Hola a todos! ¿Qué tal va esa cuarentena?
COLEGA 2: ¡Coño, Juan! ¡Cuánto tiempo!
PHIL: Hola…
COLEGA 2: ¡Hola, Phil! ¡Vaya pelos!
COLEGA 1: ¡Qué dices, Chus! ¡Nos vimos en la boda del Cejas el verano pasado!
PHIL: Ya… como es domingo hoy ni me duché ni ná…
COLEGA 3: ¡Holi gente!
COLEGA 2: ¡Es verdad! ¡Joder, qué ciego! ¿Te acuerdas?
COLEGA 1: ¿Pero qué dices? ¡Si es miércoles!
COLEGA 3: ¿Qué, cómo va esa cuarentena?
COLEGA 2: Bien, bien, aquí, con la familia, ni tan mal, un poco harto de los críos.
COLEGA 1: Por aquí también bien.
COLEGA 3: Yo de lujo, hoy monté un concierto de Rosalía usando latas de cerveza, luego os paso el vídeo.
COLEGA 2: ¡Longaelisa os manda saludos!
COLEGA 1: ¡Sí, ponlo en el grupo!
COLEGA 3: ¡Trá, trá!
COLEGA 4: ¡Hol* P*ña! ¿Cóm* **sa **entena?
COLEGA 1: ¡Fransuá! ¡No se te oye!
COLEGA 3: ¡Un abrazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿**ora mej** or?
COLEGA 2: ¡No, peor!
COLEGA 1: ¡Pon los datos!
COLEGA 3: ¿Vosotros entendéis a Fransuá?
COLEGA 4: ¿Se**men **oye?
COLEGA 1: ¡Nada, no te va!
COLEGA 2: ¡Salte y te volvemos a meter!
COLEGA 4: P**s yo os escuch** p**fecto!
COLEGA 3: Bueno, chavales, yo me tengo que salir, que ahora son los aplausos…
COLEGA 2: ¡Uy, los aplausos!
COLEGA 1: Tenéis razón, ¿lo dejamos para mañana?
COLEGA 4: Cr** q** ya m** va.
COLEGA 2: Venga, ¡hasta mañana!
COLEGA 3: ¡Un besazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿Q** t**l?
PHIL: Astrólogo.

               (Aplausos). Phil se derrumba en el sofá y arroja el móvil lejos, bien lejos, al otro lado de la diminuta pieza que habita. Mira al techo y medita. Largo rato. (Elipsis).

                El reloj con forma de gato negro de la pared marca las 20:08, desde la calle se oyen los primeros acordes de un conocido temazo del Dúo Dinámico cuyo título no debe ser nombrado. Phil, hastiado de veras, asoma medio cuerpo por la ventana y vocifera: “¡Hijos de puta! ¡Dejad ya esa canción del demonio, que me tenéis hasta los cojones! ¡Ni resistiré, ni hostias! ¡Yo me quiero matar! ¡Y tú, maldito cabrón! ¡Guárdate ya al perro, que le van a salir ampollas en el ojete de tanto cagar! ¡Puto Cáncer!”. Cierra la ventana con tremendo escándalo,y vuelve al sofá. No sin antes escoger otro libro del montón. Empieza: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía…”. Y da comienzo una repercusión en fa sostenido de cacerolas, ollas, y otros utensilios domésticos.

                “A la mierda”, se dice Phil. Abre una botella de vino moldavo y enchufa la cuenta de su primo Alfrodo en Netflix para mirar tráileres. (Elipsis).

                Pasado un rato estándar, a poco de terminar la tercera botella, en medio de la pieza aparece un pangolín fantasmagórico con alas de murciélago y sombrero cónico de bambú. Éste se yergue sobre sus patas traseras y musita, con acento zonguonés: “Aguanta, Phil, mañana será otro día”. Y Phil, del todo normal, responde: “¿Y si no hay mañana? Hoy no lo ha habido…”

                (Elipsis)

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba!

26.9.15

por la tarde.



por la tarde naranja naranja azul y comisuras en los labios.
por la tarde la espuma reseca espuma agrietada somnolienta del café que ya no fue.
por la tarde negro el cielo negra la acera negra la farola.
por la tarde huele a basura huele a mierda y por la tarde pasa un camión que pasa una moto que pasa la tarde por la ventana.
por la tarde no hago nada.

por la tarde fumo el hábito y me visto de ceniza y con el polvo me hago un peinado.
por la tarde la desenvoltura de los panales de plástico y las ramas secas.
por la tarde dioses de luz, ídolos de barro.
por la tarde enciendo la bombilla enciendo la lámpara soplo suspiro no me entiendo me apago.

por la tarde las estrellas, las cansadas, jumdirillas, apretadas.
por la tarde azul azul negro y la blanca sonrisa blanca púrpura.
por la tarde ojos descalzos, tripa roja, pies vacíos y callados los dedos.
por la tarde miro al techo.
por la tarde me sonrío.


por la tarde me distraigo, también lloro, parpadeo largo, tumbado y tendido, rendido, y me dejo caer caer caer por los resquicios parpadeo resquicios parpadeo parpadeo.

por la tarde el hielo se derrite y sube la marea.
por la tarde damos vueltas y más vueltas para que las agujas giren y den vueltas y giren y se haga tarde.
por la tarde se esfumó el ímpetu de las tostadas crujientes tostadas y sólo quedan los escombros del váter cigarro café váter y una amnesia.
por la tarde estoy cansado.
por la tarde no hago nada.
por la tarde lo hago mal.
por la tarde me repito.
por la tarde me repito que por la tarde de mañana no será como hoy por la tarde o como ayer por la tarde, que es lo mismo.
por la tarde es lo mismo.

por la tarde otra vez.

