Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

28.2.22

Phábula de Esquilo y Quelonio | canto decisorio: El asunto quelonio (Parte II)

(Parte I)

              Hermes, el heraldo de los dioses, desciende de los cielos sostenido por sus deportivas Niké aladas, sacude su caduceo engalanado con guirnaldas y anuncia:

HERMES:             ¡APUESTA, APUESTA, APUESTA!

ESOPO:                ¡Estupendo! Ya está todo dispuesto para el pistoletazo de salida, honor que corresponde al semicentauro Antónios, el único centauro de la ecúmene que carece de cuartos traseros equinos.

ZENÓN:               Pues a mí me parece un tipo normal.

               En ese precioso instante, Antonios levanta sobre su cabeza una Smith & Wesson reglamentaria y dispara al aire, acertándole entre los ojos a un meteco de entre el público, y da comienzo la espantada.

ESOPO:                ¡Y ahí van! ¡La cierva de Cerinea se coloca rápidamente en primera posición, seguida de cerca por la liebre! La nube de polvo en suspensión apenas nos deja percibir lo que ocurre… ¡Oh! ¿Qué es lo que veo? ¡Parece que el catoblepas ha aplastado con sus pesuños a la mantícora enana! ¡Primera baja de la jornada!

ZENÓN:               Ha quedado convertida en un auténtico despojo, desde luego.

PORFIRIO:           ¡Qué infortunio!              

ESOPO:                ¡Atención ahora porque se acercan a la ribera del Glafkos! ¡La cierva lo salta con la elegancia de un gamo, la liebre hace lo propio y les siguen todos los demás haciendo gala de las más diversas técnicas de natación, brinco y/o planeo! ¡Pero qué ven mis ojos! ¡Parece que el hipocampo está teniendo problemas en su propio elemento y…! ¡Sí! ¡Se va a pique sin remedio! ¡Hipocampo fuera!

PORFIRIO:           ¡No! ¡Era mi favorito!

ZENÓN:               ¡Pasto para las anguilas electrónicas! ¡Guau!

ESOPO:                ¡Ojo, que aquí no hay pausa! ¡Un tartesio emperifollado de luces irrumpe en el camino con mucho arte y apuñala al ofiotauro en todo el lomo con un estoque de Damocles! ¡Otro menos!

ZENÓN:               ¡Olé!

PORFIRIO:           ¡Desde luego, no hay derecho!

ESOPO:                ¡Se aproximan ahora a la encrucijada de Clarksdale, Misisipi, donde deberán tomar el camino de la izquierda para no salirse de la ruta! ¡Pero qué le pasa a la esfinge, por Hécate!

PORFIRIO:           ¡Parece que duda!

ZENÓN:               ¡Efectivamente! ¡No sabe qué camino escoger!

ESOPO:                ¡Me cago en el lacto! ¡Se acaba de desgarrar la garganta con sus propias zarpas, presa de la desesperación catatónica!

ZENÓN:               ¡Fíjate cuánta sangre!

PORFIRIO:           ¡Vaya chasco!

ESOPO:                ¡Y esto no para! ¡Quien tiene problemas en este momento es el catoblepas, que parece estar sufriendo un ataque de asma neumática por el esfuerzo! ¡Vaya! ¡Ha caído rendido entre estertores agoreros!

PORFIRIO:           Una hiperventilación alveolar de libro.

ZENÓN:               Sí, está muerto.

ESOPO:                Repasemos la clasificación; En el céfalo de la carrera la preciosísima cierva de Cerinea, seguida de cerca por la liebre, con varios cuerpos de ventaja sobre el pelotón compuesto por el resto de supervivientes de la hecatombe. Y atrás, más atrás, muy atrás, por detrás del todo, el pobre pobre quelonio, que por lo menos sigue a su ritmo lánguido, pero sin pausa. ¿Cómo lo ves, Z?

ZENÓN:               Pues te diría que, según la paradoja de la flecha y a efectos cuánticos, en este preciso instante no se está produciendo movimiento alguno, oigan.

PORFIRIO:           ¿Cuánto de cuántico?

ZENÓN:               ¡Cuantiquísimo!

ESOPO:                Hablando de flechas, ¿Habéis visto esa saeta silbando por los aires?

PORFIRIO:           ¡Ay, mi madre! ¡Es Heracles! ¡Parece que trata de dar caza a la cierva con su arco, el muy canalla!

ZENÓN:               Pues no es temporada…

ESOPO:                Tranquis, por muy semidiós que sea, jamás alcanzará con sus flechas a la divina divina cierva de Cerinea… Uf…     

ZENÓN:               ¡En toda la cabeza!

PORFIRIO:           ¡Menuda carnecería, rezeus!

ESOPO:                Pues, así las cosas, tenemos a la liebre en primera posición. Pero vaya…

ZENÓN:               ¿Es que no van a dejar de ocurrir cosas?

ESOPO:                ¡Ya te digo! Resulta que, confiada por su ventaja y haciendo gala de una petulante soberbia que jamás habríamos imaginado, ha decidido acostarse bajo un olmo y echarse una reconfortante siesta, ¡menuda es la liebre!

PORFIRIO:           ¡Es que es íbera!

ESOPO:                ¡Pues ahora es la pérfida quimera quien se coloca en cabeza! ¡Mosquis! ¿Qué daimones es eso?

               De entre los peñascos asoma una bestia extraña, una suerte de perro mitad lobo, mitad zorro, mitad perro, mitad cartún; conocido en las ignotas y bastas mesetas de Arizona como coyote (Carnivorous Vulgaris). De detrás de su lomo se saca un lanzacohetes homologado de la marca ACME y lo dispara sin contemplaciones. El proyectil ejecuta una parábola brownoidea con doble tirabuzón y carpado horizontal, impactando de pleno en la susodicha quimera y haciendo bum.

ZENÓN:               ¡Bum!

PORFIRIO:           ¡Por todos mis aliños! ¡La ha dejado hecha un yogur!

ESOPO:                ¡Ojo, porque ahí regresa Heracles a paso raudo! ¡Parece que aún le queda algún recado pendiente! ¡Sí, en efecto! ¡Alcanza sin despeinarse al jabalí de Erimanto y lo decapita usando sus propios pulgares!

ZENÓN:               ¡Qué pelazo!

PORFIRIO:           La verdad es que sí…

ESOPO:                ¡Bueno, bueno, bueno! ¡No nos distraigamos ahora, los contendientes se aproximan al último tramo del dólico, el decisorio! ¡Sortear el despeñadero del Afrodiso! Una insondable garganta más profunda que el mismo Hades, aunque también menos interesante, por no ser más que un boquete en el hueco de un hoyo en un agujero.

ZENÓN:               Eso es así.

ESOPO:                ¡El dodo llega primero, perseguido por el coyote, sacude sus ridículas alitas y…! ¡Sí! ¡Parece que, después todo, vuela! ¡Por detrás, el coyote, galopa varios metros por el vano hasta que repara en que está incumpliendo, como poco, diecisiete leyes de la física gravitacional newtoniana, muestra un letrero que reza “Oh-oh”, y cae, cae, cae al abismo dejando tras de sí la caricatura de un chistoso nimbo de pantomima con su figura!

PORFIRIO:           Y no se supo más.

