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7.6.15

Ahae.

Siento el corazón oprimido
por todas las cosas 
que no llego a entender.
—Rudyard Kipling


A veces echo un vistazo a lo que soy y me da vértigo. No por mí, sino por los demás, a los que veo como reflejos de lo que quisiera ser. Y me veo pequeño, en una butaca, mirando la obra en la que yo mismo soy protagonista, en el papel de mero espectador.

Y entonces pienso: ¿Por qué carajo cruzaría el pollo la carretera? Y una voz que está en mi cabeza, como todas pero de otro modo, me dice que estaba aburrido de ese lado. Y otra, que suena parecida, musita que tal vez escapaba; y otra ronca y rota masculla entre dientes algún sinsentido mientras las demás, aún con el vértigo del que observa, prefieren cerrar el pico.

Por eso nunca termino un poema y mis relojes tienen frío y tiritan haciendo tic tac tic tac y extraños ruidos y me observo en el espejo y son mis cicatrices las que se visten de mí y las que salen a la calle cada día con mis calcetines puestos y haciendo trampas con las horas.

Otra garganta eructa tres versos desnudos y éstos mismos se me enredan bajo las uñas como ese algo fantástico que uno ve mal y de lejos, que ni con gafas se distingue, y que después no sabe expresar. Pero, más que lo que dejo, es lo que escojo. Así que nada.

Cada vez que me detengo no me sale más que aire, ya sea complacido o resoplando, y pienso que eso justo es lo que hacen las plantas y en cómo de verde se me ha puesto la cara.

Y qué voy a saber yo, me pregunto, si cuento mis pies cuando camino y ni sé cuántos dedos tengo. Que más que la pecera soy el líquido, y que el pez nunca será mío, pero está por acá, bien dentro.

20.1.15

no sé.

no sé cómo empezar esto. el típico plan de tranquis, con los tronquis, que se trunca, y acabas con la nuca desencajada como nunca, bajo un tractor, y, con una carcajada de terror, el doctor te receta que te tomes una siesta, y que menos fiesta, y también que menos setas. lo que se dice: el no tan típico tipo de veintipico, que vive medio en las nubes, medio en las tripas, como trepando a un trípode de tripis, con un tricornio en la cabeza y, en el regazo, un tríptico de los tres tristes tigres atravesándole con el travieso temblor contemporáneo. estar entre las estrellas. las sábanas. bañarse sin piel ni huesos en mil charcos sobre el suelo. fingirse cielo y cuerpo por un momento y palpar el palpitar del tiempo. ponerle un nombre a cada cosa. una palabra. un susurro. una mentira. el viento a través de las ramas haciéndose pequeño y demostrando su presencia. no sé cómo continuar esto. el día dado en que nada te daña, ni te engaña, y cada capítulo tiene un título, y te das cuenta de que la realidad ye como el culo: que todos tenemos uno y cada cual apesta a su manera. y que a menudo nos liamos como tarzanes en los pelos, que en mi mundo son lianas. y así uno se siente bien aunque a veces esté solo, pues sólo hace falta saber que no todo está fatal y que, toques donde toques, sale algo. ahora no sé cómo acabar esto. en qué bar o si aún está abierto el metro. no sé si debería ir a acostarme o si otra vez me costará dormirme. no sé nada de tantas cosas. de tantas costas. de tantos costados. no sé cómo terminar esto. no sé si quiero terminarlo. no sé.