Edvard Munch

5.4.15

Hebras de lana.

Joder, ya no podía más. Gota a gota me había ido derramando por el suelo y, agotado, me entró el sueño y me quedé tendido, rendido, tumbado sobre el colchón que había sido mi propia tumba y mi mismo palacio. Así, bien despacio, accioné el botón de cierre que hay entre mi seso y los párpados. Y al fin, con todo oscuro de nuevo, me atreví a sonreír, pero no pude dormir por el jaleo de un puñado de ovejas que, entre jadeos, se habían puesto a contarme a mí.

De la cuenca del cenicero brotó entonces una serpiente bailando, y yo, aun sin flauta mágica, había de ser encantador. Aunque fuera yo mismo el hechizado.

Las ovejas siguieron balando y las cabezas se nos colmaron de alquitrán y una suerte de ser de dedos largos removía con un tenedor mientras nos frotábamos los ojos.

¿Cuántos somos ahora? —intenté decir con la boca llena y escupiendo gargajos— ¿Por qué carajo peleábamos?

Me distraje, y esto también me lo contó una oveja. Me dijo: vete de viaje, olvídate. Que un mono en su pecera piensa que sapiens, mas solo araña la corteza. Que sólo con arrastrarse sobre dos patas para dejar libre la barriga no se logra ahogar el hambre de ser hombre, ni la vergüenza que trae el verse despojado.

¿Y qué soy? —musité con la lengua partida— Si tratando de ser alguien me pierdo en el camino y me sudan las palmas de las manos y no sé ni lo que digo. Si me descubro animal de sangre fría, más de lo que temía, más de símil y algo de lagarto. Si saliendo al sol se me alargan hasta los huesos y cuando me oculto en mi agujero, cojo y me largo.

Si algo sé —susurró— es que hay que ser lo que se sea, lo que se tenga, en este injusto momento. Que no hace falta más que una nariz para oler las flores y que a solas se está bien, pero sólo si las olas siguen siguiéndose unas a otras.

¿Y de qué me sirve tanta flor y tanto aroma si ninguna se detiene para olerme a mí?

La oveja explotó entonces, empezó por las orejas, y salpicó mi blanca frente de emplastos de cera y manchas rojas. Traté de limpiarme con la manga, pero estaba desnudo y manché también mis brazos. Busqué el río, busqué un lago, y no encontré más que sucios charcos y algunos sorbos en esos vasos.

Así, de esa guisa, me zambullí en los ladrillos de la pared y me sentí como sospecho que somos: una suerte de fuego sólido, un juego complicado, un truco descubierto, un temblor en cada mano… Una verdad dicha mil veces convertida así en mentira, una mitad sin apariencia, y el resto anomalía.

No supe más del tema, ni tampoco investigué. Si acaso miré mi reflejo en la ventana y le sonreí, y me sonrió, y así me quedé. Los animales se durmieron y ¿sabes qué? Desde entonces ya respiro, y apenas lo recuerdo, como si fuera el mal sueño de otro. Hoy sólo estoy yo, y con eso me conformo.

¿Y ahora qué? Si parece que no hacemos otra cosa que empezar de nuevo. Y es que es así, no queda otra: Cada día es el primero.


8.1.15

Un ombligo bíblico.

Convenimos lo siguiente: El primero que calzara con calcetines los colmillos de una morsa, se llevaría como premio este pequeño altavoz. Una serpentina de diamantes se derramaba por el sofá y me detuve en una sillita de playa a la vera de la tortuga y con vistas a un marco en blanco que, de hecho, no era más que un rectángulo de madera. Los elefantes patinaban en círculos por el respaldo del sofá y aquello parecía una cascada oceánica entre sendos glaciares como cojines. Yo no hice gran cosa entonces. Tampoco había tocado los bombones de crocanti desde hacía rato; si acaso libaba birra y leía láminas a la luz liviana de los eslabones que en el fondo eran bombillas. El reloj se derritió como en aquella postal y tampoco hice nada al respecto. Como mucho intentar acomodarme en esta sillita que me está destrozando la espalda.

La travesía duró al menos un buen rato. Naufragamos un Cadillac del siglo catorce en medio del desierto del Gobi y eso nos palpitó en la cebolla; pero yo rebusqué en mi bolsillo y encontré un nimbo aterciopelado y cubierto de pelusilla del ombligo, y el otro setenta por ciento era agua como yo, y como cualquier otro mono. No encontramos morsas por ahí; si acaso algún que otro ñandú turista y montones, montones de tierra. El cielo se curvó entonces, y nos quedamos panza arriba y, con los pies descalzos, nos soñamos dormidos y buceamos en una sustancia que era yo qué sé qué y amanecimos en un café de Luanda o Liubliana o tal vez era una pescadería, y decidimos hacer las paces entre los peces y seguir buscando por otro lado.

Pero buscar qué. Lo habíamos olvidado. Hacía frío entonces como cuando te comes un caramelo de menta con cualquiera de los polos en mente, y fingimos que la realidad no nos mentía demasiado.

¿Sabes? Me tomaré ese café. El azucarero estaba medio lleno de rubíes y zafiros, pero me serví un par de cucharadas de todos modos. Justo delante un tipo despotricaba contra las estelas químicas mientras solicitaba fuego para encenderse un cigarrillo haciendo un gesto con los pulgares. Lo llaman geografía de los estados del pensamiento y está repleta de curvas y bahías. Pero yo de eso no sé un pimiento apenas.