ESOPO:                ¡Atención ahora porque ahí llega el cinocéfalo papión! ¡Se prepara para el salto y…! ¡Por Zeus! ¡El semisimio infla una especie de vejiga natatoria monstruosa en su abdomen y cruza flotando! ¡Lo veo y no lo creo!

ZENÓN:               ¡Joder, qué ascazo!

ESOPO:                ¡Y así, sin más, alcanza al dodo en pleno planeo y lo devora de una dentellada certera! ¿¡Pero qué!? ¡El peso del dodo en los mondongos provoca que el papión también se precipite al fondo de la fosa! ¡Qué final!

PORFIRIO:           Ya sólo quedan la liebre y la tortuga…

ESOPO:                ¡Justamente! Pero eso, como bien dijera Heráclito al meter los pies en el río, es otra historia.

CORO:                 Y tal que así fue como el célebre dólico de los aqueos llegó a su terminación como la misma vida; dejando un majestuoso reguero de sangre y ni un solo vencedor. El quelonio, sin embargo, prosiguió con su periplo a paso lento y desacompasado; y por ello imploramos a las musas que sean inspiradoras de este canto (que prometemos será el ultimisimísimo). Anduvo dilatados días a través del Ática, Beocia y Tesalia, y entre medias el dorado Apolo le afanó al bueno de Helios su esplendoroso carromato. Cruzó Macedonia entera y buena parte de la Tracia, y siguió, y siguió con eternizada parsimonia y se llegó después de eso hasta las lejanas tierras de Polonia, donde fue vilmente capturado por las broncíneas y oropeladas garras de un pajarraco de Estínfalo perverso y hitchcockiano. Este se lo fue a llevar por los aires de Céfiro, desvolando el camino practicado rumbo sur y doblando hacia occidente, pasando por la anhelada Ítaca donde Penélope tejía que te tejía una bufanda requetelarga para el rey Laertes. Atajaron por el mar jónico, que nada, pero nada, tiene que ver con los jonios, y, en una tierna mañana, alcanzaron por fin la trigonal y humeante ínsula de Sikelia. De esto que al avechucho de plumas de oro peladas le aguza un hambre atroz, y otea desde lo alto en busca de una buena piedra, aunque no fuera precisamente preciosa, contra la que arrojar su presa, destrozar el cascarón, y así dar comienzo a tal banquete. Y resultó que por allí mismo pasaba, en rutinario pindongueo matutino, un viejo carcamal eleusino y de reluciente cocorota, conocido en sus tiempos entre los hombres por el humilde y sobrevalorado antropónimo de Esquilo. Sucedió en un pliki, y de esto no hubo testigo alguno, que el quelonio, libertado por fin de las garras de su volante captor, fue a estrellarse de canto contra el cráneo del dramaturgo, resultando del todo incólume, pero dejando a este último metamorfoseado en una auténtica ruina minoica y perfectamente difunto, consumándose así el vaticinio profetizado por la Pitia allá en Delfos un puñado de años atrás. Después de esto, el tortugo se fue por ancas a paso sanguinolento y concluyó sus días quizá por Cabo Verde, o Madagascar, por ahí o por cualquier otro archipiélago similar de clima tropical y habla portuguesa. Heracles, sin en cambio, dio muerte al pájaro con otra de sus puntiagudas flechas y le llevó los despojos desplumados a su adorado Euristeo a la sombra de las pétreas columnas de la Argólida, que le obsequió con un amablemente con un cálido besito. Y ya como epílogo hay que decir que la altanera liebre jamás nunca volvió a despertar, y que cuando cayó el invierno se murió de frío.

18.4.20

Kippel.

Todo es Kippel. Lo que aún no es Kippel, terminará por serlo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización. Kippel es, por ejemplo, un fanzine arrugado junto al váter; pero Kippel también es la dentadura postiza de tu abuela muerta, atesorada en el fondo del cajón de la mesa camilla, y también lo es el flamenco de plástico de tu casa de verano, las máscaras samoanas, los accesorios de toda clase, los periódicos, la propaganda que colma cada buzón… tu taza favorita, esa que tanto amas, es un pedazo de Kippel y ni siquiera sabe que tú existes. Kippel son las cajas de cerillas que guardaste por nostalgia de una época que no viviste, y también lo es ese diploma de la pared, los trofeos, la televisión, los libros de la estantería y lo que sea que te haya dado por coleccionar, incluso tu propio apéndice está hecho enteramente de Kippel. Kippel es todo objeto-cosa que, incluso antes de un primer uso, carece ciertamente de valor estimable y cuya utilidad es, cuando menos, del todo despreciable. Si uno se descuida, el Kippel tiende a reproducirse exponencialmente como los baobabs y no tarda en dominarlo todo. Y así.


editorial para JOROSCHÓ #1: KIPPEL

22.9.18

Phábula de Esquilo y Quelonio | canto primero: El oráculo de Delfos.


Delfos, julio de 490 a.C.

                Un joven eleusino de reluciente cocorota llega a las faldas del monte Parnaso, morada por antonomasia de Apolo y su harem de nueve musas, tras seis, qué digo seis; dieciséis días de periplo, nada menos, y con toda la calor.

                Este joven de treinta y cinco años responde al antropónimo de Esquilo, y viene a pierna desde el Ática para consultar al oráculo acerca de su alopecia incipiente, también por su futuro y el de su familia; una añeja estirpe de terratenientes afincados en un bonito chalé adosado en los no poco acomodados y pudientes suburbios de Eleusis.

                Lo cierto era que, en aquel verano, caluroso, pero no tanto, la prensa de medio Egeo alertaba sobre el pneuma revanchista de Darío Palito, rey de los aqueménidas, y difundía rumores de lo más propagandísticos acerca de las ganas que éste le tenía a Atenas por el apoyo que ofreció a las polis jonias durante las revueltas del lustro pasado. Y claro, imperaba un temor generalizado hacia una inminente invasión de suelo griego por parte de esos medos morenos.

                Así que también por ello Esquilo viajó hasta Delfos para entrevistarse con la Pitia. Para saber dónde y cuándo atacarían; pues se había dejado una musaca en el horno y temía que justo llegaran los persas y se echara a perder.

                Total, que se llega a las taquillas del santuario y, una vez allí, un hombrecillo tras un cristal perforado le hace pagar dos dracmas y cuatro óbolos a cambio de dejarle entrar. “¡Dos dracmas y cuatro óbolos!”, exclamó Esquilo entonces, “Cuando era chico, con apenas diez calcos tenías tu futuro hasta solucionado”.

                Una vez dentro del complejo, se colocó al final de una larga cola de gente, que resultó ser la entrada a la tienda de regalos. “¿Suvenires?”, preguntó a otro tipo, “Pero si yo buscaba el templo de Apolo, daimones”. Le indicaron otra fila, si bien no tan larga, desde luego que más gorda, y le recomendaron que, si no traía un sacrificio de casa, pasara primero por el emporio de mascotas y pillara algo, no sé, cualquier cosa. “Aquí te sacan los dineros hasta por cagar”, vehemencionó Esquilo, y añadió: “¿Y por dónde?”. Y un índice erecto y dáctilo señaló: “Por ahí”.