Alguien gritó «¡El techo es lava!» y los muebles se dieron la vuelta y se colgaron del tejado y, así, no supe si era yo el que estaba del revés. Y volvimos a fingir que la vida no nos engaña. Y por los pasillos alguien había escrito que hasta donde la ciencia conoce no es posible imaginar. Y la tinta del rotulador iba conformando surcos oblicuos como un ombligo bíblico por título.

Acordamos no mencionar nada al respecto y nos intercambiamos los sombreros para sellar el trato. A mí algo me chorreó por el hombro de la camisa, pero hice como que no me había dado cuenta y avanzamos a la siguiente casilla. Un hombrecillo que se había perdido por ahí me dio un dado en blanco y un dardo y una diana; y yo agarré todo con un brazo y con el otro una liana y salté por la ventana hacia la que había al otro lado.

Jugamos un rato a que las cosas empezaban por el final y terminaban por el principio y acabamos por cansarnos de no saber decidirnos. Después jugamos a no hacer nada y más tarde a perder el tiempo. Al final se hizo de noche y después de día como al principio.

Diego Rivera

25.7.14

Tránsito.

Pesado tránsito. Tengo hematomas en los brazos y callos en los dedos. También tengo una marca enrojecida en el hombro y no tantas cosas como tenía antes; se quedaron junto a los contenedores en bolsas de basura bajo la lluvia que sin querer predijimos y en chancletas. Se ha quedado tanto atrás. Tanto atrás. Y otra vez me veo en una nueva ciudad vieja aunque no sea el mismo que antes. ¿Dónde quedó el cascarón quebrado? Porque siempre que me araño un poco por cualquier parte del cuerpo rasco una nueva capa y lo que hay dentro debe de ser blando de veras aunque nunca lo haya visto. No hay tiempo para llorar por el tiempo perdido, sólo para empezar otra vez. ¿Pero y lo bien que sienta morirse de impaciencia de vez en cuando? Qué poco sé y cuántas cosas me siguen sorprendiendo así de fácil. Pesado tránsito, sí, pero ahora me siento más ligero. No es que me hayan salido alas, ni mucho menos. Supongo que mis aletas habrán cambiado de forma o algo y ahora se deslizan de otro modo en la pecera que yo mismo tengo por barriga.

Pertinaz y perenne tic-tac que apenas habrá dado un par de vueltas alrededor de mi ombligo. Me salió barba desde que empezó la partida, pero esto no me sirvió de mucho; y ahora heme aquí, entre comillas, quién lo hubiera dicho. Paseando mi incertidumbre con paziencia y correa larga. ¿A quién le importa el gato en la caja cuando uno tiene asuntos pendientes? Mañana ya es hoy y, si uno se descuida, fue ayer. C’est la vie: un tren sin estaciones. Esputos de humo borboteando hasta del suelo. Una nube gris negro gris que el sol se encarga de colorear para que a uno se le olvide que está ahí.


La vida sencilla es un estado de ánimo, como casi todo. Y así de fácil hay que buscarse algún problema de vez en cuando, como el juego de tirarle cantos a una rana. Y de pronto un chasquido metálico te da un sopapo y papá pasó a ser sopa y la marsopa por el mar pasó. Así que si todos los días son el mismo día, procuremos que ese día sea inolvidable.

20.7.14

Veintiocho días.

Recibí un encargo: un completo dossier con toda la información que pudiera encontrar acerca de la luna. Una tarea harto ardua si tenemos en cuenta que vivimos en el año veintitrés, en el tercer mes, nada menos.

Yo desde siempre había pensado que la luna era algún tipo de reflejo del mar en la bóveda celeste, la cual todos creían hecha de cualquier tejido, aunque yo más bien sospechaba que se trataba de una suerte de mineral pulido y cóncavo; Unos sabios en las montañas me revelaron que no era nada de eso, que la luna es un centinela, un calendario, una esfera que todas las noches se levanta para observar, ¿y qué ve? Nada más que puntos luminosos como los que aquí vemos en el cielo.

Ella está enamorada de los mares de aquí abajo, y los mira. Y se miran. Del mismo modo en que dos niños se tumban sobre la hierba para mirar las nubes. Sólo con los ojos, quizá señalando con el dedo. Todo da una vuelta y ahora en vez de un pez o un caballo veo un mono y la bruja volando con su escoba se volvió una flor y el dragón calmó sus malos humos para volverse yo y yo en calavera otra vez y otra vez otra vez todo un dodo jugando a los dados.

Veintiocho días, en resumen; me dijo un carpintero que se aburría de tantas mesas y sendas sillas. Y suele estar sonriendo o triste, pero eso depende de cómo ladees la cabeza.

El resto de documentos o los perdí o eran galimatías de la más diversa índole, decían: ¡Ciao Lilu! o garabatos en papiros. Pero si algo he aprendido es que cada vez que la miro me acuerdo de alguien que, seguro, también la está mirando.

         y así estamos,

                   en un ático,


                            justo ahí.

14.5.14

Vinsentván.

Era un martes cualquiera y al día siguiente sería miércoles, como casi siempre que empiezan las cosas buenas por aquí. La Tierra cruje en su rotatorio tic-tac y a mí me zumba un oído como cuando se acerca un enjambre híbrido de esos y la cabeza se embota y se hincha como la vieja berenjena.  Dos caballos amarillos traqueteaban sobre el asfalto gris de punta a punta del país atravesando las delgadas lunas sonrientes y los adormecidos cuerpos de las ideas desnudas y el alce que eructa. Un tal Vinsentván o más bien su barbirrojo busto en una maceta decorada y con amapolas saliéndole de la quijotera; las raíces asomaban por abajo, buscando qué, exorbitadas.  Es un chiste conocido: Dos moscas pueden estar encerradas en una caja de zapatos y aún así no encontrarse nunca. El ocho tumbado, quiero decir, infinito. Y hombres con peceras por barriga que además sirven de bombilla. Y ese pez y sus burbujas glub-glub. Mi rostro de un trazo, o eso creo. No estoy en mis cabales. Los edificios metálicos forman un círculo de ceniza como aquella noria en la que me mareé una vez y seguí dando vueltas sin parar y al parecer así sigo. No sé. Una suerte de limbo cutre. La neutralidad en carne y seso. 

9.6.13

La cabeza vacía.

Anoche no pude encontrar el interruptor a oscuras y sin querer rompí la hucha de cerdito que guardo desde hace años sin ahorrar un centavo para mi viaje a la Pampa y de entre los fragmentos de arcilla astillados emergió una cabeza vacía que no sabía ni su propio nombre ni tenía más conciencia de sí misma que lo que confusamente le decían sus ojos empañados de lágrimas de desconcierto al encenderse su pequeño hipotálamo entre los lóbulos y la coagulante placenta.

Intentó decir algo, pero de sus labios resecos sólo salió un goch-goch gutural y ronco. Le costó un buen rato relajar los bruscos jadeos y cuando su respiración se volvió más acompasada pestañeó plácidamente.

—He comprendido —susurró con una sonrisa joroschó— que las fronteras de la materia no son más que una ilusión. Que todo se confunde. Que las cosas son lo que fueron y serán y que siempre es de día en algún sitio. También de noche. Y que siempre hay alguna nube por ahí arriba llena de tripas y otras vesches.


Me miró pensativamente, y me aconsejó que recogiera los pedazos del cerdito para no rasgarme los calcetines y me acostara, que era tarde. Obedecí, por supuesto, mas no pude dormir en un buen rato, con la mirada perdida en el oscurecido blanco del techo de cal que algunas veces fue la copa de un árbol con una cascada y la lengua de una ballena. Después no soñé nada. 

1.4.13

Dominós.


         Necesito algo para empezar… es una idea, algún día, en mis lágrimas, mis sueños... la descubrí bien poco a poco, como esos detalles de cualquier cosa que aprecias cuando la has estado observando durante un tiempo. Una cáscara de huevo perfectamente esférica, como una pelota de ping pong y tan blanca, me entró por la pupila un día que ya no recuerdo y se me enganchó aquí detrás, entre los ojos y el pelo, justo encima de la campanilla, y por eso no podía tragar bien —y ni con gárgaras se me pasaba—. Ya sólo hicieron falta un par de susurros brillantes con olor a terciopelo y musgo verde musgo para que eclosionase sin dolor, como el parto de una pompa de jabón, como el alumbramiento de las motas de polvo. Así empecé a jugar al dominó en silencio, cuando todos dormían y yo cerraba los ojos para disimular. Y así pasé los días, tan oscuros como cálidos, curando un corazón demasiado blando para haberse roto.

         Y ese mamífero enmarañado me pone contento ahora. Ver cómo intenta hacer equilibrios por ramas invisibles para intentar cruzarse en tu camino y que parezca una inesperada coincidencia, cómo imagina fuegos artificiales y espirales fabulosas y joroschó con un tibio rubor detrás de las orejas, cómo pierde la mente escuchando el eco de las alondras y los tímidos aleteos que se confunden con los latidos aparentes de las cosas.
        
         Es una idea, algún día…

6.11.12

Cazando moscas.


“Hoy va a ser un gran día”, pienso cada mañana cuando suena el despertador, aunque se me pasa en cuanto lo desconecto y me doy la vuelta en la cama para seguir durmiendo un rato más. Los mejores sueños suceden cuando has de despertarte, puede que no sean los más agradables o bonitos, no hablo de eso.

Mira a ese tío del espejo, con los ojos envueltos en la sombra del insomnio nervioso, con una extraña sonrisa que casi parece disculparse por no haber descansado cuando todos lo hacían y haberse pasado las horas vacías convertida en una mueca hastiada y ausente del resto.

Dicen que no hay que preocuparse cuando uno habla consigo mismo, sino cuando empieza a responderse. Ese tipo del espejo hace tiempo que no habla con nadie, y ninguna voz está ahí para susurrarle cosas al oído. ¿Quién murmura entonces? ¿Qué es ese suave rumor? ¿Dónde están los gritos de quien debería estar ahí? ¿Qué hay de las enloquecidas carcajadas?


18.3.12

Veinticuatro.