CORO:                  Sucede ahora que Esquilo transpirado accede al emporio de mascotas, y ahí mismo se encuentra con una mujercilla con aires de Artemisa y suelo pélvico. El eleusino pregunta en prosa por alguna bestia que mortificar, a lo cual ella responde recitando las tarifas: ¡Liebres y felinos a seis óbolos el cuarto de kilo, lo que viene siendo un dracma, vaya! ¡Cinocéfalos enteros a dracma y medio, y los gansos por nueve óbolos, que es lo mismo! ¡Aries por cincuenta dracmas! ¡Sólo media mina! ¡Ternera a noventa! ¡Vaca ciento tres! ¡Buey por mina con cuarenta! ¡Uros a dos con diez! ¡Y justo nos queda un hipo semialado cual Pegaso que está de oferta por un talento o sesenta minas! ¡Por todos es bien sabido que cuanto más gordo y costoso sea el sacrificio, más precisas serán las predicciones de la Pitia!

                Esquilo pregunta ahora si no tendrán, por casualidad, algo más pequeño y económico, como un roedor, tal vez, o alguna suerte de lagarto, y la dependienta le responde: “Por un ratón, que por cierto son seis calcos, te predice, como mucho, el clima que hará a la tarde; y por un lagarto, a lo sumo, la hora que será en un rato… el lagarto te lo regalo”. Esquilo miró alrededor, dubitativo, meditabundo, indeciso, vacilante. Se rascó la coronilla y se mordió la uña del dedo flaco. Y, tal que así, dijo: “Ponme perro”.

                Finiquitada la transacción, nuestro joven protagonista de treinta y cinco años se presentó de nuevo al final de una larga cola de gente. “¿Suvenires?” “No, por ahí” “¡Ah!” Y, para cuando quiso darse cuenta, había pisado una elipsis y se encontró de bruces con la mismísima Mega Pitia de Delfos.

                “Que pase el siguiente”, dijo la Pitia. “Ya estoy aquí”, confirmó Esquilo. “Vienes a hacerme una pregunta”, dijo la Pitia. “De hecho, vengo a hacerte tres” “Tres preguntas son tres dracmas, las respuestas, como imaginarás, serán acorde al sacrificio ofrecido al dios que a usted mismo le venga en gana”, informó la Pitia. Esquilo aflojó la plata y dijo: “Traigo perro” “¿De qué raza?” “No sé, un chucho cinocéfalo, un mil leches” “¿Y cómo se llama?” “Creo que Juan” “Está bien”, puso a Juan sobre el ónfalo, “Consulta pues”.

                Volvió Esquilo a llevarse la garra a la coronilla, vacilante y dubitativo, indeciso y meditabundo, pestañeó varias veces y dijo: “¿Seré calvo?”. La Pitia agarró un cuchillo terrible, susurró unas palabras en griego antiguo, pero antiguo antiguo, y apuñaló a Juan en la garganta. A continuación, recogió la sangre en una crátera de bronce, se la llevó a los labios y bebió y bebió y luego escupió un chorro rojo a la cara de Esquilo estupefacto, se limpió después la boca con el himatión, sonrió, y dijo, con voz ronca y profunda: “Guau”. Esquilo se enjugó los párpados y preguntó, confuso: “¿Eso es que sí?”, a lo que la Pitia, acariciando el cadáver, contestó: “En el pelo pone eso: más calvo que un arenque”, y, mientras examinaba las entrañas de Juan, añadió: “Ya has formulado dos preguntas, ¿Cuál será última?” “No lo sé, dímelo tú” “La cuestión que habita tus adentros y que mora tus humores es mucho más sencilla y tanto más primaria, pues es la más muy antiquísima que se recuerda y que inquieta a la raza humana, y esta es cómo y cuándo moriré, y qué me espera cuando me vaya. Y a ti en verdad te digo, joven de treinta y cinco años, que hay unas alas de plumas oropeladas haciendo círculos sobre tu cocorota pelada, pero no temas por la amenaza de los medos, pues serás maratonómaco y sobrevivirás a Salamina y a Platea, aunque no te sé decir qué fecha, y te crecerá la barba y se blanquearán tus cejas, y un buen día irás derechito al Hades, con el céfalo hecho salsiki, aplastado por un oikos en un pliki”.


16.1.17

Descerebramiento.