24.
         Esta vez no cogí mi mochila, solo un puñado de revistas literarias y mis pantalones cortos caqui. Lucía el sol ahí en lo alto, pero soplaba una fría brisa —No cogeré abrigo, pensé, no estaré fuera más de diez minutos  —Puse mis pasos en marcha para abandonar mi tierno país subterráneo, el país del fútbol y las guerras sin víctimas, el país de los platos sucios y las botellas vacías —En la pequeña campiña de rocosos arcos, las pequeñas flechas indignadas se mezclaban con trajeadas plumas de celebración (la primera de las que vería en el resto del día). La espera no duró, otros quizá dirán que sí, pero lo cierto es que fue cuando menos amena. Preveía una entrega fulminante, pero fue acompañada de cartas de invitación y cajeros apagados que aceptaban la oferta. Un perro me saludó en el camino, su dueña no, no la conocía, al perro creo que tampoco… El grito con las peores tapas de la comarca estaba cerrado, así que nos dirigimos al santuario de los platos de champiñones y la caña y el mosto, y hablamos de Asimov y de Auxley, de Hesse y Tólstoi, de Cohelo y de Auster; todo para escapar yo de la fría cultura con excusas premeditadas e inocentes —Me sentía a gusto a pesar de las libélulas lobo, que me siguieron a lo largo del día, por cierto, y que cada vez soportaría con mayor indiferencia —El camino es corto y fácil, nos dijeron, pero nos paramos a pelar naranjas con los pies colgando admirando el silencio urbano y el sosegado vuelo de las cigüeñas. No queremos eso, un destino cómodo, queremos caminos tortuosos y enzarzados, queremos inseguridad, no certeza; Buscamos la cura secreta de los sioux, no nos lo pusieron fácil, pero tras muchos pinchazos y arañas invisibles, encontramos la negra y arrugada semilla —Un mar de asfaltos corría ladera abajo hasta las doradas dunas. Cavé ahí la tumba de una de las semillas que antes había recolectado, le deseamos suerte —Inventamos combinaciones de palabras sobre el puente, y una anglosajona nos indicó que nuestro templario destino se hallaba al final de la calle, siguiendo el río, a la dererecha. Y nos sentamos a reír con la nueva palabra, sonrientes como mis calcetines de colores, siguiendo nuestra ruta a través del zoo de niño —El dinero custodia la puerta una vez más, pero yo me conformo con sentarme en el viejo peldaño a la luz del oblicuo foco sobre el reino. Tumbas cavadas en piedra, también de niños o tal vez de enanos… las cuevas antaño templos paganos ahora rinden culto a la santa litrona y las gafas de sol. Pero preferirnos tumbarnos en la árida pradera soñando con ser nubes, con ser piedras… —Todo fluyó después en la verde ribera con paseantes portadores de la libertad y algún perro y algún niño, pavos reales, palomas, gorriones, más cigüeñas, antiguos pasadizos, balcones de princesas, lombrices, mosquitos, piedras saltarinas dibujando hondas, piedras musicales, música del agua, ramos de flores bañándose, ceniceros arcaicos… —Cruzamos el río saltando de roca en roca y atravesamos el bucólico sendero hasta el campo del almendro y el perfume, y las angulosas calles de coches aparcando y repetidas celebraciones —Y llegamos a una nueva época, la época de las vaporizadoras de berzas y los cuchillos y las zanahorias y las patatas… y las lacrimógenas cebollas ¿qué haríamos sin ellas? La época de Traffic y los Kinks y la cerveza —Pasamos a la cena bañada en lambrusco (tras trabajos de carpintería y casi dinamitar algunos cráneos) para celebrar la acontecida aventura —Me dijo «nunca bajes de ahí arriba» y es curioso, porque es lo mismo que le dije yo hará casi setecientos treinta días —John Lee Hocker y Santana ahora, y todo el Universo, recuerdo ahora, es Todo… y se hablan de muchas cosas después de una copiosa cena y unos chupitos de cuantrón derramados, y hay dos pares de ojos que se miran y se ríen con niños tocando el banjo y el violín y la guitarra y la batería; y a veces nos llegan llantos telefónicos que no se pueden desoír a causa del latido del más grande de los amores; dichoso, yo suelto una sonriente lágrima por esto —El camino de vuelta a casa fue curiorrífico pero agradecido, a este día del calendario tendría que decirle que es muy raro, y más hoy que no estuvo pintado de verde, no de ese verde al menos —Mi país yacía ahora pacífico y despoblado, y me miré al espejo con un cuenco de malta y una pluma de hojas… y creo que hasta ahí fue todo… hasta ahora (eso es al menos todo lo que recuerdo).


16.3.12

Las persianas de los párpados.


“Dos ojos no son lo mismo que una mirada”, dijo el viejo sentado en aquel roído banco de madera. La nieve no había terminado de derretirse y ya empezaban a caer las hojas muertas sobre ella. Yo soy pez, caballo y pájaro, y mi arbóreo cofre es mi rosa, todos conocen aquella cita: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”. No es tiempo lo que yo he perdido, de hecho no sé si perdí algo… pero sí que era mi rosa, y era importante. A pesar de la magnitud que han adquirido ahora mis días, no siento más que vacío en este momento en el que las persianas de mis párpados no aguantan su propio peso y en el que si aprieto el pause no se oye más que silencio en una casa demasiado grande para alguien tan pequeño. Desde esta ventana no se ve la luna ni las estrellas ni el alba. Acabo de entrar en mi propio Teatro Mágico –no para cualquiera, sólo para locos- y no me decido a escoger una puerta por la que seguir. Estoy tan cansado ahora y no sé qué pasará mañana… tengo miedo de cerrar los ojos por si al despertar abandono parte de este sueño. Es como cabalgar sobre una gran serpiente lo que siento ahora. 


23.11.11

Ejercicio: Un día en dos mil doscientas palabras.


Tengo que practicar la retención de información en la memoria, y con ello me refiero a recordar por la noche no sólo lo que hice durante el día, sino mis pensamientos en cada momento.
Por ejemplo, y sin ir más lejos, hoy me desperté a eso de las ocho de la mañana, un par de horas antes de lo que marcaba mi despertador, es normal, pasé un buen fin de semana y me noto descansado. Lo primero que recuerdo haber pensado fue en que aún estaba oscuro y que podría volver a dormirme sin problema, pero no hubo manera… se proyectaron en mi cabeza fotogramas de la clásica película que nos imaginamos y que es algo así como un sueño despierto, pero no conseguía concentrarme, así que decidí hacer algo, y ese algo fue ponerme un capítulo de Los Soprano, concretamente el cuarto de la sexta temporada, seguramente me daría tiempo a verlo y después apurar los tres capítulos que aún me restan para terminar de leer El guardián entre el centeno. El episodio de Los Soprano cumplió mis expectativas, incluso me gustaron las observaciones de un viejo con cáncer de laringe vecino de habitación de Tony acerca de la universidad del propio Universo, la negación de la dualidad, los dos boxeadores son lo mismo, dos tornados en realidad son uno sólo, todo es todo. Me levanté una vez hubo terminado y fui a la cocina a tomar algo de desayuno, me llamó la atención que uno de mis compañeros de piso no estuviese en su cuarto, pero pensé que quizá se hubiera quedado dormido en el sofá. No estaba allí, fue entonces cuando caí en la cuenta de que seguramente hubiese pasado la noche con su gumar.  Saludé al gato Canelo, por las mañanas, cuando estamos él y yo solos, es cuando de verdad me cae bien y me gusta tener un gato en casa, ver como se despereza y se estira y todo eso, cogerle, auparle hasta que queda a la altura de mi cara y mirarle a los ojos de cerca para preguntarle qué tal la noche y luego dejarlo de nuevo en el sofá con sus sueños felinos aún parpadeando entre sus bigotes. Me fui a la cocina, cogí una taza, el tetrabrik medio vacío de leche –y digo medio vacío porque quedaban apenas un par de tragos- y la caja de galletas de dinosaurus que me quitan quince años de encima; volví a mi cuarto con todos los víveres y desayuné sin más compañía que la música que sonaba en aquel momento, y las charlas vía facebook mediante ponemos ideas en común para un fanzine literario al que, a falta de un nombre, yo llamo simplemente Pulp. Cuando hube terminado mis seis galletas y mi taza de leche fría, me fui a la ducha, no sin antes soltar a los prisioneros fecales mientras dibujaba un colibrí en la pared junto al retrete. Como tenía tiempo de sobra, me tomé la ducha con calma, incluso me senté mientras el agua caliente bañaba mi cuerpo, no recuerdo muy bien lo que pensé entonces. Yo soy el típico que se pasa más de diez minutos en la ducha pensando en sus cosas, inventando películas y todo eso. Después de enjabonarme el pelo y el cuerpo mientras silbaba Singing in the rain, me sequé, me vestí y fui a despertar a mis otros compañeros de morada. Mateo como siempre se despertó fácil tras un par de toques a su puerta y verme asomar la cabeza por el quicio, como siempre me preguntó la hora, las diez y media, contesté, aún tienes tiempo de ducharte tranquilamente. Me di la vuelta y piqué la otra puerta, la de Rafa, que no se despertó, me asomé como había hecho con Mateo y empecé a gemir como en pleno acto sexual, la verdad es que tardó más de lo que me esperaba en levantar la cabeza para ver qué pasaba, lo más seguro es que con mis gemidos haya alimentado un sueño erótico… visto así me arrepiento de haberlos hecho. Rafa me dijo que no iría a clase, que estaba cansado, le pregunté que a qué hora se había acostado y me respondió que a las dos. Ocho horas no está mal, le dije, anímate. Pero no hizo más que taparse la cabeza con la manta, no insistí, Rafa no gusta de ir a clase. Comencé entonces a hablar con Mateo, mientras se vestía, mientras bajábamos el ascensor… se notaba que aún tenía sueño y que no tenía nada de qué hablar, pero yo ya llevaba casi tres horas en pie, y necesitaba expresar mi felicidad matutina. Cuando salimos del portal vimos que llovía y hacía algo de frío, yo estaba bien, pero Mateo no llevaba más que una sudadera de chándal, le respondí a su mirada con una que decía “vale, venga, sube a coger un chaquetón” y me quedé esperando en el portal. Entró una señora mayor, la saludé, últimamente me gusta saludar a la gente con la que me cruzo, no digo todo el mundo, pero sí los vecinos del portal, el chófer del autobús y todo eso.
No almacené en mi memoria apenas nada del camino a clase, supongo que por ser un acto de pura rutina en la que el cerebro se desconecta y no tienes que pensar para saber qué camino tomar, simplemente caminas y caminas y piensas en cualquier otra cosa. La clase pasó sin más, se pusieron a discutir sobre los fallos de nuestra carrera y yo apenas presté atención, no me gusta escuchar a la gente quejarse si no es por algo que merezca la pena, quiero decir, está bien que se hable de los errores de algo para arreglarlos y todo eso, pero no cuando parece que al que se está quejando de algo tan poco importante le está yendo la vida en ello; justo ayer leí que Adam Smith dijo que el que se toma todo a vida o muerte, muere muchas veces. Al final tuvimos que redactar nuestras propias opiniones, lo hicimos bien, me gustó cómo nos quedó, con lenguaje cultivado pero sin llegar a pretencioso, tampoco cayendo en el enojo, simplemente exponiendo lo que se nos pedía. Terminamos rápido y nos fuimos al Café Clandestino. Mucha gente nos mirará con ojos furtivos y acusadores por pedir pintas de cerveza en vez de café o coca cola, pero, qué demonios, ya pasa media hora del mediodía, demasiado tarde para desayunar, demasiado pronto para irse a casa a comer, y nos apetece una cerveza o dos o tres. Tampoco es que sea beber por beber, ojeé un poco El Norte de Castilla y el Marca, además de adelantar capítulo y medio de El guardián entre el centeno, aconsejé a Iñaki acerca de su dibujo, tal vez deberías hacer estas ramas más rectas, le dije, o intenta resaltar la luna borrando con la goma en vez de pintar su contorno con una gruesa línea negra,  estábamos de acuerdo. Hablamos un poco de todo, salió en la conversación Mozart, Bukowski, Dylan, Salinger… pero no penséis que era una conversación demasiado cultural, más bien de lo que tardábamos en coger el sueño. Txutxi nos invitó a la última, la que cerraba el segundo litro, Mateo iba cada rato al servicio, zarandeando su vaso a medio vacío –y digo medio vacío porque quedaban apenas unos tragos- sin importarle si derramaba algo o todo. Tal vez fuimos un poco más tarde a casa de lo que teníamos pensado… serían las tres y media o así. Teníamos planeado hacernos unos filetes de ternera asturiana de medio metro de diámetro que guardaba en la nevera, pero decidimos comprar una barra de pan y hacernos sendos bocadillos de cecina.