Hace un tiempo, me sometí una novedosa terapia de descerebramiento. No sé cuánto con certeza, porque de eso mismo se trata. Y funciona de maravilla; a mitad del proceso no podía recordar más que mi nombre y mi talla de alpargatas, poco más; y a duras penas conseguía balbucharlar silogismos con cierta coherencia, pues cualquiera de mis pupilas, indistintamente, se distraía con los carámbanos de saliva que pendían elásticos de entre los pelos de mi barbilla; y así perdía el hilo del discurso, oblongo y viscoso, como lianas de baba deslizándose por las plieguecomisuras de los belfos y con cara de bobalicón.
Durante aquel periodo no soñé nada, eso creo. Tampoco me preocupé. Sí lo hice después, al cabo de un rato, cuando empecé a soñar ovejas contando pablos. La primera noche pasaron treinta y cuatro mil ciento noventa y nueve pablos, coma uno. Y cada noche las ovejas, que eran un montón, pero no tengo ni idea de cuántas, continuaban rumiatando pablos, contando desde donde lo habían dejado la noche anterior, más dos pablos con setecientos diez milipablos como corrección para adaptarlo al calendario de los pestañeos. Y, de todas las ovejas que había, estoy casi seguro del todo de que ninguna era una oveja propiamente dicha; lo que tú o yo o incluso cualquiera tildaría de óvido. Para nada. Ni siquiera se acercaba a la definición más elemental de placentario ungulado. No eran ovejas de ninguna manera. Ni de lejos. Ni en un siglón de años. Qué va. De todas formas, así vistas, con el traspárpado granate y semiopaco, parecían ovejas de cualquier modo. Ovejas contando pablos. Cangrejos contando aguacates ¿Qué más da? Noche tras noche trasnochando. Nombres contando limas, números contando cifras y ovejas contando pablos ¿Y ahora qué, eh? Ahora somos un gúgol.
La técnica de descerebramiento es tan protosimple como nociva, si no se aplica en capas uniformes, como la crème patissière, y con un palustre flexible, pero no demasiado flexible. Primero se saja la epidermis con cualquier suerte de escalpelo por el ecuador del cráneo, o tal vez mejor por el trópico de cáncer, más o menos sobre la línea de las cejas, las marrones. Esto es para marcar el camino del corte ulterior, así que, en su lugar, también se puede utilizar un boli, o un rotu, o algo por el estilo, algo que pinte o cercene. A continuación, se procede a serrar el cráneo por el surco trazado. Antiguamente, los patacesores que oficiaban tales prácticas en lúgubres mazmorras del Prenacimiento, hacían uso de una humilde sierra de Gigli enrollada en torno a la testa para descapuchar al paciente en un santiamén relativo. Ahora, con los tiempos que corren, que resbalan, que vuelan, se secciona la cubierta de la cocorota con un puntero láser y ya sólo queda rascar un poco la corteza y extraer los lóbulos del relleno sin dejarse ni media meninge ni una miga de bulbo raquídeo. Apenas sin dolor, aunque, después de eso, como cualquiera puede comprender, uno se queda con el sistema límbico hecho un ascazo.
Desperté, como ya dije, con la pechera empapada de babazas y un par de tuercatornillos de mariposa en sendas sienes. Yacía en un panal reseco y mohíno que apestaba a espray ambientador, en lo alto de una araucaria. Pasé ocho días y tres noches atrapado en aquella puta conífera sin saber cómo bajar. Por estas latitudes el sol oscila raro. Y, al fin, en el crepúsculo vespertino del cuarto octavo día, pasó por mi lado una cigarra fumando celtas y comprendí que ese árbol no era tan alto ni tal, ni tampoco el panal, por cierto, si no que se trataba de un zarzal completo y una vejiga de rinoceronte mustia, respectivamente.  Le pregunté a la cigarra que qué tal, y le pedí ayuda para libertarme del matojo, que se me estaban clavando las espinas todas en el culo, le dije:
—¡Oye tú, cigarra! ¿Qué tal?
—Ni fu, ni fa —respondió, expeliendo una generosa bocanada de humo.
—Pues ayúdame entonces a salir de este punzarbusto, que se me están clavando las espinas todas en el culo.
                Se negó en rotundo, mencionó algo acerca de sus competencias, y algo más, no sé qué de unas hormigas, y que tenía cosas que hacer, dijo:
—Me niego en rotundo. Soy una cigarra ¿No lo ves? Lo único que tengo que hacer es estridular aquí y allá y rascarme bien la barriga. Por aquí pasa una formipista ¿No la ves? Enseguida desfilarán las hormigas por aquí mismo y yo estaré frotándome para ellas, a ver si, con suerte, me dejan un poco de grano o una pizquita de néctar que pitear.
—Pierdes el tiempo —le contesté, dando voces—. Todo el mundo sabe que los himenópteros no sueltan ni media.
 —Tú no me has oído estridular —me espetó
—No, eso es cierto —concedí.
—Pues te advierto —me advirtió— que yo estridulo como ninguna, pedazo de nalgaespín. Cuando yo estridulo la gente se marea y dice: “¡Uh, uh! ¿De dónde sale? ¡Uf, uf! ¡Nos tienen rodeados!” Y es que, cuando yo estridulo, no se oye nada más.
—¿Y crees que a las hormigas les gusta que les estridulen al oído mientras se desloman el tórax? ¡Eres una majadera!
—Pues ahí te quedas, cabeza de chorlito, con tu culopincho.
Y se fue zumbando a estridular a otro lado.
Otra semana después —ésta de sólo dos días, pero una noche que bien podría haberse titulado “Era básica y obscura”—, desperté acurrucado entre los marchitos restos del zarzal. Mi trasero estaba curado y las ovejas ya habían computado un gúgolplex de pablos y empezaba a temer quedarme sin espacio, aun con esta cabezota lesa y bien diáfana. Me aseguré de estar justo debajo de la vertical y, cuando estuve seguro, enfilé hacia adelante —que es, de hecho, la única dirección por la que sé caminar. Mí no ser un intelectual.
No tardé con encontrarme con alguien. Lo cierto es que venía escuchando desde lejos unos plañillantos desconsolados. Era un tipo gordesmirriado, de barriga esférica y piernecillas de jilguero. Digo que era un tipo, pero bien podría decir que se trataba más bien de siete octavos de tipo. Estaba ahí postrado, sobre un tocón bañado en sangre, con las rodillas hincadas en el barro. Gritaba de dolor y se sujetaba un medio antebrazo del que borbomanaba un chorro de sangre espesa como natillas. La cimitarra se mantenía clavada en la madera y, frente a las dislocadas encías del infeliz, su mano escindida y sanguinolenta parecía querer despedirse mediante un intrincado y macabro lenguaje digitado de espasmos y contracciones que ninguno de los presentes supimos descifrar.
—¡Qué es lo que has hecho, animal! —le grité.
—¡Justicia! —profirió orgulloroso.
—¿Justicia de qué? ¡Estás chiflado!
—¡Soy un ladrón! —exclamó— ¡Y de la peor calaña! —hizo una pausa dramática para gimotear y me miró a los ojos con semblante suspensivo y sobreactuado—. Y a los ladrones por aquí se les cortan las manos.
—Con que eres un ladrón, ¿eh? —solté una carcajada— ¡Já! ¿Y se puede saber qué es eso que has ladroneado para tener que muñonizarte?
—¡Ladroneé mi tiempo! ¡Lo confieso! —se derrumbó sobre el tocón— ¡Escatimé con los instantes, y los momentos los guardé para luego! ¡Escondí los ratos bajo llave y me usurpé hasta las estaciones! ¡Soy un vil ladrón y ahora que me hago viejo lo comprendo! —escrutó la espantosa y herida de su medio antebrazo, aún sangrietante— ¡Sólo me estaba ladroneando el tiempo a mí mismo! ¡Me ladroneé la vida sin darme cuenta! ¡Qué estúpido que soy! Fíjate si soy estúpido, que traté de ejecutar yo mismo mi castigo sin ser consciente de que, después de desprenderme de una mano, no podría librarme de la otra.
—Ya sabes lo que dicen: Una mano rebana la otra.
—Creo que no es así.
—En cualquier caso, puedo ayudarte. Si quieres, te siego la que te queda en un periquete.
—No funcionaría —musitó.
—¿Y por qué no, eh? —inquirí, ofendido— Me ofendes.
—Pues porque yo soy la víctima que ha de vengarse por todo el tiempo que le ha sido ladroneado —respondió, resoluto—, y porque, si tú me cortas la mano, yo tendría que cortarte a ti la correspondiente. No tienes ningún derecho a aparecer de la nada, cuando nadie te ha llamado, y pretender amputarme la única mano que me queda, demonios.
—Vale, vale —ejercité un aspaviento—. Sólo pretendía ayudar.
—Pues poco favor me haces.
—¿Sabes qué? Creo que ahora me has ladroneado el tiempo también a mí.
                Me cobré cuatro dedos por aquello, que guardé en mi bolsillo. Y me largué de allí, dejando al desgraciado con sólo un pulgar para dictaminar justicia. Me arrastré por un páramo, taciturno, como quien vaga cargando a cuestas su propio cadáver; así de mal. Y fui a toparme con una ringlera de hormigas. Una hormiga decía: “¿Os habéis enterado?”. Y las demás coreaban: “¿De qué, de qué?”. Y seguía la primera: “¡La cigarra se ha muerto! ¡Escarchangelada de frío durante el invierno!”. “¡Hurra, hurra!” gritaban unas, “¡Oé, oé!” clamaban otras, “¡Viva, viva! ¡Ya no joderá más con ese maldito chirrío!”. Y la cáfila se desantenizaba de la risa. La primera volvió a hablar: “¡Eso le pasa por no trabajar!”. “¡Por no trabajar!”, chascaturreban las demás. “¡Por no trabajar!”, repitió la anterior. “¡Por no trabajar!”, redundaron las otras.
—¡Basta, basta! —grité yo, tapándome los oídos— ¡La cigarra sólo intentaba amenizaros la brega estridulando para vosotras ¿Y así se lo pagáis? ¡Pues tomad caucho, canallas!
                Pisoteé hormigas andando como un funámbulo durante, lo menos, tres leguas, y, después, me detuve a descansar a la sombra de una araucaria. Claro está que, antes de eso, llevé a cabo las pesquisas pertinentes para tener la certidumbre de que, efectivamente, se tratara de una araucaria auténtica. Y así era, por el momento.

                Tras una elipsis imprevista, abrí un ojo en silencio, procurando no despertar al otro. Tenía sed, lo cual no es raro, yo suelo tener sed a menudo; pero se suponía que el descerebramiento era mano de Ubú con la potomanía. Miré mis manos y ya no eran eso; eran pezuñas. Y mi pellejo habíase cubierto como de una capa de fibra de algodón bastante cómoda y esponjada. Intenté balar, aterrorizado, y de mi hocico brotó un alarido simiesco, para nada digno de una oveja, y se despertó mi otro párpado, y así fue como descubrí que, después de todo, me la habían vuelto a jugar con la araucaria, y que, desde el principio —y esto lo explica todo—, estaba yo y mis gúgoles de pablos confinados en un batiscafo, sumergidos en medio del oceazul. Pablo le dijo a Pablo: “¡Haz algo, que nos hundimos!”. Y Pablo le contestó a Pablo: “¿Qué quieres que haga yo? ¡Esto es un batiscafo! ¡Se supone que tiene que estar hundido, es así como funciona!”. “¿Y a mí qué me cuentas, eh?”, respondió Pablo a Pablo, “Seguro que tú tampoco sabías qué diantres era un jodido batiscafo antes de todo esto!”. “Basta, basta, Pablos”, dijo ahora Pablo, “Dejad de discutir y atentos: Está pasando algo”. 

Daniel Johnston

14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

12.8.16

De morirse.

Morirse, después de todo, es una faena. Más que nada, porque uno se muere sólo una vez, y ya está. Es una responsabilidad terrible el morirse. El episodio final, último capítulo, el estertor definitivo, fenecer, despedida y cierre.
Nacer, se nace y ya. Uno está tan tranquilo, en su útero, chupando de la placenta, tan a gusto y va, y nace. Pero morirse, o mejor: cómo morirse, casi siempre, puede depender de uno. Al menos tenemos cierto margen de acción consciente, o, incluso, si me apuras, uno puede elegir exactamente cómo y cuándo morir. Y de elegir, al fin y al cabo, es de lo que se trata eso que llaman vida.
                Por eso, cada muerte, la muerte propia digo, la de cada uno, ha de ser memorable. No sé, si tu destino irremediable es diñarla en la camilla de un hospital, procura que alguien se acuerde, aunque sea por unos días. Yo que sé, ve pensando un epitafio ingenioso.
                Yo conocí a un tipo que se murió por un palo santo que se dejó encendido en la mesilla durante toda la noche; intoxicado. El primo de la amiga de una exnovia que tuve, se resbaló con un pellejo de banana y se precipitó por la escalera, rompiéndose el cuello. Y un quídam con el que coincidía en la taberna, la diñó estornudando en la ducha y destrozándose el parietal derecho contra la alcachofa; al parecer, balbucearía sinsentidos, desangrándose ahí tirado, agonizando en el plato, haciendo aspavientos con este brazo, así, y los dedos retorcidos, y los ojos desorbitados: esa no es manera.
                Sueño a menudo que voy en zancos y me distraigo con una mariquita, que se me posa en la mano, y entonces me topo con un cable de alta tensión que me deja tieso y me despierto. Algunas veces me imagino paseando por la calle, tal vez silbando cualquier melodía pegadiza, y, de pronto, un piano cae defenestrado de una quinta planta, o incluso de una octava, y me deja liso y plano como un folio y bien planchado. Es una ilusión que llevo.
                No creo que yo quiera morir, simplemente espero tener una muerte elegante. Algo acorde con mi carácter aventurero y estético, silencioso y locuaz como la cáscara de una nuez o las pestañas pineales. De todas formas, nunca supe explicarme, así que de poco importa.
                Ya lo dije antes: Nacer, se nace, porque no hay otra. El crecer depende de cada uno, ya se prefiera a lo alto, a lo ancho, o a lo profundo. De reproducirse ya hay que tener, más que nada, suerte y ganas, y, de hecho, es opcional. Pero morirse… ¡Ay, morirse! Morirse es lo justo. Lo necesario. Morirse nos iguala a todos, la muerte es lo que compartimos. Eso que dicen.
Yo digo que no. Que uno puede ser recordado así por su vida como por su muerte. Hay, como en todo, ciertas categorías. Al cuñado de la exnovia de la que te hablaba, le recomendaron apio para calmar los nervios y, de sordo y de tonto, él entendió opio, y acabó de caballo hasta las cejas, tirado en una cuneta y con el chándal todo cagado, y meado, y hasta aquí de vómito, sin sonrisa y la mirada para allá. Una lástima. Y da igual que hubiera sido un neurocirujano reputadísimo o la puta Madre Teresa de Calcuta, que yo le recordaré siempre como ese yonqui apestado que la palmó de sobredosis.
A eso voy: Pon tanto ímpetu en tu morir como el que dices que pones en tu vivir. Carpe Mortem. Es casi el mismo juego, la ronda decisiva: Lo importante es irse con estilo.
Me cuento entre los que anhelan una vida tranquila, sin sobresaltos, dejándose mecer y estirada como un hilo; y a estos nosotros no les deseo, para nada, una muerte ajetreada. Por eso dije lo del epitafio, porque no requiere hacer gran cosa, más que nada, decir algo como “huevo”, o “atún”, o quizá “¡ay, caramba!”, o lo que se le ocurra al moribundo en cuestión en ese momento. Tal vez contar un chiste, aunque sea a medias, o empezar a revelar un secreto, guardado cautelosamente durante años y paños, para callarse en el momento clave y espirar el último hálito dejando a todos con la intriga.
Hay muertes de género, como pasa con el cine o la literatura. Hay muertes graciosas como aquel que se muere de la risa, y muertes tristes como la de Mufasa. Hay muertes misteriosas, desapariciones sin dejar rastro. Helter Skelter, holocausto, también tiernas con un beso al veneno de sus labios.
                Yo no me decido entre la muerte por kiki o la combustión espontánea en plena entrega de la Grande Gidouille de platino para el menda. Sin duda, la de paciente cero en un apocalipsis zombi tiene su qué, pero tampoco quiero perderme el rollo del jaleo y la supervivencia ulterior.
                Todo depende de los gustos de cada uno.
                Dicen que cuando uno la palma ve su vida ante sus ojos como en diapositivas. Recuerdos velados, sobreexpuestos, olvidados. Una retahíla de la rutina que es el transcurrir sigiloso de los días. ¿Con qué te quedas? ¿Con tu boda o con aquella vez que te bebiste diecisiete chupitos sin vomitar y encima ligaste con aquella princesa de Java? ¿El día de tu graduación o en plan zen, y te quedas con el compendio holístico de lo que fue tu tránsito por la tierra incluso antes y después del mismo, mientras porfías bonitos vocablos como “fluir”, “el ahora”, o “clinamen”?
                Yo me quedaré con el instante de mi muerte; porque va a ser lo último que recuerde, después de todo, lo último que me pase.

Y qué faena. 

19.2.15

Miedo y Asco en el velorio de Manu.