*  *  *

Vi otro capítulo de Los Soprano y dormí una media hora de siesta, o quizá cuarenta minutos, tenía mucho, mucho sueño, pero debía ir a clase de arte, ninguno de mis compañeros de piso tiene esa clase, así que subiría con Iñaki, pero me dijo que hoy no iba a ir (más tarde me enteré de que había quedado con una chavala), así que me enfundé mis cascos y me lancé a la oscura y lluviosa tarde mientras me comía dos mandarinas. Aquí ya tengo los recuerdos más recientes, recuerdo haber pasado bajo el acueducto pensando en una fotografía que me tomó mi padre junto a mi madre en el mismo sitio y en una tarde similar, apreciándose un haz de luz pasando entre los arcos y la fina lluvia que parece niebla, no sé explicarlo bien, pero creaba un efecto bastante tétrico y precioso. Después pensé que me encantaba el humo del puesto de castañas. Subiendo las escaleras de la plaza de Medina del Campo se me cayeron las llaves de la mochila, pues la llevaba abierta, pero un tío de mi clase que también estaba subiendo me avisó y me las recogió, gracias. Entré en clase tal vez dos minutos tarde, la vi muy llena y me pareció que el sitio donde me siento siempre estaba ocupado, pero estaba libre así que recorrí el pasillo y me senté en mi tercera fila, pegado a la pared. La primera palabra que apunté fue Duchamp, pero todo el tema del dadá y todo eso me agota para tomar apuntes, me gusta y todo eso, pero prefiero prestar atención al profesor. Me gusta este profesor, sabe de lo que habla y no lo hace nada mal, tiene esa clave de humor rollo House pero sin ser un capullo, no es como el típico profesor de facultad que va de colega de los alumnos, y se cree uno de ellos, y todos le tratan como a un tío guay, lamiéndole el culo y todo eso. Bueno, el caso es que poco a poco fui perdiendo un poco la concentración, no porque me resultase poco interesante, hacía calor, ponen la calefacción demasiado alta, tenía sueño y me daba la sensación de que las dos chicas  del otro lado del pasillo me estaban mirando, no me atraían, pero me hice el interesante, suena un poco triste, pero no creo que sea el único que lo haga, creo que sólo lo hago cuando estoy solo, si hubiera estado con un amigo cerca ni me hubiera percatado. Poco a poco me fui sintiendo mal, pensé primero que tal vez una de las mandarinas, o las dos, estuviese mala, pero luego lo achaqué al calor, y un poco más tarde me acordé de dos años atrás,  cuando me desmayé en la clase de al lado por un bajón de azúcar, quizás fuera eso, pero lo descarté, había tomado dos mandarinas, y tenían azúcar… me gusta el olor a mandarinas en mis manos, y en las de otra persona, justamente ayer en el tren un tipo se comió una y pensé que un olor tan fuerte puede resultar molesto para cualquiera, pero como asocio las mandarinas a buenas personas, no me molesta en absoluto. Al final decidí salir a tomar el aire, salir para poder sentarme tranquilamente lejos de aquel calor, pero me daba algo de vergüenza, así que hice como que estaba recibiendo una llamada al móvil y crucé la clase hasta la puerta. Los últimos metros fueron penosos, conseguí salir sin llamar demasiado la atención, pero una vez fuera me di cuenta de que estaba más mareado de lo que me había imaginado, subí corriendo las escaleras con el clásico coro en la cabeza del “no llego, no llego”, y justo llegué al retrete donde vomité toda la cecina, todo el pan, y las dos mandarinas peladas, pensé en dónde había ido la piel, pero luego me di cuenta que, de hecho, la había ido tirado en diferentes papeleras a lo largo de mi ruta casa-facultad. Vomité un par de veces más, y me asomé al balcón del servicio, vaya, pensé, no sabía que este lavabo tuviese un balcón así. Me enjuagué la boca, esperé un par de minutos, y volví a entrar en clase haciendo como que volvía a guardar el móvil en el bolsillo, entré justo al final, a tiempo para recoger mi mochila y volver a casa.
Por el camino volví a pasar bajo el acueducto, sólo que esta vez era exactamente igual que en la foto que tenía con mi madre, con haces de luz entre los arcos en la oscuridad de la noche, tenebroso y bello. Fue justo entonces cuando pensé que quizá debería hacer ejercicios mentales de memoria, para poder escribir los sucesos de un día cual novela, para practicar así y luego poder inventármelos. Tengo un cuaderno para apuntar cosas, pero no sería justo que anotase cada pensamiento, cada suceso cada minuto que pasara, no sería justo para mí porque me perdería muchas cosas haciendo esto, ni sería justo para la gente que me rodease, porque, no siempre, pero a veces, merecen toda mi atención. Por eso me he aventurado a ponerme delante de una hoja en blanco y a ir llenándola con todo lo que he ido haciendo en este día desde que abrí los ojos hasta el momento en el que escribiese no ésta, pero sí la última frase. Entiendo que nadie va a querer leerse dos mil doscientas palabras que narren un día en la vida de un servidor, no lo he hecho por eso. Simplemente es un experimento, un ejercicio si quieren. 