         Trataba yo de alcanzar con unos escuálidos dedos que me eran ajenos una pieza de fruta reluciente que pendía de esa rama aterciopelada vestida con cuentas de colores bien brillantes, y, al ver que por más que mi brazo se estirara como el del Señor Elástico jamás alcanzaría siquiera a arañar la resplandeciente pulpa, me situé en una pastilla de jabón del tamaño de un tapir malayo y procuré ponerme cómodo. ¡Ring, ring! Sendos rayos relampagueaban reflejándose en los charcos del suelo. ¡Ring, ring! Apunté con mis pies al cielo y tiré de mis orejas para hacerme un burka de cartílago. ¡Ring, ring! Volaba un pájaro. ¡Ring, ring! ¿O quizá… soy yo…, que estoy yendo… muy… despacio?

         ¡RING, RING!

         Despegué la cara de la almohada y entre las legañas divisé el origen de mis tormentos; el teléfono se estremecía con enojo. ¡Ring, ring! Ahora silencio.

         Estoy en casa, y tras las cortinas se adivina un sol. Mis párpados están como pegados y visto la ropa de antes de ayer, pero al menos estoy en casa. Estoy despierto. El desorden habitual no parece haber experimentado cambio alguno. Mi caos sigue siendo mi caos. Y además es miércoles. Estoy despierto.

         ¡Ring, ring!

         Es César: Malas noticias, Manu ha muerto. ¿Qué ha pasado? Ada lo encontró desnucado en el rellano del club, al parecer resbaló con una piel de plátano. Sí, a Manu le encantaban las bananas. Eso. Qué lástima. Yo aún no me lo creo. Ya. En una hora es el velorio. ¿San Lundo? Sí. Me visto y voy. Vale, nos vemos.

          Estoy frente al lavabo. Miro las cuencas de mis ríos en el espejo. Me enjuago la cara. Manu… Mis pupilas se reflejan en el cristal y en ellas, que son de vidrio, se refleja el propio cristal y me parece que aún sigo colocado.

         No tengo camisas blancas, me visto con un polo gris. La corbata negra de cuando acabé el instituto no aparece por ningún cajón y no sé si abrocharme todos los botones del cuello o dejar un par de ojales desnudos. Tengo unos vaqueros sucios que pasan por negros y una chaqueta oscura que pinta como nueva. Los calcetines son blancos y tienen tomates, pero eso con las zapatillas puestas no se nota y ya estoy listo.

         Estoy en el autobús. No hace calor, pero mi espalda suda como una cascada de residuos y una señora me escudriña de reojo con cara de estar oliendo mi alma perturbada y no gustarle nada. A propósito de estos pensamientos, se produjeron una serie de movimientos peristálticos en mis tripas que literalmente me tocaron en la punta del agujero desde dentro y yo di un respingo metiendo aire. Un sudor frío que apestaba a muscimol me recorrió la frente y lamenté no haber ejecutado un desahucio intestinal antes de salir de casa. Rayos.

         Próxima estación: San Lundo. Pulso el botón. Clic.

         César espera en la puerta fumando yerba. Me ofrece unas caladas. Nos damos un abrazo. Yo le pregunto por el baño y él me dice que aguante, que el acto va a empezar. Yo digo: ¿Acto? Y él abre la puerta y me acompaña dentro.

         Estamos en un mausoleo iluminado por antorchas. Ada llora mientras deja un ramo de mandrágoras a los pies de Manu, que está en un sarcófago como el de Tutankamón, de oro de imitación y ornamentos de sucedáneo de turquesa. Alicia ocupa un asiento, se ve con mejor aspecto que yo, aunque sus ojos están tristes y ausentes; así también es preciosa. Mafalda se mira las palmas de las manos sentada más allá y, al otro lado, Wanda piensa o dormita con solemne templanza. Mis tripas musitan algo.

         Tirito. Me enfado con mis entrañas por no dejarme llorar a mi amigo. Me siento junto a César en un banco con el culo apretado. Nadie habla. El sarcófago seudoegipcio ocupa el centro de gravedad de la cripta y a mí me repta un escalofrío por el espinazo. Se me escapa un pedo, a Melvin se le levantan las orejas como a un zorro acechando un conejo. Se revuelve en su asiento, olfateando. Buscando al culpable, tal vez dudando de su propia inocencia. Pronto sólo quedó el aroma de la brea quemada en las antorchas y no hubo más pesquisas. Sollozos pasajeros. Nadie habla. Nadie habla y me duele la barriga.

         Estoy sentado. Sigo sentado. Un tipo vestido de Elvis oficia el funeral. No entiendo una palabra. Hay una culebra en mi vientre que se revuelve. Edgar sale a continuación y recita de un papel arrugado unos versos negros como el envés de los párpados, para terminar con una desquiciada palabrería que me trajo a la mente al monstruo de Frankenstein. Sudo. Sigo sudando. Mi tez es como musgo fresco en la mañana o un filete en la nevera. Tirito. Mi esfínter está tocando a la puerta de atrás con un ariete de barro blando y con este silencio tan alto no me oigo ni pensar.

         Eco canta ahora. El gran concierto en el cielo, de los Pink Floyd. Mi cabeza se obnubila y la anguila comienza a oscilar y se desliza a escondidas de mi retina distraída y me pringa. Se siente húmedo y cálido ahí abajo y ni me atrevo a moverme. Catástrofe. Busco un agujero. Que se abra el cielo. Que Tutatis nos aplaste sin miramientos. Que desaparezca, por favor, esta pasta diarreica de mi pantalón.

         Melvin se agita de nuevo. Yo miro mi regazo y aprieto los dientes para teletransportarme. Kenzo susurra a Néstor que ya empieza a oler a muerto y yo apenas consigo aguantarme una carcajada histérica que brotó de mi glándula pineal en forma de llanto.

         Estoy llorando ahora. Todos lloran conmigo. Mis calzoncillos empapados y además me falta un amigo. Todos lloran. Siguen llorando.


         Aprovecho el diluvio para encaramarme a una góndola y, remando con las manos, me escabullo sin despedirme y dejando tras de mí el nauseabundo aliento de mi alma perturbada. Huir. ¿Dónde huir, si está todo ya ocupado? Escapar. Desvanecerse en un desván. Huir. Tratar de. Escapar.

11.1.15

Le tumb.

Ardía por los bordes y a aquella atmósfera parecía no importarle nada. Se partió una cáscara en trescientas doce astillas y brotó un líquido así de líquido que nos empapó hasta el sésamo y aun así nada se abrió ni flaquearon las diminutas comisuras. Arañé una costra de petróleo partida por la mitad y el viejo vino rojo venga a palpitar susurrando surcos y venga a amanecer con el sol erecto entre los pinos y las legañas como luciérnagas desnudas y trasnochadas. Los latidos, algo así. Un aullar bajo esa luna con las estrellas impávidas como testigo. Una caricia, un látigo en el regazo con el lubilubar de la luna sobre las sábanas y ese lunar en la nuca. Demasiada realidad en un simple soplo con los pies descalzos otra vez y apenas dos ojos empapados para verlo todo. Al fin y al cabo, ¿Quién soy yo en medio de todo esto, quién parpadea a cada instante dibujando fronteras entre los fragmentos de una vida? Al amanecer todo se cubre de una coherencia absurda y no sabemos si saltar de alegría o llorar por lo mismo. Cargo un petate petado de calcetines y amarguras; de todas formas sé que çe la vie y que está en mi cerebelo como un esguince. Lo material cubierto de linóleo y fórmica se queda en su sitio donde lo dejes y emite con sigilo una pulsión de muerte. Con el plástico pasa lo mismo. Si acaso pueden presentarnos una pinza irisada o invitarnos a una croqueta, que nos van a alegrar el día. Pero eso que te hace crecer y que te hace sentir pequeño no se paga con dinero y no se puede coger.