2.3.11

Río seco.

Parece que voy acostumbrándome a largas temporadas de sequía en el cauce de palabras de mis adentros... no me gusta.

Recuerdo cuando hace tiempo conseguía tener un tema del que escribir cada día, aunque la calidad no fuese buena o las palabras estuvieran vacías... me sentía a gusto con poder decir algo a alguien.

Ahora no sé qué es lo que pasa, supongo que todo el mundo que se dedica a esto pasará por estas rachas -eso quiero pensar- pero me asusta imaginar que aquel arroyo del que brotaba cada párrafo haya dejado de fluir.

¿Qué es lo próximo que quiero escribir?

Sentado en el váter como estoy ahora no creo que consiga sacar más que otra mierda.
Te odio, Inspiración, cuando te fugas con otro.
Rafael Lechowski

19.2.11

Un día.

Un día, no importa cual, había un gato saltando entre tejado y tejado, mientras, un perro atado a una farola le ladraba, el dueño de este perro estaba comprando el pan en aquella tienda, enfrente de la farola; y la dueña del gato ya hacía muchos años que no volvía a coger aire tras su último suspiro.


Al otro lado de la ciudad, un niño estaba delante de un cuaderno, castigado, a la par que sus amigos correteaban por el parque de recreo. Su profesora aprovechaba esos minutos para descansar con su café y sus cigarrillos, joven, pero ya harta de la vida que escogió y decepcionada con el futuro que espera.

Un importante hombre de negocios cruzaba la calle tranquilamente, cuando, a un par de manzanas de allí, un conductor se saltaba un semáforo y atropellaba a una madre de familia mientras volvía a casa.

Al día siguiente, el gato volvió a saltar da un tejado a otro, su dueña siguió durmiendo, pero no había ningún perro atado a la farola que le ladrase, sí gente en la tienda delante de la farola, pero ninguno era el dueño de ese perro.

Los niños jugaban en el parque mientras la profesora se relajaba con su café y sus cigarrillos preguntándose si el resto de su vida seguirá así e ignorando la razón de la ausencia del pequeño que siempre está castigado en clase durante el recreo.

28.11.10

Arriba, donde los calcetines.

Una vez más, me quedé sin historias que contar -aunque me quedan algunas que me reservo para mí solo- espero que ésto no dure mucho porque... ya es algo necesario. Deambulo por cada rincón de mi cabeza buscando las palabras que sé que había en algún cajón de más allá. No sé si lo que me afecta son las cosas que pasan o las que yo me imagino, alguien, supongo, lo entenderá algún día.

Que pase este día, o esta noche, o lo que sea. Quiero que vuelva.

12.10.10

Día H, segunda parte.

Esta vez me gustaría lanzar la pregunta... ¿Qué pasa con la bandera de España? ¿Es de verdad nuestra bandera?

En días como el que viene mañana se podría decir que sí, pero no más que cuando la selección juega algún partido o torneo importante, aunque por casi todos es bien sabido que lucir la rojigualda es sinónimo de conservadurismo, e incluso de fascismo.

¿Pero por qué?

A mí no me gusta tampoco que se conserve una bandera que durante casi 40 años fue el símbolo de una penosa dictadura, y me encantaría como al que más que se cambiase por una con algún toque púrpura y sin sangre azul ni títulos nobiliarios obsoletos e inútiles, pero también me gustaría que la actual no tuviese las connotaciones que recaen sobre ella, porque es como negar el derecho de libertad a levantar una bandera que para cada uno de los 47 millones que vivimos en este pedazo de tierra representa de una forma distinta. ¿Por qué no?

18.4.10

Notas de Autor II.

Volví otra vez, pero por el camino perdí el polvo de hada que me dictaba las palabras.

Aquella vez los reflejos que veía no eran por la bebida, brilla, brilla, era una brújula, solo que ésta no señala al norte, que es mi casa.

Me hacían falta más palabras, y las busqué en una botella... el límite es el cielo ¿no?

Caminando encontré una especie de criatura con forma de pene... pensé -¡Ay Señor! ¿Qué clase de engendro se me cruza al paso? ¿Qué es ésto? ¿¡Qué es ésto!? Le hago un favor pisándolo y acabando con su miserable existencia...- Pero me lo pensé mejor, y brindé por la biodiversidad.

Está loco, déjalo.

Al final del día, que en verdad era el principio del mismo, mientras los pájaros silbaban al sol, yo me puse delante del cuaderno, siempre la hoja en blanco que me encanta, y sin querer -o más bien queriendo- estropeo con todas estas gilipolleces que me salen. ¡Qué asco de humanos!.

22.3.10

Día Internacional de...

Siguiendo la línea -o moda, como queráis- de establecer Días Internacionales de... me gustaría que el 21 de Marzo fuese el Día Internacional de beber cerveza solo en casa, hasta llegar a un estado de embriaguez -llamémosle borrachera- individual que, si todo el mundo o al menos gran parte consiguiese, sería una borrachera colectiva.

Con esta celebración se pretende un estado de empatía ebria con la gente que busca inspiración en la bebida, sin olvidarse de los que no tienen ni encuentran pareja (ni esperanza en conseguirla) y tampoco de los que simplemente no tienen amigos.

Brindemos pues, cada uno en su casa, por este día, y por que todo vaya mejor.

Borrachos del mundo: ¡Uníos!

Tengo otro litro enfriándose en el congelador... pero hoy es para mí solo.