2.9.14

Un mochuelo.



         —La trampa del juego —mencionó el viejo Odinoco a modo de despedida— es que el tiempo nunca se agota, y uno sólo puede intentar perder su partida con la mejor puntuación que pueda conseguir.

         Las noches en el café Scolivola se habían vuelto de lo más solitarias desde la muerte de Graziano un año atrás y si uno se quedaba quieto un instante casi podría percibir el leve eco de las reuniones del Círculo que acá se celebraban; sin embargo ahora sólo se oye el tintineo de las cucharillas y un distendido bullicio aleatorio e inconexo.

         El Círculo era la ocasión perfecta, varias veces por semana, para que uno fuera quien quisiera ser, algo sacado de las reuniones del Club de la Serpiente, la montaña de la pitón, los alegres bromistas y los payasos sagrados. El Círculo era un círculo vicioso, como todos los círculos.

         Después de la muerte de Graziano todo aquello perdió el poco sentido que cualquiera podría encontrarle. La gente dejó de asistir, y ya sólo somos unos pocos los que nos dejamos caer por aquí de vez en cuando.

         Sorbí un poco de la espesa espuma de mi stout y abrí un viejo cuaderno de cuero por una página en blanco y me puse a rememorar, aún con algunas lagunas, una imaginaria travesía por el desierto.

         »Vagaba, una vez más o no sé desde cuándo, por el desierto. Un desierto blanco que no era de arena ni de hielo ni de sal. Un desierto blanco con un cielo blanco que apenas se distinguía en su encuentro. Un desierto horizontal donde uno sólo puede caminar hacia allá o acullá y aún así todo permanece lejos. Un desierto donde todo, todo, desaparece, o eso parece.
         »Anduve un rato que no sabría determinar y me salieron unas dudas al paso del tamaño de sendos dragones, así que di media vuelta y volví a empezar. Giré unas cuantas veces, hice círculos, volteretas y cabriolas, mas se tuvo que hacer de noche en algún momento aunque no me diera cuenta.
         »Tras una o dos eternidades retomé el camino recto, esto es: hacia adelante. Y, con una sonrisa revitalizante que encontré enredada en las costuras del fondo de mi bolsillo, no tardé en avistar en el horizonte un escorpión gigante aparente. Y han oído hablar de los gigantes aparentes, que sólo lo son en la distancia.
         »Cuando estuvo lo bastante cerca no era mayor que la palma de mi mano y yo, cansado de estar solo, se la ofrecí para que descansara. —Gracias —me dijo—, hace siglos que nadie se para a saludarme, todos me temen al verme tan terrible en la lejanía con estas pinzas y este aguijón; pero yo no deseo hacer daño a nadie.
         »Charlamos durante horas, tal vez semanas, y, después de un delicado silencio, me reveló que su veneno era lo único que podría sacarme de ese desierto. —¡Y me lo dices ahora! —le grité— ¡Llevo siglos andando y de cháchara con un arácnido cuando podría estar en cualquier otro sitio!
         »Confieso que me arrepiento de mi reacción, y es que con la golová hecha un caldo humeante uno no piensa lo que dice. El escorpión, asustado, habíame clavado su aguijón, inoculando el veneno y alejándome del desierto. Dejándole otra vez solo.
         »Desperté con resaca junto a una barca varada donde dos fumadores de hush se divertían con once onzas de peonzas y dejaban que subiera la marea.

         Aparté el cuaderno a un lado y me serví esta servilleta. Apuré la cerveza que quedaba y en mi cabeza mi voz me dijo: Los niños y los borrachos nunca dicen la verdad. Y escribí sobre sus pechos sospechosos, sobre cuánto la echo de menos.

Y un mochuelo
en cada uno
de los hoyuelos
de su cadera,
la ladera
de los olivos
y el olvido.

Y así nos fuimos,
                            cada uno por su lado,

                                                                 juntos.

14.2.14

el ahorcado.

     Je ne veux pas mourir sans avoir compris pourquoi j’avais vécu.


así pasó este suspiro que es la vida; siempre pendiente de seis cuerdas de mi a mi para acabar pendiendo de una sola soga que ahoga con un nudo que te deja mudo y vacuo bajo el larguero y sin rostro. al fin y al cabo cada gato negro teme la mala suerte más que cualquiera, pues cuando te repiten muchas veces que eres una cosa corres el riesgo de creértelo y terminar como uno de esos cerdos que no son más que boca y estómago sin seso. arder de vez en cuando es importante, también volverse líquido y desparramarse donde sea. has bebido suficiente, callan las paredes, mas todo eso no ye más que cuestión de proporciones.
*   *   *
desayuné un vistazo por la ventana sin levantarme de la cama y no me moví durante un buen rato. apenas podría asegurar si llegué a dormirme en algún momento o no, pero no hay duda de que soñé o que alguien que no vi se coló por algún pliegue de mi cerebro y me contó una patraña. estaba increíblemente sobrio entonces, con una mente tan clara y cristalina que efectivamente no distinguía nada entre los reflejos, y por eso no encuentro las palabras. también bien despierto me han contado mentiras aún mayores con la vieja mirada seria esperando que las crea y me he tumbado a dormir de la misma manera o a reír que es lo mismo.
*   *   *
la noche anterior no me acordaba ni de mi nombre y vagué haciendo eses preguntándole a la gente por si alguien me daba alguna pista. rasgué las desafinadas vibraciones entre mis dedos y otra vez no era más que un espejismo inventado. tanto tiempo y tan poco. tanta gente ¿y dónde está con quien quiera compartirlo? porque al final la luna se frota los ojos cansada mientras canta el camión de la basura y yo me encuentro aquí otra vez peleándome con cuatro palabras que luego no me dejan dormir. cada vez que me corto un hilo de la muñeca salen siete nuevos con sus siete cabezas de un solo ojo y nueve dedos retorcidos al final de sendos brazos como cordeles y ya no me atrevo a tocar nada más por si acaso. el viejo miedo anónimo lo llaman, y los que alguna vez lo han visto hace tiempo que lo han olvidado. con los nudillos de color púrpura y las pestañas colmadas de polvo y ceniza. así de cansado nos mira y espera con su paulatina ponzoña entre las espinas de los rosales para que no nos percatemos de su presencia. un amigo mío que no soy yo ni nadie que yo conozca se puso a rasgar también por esos derroteros y al final le salieron unos callos en los dedos que no le dejaban sentir nada ni dejarse llevar por esta articulación que además es un suspiro.



     (…) un hombre respiraba hasta no poder más, se sentía vivir hasta el delirio en el acto mismo de contemplar la confusión que lo rodeaba y preguntarse si algo de eso tenía sentido. Todo desorden se justificaba si tendía a salir de sí mismo, por la locura se podía acaso llegar a una razón que no fuera esa razón cuya falencia es la locura. —JULIO CORTÁZAR.

22.12.12

Capítulo XXX (Parte V).

(...) (...) (...) (...)

Corrí y corrí mientras pensaba en que aquí en Estagira los días son largos, aunque también son cortos —o al revés—; corrí tanto que pensé que algunas partes de mi cuerpo se me iban quedando atrás, de reojo me pareció ver cómo mi mano derecha se rezagaba durante unos segundos como para coger aire.

Subí cada tramo de escalera a saltos de tres escalones, incluso de cinco y de seis, abrí la cerradura de mi cuarto con un ágil movimiento de muñeca y desde el umbral salté haciendo una acrobacia en el aire en la que aterricé tumbado en el colchón vestido únicamente con la funda de la almohada —y en calcetines, pero supuse que a esos psicopompos no les importaría—.

Me vi desde arriba, ahí tumbado vestido con la funda de la almohada y con gaseosas zetas saliéndome de la cabeza, aunque también vi mi cabeza, quiero decir por dentro. Era un espacio infinito, no sé si blanco o negro. Y junto a mí estaba una figura difusa, con una voz profunda. Daba un poco de miedo todo aquello, pero supuse que sería uno de esos psicopompos y me tranquilicé, pues aún llevaba puesta la funda de la almohada. Me dijo:

—Alonzo, ¿De qué tienes miedo? —me gustó su acogedora voz.
—No lo sé.
—¿Temes morir? —preguntó.
—Puede…
—¿Temes que todo se acaba justo ahora que eres feliz? —volvió a preguntar.
—No lo sé, es posible…
—Pues no tengas miedo ahora, pues tú sobrevivirás a la misma Muerte.

Confieso que fue un sueño bastante extraño, y de hecho no es más que eso, un sueño, así son los sueños.

30.10.12

Granja Animal.


La vida sigue igual en la Granja Animal, pero ojo, que la vida siga igual en cualquier sitio no significa que no haya pasado nada. Hace tiempo que llegaron las máquinas con sus rugidos y sus bocanadas de combustible y humo negro y ahora los percherones no son más que piezas de museo, igual que los serenos (que se llaman así porque a todos les gustaba empinar el codo). Ahora los perros muerden otra vez.


Yo he pasado ya por unos cuantos establos, pues ésta es una granja muy grande, enorme, y los animales vamos cambiando de hogar y de amigos como un guiño de libertad. El caso es que siempre he sido una oveja de un color cualquiera compartiendo pasto con ovejas de otros colores, tal vez me he sentido solo alguna vez, otras veces incomprendido, incluso rechazado, pero siempre he tenido mi hueco en el establo y un buen trozo de hierba para llenarme el buche. Hace poco que encontré un establo nuevo, o viejo según se mire, estaba pintado justo como yo quería, no rojo con los marcos de puertas y ventanas blancos, sino algo maltrecho y ajado, con algunas manchas multicolor que le daban cierto encanto. No llegué a entrar, pero vi que todas las ovejas eran de mi mismo color, algo así como un verde algo azulado. Me alejé enseguida, incluso mi lana se tornó de un tono misterioso y diferente. Seguiré en mi cubil, pues ahí tengo calor de hogar, y este nuevo establo ahora se me presenta frío. No quiero vivir ahí, prefiero seguir siendo una oveja de un color cualquiera en un rebaño de ovejas de cualquier color.

Es aburrido este gallinero. Horas vacías encerrada en una pequeña jaula en un infinito pasillo lleno de jaulas idénticas donde están mis hermanas y mis primas y mis primas lejanas, mientras el patrón espera que pongamos cientos, miles de huevos que no volveremos a ver. A veces pienso en a dónde van todos mis huevos, tal vez todos mis hijos sean soldados ahora en un ejército preparado para combatir contra otra Granja Animal, aunque no estoy muy segura de si existe alguna otra más allá de la cerca. Lo mejor es el rato en el que nos dejan salir al corral y podemos estirar nuestras patas y pasearnos agitando la cabeza mientras picamos aquí y allá un poco de maíz rancio. Es raro ver entonces tanto espacio abierto, pero eso nos aterra y nos divierte.

Se está tan a gusto en esta pocilga. Jugando con mis hermanitos mientras intentamos pescar un cálido pezón de Mamá Cerda que yace recostada en medio de la cómoda mierda. Algún día seremos grandes y gordos y nos llevarán a las dehesas a comer bellotas para ponernos bien hermosos. Siempre hay algún lechón, el más flaco, que un buen día se queda como dormido y empieza a oler mal, y a nosotros nos inquieta (poco rato, pues hay que seguir mamando) porque nunca se despierta. Entonces llega el patrón, y dice que ha muerto. No sé qué es morir; y si es eso de dormirte, oler mal y nunca despertar, sólo le ocurre a los cochinillos, pues en la dehesa no muere nunca nadie, simplemente desaparecen. Yo creo que te acabas fusionando con la tierra y vuelves a la Vieja Mamá, a la primera de la que somos hijos tanto los cerdos como las ovejas y las gallinas.

*   *   *

11.9.12

Dominio Astronómico.


         »Viajamos ahora en lanzaderas espaciales haciendo escalas en los principales asteroides del cinturón S-1. Paradas de Moorgate a St. Pancras y la Cruz del Rey, por ejemplo.
         »La tercera ha comenzado y la vida ya no sucede en la Tierra. Sólo Muerte.
         »Y heme aquí, periodista en el Caledonian vestido con vaqueros y gorra argentina. Pasando sed en Angel y calor en el tubular horno de viajeros siderales. Ahora somos algo menos que puntitos brillantes en el cielo nocturno.
         »Sigo siendo más de Cervantes que de Shakespeare, aunque no lo muestre siempre.

+    +    +

         »Y ya en la cálida sala común, me acuerdo de las verdes montañas vestidas con cristalinos ríos, me acuerdo de la moteada arena y el salitre empapando mis piernas, del viento besándome el rostro.
         »Quiero eso, y no el ruido de basura espacial taladrando el casco naval con cada pulgada.
         »Ya no importará a nadie cuando publique artículos sobre la deforestación del Amazonas o la fusión de los polos convertidos en la más pura furia del Océano. Ya a nadie importará ese pequeño planetoide azul, pues vivimos en el Dominio Astronómico, justo como en 1984, pero felices con nuestra ginebra de la Victoria y nuestro papel-de-culo-o-falsa-democracia que no irrita nuestros digestivos anos.
         »No habrá entonces muros ni cadenas — solamente aquellos que no se ven, que son más duros.
         »La verdad, al final, es que nada de eso importa, no mientras tengamos pelis y fútbol y música y comida basura y casera y sana y todas esas cosas que nos divierten y nos distraen, y así somos felices y eso me encanta de veras.
         »Porque la distracción es felicidad. Soy el conocido por el Distraído.
         »Ý así soy feliz cuando no entiendo lo que me dicen y tengo un libro y una cerveza y un amigo con otro libro y otra cerveza y no-hace-falta-tanta-plata.
         »No me queda apenas tiempo antes de mi regreso, y me preocupa si seguiré siendo un periodista de lo foráneo que no entiende una palabra. No me decido si en el buen sentido o no.

—Porque las banderas no son más que terceros apellidos—.

P. Village —Caledonian Chronicle
Estación London-JH.CMDN
24.08.34